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Genealogía del giro lingüístico
Carlos Rojas Osorio
Coedición con el Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia
Pre-texo
Al decir de Jacques Derrida, los “prólogos”, “prefacios”, “introducciones”, o como se los quiera denominar, forman parte del texto, y es a ellos —que parecerían marginales— a lo que es necesario atender en las “andaduras” deconstruccionistas. Comencemos, pues, este texto con un pretexto que es ya un texto. Vivimos el mundo de la “textología”, como dice Mijail Mijailovich Bajtin; énfasis en el texto, por cierto muy anterior al de Derrida. Lo único de lo que se ocupan las humanidades son textos, se afirma en la translingüística de Bajtin, y textos de textos que forman la intertextualidad; o, “no hay nada fuera de texto”, como afirma la gramatología. Y no es posible que Derrida intertextualizara a Bajtin: aunque sus textos datan de la tercera década del pasado siglo XX, algo que no es meramente un texto —las persecuciones estalinistas de que fue objeto el propio Bajtin, su amigo Voloshinov y otros millares de personas— impidió que esos textos circularan en la red universal de los textos. Que “no hacemos más que glosarnos los unos a los otros” lo vio con toda claridad e ironía Miguel de Montaigne en el Renacimiento francés, y por ello es declarado uno de los santos patrones del posmodernismo.
Sea como fuere, estamos ya en el texto, con ocasión del pre-texto. Y de hecho ya hemos entrado en la red infinita de los textos; pobre el que quiera verificarlos todos, ya tendría con ello para producir otro texto, tan extenso o más que el que estamos pretextando, sin acabar de hacerlo, o sin decidirnos a hacerlo. Nada es más difícil que decir la primera palabra, aunque el evangelio joaneo afirma que “en el principio fue la palabra”. Pero ya hemos dicho varias primeras palabras; ya nos hemos arrojado al océano sin fin de textos que comentan otros textos, y así a producir nuevos textos (de textos viejos).
¿Qué comentaremos, pues, en estos viejos-nuevos textos? ¿Qué o a quiénes habremos de intertextualizar? Quizá pueda decirse que, como en un holograma, evocar un texto es evocar una red, o quizá, como sugiere Derrida, evocar un texto es evocar toda la red textual, al menos la occidental. Por fuerza es así. Muy poco de Aristóteles, aunque aparece entreverado con su omnímoda autoridad —que se trata de desplazar—, porque fue él quien introdujo la tesis que dará lugar a la rebelión: el giro lingüístico —nuestro tema—. En efecto, fue al de Estagira a quien se le ocurrió decir que la idea determina la palabra, y dos mil años (en números redondos) se necesitaron para que las tres “haches” alemanas, enfrentándose a Kant, todavía fiel a Aristóteles, dijeran lo contrario: que es la palabra la que hace posible la idea, que es el lenguaje el que organiza el pensamiento —masa confusa lo llamó De Saussure, otro rebelde—; confusa masa del pensamiento que requiere el lenguaje para que el caos devenga orden. La historia de esa rebelión —o revolución— que son los giros lingüísticos es mucho más compleja, y de eso trata este texto. Por cierto, “giro lingüístico” es un giro lingüístico. La acepción “normal” (usual) del término remite a una movida del lenguaje, una cierta acepción usual en una lengua determinada. Ya decía Miguel de Unamuno, quizá invocando a Séneca, que “la filosofía es filología”. Esta frase no es nada ingenua, y resulta que ella implica que don Miguel también está en el giro lingüístico. Nietzsche usó casi las mismas palabras para hacer su giro lingüístico, para pasar de la filología a la filosofía, pero con el fin de que la filología fecundara a la filosofía. No, pues, por casualidad Michel Foucault invocó a quien “escribía tan buenos libros” y “era tan sabio” para hacerlo responsable del viraje lingüístico, que será también un giro hermenéutico y hasta semiótico. Todo el mundo repite hoy que todo es interpretación; desde luego Nietzsche lo dijo. Lo que no sabía, o no parece que sabía, es que ya Miguel de Montaigne lo había puesto en el “molino interminable de la palabra” escrita: “Cuesta más interpretar las interpretaciones que comprender de cosas” (1971:1.061). Y no sería casual que el más famoso “ensayista” estuviera intertextualizando algo que él conociera —también sabía mucho y leía mucho, pues su padre se encargó de que tuviera educación en los textos latinos desde que aprende a hablar, que de seguro también para él fue un aprender a escribir—. Como bien afirma Rafael Gutiérrez Girardot, la frase que postula que la filosofía es filología la toma Nietzsche, a su vez, de Séneca: “Quiae philosophia fuit, facta philologia est”.
No se trata, pues, de un solo viraje, sino de tres giros aunque de muchos “giradores”. Hamann, Humboldt, Herder, las haches alemanas, a las cuales se agregará otra hache, quien hará un giro hermenéutico, pues la existencia misma de los seres humanos es un interpretar. Adivinamos por ahí la problemática presencia de Heidegger. Pero Nietzsche era aún un adolescente universitario en Leipzig cuando ya un “americano” había introducido la poderosa noción de “interpretante”, que conduce a la infinitud de la interpretación, la cual, a su vez, es la manera como según los textos fidedignos de Foucault se introduce una “nueva forma de interpretar los signos” por parte de Nietzsche, Marx y Freud. Debatiéndose con la vieja tabla de categorías de Kant y con la más vieja noción de predicación de la lógica aristotélica, Charles Sanders Peirce interpreta la proposición como una relación de signos, siendo el predicado un signo del sujeto, y estando ambos mediados por la cópula. El interpretante no es un sujeto, aquí también el sujeto se elide, es obra del lenguaje; el interpretante es otro signo que es necesario para que el signo se refiera a su objeto; pero ese interpretante necesitará otro que a su vez lo interprete, y así estamos ya en “omne symbolum de symbolo”, que es la infinitud de la interpretación. Tenemos, pues, un giro lingüístico (las tres haches alemanas y el suizo De Saussure), un giro hermenéutico (Nietzsche y Heidegger) y un giro semiótico (Peirce) que no deja de ser un giro hermenéutico (lo real es lo que aparece en una interpretación convergente por parte de una futura comunidad ideal). De eso se trata. Una breve historia, o arqueología (quizá una genealogía, no en el sentido nietzscheano o foucaultiano, pero sí wittgensteiniano —parecidos de familia—). Por cierto, el posmodernismo de Lyotard oblitera toda la textología anterior y deja sólo al filósofo austriaco como santo patrón y fundador del giro lingüístico. Al francés le interesa la inconmensurabilidad de los juegos de lenguaje y la encuentra en el autor de las Investigaciones filosóficas. Pero la inconmensurabilidad es una marca de fábrica de todo giro lingüístico. Ya lo sabía Locke, quien entiende que las lenguas no son traducibles. Y Herder, para quien si un juego de lenguaje es parte de una forma de vida, aquél es tan inconmensurable como ésta. Cada lengua es una acepción del mundo, y hay tantas acepciones del mundo como lenguas, según dice Humboldt. El mundo era conmensurable para las distintas lenguas porque el concepto como representación del mundo lo establecía y determinaba la palabra, aunque ésta sea variable según las distintas lenguas. Con ello Aristóteles se daba el lujo de hablar de un solo mundo igual para todos porque el concepto mantiene relación intrínseca con las cosas. Los conceptos son los mismos para todos, del mismo modo que las cosas son las mismas para todos (De interpretatione). Tal el antiguo axioma. Ahora, desde las tres haches, tantos mundos como lenguas hay sobre el planeta Tierra. La inconmensurabilidad es pues tan antigua como la idea de que la lengua determina el pensamiento y el mundo que nos es significativo. A Lyotard le interesa otra cosa, la inconmensurabilidad de cada familia de enunciados y de cada régimen de discurso, y cree encontrarla en las Investigaciones filosóficas. Pues con ello se evitarían los metarrelatos.
No le pidamos a este texto que haga una historia de la lingüística. Tampoco le exijamos que haga una historia de la filosofía del lenguaje; menos aún una historia de la hermenéutica. El texto intertextualiza las redes que son necesarias para entender los tres giros: lingüístico, hermenéutico, semiológico. Se trata de que la filosofía ha experimentado una revolución. La revolución de la filosofía como revolución lingüística, semiológica y hermenéutica, revolución que ha establecido lo que hoy se piensa y se escribe.
Antes de que se accediera a la determinación del pensamiento por parte del lenguaje, hubo otras teorías del lenguaje que lo arraigaron en la subjetividad, no solamente en el pensamiento —como en Aristóteles, Agustín o Locke—. En efecto, la palabra puede ser expresión de mis sentimientos o afectos (Rousseau); puede ser un incitante a la acción (los sofistas y rétores antiguos, y Nietzsche); pero puede ser también expresión de lo que percibo, de la sensación (fenomenismo de Gorgias de Leontini y de Nietzsche). Estas teorías del lenguaje en cuanto arraigadas en algún aspecto de la subjetividad, y que son anteriores al giro lingüístico propiamente tal, se textualizan en el capítulo 1. En el capítulo 3 hacemos una descripción sinóptica de los tres giros, descripción que se hará mucho más detallada en los capítulos siguientes al estudiar a algunos de los principales responsables (Peirce, Nietzsche, Heidegger, Wittgenstein, Foucault, Derrida y Lyotard). Digamos que el libro está in nuce en ese capítulo, que fue resultado de una ponencia para la Sociedad Puertorriqueña de Filosofía, en cuyo foro se trataba de la hermenéutica. De hecho, de esa ponencia y del escrito que la registra nació la idea de escribir este libro.
En efecto, hay ya varias historias del giro lingüístico. Pero hay autores que pasan desapercibidos. Si se estudia la historia de la hermenéutica como en Verdad y método vemos que no aparecen ni Nietzsche, ni Peirce, ni Wittgenstein (no mencionamos a Foucault o Derrida porque cuando Gadamer escribió su obra maestra éstos no habían producido sus textos, o al menos no habían salido a la luz pública; aunque con Derrida, Gadamer trató de entablar un diálogo, sin encontrar eco). Los héroes de Verdad y método son Humboldt, Hegel y Heidegger. Esto no quita mérito a esta obra de Gadamer, quizá la más importante del giro hermenéutico. También él hace una breve historia de la filosofía del lenguaje en la tercera parte del libro, uniendo así la cuestión de la interpretación a la cuestión del lenguaje, unión que aunque hoy nos parece obvia, no siempre lo ha sido. Por ejemplo, en W. Dilthey hay mucho de interpretación y muy poco sobre el lenguaje. La unión de lenguaje e interpretación está en Nietzsche, es muy clara en Heidegger y es sistematizada por Gadamer. Otra obra señera es Transformación de la filosofía, de Karl-Otto Apel. Aquí Peirce juega un papel muy importante, de hecho aparece como el iniciador de la filosofía como semiótica trascendental. También figuran en forma sobresaliente Humboldt, Heidegger, Wittgenstein, pero no Foucault, Derrida o Lyotard, ni menos aún Nietzsche. Nietzsche, Foucault y Peirce figuran en una obra del italiano Carlos Sini: Semiótica y filosofía. Excelente obra que nos sirvió de guía muchas veces. Muy rica en información y extensa en su recorrido histórico es la obra de Tzvetan Todorov: Teorías del símbolo. Como podrá constatar el lector, la intertextualizamos con frecuencia. Además, aunque Todorov no incluye a Bajtin en esta historia, le dedicó un libro que nos fue de gran ayuda. Bajtin y su círculo dieron el giro lingüístico en los tiempos de la Rusia soviética. En nuestra investigación fue la gran sorpresa y dejó en nosotros huellas de profunda admiración. Las obras de Foucault, especialmente Las palabras y las cosas, en la que tanto se abunda sobre el lenguaje, fueron siempre una fuente de inspiración.
Como se sabe, la expresión “giro lingüístico” (the linguistic turn) fue popularizada por Richard Rorty. Pero aquí ocurrieron cosas imprevistas por las intenciones del autor. Rorty habló del giro lingüístico que el neopositivismo europeo y la filosofía analítica de ambos continentes dieron en su interés de pensar la ciencia. Pero la tesis de Rorty es que este proyecto —ese giro lingüistico— ya está agotado, pues era un proyecto muy moderno en cuanto estaba fundado epistemológicamente. Interesaba demarcar el lenguaje significativo (el de la ciencia) del no significativo (todo lo demás), línea en la que el primer Wittgenstein se inscribía —a su modo—. Pero, para Rorty, la filosofía ya no es epistemología sino hermenéutica. Hay que abandonar el giro lingüístico de la filosofía analítica, y conservar sólo la idea de la filosofía como conversación. En esta nueva tendencia explora la filosofía del segundo Wittgenstein (Investigaciones filosóficas) y comienza a tender puentes hacia otros filósofos que encuentra que hacen lo mismo: en parte Nietzsche, en parte Heidegger, Foucault, pero sobre todo Derrida y Vattimo. Así, pues, el giro lingüístico no era lo que le interesaba a Rorty, pero la expresión tuvo también otro “giro”, y se la aplicó a la filosofía que sostiene que es el lenguaje el que organiza el pensamiento, como ya dijimos, y de esa forma se comenzó a rastrear la idea hasta las tres haches. Rorty puede ser incluido pues en el giro hermenéutico, pero no con la idea de una metodología de las ciencias humanas (Dilthey) ni de una comprensión de la existencia (Heidegger), sino en el modo de un filosofar que consiste en una conversación con los filósofos y poetas con la intención de hacer también de la filosofía una “consolación”, sobre todo con la finalidad política, absolutamente primera para Rorty, de defender la vida civil y, en última instancia, la democracia. Muchos de los autores que Rorty estudia en sus diferentes obras convergen con los estudiados en este libro, y lo hemos tenido muy en cuenta, a pesar de que no nos adherimos a su etnocentrismo. La semiótica de Peirce, tan importante en la revolución lingüística de la filosofía, la interpreta Rorty como el inicio de la filosofía pragmatista americana. Pero como hay, al fin de cuentas, mucha metafísica en Peirce, Rorty prefiere una versión debole (es muy amigo de Vattimo) del pragmatismo como el de William James y el de Dewey. Se trataría, pues, de un pragmatismo posmetafísico. A Derrida no sólo le dedicamos un capítulo, sino que también sus extensos comentarios deconstruccionistas fueron muy tenidos en cuenta.
Finalmente, pero no por último menos importante, hemos leído varias veces —y consultado muchísimas más— con gran fruición y mucho aprendizaje ese gran texto de Eduardo Forastieri, puertorriqueño de vasta erudición, sabiduría, y gran ser humano: El tiempo de los signos. Diálogo donde se convocan los grandes lingüistas, semiólogos y hermeneutas en una conversación por encima del tiempo lineal, pero situados ellos en el eje de la simultaneidad y en los hermosos parajes del Yunque. La humildad del autor puertorriqueño parecería hacer que él sólo jugase un papel de transcriptor de un diálogo más allá del tiempo; pero en verdad no sólo no son pocas sus contribuciones a la historia de estos giros de que estamos hablando, sino también sus contribuciones teóricas: el tiempo y los signos es un tema vasto que el diálogo persigue con profundidad hasta llegar al tiempo de la física de nuestros días. Hemos reseñado este diálogo en la revista Posdata, y en nuestro libro Pensamiento filosófico puertorriqueño.
Agradecemos también la generosa ayuda del doctor Javier Domínguez Hernández, sin cuya colaboración esta obra no hubiera podido publicarse en la Editorial Universidad de Antioquia. Asimismo, sus escritos acerca de hermenéutica, estética y retórica nos han sido siempre de gran ayuda y orientación.
El libro que hoy prologamos continúa, en cierto modo, los dos anteriores que escribimos. Continúa La filosofía en el debate posmoderno, porque después de leer mucho y escribir cientos de páginas sobre el posmodernismo nos dimos cuenta de que la cuestión central es el giro lingüístico, asunto en realidad más profundo y más amplio que el posmodernismo. Nos dedicamos, pues, a investigar con todo lo que nuestras fuerzas pudieron sobre la historia de esta revolución lingüística. Este texto también continúa el trabajo Del ser al devenir. Allí defendemos la idea de que la filosofía debe estar mediada lingüísticamente; siempre lo ha estado, pero tanto la escritura como el lenguaje se han suplementarizado —como diría Derrida—, y ahora se trata de partir conscientemente de esa mediación. En ese mismo libro dedicamos un capítulo a “el lenguaje del devenir”, mostrando la unidad de ontología y semántica, el lenguaje que es necesario para hablar y escribir acerca del devenir. Pero obviamente con ello apenas se iniciaba el tema y se daban algunas directrices. Al escribir, pues, este libro sobre la revolución lingüística en filosofía hemos tratado de dar continuidad a nuestro pensamiento y al compromiso ontológico allí contraído. Afortunada o desafortunadamente —no lo sabemos, cada cual juzgue como mejor le parezca—, dejamos hablar más a los textos de dos mil años de historia de los problemas del lenguaje y la interpretación que a nosotros mismos, contrario a lo que ocurrió en Del ser al devenir. Pero si tuviéramos ánimo para retomar el tema de los signos, del lenguaje, al menos la parte histórica ya estaría bastante adelantada. El punto importante es el siguiente: en Del ser al devenir nos comprometemos con la existencia de personas, signos y cosas-procesos (el devenir). La investigación fundamental estuvo dirigida al devenir (a las cosas-procesos) y constituyó un adelanto sobre la persona (su conciencia, su mente, su lenguaje). El estudio más detallado tanto de la persona como de los signos quedó para futuras investigaciones. En este libro sobre la revolución lingüística en la filosofía del siglo XX adelantamos, pues, en lo referente al lenguaje, pero todavía se requiere más trabajo investigativo sobre los signos —incluidos por nosotros como un componente de lo que “hay” en cuanto nos abren el camino para decir lo que hay—. No todo lo que nos interesa acerca de los signos está, pues, dicho ya en este libro. Los últimos capítulos del libro que ahora prologamos —“El lenguaje como recreación del mundo” y “Lenguaje y verdad en la filosofía tardomoderna”— adelantan también en nuestros compromisos filosóficos.
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