REVISTA U. DE A.
BÚSQUEDA
ANTICIPOS
DISTRIBUCIÓN Y VENTAS
FERIAS Y EVENTOS
CONTÁCTENOS
NOVEDADES

 

 

   

 

OTRAS PUBLICACIONES
PUBL. ANTERIORES
TEXTOS COMPARTIDOS
 
-Institucional | Guía para Autores | Convenios-Colecciones | Imprenta | Sitios de Interés | Cursos

  Editorial Universidad de Antioquia

Textos Compartidos - Sociales y Humanas

Artes | Ciencias Exactas, Nat. e Ing. | Ciencias de la Salud | Ciencias Sociales y Humanas




 

Crónica del día
Juan Gossaín

Dramático reportaje con El Gordo Piñeres

En el largo y caluroso pasillo que comienza donde termina la escalera, está la habitación. Aunque no tiene nomen-clatura, los guardianes la conocen como "la número dos".

Tiene dos metros y medio de ancho por tres de largo. El sol entra toda la mañana por la puerta que permanece abierta, y alumbra el cuarto donde no hay más que un catre metálico y, a cada lado suyo, una mesita de noche y una maleta de cuero.

Todo huele a fresco, las sábanas recién cambiadas, la pintura de los muros, la cal del techo, y hasta la bombilla pálida y pendulante que cuelga de él. El aire es seco, como la luz que entra por las rendijas del pasillo.

Tirado en el camarote -su cuerpo monumental parece que se regara por los bordes del colchón- el hombre lee todo el día. Ahora tiene entre las manos un libro de dos curas franceses: Nosotros los sacerdotes. ("Es una buena obra, ¿sabe? Rebelde, sí, pero no como la rebeldía de estos curitas que ahora quieren andar con ametralladoras. Es más bien una rebeldía constructiva, que pide darle

más participación al laico en los asuntos de la Iglesia... Buen libro"). Sobre la tapa de la maleta, dos libros más El vicario -una historia sobre Pío XII y los judíos asesinados por el nazismo- y una biografía de Gandhi ("Gran hombre fue Gandhi, un práctico que vino y sufrió toda su filosofía. Más importante que Confucio").

Un guardián desciende con nosotros por la misma escalera, en busca del baño que está al lado de su primer descanso. Tres agentes secretos pasan a nuestro lado y saludan al hombre inclinando hacia él la cabeza.

 

Las primeras lágrimas
Alfonso Piñeres Torres no ha levantado aún la mirada. Camina con la barbilla hundida en el pecho y las manos colgadas al lado de cada pierna. Viste un traje gris oscuro y corbata de gruesas líneas horizon-tales. Al alzar la mano derecha para mesarse los escasos cabellos de la frente, se le corrió hacia abajo la manga del saco, y quedaron entonces al descu-bierto los gruesos vellos del brazo y las muñecas fornidas.

De pronto -mira fijamente al piso como contando sus pasos y la inclinación de sus pies sobre el piso- musitó:

"Tengo fe en Dios... Él sabe que soy inocente".

La voz se le entrecortó en un sollozo... La calva pálida se fue poniendo roja cuando contrajo los músculos de la cara para detener las lágrimas que, sin embargo, le rodaron por las mejillas hasta caer al suelo. Sacó del bolsillo interior del saco un pañuelo blanco, envuelto metódicamente, y se enjugó las lágrimas.

Por primera vez levantó el rostro. Deteniéndose sorpresivamente, tendió una manaza regordeta, y apretando la mía -me miraba a la cara con una mirada de profunda tristeza, con ojos sin brillo y sin expresión- dijo:

"Usted conoce a mis hijos... Usted me conoce...".
Y entró al baño.

 

De Cartagena a Tegucigalpa
Lo volví a ver a la salida del Juzgado Doce Superior cuando ya se iniciaba la noche del viernes. Caminamos por la carrera once, hacia las dependencias del DAS.

Piñeres había caído nuevamente en su hermético mutismo. Lo llamé por su nombre y, sin mirarme -creo que ni siquiera me identifiqué al principio- respondió en voz baja que pareció un silbido tenue.
"Qué hay...".

Su abogado, David Luna Serrano, lo llevaba del brazo. Entramos momentáneamente con el detective que nos seguía, a pocos pasos, a un restaurante de mediana calidad. Piñeres tomó una taza de té caliente con limón, un emparedado de cerdo y verduras, una Coca-cola y un vaso de agua.
Cuando retornamos a la calle había cambiado notablemente: sonrió repetidas veces, recordó algunas incidencias de su vida en Cartagena, preguntó por varios amigos, y exclamó con un tono de gratitud:

"Me han dado ustedes el mejor rato de estos nueve días...".

Accedió entonces a contarnos que el jueves 2 de abril tomó en Barranquilla un avión que lo llevó a Miami, donde tenía cita con varios amigos cubanos para tratar de negocios.

Estando en Miami, se enteró de que era buscado por las autoridades colombianas. Decidió entonces aplazar un viaje que tenía programado a Madrid, prefiriendo mejor dirigirse a Tegucigalpa, a fin de gestionar los trámites del poder que entregaría a un abogado para su defensa. Era el jueves 30 de abril.

 

Ametralladoras en el hotel
En la capital de Honduras, Piñeres tomó una habitación en el hotel El Padro. Estuvo descansando en ella varios minutos. Se cambió el vestido que llevaba puesto por ropa propia de tierra caliente, y subió a un taxi que lo condujo a la embajada colombiana.

"No quise dejarme ver de Ramón (Ra-món Martínez Vallejo, el embajador), sino que entré directamente y hablé con el cónsul. Salí otra vez a la calle y estuve por ahí, caminando un rato para ordenar mis ideas. A las diez de la noche -un poco cansado- regresé al hotel. Pedí mi llave en la recepción y subí tranquilamente a la pieza. Cuando abrí la puerta, tres hombres armados de ametralladora me estaban esperando, sentados en la cama. Extra-ñado, miré a todas partes. Entonces me di cuenta de que habían volteado al revés mi equipaje, que yacía regado por el piso.

 

Esposado a una cama
Mientras proseguía su relato. Piñeres Torres jadeaba intermitentemente. Se detuvo un instante. Se oyeron nítidamente sus pasos por la acera, y el sonido de los cláxones automovilísticos. Tosió espas-módicamente, llevándose la mano a la boca, y explicó sonriendo:

"Se me atragantó un pedazo de pan".

Al cabo de un momento prosiguió:

"Esa misma noche me llevaron al cuartel general de las Fuerzas Armadas Hondureñas. Uno de los tres hombres que me habían esperado en el hotel -me imagino que era el jefe de la Policía Secreta, porque siempre lo vi dando órdenes- mandó que me acostara. Después que lo hice, un agente me dijo que extendiera el brazo hacia atrás, y me lo esposó a un barrote de la cabecera. Hicieron lo mismo con el otro brazo. Extrañado por esa actitud, traté de sentarme en la cama, haciendo un esfuerzo para apoyarme en el barrote. Entonces fue cuando me advirtieron groseramente que ni siquiera me podía sentar. Reclamé con cortesía, y en vista de mi insistencia, decidieron también amarrarme las piernas en la parte posterior de la cama".

La narración era dramática. Piñeres se tapó la cara con ambas manos, como queriendo no rememorar su propia experiencia. Se le entrecortaba la respiración subiendo la calle empinada. Recostándose como un niño desamparado a su defensor, exclamó:

"¡Fue horrible... Horrible!".

 

La comida del carcelero
Dos días después -el sábado por la noche- no había probado el primer alimento. "Para ir al baño me hacían esperar más de una hora. Me decían que no había llegado aún el agente que tenía las llaves de las esposas, y que si había sido capaz de cometer un crimen, que también fuera ahora capaz de soportar... Yo me agitaba en la cama, reventándome de las ganas... y los agentes que permanecían en mi cuarto, armados de ametralladoras, se reían de mi angustia...".

Un carcelero anciano se apiadó de Piñeres. "A escondidas, me consiguió un vaso de leche. Fue lo primero que probé, hasta el día siguiente, cuando el anciano -que me daba ánimo y me trataba como a un ser humano- dividió conmigo su almuerzo. Me contó historias sobre sus hijos, el último de los cuales apenas fue ese año al colegio. Me preguntó que si yo también tengo hijos...".

Empezó a llorar otra vez. Hundida la cara en el hombro de Luna Serrano, repetía sollozando:

"Mis hijos... Mis hijos... Hablé por teléfono con Alfonsito (su hijo mayor, Alfonso, que estudia química industrial en Bogotá) desde Miami. Le conté todo lo que estaban haciendo contra mí, que se estaban saciando conmigo... Mi hijo no volverá más a Colombia... Él me lo dijo... Trabajará de barrendero si es necesario... pero no regresará...".

 

"¡Siga, o nos lo almorzamos!"
Durante los cuatro días que estuvo esposado a un camastro sucio en una habitación del Comando Especial de Servicios de Honduras (CES) Piñeres no pudo bañarse nunca.

"No me dejaron ni lavarme la boca. El domingo, a las nueve de la mañana, llegó un general a decirme que a las once saldríamos en un avión para Colombia. Como yo sabía que no me llevarían a Cartagena, sino a Bo-gotá, le pedí que me consiguieran -pagando yo- ropa para tierra fría. El militar gritó que ya no había tiempo para pensar en esas pendejadas. Entonces le dije que siquiera me dejaran bañar. Mano-teándome en la cara me advirtió que afuera estaba el ministro de Defensa esperándome para llevarme al aeropuerto. Uno de los policías que acompañaba al general, me empujó por la espalda y, agarrando la culata de su pistola, me dijo: '¡Siga o nos lo almorzamos aquí mismo!'".

 

El presidente Lleras
Hubo una larga pausa. Por una circunstancia momentánea, hablamos de la situación política colombiana. Piñeres recordó los tiempos en que participó como cofundador del MRL.

"¿Sabe que yo también fui periodista? No como usted, que empezó escribiendo chismes escolares en el periódico de su colegio (sonrió amistosamente). En Cartagena organizamos un semanario que se llamó Nuestro Tiempo. Eran colaboradores frecuentes Alfonso López Michelsen, Álvaro Uribe Rueda, Ramiro Andrade, Felipe Salazar Santos... Duró dos años y medio. Yo creo que el doctor López no debió dejar nunca el MRL. ¿Que podría ser el próximo presidente liberal, como dicen por ahí? No. Lo mejor para el país es lanzar otra vez la candidatura del presidente Lleras Restrepo, en 1974. Es un gran presidente. Yo lo admiro mucho...".

 

"¡Quítenle esas esposas!"
Volvemos otra vez al aeropuerto de Honduras. Domingo 3 de mayo. Once y cuarto de la mañana. "El viaje del cuartel al avión fue un increíble despliegue de fuerza: en el carro me acompañaban el ministro de Defensa, el director de la Policía Secreta y dos agentes armados hasta los dientes. Detrás, venían dos camiones con soldados y detectives".

"Cuando llegamos al aeropuerto, el detective colombiano que el DAS había comisionado para recibirme de las autoridades hondureñas, protestó airadamente por las esposas que llevaba puestas, y exigió que me las quitaran".

"Durante el vuelo el capitán se sentó varias veces a mi lado, dándome fuerzas en medio de la tragedia. El gerente de Sam -que también viajaba con nosotros- me ofreció un trago para calmar los nervios. Aunque yo no quise tomarlo, me pidió que no dejara la entereza que me quedaba".

 

¿Qué se hizo el dinero?
Habíamos llegado ya a la puerta del DAS, donde "se me ha traído en una forma que nunca esperé. Todos han sido decentes y cordiales. Hasta el extremo de que, si no hay en el momento un agente que me traiga la comida a mi habitación, me la traen los propios inspectores. Los muchachos se acercan a hablar conmigo, me traen libros y periódicos, uno de apellido Castillo, que es de Carta-gena, me cuenta todas las noches cosas de su familia y de sus amigos".

Un sobrino político de Piñeres lo espe-raba en la primera sala, para saludarlo y entregarle un paquete con alimentos. Desde el día en que fue conducido a Bogotá, el ex gerente de Caribesa no come. ¿Qué se hicieron los cuarenta millones de Caribesa? Según el abogado Luna Serrano, Piñeres los invirtió en un desastroso negocio de importación de automóviles y aparatos de refrigeración, causa de la quiebra de la empresa.

Es la única explicación que se ha suministrado hasta ahora. Piñeres Torres no quiso tratar el asunto. "Compréndame... No estoy como para dar declaraciones...".

Al despedirnos de él -atravesó el amplio portalón, encima del cual se apre-ciaban los huecos ovalados abiertos en el grueso muro y cruzados como crucigrama por barras de hierro- alzó la mano izquierda, agitándola en el aire.

Estaba llorando otra vez.


14 x 21,5 cm. 448 pp.
Rústica
ISBN: 958-655-711-1
$35.000 - US$15


 
NOVEDADES | PUBLICACIONES ANTERIORES | INICIO

Visualización: 800 x 600 pixeles - Fuente mediana - Animaciones flash - Internet Explorer
Administración: Alejandro Uribe Tirado / Editorial Universidad de Antioquia. ©Copyright, 1999-2006