"Yo siempre he sido, que me gusta mucho leer revistas de moda y todo eso siempre me ha gustado. Yo, cuando era chiquita, jugaba a ser modelo, y una vez me llevaron a una casa de modelaje y me escogieron, pero mi mamá nunca me quiso llevar porque me dijo que yo estaba muy chiquita. Cuando tenía diez años, ya después no le paré bolas a eso y ya no me gusta ser modelo porque, ¡qué pereza una vida de modelo! Pero yo siempre he sido como que... yo siempre me disfrazaba con la ropa de mi mamá y jugaba al desfile de modas y al modelaje.
Cuando yo tenía como 12 años, comía de todo. Pero yo desde chiquita comía muy mal, porque yo antes me demoraba una hora para comerme un almuerzo. Entonces, mi mamá era sentada al lado mío esperando a que me comiera unas papitas, un arroz y una carne. Porque yo partía la carne, me la masticaba, salía a correr por la casa, cogía una muñeca, después llegaba y me volvía a sentar. Entonces, ya el almuerzo estaba frío y yo no me lo quería comer. Mi mamá o Adiela, que era la que me cuidaba, tenían que sentarse al lado mío para ver si yo sí estaba comiendo. Ya después sí comía normal, comía mucho en el colegio con mis amiguitas, comíamos que papitas, que brownie, helado, no me preocupaba por nada. Pero ya a los trece o catorce, que uno empieza a tener amigos, uno sí se empieza a preocupar.
Yo dejé de comer a los 13, ahora tengo 16. Estuve hospitalizada cuando tenía 14, en el 2002. El período crítico duró un año, que fue cuando tuve todos los efectos secundarios de la anorexia.
Cuando yo había llegado de Estados Unidos, un amigo me dijo: “¡cómo estás de trocita!”, y yo no le puse atención en el momento, pero me molestó y me quedó sonando. Yo ni siquiera tenía una ombliguera, tenía una camisetica hasta la cintura, y me senté y se me salió, pues, así el gordo normal. Entonces, yo me subí el bluyín y yo me tapé y pasé toda la noche con la mano en el estómago... Ya después, yo estaba muy aburrida y no me sentía como que bien, yo dormía mucho y a veces comía demasiado, y a veces, cuando comía demasiado, yo decía. “¿qué es esto?”, y empezaba: “desayuné arepa, queso, milo, en el colegio. Me comí esto y esto y esto. En el almuerzo me comí esto”. Yo hacía la cuenta, entonces: “arroz, carne, ensalada... entonces, ya me he comido diez cosas”. O sea, todo lo sumaba, y dije un día: “hoy me comí diez, mañana me como nueve. Hoy me comí nueve al almuerzo, mañana ocho”. Y yo le rebajaba así y después era como tanto el hambre, que yo me comía por ahí veinte y después era: “¿yo qué hice? ¿Yo qué hice, Sofía? Vos sos una bruta, ¿cómo se te ocurre?”. Y me iba a tomar un yogurt y calorías, tanto, todo lo miraba. Ejercicio hacía, pero me daba pereza.
Yo a los 13 años pesaba 42 ó 43, yo ya no puedo pesar todavía 42 kilos. Cuando llegué de Estados Unidos, llegué pesando 45, eso para mí era demasiado. A mí me empezaron a decir lo de gordita, y un día llegué y me pesé y ya estaba en 46, y yo: “¿¡qué!? Yo llegué pesando 45 y ya estoy pesando 46, no, ¡esto es el colmo!”. Entonces, ya dije: “no, eso es porque estoy comiendo mucho”, y empezaba y dejaba de comer, empezaba y dejaba de comer. Y a veces yo decía: “¡no, que bobada!, voy a comer”, y cuando comía yo decía: “¡no, pero que bobada!, pero ¿yo porqué estoy comiendo?”. Entonces, ya empezaba y me miraba en un espejo, y yo, por ejemplo, veía televisión y veía como a la gente gorda, y no.
Yo empecé a dejar de comer y ya la gente empezó a notarme que estaba como aburrida, y yo llamaba mucho a mi mamá. Yo me estaba poniendo muy fea, me estaba brotando en el pecho y los muslos, tenía puras pepitas rojas y en los brazos. Yo sí era peludita, pero después de eso me volví súper peluda. Me empecé a poner flaca y yo estaba así aburrida y un día... Yo me veía normal en el espejo, pero yo siempre me he visto gorda como acá, como esta parte alta de la cadera. Y empecé a rebajar, y yo no me daba cuenta y yo era así normal y yo era muy aburrida. Entonces, mi mamá vino en diciembre del 2001. Ella dice que ella, cuando me vio, ella me vio mal. Y yo dejaba de comer, por ejemplo, yo comía dos semanas mal y en una comía todo lo que no comí en esas dos semanas, y el viernes empezaba a vomitar, como creyendo que todo lo que había comido se me pasaba con la vomitada y a veces me embutía, eso ya era gula. A veces no comía nada y a veces comía lo que no comía. En dos días no comía y me comía, al tercer día, lo que no me comí en dos días. Entonces yo me mantenía en la cocina comiendo, esculcando, todo eso. Entonces, la gente decía que yo comía muy bien. Pero ya después empecé a sentirme mal. El estómago, se me inflamaba mucho el colon. Me sentía demasiado cansada, era con pereza. Me mantenía aburrida y no toleraba nada de grasas, no podía ver grasa.
Yo me ponía como a pensar que, si yo soy gorda, las personas se van a burlar de mí. Yo veía una gorda y yo decía: “ésta qué va a tener posibilidades de nada en la vida”. Porque uno ve en televisión y ninguna protagonista de una novela es gorda, ni ninguna mujer bonita es gorda. Yo tenía una amiga que era obesa, y yo decía: “Paula, ¿ella que posibilidades tiene? A ella la ven como ‘me caés bien’, pero no la ven como que ‘mirá, invitémosla, que no se qué’, sino como... ‘¡hola!’”. Pero ella era demasiado gorda. Entonces, yo decía: “si empiezo a ser gorda, se me empieza a colgar la piel”, y era con esa obsesión como de adelgazar y adelgazar. A veces, en el colegio, cuando estaba en el Pérez School, me sentaba a escuchar clase y no sé qué era lo que me pasaba a mí, que yo estaba con las defensas como tan bajitas, tanto que el profesor me hablaba y yo era así como ida, con un desaliento impresionante, con un mareo que yo no podía, pues era un mareo horrible.
Yo estuve así como seis o siete meses. Pero no todos los siete meses estuve sin comer y vomitando, sino que fue progresando. Los primeros tres meses yo comía bien, pero ahí fue cuando empecé a rebajar. “Que no voy a comer harinas”, ya no comía harinas, “que grasas”, no comía grasas, “arroz”, lo dejé para siempre, papa no. Comía carne, ensalada y un jugo. Ya después empecé: “que la carne engorda”, entonces, dejé de comer carne y empecé a comer atún. La gaseosa la dejé, el desayuno, con agua. Entonces, una arepa con agua, ese era mi desayuno hasta el otro día. Entonces, me pasaba todo el día con una arepa con agua, y almorzaba y lo vomitaba. Los primeros tres meses era así, ya a los cinco o seis, ya estaba dejando de comer semanas completas. Pasaba sin comer una semana a punta de agua, jugo y chupando mentas [confites]. Cuando yo tenía mucha hambre, compraba de esos chicles que son parecidos a los Motitas [confite], pero que son así, gordos, y yo llegaba y me los comía y me los tragaba. Entonces, ya, y me comía como cinco paquetes en un día. Yo todavía hago eso, pero ya es como por costumbre y llego y me los trago y ya estoy llena. Entonces, se me metía en la mente que yo ya estaba llena, pero eran todos esos chicles que me había tragado. Entonces, ya empezaba a tomar agua y en mi casa decían: “pero Sofía no come”, y yo me ponía a comer y decía: “vieron, eso es mentira. Si ves abue [abuela]..., eso es mentira, yo sí como”. Entonces, ya llegó mi mamá de Estados Unidos, y con el sexto sentido de la mamá y me dijo:
― Sofía, ¿vos sí estás bien?
― Sí, mami, yo sí estoy bien.
― ¡Ay! estás toda flaca.
― ¿Flaca? No mami, normal, como siempre.
Yo ya estaba, obviamente, con el cambio, las ojeras así, el pelo súper pelodesnutrido, las uñas de los pies se me caían, las de las manos eran blanditas. ¡Impresionante!, se me quebraban con nada y se me iban como quitando, como por escamitas. La boca era así toda seca y muchos pelitos en los brazos. Por la espalda, como toda velludita como un bebé, así como lanitas. Y era así todo el día, como con mal genio, con dolor de cabeza. Porque a uno le da mal genio con el hambre y yo me mantenía mal genio, aburrida, ya no me gustaba salir con mis amigos. Ya no me preocupaba sino por verme en el espejo, a ver qué es lo que tengo, a ver qué era lo que me faltaba por rebajar. Y me veía unas piernas de elefante gordísimas, una cintura así ancha. Me voltiaba de perfil y me veía una barriga, así, como de cinco meses de embarazo. Unos cachetes que yo dije: “no, estos cachetes me tapan los ojos, no puedo ver, ¿qué son esos cachetes?”. Yo me veía impresionante, yo me veía como un marrano, o sea, un marrano enrazado con elefante. Eso era una mezcla extraña.
Ya después empecé a sentirme, así, atrapada. Ya se me había vuelto una obsesión. Y una obsesión que yo me quedaba, por ejemplo, así, horas, mirando ese mueble, y como que se me ponía una película de imágenes en mi cabeza y empezaba a pensar en las frases: “¡ay!, ¡cómo llegó de trocita!”, “¡cómo está de gorda!, ¡ay!”, que yo no sé qué.
Yo nunca he tenido muy buena comunicación con mi papá. Un día que yo estaba súper aburrida y no quise salir con él, le respondí de una forma muy brusca, súper grosera, y él llegó y se paró, y me dio un puño en la cara, y yo: “¿qué...?”. Yo me puse brava y él se fue. Eso fue un caos total ese día en mi casa. Cuando eso, mi mamá no había venido, y entonces yo empecé a sentirme súper aburrida y me empezó a doler la cabeza. Entonces, ahí empecé a pensar: “no, es que si yo fuera más flaca, si yo fuera más bonita, no tendría porqué pedirle nada a mi papá, no tendría porqué estar haciendo aquí nada”. Y empecé a pensar en eso y me empezó a dar un dolor de cabeza, impresionante, y empecé a coger pastillas y no sé si eran antibióticos, vitaminas, no sé. Empecé a coger pastillas y yo creo que me tomé hasta pastillas vencidas. Y yo llegué y cogí todo eso, las destapé y me metí como cinco puños de pastillas y me las tomé.
Yo me tomé esas pastillas porque yo dije: “¡ay! tengo dolor de cabeza, voy a buscar algo para el dolor de cabeza”, y ya después me volvieron esas películas de todo y yo: “no, ¿yo qué estoy haciendo?”. Entonces, empecé a construir una película en mi cabeza: “si me tomo todas esas pastillas, me pueden dar un poco de tranquilidad, que yo no sé qué me pasa, o me muero, o quién sabe”. Y me tomé todas esas pastillas, pensando que me iba a morir, pues, casi me muero. Yo no sé cómo no me morí. Entonces, vomité hasta más no poder.
La primera vez fui donde un psicólogo, yo ya estaba muy mal. Estaba demasiado depresiva. Yo me acostaba y no comía nada, nada, y empezaba a llorar y a llorar. Yo no le decía nada al psicólogo, yo era totalmente callada, yo me quedaba así totalmente ida, él me hablaba y yo: “¿qué? No quiero hablar”, y él me dijo: “usted se va para donde un psiquiatra”. Fui donde el psiquiatra, entonces, empecé a hablar con el psiquiatra, me preguntó que si yo comía, y yo le dije que sí. Me pesó y me dijo:
― Esperáte un momentico que necesito hablar con tu mamá. Mirá, en la clínica Bolivariana y en el San Vicente, hay un grupo de psiquiatras que hacen un tratamiento para las niñas con problemas de anorexia.
A partir de este momento inicié una etapa muy dura de tratamientos y recaídas, pues estuve internada en diversos hospitales y en clínicas psiquiátricas las más horribles. Siempre era el mismo interrogatorio:
― ¿No vas a comer?
― No, hablemos primero y después yo como.
― ¿Vos cómo creés que sos? ¿Flaca, gorda?
― Pues trocita tirando a gorda.
― ¿Sí? Pero aquí dice que pesás 40 kilos.
― Ahí, pues 40, normal.
― No, estás pesando muy poquito, eso no es nada, Sofía.
Y ya empezaron a preguntarme: “¿Has vomitado? ¿Has comido? Tienes vellito, y que esto, que el pelo”. Me tocaban las uñas.
Un día, cuando salí del hospital, yo dije: “no, yo tengo que acabar con esto, yo tengo que darme cuenta de que yo soy una anoréxica, y que yo necesito comida y alimentarme para salir de esto”. Entonces, el primer paso que yo di, fue aceptar. Yo soy anoréxica, yo no como, yo vomito tanto, yo dejo de comer tres días, después como todo el día, a mí me pasan estas películas por la mente, yo veo a la gente gorda y para los gordos no hay posibilidades, que las mujeres flacas tenemos más oportunidades en la vida que una gorda grasosa.
Yo creo que todo influye en lo que a mí me pasó. Vos prendés el televisor y que una flaca, que esto, la modelo. Vos mirás una revista y la portada, una vieja con un súper cuerpo. Vos vas a cualquier parte y una valla con la súper modelo. Entonces, como que ¡ay!, estar a la moda, estar súper bien, sentirme linda, flaca. Yo quería tener una figura perfecta y yo pensaba que si yo tenía una figura perfecta, dejaba de preocuparme por los otros problemas. O sea, empezaba a preocuparme más por mí y empezaba a despreocuparme de los otros problemas. Los problemas con mi mamá, con mi papá. Yo pensaba que eso me podía solucionar mis otros problemas. Como que encontré refugio en eso, porque yo me iba a sentir conforme con un logro. Si no tenía lo otro, que era la plata y mi mamá, por lo menos tenía algo que era mi cuerpo hermoso. Como que “mirá, el cuerpo de Sofía es el mejor”, como que sentirme orgullosa de algo. El hecho de ver que yo tuviera un cuerpo súper lindo se volvió una obsesión, en algo que destruyó los años de mi vida, como también el estar yo con ese novio, que me presionaba tanto, que era una persona que me puso a mí amargada. Él y yo empezamos y súper bien. Yo apenas tenía 14 años y la niñita enamorada. Él en eso tenía 18 y yo: “no, pero me trata súper bien, que mirá que esto, lo otro”. Y ya después tuvimos un problema, que él me había puesto los cachos, que yo no sé que, que él estaba hablando de mí, que yo era una niña boba. Y yo me puse a peliar con él y le di un puño, pues, le pegué hasta un puño, y yo pelié con él, así, horrible.
Y ya terminamos y ya no he vuelto a saber nada de él, y desde que estoy sin él, estoy súper bien. Y Tomás, que fue después, no fue como un novio, sino como un amigo. Estuve con él dos meses, pero no fue así como mi novio, sino un amigo y a veces salía con él.
Otra de las cosas que yo creo que influyó para que me diera anorexia, fue el nuevo colegio, porque estar en ese ambiente, me hacía sentir como débil ante todas esas situaciones. Entre el Pérez y el Bolívar había demasiada diferencia. Porque en el Pérez, todos eran como hiperactivos, como hijos de papi y mami, resentidos. Entonces, eran como todos locos, todos groseros, eso era lo maluco. Yo creo que eso influyó para que me diera la anorexia, porque uno estar como en ese ambiente, me hacía sentir como débil ante todas esas situaciones.
En el Bolívar yo estaba súper aburrida, porque tenía muchos problemas con una profesora y perdí sexto. Y ya lo estaba volviendo a perder y me salí. En ese momento, tenía doce o trece años y entré en el Pérez School, que fue cuando mi mamá se fue para Estados Unidos, y ahí fue cuando empezó todo. Obviamente, sí hubo un cambio, porque en el Bolívar eran sólo mujeres y yo allá me mantenía con todas mis amigas. Yo ya conocía el colegio, yo conocía a todo el mundo, y entré al Pérez School y eso es un ambiente muy pesado, porque es el papá que más tenga plata, los mejores carros, “¿cuál es tu reloj? ¿Cuáles son tus tenis?”, porque uno no se podía ir con los tenis que quisiera; “¿tú dónde viajas? ¿Tú qué haces? ¿Qué aretas te ponés? ¿De qué marca es tu morral?”. Demasiado materialista. Ese cambio de ambiente es demasiado brusco y, además, el problema económico, que mi mamá se había tenido que ir. Entonces, yo antes tenía y ahora no tengo nada, eso era como que... Luego estuve un tiempo sin estudiar, porque estuve de clínica en clínica, tratamientos y todo eso. Ya no había colegios en los que me dejaran entrar a mí, porque ya todos estaban en la mitad del año, o ya iban a terminar, y yo ya estaba saliendo de eso, en octubre. Y yo había escuchado del Cortez, y le dije a mi mamá que me entrara al Cortez. Averiguamos y entré en enero a estudiar octavo. Entonces, eso es semiescolarizado, un año en seis meses.
Yo, con las del Pérez School nunca salí. Sólo hablábamos en el colegio, pero nunca salí con ellas. Yo me hacía con todas las niñas del salón. Para estudiar, me hacía con las inteligentes, con las que eran súper queridas, y en descanso me hacía con ellas o a veces con cuatro amigas. Entonces, una era tapada en plata, la otra era una loca ahí, la otra hija de los dueños del Pérez, y la otra era otra loca. Una de las que te digo que era loca, tomaba ritalina en el salón. Era hiperactiva y se trataba súper brusco con los hombres. La otra, sí era muy decentica, pero era súper pinchada, súper creída. La otra era como que: “yo soy grande, la que fumo, la que hago esto”. Y Ana María, la hija de los dueños, hacía lo que se le daba la gana, como es el colegio de ella. Allá, hablábamos mucho de la figura, del cuerpo, como que: “¡ay!, me voy a meter al gimnasio”. Yo me acuerdo que una decía: “no, el bon bon bum tiene yo no sé cuántas calorías, yo por eso no vuelvo a comer bon bon bum”. Había otra que se mantenía con el tarro de agua, así en descanso, y otra: “¡ay! no, mirá que estoy en el gimnasio; que vacumterapia, que mesoterapia, que yo no sé qué”. Y empezábamos a hablar de modelos: “¡ay! no, ésta sí tiene el cuerpo súper bonito; ¡ay! no, en estos días vi una foto y se le salió el gordo a yo no sé quién”. Y hablando así como de ver quién era más flaca. Es que una influencia importante, es en el colegio. Pero yo creo que, en casi todos los grupos, hay presiones frente a las personas que comen mucho o que son gordas.
Y ya en el Cortez, una amiga y yo éramos “que la caloría, que esto”, hasta que a ella la llevaron donde una nutricionista y me dijo: “no Sofía, no sigamos tomando tanta agua, comamos una proteína, que la fruta, que el carbohidrato”. Pues, me empezó a hablar de lo que le dijo la nutricionista, que dañábamos el metabolismo y eso. Ya después de eso, sí nos estamos tomando un juguito. A veces lo que hacíamos era que decíamos: “bueno, mañana ninguna desayunamos para que nos comamos una arepa”. No desayunábamos y como a las 9:30, nos comíamos una arepa y ya. Como yo me comía la arepa, quedaba súper llena, y entonces, almorzaba como a las 4:00 de la tarde. Ya después quedaba llena para la comida y no comía. Comía dos comidas en el día. Una vez a una amiga se le bajó el azúcar y ella decía: “¿cuándo será descanso?”, y se puso pálida y decía: “¡tengo mucha hambre, tengo mucha hambre!”. Después de eso, ya seguimos comiendo, pero a veces no comemos en el descanso.
Entonces, decimos: “hoy no comamos en el descanso, tomemos agua”, entonces, tomamos agua. El tema del cuerpo siempre es importante. Uno dice: “no, vi a una gorda asquerosa con una camiseta yo no sé cómo y se le veía asquerosa”. Uno puede hablar de eso porque como uno no es gordo, uno dice: “a mí no se me ve mal”. Entonces, uno sí puede criticar ahí.
En el grupo de amistades que tengo en este momento, no hay ninguna gorda. De mí siempre dicen en todas partes donde yo estoy, que yo soy la más flaca, pero todas son como de mi estilo. Estuve en otro, que había una muy gorda y a ella siempre se la gozaban [hacer burla]. Por ejemplo, una vez nos íbamos a ir a comer y nos fuimos en el carro de un amigo y todos decían: “no, que María se vaya adelante porque atrás no hay puesto, que porque es muy gorda”. Entonces, yo digo: “menos mal que yo soy flaquita y quepo ahí”.
A veces son: “que la flacuchenta, que esta si es flaca, que, qué cinturita tan chiquita”, pero yo me veo una flaca normal, yo no me siento así como el esqueleto andante. Es que si a mí me dicen flaca, es normal; pero sí me dicen flaca raquítica, ahí sí es como un insulto.
Otra de las cosas que hizo que yo tomara la decisión de no comer, fue la familia por parte de mi papá, porque mi papá es gordo, dos tías son obesas, otra tía también era súper gorda. Una de ellas se operó de la válvula, esa operación fue después de lo que me pasó a mí. Pero ya el problema de ella, era que ella ya parecía un elefante de lo gorda. Y ella se hizo esa cirugía, y desde eso, ya ha rebajado demasiado de peso. Ya compra ropa, ella ya va a los Centros Comerciales y no le da pena medirse una ropa. Ella misma me ha dicho: “es que yo salgo y yo puedo entrar a cualquier almacén y pedir ropa, porque ya tengo de mi talla”. Eso cambia demasiado la autoestima, uno pasar de ser un gordo a ser una persona normal. A ella le cambió la vida, porque ella lo que hacía era que cuando tenía muchos problemas, comía y comía, y no paraba de comer. Entonces, ella se volvió así como un bodoque, y ya después de que se hizo esa cirugía, ya está muy bien".