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Mejorar
la escritura de investigación cualitativa
Harry
F. Wolcott
Fragmento
del capítulo 2: El arranque
Cómo
empezar
En
el momento en que generas oraciones que podrían aparecer
en el escrito final, has comenzado la redacción. Que tus
primeros intentos sobrevivan a los recortes y reformas posteriores
es asunto diferente y de poca monta; si aquello que estás
escribiendo pudiera de pronto encontrar puesto en el manuscrito
final, puedes mirar con orgullo a quien sea y decir que ya (¿finalmente?)
empezaste a escribir. Existen toda clase de palabras elegantes para
describir lo que haces antes de escribir: organizar, conceptualizar,
esbozar, rumiar o cranear, como lo describe Peter Woods
(1985: 92-97; 1999: 15-22), pero mientras tu lápiz no haya
comenzado a formar oraciones sobre el papel o hayas logrado el efecto
equivalente por medio de algún milagro de la tecnología
moderna, no tienes motivos para reclamar la simpatía o admiración
de tus familiares, amigos o colegas por haber comenzado realmente
a escribir.
Además
de tener algo importante sobre lo cual escribir, los requisitos
básicos para arrancar con la tarea son el tiempo y el lugar
y, dependiendo de tu estilo personal y la solidez de tus pensamientos,
bien sea una idea (para desarrollar para ti mismo) o un plan (en
cuyo caso puedes empezar a escribir para el público que buscas).
Tienes que tener ideas claras sobre las condiciones mínimas
que requieres como infraestructura para escribir. Por ejemplo, aunque
me encanta estar bien aperado de tostadas y queso mientras escribo,
éstas no son necesidades absolutas. Por otra parte, no soy
capaz de escribir con distracciones reales, o con la mera posibilidad
de ellas; me es esencial una quietud sin interrupciones.
Para
escribir de manera productiva en el área académica
siempre me pareció mucho más satisfactorio trabajar
en casa que tratar de hacerlo en mi oficina de la universidad, lugar
de incesante interrupción. Para algunos colegas, la casa
no es un santuario y aprenden a usar sus oficinas estratégica
y productivamente, protegiéndose bien o programando sus horas
de escribir. Los estudiantes que deben escribir lejos de su casa
o de la oficina parecen sobrevivir, de manera que un buen consejo
es que si uno no tiene un lugar de trabajo natural para escribir,
debe crearlo y obligar a los demás a respetarlo. Cuando debo
trabajar en la universidad sin interrupciones, recojo mis materiales
y me dirijo a la biblioteca, pero allí escojo un sitio o
incluso una biblioteca diferente (la de derecho, o la de ciencias)
donde ni los libros ni sus lectores me distraigan demasiado.
Me
fascina mostrarle a la visita que llega a mi casa mi maravilloso
estudio un cuarto atractivo y grande, con un mesón
bajo, empotrado, para mi computador y uno alto, también empotrado,
que me sirve de escritorio. Tengo una vista de árboles y
colinas a través de las ventanas que miran al norte, y mi
biblioteca profesional está a unos pasos de distancia. Pero
estos son privilegios de la edad y la posición, no prerrequisitos.
Gran parte de lo que he escrito lo he hecho con bolígrafos
bic, en blocs amarillos de rayas y sobre un poyo de la cocina libre
de objetos, o sobre una mesa, especialmente durante períodos
de investigación de campo conducidos lejos de mi estación
de trabajo acostumbrada. Todavía hoy, cuando se me hace difícil
seguir no se me vienen las palabras o no encuentro bien el
sentido regreso a la usanza antigua y saco un
bolígrafo y un bloc amarillo. Es posible que estos recuerdos
me ayuden a tranquilizarme pues sé que soy capaz de hacerlo,
aun cuando el zumbido incesante de mi computador susurre su nota
amenazadora de duda.
Si
se me da la posibilidad de elegir, prefiero escribir donde pueda
desplegar ante mí (y dejar ahí sin que los molesten)
los materiales que deseo tener a mano inmediatamente: uno o dos
diccionarios (incluyendo uno completo, de enorme tamaño),
un tesauro (todavía prefiero buscar en un ejemplar de carne
y hueso que en un programa de mi computador) y algunos tacos
de papel especiales para apuntar los pensamientos o trabajar sobre
algunas frases o ideas difíciles antes de consignarlas en
el manuscrito. A pesar de la incomodidad de tener que despejar
la mesa cada vez que haya una comida, e incluso si uno come
siempre en casa, la mesa de la cocina debe estar libre veintidós
de las veinticuatro horas del día, y ésta es una de
las posibilidades que tienes. Además, la cafetera y los bizcochitos
están convenientemente cerca.
Mi
tema en realidad no es sobre el café ni los bizcochitos.
Quiero que reconozcas tus particularidades relacionadas con la escritura
y que valores su importancia. Mímate. ¿Qué
se necesita para obligarte a escribir, para lograr que sigas haciéndolo
de manera productiva y para garantizar que lo volverás a
hacer, preferiblemente al día siguiente a la misma hora?
Si tienes opciones realistas, ¿cuál es la combinación
de tiempo y lugar en que trabajas mejor? Sólo te debes preocupar
mucho por el café, el té y la música de fondo,
o lo que sea, en tanto se vuelvan distracciones. Tuve un colega
que no se concentraba en la casa porque tenía demasiadas
comodidades y ventajas, especialmente con la cocina tan cerca. Necesitaba
la austeridad de la oficina en la universidad para que su escritura
tampoco se engordase.
Desarrolla
la rutina lo mejor posible para que te rinda el precioso tiempo
de que dispones para escribir, porque nunca tendrás el suficiente.
La rutina puede ayudarte a hacer un uso eficiente del tiempo que
tienes. Organízate para impedir las interrupciones. Hazte
a las comodidades suficientes, de tal manera que esperes que llegue
rápido la hora de escribir y que no le temas a la idea. Nuestro
periódico publicó la historia de un escritor de la
localidad que escribe con su gato en el regazo y el perro a sus
pies. Como no le gusta perturbarlos, les achaca la necesidad de
quedarse mucho rato sentado al computador. Si tienes animales domésticos
suficientes, intenta hacer esto, pero la anticuada autodisciplina
parece preferible.
Yo
tengo en cuenta la altura de las sillas y la mesa, la luz, la circulación
del aire y la temperatura del cuarto. Me gusta tener espacio suficiente
para el conjunto de materiales, cada vez mayor, que quiero tener
cerca de mí. Cuando me di cuenta hace años, de que
tendía a llevar mi trabajo al poyo de la cocina después
del desayuno en lugar de ir yo a mi estudio, y que era la altura
del poyo y el banco de la cocina lo que me parecía tan cómodo,
a la primera oportunidad diseñé un nuevo estudio con
un mesón empotrado de dos niveles, uno de 120 cm, un poco
más alto inclusive que un poyo normal de cocina; el otro
de 85 cm, una altura menor, conveniente para el computador. Cada
nivel tiene su propia silla: una silla baja, de escribir, junto
al computador, y una alta, como de dibujo, en el escritorio, porque
cuando trabajo, a veces me gusta estar más alto y de pie
y no sentado.
Me
encantó leer en el excelente librito de Howard Becker Writing
for social scientists (1986), que la mayor parte de nosotros llevamos
a cabo algún ritual bien sea como acto final para sacarle
el cuerpo a la escritura o como marcador físico para comenzar
la tarea del día. Algunos de sus estudiantes y algunos
de los míos revelaron que se duchaban, afilaban los
lápices o aspiraban la casa antes de sentarse a escribir
y, tal como lo anotó una de mis alumnas, Jan Lewis: Siempre
queda la posibilidad de ponerse a planchar. Una nueva raza
que parece ser capaz de sentarse frente a una pantalla y empezar
de una vez a trabajar, reconoció, hace algún tiempo
que los computadores, por ser divertidos y por su capacidad siempre
en expansión, ofrecían un nuevo conjunto de distracciones
(disipación computarizada como llamó a
esto Jeffrey Nash [1990]) capaces de desconcentrar a los escritores
o investigadores, con consecuencias más terribles que los
virus de computador que pueden atacar sus programas.
El
correo electrónico ofrece una fuente de distracción
tan atractiva especialmente para quienes eligen atender el
anuncio de los mensajes nuevos que las características
del computador que permiten ahorrar tiempo, hacen que éste
se pierda del todo. Mi manera inicial de resolver este problema
fue accidental. El vetusto computador de mi estudio no tenía
módem, de modo que cuando decidí (a regañadientes,
debo admitirlo) usar el correo electrónico, recibía
los mensajes en un computador diferente, localizado en otro cuarto.
Mi computador sólo estaba conectado a un tomacorriente y
mi ritual de calentamiento se limitaba al tiempo que necesitaba
para cargar los programas. Cuando me hallaba trabajando en un manuscrito,
abría inmediatamente donde había dejado el día
anterior; no había mensajes esperando entrar y yo no tenía
manera de salir. Si no es muy tarde ya, piensa en la
posibilidad de hacer lo mismo y dedicar un computador viejo sólo
a la tarea de escribir. No vas a caer en la tentación de
ver si tienes correo cuando el computador que usas sólo para
escribir no lo envía. Pero, ¡qué se va a hacer!,
sucumbí a la tentación de mejorarlo y ahora me es
casi imposible hacerle el quite a los correos antes de sentarme
a trabajar. Pero todavía uso el computador viejo para los
archivos de respaldo y cada vez que aparece un virus nuevo, respiro
aliviado: ¡ahí no me va a llegar!
Valoro
la verdadera importancia que cada uno de nosotros le asigna a la
escritura por la prioridad que le da cuando hay varias opciones
y responsabilidades en competencia. Mi momento óptimo es
inmediatamente después del desayuno, con la promesa de varias
horas ininterrumpidas. Considero que realmente estoy escribiendo
cuando le saco mi mejor tiempo y le doy mi mayor prioridad a la
redacción. Lo importante no es que escribir sea lo primero
que se haga sino que sea lo prioritario en la programación
de las actividades del día. Me quito el sombrero ante quienes
se levantan a las cuatro y media de la mañana a escribir
o ante los que empiezan a hacerlo cuando los demás habitantes
de la casa están ya dormidos. Yo puedo, y es lo que prefiero,
hacer que la escritura se convierta en una actividad diaria de horas
normales y no que sea una prueba permanente de temple. Un buen indicador
de tu compromiso es si eres capaz de ignorar el timbre del teléfono
o, en caso de que tengas otras personas que te contesten, si les
has dado instrucciones de que no estás disponible durante
el período dedicado a escribir. Supongo que a quienes les
gusta escribir de noche tienen dificultades cuando algunos miembros
de la familia les comentan sobre los programas que están
presentando en la televisión, en particular los especiales.
¿No puedes de pronto grabarlos y premiarte más tarde?
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