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Revista No. 288 Abril - Junio

Lem o los límites de la omnipotencia
Risa y complejidad en las fábulas cibernéticas

 

Andrés García Londoño

  

... lo que en verdad deseas
preguntarme es si el Cosmos
es verdaderamente ridículo.
 Pero a esa pregunta, cada cual ha de
responder por sí mismo.
“El rey Globaldo y los sabios” Fábulas de robots

A veces los hombres construyen a los robots,
a veces los robots a los hombres;
el hecho de pensar con un poco de
gelatina o con un poco de metal, carece de importancia.

Altruicina, o una historia verdadera
donde se cuenta cómo el ermitaño
Bonifacio quiso hacer feliz al cosmos
y cuáles fueron los resultados.
Ciberíada

Hay un problema común con la genialidad. En particular con aquella de la cual nacen las creaciones artísticas: luego de un primer momento en que el espectador se maravilla ante la obra del genio, justo en el segundo siguiente ésta tiende a intimidarlo. Así, el genio, antes que acercar, puede alejar por lo que tiene de incomprensible, de fenómeno excepcional. Y la estratificación cultural de nuestra sociedad —en parte consecuencia de esa obsesión occidental por dividir el conocimiento en compartimentos estancos para hacerlo aprehensible— radicaliza todavía más esta situación. Ello contribuye a que muchas personas nunca intenten acercarse verdaderamente al arte, por juzgar que las creaciones artísticas son sólo para el disfrute de un supuesto grupo de “elegidos”. Así, uno de los imaginarios sociales más comunes y más falsos en torno del arte es la idea de que para disfrutar una sonata de Beethoven se necesita saber leer partituras, o para apreciar un cuadro de Van Gogh conocer la teoría del color... Por fortuna, cada cierto tiempo surge un genio sonriente, quien con sus carcajadas hace estremecer las fronteras entre arte mayor y arte popular, e incluso, en algunos casos extraordinarios, las fronteras entre ciencia y arte.1
El escritor, matemático, psicólogo, mecánico, profesor de literatura y médico polaco Stanislaw Lem (1921-2006), fue uno de esos genios. Pero, quizá se pregunte alguien, ¿por qué asignarle de entrada el calificativo de “genio” a Lem? ¿No se supone que ese título, en el mundo artístico al menos, debe ganarse duramente por el filtro de la posteridad?... No, la verdad, opino que no. A veces la genialidad, entendida como capacidad intelectual y creativa, simplemente resulta obvia, incontestable, y tal es el caso de Lem. Por una parte, son escasos los individuos que combinen dentro de sí las pasiones y potenciales que dentro de él habitaban. Su capacidad para el análisis matemático rivalizaba con sus capacidades para la creación y el análisis del lenguaje, incluyendo tanto la reflexión profunda como la floritura y el retruécano. Para decirlo escuetamente, Lem podía armar un motor con la misma facilidad con que escribía un cuento. De hecho, fue esa capacidad —la de armar el motor, quiero decir— la que le permitió sobrevivir trabajando como mecánico, además de los papeles falsos que escondían sus raíces judías, mientras ayudaba a la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial2 y más tarde le permitió ser fundador de la Sociedad Astronáutica y de la Asociación Cibernética polacas.
Pero la genialidad de Lem sólo empieza allí, con lo variopinto de sus capacidades innatas. Es en su producción literaria —que une arte y ciencia, estética y cálculo— donde se confirma. Algunos comentarios dicientes que nos permiten hacernos una idea del efecto de Lem en sus lectores son, por ejemplo, aquél que afirma que es el “Borges de la cultura científica”, o ese otro que lo califica como el “Bach de la ciencia ficción”. Y los periódicos no se quedan atrás. Según el New York Times él era “una versión moderna de Swift y Voltaire”, el London Times afirmaba que sus novelas “debían cargar una advertencia legal: la lectura de este libro es buena para su salud”. También de sus colegas vino el halago; colegas en sus múltiples profesiones, valga aclarar: científicos como Carl Sagan y Douglas Hofstadter, y escritores, como Kurt Vonnegut, John Updike y Anthony Burgess, quien dijo de él que era simplemente el “más inteligente, erudito y cómico escritor que trabaje en la actualidad”. En un ensayo a propósito de su muerte, Peter Swirski, quien dirige un grupo de estudio acerca de Lem y se ha convertido en una de las autoridades sobre su legado literario, incluso afirma que los “estudiosos lo han declarado un movimiento literario en sí mismo”.3
De todo lo anterior —así como de los prejuicios que su obra, como la de cualquier genio, ha tenido que enfrentar— da cuenta una conocida frase de una crítica en el Philadelphia Inquirer en 1983: “Si Lem no es considerado para el premio Nobel antes del fin de siglo, será porque alguien le diga a los jueces que escribe ciencia ficción”... Sí, Stanislaw Lem es un autor de ciencia ficción, pero de la misma manera que Borges o Calvino lo son de literatura fantástica. Es decir, un autor que llevó su propio género mucho más allá de dónde estaba antes; tanto, que de hecho resulta casi irreconocible. La literatura fantástica es una antes de Borges y Calvino, y otra después de ellos. Exactamente lo mismo pasa con Lem y la ciencia ficción. No en vano los tres autores tienen en común —además de ser escritores mayúsculos que no recibieron el Nobel— haber sufrido en un principio los prejuicios, nacionalistas o políticos, de las mentalidades provincianas, en particular en sus países de origen, frente a obras declaradamente universales, sin importar que estas críticas surgiesen de ambientes tan “respetables” como la universidad o los periódicos... Y también como Borges o Calvino, fue un autor que logró una enorme popularidad en vida, alcanzando en su caso más de 27 millones de ejemplares vendidos en 41 idiomas.
Esto último nos lleva de nuevo al inicio de este ensayo. Lem fue, si se quiere, “un genio popular”, un genio que atrae antes que alejar, en parte porque su intención no era ganarse el respeto de sus congéneres sorprendiéndolos a cada momento con su erudición, sino, por el contrario, derrumbar las murallas que nos impiden acercarnos al conocimiento. Además, otra cosa que facilita el acercamiento es su humor, característica superior de la inteligencia según afirma Nietzsche. Al igual que Borges y Calvino, Lem tenía una capacidad infinita para la ironía e incluso para reírse de sí mismo, como nos deja entrever el siguiente fragmento de su autobiografía Wysoki Zamek (El castillo alto), que aunque fue traducida recientemente al español no ha llegado aún a las librerías colombianas.
Norbert Wiener comienza su autobiografía con las palabras: “Yo fui un niño prodigio”. Lo que yo tendría que decir es: “Yo fui un monstruo”. Posiblemente sea algo exagerado, pero ciertamente cuando niño yo aterrorizaba a quienes estaban a mi alrededor. Por ejemplo, yo obedecía sólo si mi padre se paraba sobre una mesa abriendo y cerrando una sombrilla, o permitía que me alimentaran únicamente si era bajo la mesa. El que yo fuera un niño prodigio era algo que sólo podían pensar tías amorosas. [...]. A mis cuatro años aprendí a escribir, pero no tenía nada de importancia que comunicar por tal medio. La primera carta que escribí a mi padre desde Skole, a donde había ido con mi madre, era un pormenorizado relato de cómo yo había defecado en una letrina campestre que tenía una tabla con un hueco en el medio. Lo que olvidé mencionar en tal reporte era que además yo había tirado en el hoyo las llaves de nuestro anfitrión, quien también era un médico [...].
Por todo lo anterior, si un lector nunca se ha acercado a la obra de Lem y desea aproximarse, el primer consejo debería ser: “Olvídese de sus prejuicios, ni siquiera intente clasificarlo: va a leer algo nuevo, distinto, que, por tanto, le va a recordar a la vez muchas cosas y ninguna en particular”. Esto resulta importante no sólo por los prejuicios que existen en torno de la ciencia ficción, que vinculan el género estrictamente al entretenimiento,4 sino porque una de las características permanentes de la obra de Lem es tener una escritura multinivel. Con ello se quiere decir que en la misma obra conviven diversos estratos simbólicos; así, La investigación, por ejemplo, puede ser leída como una simple novela policíaca. Y como tal, no especialmente buena. Pero si se ve más allá del género, si se está dispuesto a cavar hasta lo más profundo de sus sustratos, se encuentra en esa novela una crítica a la razón humana misma, dado que ésta se muestra incapaz de abarcar como un todo siquiera su propia realidad... Y ello, a partir de los mismos problemas a los que se enfrenta la mecánica cuántica. En la novela hay múltiples hipótesis aparentemente sólidas que acaban siempre contradiciéndose sin que nunca una se imponga del todo, ya que resulta imposible decidir cuál es más cierta.5 Valga decir, de paso, que la crítica al antropocentrismo como medida del cosmos —no sólo en relación con la inteligencia, sino también en parámetros como la fuerza o la belleza, tal como demuestran El invencible o Solaris— es tal vez la mayor constante en toda la obra de Lem, por lo cual no resulta extraño que muchos críticos la comparen con la de Jonathan Swift, en particular con los Viajes de Gulliver.
Esa lectura multinivel es común a todas las obras de Lem, donde la trama, muchas veces simple en apariencia, esconde siempre tesoros ocultos que, en la mayoría de los casos, no vamos a ver en una primera lectura, por más cuidadosa que ésta sea. Siempre se nos escapará algo. Por ello, aunque la comparación con Bach resulta acertada si se piensa en lo revolucionario de algunos de sus planteamientos —e incluso nuevas temáticas— para la ciencia ficción, desde el punto de vista del simple disfrute de la lectura resulta mejor compararlo con Mozart: el genio musical con mayor capacidad de atraer al público general. ¿Por qué? Porque Mozart encierra una paradoja, esa a la que aludíamos antes, “la paradoja del genio risueño”, y que consiste en que no sólo sus posibles lecturas, sino el disfrute mismo, es multinivel. Resulta posible gozar de su música con oídos de niño, incluso sin haber escuchado nunca música clásica, y enamorarnos con el Papageno de Die Zauberflöte o de­jarnos arrastrar por la melodía de las sonatas para piano, pero también es posible exigirle más, mucho más al compositor, técnica y temáticamente, hasta el punto de que los miles de expertos en composición que lo han estudiado todavía no han conseguido extraerle todos los secretos. Hasta cierto punto, esa misma envidiable capacidad la posee Lem. Y en ningún lugar resulta tan evidente esto como en las más “sencillas” de sus obras: las fábulas cibernéticas.
Un legado reformulado
La obra de Lem no constituye una obra monolítica, sino fácilmente divisible en tres bloques. En un extremo, están los libros de ensayo. En el bloque intermedio, los libros de prólogos imaginarios. En el tercer bloque, todo lo estrictamente narrativo —la producción más copiosa—, que a su vez se divide en tres grupos. Primero, los relatos de Pirx y las novelas “serias”, cada una de ellas independiente y, sin embargo, con múltiples vínculos temáticos entre sí y con el resto de la obra. En la mitad, los relatos sobre los viajes de Ijon Tichy, —esto es, El congreso de futurología, Diarios de las estrellas y Regreso a Entia—, así como otros escritos satíricos, como Memorias encontradas en una bañera. Y en el extremo de lo narrativo, las fábulas, por inspirarse en las formas más básicas del arte de contar —remitiéndonos con frecuencia a clásicos universales como Las mil y una noches, las fábulas de Esopoo El asno de oro—, con dos libros: Fábulas de robot (1964) y Ciberíada (1967).
La estructura de las fábulas es, entre toda la obra de Lem, la más sencilla. Principio-desarrollo-final en su más pura expresión. Lo más que se complica esta estructura es con la introducción de varios cuentos dentro de un mismo relato, pero los relatos son consecutivos, no simultáneos, y están claramente separados, siguiendo al parecer el ejemplo de algunas narraciones de Scherezada. Tal es el caso de los “Cuentos de las tres máquinas fabulistas de rey Fabulón”, donde dichas máquinas se turnan para contar al monarca sus respectivas historias: la máquina blanca, un cuento ingenioso; la azul, uno divertido; la negra, una historia para hacer reflexionar al oyente. Sin embargo, a pesar de que su estructura parezca sencilla, el contenido es cosa por completo distinta.
Las fábulas representan la escritura multinivel elevada sobre sí misma. O, según afirma en su página de internet Greg Keogh, admirador del autor polaco:
[Ciberíada] es un cóctel de cuentos populares, relatos infantiles y mitología mezclados con alta matemática, cálculo de probabilidades y filosofía [...]. Superficialmente estas historias pueden ser leídas como absurdos cuentos de hadas, pero bajo ello yacen de forma furtiva profundas y penetrantes metáforas sobre todo aquello que resulta importante para la ciencia y la filosofía humanas.6
Antes de adentrarnos más en esa curiosa mezcla alquímica de elementos disímiles que logra Lem, sería bueno aclarar que estilísticamente él se inspiró en el trabajo de precedentes ilustres en su propio país. Ante todo, en Henryk Sienckiewicz (1846-1918), premio Nobel de literatura en 1905 —autor de una trilogía que describe la historia polaca, además de la famosa Quo Vadis—. El mismo Lem afirmaba que se había basado en Sienckiewicz para dar con el tono épico que caracteriza tanto a Fábulas de robot como a Ciberíada, aunque en su caso tal tono permita crear simplemente el ambiente de estructura medieval —poblado de reyes, princesas, dragones y monstruos—, donde se desarrollan las aventuras de quienes, sin embargo, son autómatas que tienen a su disposición la más avanzada tecnología, y que, paradójicamente, acaban cayendo siempre en las mismas preguntas que los hombres nos hemos hecho desde que golpeábamos roca contra roca para producir chispas... Sí, las mismas preguntas, pero con consecuencias mucho más complejas, gracias a todo lo que hemos aprendido, en particular en el terreno científico, durante el último siglo.
Un ejemplo excelente de la lectura multinivel a que se prestan las fábulas de Lem, es la historia de Yonamás Autohijo, cuyo nacimiento, en un planeta basurero situado en “la Nube Negra de la Galaxia Espiral de la Constelación de la Calandrea”, ocurre así:
El famoso constructor Trurl, de paso por aquella región, fue deslumbrado por un cometa de cola chillo-­
na y, para ahuyentarlo, empezó a tirar por la ventana de su nave espacial las cosas que tenía al alcance de la mano. De este modo se fue al espacio cósmico un juego de aje­drez de viaje, con figuras huecas por dentro, que Trurl solía llenar de coñac; un barril de pólvora que los Varlayos de la estrella Cloreley no consiguieron inventar, y varios utensilios de cocina, entre ellos, una vieja cazuela de barro resquebrajada. La cazuela, habiendo adquirido la velocidad acorde a las leyes de la gravitación y aumentada por la cola del cometa, dio de pleno contra la pendiente encima del vertedero, cayó más abajo en un charco, resbaló sobre el lodo, descendió entre la basura y chocó con una chapita ligeramente oxidada que bajo el impulso se enrolló sobre un trozo de alambre de cobre; entre los bordes de la chapa penetraron unos fragmentos de mica y ya hubo un condensador. El alambre rodeó la cazuela dando origen a un solenoide primitivo, y una piedra, movida por la cazuela al caerse, empujó un trozo de hierro cubierto de orín que era un imán viejo. De este movimiento nació una corriente que desplazó otras dieciséis capas y alambres provocando la disolución de sulfuros y cloruros, cuyos átomos se adhirieron a otros átomos. Las moléculas, entremezcladas, comenzaron a sentarse a horcajadas sobre otras moléculas, hasta que de todo esto se hizo en medio del vertedero un Circuito Lógi­co y cinco más, además de los dieciocho supletorios que nacieron cuando la cazuela se había roto finalmente en trozos. Aquella misma noche se arrastró fuera del muladar, junto al charco que ya se había secado, Yonamás Autohijo de este modo creado, que no tenía padre ni madre y era su propio hijo, ya que su padre era Azar y su madre, Entropía. Salió Yonamás del vertedero de basuras ignorando totalmente que la probabilidad
de su existencia era del orden de uno contra cien supergigacentrillones elevados a heptallonésima potencia, de modo que se puso a andar tranquilamente hasta que llegó al charco siguiente, en el cual, gracias a que éste aún no se había secado, pudo contemplar su reflejo arrodillándose en la orilla.
Yonamás se contempla en el agua y se da cuenta de que es simétrico: posee dos brazos y dos piernas. Ello hace que se encuentre hermoso. “—¡A fe mía! ¡Soy encantador e incluso perfecto, lo que implica incontestablemente la Perfección de Toda la Creación! ¡Oh, cuánta bondad debe de tener el que me ha creado!”. Pero la verdad es que el azar es un constructor tan poco cuidadoso que al séptimo paso Yonamás tropieza, se va contra el muladar, se golpea la cabeza y por 314.000 años permanece llenándose de orín y descomponiéndose. Un zapato arrojado por una nave lo hace volver en sí, pero sus sentidos se han descompuesto permanentemente... Sin embargo, como su mente continúa intacta, filosofa y medita sobre el sentido de la existencia, partiendo de una sencilla y no tan sorprendente frase: “¡Creo que existo!”. Como no tiene ya sentidos y el golpe le ha hecho perder la memoria, Yonamás cae en el solipsismo y resuelve llenar la “insoportable monotonía” de su vacío interior con un universo propio al que llama el Gozmoz. Crea en su fantasía astros independientes de los reales, elementos químicos nunca vistos e incluso seres vivos. Pero es un creador bondadoso, sus criaturas viven felices y jamás se toma un descanso en velar por ellas. Además, es un universo muy liberal, pues: “A Yonamás no le gustaban las normas severas y los reglamentos de cuartel que implanta la Madre Naturaleza (a la que él no conocía ni sabía de su existencia)”. Sin embargo, mientras Yonamás estaba ocupado con su Gozmoz, el orín había ido comiéndose el metal de su cabeza, y la misma cazuela que antes lo había empujado a la vida se acercaba lentamente, arrastrada por las pequeñas olas del charco.
Y ocurrió que en el preciso momento en que Yonamás había ideado a una Baucis encantadora y diáfana y a su fiel Ondragor, cuando la enamorada pareja caminaba entre los soles oscuros de su imaginación, hablándose en voz queda en medio del silencio de todos los pueblos del Gozmoz, reventó el cráneo oxidado bajo el leve choque de la cazuela, el agua penetró en las espiras de alambre de cobre y apagó los circuitos lógicos, y el Gozmoz yonamasiano se hundió en la nada, la más perfecta de las creaciones. Y los que lo habían originado, nunca se han enterado de ello.
En ese cuento corto, de menos de cinco páginas, se sintetiza el estilo fabulístico de Lem. A primera vista, se trata ante todo de una historia divertida, “simpática” y llena de humor, a la que es posible leer casi simplemente como un cuento infantil... Pero bajo ella, encontramos reflexiones frecuentes en torno de la divinidad, el sentido de la existencia, la realidad, la soledad, la inteligencia, e incluso discusiones científicas. Yonamás actúa como Dios de sus criaturas, pero al mismo tiempo el Azar rige su propia creación y ese azar sirve como comentario a la teoría evolutiva, pues el surgimiento de la vida en los océanos de la Tierra primitiva guarda una estrecha semejanza —millones de años más, millones de años menos— con el nacimiento de Yonamás. Y como si resultara poco encontrar a Dios y al Azar en un mismo cuento, parece haber también, como es frecuente en Lem, fuertes críticas al antropocentrismo. Primero, el autor critica en forma directa nuestra tendencia de tomar al cuerpo humano como referencia estética universal: Yonamás se considera hermoso simplemente porque no conoce nada más. Pero aunque cuente con inteligencia y belleza interior, lo cierto es que su cuerpo está tan contrahecho y es tan poco funcional que sólo le permite caminar siete pasos antes de hacerlo tropezar y enterrarlo bajo Tierra. Y de allí llegamos a la segunda crítica, más general y dirigida a la civilización humana misma, que pretende medir al universo bajo sus parámetros, dada su total ignorancia —o falta de aceptación— de la existencia de algún Otro.7
Ahora, ¿cómo lo consigue Lem? ¿Cómo logra integrar en sus narraciones todos estos elementos y en tal proporción? El primer y más importante recurso que nos dejan entrever las fábulas cibernéticas es la creación de un universo literario donde todo parece posible. Un cosmos literario donde ya no sólo los animales hablen —como en los universos de Esopo o Perrault—, o donde existan brujas y dragones —como en los relatos de Grimm y las mitologías—, sino donde una tecnología mucho más avanzada, así como enormes períodos de tiempo y espacio, permitan que ningún planteamiento sea, al menos de entrada, totalmente inverosímil. Un lugar, en fin, donde el narrador pueda darse el lujo de ser un fabulador omnipotente.

Más allá del límite
Si existe un atractivo primario en escribir ciencia ficción es ir más allá de lo ya conocido... Pero se trata no sólo de ir más allá del presente, sino de cada experiencia humana. Inventar “máquinas infernales del deseo”, como hace Ángela Carter. Visitar los rincones menos iluminados de la mente humana, como J. G. Ballard. Pasearse por las infinitas posibilidades del género, como Ursula K. Le Guin. Crear civilizaciones sin límites temporales, como Isaac Asimov. O explorar los límites de lo posible, como Ray Bradbury.
Sin embargo, la primera condición para ello es crear un marco de referencia que haga verosímil la historia para el lector. Así, si deseo explorar el mesianismo —y de paso estudiar la forma en que las transformaciones ecológicas afectan a la sociedad humana—, una buena idea es aquella sobre la cual se erige el Dune de Frank Herbert: un mundo-desierto con unas condiciones tan drásticas que hacen creíble que allí existan unos seres tan duros como los Fremen, capaces de componer un ejército imparable una vez tengan al líder correcto. Pero lo más interesante es que tal marco de verosimilitud funcionará mejor mientras más pueda reforzarlo el lector con sus propios referentes. Es decir, mientras el lector sepa más de historia y mejor conozca que ocurrieron eventos como la expansión musulmana, la rebelión de los zelotes, o las campañas de los hunos y mongoles, más fácil le resultará aceptar que un ejército de Fremen guiado por un Mesías mucho tiempo esperado sea capaz de fundar un imperio galáctico.
Pero si lo que el autor busca es crear un Cosmos donde todo, absolutamente todo, pueda ser posible, ¿cómo lograrlo? A mi juicio, Lem lo consigue con un juego de manos en dos fases: primero, remitiendo a los lectores al primer universo literario de casi todos nosotros: esto es, el universo de los cuentos infantiles. Aquel lugar donde para poder entrar y observar a la abuela transformarse en lobo o al príncipe escalar la torre colgando de los cabellos de su amada, la primera condición es abandonar la incredulidad en la puerta de entrada. Así, construyendo un universo medieval, con princesas, monstruos y gigantes, que tanto recuerda al placer de las primeras lecturas oídas de boca de los padres, pone al lector “a tono”, en ánimo de aceptar lo imposible. Pero como las fábulas están dirigidas a adultos, no a niños, y la incredulidad del adulto es sólida, acuñada en el yunque de las experiencias vitales, esto se refuerza con la creación de un universo con una tecnología mucho más avanzada. Y esta apelación a la credibilidad por medio de la tecnología resulta un llamado particularmente poderoso para el hombre y la mujer contemporáneos, acostumbrados a calentar su comida sin fuego en el microondas, comunicarse sin cables por celular y transportarse por medios cuyos principios de funcionamiento el 99% no comprende ni siquiera en el nivel más básico... Que seamos simples consumidores de tecnología facilita las cosas, si se quiere. Pocos de nosotros somos capaces de decir cómo puede volar un objeto más pesado que el aire, pero la mayoría no sólo estamos dispuestos a aceptar la existencia del avión, sino incluso a usarlo.8 Para hacer creíbles sus cuentos de hadas para adultos, Lem se sirve también de otra característica de la psique del hombre contemporáneo: su “acartonamiento”. Desde la primera página de las exploraciones de Ciberíada, les da un diploma a sus dos principales protagonistas, los constructores Trurl y Clapaucio. Específicamente, un Diploma de Omnipotencia Perpetua, nada más y nada menos... ¿Un recurso simple? Tal vez, pero efectivo.
El tratamiento de las bases tecnológicas del cosmos en que transcurren los relatos nos conduce a otra disyuntiva importante, hasta tal punto que suele dividir en dos a la ciencia ficción: aquellos autores que explican la tecnología presente en sus narraciones y aquellos que evitan hacerlo. Un punto complicado, porque, por lo general, mientras más explique el autor la tecnología presente en sus narraciones —por ejemplo, un motor capaz de transportar una nave más rápido que la velocidad de la luz—, más credibilidad puede ganar dentro del público profano, pero más la perderá para el público experto que sí conozca las limitaciones teóricas de lo que está proponiendo. Así que, como regla general, es mejor no explicar demasiado.9 Sin embargo, Lem lleva esto hasta el ridículo. Antes que servirse de la lógica del lector, tiende a invocar su sentido lúdico. Por ejemplo, en el cuento “Las orejas de Uranio”, dice lo siguiente: “Pirón inventó el telégrafo de hilo y luego llegó a estirarlo tanto, que el hilo dejó de existir y así nació el telégrafo sin hilo”. Aun así —y aquí yace parte de su singular encanto—, cuando sí da explicaciones, Lem es absolutamente científico: si nos presenta un mundo congelado, cada elemento químico que Lem mencione se comportaría realmente de esa forma si se dieran las condiciones descritas. Y también con los conceptos filosóficos o psicológicos involucrados Lem suele ser igualmente cuidadoso.
La literatura de ficción científica de Lem, entonces, juega en dos niveles, que suelen combinarse en sus fábulas. Así, en el cuento “Expedición tercera, o los dragones de la probabilidad”, Lem parte de un hecho concreto. “[...]. Como sabemos, los dragones no existen. Esta constatación simplista es, tal vez , suficiente para una mente primaria, pero no lo es para la ciencia. La Escuela Superior de Neántica no se ocupa de lo que existe; la banalidad de la existencia ha sido probada hace demasiados años para que valga la pena dedicarle una sola palabra más”. Con esas palabras nos introduce en lo que en su inicio constituye un recuento de los postulados de las teorías de la probabilidad y más tarde se convierte en una cacería real de dragones, gracias a un sencillo principio: si los dragones no existen es porque su existencia resulta demasiado improbable. Basta, pues, con crear una máquina que aumente la probabilidad dentro de un determinado espacio, para traer un dragón a la vida.
Por esto, en la mayoría de los casos, Lem ni siquiera trata de darle una explicación a su tecnología. El lector sabe que está contemplando un juego y que el disfraz del lenguaje científico es eso: sólo un disfraz. Y el papel de Lem es invitarlo, seducirlo para jugar, convencerlo de suspender su incredulidad para participar en la mascarada. Así, en su explicación de una máquina fabulosa, inventada para desenamorar al príncipe Pantárctico de Amarandina Cibernea, heredera de un estado rival, Lem dice lo siguiente:
 Era, como Trurl reveló al rey, un mujerotrón, dispositivo amatorio universal, o sea, un erotor total con retroacción. Quien se encontrara en el corazón de la máquina, conocería de golpe los encantos, voluptuosidades, seducciones, suspiros, besos y abrazos de todo el bello sexo del Cosmos a la vez. El Templo de Ensueños, convertido en mujerotrón, tenía la fuerza inicial de cuarenta megamores, siendo su rendimiento efectivo en el espectro amatorio difuso del noventa y seis por ciento, y la emisión pasional, medida, como de costumbre, en kilocúpidos, de seis unidades por cada beso teledirigido. El mujerotrón estaba equipado además con absorbedores retroactivos de locura amorosa, un reforzador en cascada abrazaderoembelesador, y un sistema automático de “primera mirada”, ya que Trurl era partidario de la teoría del doctor Afrodontus, creador de la tesis del campo enamorante súbito.
Ahora, existe otro punto importante en la construcción de un marco de verosimilitud que permita un universo donde todo sea posible: olvidarse de los protagonistas humanos. Los hombres y mujeres de carne, si no ausentes, somos al menos secundarios en las bien llamadas “fábulas de robots”. Los protagonistas de tales fábulas son seres inteligentes, dotados con nuestras mismas pasiones, pero construidos de brillante metal, por lo cual ellos nos conocen como los “paliduchos”, o también como los “rostropálidos”, los “viscosos”, los “hijos del océano”, los “devoradores de cadáveres”, e incluso, en alguna ocasión, nos califican como “mohos reptadores” de “pegajosa naturaleza”. A lo largo de los cuentos se presentan distintas versiones sobre nuestra relación con las máquinas: en las fábulas iniciales somos seres vengativos, que planean hacerles pagar a los seres de metal haberse rebelado cuando usamos a las máquinas para propósitos indignos (“[el Gran Calculador Genotoforio, antepasado de los robots] les hablaba de ética y ellos replicaban que estaba mal programado”). En los últimos cuentos, sin embargo, ellas y nosotros coexistimos dentro de un mismo Cosmos, aunque sin mayores contactos, y parece estar presente la hipótesis de un desarrollo simultáneo, hasta el punto de que uno de los acertijos más antiguos del Cosmos literario de Lem es: “¿Qué fue primero, el robot o el rostropálido?”.10
Lo que más importa en todo caso es que al utilizar como protagonistas a seres de metal, no sólo se vuelve lógico que tengan capacidades extraordinarias —como conectarse unos a otros con enchufes o poder conversar en el vacío interestelar, así como una mayor resistencia física y esperanza de vida—, sino que se abandona el terreno de las preocupaciones estrictamente humanas y se entra en los límites y alcances de la inteligencia y del conocimiento mismos, en particular en lo relativo a la ética tecnológica.

La melancolía divina
Llegamos así a un punto clave: ¿por qué escribe Lem sus fábulas? Una primera explicación, la más evidente, parece del todo sencilla: por mero goce. Si Lem hubiera disfrutado la escritura de sólo uno de sus libros, seguramente ese sería Ciberíada. Aunque sólo haga falta raspar ligeramente el barniz de las fábulas para encontrar una complejidad innegable, todo el aspecto de su superficie se presenta lúdico, ligero, vaporoso... En cierto modo, la sensación que se transmite a un lector al encontrarse por primera vez ante Ciberíada es la misma que sentimos cuando nos hallamos frente a un hermoso individuo del género que más nos guste, que por añadidura es inteligente y lleno de humor. Cierta sensación de encanto, de promesa, de descubrimiento... Y sin embargo, bajo la dulce superficie de los textos, hay también una innegable sensación de melancolía.
Ciertamente, existen fragmentos de lúdica pura en la obra de Lem. Partes de sus fábulas parecen no tener otro objetivo que unir lo que él más ama y que raramente es unido. Los dos lenguajes humanos: la ciencia y el arte, las palabras y las matemáticas. Sin otra pretensión que verlos juntos, que experimentar el placer de encontrarlos en un mismo párrafo, complementándose de una forma rara vez vista. Tal cosa sucede, por ejemplo, cuando Trurl y Clapaucio realizan los cálculos sobre el papel que les permitirán construir un monstruo capaz de vencer a Cruelio, experto cazador coronado. Para ello crean un modelo matemático de ambos y los enfrentan en operaciones de cálculo:
 Y ocurrió que estos bocetos se enfrentaron con tanto ardor sobre las grandes hojas blancas que cubrían la mesa, que se rompieron todos los tiralíneas a la vez. [...]. El rey galopaba sobre todos sus coeficientes de crueldad, se extraviaba en el bosque de signos séxtuples, volvía de sus propias huellas, atacaba al monstruo desde los últimos sudores y últimas factoriales; este entonces se desintegró en cien polinomios, perdió una equis y dos ipsilones, se metió bajo la raya de un quebrado, se desdobló, agitó sus raíces cuadradas y ¡fue a dar contra el costado de la real persona matematizada! Se tambaleó toda la ecuación de tan certero que fue el golpe. Pero Cruelio se rodeó de un blindaje nolineal, alcanzó un punto en el infinito, volvió en el acto y ¡zas, al monstruo en la cabeza a través de todos los paréntesis! Tanto le arrió que le desprendió un logaritmo por delante y una potencia por detrás. El otro encogió los tentáculos con tanta covariante que los lápices volaban como locos, y ¡vuelta otra vez con una transformación por el lomo, y una vez y otra! El rey, simplificado, tembló del nominador a todos los denominadores, cayó y no se movió más. Los constructores brincaron de sus sillas, se pusieron a reír, bailar y romper las hojas cubiertas de cálculos ante la vista de los espías [...].
¿Alguien, alguna vez, había descrito de una manera similar una operación de cálculo? ¿Es Lem el primero en unir de tal manera las dos capacidades más intrínsecamente humanas: el lenguaje y las matemáticas? Si así fuera, a mi juicio, bastaría ya con esto para justificar la existencia de Ciberíada. Pero no sólo en la síntesis de las propias pasiones encontramos el propósito de Lem para escribir sus fábulas cibernéticas. También resulta evidente su necesidad de criticar aquello que le disgusta: así, la burocracia es el único modo de vencer a un ser indestructible, la vanidad literaria se ve ridiculizada en “La expedición primera A, o el electrobardo de Trurl”, uno de sus mejores cuentos, y los autócratas, los sistemas políticos basados en la masa, los halagadores de profesión y los órdenes policiales reciben, uno a uno, sus respectivas pullas.
Pero más allá del goce de unir sus disciplinas amadas y de soltar andanadas verbales contra los aspectos de la sociedad que más le resultaban odiosos, me parece que existe un propósito menos obvio para el hecho de que Lem se haya decidido a escribir sus fábulas. Y sólo es posible descubrir dicho propósito si efectuamos antes la siguiente reflexión: Lem, como hemos visto, se aseguró de construir en sus fábulas un cosmos literario donde todo es posible. De ello surge una pregunta básica: ¿para qué alguien se molestaría en crear un universo donde todo sea posible?... Y una posible respuesta: ¿no será precisamente para advertirnos sobre los límites de esa omnipotencia? Con esto, tales relatos cumplirían el último de los requisitos para ser considerados fábulas clásicas: la presencia de una moraleja más o menos evidente.
El cuento sobre el príncipe Pantárctico es un buen ejemplo de lo anterior. Trurl puede construir una máquina capaz de brindar todos los placeres amatorios: el mujerotrón. Pero Trurl a pesar de su omnipotencia tecnológica fracasa, porque el príncipe está verdaderamente enamorado. Así que tiene que cambiar de enfoque y dirigir sus recursos a hacer cambiar de opinión al padre de Amarandina para que dé su aprobación a la boda. Allí sí tiene éxito, gracias a la elaboración de una máquina capaz de efectuar un bombardeo inclemente sobre el país rival (aunque en este caso se trate de un bombardeo “vivífero”).
Sucede lo mismo con la “Expedición séptima, o cómo su propia perfección puso a Trurl un mal trance”. En ella, el constructor encuentra a un tirano exiliado en un planetoide. Como se apiada de él, le construye un reino en miniatura, habitado por criaturas microscópicas. Pero cuando se encuentra más tarde con su amigo Clapaucio, éste le hace ver lo que ha hecho. Sin importar que sean creaciones del constructor, los seres microscópicos han sido modelados con tal realismo que son capaces de sentir, pensar y sufrir, por lo cual resulta tan cruel y falto de ética dejarlos en las manos del tirano como si hubiera dejado un reino de proporciones normales. Así, Lem no sólo se interna en la noción misma de conciencia y vida, sino que se plantea de nuevo, de forma clara, la pregunta que se repite una y otra vez en sus fábulas: ¿que uno sea capaz de hacer algo, implica que posea el derecho de hacerlo?... Pero, de hecho, se puede llevar aún más allá esa misma pregunta y encontrarnos con lo siguiente: ¿que uno sea capaz de hacer algo, implica siquiera que tenga un sentido hacerlo?
Esta segunda variante, aquella que nos pregunta por el sentido, por el propósito, se repite en varios cuentos que nos advierten contra los horrores de la utopía tecnológica. Uno es la historia de los Bobalicios, “alias Hedófagos, alias Felicítragos”, quienes han construido máquinas para que se encarguen de cada aspecto de su existencia. “En aquel planeta cayó en desuso el pronombre reflexivo ‘se’, ya que allí nadie se paseaba ni se alegraba con una botella de Leyden ni se distraía ni se enamoraba, sino que los paseaban unos Paseadores, los alegraban unas Alegradoras, los distraían unas Distractoras, y ni siquiera podían sonreír, porque incluso esto lo hacían por ellos unos autómatas especiales”. Como puede imaginarse, la existencia es un infierno en tal planeta, por lo que sus habitantes no tienen más remedio que tratar de “esconderse de la dulzura de la vida” u ordenar a sus máquinas que les pegasen, pues, como dice textualmente Lem: “el bienestar, cuando es excesivo, hace más daño que la pobreza”. Ante lo cual uno no puede sino maravillarse de la actualidad de una observación realizada hace cuarenta años si tenemos en cuenta la cultura global del hedonismo mercantil, en particular lo relativo a las estadísticas de problemas juveniles en los países con más alto nivel de vida del globo. Pero no termina allí.
“Nuestra perfección, Trurl, es nuestra maldición, que aflige cada creación hecha por nosotros con la impredecibilidad de sus consecuencias”, dice Clapaucio. Mientras tanto, nosotros, en esta Tierra real, no fabulada, somos cada día más conscientes —luego de Katrina, en medio del aumento de la fuerza de huracanes y tifones, y mientras observamos cómo se derriten los polos y glaciares— de la posibilidad de un desastre ecológico de proporciones planetarias, cuyo origen se encuentra vinculado a la civilización tecnológica que hemos construido y que nos ha llevado a ser, como especie, más ricos que nunca, pero con la misma injusticia que siempre. Un marco donde los cuentos que exploran la ética de la omnipotencia se vuelven mucho más que simples fábulas.
Dado esto, resulta todavía más brutal el último cuento de la colección de fábulas. En “Altruicina, o una historia verdadera donde se cuenta cómo el ermitaño Bonifacio quiso hacer feliz al cosmos y cuáles fueron los resultados”, se relata cómo Trurl y el bienintencionado Bonifacio van en búsqueda de una civilización que haya alcanzado la Fase Suprema del Desarrrollo. La encuentran en un planeta cuadrado que gira alrededor de una estrella cúbica, que en realidad es un Diosotrón —o máquina capaz de “hacerlo todo en el radio del Cosmos entero”— construido por los efesedas (o habitantes de la F. S. D.). Pero ellos, en lugar de utilizar sus conocimientos para iluminar a las civilizaciones menos avanzadas, se pasan todo el día enterrados en la tierra, durmiendo o hurgándose la nariz, y a quien viene a preguntarles algo le regalan caramelos sacados de las orejas. Trurl se indigna. Pero los efesedas tienen una razón pa­ra ello. Lo han intentado casi todo para ayudar a las otras civilizaciones y, cada vez que lo hicieron, las cosas terminaron peor de lo que estaban al comienzo. Por ello, estos seres que no solamente son omnipotentes sino que casi han alcanzado la omnisciencia, se han convencido de lo siguiente:
—Dar la felicidad con la ayuda de mi­lagros es la técnica más llena de riesgos que conozco —contestó con severidad la voz de la máquina—. ¿Cómo quieres que la apliquemos? ¿Individualmente? El exceso de belleza rompe los matrimonios, el de la inteligencia trae la soledad, la riqueza exagerada conduce a la locura. ¡No, no! ¡No se puede dar la felicidad a los individuos y menos todavía a las sociedades! Cada sociedad ha de seguir su propio camino, subir de manera natural los peldaños del progreso y deberse a sí misma todo el bien y el mal que consigue. Nosotros, los de la Fase Suprema, no tenemos que hacer en el Cosmos; no creamos Universos nuevos, ya que, si me permites la observación, sería algo muy poco correcto. ¿Por qué motivos los crearíamos? ¿Para demostrar nuestra omnipotencia? Sería una razón muy poco noble. Entonces, ¿para el bien de los creados? ¡Pero si no existen! ¿Cómo se puede buscar el bien de alguien que no existe? Se pueden hacer cosas cuando aún no se puede hacer todo. Después, hay que mantenerse quieto... ¡Y ahora, dejadme en paz de una vez!
Trurl y Bonifacio probarán algo de la impotencia de los omnipotentes efesedas cuando llevan a un planeta de seres orgánicos una de las pocas alternativas que los todopoderosos seres aún no han descartado: la altruicina, capaz de hacer que cada quien experimente los dolores y placeres de los prójimos que tenga cerca. El resultado, por supuesto, es catastrófico. Los doctores no pueden estar cerca de las mujeres en parto, turbas furiosas recorren las calles linchando a cuanto enfermo o depresivo encuentran, y luego se reúnen cerca de las parejas que pasan su luna de miel, aupándolos como si se tratara de un partido de fútbol mientras dan sus respectivas opiniones. Y así Lem, con la misma sonrisa melancólica que caracteriza sus fotografías, nos hace beber en su última fábula un buen trago de impotencia divina.
Las fábulas de Lem, en fin, deben considerarse entre sus trabajos mayores, al mismo nivel de Solaris o Diarios de las estrellas. Su sencillez es sólo aparente, su complejidad más que evidente. Y si consideramos por un momento la época en que vivimos, precisamente cuando la humanidad está entrando en su adolescencia tecnológica, su valor intrínseco aumenta aún más, pues, ¿qué mejor lectura se podría recomendar a un joven adolescente que una que lo haga reír de su propio poder y que al mismo tiempo le permita vislumbrar el alcance de sus posibles decisiones y lo lleve a asumirlas con madurez?
Para asignar a Lem su importancia última resulta necesario entonces recalcar lo obvio: como especie hemos reunido ya un poder no muy lejano del de Trurl y Clapaucio. Tal como demuestran la huella del hombre en la Luna y la culminación del primer mapa genético, poseemos ya las capacidades básicas para alterar tanto el macrocosmos como el microcosmos. Pero si tenemos o no la inteligencia —o incluso la sensibilidad— para tomar decisiones con una ética que iguale nuestra capacidad física, es cosa que aún está por verse. No puede decirse, entonces, que a nuestra especie adolescente le sobren lecturas donde se combine el poder con la sensibilidad, la ciencia con el arte: las verdaderas lecturas indispensables para una especie tecnológica como la nuestra. O como bien dijo, predicó y aplicó en su propia vida Lem mismo: “La ciencia explica el mundo, pero sólo el arte puede conciliarse con él”.

Andrés García Londoño (Venezuela - Colombia)
Autor del libro de relatos Los exiliados de la arena. Ha publicado ensayos, artículos y reseñas en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República, la Gaceta del Fondo de Cultura Económica (Filial Colombia), Arcadia y la revista El Malpensante, así como cuentos en distintas revistas y antologías. En la actualidad es asistente de dirección de la Revista Universidad de Antioquia y profesor de cátedra del Departamento de Historia de la misma institución.

Notas
1 Aunque ayuda sin duda el hecho de que esas barreras, a pesar de su pomposa apariencia de murallas de prisión, en realidad están construidas de frágil y porosa piedra pómez. Otra manifestación más del mito de la caverna: las paredes sólo son reales mientras así lo creamos.
2 La primera novela de Lem, hasta ahora inédita en español, se titula El hospital de la transfiguración y describe un asilo mental en la Polonia ocupada por los nazis, donde un joven doctor trata de encontrarle algún orden o sentido al mundo que lo rodea. “Los manicomios siempre han condensado el espíritu de su época”, es una de las frases más citadas de la misma. Aunque fue escrita en 1948, debido en parte a la censura soviética no fue publicada hasta 1975, cuando Lem ya era una figura literaria.
3 Peter Swirski, “Solaris author commands a cult following”. En: Ideas (Invierno, 2003). Canadá: University of Alberta, Faculty of Arts, p. 6.
4 Siempre resulta peligroso calificar un género a partir de los prejuicios a que pueda conducirnos la lectura de algunas de sus obras menores. Después de todo, no sería muy justo pretender establecer las características de las novelas de amor a partir de la obra de Corín Tellado y sin haber leído nunca a Anna Karenina.
5 Un análisis más detallado de la relación entre la física cuántica y las novelas epistemológicas de este autor, puede hallarse en: http://www.estaciondenieblas.net/modules/AMS/article.php?storyid=5.
6 En línea: http://www.orthogonal.com.au/hobby/sf/authors/lem/
7 Resulta necesario recordar que Lem se negó siempre a aceptar que los cuerpos biológicos, resultado de la evolución, fueran la mejor alternativa para albergar la inteligencia, dada la insuperable tendencia de los mismos a desgastarse y morir. Por otro lado, existen quienes afirman que ya compartimos la Tierra con otras especies inteligentes —no sólo los famosos delfines y ballenas, sino también los insectos con sociedades complejas, como las abejas o las hormigas—, pero su forma de inteligencia es tan distinta a la nuestra que nos resulta difícil aceptarla como tal.
8 Una muestra extrema de esta condición humana es explorada por Lem en la novela Retorno de las estrellas, cuando el astronauta Hal Bregg regresa a una Tierra donde han pasa­do 127 años desde su partida, aunque para él sólo hayan pa-­
sado diez como consecuencia de la relatividad. Hal se da cuenta de que en la nueva Tierra no hay peatones: en su lugar son las calles mismas las que se mueven. Gracias a esto, Lem puede provocar en el lector una inolvidable sensación de estar perdido, similar a la de encontrarse en una ciudad cuyo idioma no se habla, tal como en la película Lost in Translation, de Sofia Coppola. Pero al mismo tiempo, la novela constituye un retrato de la extraordinaria capacidad de adaptación de nuestra especie a las nuevas circunstancias.
9 Existen excepciones, por supuesto. Algunas creaciones de los autores de ciencia ficción han sido tan lógicamente planteadas que han podido llevarse al mundo real o, al menos, adelantarse a él. Entre ellas estarían, por ejemplo, las tres leyes de la robótica, de Isaac Asimov, o internet misma.
10 En Diarios de las estrellas, Lem va aún más lejos cuando llega a insinuar que todos los seres vivos terrestres somos el resultado de los experimentos de dos marineros alienígenas borrachos que encontraron en la Tierra primitiva el ambiente perfecto para hacer un criadero de monstruos de circo. El soplo divino, en tal versión, es sustituido por el estornudo lleno de gérmenes de un marinero enfermo.

 


20.5 x 27 cm. 140 pp. / ISSN: 0120-2367
$9.000 - US$9


 

 
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