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Revista No. 288 Abril - Junio
El universo narrativo de Stanislaw Lem
El conocimiento es el héroe de mis libros
S. Lem
Al escritor Darío Ruiz Gómez,
precursor de la lectura de Lem en Colombia
Orlando Mejía Rivera
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Sabemos que la literatura nace de la infancia perdida recobrada por la memoria. Este es el legado de Proust y su famosa evocación del pueblo de Combray luego de volver a saborear una taza de tilo y una magdalena. Pero también surge de las pesadillas y esa es la materia prima de la narrativa de Kafka. Proust recuerda a su amorosa madre dándole un beso de buenas noches. Kafka sueña las fantasmales sombras de lo que parece su padre, acechando como un monstruo al niño asustado. En líneas generales, los escritores han heredado los dulces recuerdos diurnos y los miedos arquetípicos nocturnos para construir sus propias narrativas con la mezcla de ambos.
De ahí, la primera extrañeza que genera Stanislaw Lem (1921-2006) al referirse a las evocaciones de su infancia en su autobiografía El castillo alto (1966). El niño, de siete u ocho años, hijo de un médico otorrinolaringólogo, no recuerda el rostro de sus amiguitos del colegio, ni las películas que vio con su mamá en un viejo teatro de Lvov, ni el olor de la primera niña de la cual se enamoró. Lo que su memoria trae con una gran intensidad son los objetos inertes: un búho de porcelana del escritorio de su padre, piezas de motores derruidos con los que jugaba, aros de madera, tornillos, martillos, cables inservibles, cajas de música destrozadas por él mismo, y por eso dice: “me es más sencillo hablar de los objetos de mis primeros años de vida que de las personas”.
Esta curiosa predilección de la memoria del niño Lem por las cosas, ilumina lo que será la obra narrativa y ensayística del adulto: un extraño universo donde lo humano pugna por liberarse de las cadenas mentales del antropocentrismo y, por ello, sus atrevimientos a pensar en otros caminos cognitivos. Desde finales de los años cincuenta, Lem comenzó a escribir una obra exótica e inclasificable para la tradición de la narrativa occidental, basada en los múltiples saberes que conoció, dominó y anticipó, en parte, desde su juventud genial: las matemáticas, la medicina, la teoría de la evolución, la biología molecular, la astronáutica, la física cuántica, la incipiente cibernética, la robótica, la informática, la literatura de ciencia ficción (Wells y Stapledon), la literatura clásica (Cyrano de Bergerac, Rabelais, Swift, Sade, Voltaire) y moderna (Dostoievsky, Sartre, Camus), las lenguas (su polaco natal, el francés, el latín, el alemán, el ruso, el inglés).
Esta multiplicidad de saberes se expresan en la diversidad de matices de su obra, y esto ha llevado a que sea considerado de manera contradictoria por lectores y culturas. Por ejemplo, en Alemania se le considera un “filósofo futurista”, en Rusia un “científico teórico”, en Estados Unidos un “escritor de ciencia ficción”, en Polonia un “narrador de cuentos infantiles”, en Japón un “pensador tecnológico”, en Francia un “humorista de lo grotesco”, en América Latina “otro Borges, pero con formación científica”.
Este ensayo resalta algunos puntos centrales de la obra de Lem, y asume que su complejidad narrativa hace parte del denominado paradigma de la “epistemología transversal”, en el cual mediante el pensamiento analógico, que intenta relacionar diferentes áreas del saber, se busca encontrar una unidad de sentido entre distintos fragmentos de los conocimientos especializados.
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Las obras sobre el espacio exterior fueron las que le dieron a Lem su fama mundial de narrador de ciencia ficción. En este ciclo de novelas están Planeta Edén (1959), Solaris (1961), El invencible (1964) y Fiasco (1986).
En la primera novela, una nave cae de manera abrupta en el desconocido planeta Edén y queda enterrada bajo la arena de su superficie desértica. La tripulación —conformada por un cibernético, un médico, un químico, un ingeniero y el comandante—, tratan de reparar los daños de la máquina, pero a la vez se dedican a explorar y buscar formas de vida inteligente. Al principio descubren algo similar a una fábrica automatizada que produce extrañas formas corporales; luego, llegan a una especie de ciudad subterránea repleta de esqueletos desiguales; después se encuentran con unos discos volantes y creen que son atacados por descomunales seres dobles, que parecen niños blandos dentro de las bolsas de una variedad de marsupiales gigantescos y jorobados, y el ingeniero dispara y mata a uno de ellos.
Lo más preocupante para los tripulantes humanos es que esos seres, que deben ser inteligentes por el nivel tecnológico que poseen, no establecen comunicación. Su desespero radica en no comprender qué está pasando y hace reflexionar al doctor: “Por desgracia, el hombre no es capaz de comprender todo lo que es posible”. Esta frase nos recuerda al Wittgenstein del Tractatus: “Todo lo pensable es posible”. Pero, precisamente, el doctor revela una gran limitación de nuestra mente: existen realidades en el cosmos que no son susceptibles de ser pensadas ni comprendidas por los seres humanos.
Al final logran comunicarse, hasta cierto punto, con uno de los seres de Edén y creen entender que pertenece a una civilización que cometió el error de hacer manipulaciones genéticas que llevaron a crear futuras generaciones de mutantes con deformidades y degeneración mental. Sin embargo, esa sociedad negó los hechos, bloqueó la información, la falsificó y asumió que las mutaciones se debían a una epidemia natural. Entonces, los tripulantes concluyen que esta civilización ha inventado una “procústica”, que consistiría en la sistemática restricción, selección y bloqueo de la información para la sociedad. Por supuesto, esta novela también revela la Polonia sometida al régimen soviético en la que vivía Lem en esa época.
La segunda novela, Solaris, es la gran obra maestra de Lem. Su forma y contenido la hacen un clásico de la narrativa contemporánea; es decir, una obra inagotable en sus interpretaciones. Kelvin, psicólogo espacial, viaja a la estación del planeta Solaris, en donde cien años atrás se descubrió un mar que fue considerado, al principio, como una “máquina plasmática” que influía sobre la órbita de su propio mundo. Luego llegó a ser aceptado como un organismo vivo y quizá racional, que no tenía sistema nervioso central, pero que fue clasificado así: “Tipo: politero. Orden: sincitialia. Categoría: metamorfo”.
Es decir, se clasificó al océano Solaris sin saber qué era en realidad. Pero, además, la civilización humana se obsesionó por lograr la comunicación con el océano. En esos cien años se escriben miles de libros sobre Solaris y se construyen hipótesis que pasan por la de considerarlo un “océano yogui” o un “océano autista”, hasta llegar a la etapa de la desesperanza donde se empieza a considerar que jamás se superará la ignorancia frente al significado profundo del océano.
Sin embargo, Kelvin, el cibernético Snaut, el físico Sartorius y el comandante Gibarian, quien se suicida antes de llegar Kelvin, descubren algo nuevo: un estímulo no autorizado con rayos X a las aguas de Solaris ha producido una aparente respuesta: el océano materializa los “traumas morales” de los tripulantes. En el caso de Kelvin, materializa a Haray, su esposa, quien se suicidó luego de tener una discusión con él diez años atrás. La historia entre la “copia” o el “fantasma” de Haray y Kelvin pone en escena narrativa la idea filosófica de Berkeley y el problema central del idealismo subjetivo: existir es ser percibido.
Pero también es una historia de amor y de psicología freudiana que exploró con aceptable fortuna, a mi modo de ver, el cineasta Tarkovski en su versión fílmica de Solaris (1972), que se convirtió en una caricatura del peor romanticismo en la versión norteamericana de Soderbergh (2002). Aunque, quizás hasta cierto punto el fracaso de las versiones cinematográficas radica en que la historia entre Kelvin y Haray sólo es importante como un ejemplo más de las manifestaciones incomprensibles del océano para la mente humana.
Ahí radica la fuerza misteriosa de la novela. Las hipótesis sobre Solaris fracasan todas, porque tal vez el conocimiento humano resulta incapaz de salir de sí mismo. Es decir, la conquista de las galaxias lejanas y la potencial comunicación con inteligencias extraterrestres más que del desarrollo de la tecnología aeroespacial, depende de la comprensión de lo que somos, o podemos llegar a ser, nosotros mismos. Los límites del espacio infinito se encuentran en el obtuso pensamiento antropocéntrico de nuestra mente.
De allí que Snaut le diga con amargura a Kelvin: “No imaginamos que pueda haber algo muy distinto y con esta idea partimos hacia otros mundos. ¿Y qué haremos con esos otros mundos? Dominarlos o que ellos nos dominen. ¡No hay otra idea en nuestros patéticos cerebros! Ah, cuánto esfuerzo inútil”. Al final Kelvin encuentra en la biblioteca un texto heterodoxo en los estudios solarísticos: el folleto de Gratlenstrom. Allí se llega a una conclusión que parece irrebatible: “nunca sería posible ninguna clase de ‘contacto’ entre el hombre y alguna civilización extrahumana”. ¿Hasta dónde las copias materializadas fueron una manera de manifestarse a los humanos el océano Solaris? ¿La destrucción de Haray y las otras copias fueron un asesinato? ¿Existen preguntas que siempre se chocarán contra el misterio de lo esencial?
Solaris es, entre otras cosas, la gran metáfora de los límites cognoscitivos del ser humano, incluyendo, su pensamiento científico. Lem ha construido una parábola narrativa inmersa en el mundo de la física cuántica y, en especial, en dos hechos que Werner Heisemberg dejó muy claros en su libro La imagen de la naturaleza en la física actual. El primero dice así: “El hombre no encuentra ante sí mismo más que a sí mismo”. Por eso, el océano de Solaris es, como refiere Darko Suvin, un gran “espejo parabólico” que refleja siempre los gestos del rostro humano.
El segundo hecho lo expresa Werner así: “comprender que el conocimiento incompleto de un sistema es parte esencial de toda formulación de la teoría cuántica”. O sea, que las hipótesis que pretenden explicar a Solaris son falsas porque son completas y, a la vez, ninguna hipótesis incompleta logrará comprender el significado del océano Solaris, pero la aceptación de este límite gnoseológico evita que la civilización humana se enloquezca.
Solaris dejará de ser una obsesión peligrosa para la civilización humana, cuando comprenda como Kelvin que quizá todo el universo es el producto de un “Dios imperfecto, falible, incapaz de prever las consecuencias de un acto, creador de fenómenos que producen horror [...] un dios que no sabe nada, que no sirve para nada, un dios que simplemente es”. El mismo dios que no da certezas sino incertidumbres, que no ama ni odia, que se está haciendo por medio de todas las criaturas del universo, pero que no tiene una meta definida para nada ni para nadie. A Snaut le parece que ese “dios desesperado” de Kelvin es el mismo “hombre”, pero ya Kelvin no lo escucha. Ha salido al encuentro físico del océano Solaris y lo último que sabemos de él son sus palabras finales: “No sabía nada, y me empecinaba en creer que el tiempo de los milagros crueles no había terminado”.
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El invencible es una novela poco conocida, pero está casi a la altura de Solaris. El crucero de segunda clase, con dieciocho mil toneladas y ochenta y tres tripulantes, llamado El invencible, llega al planeta Regis III, de la constelación de Lira, en búsqueda de la nave El cóndor, que se extravió hace un año en ese mundo. Se encuentran con un planeta de aspecto muy antiguo, desértico, sin vida inteligente en apariencia, donde llama la atención la concentración de hierro del suelo. Luego de varios días encuentran la nave extraviada y a sus tripulantes fallecidos de muerte natural.
Los científicos realizan múltiples hipótesis, pero ninguna convence a todos. Hasta que ellos mismos descubren lo que sucede: el planeta está habitado por formas mecánicas diminutas, que se juntan y forman una nube que cambia de manera súbita el gradiente del campo magnético y genera en los hombres una amnesia total, o mejor una desintegración cerebral que los convierte en bebés incapaces de pensar y sobrevivir. Estos extraños “seres”, de acuerdo con la hipótesis de Lauda, son el producto de una “evolución inorgánica de aparatos mecánicos” a partir de una nave de los liranos que llegó cientos de años atrás al planeta y que trajo autómatas. Ellos murieron, pero los robots sobrevivieron y como eran mecanismos “homeostáticos” lograron adaptarse y aprender a utilizar la energía solar. Entonces, evolucionaron hacia formas diminutas como las “nubes negras” que están conociendo.
En esta novela aparecen dos elementos muy interesantes. El primero, la posibilidad de una evolución autónoma de servomecanismos no inteligentes, denominada por uno de los personajes como “necroevolución”, pero que han desarrollado una gran capacidad de adaptación energética al nicho ecológico del planeta. Este tema, escrito en 1964, es hoy de una gran actualidad en la discusión entre las divisiones arbitrarias de lo orgánico y lo inorgánico.
El segundo elemento, lo plantea el personaje de nombre Rohan. Parte de la tripulación ha sufrido la amnesia total y ha enloquecido. No se puede vencer a seres inorgánicos, y no todos los planetas deben ser conquistados por los seres humanos, pues: “¿Iremos por ventura a recorrer con nuestras naves todo el cosmos, llevando a bordo nuestras poderosas armas destructivas, con el propósito de aniquilar todo cuanto esté más allá de nuestros entendimiento?”. Si en Solaris los límites son cognoscitivos, en El invencible los límites son éticos. El universo guarda, quizá, potenciales líneas evolutivas que no deben ser husmeadas por los humanos, a riesgo de destruir y de ser destruidos.
La crítica de Lem al denominado “principio antrópico” de la evolución está implícita: no es cierto que la especie humana estuviera preprogramada desde el big-bang. Existimos por casualidad, pero podríamos no existir, al igual que otras posibles formas de vida en el universo. En el cosmos en evolución de Lem el azar predomina sobre la necesidad.
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Fiasco significó el regreso de Lem a la escritura de novelas, luego de casi veinte años. El argumento aborda un tema de gran actualidad: la humanidad ha tratado en vano de comunicarse con inteligencias extraterrestres, pero lo único que ha obtenido es el “silencio del cosmos”. Si la ciencia no está equivocada deberían existir formas de vida inteligente en muchas partes de la galaxia. ¿Entonces qué sucede? Una de las respuestas para comprender esos fracasos radica en las distancias abismales entre planeta y planeta. Además, como dice el personaje Lauger: “La inteligencia en pañales es invisible, y cuando madura se escapa volando por la ventana. Tenemos que atraparla antes”.
Esto quiere decir que la comunicación sólo es posible con inteligencias que hayan desarrollado una tecnología astrofísica sólida, pero, a la vez, hay un punto superior de la evolución donde estas inteligencias dejarían de querer comunicarse con inteligencias de evolución inferior. Lem desarrolla en su novela una compleja hipótesis astrofísica, que incluye los agujeros negros, zonas cercanas de “bradicronalidad” y “retrocronalidad” y el “colápsar”, para poder ir al encuentro de una civilización que habita el planeta Quinta, de Zeta Harpyiae, antes de que su nivel evolutivo supere la ventana de la comprensión humana.
Sin embargo, el vuelo del Eurídice(la nave madre) y del Hermes (la nave hija que se posa en la superficie de Quinta) termina en un desastre. Los quintanos nunca se dejan ver, sólo hay evidencia de transmisiones que los humanos perciben como ruido, y cuando Mark desciende al planeta se encuentra con una copia magnificada de su propia nave hecha por los quintanos. Ellos siempre permanecen invisibles, ni siquiera los astronautas de la misión están seguros de que se haya establecido algún contacto y, en un equívoco, terminan bombardeando el planeta, impotentes y un poco desquiciados. El fracaso le hace decir a Mark unas últimas palabras antes de morir a manos de sus propias armas: “En todas partes encontraremos el mismo silencio pétreo”.
¿Quiénes o qué eran los quintanos? La novela de Lem no lo dice, pero hay ciertas insinuaciones sutiles que hacen pensar en una civilización cuya evolución no es biológica. La posibilidad de esta idea se toma muy en serio actualmente por los científicos del proyecto Seti (Búsqueda de inteligencia extraterrestre), fundado por Carl Sagan a finales de la década del sesenta. Incluso, el investigador Steve Dick ha planteado su teoría de un universo posbiológico: las formas inteligentes de evolución superior serían máquinas con tecnologías tan avanzadas que ni siquiera se percatarían de especies inferiores como los humanos. Lo biológico sería una etapa evolutiva remota de su propio proceso de evolución.
De hecho, Lem, consecuente con la seriedad científica de sus ficciones sobre las situaciones plausibles de comunicación extraterrestre, no creía en los ovnis y atacaba con dureza a los escritores de ciencia ficción que inventaban civilizaciones extraterrestres sin ningún rigor astrofísico ni biológico.
Una variante de esa imposibilidad de comunicarnos con inteligencias no humanas, también por razones científico-lingüísticas, la desarrolló Lem en otra novela titulada La voz de su amo (1968), que presenta la historia del profesor Peter Hogarth, un reconocido matemático norteamericano, quien en el año de 1996 recibe el encargo secreto de intentar descodificar un mensaje que se ha recibido del espacio exterior. A pesar de su brillantez Hogarth no logra identificar el contenido del texto, porque el desarrollo del lenguaje humano apenas está en un nivel rudimentario de complejidad simbólica.
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Otra temática de ciencia ficción que explora Lem consiste en la distopía de las sociedades humanas del futuro. A esto lo denominó el escritor como “el realismo de la ciencia ficción”. Las tres novelas más representativas son Retorno de las estrellas (1961), Memorias encontradas en una bañera (1961) y El Congreso de futurología (1970). En la primera se cuenta la historia del astronauta Hal Bregg, que regresa a la Tierra después de una misión espacial de diez años, pero por los efectos de la relatividad, mencionados por Einstein, en la Tierra han pasado ciento veintisiete años. Entonces, Bregg se enfrenta a una sociedad muy diferente a la de su tiempo: existe abundancia de bienes materiales para todos debido a la automatización de la producción realizada por robots; la agresividad y el crimen han sido erradicados gracias a la técnica de “betrización”, que consiste en la destrucción química de una zona anterior del cerebro y a las personas ya no se les ocurre ningún impulso violento.
La liberación del trabajo lleva a que la gente use su tiempo en ver la televisión holográfica y los espectáculos del “real”; la libertad sexual total y sin compromisos afectivos serios representan el patrón de conducta usual y sólo se le teme a la vejez y a sus huellas en el cuerpo. Por eso, se han desarrollado técnicas muy sofisticadas de cirugía plástica y fármacos que permiten a los ancianos verse jóvenes y fuertes porque: “las arrugas, las canas, sobre todo el encanecimiento prematuro despiertan sentimientos tales como hace unos siglos [...] la lepra”.
Sin embargo, esta sociedad tan armónica y satisfecha ha perdido también la necesidad de investigación, de continuar viajando a las estrellas, de imaginar, de competir, de tener pasiones. Se ha llegado a una utopía “tibia”, que aniquiló a los infiernos pero también a los cielos. De ahí que Bregg, hastiado de esa perfección superficial, diga con ironía: “Fue Platón, me parece, quien dijo una vez: ‘desgraciado, obtendrás lo que querías tener’”.
Esta antiutopía está en la línea narrativa del Mundo Feliz de Huxley, pero Lem es más sutil y su astronauta Bregg no es tan anacrónico como el salvaje que leía a Shakespeare de la obra del inglés. La alienación de los ciudadanos de Lem no la determina la manipulación genética embrionaria y las antipáticas categorías sociales, sino algo más efectivo y amable: tienen el tiempo libre para hacer todo lo que se les ocurra, pero ya no se les ocurre nada, fuera de las “aventuras ficticias” que ofrece la televisión holográfica.
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Memorias encontradas en una bañera narra la historia de unos valiosos documentos hallados en las ruinas del tercer pentágono, bajo las arenas de las montañas rocosas, por una sociedad humana armoniosa del año 3146, que no comprende esa remota época de la “era del neogeno” donde sus antepasados adoraban a una deidad denominada “Kap-eh-taal” y dirigida por unos sacerdotes llamados “los banqueros”. La aniquilación de todos los papeles de esos tiempos, por una epidemia de un virus comedor de celulosa, hacen de este testimonio un acontecimiento extraordinario.
La novela, escrita todo el tiempo en tono de sátira política, se burla de una sociedad inmersa en la guerra fría, dominada por los espías y los contra espías, representada en el autor que se encuentra en el pentágono para recibir la orden de una misión secreta de gran valor político. Sin embargo, nunca sabe cuál era la misión, porque toda la organización desconfía de la totalidad de sus miembros y al final nadie puede tener seguridad de que alguien posea las órdenes correctas.
Acá la distopía de Lem explora un aspecto psicológico del poder político de las sociedades occidentales, que se puede sintetizar así: la desconfianza es alimentada por los organismos secretos de las naciones, quienes ven todo acto de los otros con la intencionalidad del espionaje. Que toda acción de los rivales sea interpretada como un ataque potencial a la seguridad nacional conduce a la paranoia como el estado habitual de la política internacional. La paranoia origina la necesidad de fortalecer el aparato militar propio y de controlar el de los otros, hasta llegar a la idea de la guerra preventiva: aniquilar a los demás antes de que piensen en acciones bélicas. La última etapa es la paranoia interna: todos los ciudadanos de la nación pueden ser contra espías enemigos, entonces hay que someterlos a un mayor control, a un desarrollo exponencial de la vigilancia y del engaño.
Al final queda un imperio poderoso en armas y desquiciado por completo, pues ve en todo lo que se mueve a su enemigo: él mismo es su propio enemigo, la aniquilación llega por la autodestrucción; el virus del espionaje de los organismos secretos ha llevado a la nación al colapso psicológico, pero en su derrumbamiento destruye a los demás. Pienso que sobra decir algo de la vigencia de esta novela de Lem en estos tiempos. E incluso sería peligroso.
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El congreso de futurología tiene como protagonista al famoso astronauta Ijon Tichy, nombrado representante a una reunión mundial de futurística en “Costarricana”. La novela tiene un tono irónico y satírico, pero revela de manera sorprendente algunas de las tendencias más actuales del mundo contemporáneo. En la primera parte se muestra una sátira descarnada a la presencia del terrorismo como una forma cotidiana de actividad política. En clave jocosa Lem se adelanta a las reflexiones del filósofo Baudrillard, para quien el terrorismo es una expresión connatural a la sociedad mediática. Mientras existan cámaras de televisión habrán actos terroristas.
En la segunda parte, y luego de una bomba que despedaza a Tichy, se resucita al astronauta en el año 2039. Despierta en una sociedad que ha logrado alcanzar la era de “la farmacocracia”. La manipulación bioquímica del cerebro permite que la gente sea lo que quiera ser. La expresión “utopícese” significa un “viaje farmacológico”.
La sociedad tiene en apariencia una gran abundancia material, pero a Tichy le llama la atención que las personas se ven demacradas y flacas. Al cabo de los meses descubre la verdad: el mundo real está en ruinas y agonizando, pero gracias a sustancias llamadas “maskones” la gente cree poseer lo que no existe. En un fragmento de la novela, que me atrevo a decir que fue tomado exactamente por los hermanos Wachowski para su película Matrix, Tichy ingiere una cápsula que quita los efectos alucinatorios de los “maskones” y:
[...] la magnifica sala del restaurante, sus alfombras, las paredes de mayólica, la orquesta de cámara que tocaba en el fondo de la sala, ¡todo eso se desvanece! Nos encontramos en un búnker de hormigón, ante una mesa de madera desnuda, con los pies sobre una vieja estera de paja. La música continúa, pero ahora sale de un altavoz colgado de un alambre.
A Tichy se le revela la auténtica realidad: la sociedad humana agoniza en un mundo contaminado y los cambios climáticos han hecho entrar a la Tierra en una nueva era de glaciación. La manipulación bioquímica que falsifica los hechos representa el último gesto de humanitarismo con los seres humanos que: “si ya tienen que morir, por lo menos no sufran. Si no es posible cambiar la verdad, es preciso disimularla”. La distopía de Lem de una sociedad sometida y engañada por los fármacos comienza a ser en nuestra época un programa real. Por ejemplo, drogas como la ritalina, los antidepresivos de última generación y los estimulantes neuroendorfínicos los usa en la actualidad casi el 30% de la población de los países desarrollados y se calcula que para el año 2050 el 80% de los habitantes del planeta recibirá algún fármaco neuromodulador.
Para esa sociedad de nuestro futuro cercano la denominada “ley de Lem”, escrita en su reseña del libro imaginario “un minuto humano”, será una verdad absoluta: “nadie lee nada; si lee, no comprende nada; si comprende, lo olvida enseguida”. La distopía de la novela de Lem representa el sueño utópico del poder: una sociedad de adictos incapaces de pensar de manera crítica, sometidos y felices en la nueva sociedad de la “farmacocracia”.
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Ijon Tichy también protagonisa Diarios de las estrellas (1957-1977), o viajes del astronauta por galaxias lejanas y civilizaciones exóticas en un tono de humor negro y sátira grotesca, que proviene de una tradición literaria que nació con los viajes imaginarios y fantásticos a la manera de Cyrano de Bergerac y que después continuó con Rudolf Erich Raspe y su personaje del barón de Münchhausen, Jonathan Swift y su personaje Gulliver, Voltaire y sus personajes Scarmentado y Cándido. Tichy, al igual que sus predecesores, encarna una mezcla de pícaro, moralista y escéptico que desenreda entuertos y hace que la verdad y la justicia triunfen al final. De hecho, el Ijon Tichy de estos viajes recuerda también al Quijote de Cervantes; no en vano Lem dijo en múltiples entrevistas que era su novela preferida.
Sin embargo, existe una diferencia que hace que también estos cuentos de Lem pertenezcan a la literatura de ciencia ficción: sus argumentos se basan en posibilidades tomadas de la genética, de la física, la robótica y, en especial, de la cibernética. Por ejemplo, en el viaje siete se utiliza la hipótesis del lazo temporal derivado de la teoría de la relatividad de Einstein, para explicar la duplicación de los presentes y de varias versiones simultáneas de Tichy. En el viaje octavo Lem vuelve a uno de sus temas favoritos, la evolución de las máquinas inteligentes, para hacer que Tichy como representan-
te de la humanidad intente ingresar a la Organización
de Planetas Unidos (OPU), que por la descripción que hace de sus miembros (confunde al vicepresidente de Tarracania con un aparato automático de refrescos) son civilizaciones maquínicas muy evolucionadas. No obstante, es rechazada la humanidad al demostrarse que somos “devoradores de cadáveres” y que inventamos justificaciones superiores para asesinar con la frente alta. De hecho la “Teratología galáctica de Grammplus y Gzeem” nos clasifica como: “Mostroteratum Furiosum (Ignomen Furibundeo), que escogió para sí mismo el nombre de Homo Sapiens”.
En el viaje decimoprimero, escrito en 1961, Tichy va al planeta Rerecom, regido por un computador rebelde que odia a los humanos, y se describe acá el “correo electrónico” y “la red de comunicación” entre todos los computadores. En la historia “El sanatorio del doctor Uliperdius”, Tichy va a un manicomio de robots que tienen “demencia eléctrica” y se creen seres humanos. Es decir, los robots de Lem no cumplen las “leyes de la robótica” planteadas por Asimov para garantizar que las máquinas permanezcan esclavas de los seres humanos. Los robots de Lem establecen una coevolución paralela a la de los seres humanos, sin ser sus esclavos ni tampoco pretender ser sus amos.
Esta característica se aprecia también en los Relatos del piloto Pirx (1968) y, en especial, en sus personajes Trurl y Clapaucio, que son los robots constructores de su famoso libro de historias cortas Ciberíada (1965) y también de las Fábulas de robot (1964). La hipótesis de la coevolución de los robots inteligentes al lado de la evolución de los seres humanos es un tema fascinante que ha sido desarrollado en la actualidad, en un contexto filosófico-histórico, por Bruce Mazlish en su libro The Fourth Discontinuity: the Co-evolution of Human and Machines (1993).
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La pasión de Stanislaw por los libros hace que en todas sus naves galácticas se encuentren bibliotecas con enciclopedias voluminosas y atlas cosmográficos. De hecho, Bregg, el personaje de Retorno de las estrellas, lamenta que la sociedad humana del siglo XXII haya dejado de imprimir los libros con material de celulosa y sólo tenga versiones digitales de los mismos. Este amor obsesivo por las bibliotecas lleva a Lem a la escritura de una serie de obras que consisten en reseñas y prólogos de libros imaginarios. Esta “biblioteca apócrifa del siglo XXI”, como la denominó su autor, se divide en tres libros: Vacío perfecto (1971), Un valor imaginario (1973) y Provocación (1984).
El primero agrupa las reseñas de obras inexistentes, con énfasis en el juego paródico, la construcción de pastiches y demoledores ataques a ciertas corrientes teóricas de la crítica literaria. Por ejemplo, se burla de Roland Barthes y su tesis del “grado cero de la escritura” en la reseña de Perycaylpsis de Fersengeld; ridiculiza las pretensiones de la “novela objetiva” del movimiento del Noveau Roman francés (Robbe-Grillet, Butor, Sarraute) en la reseña Rein du tout, Ou La Consequence de Marriot, cuando dice: “la antinovela, de facto es (por desgracia) una forma de autocastración”. Se pueden identificar pastiches como su reseña Les robinsonades de Cosat, que para mí es un juego despiadado que hace Lem al cuento “Las ruinas circulares”, de Borges.
Pero también hay reseñas que esconden auténticos ensayos de gran creatividad científica y filosófica, como el texto “Non serviam” de Dobb, donde Lem inventa la ciencia de la “personética” definida como la “producción artificial de seres racionales” dentro del espacio imaginario de las matemáticas computacionales. Es decir, Lem imagina lo que sólo hasta ahora se conoce como los Symborgs o Knowbots, que de acuerdo con el investigador informático Gerd Doben-Henisch, son agentes autónomos dentro de la internet, que poseen cuerpos virtuales y tendrán la capacidad de aprender órdenes y producir cambios en los bancos de datos.
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Un valor imaginario son prólogos a libros imposibles y acá lo que predomina es la mente prodigiosa de Lem construyendo caminos nuevos en el campo del conocimiento. Desde la toma de radiografías a esqueletos humanos como otra forma de arte, al desarrollo de la “erúntica” que permite la comunicación con las bacterias, la enciclopedia Extelopedia vestrand —que es una “delficlopedia”, o sea, una “enciclopedia que reunía definiciones situadas en el futuro”—, hasta llegar a dos textos que deberían ser materia de lectura indispensable de cualquier seminario de filosofía de la inteligencia artificial. Me refiero a su prólogo “Historia de la literatura bítica” y a la conferencia que dicta a los humanos la sofisticada computadora Golem XIV. La literatura bítica es definida por Lem como: “toda obra de procedencia no humana, o sea, toda aquella literatura cuyo autor directo no ha sido el hombre”.
Por supuesto, es el prólogo a una enciclopedia, en cinco tomos, de la producción literaria de los ordenadores inteligentes que han superado hace mucho tiempo a la inteligencia humana. Lem, en un homenaje implícito a Norbert Wiener, el padre de la cibernética, desarrolla las posibilidades que tendrán las denominadas por Wiener “máquinas cibernéticas de sexto grado”; es decir, aquellos ordenadores que tienen un software que posee la capacidad de autoprogramación creativa y que, además, han desarrollado la “autorreferencialidad”, o sea, la autoconciencia. En la actualidad se ha llegado ya a la construcción de las máquinas cibernéticas de “quinto grado”, que poseen un software creativo autónomo pero todavía no autorreferencialidad, en lo que se conoce como la “máquina de Koza”, que ya inventó una antena espacial para la NASA que nunca se le había ocurrido a los programadores de su software original.
El Golem XIV es un ordenador, fruto de la evolución autónoma de las máquinas inteligentes, que ha “llegado a una velocidad de pensamiento superior a un millón de veces la humana” y posee un dispositivo de adaptación al primitivo lenguaje de nosotros, para comunicarse en forma de metáforas y parábolas. Esto le permite dirigirnos una conferencia en la cual nos advierte, en términos de la teoría evolutiva, que los seres humanos somos como un viajero que se encuentra en un cruce de caminos y allí hay esta inscripción: “si tuerces a la izquierda, perderás la cabeza; si tuerces a la derecha, morirás. Y no hay camino de retorno”.
Golem explica el enigma: es que si nos sometemos a los ordenadores dejaremos de desarrollar nuestra propia inteligencia, es decir, “perderemos la cabeza”. Pero si abandonamos nuestras imperfectas formas corporales podremos seguir evolucionando, con la condición de matar al obsoleto “homo natural” que todavía somos. Lo que la máquina prodigiosa de Lem dijo hace tantos años representa, en términos contemporáneos, la dicotomía entre convertirnos en esclavos mentales de máquinas de inteligencia superior o la tendencia al “transhumanismo”: la evolución de la especie hacia nuevas formas orgánicas y no orgánicas.
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Provocación es una larga reseña a un libro inexistente, titulado El genocidio, de un autor imaginario, el antropólogo alemán Host Aspernicus, en donde se intenta dar una nueva explicación al significado de la “solución final” usada por los nazis contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Acá Lem ha escrito un libro tan brillante y original que ha superado todo lo dicho antes sobre el tema, incluyendo a grandes autores como Primo Levi, Jean Améry, Kertesz, Grass, etcétera. Aspernicus muestra la insuficiencia de las interpretaciones “gansteril, socioeconómica y nihilista del genocidio” y llega a un resultado perturbador: la “solución final” fue un monstruoso “kitsch” de los nazis, que imitaba el juicio final de Dios, y por eso, hacían que sus víctimas se desnudaran antes de matarlas, “como si al no poder matar a Dios, los alemanes mataran a su pueblo elegido para ocupar su sitio”.
Lem, de raíces judías, sufrió la ocupación nazi de su natal Polonia y también tuvo tiempo para ser un hombre de acción: colaboró con la resistencia polaca en esos terribles años de la construcción de los “guetos”, donde los nazis exterminaron al 90% de los judíos polacos.
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¿Qué son estos extraordinarios apócrifos de Lem? El mismo autor refirió que los hizo cuando se dio cuenta que la cantidad de ideas que tenía era mayor que las dimensiones de su tiempo biológico. Entonces, suprimió la estructura fabulística de muchos de estos libros posibles, y los sintetizó con las reseñas y los prólogos imaginarios. Aunque parecen ser libros muy alejados de la ciencia ficción, el propio Lem dijo que tal vez estos libros sí pertenecían al género, pues él había tratado de ampliar los límites de su definición. Pienso que este comentario resulta muy coherente si entendemos la ciencia ficción en su vertiente de “literatura conjetural”. Es decir, como literatura de ideas y de hipótesis que utiliza el formato de la novela, el cuento e, incluso, los ensayos de textos imaginarios.
Ahora bien, Lem también fue un profundo, prolífico y sugestivo ensayista, con más de quince libros de ensayos literarios, científicos y filosóficos. Parte de estos textos han sido traducidos al alemán y al ruso, y en menor proporción al japonés, al francés y al inglés. Hasta la fecha ninguno de ellos ha sido traducido al español. Por ejemplo, Summa Technologiae (1964) es un libro asombroso donde Lem reflexiona sobre las posibilidades futuras de la ciencia en la sociedad humana. En esos ensayos él planteó, por primera vez, la existencia futura de la “realidad virtual” —a la cual le dio el nombre de “fantomática”— y sugirió la evolución inteligente de los ordenadores y de los nanorobots. Pero, además, en este libro existe una estética de escritura ensayística que brinda una lección para cualquiera que pretenda sobrevivir en este alud de informaciones infinitas sin coherencia interpretativa.
El escritor contemporáneo no puede negarse a ninguna parcela del conocimiento y en el campo de las ideas debe seguir el consejo que Terencio hizo en el campo de la vida: “nada de lo humano me es ajeno”. Lem nos ha enseñado que el escritor es lo contrario a los especialistas y, si se quiere, que pertenece al último aliento fáustico que intenta comprenderlo todo, así sea un imposible físico.
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A La investigación (1959) y Fiebre del heno (1976), las novelas policíacas de Lem con estructuras cognitivas provenientes de la ciencia ficción, las analizaré en otra oportunidad. Además, la complejidad de la obra de Lem resulta inagotable. Que no haya recibido el nobel de literatura es la mayor omisión que hizo la academia sueca fuera de Borges. Hay escritores de un solo libro, otros de una obra, pero muy pocos —aquí está Stanislaw Lem— son autores de un auténtico universo narrativo, tanto en extensión como en profundidad, que de manera paradójica jamás termina de recorrerse por parte de los lectores. Un universo finito porque tiene un número limitado de páginas escritas, pero es un laberinto de sentido infinito porque cada lectura se modifica con la experiencia del lector.
Sin embargo, la abrumadora riqueza intelectual de la obra de Lem también se acompaña de una humildad serena por parte de su autor frente a lo que todavía no conocemos. Por ello, he pensado en Newton y su maravillosa reflexión:
No sé qué impresión produciré ante el mundo; pero a mí me parece ser un niño que juega en la playa, y que de vez en cuando encuentra un guijarro más redondo o una concha más hermosa de lo ordinario, mientras el gran océano de la verdad permanece sin desvelar ante sus ojos.
El universo narrativo de Lem pertenece a la playa de Newton. Imagino a estos niños, más allá del tiempo de la historia, jugando con sus conchas y sus juguetes de nácar. Pero brilla el sol y las nubes sonríen en la lejanía.
Orlando Mejía Rivera (Colombia)
Médico internista y tanatólogo. Magíster en filosofía. Premio Nacional de Novela (Mincultura 1998), Premio Cámara Colombiana de Libro a libro científico-técnico (1999), Premio Nacional de Ensayo Ciudad de Bogotá (1999). Algunos de sus libros: Ética y sida (1995), La casa rosada (1997), La muerte y sus símbolos (1999), De clones, ciborgs y sirenas (2000), Pensamientos de guerra (2001).
Bibliografía de Stanislaw Lem en español:
Diarios de las estrellas I, viajes. Barcelona: Bruguera, 1978.
Diarios de las estrellas II, viajes y memorias. Barcelona: Bruguera, 1978.
Edén. Madrid: Alianza editorial, 1991.
La investigación. Barcelona: Bruguera, 1977.
Memorias encontradas en una bañera. Barcelona: Bruguera,1977.
Retorno de las estrellas. Barcelona: Bruguera, 1983.
Solaris. Barcelona: Minotauro, 1988.
Fábulas de robots. Barcelona: Bruguera, 1982.
El Invencible. Barcelona: Minotauro, 1986.
Ciberiada. Madrid: Alianza editorial, 1988.
Relatos del piloto Pirx. Madrid: Alianza editorial, 2005.
Más relatos del piloto Pirx. Madrid: Alianza editorial, 2005.
El congreso de futurología. Bogotá: Círculo de Lectores, 1976.
La voz de su amo. Barcelona: EDHASA, 1989.
Vacío perfecto. Barcelona: Ediciones B., 1988.
Un valor imaginario. Barcelona: Bruguera, 1983.
La fiebre del hieno. Barcelona: Bruguera, 1983.
Regreso a Entia. Barcelona: EDHASA, 1990.
Fiasco. Madrid: Alianza editorial, 1991.
Provocación. Madrid: Editorial Funambulista, 2006.
El castillo alto. Madrid: Editorial Funambulista, 2006.
Bibliografía de Stanislaw Lem en inglés (de textos no publicados en español)
Hospital of the Transfiguration. San Diego y Nueva York: Harcourt Brace, 1988.
Peace on Earth. San Diego y Nueva York: Harcourt Brace,1994.
Microworlds: Writings on Science Fiction and Fantasy. San Diego y Nueva York: Harcourt Brace, 1984.
Dialogue. Versión digital al inglés por Frank Prengel.
En: hhtp://itp1.physik.tu-berlin.de/~prengel/Lem/.
Summa technologiae. Versión digital al inglés por Frank Prengel. En: hhtp://itp1.physik.tu-berlin.de/~prengel/Lem/
Robots in Science Fiction. En: SF Commentary N.o 19 of Jan.-Mar. 1971, pp. 117-130.
Todorov’s Fantastic Theory of Literature. En: S F Studies vol. 1 part 4, N.o 4, of Fall 1974, pp. 227-237.
On Science, Pseudo-Science and Some Science Fiction. En: S F Studies vol. 7 N.o 22 of Nov. 1980, pp. 330-338.
Metafuturology. En: S F Studies vol. 13 part 3 N.o 40 of Nov. 1986, pp. 261-271.
Twenty Two Answers and Two Postscripts: An Interview with Stanislaw Lem. Istvan Csicsery.
Ronay, Jr. En: S F Studies vol. 13 part 3 N.o 40 of
Nov. 1986, pp. 242-260.
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