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  Editorial Universidad de Antioquia

Revista Universidad de Antioquia

Revista Año 2007




 

Revista No. 287 Enero - Marzo

Clonación humana y literatura de ciencia ficción: una visión panorámica

Orlando Mejía Rivera

Nosotros estudiamos el pasado, nos ocupamos
del ocaso. Los científicos nos hablan en cambio
del mañana y de después del mañana. Hay un
gran desequilibrio. Y nos toca sobre todo a
nosotros comprender las ciencias

George Steiner. (Entrevista publicada en La Nación
de Buenos Aires el 3 de Septiembre de 2006)

 

Cuando Steiner habla de “nosotros” se refiere a los denominados humanistas: escritores, filósofos, críticos de arte, filólogos, etcétera. Los “otros” serían los científicos que viajan en naves mentales de alta velocidad y que se han despegado de las tradiciones simbólicas de la Tierra. Los humanistas, en sus carros, bicicletas y a pie, continuarían discutiendo sobre las relaciones humanas en un mundo casi muerto. Esta escisión entre “científicos” y “humanistas” la diagnosticó, hace casi cincuenta años, el novelista y físico Charles Snow en un famoso ensayo titulado Las dos culturas y la revolución científica (1959). Allí, al tratar de explicar las contradicciones entre el progreso tecnológico y la decadencia de los valores sociales, él plantea que ha sido muy perjudicial el desconocimiento que existe entre ambos saberes. Por ejemplo, refiere que un novelista que no conozca la teoría de la evolución de Darwin se torna anacrónico en la construcción de sus personajes. Pero un científico que no haya leído a Shakespeare se vuelve peligroso para todos. Pienso que la vigencia de este texto se ha incrementado con el paso del tiempo. En este siglo XXI la necesidad de establecer un puente entre estos dos saberes resulta urgente e indispensable.
De ahí la importancia de la literatura de ciencia ficción, quizá la única dimensión cultural de Occidente en donde ciencia y literatura han convivido y se han mezclado durante más de un siglo. Se pueden citar algunos ejemplos significativos: las leyes de la robótica, escritas por Asimov en sus cuentos de comienzos de los años cuarenta, fueron incorporadas años después a la cibernética. La idea de los satélites artificiales nació en un artículo de Arthur C. Clarke y luego él mismo asesoró a la NASA para construirlos. Hal, el ordenador de la nave de Odisea 2001, es el precursor del campo de la inteligencia artificial. La palabra “ciberespacio” apareció por primera vez en la novela Neuromancer (1984), de William Gibson. La idea de una red informática similar a la internet se encuentra desarrollada en la novela Computer Connection (1974), de Alfred Bester. Pero hay quizás un nexo más significativo: la literatura de ciencia ficción ha reflexionado sobre las hipotéticas consecuencias de los adelantos tecno-científicos, extrapolados a sociedades y situaciones imaginarias, pero que advierten con antelación de las implicaciones de estos hechos en la realidad. A continuación intentaré dar una visión panorámica del tema de la clonación humana y la manera cómo ha sido tratado por la literatura.

Haldane, Stapledon y Huxley
En 1924 el genetista J. B. S. Haldane publicó un ensayo divulgativo titulado Daedalus, or Science and the Future. En una actitud optimista, el científico señala que la genética se convertirá en el instrumento para que la humanidad supere los sufrimientos derivados de las enfermedades. Además, postula que se descubrirán técnicas de eugenesia que permitirán mejorar a la especie humana, tanto en su cuerpo, como en su capacidad mental. Es el primero en describir la “fertilización in vitro” y la “ectogenesia”, que consistiría en la manipulación de embriones que nacerían en úteros artificiales. La influencia de este libro resulta clara en dos novelas, aunque tomada de manera diferente.
La primera de ellas es la obra La última y primera humanidad (1930), del filósofo Olaf Stapledon. Esta novela se considera “la Biblia de la ciencia ficción” y ahí se cuenta la historia de la humanidad, en un período que abarca los dos mil millones de años y las dieciocho etapas distintas de la especie. La primera sería aquella en que todavía nos encontramos, y la última, la de unos sabios con cuerpos elefantiásicos que, ante la inminente destrucción del sistema solar, asumen una actitud que semeja a la ataraxia de los antiguos estoicos: la serenidad ante los acontecimientos que vendrán. La presencia de las ideas de Haldane aparece cuando Stapledon describe la “tercera humanidad”. Estos humanos descubren su fascinación por la música, los animales, el sadismo y la manipulación biológica. Desarrollan el “arte plástico vital”, que consiste en la manipulación de los genes y de los núcleos celulares. Esto los lleva a la invención de nuevas especies y al deleite de producir formas monstruosas. La relación entre sadismo y biología recuerda al doctor Moreau de H. G. Wells.
También aprenden a curar los genes defectuosos e inician experimentos de eugenesia perfectiva con ellos mismos, hasta lograr la mejoría en el aparato digestivo, circulatorio y glandular. El último paso consiste en modificar el cuerpo humano de manera experimental y acaban produciendo una nueva forma: megacerebros con cuerpos atrofiados, que darán origen a los miembros de la cuarta humanidad. El poder político de esta sociedad lo ejerce un consejo supremo de sacerdotes y biólogos vitales, que deciden la orientación de los experimentos genéticos. El uso de la información de Haldane que hace Stapledon es el de una crítica seria a la manipulación genética de los seres humanos.
La otra novela, más conocida y popular, es El mundo feliz (1932), de Aldous Huxley. Acá el ensayo de Haldane es el hipertexto central de la obra de Aldous, reescrito en clave de sátira contra el optimismo ingenuo del científico, que vislumbró el lado positivo de la tecnología genética, pero dejó de lado los malos usos políticos y sociales que se le podían dar a dichas técnicas. El texto de Huxley se ubica en el año “632 después de Ford”, que correspondería al año 2531. Esta sociedad tiene como lema la siguiente triada: “Comunidad, identidad, estabilidad”, la cual se consigue mediante el uso sistemático y avanzado de las técnicas genéticas. Se describe la “ectogenesia” de embriones y su manipulación química para crear ocho clases sociales con diferencias biológicas, que son estimuladas mediante la sugestión hipnopédica para amar su respectiva condición. De los Alfas a los Epsilones, todos se sienten satisfechos y felices porque, como dice Foster el director del Centro de Incubación y Condicionamiento de Londres, el secreto de la felicidad “está en amar lo que uno tiene que hacer. Todo condicionamiento tiende a esto: a lograr que la gente ame su inevitable destino social”. Para lograr la perfección de este condicionamiento, además de la manipulación genética embriogénica y de la sugestión hipnopédica en la infancia, los ciudadanos de El mundo feliz usan el Soma, una droga alucinógena que los desconecta de la realidad y alivia sus tensiones emocionales.
Pero la novela va más allá del ensayo de Haldane, inclusive en las mismas técnicas genéticas. Huxley menciona con detalles el “método de Bokanovsky”, que consiste en clonar entre ocho y noventa y seis productos exactos de un solo embrión. En realidad, esta forma de clonación descrita en la novela se denomina  “clonación por fragmentación” y es el único tipo de clonación en donde los seres clonados son idénticos entre sí y al original. Sólo hasta el año 2000 la experimentación genética logró clonar por esta técnica a un ejemplar de mono Rhesus, llamado Tetra, lo que garantiza casi por completo la viabilidad tecnológica de la clonación de un ser humano. Lo más interesante de este hecho es que en los tiempos de la elaboración de la novela, Huxley sólo pudo leer acerca de los experimentos de clonación por la técnica de “transferencia nuclear”, que comenzó a realizar Spemann a comienzos de los años treinta con núcleos de células somáticas de ranas.
Este tipo de clonación, que consiste en pasar el núcleo de una célula somática del donante a un óvulo, es el tipo de clonación que se hizo con la famosa oveja Dolly en 1997 y cuyos productos no son idénticos al original, porque existe un porcentaje del ADN mitocondrial del receptor que se mezcla con el ADN del donante. Entonces, ¿de dónde extrajo Huxley la información técnica de la “clonación por fragmentación”? Es posible que con alguno de sus amigos científicos, pero lo cierto es que ésa no era una información disponible en la literatura científica de la época. Tampoco se puede afirmar que este dato lo tomó de los ensayos de su hermano, el biólogo Julian Huxley, como le hace decir Houellebecq al personaje de su novela Las partículas elementales (1998).
Ahora bien, más allá de los acertados detalles de la “clonación por fragmentación” de la novela, la razón de crear clones planteada por el novelista coincide con algunas justificaciones que se hacen en la actualidad. La principal es la siguiente: una sociedad de clones es una comunidad de seres idénticos, donde se evitarían los conflictos entre sujetos diferentes. Es decir, la estabilidad social nacería de la homogenización de los individuos que la conforman, o sea, de la aniquilación de la individualidad. De hecho, el ideal de perfección social, para el personaje Foster, se lograría “si pudiéramos bokanovskificar indefinidamente”. Es el sueño de un solo original y millones de copias idénticas para lograr la unificación total de esa sociedad consumista y adicta, que tiene un gran parecido con el espíritu de la época actual. Como refiere Baudrillard en su ensayo La ilusión vital (2002): “Es la cultura la que nos clona y la clonación mental anticipa cualquier clonación biológica”.

Clones y evolución
 El tema de la clonación humana se reactivó con la publicación del libro The Biological Time-Bomb (1968), del biólogo Gordon Rattray Taylor, en donde dedica un capítulo a vislumbrar la posibilidad de que la clonación humana sea el mecanismo futuro para superar las limitaciones orgánicas de la especie y de esta manera ascender en la escala evolutiva. Esta nueva hipótesis científica ha sido fértil en la literatura de ciencia ficción. En el mismo año, la gran escritora Ursula K Le Guin publicó un relato largo en la revista Playboy, titulado “Nueve vidas”. Un clon de diez miembros, de nombre John Chow, es enviado desde la Tierra a un planeta llamado Libra, con el objeto de ayudar en la explotación minera a Pugh, geólogo de planetas extraterrestres, y a Martín, su ayudante. Los clones no son telépatas en sentido estricto, sino que piensan “como uno solo”. Además, su original fue un individuo con “el complejo de Leonardo” que murió a los 23 años en un accidente de aviación, y no pudo desarrollar todas las teorías que había concebido en sus labores de biomatemático, violonchelista, mecánico estructural, etcétera.
Es decir, se clona a los mejores seres humanos, que no pudieron concluir sus obras por una muerte temprana. Además, Le Guin plantea una teoría extraña: se puede manipular el gen masculino en la mitad de las células clonadas y de esta manera se explica que John Chow esté conformado por cinco clones hembras y cinco clones masculinos que tienen sexo entre ellos, aunque los machos son estériles. Pugh, al observar sus relaciones íntimas, le contesta a Martín con ironía: “—Dejémosle con su incesto. —¿Incesto o masturbación?”. En un accidente en la mina mueren nueve de ellos y sólo queda vivo Kaph. Él vive una a una las nueve muertes de sus “otras partes”, pero al final se vislumbra que logrará reponerse. La síntesis del relato queda explícita en la frase de Pugh a Martín: “¿Qué cuál es el objeto del cloneo? El de reparar la raza humana. Estamos en malas condiciones”.
Una tendencia similar, aunque más ambigua, se desarrolla en la novela Donde solían cantar los dulces pájaros (1976) de Kate Wilhelm, premio Hugo de 1977, en la cual la humanidad se encuentra en una época de hambrunas, guerras nucleares y catástrofes ecológicas que producen la infertilidad de la mayoría de los hombres. Ante esta situación, la familia Winston, formada por científicos y hombres de negocios de gran poder económico y alto nivel intelectual, deciden construir en sus campos un hospital de investigación genética, en el que terminarán produciendo clones humanos. Algunos salen con capacidad reproductiva y por eso se estimula la actividad sexual entre ellos. Al cabo de pocas generaciones los clones han tomado el control de la pequeña sociedad, porque tienen cualidades telepáticas y su coeficiente intelectual supera al de sus originales humanos. En un diálogo entre David Winston, uno de los humanos originales, y Walt 1, el clon líder, el científico le cuestiona que ellos sigan clonándose a sí mismos. Pero éste le responde: “La reproducción sexual no es la única respuesta. El hecho de que los organismos superiores la hayan adoptado no significa que sea la mejor. Cada vez que una especie muere, aparece otra, superior, que la reemplaza”. Al final de la novela los últimos seres humanos han desaparecido, pero algunos clones de las nuevas generaciones deciden internarse en los bosques despoblados de la Tierra y reanudar la reproducción sexual.
En la novela corta Houston, Houston ¿me recibe? (1976) de James Tiptree Jr. —seudónimo de la enigmática psicóloga y espía de la CIA Alice B. Sheldon que se suicidó a los 72 años—, ella imagina un planeta Tierra donde todos los hombres murieron siglos atrás por una epidemia selectiva. Sólo quedan las mujeres y ellas logran reproducirse mediante la clonación del genotipo original llamado “Judy”. En la novela La guerra interminable (1979), de Joe Haldeman, la clonación sistemática de los humanos los lleva a otro estado evolutivo; donde surge una “mente grupal” a partir del patrón genético de un solo individuo. En el cuento “Redentora”, de Gregory Benford, el material genético de algunos individuos, depositado en una nave espacial, permite repoblar un planeta Tierra devastado y moribundo.
En Las partículas elementales (1998), de Michel Houellebecq, se describe la mutación biológica y metafísica de los seres humanos a una nueva especie de clones, gracias a los descubrimientos del biólogo Michel Djerzinski y a sus trabajos publicados en la revista Nature en el año 2009, con el título de “Prolegómenos a la duplicación perfecta”. Al final de la novela sabemos que la voz narrativa que cuenta la historia es un clon, y que lo hace en el año 2079, motivado por querer brindar un homenaje a: “Esa especie infortunada y valerosa que nos creó. Esa especie dolorosa y mezquina, apenas diferente del mono, que sin embargo tenía tantas aspiraciones nobles. [...] Esa especie que, por primera vez en la historia del mundo, supo enfrentarse a la posibilidad de su propia superación; y que unos años más tarde supo llevarla a la práctica”. Por supuesto, el tono irónico de la novela le da un doble sentido a la evolución de la especie humana hacia su etapa de clones.
En la novela Violet Eyes (2001), de Nicole Luiken, se crea una nueva subespecie de humanos clonados, los Homo Sapiens Renascentia, a quienes se les ha incorporado, mediante terapia génica, grupos de genes de la época histórica del Renacimiento y ellos tienen un talento intelectual superior a los humanos corrientes.
En síntesis, en todas estas novelas la clonación humana es vista como un paso evolutivo que dará la especie mediante el uso de la tecnología. Sin embargo, lo que predomina en el ámbito científico es otra percepción: la diversidad genética de nuestra especie ha sido fundamental en la capacidad de adaptación de los seres humanos a los distintos nichos ecológicos a los que se ha enfrentado. Una tendencia a la homogenización genética, que se lograría al clonar materiales genéticos idénticos, llevaría a un incremento en la especialización del genotipo y el fenotipo, pero esto generaría una mayor posibilidad de desa­parición de la especie ante cambios abruptos del entorno. Esto, a no ser que la clonación humana fuera acompañada de manipulación eugenésica perfectiva y experimental, como en Violet Eyes, pues así las ventajas evolutivas sí podrían sustentarse con mayor plausibilidad científica.
Además, la experiencia con la oveja Dolly demostró un fenómeno preocupante: ella tenía la edad de los genes de su original y, por eso, desarrolló de manera precoz una artritis deformante y murió con una forma de envejecimiento prematuro que todavía no es del todo comprendida por los científicos. Los cerdos y perros clonados tienen una gran susceptibilidad a las infecciones y han muerto al someterlos a sus ambientes naturales.
 
Clones: ¿individuos o copias?
Existe una versión alternativa del mito de Narciso, contada por el geógrafo griego Pausanias, que refiere que Narciso no estaba enamorado de sí mismo, sino de una gemela idéntica a él. Por eso, cuando va a contemplar su rostro en las aguas del lago, lo hace para evocar la presencia de su amada. Esta variante se vuelve actual en los tiempos de la clonación y también ha sido recreada por la narrativa. Joe Haldeman en su relato “Hermanas de sangre” cuenta la relación amorosa entre dos clones y de nuevo surge la pregunta capciosa: “¿Era una clase de incesto? ¿o una masturbación trascendental?”. Pamela Sargent en el relato “La hermana clonada” (1973) no sólo explora la sexualidad lésbica entre dos clones, también ahonda en la posibilidad de exclusivas comunidades de mujeres que se han liberado de cualquier tipo de dependencia con los hombres. En el cuento “El fantasma de Kansas”(1976), de John Varley, la heroína, una artista que ha sido matada varias veces por un asesino en serie, hace sexo con uno de los clones de sí misma y dice con ironía: “Llamo a esto una masturbación orquestada por dos”. Lisa Tuttle en su narración breve “Un mundo de extraños” (2001) plantea una atracción homosexual entre el padre y su hijo clonado.
Estos relatos vislumbran nuevas posibilidades psicológicas y eróticas, con orientaciones que van desde las clásicas lecturas freudianas de la líbido y sus “objetos narcisistas del deseo”, hasta hallazgos más perturbadores, como la unión entre la sexualidad clónica (que es estéril) y la inmortalidad del código genético idéntico.
De otro lado, la exploración de diversos aspectos de la posible psicología de los clones ha dado origen a excelentes narraciones. En la notable novela corta La quinta cabeza del Cerbero (1972), de Gene Wolfe, el protagonista bautizado por su padre-original como “número cinco” se da cuenta de que sus hermanos mayores, sus hermanos menores y él son, en realidad, copias clonadas de su padre muerto: un científico que había experimentado con su propio código genético y produjo también otros “fracasos”, como clones imperfectos, que vendía en el mercado de esclavos humanos. De esta revelación entiende por qué “los niños eran extraordinariamente baratos en Port-Mimizon”. Número cinco se cuestiona si su padre y sus hermanos lo amaron a él y él los amó a ellos. Además, sabe que los clones imperfectos que viven como esclavos también son “él”, pero siente desprecio hacia ellos. Con los años se vuelve investigador genético e intenta perfeccionar las técnicas de “cloneo”, pero se da cuenta que los clones tienen pequeñas variaciones y que lograr copias idénticas no es tan fácil pues: “Las personas no son alubias. Hay muy pocas cosas gobernadas por pares mendelianos simples”. La atmósfera de la narración es lo mejor de la novela: todo sucede en un viejo caserón de un planeta conquistado por humanos, que fue en el pasado una casa de citas. Número cinco recorre los corredores oscuros de su casa, mientras añora en silencio la presencia imposible de una madre que nunca pudo tener. La sutileza psicológica del personaje y su “complejo de Edipo” por ausencia, es de lo mejor que hasta ahora se haya escrito sobre el tema.
Además, la nouvelle de Wolfe fue pionera en una problemática que se podría sintetizar así: ¿un clon saldrá idéntico o diferente con respecto a la personalidad del original? En términos filosóficos la pregunta nos lleva a la polémica entre determinismo genético y crianza. Los defensores del determinismo biológico dirían que, con algunas condiciones similares del medio exterior, el clon saldría muy parecido al original. Existen varias novelas y cuentos que abordan esta discusión. En primer lugar, está la trama de clonar a personas históricas famosas. Nancy Freedman en Joshua, Son of None (1973) imagina al clon de J. F. Kennedy que repite, de manera casi igual, la vida trágica de su original. Pero la más conocida es la novela de Ira Levin titulada Los niños del Brasil (1976). Un grupo neonazi clona, gracias al doctor Mengele, varias copias de Adolf Hitler y las distribuye entre padres adoptivos que no saben el origen de los niños. Para reproducir de manera fiel la infancia de “Adolfito”, comienzan a asesinar a los padres para que los clones queden huérfanos, pero un grupo secreto de judíos, cazadores de nazis, comandados por Liebermann descubre todo el plan y lo hace fracasar. Aunque la trama en formato thriller es interesante, lo mejor de la novela se encuentra en las razones expuestas por Liebermann para no eliminar a los niños. Su compañero Gorin lo reta a que maten a los niños porque “no los hizo Dios, los hizo Mengele”. Entonces Liebermann replica: “No debemos hacer eso. Debemos darles una oportunidad. Hasta los que ya perdieron a su padre pueden resultar personas normales. Son niños, sean los genes los que fueren. ¿Cómo podemos matarlos? Eso era lo que hacía Mengele, matar niños”. Es decir, la respuesta de Liebermann es la de un defensor de la crianza y de la preservación de la personalidad de los clones, así tengan el mismo código genético de Hitler.
En el cuento “La reliquia” (1979), de Gary Jennings, se plantea la clonación de Jesucristo luego del hallazgo de su sangre conservada en un santuario. En una variante satírica del tema, Norman Spinrad, el perpetuo “niño terrible” de la ciencia ficción norteamericana, escribió El sueño de hierro (1972), una fascinante novela en donde el joven pintor y desempleado austriaco Adolf Hitler emigra en los años treinta a Estados Unidos. Allí se dedica a dibujar caricaturas y se vuelve escritor de éxito en la literatura de ciencia ficción. Entonces, los lectores conocemos su novela El señor de la svástika en  que la Tierra ha colapsado y se envían a las estrellas de la galaxia, para lograr la perpetuación de la especie, a los clones de arios puros, miembros de la SS.
La identidad de los clones y sus conflictos con las existencias previas de sus originales ha generado varias buenas novelas y sagas narrativas, dirigidas a lectores jóvenes en el ámbito anglosajón, que vienen revolucionando el canon de la denominada literatura juvenil. Obras como Anna to the Infinite Power (1981), de Mildred Ames; la saga Amy, Number Seven (1998), Another Amy (1999), Pursuing Amy (1998) (Replica serie), de Marilyn Kaye; The Dark Side of Nowhere (1997), de Neal Shusterman; Cloning Miranda (1999), de Carol Matas; The Last Book in the Universe (2000), de Rodman Philbrick; Taylor five: the Story of a Clone Girl (2002), de Ann Halam; The House of the Scorpion (2002), de Nancy Farmer; todas éstas, y otras más, son variantes del siguiente argumento: clones adolescentes, que no sabían de su condición, se enteran del secreto de sus orígenes y reaccionan de diversas maneras ante sus “padres” adoptivos y ante la sociedad. Esto es, que si educar a cualquier adolescente es ya un asunto delicado para los adultos, las condiciones de adaptación y los conflictos de los protagonistas se agravan cuando descubren que son clones involuntarios y que ya otros han diseñado los objetivos y metas de sus vidas.
Por ejemplo, Miranda, la protagonista de Cloning Miranda, no sólo se entera de que es el clon de una hija muerta de sus padres, sino que, para mayor horror, existe otro clon de ella reservado para trasplantes. Miranda se refiere a sus padres con decepción: “Ellos fueron honestos en los pequeños detalles y mintieron acerca de algo muy grande, de mi propia vida”. Jason, personaje de The Dark Side of Nowhere, expresa con disgusto: “Que tú termines encontrando que tu vida es una mentira es una cosa; pero que tú termines sabiendo que tu propia cara tampoco es tuya, ya es el colmo”. Matt, el protagonista de The House of the Scorpion, descubre que es el clon de un mafioso del narcotráfico apodado El patrón y que ha sido clonado para servir de reemplazo de órganos cuando lo necesite su original. Entonces se dice: “Él comprendió que sólo era la fotografía de un ser humano; y eso significaba que no era realmente importante”. Tay, de Taylor Five, es una niña clonada que sabe que ella es una copia de Pam, una científica de gran renombre. Ella se siente agobiada y susurra a punto de llorar: “La existencia humana no son los clones, porque la existencia humana supone que cada uno es diferente del otro, y yo no soy diferente de Pam. ¿Tú sabes qué significa esto? Significa que yo no poseo una existencia humana”. Amy, de Another Amy, sentencia de forma lapidaria: “Yo me siento como alguien de una película de ciencia ficción: como el monstruo”. Anna, de Anna to the Infinite Power, escucha la confesión de su madre adoptiva de que ella es el clon de una tal Anna Zimermann, una reputada científica, y con incredulidad y sorpresa le alega: “¿Pero qué es exactamente ella para mí? ¿Mi gemela? ¿Mi otro yo? ¿Mi alter ego?... En realidad Anna Zimermann no es mi antecesora. De hecho, tú has dicho que yo soy Anna Zimermann. Pero yo no quiero ser Anna Zimermann, yo quiero ser cualquiera, por ejemplo yo misma”.
Las reacciones de estos personajes, niños y adolescentes, al saber que son clones involuntarios, hace comprender mejor la frase del bioeticista Leon Kass, en su libro The Ethics of Human Cloning (1998), cuando dice: “La clonación es en sí misma una forma de abuso infantil”. Sin embargo, la fascinación por este tipo de narrativa en los lectores jóvenes, no sólo se explica por la obvia identificación con los dilemas propios de los adolescentes, sino también por algo que me parece digno de ser reflexionado: las nuevas generaciones del siglo XXI ven la posibilidad de la clonación humana como algo que vendrá y que tendrá que ver con sus propias vidas de adultos. Es una temática que para ellos ha dejado de ser pura ciencia ficción y, más bien, la empiezan a leer como la realidad inminente de un futuro cercano.
Ahora bien, parece que entre los escritores de ciencia ficción predomina la idea de que la individualidad de los clones está asegurada, a pesar de poseer un material genético idéntico al del original. Esta tendencia está en sintonía con los artículos académicos de los genetistas y de los psicólogos evolutivos más reconocidos. Sin embargo, ha dado lugar a una especulación interesante: si la experiencia del clon es la misma del original, punto por punto, en ese caso el clon sí terminará siendo una copia exacta del original. Para lograr esto se conciben técnicas que manipulen los propios recuerdos del clon y que permitan introducir la memoria del original. En el relato “Hoy escogemos rostros” (1973), de Roger Zelazny, a los clones les son incorporados las memorias de sus predecesores, hasta un punto en el cual el cerebro no es capaz de recibir toda la información acumulada y debe guardarse en una especie de software electrónico. Una variante del condicionamiento del clon a la personalidad del original es tratada, de manera brillante, en la monumental novela Cyteen (1988) de la escritora C. J. Cherryh. Allí, en más de mil páginas dividida en tres volúmenes en la traducción española, se cuenta la historia de Ari Mory, directora del instituto de genética Reseune, quien es asesinada y se produce un clon de ella esperando que se comporte y reaccione igual que el original. Para ello se crea un sofisticado programa de computador que busca enseñar al clon, con la voz grabada de la propia Ari, la manera como debe apropiarse de los recuerdos, sentimientos, sueños y pensamientos de su original. Además, en el planeta Cyteen se produce mediante ingeniería genética a los Azi, que son seres humanos reproducidos de manera artificial, a los cuales se les condiciona en sus personalidades por medio de cintas de aprendizajes grabados, que recuerdan las técnicas de sugestión de El mundo feliz de Huxley. Esta obra logra por medio de argumentos y descripciones convincentes hacer pensar que el conductismo aplicado a los clones si permitiría, en un futuro, que se comporten como sus originales.

Clonación y neoesclavitud
Para la ingeniería genética contemporánea la justificación más seria y científica de la clonación humana radica en la posibilidad de los trasplantes de órganos vitales, sin rechazos inmunológicos y con plena disponibilidad de los mismos. Para ello se está trabajando en lo que se ha llamado “clonación terapéutica”, que busca desarrollar la clonación de órganos humanos, sin necesidad de crear los individuos completos. El problema está en que es posible que sea más fácil clonar al individuo completo que partes específicas del cuerpo humano. Entonces, la perspectiva de crear clones como materia prima para el transplante de órganos es un hecho verosímil y nada fantasioso. Claro está que el gran problema de esta posibilidad tecnológica es su dilema ético: ¿cómo justificar la cosificación o la esclavitud de clones, que desde el punto de vista biológico son indistinguibles de un ser humano original?
Los escritores de ciencia ficción también han visto este gran filón narrativo de la clonación humana y existen obras pioneras que nos enfrentan a una situación que, para mí, es la más delicada de todas las imaginadas. La creación de clones para ser tratados como una especie de animales para el consumo humano, sin ninguna clase de derechos, se encuentra en el cuento “Criadero de gordos” (1980),de Orson Scott Card, y en la novela Clones: crónicas de un futuro imperfecto (1996), de Michel Marshall Smith. Su esclavización está en la saga del universo de Miles Vorkosigan de Lois McMaster Bujolds, en donde se practica la ingeniería genética ilegal y se tienen fábricas de clones esclavos, cuyos órganos se venden a los ciudadanos más ricos en un típico tráfico de mercado negro.
Sin embargo, en mi concepto, la obra maestra sobre el tema ha sido escrita por Kazuo Ishiguro, en su primera novela de ciencia ficción titulada Nunca me abandones (2005). Esta novela es un auténtico tratado del arte de la sutileza, y de lo no dicho, en la literatura. La voz narrativa es la de una mujer inglesa llamada Kathy H., de 31 años, que comienza evocando sus años de infancia y pubertad en el sofisticado internado de Hailsham. Poco a poco, nos vamos dando cuenta de que estos niños y niñas, los alumnos, son en realidad, clones que están ahí para crecer sanos y fuertes, pues su único futuro es ir donando sus órganos corporales a cada original hasta que algún día mueran. La genialidad de Ishiguro consiste en mostrarnos la visión desde los clones mismos, que, por extrañas razones, parecen conformarse con su destino. Ellos son delicados, sensibles, aman la literatura, el fútbol, la música, la pintura. No han sido engañados, aunque sí, tal vez, condicionados a ver con la mayor naturalidad su destino prefijado por un orden invisible, que recuerda el poder del castillo kafkiano, pero donde el sol brilla en los campos y los jóvenes clones saben de risas y de sueños. La sociedad humana ha construido alrededor de ellos un mundo de eufemismos: no son clones, si no “alumnos”. Saben que algún día empezarán las “donaciones” a sus “posibles” y que luego de la tercera o cuarta donación alcanzarán a “completar”. Ellos mismos se convierten durante un período de sus vidas en “cuidadores” de los que ya están donando y todos van de hospital en hospital, pero sin perder la serenidad y conservando la dignidad de los que nunca han temido a la muerte.
Kathy se convierte en “cuidadora” de su amiga Ruth y de Tommy hasta que ellos “completan”. Sus recuerdos son su consuelo, sobre todo cuando han cerrado Hailsham y la antigua señorita Emily del internado de su infancia le cuenta otra vez la “verdad” de manera escueta:
No había forma de volver atrás. A un mundo que había llegado a ver el cáncer como una enfermedad curable, ¿cómo podía pedírsele que renunciase a esa cura, que volviese a la era oscura? No se podía volver atrás. Por incómoda que pudiera sentirse la gente en relación con vuestra existencia, lo que le preocupaba abrumadoramente era que sus hijos, sus padres, sus amigos, no murieran de cáncer, de enfermedades neuromotoras o del corazón. De forma que durante mucho tiempo se os mantuvo en la sombra, y la gente hacía todo lo posible para no pensar en vuestra existencia.
Al final, Ishiguro deja a Kathy recorriendo con su carro las autopistas solitarias y disfrutando del paisaje de la campiña inglesa. Pero como lector he sido transformado para siempre. Y las frases de la señorita Emily me acompañarán cuando la ciencia confirme que las primeras clonaciones humanas tendrán lugar. “No había forma de volver atrás”. En efecto, luego del primer clon humano no habrá punto de retorno, más cuando somos una sociedad tecnológica y sadomasoquista que se guía por la curiosidad y no por la prudencia. La definición de Kant de “límite” como: “ lo que puede ser pensado pero no conocido” ya no es para nosotros, los transgresores de todos los límites, los aventureros del genoma y del espacio, los miembros de una especie que está a punto de encontrar la inmortalidad biológica, pero ha perdido el sentido de una existencia simple. Ojalá algunos genetistas lean a Shakespeare, pero que también los escritores nos preparemos para ser los escribas de ese nuevo mundo, que ya nos posee en silencio y ha perdido la habitual forma humana.  

Orlando Mejía Rivera (Colombia)
Escritor. Profesor titular de la Universidad de Caldas.


20.5 x 27 cm. 140 pp. / ISSN: 0120-2367
$9.000 - US$9


 

 
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