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Revista
No. 283 Enero-Marzo de 2006
Nietzsche
compositor
La música temperada de un filósofo intempestivo
Valentina Marulanda
Contra
la ciencia y la moral, y bajo el signo del paganismo, encarnado
en el dios griego -el sátiro que simboliza, entre sus muchas
atribuciones, la pasión de vivir y el espíritu trágico-
se erige el pensamiento estético de Friedrich Nietzsche.
Desde su primer libro, que no por casualidad es de estética,
El nacimiento de la tragedia, pone de manifiesto el papel esencial
del arte en la vida del hombre, y propone un anti-orden de valores
basado no en la verdad y el bien de la tradición socrática-cristiana-idealista,
sino en el arte como la "tarea suprema y la actividad propiamente
metafísica".
Que el arte es lo opuesto de la verdad es una convicción
que no lo abandonará nunca, incluso cuando ya la razón
lo abandonaba. Uno de los fragmentos de La voluntad de poder concluye
así: "El arte nos salva de perecer en la verdad".
Y al tomar partido por lo dionisíaco y no por lo apolíneo,
su antítesis, el filósofo apuesta por el arte no representativo
y no discursivo, por el único arte estrictamente puro: la
música.
El nacimiento de la tragedia (en el espíritu de la música
según el subtítulo de la segunda edición, de
1874), fue gestado bajo la inspiración de la música
y la visión dionisíaca del mundo. Y fue dedicado a
uno de los seres que más quiso, admiró y odió:
Richard Wagner, a quien conociera en 1869, cuando el entonces filólogo
contaba 25 años. Nietzsche vio en el músico, además
de una imagen del padre que lo dejara huérfano en la temprana
infancia, un verdadero interlocutor intelectual, con quien llegó
a compartir no pocas ideas sobre el arte, en general, y la música,
en particular.
La historia de esta relación no deja de ser paradójica,
porque, al parecer, en un principio, Nietzsche, como tantos otros
en su momento, se había mostrado reticente a la música
de Wagner. Pero a raíz de la audición del preludio
de Tristán e Isolda y la obertura de Los maestros cantores
queda literalmente deslumbrado y se confiesa wagneriano de tiempo
completo: "A su lado se siente uno como cerca de lo divino",
llegó a declarar en los momentos de entusiasmo.
Esa amistad entre dos genios de la más rara estirpe, una
de las más célebres de su tiempo, pasó, como
es harto conocido, de la compenetración absoluta al distanciamiento
radical. De ello dan cuenta escritos de la madurez del filósofo
recogidos en los volúmenes Ecce Homo, El caso Wagner y Nietzsche
contra Wagner. El culto al semidiós que significa la consagración
de Bayreuth, la ambición desmedida de Wagner, su megalomanía
y sus juegos de poder siembran el desencanto en el corazón
de Nietzsche. Porque siente que el autor de Lohengrin ha traicionado
los ideales supremos del arte. Y como si fuera poco, las tendencias
antisemitas manifestadas por Wagner también contribuyen al
deterioro de la amistad. Lo trata de decadente y de putrefacto.
Pero el incidente que desborda la ira y el desprecio de Nietzsche
es el estreno de la última ópera, Parsifal, en la
cual aborda Wagner el tema de la leyenda medieval del Santo Grial
para dar expresión a su idea de la redención en la
tradición cristiana. Esto tiene para Nietzsche el peso de
una traición. Si Wagner había encarnado, a su juicio,
el renacimiento de la tragedia ática antigua, ese giro hacia
sentimientos cristianos le resultaba sencillamente inaceptable.
Aunque de repercusiones trascendentales, más para Nietzsche
que para Wagner, cuya figura dominaba el panorama musical europeo,
y en torno a la cual se aglutinaban los aduladores de oficio, no
fue este encuentro, como suele creerse, el detonante de la pasión
musical en el joven Nietzsche. Porque, en efecto, desde muy temprano,
a los 10 o 12 años, cuando inicia sus estudios de piano (algo
habitual en el seno de las familias cultivadas en la Europa decimonónica),
se hace manifiesta su melomanía y empieza a escribir piezas
musicales.
Antes de su deslumbramiento con Wagner, los gustos musicales de
Nietzsche se dirigían hacia el pasado: Palestrina, Bach,
Händel, Mozart, Beethoven, así como también hacia
los compositores del romanticismo, en boga en su juventud. Así
lo reflejan sus propias obras, el secreto mejor guardado del filósofo,
que después de cien años, no termina de asombrar.
De estos compositores, como Schubert, Schumann, Mendelssohn -no
así Liszt- están, sin duda, impregnadas sus creaciones,
de pequeño formato, auténticas miniaturas o -más
cerca de su temperamento- aforismos musicales, que fueran revelados
al mundo en 1976, cuando se publicó en Basilea El legado
musical de Nietzsche, un volumen con todas sus partituras, bajo
el cuidado de uno de sus biógrafos, el musicólogo
Curt Paul Janz. Hasta entonces no se hablaba de esa faceta más
íntima y comprometedora del Nietzsche compositor. Cabe recordar
aquí otros pensadores que también incursionaron en
la escritura musical: Descartes, Rousseau y Adorno.
La
gaya música
El catálogo nietzscheano incluye más de medio centenar
de composiciones instrumentales y vocales: para piano solo, piano
y violín, piano a cuatro manos, voz y piano, coro a capella,
e incluso, algo que no deja de llamar la atención, esbozos
de obras de carácter religioso -misas, motetes, oratorios-
evidentemente más ambiciosas en su concepción y que,
por eso mismo, estaban fuera de sus posibilidades de músico
no profesional. Quedaron en buenas intenciones y nunca fueron concluidas.
Sólo las piezas breves, de estructura muy sencilla, han subsistido
completas y se han dado a conocer en grabaciones. Una de ellas es
la realizada en este lado del mundo por la Facultad de Filosofía
y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México,
para celebrar, en el año 2000, el primer aniversario de la
muerte del filósofo, nacido en 1844.
Era todavía un niño cuando, según refieren
sus biógrafos, escuchó Nietzsche el coro del Aleluya
de El Mesías de Händel y experimentó una profunda
emoción. Pero de no ser por estos testimonios, sería
difícil imaginar en el pensador que pregonó la muerte
de Dios y fue crítico acérrimo del cristianismo algún
interés por la música sacra y litúrgica. No
debe perderse de vista, sin embargo, que el Nietzsche compositor
precede al Nietzsche que pensaba a contracorriente y filosofaba
"a martillazos". Su música, delicada y más
bien jovial, ceñida al gusto y los patrones armónicos
de la época y ajena a cualquier intención de ruptura,
no sólo es prewagneriana sino prenietzscheana. Y aunque logra
páginas decorosas e incluso sugestivas -ajustadas a su precepto
de que "la música debe ser serena y profunda como una
tarde de octubre" (Ecce Homo)- no permiten presentir al intelectual
iconoclasta, al hombre atormentado que escribía con sangre.
El estudioso Claudio Schulkin lo define como "un compositor
intuitivo".
A los 16 años, el inquieto adolescente tiene la iniciativa
de crear, junto con dos amigos, una asociación cultural que
bautizaron con el nombre de Germania, y cuyo propósito era
impulsar la creación de obras poéticas y musicales.
Cada uno de ellos debía entregar periódicamente una
composición literaria o musical, y en el marco de este compromiso
surgen algunas de las piezas que contiene el citado álbum,
como Heldenklage (Lamento del héroe) para piano solo. Se
trata de una obra de construcción muy simple, con un tema
que se repite tres veces con ligeras variaciones.
Se sabe por testimonios de sus contemporáneos que se desenvolvía
bastante bien en el piano, sin acceder, ni remotamente, a la categoría
de virtuoso. Incluso el propio Wagner le dijo en una oportunidad:
"Usted toca demasiado bien el piano para ser profesor de filología".
Es natural, pues, que como instrumentista del teclado, conociera
Nietzsche la escritura pianística. Y así lo revelan
sus composiciones que, en cambio, no despertaron el más mínimo
entusiasmo en Wagner, ni siquiera cuando, en una oportunidad, lo
secundó en la interpretación de una de sus piezas
para piano a cuatro manos: la Monodie à deux. Wagner estaba
sumergido ya en sonoridades ampulosas y complejas, en la búsqueda
de cromatismos nuevos; estaba obsesionado con lo que denominaba
"la música del futuro", materializada en "la
obra de arte total" cuya expresión era el drama musical
alemán, fastuoso, grandilocuente y de alcance masivo. Por
supuesto las obritas de cámara de su amigo, íntimas
y modestas, no le decían nada.
Para piano a cuatro manos es también una de sus páginas
más extensas, Nachklang einer Sylvesternacht (Ecos de una
noche de San Silvestre). Nietzsche regaló una copia de la
partitura a su amiga Cosima Liszt, hija de Franz y esposa de Wagner,
y el día en que se dispusieron a escuchar la pieza, Wagner
se retiró del recinto antes de que concluyera la ejecución
de los pianistas, y se expresó de manera despectiva de la
composición. Estaba convencido de que Nietzsche no tenía
talento para la escritura musical.
Como el creador literario que era -escribió poemas y su prosa
como tal, también es literatura-, entre las piezas interesantes
del catálogo de Nietzsche se destacan las canciones sobre
textos poéticos con acompañamiento de piano, en la
mejor tradición del lied alemán, y con resonancias
muy notorias de Schubert y de Schumann. El disco al cual me refiero,
con intérpretes mexicanos, incluye varios de estos lieder
(que también grabara hace unos años el sin par Dietrich
Fisher Dieskau), como son los titulados Aus der Jugendzeit (De la
juventud), sobre un poema de Friedrich Rückert y Das Kind an
die Erloschene Kerze (El niño de la vela extinguida), a partir
de un poema de Adalbert von Chamizo. En el verano de 1865 escribe
Die Junge Fischerin (La joven pescadora), una de las pocas canciones
para las cuales no recurrió a textos ajenos sino a uno de
su propia cosecha. Atractivo particular tiene Gebet an das Leben
(Oración a la vida), su última composición,
y cuya autora literaria es Lou Andreas Salomé, su musa y
el gran amor -no correspondido por cierto- del filósofo.
El
poder de la música
"La música nos habla a menudo más profundamente
que las palabras de la poesía, en cuanto que se aferra a
las grietas más recónditas del corazón",
sentenció el filósofo-músico cuando apenas
era un adolescente. Las teorías estéticas de Nietzsche,
especialmente en lo que se refiere al arte de los sonidos, no se
pueden entender sino en la perspectiva de la estética romántica
y, en particular, del pensamiento de Artur Schopenhauer cuya lectura,
a los 20 años, tuvo para él el efecto de una revelación.
En la escala de valoraciones de Nietzsche ocupa la música
un puesto preferencial entre las demás manifestaciones artísticas.
No sólo la considera como la máxima expresión
del espíritu humano, sino que le reconoce una dimensión
metafísica y ontológica privilegiada. En tal concepción
resuenan los ecos de esa obra mayor que es El mundo como voluntad
y representación, en donde a la música, lenguaje universal,
se le atribuye un poder que no tienen las demás artes. Ni
siquiera la filosofía. Porque la música, dice Schopenhauer,
no expresa el fenómeno sino el ser verdadero del mundo; porque
es capaz de penetrar la esencia del ser de las cosas y la quintaesencia
del mundo, la voluntad misma. Puede ir, incluso, más allá
de las ideas, por lo que su rango es similar al de la Idea platónica.
En esta constelación de reflexiones se inserta el pensamiento
musical nietzscheano, pensamiento de madurez, que valora por encima
de todo el concepto de música pura: música absoluta
que está por encima del logos y de la razón analítica,
despojada no sólo del verbo, sino de cualquier función
o intención. En este sentido, la distancia con respecto de
Wagner se hace también evidente.
Tan esencial como el aire es la música para el hombre. Pero,
además, en una dimensión ética, es factor de
plenitud y antídoto contra el sufrimiento. "¡Qué
poco se necesita para la felicidad! El sonido de una gaita. Sin
música, la vida sería un error". El citadísimo
pasaje de El crepúsculo de los ídolos encierra, ciertamente,
una de las más elocuentes profesiones de fe en el milagro
de la música que, desde Orfeo, apacigua a las fieras y no
cesa de emocionarnos e interrogarnos.
Bibliografía
-NIETZSCHE F. El nacimiento de la tragedia. Madrid: Alianza Editorial,
1997.
-NIETZSCHE F. Ecce Homo. París: Denoel Gonthier, 1971.
-NIETZSCHE F. Le Crepuscule des idoles / Le cas Wagner. París:
Denoel Gonthier, 1973.
-NIETZSCHE F. Su Música/ Seine Musik. Disco compacto. Texto
introductorio de Paulina Rivero Weber. México: Universidad
Nacional Autónoma de México, 2000.
- FUBINI Enrico. La estética musical desde la antgüedad
hasta el siglo XX. Madrid: Alianza Editorial, 1999.
- SCHULKIN Claudio. "Nietzsche compositor", en: A parte
rei. Revista de Filosofía (página de internet).
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