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Revista
No. 283 Enero-Marzo de 2006
Michel
Houellebecq, consideraciones sobre el tedio
Pablo Montoya Campuzano
1
El tedio es una secreción de la opulencia. Se extiende como
una llaga frívola en las mansiones de la burguesía.
Planea, oneroso, en los burócratas de los estados socialistas.
No hay consumo posible que pueda desalojarlo de los recientes tiempos
liberales. El tedio, esa terrible exquisitez, poco tiene que ver
con la pobreza material y la precariedad de los espíritus.
Roe incansable el alma de los pudientes y los ociosos. Hay un paradigma
inolvidable del tedio en el Cándido de Voltaire. El noble
veneciano Pococuranté que, rodeado de muchachas bellas, cuadros
magistrales, música deliciosa, excelentes manjares y de la
mejor literatura se ahoga en el insondable aburrimiento. Flaubert,
que conoció bien las ásperas sinuosidades de la insatisfacción,
decía que esas cuatro páginas del Cándido son
una de las maravillas de la prosa y la condensación de casi
un siglo de esfuerzos literarios. Pero es Baudelaire quien mejor
dibujó las facciones del tedio. Las flores del mal inician
con un bostezo monstruoso capaz de devorar todo el universo. Criatura
delicada aunque terrible, el tedio de Baudelaire tiene, no obstante,
a diferencia del de Pococuranté, una inclinación por
el disfrute estético. Entre lo transitorio y la eternidad
está el arte, propone el autor del Splen de París.
Pero sobre los tres planea el tedio con su sombra asfixiante.
En los ámbitos de esta asfixia, sin embargo, puede existir
el pálpito de una intuición. Y, al mismo tiempo, una
suerte de sospecha de que luces así no sirven para dilucidar
nada. Aunque Valéry asegura que este hastío de vivir
sirve de algo. Ayuda a que se mire con claridad la existencia en
su completa desnudez. Lo cual equivale a decir que gracias a él
vemos las cosas tales como son. Esa vacuidad que el burgués
tiene la frágil grandeza de olvidar con sus ruidosas fiestas
familiares. En paradojas de este tipo, el tedio gusta devorarse
a sí mismo y nos devora con minucia. Y es así como
entre las inmensas riberas del tedio se levanta una suerte de reflexión
que termina por volverse esperanza. Esperanza que no es más
que una de las maneras tras la cual se esconde el lúcido
hartazgo de sentir que estamos vivos. De esta lenta masticación
del hastío las letras están llenas de metáforas
y símiles igualmente exhaustos. En realidad, la literatura
ha comprendido el tedio como una suerte de indigestión espiritual
que paraliza frente a cualquier intento de liberación. El
mismo Valéry pone en boca de su Sócrates una sentencia
inquietante: "La opulencia paraliza". Pero es el tedio,
escoria del confort, lo que en verdad nos detiene al borde de todos
los abismos, evitando que el suicidio sea real evidencia. Con todo,
en esta serie de definiciones no hay más que una atractiva
parafernalia de artificios. Los escritores franceses, desde Pascal
hasta Cioran, han querido hacer de ella una indómita quimera
literaria. Michel Houellebecq, a su modo, continúa esta tradición
fatigante.
En su primera novela, Ampliación del campo de batalla, se
pone freno a la idea feliz de que la escritura es un ensalmo contra
el tedio. Dice el empleado informático de la obra que la
escritura no alivia. Tan sólo retraza, delimita, introduce
una sospecha de coherencia en un horizonte condenado de hecho a
la desolación. Pero es verdad que la escritura puede entenderse
también como el remedio preciso para exorcizar los demonios
del hastío. Se trata entonces de escribir para no sucumbir.
De escribir para declarar la guerra a todo lo aborrecible. Maiakovski
decía, en medio del júbilo revolucionario ruso, que
su trabajo literario fundamental era la injuria y el sarcasmo contra
toda injusticia. Rimbaud proponía algo parecido a finales
del siglo XIX: una educación poética a partir del
desborde de los sentidos. En este aniquilamiento insensato el poeta
avanza y el poema asume su espantosa belleza. Porque es en la experiencia
del exceso donde la escritura logra una de sus plenitudes. En Una
temporada en el infierno no se alude, por supuesto, a una escritura
que aligera. Ante la hipócrita comodidad del burgués
la única posible senda de comportarse para el poeta es, según
Rimbaud, escribir desde el estrago y el grito. Por ello, el tedio
tiene acaso una significación sorpresiva en el rebelde de
Charleroi. Está asociado a la rabia. Es un tedio que tiene
el mismo impulso de esas acciones límites que el autor de
La carta al vidente aconseja para favorecer el crecimiento del arte.
Cuando la vida se vuelve una farsa continua, cargada en las espaldas
de todos los hombres, el tedio debe levantarse como una fuerza transgresora.
Habrá que comerlo y digerirlo para regurgitarlo sin compasión
sobre esa ecuanimidad que el dios católico otorga a los hombres
de buena voluntad. Es este tedio, quizás, el que invade al
personaje de la novela de Houellebecq. Pero hay una diferencia.
Si el sujeto de Rimbaud es un animal herido que brinca en medio
del desdén, horrorizado por la patria y las virtudes de sus
ciudadanos; el empleado de Houellebecq se pasea cansado, bostezando,
vomitando, masturbándose, por entre el falso esplendor de
la nueva Europa. Ambos escritores están acorralados por el
aburrimiento. Al primero, lo sacude con violencia. Al segundo, lo
paraliza. En los dos, en todo caso, la felicidad, tan pregonada
por sus sociedades, resulta imposible de conquistar.
2
Hay otra filiación importante a propósito del protagonista
de Ampliación del campo de batalla. El Mersault de Camus
planea como eco en la novela de Houellebecq. La escritura de El
extranjero, nimbada de un hondo desencanto, la influye profundamente.
Está el tono amargo pero humorístico, propio de los
textos cuyo objetivo es descuartizar la comodidad de los hombres
que creen que todo va bien. El rechazo del informático hacia
la sociedad que lo rodea es visceral y poco amigo de las ambigüedades.
En la novela de Houellebecq, empero, no se acude al denso simbolismo,
ni a esa compleja metáfora moderna del rechazo al otro que
habita la célebre novela de Camus. El rechazo del primero
es directo en su ausencia de imparcialidades. Nada de lo que usualmente
se le atribuye a los seres ordinarios, capaces de afecto, podría
endilgársele a este personaje tocado por una abulia incurable.
Su mal, o su enfermedad mejor dicho, es una especial atrofia para
acercarse al otro. Ni qué decir que la amistad, los mínimos
sentimientos familiares, el amor son extravagancias imposibles de
anidar en un espíritu donde lo que reina no son los cansados
escombros de una fe sino el insano esplendor del tedio. La frase
dicha por el Baudelaire de 26 años: "Sufro de una ociosidad
perpetua manejada por un malestar perpetuo", podría
trajear al personaje de Houellebecq. Literalmente se trata de rehusar
la nueva sociedad capitalista que abarca los ámbitos de la
crueldad, lo obsceno y lo escatológico. Ampliación
del campo de batalla, según Marc Wertzmann, es un ataque
sin concesiones a la mentira social francesa de los años
ochenta y noventa del siglo XX, comandada por una política
de izquierda que se extravió en el éxtasis publicitario,
en el triunfalismo empresarial, en una equívoca solidaridad
ciudadana y en la práctica de un antirracismo dulzón.
Pero tal rechazo no desconoce los destellos que otorga el humor.
Ese humor que, al decir de Houellebecq, es una "cortesía
de la desesperanza". Y es aquí donde reside el secreto
de su poética. El eje de su obra es un no al mundo tal como
es. Negación que surge, según palabras del escritor,
de "la intuición de que el universo se basa en la separación,
el sufrimiento y el mal". Para establecer este rechazo rotundo
se fusionan dos enfoques, uno patético y otro clínico.
Ambos se complementan para generar en el lector a veces la repulsa,
pero también la atracción. Por un lado, dice Houellebecq,
está la disección, el análisis frío
y el sentido del humor. Por el otro, la participación emotiva
y una lírica que poco tiene de sublime y más bien
se recuesta en la opaca inmediatez de la vida cotidiana.
Donde más se refleja esta doble faz es acaso en la obra poética
de Houellebecq. La suya es gris en sus pretensiones líricas.
El tedio que alberga hace impostergable cualquier gozo. Sus versos
son otra forma del bostezo baudeleriano en medio de los centros
comerciales franceses. Porque los espacios de estos poemas son los
supermercados, donde una comodidad electrodoméstica pulula
y el fantasma de una desazón letal ondea. El poeta recorre
el ámbito del consumo y lo fustiga con fatiga. Su desengaño
no es altisonante. La voz que dice es más bien pasiva, pero
escéptica a cualquier atisbo de salvación colectiva
que tanto pregona la ostentación de las compraventas. El
poeta, como si acabara de salir de un clínica de reposo,
atribulado por una depresión insoslayable, va recorriendo
esas bodegas gigantescas del comercio donde la humanidad ha sido
despojada de su grandeza por un frívolo Abadón del
consumo. Esta poesía, por otra parte, se ancla en un curioso
aprendizaje del sufrimiento. Houellebecq elabora este método
en una de sus primeras obras titulada Seguir vivo. Formulaciones
de la pena y la dislocación espiritual del hombre contemporáneo
que semejan un nuevo tratado de estoicismo. "Todo sufrimiento
es bueno; todo sufrimiento es útil; todo sufrimiento contiene
sus frutos; todo sufrimiento es un universo", dice este advenedizo
apóstol de los padecimientos. Un Séneca posmoderno
que propone, además, la paciencia y la resistencia, pero
también el cinismo y la incredulidad ante la vida. Seguir
vivo está dirigido, en parte, a un supuesto poeta desconocido.
Algo hay aquí de esas cartas que los viejos maestros dirigen
a los artistas adolescentes para que sepan avanzar en lo que es
definitivamente tortuoso. Poeta, dice Houellebecq, soporta todo
el sufrimiento posible. Esa es tu misión. Pero no creas en
la felicidad, ni en el consuelo, ni un dios benévolo que
ilumine y fortalezca porque tales patrañas no existen.
"Yo me sentí viejo después de mi nacimiento",
dice uno de esos poemas. Y en "Ópera Bianca", obra
experimental con texto de Houellebecq e instalación móvil
y sonora del escultor Gilles Touyard, se afirma: "No vivimos;
hacemos movimientos que creemos voluntarios. La muerte no puede
alcanzarnos; ya estamos muertos". Son versos, entre muchos,
para concluir que esta poesía es monótona en su continuo
quejarse, plomiza en la casi plata expresión de su tristeza.
Es la poesía de un espíritu adolescente que ha sucumbido
a las frustraciones personales, a los óptimos planes de la
familia, al proyecto del bienestar aclamado por la Francia neoliberal.
Una voz que se eleva para desafinar la armonía sonora de
los ámbitos en los que la mercancía quiere acapararlo
todo. Y es desde esta perspectiva que la poesía de Houellebecq
resulta interesante. Su lirismo, repito, es casi siempre lamentoso.
Su llanto se empalaga por una retórica emparentada con usadas
tradiciones decimonónicas. Y sin embargo, uno termina aprobando
este contubernio entre el escritor solemne en sus apuestas estilísticas
-en Houellebecq hay sonetos y muchos versos rimados- y una realidad
social -la de los centros comerciales, las agencias de empleo, los
clubes de vacaciones, las autorutas- radicalmente ajena a la ensoñación
del poeta. Es este abrazo de dos situaciones que se rechazan con
odio, lo que quizás otorga un raro prestigio a los libros
de Houellebecq. Poemarios que dejan intuir, desde sus títulos
mismos, un movimiento maltrecho hacia la esperanza: "El sentido
del combate", "La búsqueda de la felicidad",
"Renacimiento".
3
Pese a que la obra de Houellebecq posee alardes de rebeldía,
aunque pretenda ser un "último baluarte contra el liberalismo"
-así se llama uno de los poemas del libro El sentido del
combate-, de todas maneras está penetrada por un ostensible
espíritu racista. Dicho rasgo la vuelve reaccionaria y cercana
al círculo de los xenófobos y nacionalistas febriles
de toda laya. Mulatos, negros, asiáticos y sobre todo árabes
atraviesan los libros de Houellebecq con un cierto aire de vulgares
forasteros que se han entrometido en la orgía perpetua de
los compradores europeos. No en vano las declaraciones de Houellebecq
a raíz de los eventos del 11 de septiembre, junto a las de
Oriana Fallaci en su libro La rabia y el orgullo, hacen parte de
la fobia al mundo islámico con que ciertos intelectuales
de occidente han respondido ante la llegada del terrorismo a los
centros del poder. Mientras que Fallaci compara lo incomparable
-fanáticas catedrales más suntuosas que fanáticas
mezquitas- y llama a los hijos de Alá miserables que se reproducen
como ratas y tilda su civilización de retrógrada,
Houellebecq tambien hace lo suyo en este sainete de las declaraciones
incendiarias. Aunque es cierto que el rechazo del escritor francés
a las religiones es general. Considera, por ejemplo, que asistimos
a un desmoronamiento paulatino de las religiones monoteístas.
Que la frialdad de las verdades científicas terminará
desalojando el ardor de los dogmas religiosos. Que la más
estúpida de estas religiones es la musulmana -en Plataforma
uno de los personajes, curiosamente un árabe, afirma que
el Islam es un religión nacida entre beduinos pringosos que
no tenían otra cosa que hacer que "culearse a los camellos"-
frente a la cual el cristianismo gana por ciertas complejidades.
Complejidades que se asemejan a las que enarbola la atrabiliaria
periodista italiana.
Declaraciones de este tipo, obvias para muchos intelectuales, se
emiten en un contexto que inflama los odios y los rencores entre
dos mundos que se han mirado sin comprenderse muy bien desde hace
siglos. Houellebecq se convierte en un representante más
de una mentalidad colonialista claramente enlazada a la estrechez
medieval de los cruzados. Y así la mirada depresiva de la
realidad francesa de los años noventa, que para otros tendría
el vital encanto del multiculturalismo y de las nuevas expresiones
del hombre nómada y las tribus marginales, para el yo poético
de este escritor está fundada en el fracaso y la rabia. De
ahí que se presente en Houellebecq un claro deseo de derrumbar
el brillo de esa utopía urbana, fundada en la supuesta tolerancia
que predica el multiculturalismo. No resulta complejo descifrar,
leyendo a este novelista francés, que tras las coordenadas
cívicas de la izquierda y la derecha filantrópicas,
que pretenden abrazar al inmigrante con el nativo, se esconde el
viejo conflicto de las clases sociales y un racismo de pacotilla,
así nunca se le diga al extranjero su pertenencia a una raza
inferior. A la palabra "raza", ya lo han dicho los antropólogos
de hoy, se le ha reemplazado eufemísticamente con la de "cultura".
Y por ello, demasiados europeos nativos siguen considerando que
todo musulmán es peligrosamente fundamentalista, todo latinoamericano
es peligrosamente tramposo y traficante de droga, todo negro africano
es alguien que peligrosamente trabaja de forma ilegal. En fin, con
Hoeuellebecq comprendemos cómo la impotencia sexual, la inapetencia
espiritual y la abulia intelectual, esas otras formas del tedio,
son los lentes por donde se observan las regiones de la frustración
insaciable de los colonizadores.
Al espíritu reaccionario de Houellebecq es posible rastrearlo.
Su antecedente aparece con claridad al leer su obra ensayística.
Se creería que este rasgo se dibuja a partir de los grandes
reaccionarios franceses -Bloy, De la Rochelle, Céline-. Y
sin duda, serían interesantes los lazos que se tejan entre
Houellebecq y estos autores, siniestros en el exceso ideológico
pero grandes en los hallazgos literarios. El parentesco de Houellebecq
viene del otro lado del océano. En "Lovecraft contra
el mundo, contra la vida" está delimitada la hermandad.
En realidad, este es el primer ensayo que publica Houellebecq. Y
si de algo sirve su lectura, entre otras cosas, es precisamente
para formular afinidades entre dos autores para quienes el universo
es algo repugnante. Ambos abominan, en particular, del capitalismo.
Lovecraft, del que produce las grandes migraciones y las fábricas
norteamericanas de las primeras décadas del siglo XX. Houellebecq,
del que llega a Francia en las últimas décadas del
mismo siglo para provocar los malestares de una sociedad escindida
por la crisis económica, en la que los emigrantes siempre
son el reclamado chivo expiatorio. A ambos les asquean los valores
del dinero y la potencia sexual que pregonan las sociedades viriles
a las que pertenecen. Les exaspera la publicidad y el gusto por
las riquezas materiales. Lovecraft las padeció al ser un
escritor golpeado por la precariedad. Houellebecq, conociendo su
procedencia y al ser el escritor más vendido en la Francia
actual, dudo que haya conocido las variantes de la miseria. Algunas
de sus obras, Plataforma y Lanzarote incluso están relacionadas
con los viajes turísticos -trabajo de campo, dirían
los exponentes del naturalismo- que le han otorgado el éxito
de sus libros. Ambos escritores sienten, además, una gran
nostalgia por esos valores puritanos que los religiosos extremistas
de sus naciones han pregonado ferozmente ante la llegada de la nueva
libertad y su progreso. Y hay que decir que los dos levantan los
hombros, con menosprecio, ante el triunfalismo de sus países
imperiales. Incurren, además, en comportamientos reaccionarios
al quejarse de que la pureza, la castidad, la fidelidad, la decencia
y la bondad se hayan convertido en marcas fútiles de un tiempo
caduco. Y los dos -Lovecraft ostensiblemente, Houellebecq de una
manera más velada- piensan que el desmoronamiento de los
valores se debe también a la presencia del extraño.
A la llegada a sus países de ese ser que impone el caos con
su mestizaje y suscita el oprobio en los nativos.
El racismo es uno de los aspectos que más fascina al hastioso
hombre contemporáneo. Como si su resentimiento por el mundo,
y su fría relojería que sólo puede provocar
escepticismo, se enconara más ante la figura del inmigrante.
Quién sabe por qué engranaje especial se produce esta
asociación entre el que padece de tedio y la presencia de
quien busca no sucumbir ante el desarraigo. El uno, con su pasividad
cósmica, pero apabullado por la lucidez. Y el otro, sin tiempo
para reflexionar, carente de ocios que apunten al infinito, en el
incansable ir y venir que origina el menester. En todo caso el racismo,
según el propio Houellebecq al estudiar el caso de su maestro
Lovecraft, tiene una base única: el miedo. En esta dirección,
más que un mecanismo de defensa cultural en la evolución
de todo pueblo, el racismo sería entonces una enfermedad
de intrincada sintomatología que también sufren los
personajes de Lovecraft y Houellebecq. El odio al métèque,
o al menos la falta de una apertura hacia él, se presenta
en el escritor francés como una proyección más
de la amargura que su obra recrea. Y esta proyección mide
el real espesor de su malestar.
4
"La edad adulta es el infierno", escribe Lovecraft. Y
esta edad le resulta cara a las narraciones de Houellebecq. Perdida
la infancia tras los cataclismos de una adolescencia desapacible,
viene el bochorno de la adultez. Ese tiempo de la vergüenza
oculta, de los falsos protocolos, de los deseos empozados, de las
treguas insípidas que siguen a las guerras donde no hubo
ni derrota ni victoria. Ese tiempo despreciable del cual Ciorán
dice que sólo queda la ausencia de las lágrimas y
un gusto amargo de lo que fue agitación juvenil. Es en esta
edad donde sobreviene el tedio con su implacable cortejo de rechazos,
ironías y descreencias. En Ampliación del campo de
batalla Houellebecq vuelve aún más infernal esa edad.
"La vida es dolorosa y decepcionante. Inútil por tanto
escribir nuevas novelas realistas". Esta frase con que inicia
el libro sobre Lovecraft es, no obstante, una especie de credo aplicable
a Houellebecq. El que permite entender la labor que habrá
de materializarse en la primera novela. Porque en Ampliación
del campo de batalla sucede justamente la descripción realista
de una existencia dolorosa, decepcionante e inútil. Una vida
donde el único acto apasionado es fumar. "Fumar cigarrillos
-dice el informático- se ha vuelto la única parte
de libertad en mi existencia. La única acción a la
que me adhiero con todo mi ser. Mi único proyecto".
Una vida donde no hay consuelo: ni en la música, ni en la
literatura, ni en la compañía de los otros. Donde
el vómito y el onanismo se perfilan como transgresiones frente
a un mundo de cuadros capitalistas carentes de sensibilidad. O dueñas
de una, pero inexorablemente extraviada. Para el informático,
desesperado por conseguir afecto, la vagina termina siendo una fosa
llena de sometimiento y soledad. Y el ano masculino, aunque ansiado
a escondidas, es una circunstancia del goce que jamás se
alcanza.
Y es que el erotismo está desalojado del mundo del tedio.
Ni el placer, ni la fantasía detienen la cansada tristeza
del incrédulo. El erotismo presupone una esperanza en la
fiesta del nacimiento y la muerte que significan dos cuerpos abrazados
en la dicha o prontos a ella. El resquebrajado erotismo de Houellebecq
tiene, sin duda, una relación con la ausencia que hay de
éste en Lovecraft. En el norteamericano, en la construcción
de sus pegajosas fantasías demenciales, el placer de los
cuerpos y su cercanía con la imaginación han sido
totalmente excluidos. En Houellebecq aparece el deseo, pero como
atrofia. En sus novelas se aborda el erotismo, sin embargo, éste
de entrada se enturbia al asociársele con el negocio rentable
de los sex-shows, los campos nudistas y las tabernas de la orgía
neoliberal. Y, como resultado de la excelente dote del novelista,
surge entonces la denuncia que no cae en la fascinación de
la diatriba escandalosa sino en la irónica risa del escéptico.
En Las partículas elementales rueda el telón de la
utopía hippie y el célebre espíritu libertario
de mayo del 68, y aparece la avalancha del hartazgo y los malabares
comerciales suscitados por el ejercicio de la sexualidad. Y en Plataforma
toda forma del deseo es tragada por una de las gigantescas maquinarias
del capitalismo que devela Houellebecq: la prostitución internacional
y sus dominios que van desde Asia hasta América. Aunque resulta
necesario precisar que Houellebecq es la figura más mediatizada
de la literatura francesa actual. Hace parte del espectáculo
de la farándula en que se han enfrascado muchos de los nuevos
intelectuales de hoy, ansiosos de aparecer más en el ruedo
audiovisual que en las tribunas propias del debate literario. Por
ello mismo, cada declaración suya termina siendo un suceso
que revistas, periódicos y programas de televisión
amplían exageradamente y reducen a un artículo olvidado
más del consumo. Es en estos espacios, justamente, en donde
Houellebecq ha moldeado, pese a ciertos pasajes de denuncia en Plataforma,
los pilares de una utopía viciosa basada en el turismo sexual,
la prostitución y la cultura de masas.
Los personajes de Houellebecq, finalmente, así se opongan
a un sistema social opresivo, carecen de la pétrea belleza
que tienen otras figuras de la total negación. Poco hay en
los arquetipos de Ampliación del campo de batalla, Lanzarote
y Las partículas elementales de ese encanto espectral que,
por ejemplo, posee, Bartleby de Melville. Ese vacío de la
voluntad, como diría Deleuze, no es la constante en Houellebecq.
En Bartleby hay un absoluto rechazo hacia todo orden social y dialéctica
histórica. Las proyecciones de Houellebecq jamás alcanzan
esos execrables confines. Se quedan en el bostezo sarcástico
del que mira el vacío sin fondo instalado en los nuevos tópicos
del esparcimiento liberal. Sus personajes no se sitúan al
margen de la realidad que critican. Y como carecen de ese absoluto
repudio que otorga el estar más allá de la periferia,
parecen flotar en una contemplación asaz determinista del
mundo que detestan. Y sin embargo, sería ingenuo decir que
en este placer enfermizo, en esta espumosa circunstancia del tedio,
no hay una crítica fuerte a la modernidad que quiere hacer
del mundo un gran supermercado, una gran empresa y un gran centro
vacacional. A los personajes de Houellebecq les falta el pavor de
la pasividad, esa categoría abismada del silencio, la quietud
que representa la suprema negación. Bartleby no tiene origen,
ni porvenir. Y su presente se expresa en esa frase modesta: "preferiría
no hacerlo", que sin embargo define la férrea ausencia
de un hombre fantasmal en un universo dominado por frenéticos
productores. No se sabe nada de Bartleby. Y en ese vacío
semántico que se instaura más allá del relato
mismo, el lector termina corroborando la incómoda sospecha
de que toda certeza, por elemental que sea, en realidad está
agrietada en sus fundamentos. Los personajes de Houellebecq, en
cambio, sí tienen procedencia y rumbo. No es difícil
establecer un cuadro de sus seres carcomidos por el tedio. Franceses
de clase media, reacios a los valores de un optimismo social que
la izquierda francesa pregonó en el momento en que pudo ejercer
el poder. Personajes que detestan las figuras literarias cimeras
de esa izquierda sacrosanta: Sartre, Malraux, Aragó, Prévert.
Sobre todo Prévert del cual el mismo Houellebecq escribe:
"A nivel filosófico y político es un libertario;
es decir, fundamentalmente un imbécil". Personajes educados
en la cultura desechable de los medios, pero que despotrican de
ella. Criados en la sociedad multicultural proclamada por los sociólogos
de la New Age, pero racistas confesos. Consumidores de las músicas
del mundo y los clubes de descanso tipo Mediterráneo y Nuevas
fronteras, pero fóbicos a los inmigrantes. Personajes, como
el informático de Ampliación del campo de batalla,
que ven el fracaso por todas partes y el suicidio siempre les parece
inalcanzable. Personajes, en fin, que detestan la sociedad en que
viven. Y que de París, el luminoso paradigma de la libertad
y la belleza turística, tan cantada por nativos y forasteros
ingenuos, dicen que es una ciudad siniestra de leprosos inmuebles,
detrás de los cuales tiembla la lenta agonía de una
humanidad hastiada.
Pablo
Montoya Campuzano (Colombia)
Profesor de literatura en la Universidad de Antioquia. Escritor
y músico. Autor, entre otros de los libros: La sinfonía
y otros cuentos musicales, Viajeros, Música de Pájaros,
Habitantes, Razia y La sed del ojo.
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