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Revista No. 283 Enero-Marzo de 2006

Michel Houellebecq, consideraciones sobre el tedio

Pablo Montoya Campuzano

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El tedio es una secreción de la opulencia. Se extiende como una llaga frívola en las mansiones de la burguesía. Planea, oneroso, en los burócratas de los estados socialistas. No hay consumo posible que pueda desalojarlo de los recientes tiempos liberales. El tedio, esa terrible exquisitez, poco tiene que ver con la pobreza material y la precariedad de los espíritus. Roe incansable el alma de los pudientes y los ociosos. Hay un paradigma inolvidable del tedio en el Cándido de Voltaire. El noble veneciano Pococuranté que, rodeado de muchachas bellas, cuadros magistrales, música deliciosa, excelentes manjares y de la mejor literatura se ahoga en el insondable aburrimiento. Flaubert, que conoció bien las ásperas sinuosidades de la insatisfacción, decía que esas cuatro páginas del Cándido son una de las maravillas de la prosa y la condensación de casi un siglo de esfuerzos literarios. Pero es Baudelaire quien mejor dibujó las facciones del tedio. Las flores del mal inician con un bostezo monstruoso capaz de devorar todo el universo. Criatura delicada aunque terrible, el tedio de Baudelaire tiene, no obstante, a diferencia del de Pococuranté, una inclinación por el disfrute estético. Entre lo transitorio y la eternidad está el arte, propone el autor del Splen de París. Pero sobre los tres planea el tedio con su sombra asfixiante.
En los ámbitos de esta asfixia, sin embargo, puede existir el pálpito de una intuición. Y, al mismo tiempo, una suerte de sospecha de que luces así no sirven para dilucidar nada. Aunque Valéry asegura que este hastío de vivir sirve de algo. Ayuda a que se mire con claridad la existencia en su completa desnudez. Lo cual equivale a decir que gracias a él vemos las cosas tales como son. Esa vacuidad que el burgués tiene la frágil grandeza de olvidar con sus ruidosas fiestas familiares. En paradojas de este tipo, el tedio gusta devorarse a sí mismo y nos devora con minucia. Y es así como entre las inmensas riberas del tedio se levanta una suerte de reflexión que termina por volverse esperanza. Esperanza que no es más que una de las maneras tras la cual se esconde el lúcido hartazgo de sentir que estamos vivos. De esta lenta masticación del hastío las letras están llenas de metáforas y símiles igualmente exhaustos. En realidad, la literatura ha comprendido el tedio como una suerte de indigestión espiritual que paraliza frente a cualquier intento de liberación. El mismo Valéry pone en boca de su Sócrates una sentencia inquietante: "La opulencia paraliza". Pero es el tedio, escoria del confort, lo que en verdad nos detiene al borde de todos los abismos, evitando que el suicidio sea real evidencia. Con todo, en esta serie de definiciones no hay más que una atractiva parafernalia de artificios. Los escritores franceses, desde Pascal hasta Cioran, han querido hacer de ella una indómita quimera literaria. Michel Houellebecq, a su modo, continúa esta tradición fatigante.
En su primera novela, Ampliación del campo de batalla, se pone freno a la idea feliz de que la escritura es un ensalmo contra el tedio. Dice el empleado informático de la obra que la escritura no alivia. Tan sólo retraza, delimita, introduce una sospecha de coherencia en un horizonte condenado de hecho a la desolación. Pero es verdad que la escritura puede entenderse también como el remedio preciso para exorcizar los demonios del hastío. Se trata entonces de escribir para no sucumbir. De escribir para declarar la guerra a todo lo aborrecible. Maiakovski decía, en medio del júbilo revolucionario ruso, que su trabajo literario fundamental era la injuria y el sarcasmo contra toda injusticia. Rimbaud proponía algo parecido a finales del siglo XIX: una educación poética a partir del desborde de los sentidos. En este aniquilamiento insensato el poeta avanza y el poema asume su espantosa belleza. Porque es en la experiencia del exceso donde la escritura logra una de sus plenitudes. En Una temporada en el infierno no se alude, por supuesto, a una escritura que aligera. Ante la hipócrita comodidad del burgués la única posible senda de comportarse para el poeta es, según Rimbaud, escribir desde el estrago y el grito. Por ello, el tedio tiene acaso una significación sorpresiva en el rebelde de Charleroi. Está asociado a la rabia. Es un tedio que tiene el mismo impulso de esas acciones límites que el autor de La carta al vidente aconseja para favorecer el crecimiento del arte. Cuando la vida se vuelve una farsa continua, cargada en las espaldas de todos los hombres, el tedio debe levantarse como una fuerza transgresora. Habrá que comerlo y digerirlo para regurgitarlo sin compasión sobre esa ecuanimidad que el dios católico otorga a los hombres de buena voluntad. Es este tedio, quizás, el que invade al personaje de la novela de Houellebecq. Pero hay una diferencia. Si el sujeto de Rimbaud es un animal herido que brinca en medio del desdén, horrorizado por la patria y las virtudes de sus ciudadanos; el empleado de Houellebecq se pasea cansado, bostezando, vomitando, masturbándose, por entre el falso esplendor de la nueva Europa. Ambos escritores están acorralados por el aburrimiento. Al primero, lo sacude con violencia. Al segundo, lo paraliza. En los dos, en todo caso, la felicidad, tan pregonada por sus sociedades, resulta imposible de conquistar.

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Hay otra filiación importante a propósito del protagonista de Ampliación del campo de batalla. El Mersault de Camus planea como eco en la novela de Houellebecq. La escritura de El extranjero, nimbada de un hondo desencanto, la influye profundamente. Está el tono amargo pero humorístico, propio de los textos cuyo objetivo es descuartizar la comodidad de los hombres que creen que todo va bien. El rechazo del informático hacia la sociedad que lo rodea es visceral y poco amigo de las ambigüedades. En la novela de Houellebecq, empero, no se acude al denso simbolismo, ni a esa compleja metáfora moderna del rechazo al otro que habita la célebre novela de Camus. El rechazo del primero es directo en su ausencia de imparcialidades. Nada de lo que usualmente se le atribuye a los seres ordinarios, capaces de afecto, podría endilgársele a este personaje tocado por una abulia incurable. Su mal, o su enfermedad mejor dicho, es una especial atrofia para acercarse al otro. Ni qué decir que la amistad, los mínimos sentimientos familiares, el amor son extravagancias imposibles de anidar en un espíritu donde lo que reina no son los cansados escombros de una fe sino el insano esplendor del tedio. La frase dicha por el Baudelaire de 26 años: "Sufro de una ociosidad perpetua manejada por un malestar perpetuo", podría trajear al personaje de Houellebecq. Literalmente se trata de rehusar la nueva sociedad capitalista que abarca los ámbitos de la crueldad, lo obsceno y lo escatológico. Ampliación del campo de batalla, según Marc Wertzmann, es un ataque sin concesiones a la mentira social francesa de los años ochenta y noventa del siglo XX, comandada por una política de izquierda que se extravió en el éxtasis publicitario, en el triunfalismo empresarial, en una equívoca solidaridad ciudadana y en la práctica de un antirracismo dulzón. Pero tal rechazo no desconoce los destellos que otorga el humor. Ese humor que, al decir de Houellebecq, es una "cortesía de la desesperanza". Y es aquí donde reside el secreto de su poética. El eje de su obra es un no al mundo tal como es. Negación que surge, según palabras del escritor, de "la intuición de que el universo se basa en la separación, el sufrimiento y el mal". Para establecer este rechazo rotundo se fusionan dos enfoques, uno patético y otro clínico. Ambos se complementan para generar en el lector a veces la repulsa, pero también la atracción. Por un lado, dice Houellebecq, está la disección, el análisis frío y el sentido del humor. Por el otro, la participación emotiva y una lírica que poco tiene de sublime y más bien se recuesta en la opaca inmediatez de la vida cotidiana.
Donde más se refleja esta doble faz es acaso en la obra poética de Houellebecq. La suya es gris en sus pretensiones líricas. El tedio que alberga hace impostergable cualquier gozo. Sus versos son otra forma del bostezo baudeleriano en medio de los centros comerciales franceses. Porque los espacios de estos poemas son los supermercados, donde una comodidad electrodoméstica pulula y el fantasma de una desazón letal ondea. El poeta recorre el ámbito del consumo y lo fustiga con fatiga. Su desengaño no es altisonante. La voz que dice es más bien pasiva, pero escéptica a cualquier atisbo de salvación colectiva que tanto pregona la ostentación de las compraventas. El poeta, como si acabara de salir de un clínica de reposo, atribulado por una depresión insoslayable, va recorriendo esas bodegas gigantescas del comercio donde la humanidad ha sido despojada de su grandeza por un frívolo Abadón del consumo. Esta poesía, por otra parte, se ancla en un curioso aprendizaje del sufrimiento. Houellebecq elabora este método en una de sus primeras obras titulada Seguir vivo. Formulaciones de la pena y la dislocación espiritual del hombre contemporáneo que semejan un nuevo tratado de estoicismo. "Todo sufrimiento es bueno; todo sufrimiento es útil; todo sufrimiento contiene sus frutos; todo sufrimiento es un universo", dice este advenedizo apóstol de los padecimientos. Un Séneca posmoderno que propone, además, la paciencia y la resistencia, pero también el cinismo y la incredulidad ante la vida. Seguir vivo está dirigido, en parte, a un supuesto poeta desconocido. Algo hay aquí de esas cartas que los viejos maestros dirigen a los artistas adolescentes para que sepan avanzar en lo que es definitivamente tortuoso. Poeta, dice Houellebecq, soporta todo el sufrimiento posible. Esa es tu misión. Pero no creas en la felicidad, ni en el consuelo, ni un dios benévolo que ilumine y fortalezca porque tales patrañas no existen.
"Yo me sentí viejo después de mi nacimiento", dice uno de esos poemas. Y en "Ópera Bianca", obra experimental con texto de Houellebecq e instalación móvil y sonora del escultor Gilles Touyard, se afirma: "No vivimos; hacemos movimientos que creemos voluntarios. La muerte no puede alcanzarnos; ya estamos muertos". Son versos, entre muchos, para concluir que esta poesía es monótona en su continuo quejarse, plomiza en la casi plata expresión de su tristeza. Es la poesía de un espíritu adolescente que ha sucumbido a las frustraciones personales, a los óptimos planes de la familia, al proyecto del bienestar aclamado por la Francia neoliberal. Una voz que se eleva para desafinar la armonía sonora de los ámbitos en los que la mercancía quiere acapararlo todo. Y es desde esta perspectiva que la poesía de Houellebecq resulta interesante. Su lirismo, repito, es casi siempre lamentoso. Su llanto se empalaga por una retórica emparentada con usadas tradiciones decimonónicas. Y sin embargo, uno termina aprobando este contubernio entre el escritor solemne en sus apuestas estilísticas -en Houellebecq hay sonetos y muchos versos rimados- y una realidad social -la de los centros comerciales, las agencias de empleo, los clubes de vacaciones, las autorutas- radicalmente ajena a la ensoñación del poeta. Es este abrazo de dos situaciones que se rechazan con odio, lo que quizás otorga un raro prestigio a los libros de Houellebecq. Poemarios que dejan intuir, desde sus títulos mismos, un movimiento maltrecho hacia la esperanza: "El sentido del combate", "La búsqueda de la felicidad", "Renacimiento".

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Pese a que la obra de Houellebecq posee alardes de rebeldía, aunque pretenda ser un "último baluarte contra el liberalismo" -así se llama uno de los poemas del libro El sentido del combate-, de todas maneras está penetrada por un ostensible espíritu racista. Dicho rasgo la vuelve reaccionaria y cercana al círculo de los xenófobos y nacionalistas febriles de toda laya. Mulatos, negros, asiáticos y sobre todo árabes atraviesan los libros de Houellebecq con un cierto aire de vulgares forasteros que se han entrometido en la orgía perpetua de los compradores europeos. No en vano las declaraciones de Houellebecq a raíz de los eventos del 11 de septiembre, junto a las de Oriana Fallaci en su libro La rabia y el orgullo, hacen parte de la fobia al mundo islámico con que ciertos intelectuales de occidente han respondido ante la llegada del terrorismo a los centros del poder. Mientras que Fallaci compara lo incomparable -fanáticas catedrales más suntuosas que fanáticas mezquitas- y llama a los hijos de Alá miserables que se reproducen como ratas y tilda su civilización de retrógrada, Houellebecq tambien hace lo suyo en este sainete de las declaraciones incendiarias. Aunque es cierto que el rechazo del escritor francés a las religiones es general. Considera, por ejemplo, que asistimos a un desmoronamiento paulatino de las religiones monoteístas. Que la frialdad de las verdades científicas terminará desalojando el ardor de los dogmas religiosos. Que la más estúpida de estas religiones es la musulmana -en Plataforma uno de los personajes, curiosamente un árabe, afirma que el Islam es un religión nacida entre beduinos pringosos que no tenían otra cosa que hacer que "culearse a los camellos"- frente a la cual el cristianismo gana por ciertas complejidades. Complejidades que se asemejan a las que enarbola la atrabiliaria periodista italiana.
Declaraciones de este tipo, obvias para muchos intelectuales, se emiten en un contexto que inflama los odios y los rencores entre dos mundos que se han mirado sin comprenderse muy bien desde hace siglos. Houellebecq se convierte en un representante más de una mentalidad colonialista claramente enlazada a la estrechez medieval de los cruzados. Y así la mirada depresiva de la realidad francesa de los años noventa, que para otros tendría el vital encanto del multiculturalismo y de las nuevas expresiones del hombre nómada y las tribus marginales, para el yo poético de este escritor está fundada en el fracaso y la rabia. De ahí que se presente en Houellebecq un claro deseo de derrumbar el brillo de esa utopía urbana, fundada en la supuesta tolerancia que predica el multiculturalismo. No resulta complejo descifrar, leyendo a este novelista francés, que tras las coordenadas cívicas de la izquierda y la derecha filantrópicas, que pretenden abrazar al inmigrante con el nativo, se esconde el viejo conflicto de las clases sociales y un racismo de pacotilla, así nunca se le diga al extranjero su pertenencia a una raza inferior. A la palabra "raza", ya lo han dicho los antropólogos de hoy, se le ha reemplazado eufemísticamente con la de "cultura". Y por ello, demasiados europeos nativos siguen considerando que todo musulmán es peligrosamente fundamentalista, todo latinoamericano es peligrosamente tramposo y traficante de droga, todo negro africano es alguien que peligrosamente trabaja de forma ilegal. En fin, con Hoeuellebecq comprendemos cómo la impotencia sexual, la inapetencia espiritual y la abulia intelectual, esas otras formas del tedio, son los lentes por donde se observan las regiones de la frustración insaciable de los colonizadores.
Al espíritu reaccionario de Houellebecq es posible rastrearlo. Su antecedente aparece con claridad al leer su obra ensayística. Se creería que este rasgo se dibuja a partir de los grandes reaccionarios franceses -Bloy, De la Rochelle, Céline-. Y sin duda, serían interesantes los lazos que se tejan entre Houellebecq y estos autores, siniestros en el exceso ideológico pero grandes en los hallazgos literarios. El parentesco de Houellebecq viene del otro lado del océano. En "Lovecraft contra el mundo, contra la vida" está delimitada la hermandad. En realidad, este es el primer ensayo que publica Houellebecq. Y si de algo sirve su lectura, entre otras cosas, es precisamente para formular afinidades entre dos autores para quienes el universo es algo repugnante. Ambos abominan, en particular, del capitalismo. Lovecraft, del que produce las grandes migraciones y las fábricas norteamericanas de las primeras décadas del siglo XX. Houellebecq, del que llega a Francia en las últimas décadas del mismo siglo para provocar los malestares de una sociedad escindida por la crisis económica, en la que los emigrantes siempre son el reclamado chivo expiatorio. A ambos les asquean los valores del dinero y la potencia sexual que pregonan las sociedades viriles a las que pertenecen. Les exaspera la publicidad y el gusto por las riquezas materiales. Lovecraft las padeció al ser un escritor golpeado por la precariedad. Houellebecq, conociendo su procedencia y al ser el escritor más vendido en la Francia actual, dudo que haya conocido las variantes de la miseria. Algunas de sus obras, Plataforma y Lanzarote incluso están relacionadas con los viajes turísticos -trabajo de campo, dirían los exponentes del naturalismo- que le han otorgado el éxito de sus libros. Ambos escritores sienten, además, una gran nostalgia por esos valores puritanos que los religiosos extremistas de sus naciones han pregonado ferozmente ante la llegada de la nueva libertad y su progreso. Y hay que decir que los dos levantan los hombros, con menosprecio, ante el triunfalismo de sus países imperiales. Incurren, además, en comportamientos reaccionarios al quejarse de que la pureza, la castidad, la fidelidad, la decencia y la bondad se hayan convertido en marcas fútiles de un tiempo caduco. Y los dos -Lovecraft ostensiblemente, Houellebecq de una manera más velada- piensan que el desmoronamiento de los valores se debe también a la presencia del extraño. A la llegada a sus países de ese ser que impone el caos con su mestizaje y suscita el oprobio en los nativos.
El racismo es uno de los aspectos que más fascina al hastioso hombre contemporáneo. Como si su resentimiento por el mundo, y su fría relojería que sólo puede provocar escepticismo, se enconara más ante la figura del inmigrante. Quién sabe por qué engranaje especial se produce esta asociación entre el que padece de tedio y la presencia de quien busca no sucumbir ante el desarraigo. El uno, con su pasividad cósmica, pero apabullado por la lucidez. Y el otro, sin tiempo para reflexionar, carente de ocios que apunten al infinito, en el incansable ir y venir que origina el menester. En todo caso el racismo, según el propio Houellebecq al estudiar el caso de su maestro Lovecraft, tiene una base única: el miedo. En esta dirección, más que un mecanismo de defensa cultural en la evolución de todo pueblo, el racismo sería entonces una enfermedad de intrincada sintomatología que también sufren los personajes de Lovecraft y Houellebecq. El odio al métèque, o al menos la falta de una apertura hacia él, se presenta en el escritor francés como una proyección más de la amargura que su obra recrea. Y esta proyección mide el real espesor de su malestar.

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"La edad adulta es el infierno", escribe Lovecraft. Y esta edad le resulta cara a las narraciones de Houellebecq. Perdida la infancia tras los cataclismos de una adolescencia desapacible, viene el bochorno de la adultez. Ese tiempo de la vergüenza oculta, de los falsos protocolos, de los deseos empozados, de las treguas insípidas que siguen a las guerras donde no hubo ni derrota ni victoria. Ese tiempo despreciable del cual Ciorán dice que sólo queda la ausencia de las lágrimas y un gusto amargo de lo que fue agitación juvenil. Es en esta edad donde sobreviene el tedio con su implacable cortejo de rechazos, ironías y descreencias. En Ampliación del campo de batalla Houellebecq vuelve aún más infernal esa edad. "La vida es dolorosa y decepcionante. Inútil por tanto escribir nuevas novelas realistas". Esta frase con que inicia el libro sobre Lovecraft es, no obstante, una especie de credo aplicable a Houellebecq. El que permite entender la labor que habrá de materializarse en la primera novela. Porque en Ampliación del campo de batalla sucede justamente la descripción realista de una existencia dolorosa, decepcionante e inútil. Una vida donde el único acto apasionado es fumar. "Fumar cigarrillos -dice el informático- se ha vuelto la única parte de libertad en mi existencia. La única acción a la que me adhiero con todo mi ser. Mi único proyecto". Una vida donde no hay consuelo: ni en la música, ni en la literatura, ni en la compañía de los otros. Donde el vómito y el onanismo se perfilan como transgresiones frente a un mundo de cuadros capitalistas carentes de sensibilidad. O dueñas de una, pero inexorablemente extraviada. Para el informático, desesperado por conseguir afecto, la vagina termina siendo una fosa llena de sometimiento y soledad. Y el ano masculino, aunque ansiado a escondidas, es una circunstancia del goce que jamás se alcanza.
Y es que el erotismo está desalojado del mundo del tedio. Ni el placer, ni la fantasía detienen la cansada tristeza del incrédulo. El erotismo presupone una esperanza en la fiesta del nacimiento y la muerte que significan dos cuerpos abrazados en la dicha o prontos a ella. El resquebrajado erotismo de Houellebecq tiene, sin duda, una relación con la ausencia que hay de éste en Lovecraft. En el norteamericano, en la construcción de sus pegajosas fantasías demenciales, el placer de los cuerpos y su cercanía con la imaginación han sido totalmente excluidos. En Houellebecq aparece el deseo, pero como atrofia. En sus novelas se aborda el erotismo, sin embargo, éste de entrada se enturbia al asociársele con el negocio rentable de los sex-shows, los campos nudistas y las tabernas de la orgía neoliberal. Y, como resultado de la excelente dote del novelista, surge entonces la denuncia que no cae en la fascinación de la diatriba escandalosa sino en la irónica risa del escéptico. En Las partículas elementales rueda el telón de la utopía hippie y el célebre espíritu libertario de mayo del 68, y aparece la avalancha del hartazgo y los malabares comerciales suscitados por el ejercicio de la sexualidad. Y en Plataforma toda forma del deseo es tragada por una de las gigantescas maquinarias del capitalismo que devela Houellebecq: la prostitución internacional y sus dominios que van desde Asia hasta América. Aunque resulta necesario precisar que Houellebecq es la figura más mediatizada de la literatura francesa actual. Hace parte del espectáculo de la farándula en que se han enfrascado muchos de los nuevos intelectuales de hoy, ansiosos de aparecer más en el ruedo audiovisual que en las tribunas propias del debate literario. Por ello mismo, cada declaración suya termina siendo un suceso que revistas, periódicos y programas de televisión amplían exageradamente y reducen a un artículo olvidado más del consumo. Es en estos espacios, justamente, en donde Houellebecq ha moldeado, pese a ciertos pasajes de denuncia en Plataforma, los pilares de una utopía viciosa basada en el turismo sexual, la prostitución y la cultura de masas.
Los personajes de Houellebecq, finalmente, así se opongan a un sistema social opresivo, carecen de la pétrea belleza que tienen otras figuras de la total negación. Poco hay en los arquetipos de Ampliación del campo de batalla, Lanzarote y Las partículas elementales de ese encanto espectral que, por ejemplo, posee, Bartleby de Melville. Ese vacío de la voluntad, como diría Deleuze, no es la constante en Houellebecq. En Bartleby hay un absoluto rechazo hacia todo orden social y dialéctica histórica. Las proyecciones de Houellebecq jamás alcanzan esos execrables confines. Se quedan en el bostezo sarcástico del que mira el vacío sin fondo instalado en los nuevos tópicos del esparcimiento liberal. Sus personajes no se sitúan al margen de la realidad que critican. Y como carecen de ese absoluto repudio que otorga el estar más allá de la periferia, parecen flotar en una contemplación asaz determinista del mundo que detestan. Y sin embargo, sería ingenuo decir que en este placer enfermizo, en esta espumosa circunstancia del tedio, no hay una crítica fuerte a la modernidad que quiere hacer del mundo un gran supermercado, una gran empresa y un gran centro vacacional. A los personajes de Houellebecq les falta el pavor de la pasividad, esa categoría abismada del silencio, la quietud que representa la suprema negación. Bartleby no tiene origen, ni porvenir. Y su presente se expresa en esa frase modesta: "preferiría no hacerlo", que sin embargo define la férrea ausencia de un hombre fantasmal en un universo dominado por frenéticos productores. No se sabe nada de Bartleby. Y en ese vacío semántico que se instaura más allá del relato mismo, el lector termina corroborando la incómoda sospecha de que toda certeza, por elemental que sea, en realidad está agrietada en sus fundamentos. Los personajes de Houellebecq, en cambio, sí tienen procedencia y rumbo. No es difícil establecer un cuadro de sus seres carcomidos por el tedio. Franceses de clase media, reacios a los valores de un optimismo social que la izquierda francesa pregonó en el momento en que pudo ejercer el poder. Personajes que detestan las figuras literarias cimeras de esa izquierda sacrosanta: Sartre, Malraux, Aragó, Prévert. Sobre todo Prévert del cual el mismo Houellebecq escribe: "A nivel filosófico y político es un libertario; es decir, fundamentalmente un imbécil". Personajes educados en la cultura desechable de los medios, pero que despotrican de ella. Criados en la sociedad multicultural proclamada por los sociólogos de la New Age, pero racistas confesos. Consumidores de las músicas del mundo y los clubes de descanso tipo Mediterráneo y Nuevas fronteras, pero fóbicos a los inmigrantes. Personajes, como el informático de Ampliación del campo de batalla, que ven el fracaso por todas partes y el suicidio siempre les parece inalcanzable. Personajes, en fin, que detestan la sociedad en que viven. Y que de París, el luminoso paradigma de la libertad y la belleza turística, tan cantada por nativos y forasteros ingenuos, dicen que es una ciudad siniestra de leprosos inmuebles, detrás de los cuales tiembla la lenta agonía de una humanidad hastiada.

 

Pablo Montoya Campuzano (Colombia)
Profesor de literatura en la Universidad de Antioquia. Escritor y músico. Autor, entre otros de los libros: La sinfonía y otros cuentos musicales, Viajeros, Música de Pájaros, Habitantes, Razia y La sed del ojo.



20.5 x 27 cm.140 pp. / ISSN: 0120-2367
$9000 - US$9


 

 
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