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Revista
No. 280
/ Abril
- Junio de 2005
Las
velas. Tomás Linden
Cuando ordenaba la compilación de los sonetos de Tomás
Linden, "el sueco de Patanemo", uno de los miembros de
la infame turba de discípulos y contertulios de Blas Coll,
encontré entre sus papeles el relato Las velas, en un viejo
recorte de la revista La piedra, donde fue reproducido a fines de
1959 junto con algunos datos sucintos acerca del autor.
De
Linden, que escribía el español "con dieciocho
vocales en la cabeza", según su propia confesión,
he escrito más extensamente en el prefacio de su libro El
hacha de seda.* Allí he mencionado también su Álbum
de primeros versos, una breve colección anterior a sus famosos
sonetos, que guardo conmigo junto con varias de sus otras páginas
en prosa. Del Álbum citado se reproducen aquí por
primera vez cinco composiciones, con las cuales deseo acompañar
la publicación del cuento que el lector tiene en sus manos.
Aún no he podido corroborar si éste fue escrito directamente
en nuestra lengua o si, como puede suponerse, se trata de la traducción
de un escrito que data del tiempo en que nuestro autor ejercía
la arquitectura en Estocolmo. El relato, en todo caso, muestra una
estructura simple y equilibrada, que parece encubrir no sé
qué indicio autobiográfico.
Eugenio
Montejo
Había
bajado a comprar pan más tarde que otros días porque,
cuando regresó, tras subir jadeante los tres pisos, ya había
oscurecido. Buscó la llave en el bolsillo del viejo impermeable
y abrió como pudo la puerta. Por fortuna, un movimiento automático
como ése no les exigía demasiada vista a sus ya bien
corridos setenta años. Una vez dentro, con igual automatismo
trató de encender la luz de la pequeña habitación
que le servía a un tiempo de cocina y estudio, pero el bombillo
se había fundido. Fue entonces cuando murmuró con
estupefacción, casi con reproche: vamos, Cintia, no me dejes
a oscuras.
No necesitaba hablar en voz alta pues vivía solo en ese pequeño
apartamento desde hacía muchos años. O tal vez por
eso mismo sentía frecuentes deseos de darles voz a sus pensamientos
y a sus secretas invocaciones. A tientas, en la oscuridad, decidió
abrir la nevera para que la luz del interior lo ayudase a encontrar
las velas. Cuando localizó al fin el asa de la puerta dijo,
ya casi al abrirla: dame luz mi buena Euterpe.
Con la hoja
dentro de la máquina, apenas llevaba escrito en la página
hasta aquí, hasta el nombre de Euterpe, cuando Clara se me
acercó, los cabellos empapados aún, recién
salida del baño. Leyendo a mis espaldas y secándose
a un tiempo con la toalla, me dijo: me alegra que vuelvas a escribir
relatos. Cintia es un nombre hermoso.
No me acostumbro
del todo a que me interrumpa mientras estoy escribiendo, pero la
amorosa espontaneidad con que lo hace me impide reprochárselo.
Además, en nuestra vida en común ha sido siempre ella
quien ha tomado las iniciativas. Reconozco que en otro tiempo, con
otras mujeres, pude haber encaminado yo las cosas. Con Clara todo
fue diferente desde el mismo día en que empezó a seguir
mis clases en la Universidad. Yo por entonces no creía volver
a amar a nadie más y, a decir verdad, no sé si lo
deseaba. Tenía ya varios años sin escribir una línea,
y tampoco me importaba. Cumplía con mis clases mirándome
vivir, dejando que los hechos se ordenaran unos a otros por sí
solos, con la mínima interferencia posible de mi parte. Clara
introdujo desde el comienzo algo parecido a una esperada melodía
que, una vez reconocida, me era inevitable seguir. Nos vinimos a
vivir a este piso, que ella prefirió por pequeño y
elevado. Paré de beber, al menos en la forma brutal de antes.
"Hazlo por mí", fue todo cuanto dijo para que mi
voluntad se pusiera en marcha. En fin, ya he comenzado a borronear
algunos papeles como éste, apenas principiado, que ella ojeó
al salir de la ducha. Para animarme, sin duda, dijo que Cintia es
un nombre hermoso. Creo que lo es, pero tal vez ella no sospeche
que, para mí, mucho más hermoso es el tono de voz
con que lo dice.
El viejo logró
encontrar por fin un cabo de vela en una gaveta y, con éste
encendido, pudo ubicar otro más. Su sombra a la luz de los
dos improvisados candelabros era más intensa, tanto que el
cuarto parecía pequeño para ambos. Al desplazarse
de un ángulo a otro, mientras se preparaba la cena, murmuró
varias veces: acompáñame, Astarté. Había
llegado a esa edad en que fatalmente se recuerda más que
se vive. Y acaso para no recordar, desvariaba. Pero la forma de
su desvarío no dejaba de ser singular y hasta algo sistemática.
Ya hacía años que el estudio de la mitología
había sustituido sus otras lecturas, antaño tan variadas
como intensas. Con el tiempo fue saliendo de casi todo el copioso
fondo de su biblioteca, para dedicarse a repasar sólo los
queridos libros que ahora ocupaban los únicos estantes que
le rodeaban. A pesar de su pobreza, no faltaban los finos tratados
mitológicos de láminas doradas, volúmenes costosos
y ediciones inhallables que parecían custodiar este único
deleite de sus últimos años. No era extraño
que pasara más de una mañana contemplando, por ejemplo,
alguna preciosa imagen de Afrodita. Varios años atrás,
cuando aún lo retenía la rutina docente, escribió
a modo de pasatiempo una larga monografía sobre la diosa
de la belleza. Un pasatiempo o tal vez una premonición de
sus postreros días.
Desde mi mesa
ahora estaba viendo a Clara, a través de una ventana que
separa este cuarto del lavandero. La ventana está herméticamente
cerrada, pero puedo verla hablando con alguien que se encuentra
fuera de mi campo de visión, tal vez una de las vecinas.
Se me hace extraño verla sin oírla: aún tiene
húmedo el cabello y acaba de tender la toalla. Recuerdo que
hace poco le escribí a un viejo amigo que me reclamaba haber
dejado de frecuentarlo: "vivo en una ciudad que se llama Clara".
Y mientras la observo hablando a través de la ventana, ahora
que el sol de la tarde da en su rostro, pienso que la expresión
que empleé fue la más justa, pues no sólo vivo
en la ciudad que ella es para mí, sino que, de no ser ésta,
no podría vivir en ninguna otra.
Jugando con
su sombra en medio de las velas, entre invocaciones a Desdémona,
Circe, Perséfone, Casiopea, yendo de un lado a otro tras
los higos secos, el queso, las aceitunas, el pan y la cerveza, ya
casi ha terminado de cenar. Las suyas no son invocaciones dichas
al voleo: a cada uno de los objetos de su casa, a cada término
que emplea, le ha atribuido la representación de una deidad
mitológica con cuyo nombre ha sustituido el nombre original
de la cosa a la que se refiere. El lápiz, por ejemplo, es
Tamiris, el bardo que desafió a las musas. La ventana es
Urania, Iris la cortina, Silenio el vaso
¿Por qué
el cartero ha adquirido ante sus ojos la imagen de un minotauro?
Acaso por lo mismo que la alacena se llama Pomona o la biblioteca
Eufrosina
Con los años la sustitución de nombres
se le había vuelto una práctica asidua, gracias al
minucioso código inventado por él para representar
el Olimpo completo dentro de su casa. Bajo el resplandor de las
velas, la inseparable Astarté, tal es el nombre puesto a
su sombra, daba ahora muestras de una movilidad a la que él
no estaba habituado. Solía llamar Cintia a la luz, sin distinguir
que fuese la apacible luz de la luna o la más cruda y uniforme
de la lámpara eléctrica. Pensó que en la oscilante
llama de las velas se hacía presente una divinidad distinta,
tan peculiar era el fulgor de su lumbre y la intensa proyección
de su Astarté sobre las paredes del cuarto. Terminó
de cenar mientras seguía los reflejos de sus gestos sobre
el muro y exclamó antes de volver a levantarse: ahora una
flauta para Marsias. Tras decir esto encendió lentamente
un cigarrillo, dejándose envolver por la sombra del humo.
Era en ratos como éste cuando se complacía en urdir
las historias de las incontables divinidades con quienes a diario
convivía. La proximidad de una botella y un cenicero, o de
una manzana y un sacacorchos, solía dar inicios a una trama
que podía implicar a las Danaides o a Perseo, obligándolo
a veces a revisar algún pasaje de Ovidio o un fragmento de
Apolodoro. Cada utensilio, por pequeño que fuera, tenía
una representación mitológica dentro de su vivienda,
de modo que la ocasional cercanía entre unos y otros proporcionaba
a su imaginación a cada instante efectos caleidoscópicos.
Y este inocente desvarío era su vida, el solitario refugio
de su vida de viejo jubilado, a quien sólo acompañaba
un gato casi tan anciano como él, compasivo regalo de la
ninfa Aretusa en una noche de insomnio.
No había
vuelto a ver a Clara, que había entrado de nuevo al lavandero,
hasta que dio un par de toques al cristal de la ventana, indicándome
que quería hablarme. Llevaba ahora recogido el cabello y
vestía una blusa azul pálido, acaso la que más
me gusta de las suyas. Aunque ya no le daba el sol sobre el rostro,
me parecía aún más hermosa que antes, cuando
estuvo allí hablando con alguien. Corrí la hermética
ventanilla de doble vidrio para oírla: Ya vuelvo -me anunció
con un beso-, bajo al abasto un momento. Después sólo
oí el seco golpe de la puerta y el decreciente ruido del
ascensor que la llevaba a la calle.
Fue lo último
que vi de Clara, es decir, la imagen que me quedó de ella
para siempre. Los dioses comprimen el tiempo a su antojo, y lo esencial
de la vida nos lo dan o nos lo quitan en menos de un parpadeo. Aún
hoy, al cabo de tantos años, retengo nítidamente su
mirada tras el cristal de la ventana y siento a cada momento su
voz en torno mío. Debo irme a dormir ahora pues ya las velas
están por apagarse -sólo me queda la luz de la nevera,
pero no me sirve para leer-, y hasta mañana no podrá
venir el electricista a arreglarme el bombillo. El final de llama
reúne en su centro un tenue color azul semejante al de la
blusa con que desapareció aquella tarde. Y me doy cuenta
ahora de que esta luz que me ha acompañado durante la cena
no es la de la cambiante Cintia, como decía al entrar, sino
la amorosa luz de Clara, la de mi eterna Afrodita, ardiendo para
siempre al lado de mi vida.
Puerto
Malo, abril de 1959.
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