|
|
Revista
No. 279 / Enero
- Marzo de 2005
Apología
de las tortugas. Juan Gabriel Vásquez
Mientras que anunciar la muerte de la novela es una especie de peaje
intelectual que cada generación debe pagar, nadie nunca se
preocupa por la muerte del cuento, y miraríamos a quien lo
hiciera con cierta compasión, como si hubiera perdido un
poco la perspectiva de las cosas o ignorara las prioridades adultas
de la literatura. El cuento no se muere; tampoco ha gozado nunca
de ningún tipo de apogeo. De la misma forma, el cuento no
ha recibido ni una mínima parte de la reflexión crítica
que ha merecido la novela, y sin embargo en ningún otro arte
es tan amplio el cuerpo de reflexiones de los mismos autores sobre
su oficio. Creo que hay una razón para ello: no se puede
ser escritor de cuentos, ni siquiera de cuentos malos, sin un conocimiento
profundo de ciertas herramientas técnicas, de cierta información
histórica, de ciertos descubrimientos teóricos. Poe,
Chéjov, Quiroga, Flannery O'Connor, Hemingway, Tobias Wolff:
todos ellos han sentido la necesidad, ya sea en forma de iceberg
o de decálogo, de teorizar sobre su práctica. Más
que para beneficio del lector, sospecho que lo hacían para
aclararse ellos mismos, como la vieja dama de Forster que decía:
"¿Cómo puedo saber lo que pienso hasta ver lo
que digo?" Pero lo que importa es otra cosa. Cuando Poe, en
su célebre reseña de Hawthorne, habla de la "unidad
de efecto o de impresión" del cuento; o cuando Chéjov
hace de un estado de ánimo, más que de la trama, el
eje de un relato; o cuando Joyce, en cartas a su hermano Stanislaus
o en un pasaje de Stephen Hero, explica su concepción de
la epifanía, lo que ocurre en la historia de la ficción
en prosa es equiparable a la invención de la máquina
a vapor o al descubrimiento de la penicilina.
Quizá
sea bueno en este punto, para evitar confusiones, que explique un
poco cuál es el cuento del que hablo. Harold Bloom dice que
el cuento moderno es chejoviano o kafkiano; en la primera genealogía
escribe Hemingway, y en la segunda Borges. Tal vez los sorprenda
a ustedes algo que debería sorprenderlos: el hecho de que
un género, como lo explica Bloom, tenga poco más de
cien años. El cuento moderno es prácticamente contemporáneo
del cine: un arte sin tradición, cuyo canon se forma a cada
segundo. Yo tengo para mí que hay tanta diferencia entre
el cuento que practicamos ahora y su antecesor, la forma que en
inglés se llama tale, como entre la Ilíada y La guerra
del fin del mundo. En inglés se distingue el tale del short
story; nuestra lengua no tiene términos similares, y en esto
va un poco el malentendido que siempre ha rodeado al género.
Por tale yo entiendo una narración relativamente breve, de
contenido casi siempre fantástico, no pocas veces con moraleja
o lección implícita y en la cual lo importante es
la voz que cuenta, al estilo de Cuentos de la Alhambra, de Irving
(todo esto sin perjuicio de que Isak Dinesen haya revivido esta
forma en colecciones como Seven Gothic Tales; pero Dinesen es, lo
sabemos, un anacronismo). Y luego hay un momento, acaso hacia la
segunda mitad del siglo XIX, en que lo sobrenatural va quedando
de lado, va siendo reemplazado por una cierta pretensión
de realismo, y los personajes asumen su propia conciencia. En este
punto está Bartleby, que actúa como una bisagra en
la historia, y luego aparecen los primeros grandes maestros: Maupassant,
Chéjov. Éste es el short story, una especie tan distinta
de la novela como la épica o el ensayo, un relato corto que
es más -mucho más- que un relato que no es largo,
y cuya definición suele arrojarnos, como acaba de hacerlo
conmigo, a la tautología o al didacticismo. Pues bien, parecería
casi ridículo llamar ambas formas con el mismo nombre, y
sin embargo nuestra lengua lo hace.
Ese relato que Bloom llama chejoviano, el que me ha deparado mayores
satisfacciones y el que he practicado hasta ahora (ya se sabe que
escribimos, en parte, para imitar lo que nos ha deslumbrado), es
tal vez la máquina literaria mejor dotada para tratar cierta
condición del hombre moderno; ese relato, que yo prefiero
llamar impresionista, es también, por naturaleza, una forma
en desacuerdo y en conflicto con su personalidad. Anotaré
una de las razones posibles de ese desacuerdo.
Como ha dicho Frank O'Connor, el relato corto es una forma individualista,
despegada de los grandes movimientos de la sociedad, independiente
de las fuerzas económicas y sociales que mueven las novelas
de Jane Austen o Dickens (o Vargas Llosa o DeLillo). Ocupándose
del Decamerón, también Schlegel opinó que los
relatos deben ser capaces de interesar "sin referencia alguna
a las naciones, los tiempos, el progreso de la humanidad".
Así es: por las limitaciones que le impone su propia extensión,
el relato corto involucra personajes desprovistos de telón
de fondo, solitarios o marginales, personajes fuera de la ley social.
El mal lector, ése que lee, a pesar de la sanción
de Nabokov, para identificarse con los personajes, no logra hacerlo
con el marginal y el solitario, y un buen cuento nunca llenará
sus expectativas; este lector, además, encontrará
reprobable que el cuento se regocije en su condición de exiliado,
que se muestre tan ostentosamente libre de los complejos compromisos
sociales que la novela echó sobre sus hombros en cierto malhadado
día. (Ni siquiera en los sesenta se habló de cuentistas
comprometidos, o del compromiso del cuento: las frases son risibles
en sí mismas, y son también testimonio de la fama
de seriedad de la novela, su importancia social, su condición
adulta, por oposición a esos juegos de principiante que son
los cuentos). La parábola y la indicación forman parte,
también, de las expectativas del mal lector. Para su desencanto,
el cuento desprecia la parábola, pero no sólo por
razones literarias, como toda buena literatura, sino además
por razones técnicas. Chéjov le escribió una
vez a un amigo suyo que le reprochaba no condenar de forma explícita
a los bandoleros: "Verás, para describir a unos ladrones
de caballos en setecientas líneas debo todo el tiempo hablar
y pensar en su tono y sentir con su espíritu; de lo contrario,
si introduzco la subjetividad, la imagen se vuelve borrosa y la
historia no será tan compacta como todas las historias deberían
ser." Es posible encontrar un lector de novelas de tesis que
también disfrute con Lolita; pero no es posible encontrar
un lector de novelas de tesis que también aprecie "Cat
in the Rain", de Hemingway, o "Las grosellas", de
Chéjov, ya no digamos "A Christmas Memory", el
mejor de Capote, o "La calle de Dante", de Isaac Babel.
Ahora
quisiera entrar en un terreno un poco más complejo. Cuando
uno oye a los cuentistas hablar de su arte, hay una palabra terrible
que suele aparecer en un momento o en otro: la verdad. Los cuentistas
(los cuentistas de esta tradición chejoviana, que tiende
a excluir lo fantástico y la fábula) sienten una especie
de obsesión infantil por ese momento de revelación
en que sus personajes comprenden o dejan de comprender algo esencial,
ese momento en que la vida de un hombre cambia para siempre. La
poética de la epifanía en Dubliners, que acaso es
el mejor libro de cuentos de su lengua, funciona en este sentido,
y Nadine Gordimer habla del "discreto momento de verdad al
que apunta" un cuento. Me gusta la palabra discreto en esta
frase: en el cuento no hay verdades con mayúscula, sino verdades
que lo son dentro de las reglas de juego que ha impuesto el propio
cuento a sus desdichados protagonistas. Pues bien, es en ese momento
que los cuentistas se juegan la vida, y es fascinante ver los trabajos
inhumanos por los que pasan para ponerlo en palabras. En la pared,
junto a su escritorio, Carver tenía una frase de un cuento
de Chéjov, anotada en una tarjeta bibliográfica: "Y
de repente, todo se volvió claro para él". A
Carver lo fascinaba la simpleza de esa frase: un recurso que Chéjov
nos robó para siempre, pues ya nadie pudo ni podrá
resolver un relato de esa manera. Lo cierto es que resulta deslumbrante
la cantidad de veces que aparece el verbo "comprender"
en los últimos párrafos de los cuentos. En "La
dama del perrito": "Y ambos comprendían que aún
quedaba mucho camino hasta llegar al fin"; en "El muerto",
de Borges: "Otálora comprende, antes de morir, que desde
el principio lo han traicionado"; en "Solus Rex",
de Nabokov: "R comprendió que su confusión no
había pasado desapercibida". Y en dos cuentos de Los
gallinazos sin plumas, de Ribeyro, aparece la frase "se dio
cuenta que", sin duda equivalente.
Son
palabras que hablan de sucesos que ocuparían un par de segundos
en tiempo real, pero que deben justificar siglos enteros de narrativa
conducida a iluminarlos o a producirlos, y ello se debe, entre otras,
a razones técnicas: mientras que la novela tiene un clímax
al que todo acude, el cuento es su propio clímax; o, para
no ser tan drásticos, el cuento es el clímax de una
historia que no se cuenta, pero que debe estar contenida en él.
En esto, quizá, radica su tremenda dificultad. Cortázar
(cuyas mejores novelas son hoy poco más que una pataleta
de época, y cuyas peores novelas ya no existen) decía
que la novela era como el cine y el cuento como una fotografía;
siempre me ha gustado pensar que esa fotografía es tomada
de noche, y con flash, de manera que antes y después de ella
todo es oscuridad; y en el buen cuento, para mezclar metáforas,
ese instante de luz comenzará pronto a dar vueltas, como
un faro, iluminando la otra historia, la historia contenida. El
novelista es amigo y aliado del escepticismo: es un incrédulo
terminal, un desconfiado. El cuentista, en cambio, persigue un tránsito
efímero, pero imprescindible, entre la relativa ignorancia
y el relativo conocimiento. No se puede escribir un buen cuento
sin creer en algo; en cambio, una novela queda viciada a partir
del momento en que el autor deja de ser escéptico. (Tolstoi,
cuya fe en la humanidad estuvo a punto de arruinar el final de Ana
Karenina, nos ha dado varios ejemplos). Al mismo tiempo, todos sabemos
instintivamente que uno de los atractivos de los buenos novelistas
es su visión del mundo, y vamos a sus novelas para recuperar
esa percepción; en cambio, en el cuento es inútil
buscar una voz, un mundo según Sherwood Anderson o según
Malamud. Por supuesto que ese mundo es bien visible en el cuerpo
de sus historias, en cada volumen publicado; pero lo que quiero
decir es que un cuento, individualmente considerado, no da tiempo
ni espacio para explayar esos lujos, y sugiere que el buen cuentista
ha sacrificado las fascinaciones de una voz hipnótica o los
virtuosismos del tono en pos de valores más inmediatos. El
cuento contiene una verdad, pero excluye una visión. Ésta
es apenas una de las paradojas que lo agobian.
Publicar
cuentos nunca ha sido fácil. Mientras escribía mi
libro, me acostumbré a leer las correspondencias de los cuentistas
que admiro, concentrándome en la época en que intentaban
publicar sus volúmenes y resistir lo mejor posible la presión
por hacer una novela. Chéjov, por ejemplo, trató de
escribir una novela corta por sugerencia de un amigo. "Como
no estoy acostumbrado a escribir nada largo y me da miedo escribir
en exceso, cada página me sale tan compacta como un pequeño
cuento". Joyce tuvo más problemas para publicar Dubliners
que Ulysses, y William Gass tardó siete años en publicar
un cuento largo que es -ahora lo sabemos- casi perfecto: "The
Pedersen Kid". No sé a ustedes, pero a mí me
resulta sospechoso que, a pesar de la hostilidad del sistema editorial
y de los desencuentros con los lectores, los escritores sigan escribiendo
cuentos. Tal vez podamos desechar por un momento la idea de que
todo artista es un mártir y aventurar eso que también
se ha dicho muchas veces: que un cuento logrado proporciona un grado
de satisfacción emocional y estética directamente
proporcional a la dificultad que implicó escribirlo, tanto
para el escritor como para el lector. El buen cuento está
cercano a la liturgia: conserva de su antecesor, aquel tale, un
cierto contenido mítico, pero acaba entregándole al
lector una experiencia humana y concreta de intensidad incomparable
o sólo comparable a la de la poesía lírica.
Y un buen libro de cuentos es esa experiencia ampliada por una caja
de resonancia: no es una sucesión de paneles, como el Jardín
del Bosco, sino una serie como las Meninas de Picasso, donde la
suma de las partes es más que el todo, pero donde nada está
de sobra. Lo que el cuento hace mejor, ninguna otra forma literaria
puede hacerlo mejor que el cuento. Un buen cuentista debe ser, por
las características mismas del género, un estilista
brillante (pero al cual le importa poco que eso se note), un observador
agudo y un arquitecto virtuoso. Es un mago, pero un mago que juega
sin trampas, con las mangas arriba y todas las cartas visibles sobre
la mesa. Son raros los buenos cuentistas que hacen depender su arte
del recurso frívolo de la sorpresa final, como O. Henry o
Cortázar. Alguien dijo una vez que los cuentos de Chéjov
eran sólo la parte del medio, como una tortuga. Y Chéjov
mismo escribió: "Cuando se ha terminado un cuento, uno
debería borrar el principio y el final". Yo he notado
que hay un tipo de lector al que las historias-tortuga molestan
mucho. Ese tipo de lector está perdido para el cuento. El
público prefiere las novelas a los cuentos, según
Todorov, porque cuando se lee un trabajo corto no hay tiempo suficiente
para olvidar que se trata de "literatura" y no de la "vida".
Ese tipo de lector, que busca hundirse en una historia más
que ser elevado por ella, también está perdido para
el cuento.
Al
final resulta que el cuento, como sus personajes, permanece solitario.
"Lo más triste del cuento", escribió Frank
O'Connor, "es el entusiasmo con que intentan escapar de él
quienes mejor lo escriben". Esto es visible en los títulos
de libros de cuentos recientes: La gran novela sobre Barcelona o
La novela del siglo. Y a pesar de que los casos de Borges o Tobias
Wolff lo desvirtúen, hay algo inquietante en el lamento de
O'Connor. Puedo decir, por lo pronto, que me encuentro en el proceso
de escribir una novela -y en su momento escribiré también
una apología de ese monstruo contaminado. Pero me temo que
después de esos espacios abiertos sentiré un pequeño
malestar agorafóbico, y con él la necesidad de volver
por un instante, antes del monstruo siguiente, a la soledad cariñosa
de mis relatos.
Juan
Gabriel Vásquez (Colombia)
Texto
leído en el I Encuentro de jóvenes narradores en Oviedo,
España (2002).
|