REVISTA U. DE A.
BÚSQUEDA
ANTICIPOS
DISTRIBUCIÓN Y VENTAS
FERIAS Y EVENTOS
CONTÁCTENOS
NOVEDADES

 

 

   

 

OTRAS PUBLICACIONES
PUBL. ANTERIORES
TEXTOS COMPARTIDOS
 
-Institucional | Guía para Autores | Convenios-Colecciones | Imprenta | Sitios de Interés | Cursos

  Editorial Universidad de Antioquia

Revista Universidad de Antioquia

Año 2005 | Año 2004 | Año 2003 | Año 2002 | Año 2001 | Año 2000




 

Revista Número 278 / Octubre - Diciembre

Bulgákov y la conciencia
Natalia Pikouch
Profesora de literatura en la Universidad de Antioquia

El destino de la obra de Mijail Bulgákov en la literatura rusa es bastante peculiar. Si abrimos cualquier manual de literatura o dramaturgia de la época soviética, no encontraremos mención de su nombre. Incluso en La enciclopedia bio-bibliográfica de escritores rusos en dos tomos, publicada en 1990 (después de la perestroika, un año antes de la desaparición oficial de comunismo y con epígrafe del antes anatemizado Borís Pasternak) tampoco figura un tal Bulgákov. Sin embargo, en la prensa rusa de 2002 y 2003 periódicamente aparecen noticias sobre disturbios durante las protestas en el centro de Moscú contra el monumento ¡a los personajes de una novela de Bulgákov! Así que, ¿quién o qué era este escritor cuyos personajes pueden merecer por sí mismos un monumento en el centro de la capital? ¿Por qué la gente protestaría violentamente contra un asunto tan literario? Y, en primer lugar, ¿por qué esta fama tan repentina?

Para empezar, Mijail Afanasievich Bulgákov ni siquiera era ruso, pero en el Imperio Soviético -y anteriormente en el Imperio Ruso, como al parecer suele suceder en todos los demás imperios del mundo- los representantes de etnias menores se consideraban algo retrasados, por lo que cuando alguno de ellos lograba una favorable notoriedad internacional, adquiría status de la etnia mayor, la rusa.

Bulgákov nació en 1891, en Kíev, capital de Ucrania, en una familia de intelectuales. Allí mismo, en Kíev, se graduó en el gimnasio y luego en medicina en la universidad. Fue médico rural y medico militar. En el año 1919, decidió abandonar la medicina y dedicarse a la literatura por completo. Se trasladó a Moscú y, como si siguiera los pasos de otro médico-escritor, Antón Chéjov, escribía ingentes cantidades de cuentos humorísticos (en su diario los llamó "no más divertidos que un dolor de muelas") que publicaba con diferentes seudónimos en todo medio impreso que los aceptara. Hasta la actualidad no se sabe cuántos cuentos escribió Bulgákov en aquella época pues nadie sabe cuántos seudónimos tuvo. Y, como en caso de Chéjov, su talento muy pronto llamó la atención del público y de la crítica. Escribió novelas como La guardia blanca, Los huevos fatales, Corazón de perro, Diaboliada, así como cuentos, obras de teatro y crónicas. Pero allí terminan las similitudes. El tiempo en que le tocó vivir a Bulgákov fue un tiempo de terror, masacres y atrocidades. Aunque sus obras teatrales se estaban representando ni más ni menos que en el Teatro del Arte de Moscú bajo la dirección del genial Stanislavski, y su drama Los días de los Turbín fue vista por Stalin en persona ¡más de 30 veces!, muy pronto Bulgákov fue silenciado. Sus obras dejaron de publicarse y de representarse, la crítica se volvió humillante e injuriosa, y cada vez más beligerante y amenazadora. Mijail Bulgákov se hallaba en completo ostracismo. Desesperado, el escritor mandaba cartas al gobierno y a Stalin en las que exigía solución a su situación: un permiso para emigrar o para trabajar. Stalin en persona le llamó por teléfono y aseguró su reingreso en el Teatro de Arte de Moscú. Pero seis meses después el ostracismo y la persecución recomenzaron. Como otrora lo hiciera Gógol, Bulgákov quemó sus manuscritos en 1928. Ese mismo año volvió a trabajar y comenzó la escritura de su obra magna, la novela El Maestro y Margarita. La primera versión fue terminada en 1934, la segunda en 1938, pero incluso la versión final que conocemos estaba siendo modificada en el momento de la muerte del escritor. Como médico Bulgákov conocía la gravedad de su enfermedad renal, la misma que había matado a su padre e insistía en que su mujer publicara El Maestro y Margarita en cuanto esto fuera posible. Creía que la novela era lo más importante de su vida. Sus últimas palabras eran el ruego de publicar "... para que la gente sepa...".

Después de la muerte de Bulgákov su nombre dejó de pronunciarse, fue prohibido, luego negado y finalmente olvidado.

Hasta que entre los años 1966 y 1967, en pleno "deshielo de Khruschev", la novela El Maestro y Margarita, aunque recortada por la censura, fue publicada por entregas en la revista Moscú y causó el efecto de una bomba. Los lectores no lo podían creer: había, mejor dicho había habido, un verdadero genio desconocido por décadas. ¡Un nuevo Gógol, un nuevo Dostoievski! Pero mejor aún, uno que escribía sobre la actualidad, sobre lo que todos conocían pero temían nombrar, ¡uno que se burlaba, criticaba, se reía y era tan accesible en su burla y su risa! El Maestro y Margarita se leía con embriaguez, las personas se la prestaban una a otra, era el tema central de conversaciones, el nuevo ideal literario. Otra novela de Bulgákov, totalmente prohibida y peligrosa, Corazón de perro, se publicó clandestinamente y pasaba de unas manos a otras en delgadas hojas de copias al carbón. Si la policía se enteraba, había una desgracia. Salió la novela Las memorias de un joven médico, incluso Los días de los Turbín volvieron al escenario en un teatro de la capital, la novela corta La carrera (también es posible traducirla como La huída) y la comedia Iván Vasílievich se convirtieron en películas exitosas.

Pero el "deshielo" fue breve y todo volvió al comienzo: las publicaciones fueron recogidas, las representaciones teatrales canceladas. ¿Y las películas? Pues las películas tuvieron finales "correctos", que glorificaban el poder soviético y el comunismo. Sólo después del comienzo del fin del comunismo, durante la perestroika, Bulgákov ha alcanzado el reconocimiento, aunque para la crítica literaria de viejo estilo sea sólo un escritor "talentoso", sobre el que en alguna época los patriarcas de la literatura comunista habían escrito bien. Para otros es uno de los mayores genios de la literatura rusa. Sus obras se publican y se agotan de inmediato; sus dos patrias, Ucrania y Rusia, se disputan al escritor como propio; las casas donde vivió se convierten en sus museos. Y, como ya habíamos dicho, los lugares y parajes de Moscú donde transcurren los acontecimientos de El Maestro y Margarita se están llenando de esculturas de los personajes de la novela...

¿Fin? ¡No! La obra de Bulgákov está demasiado viva todavía para convertirse tranquilamente en las figuras de bronce y los muebles muertos de un museo. ¡Tan viva está que incluso esas esculturas causan disturbios! Bulgákov es un escritor paradójico, misterioso, mágico, hechizante. Incluso la historia de su persecución y ostracismo es extraña. Cualquiera que conociese a la Unión Soviética de 1920 a 1940 sabe que a los escritores los fusilaban o encarcelaban por mucho menos que lo que había hecho, escrito y dicho Mijail Bulgákov. Pero a él sólo lo silenciaron y se olvidaron de su existencia. Varias veces.

El secreto está en que Stalin en persona amaba las obras de Bulgákov. El líder comunista sabía, comprendía y decía que las obras eran muy malas, eran ideológicamente dañinas, políticamente incorrectas, filosóficamente hostiles etc, etc. Pero no podía hacer nada: lo divertían sobremanera. Le gustaban mucho más que las ideológicamente provechosas y políticamente correctas. Eran para Stalin una especie de vicio al que no podía renunciar. Por eso vio Los días de los Turbín treinta y dos veces, y sólo pudo explicar este hecho con que "la obra demostraba que los enemigos de clase debían sucumbir ante el triunfo del proletariado"; por eso llamaba personalmente al escritor por teléfono; por eso trataba de proteger su vida. Pero, ¿podía un tirano, que sin pestañear ordenaba masacrar aldeas, fusilar a miles de conciudadanos por falsos complots, que dirigía genocidios de todas las formas inventadas hasta ese momento, que no tuvo piedad ni de sus amigos cercanos, ni de su familia política, ni de la famosa niña sentada en sus rodillas en los carteles de propaganda, ¡ni de su propio hijo! dejarse conmover por una obra de arte? Pues sí… Se sabe a que a Hitler le gustaba la pintura, que jugaba con los perros... A Stalin le gustaban las óperas de Verdi, disfrutaba de la poesía clásica georgiana, pero lo que realmente le encantaba era el buen teatro. Por eso convirtió al gran Kachálov en "su actor"; es decir, en una especie de actor mimado de la corte. Kachálov -al igual que "su escritor", Alexis Tolstoi- tenía carta blanca en toda la Unión Soviética y sus deseos se acataban como si provinieran del mismísimo líder. Bulgákov debía ser "su dramaturgo", pero ello resultó imposible. Bulgákov era demasiado irreverente, demasiado rebelde, displicente y, a todas luces, un verdadero enemigo de clase. No le gustaba el régimen comunista, lo consideraba estúpido, malvado y patán, y además lo expresaba en público y por escrito. ¡Y no quería cambiar! Era un verdadero problema. El amor de Stalin por el genio de Bulgákov era un problema ideológico insoluble. El escritor nunca fue arrestado, sus cartas -en verdad ideológicamente hostiles- fueron leídas y contestadas, pero el sólo fue silenciado e ignorado, quizás en espera de un arrepentimiento que nunca llegó. Stalin tenía su vena mística, no en vano había sido, aunque fracasado en ambos casos, seminarista y luego discípulo de Gurdjiev. De alguna manera, abriéndose el camino a través de las enormes capas de ignorancia y demencia, la verdad esencial de las obras de Bulgákov, vertida en una forma ligera y chispeante, llegaba a aquello que el líder tenía en el lugar del corazón...

¡Oh sí, Bulgákov era un gran escritor, un genio como debe ser! Su amplia conciencia abarcaba muchas capas de la creación: el grueso, el burdo mundo material, la reflexión y las emociones que subyacen a éste y las corrientes que causan los pensamientos, así como los más sutiles sentimientos y deseos. Y la fuente de todo: el espíritu. Sabía que durante los últimos miles de años, desde que nuestra corta memoria conoce la historia, los humanos estamos tentados a tomar las cosas exactamente al revés de cómo son en realidad, de creer que los frutos son las causas. Un niño en una sala de cine o en televisión creerá que lo real son figuras y movimientos en la pantalla y que la luz que ilumina esta pantalla es efímera, que no tiene importancia. Pero los adultos sabemos que es precisamente lo contrario, que la luz es mucho más real que las personas que vemos en la pantalla y que el autor del guión es el único que puede cambiar el destino de los personajes que nos parecen autónomos. Y no importa cuantas protestas, luchas, amenazas o consejos apliquemos a los personajes de la pantalla, todo será inútil hasta que no cambiemos la parte de la película que resulta invisible para el público. Bulgákov conocía todas estas capas: la sutil luz que proyecta las figuras, la película escondida en la oscuridad. Además tenía la fortuna de conocer íntimamente, no por palabras de otros, no por el intelecto, sino por el amoroso contacto personal, al mismísimo guionista. Gracias a este conocimiento también estaba versado en las capacidades de cada parte del mundo de ordenarse de una manera armónica con el resto de la creación, es decir con las leyes de la naturaleza. La mente científica de Bulgákov celebraba festines de conocimientos, sobre todo de los médicos y lingüísticos, y los integraba al ordenado mundo de su comprensión.

Sus conciudadanos y contemporáneos culminaron, con el absurdo absoluto, el proceso de desconocimiento por parte de la humanidad moderna de las causas de la vida material, al reducir las infinitas manifestaciones del universo a unos pocos y primitivos criterios del materialismo, tales como la propiedad económica, el apoyo a su autoridad política y la utilidad de cada cosa o persona para las necesidades y ambiciones del poder. Todo lo demás quedó abolido por decreto, bajo pena de muerte. Era como si a él, un médico, le decretaran que de ese momento en adelante todo su diagnóstico y tratamiento, toda su relación con la salud humana, debía limitarse al peso y color de la piel del paciente, mientras que todos sus otros conocimientos, desde la anatomía hasta la genética, desde la dietética hasta la virología, se declaraban ilegales e ideológicamente perjudiciales.

Así como un niño de primaria no puede comprender ciencias sofisticadas, las mentes de los líderes soviéticos no podían abarcar más de lo que les permitía su capacidad nunca desarrollada. No en el momento. ¡Y el país que acababa de dar al mundo a varios grandes genios de la literatura, las artes, la ciencia y el pensamiento tenía estos líderes! Había propiciado todas las condiciones necesarias para que precisamente estas personas, no los Tolstói ni los Mendeleiev, estuvieran dirigiendo sus destinos. Bulgákov conocía las leyes de naturaleza y, por ende, sabía que no se trataba de mala suerte ni de casualidad, sino de consecuencias inevitables de causas objetivas. El gobierno soviético era la pantalla que reflejaba la luz del guión previamente fabricado.

Bulgákov sabía que los acontecimientos y los objetos son efímeros, que la auténtica vida humana, su real creación y objetivo era el ejercicio de las fuerzas que nosotros llamamos "sentimientos". Por esta razón la revolución bolchevique originada, nutrida y realizada por los sentimientos de ira, odio y desprecio -aunque en aras de la "libertad", la "felicidad" y cosas por el estilo-, podía producir únicamente, al final de las cuentas, ira, odio y desprecio (sentimientos más generalizados y lamentados en la actualidad, después de la caída del régimen socialista casi ochenta años más tarde).

Un jarrón pequeño no puede contener toda el agua del jarrón grande, una conciencia limitada no es capaz de comprender el conocimiento de una más amplia. El conocimiento incomprensible puede provocar admiración y deseos de alcanzarlo; o ser interpretado y corregido por medio de la reducción o de la tergiversación. También puede parecer amenazador, perjudicial, repugnante. O, finalmente, puede ser negado y ridiculizado como una fantasía de ignorantes y enfermos. Todo depende de cuán atemorizado esté uno. En todas las culturas la relación del hombre común con la religión y sus textos sagrados corresponde a alguna de estas variantes. Y si la inteligencia estrecha está en el poder, a menudo declara que el conocimiento amplio es falso e ilegal. Los últimos dos mil años del occidente fueron un ejemplo de ello en la Roma antigua y en Jerusalén, en Madrid y en Moscú.

Esta relación entre una conciencia más desarrollada, más amplia, y el poder de una mente estrecha es el tema principal de todas las obras maduras de Bulgákov. La conciencia amplia abarca no sólo la mente y el intelecto, sino, y obligatoriamente, la comprensión por los sentidos, por los sentimientos, las sensaciones y la intuición, a la que llamaríamos comprensión artística. Desde los jóvenes hermanos en la masacre revolucionaria de Kiev en La guardia blanca y Los días de los Turbín, pasando por los profesores de Los huevos fatales y Corazón de perro, por Pushkin y Moliére en sus obras teatrales, hasta Jesús y el Maestro de El Maestro y Margarita, la historia se repite: un hombre que comprende más plenamente el funcionamiento del mundo está en poder del hombre que no comprende nada. Los protagonistas de La guardia blanca, unos jóvenes cultos y sensibles, que apenas presienten la comprensión sin poseerla todavía, se encuentran con el poder aplastante de la brutalidad de las armas. Los profesores de Los huevos fatales y Corazón de perro conocen leyes de la naturaleza que rigen sus ciencias específicas, pero fuera de ellas cometen muchos errores y se enfrentan con mayor o menor éxito al régimen y sus exigencias. Los genios literarios -Moliére, Pushkin, el Maestro- vislumbran la totalidad de la intrincada y sutil estructura del destino humano y la descubren en sus obras, aunque sus propios destinos obedecen al poder de los políticos ignorantes: finalmente, Jesús lo sabe y comprende todo, aunque perece en manos de los que no saben casi nada.

Pero si el conocimiento es poder, ¿cómo es posible que una persona de conciencia amplia tenga menos poder que una de conciencia estrecha? Es cierto, ello parece imposible, pero ambos, a fin de cuentas, están en poder del guionista, que en este caso específico puso a uno de ellos bajo el "poder" aparente del otro. El sabio, el conocedor, lo sabe o por lo menos lo sospecha -Jesús lo explica varias veces-, pero el pobre ignorante cree firmemente en su poder. Ésta es su oportunidad de ejercer su libre albedrío, por así decirlo, de proceder de acuerdo con las leyes de la naturaleza o en contra de ellas. Bien o mal, el ignorante hace lo mejor que puede, se esfuerza, trata de ser bueno, justo o, por lo menos, sacarle provecho a la situación. Su incompetencia, su tontería, no es su culpa, es su desgracia.

Pero existe otro tipo de personajes en la vida y en las obras de Bulgákov: son los personajes de la frontera entre el conocimiento y la ignorancia, los que sí saben qué se debe hacer y qué no, los que conocen las leyes pero deciden violarlas y traicionar lo que consideran bueno. Y lo hacen por una sola razón: piensan que así se protegen o ganan ventaja, creen que es lícito trocar la felicidad por la posición y el corazón por lo que dirá el jefe, su espíritu por un título. El ejemplo más clásico en la historia occidental es Poncio Pilatos.

El genio, el poseedor del conocimiento, de la percepción y comprensión completos -por lo menos en un área específica del arte- es el ejemplar humano que más interesa a Bulgákov. Quizá porque se da cuenta de que él mismo pertenece a esta especie. Sin la mínima duda. Cuando leemos sus cartas o diarios, podemos considerarlo arrogante y megalómano; pero, ¿debería él mentir sobre sus propias capacidades para complacernos? Además, también se da perfecta cuenta de su incompetencia en otras áreas de la existencia, por ejemplo en los asuntos del dinero, de las relaciones con las mujeres o con el poder, etc.

Sus dos obras teatrales, Moliere y Púshkin, narran los últimos días y horas de las vidas de dos genios, cuando ellos mismos -asi como los que los rodean y los espectadores- pueden hacer balance. A decir verdad, los resultados son muy pobres en lo que importa a la mayoría de los humanos. En el terreno social y afectivo, sin hablar del económico, son unos fracasados, auténticos perdedores. Todos: ellos mismos, sus contemporáneos y nosotros nos percatamos de su incompetencia. Pero ahí es donde empieza su triunfo, en el terreno inaccesible para el resto de nosotros, reservado sólo a los genios. Las últimas horas, las de impotencia física y afectiva, también dejan al descubierto toda la enorme fuerza de su comprensión artística y espiritual, de aquello que llevarán adondequiera que sea luego de abandonar su cuerpo, que dejarán para todas las demás gentes que conserven un cuerpo.
La obra magna de Bulgákov -la novela El Maestro y Margarita- es, sin lugar a dudas, el libro más importante de la literatura rusa del siglo XX y uno de los más importantes de la literatura universal de todos los tiempos. Esta novela da un paso a la vanguardia de la categoría reservada a lo más selecto del arte literario mundial, donde cada uno de los libros significa, precisamente, un paso adelante en el conocimiento total del espíritu humano.

El argumento de la novela se manifiesta en tres dimensiones: en la de la vida material de la Moscú post-revolucionaria, donde Voland y su séquito develan la absoluta inconsistencia de todos los dogmas del marxismo; en la de los sentimientos, donde habita el amor verdadero del Maestro y Margarita: y en la espiritual, donde suceden los encuentros entre Jesús, Pilatos, Judas, San Mateo y Satanás. Sólo el demonio pertenece a las tres dimensiones desde el principio, pero luego se descubre que todas ellas están entrelazadas, que se encuentran una dentro de la otra. El escritor muestra con ejemplos prácticos lo relativo del tiempo y el espacio, y, antes que todo, el poder del espíritu revelado, ya sea en un amor pasional como el de Margarita, en el genio literario del débil y tímido Maestro, en la compasión de unos parroquianos de Moscú, o en la magnanimidad del mismísimo diablo. Todo lo que sucede, sucede por y para este poder.

El diablo... El príncipe de las tinieblas, en este caso llamado Voland, con su séquito y la bruja Margarita son, sin lugar a dudas, los personajes más atractivos de la novela. Los más vitales, divertidos, accesibles, inteligentes, agudos y, para acabar de ajustar, los más nobles y justos. Oh sí, Bulgákov sabía lo que ahora conocen todos los profesionales con el prefijo "psi": apenas la ley o la costumbre prohibe el ejercicio de alguna parte de la naturaleza humana, ésta cobra vida independiente y encuentra, por más cerrojos y amenazas que se le opongan, su realización de maneras insólitas. Y si el régimen soviético prohibió la mención misma de la palabra "espíritu", declaró que la religión era opio para el pueblo, negó la existencia de todo lo que no se pudiera tocar y medir, era apenas lógico que todo lo negado se concentrara hasta convertirse en las figuras demoníacas, al igual que todo lo demás verdadero, vital y noble que fue prohibido por el comunismo: la justicia, el señorío, el erotismo, la misericordia, el refinamiento, la sutileza, el humor... y, claro, la magia. Que no es otra cosa que el conocimiento profundo de las leyes naturales que construyen la materia y sus atributos en el espacio y el tiempo. Parece como si Bulgákov realizara un desfile de conocimiento frente al embrutecimiento del régimen. Un artista exquisito frente a los neandertales. El escritor no sólo muestra este encuentro, sino que entreabre la puerta al mundo de los que conocen todavía más: los diablos, el Maestro, Margarita. Nos identificamos con los que saben, envidiamos su comprensión y sus poderes, nos alegramos de los fracasos de los ignorantes como si una parte del poder de los sabios nos perteneciera a nosotros. Todo lo que fue negado por la idea del comunismo práctico en la Unión Soviética, se coagula en los cuerpos de los demonios y los brujos y va al rescate del talento literario del Maestro, del amor de Margarita, de todas las cosas delicadas que constituyen una cultura. Los demonios salvan la verdadera cultura rusa de la extinción a manos del marxismo. La breve visita satánica a Moscú restablece el mínimo equilibrio necesario para evitar la destrucción total de una nación. Los demonios no son otra cosa que ejecutores de la voluntad divina, también llamada evolución o felicidad; así que en casos en que las cosas caen en un unilateralismo extremo, restablecen el equilibrio con sus propios métodos diabólicos. Lo anuncia el epígrafe de la novela y lo explica Voland a san Mateo al final del libro. Donde hay el derecho, debe haber el izquierdo, sin la sombra no conoceríamos la luz, y todo eso le agrada a Dios, por algo lo creó. El mundo es infinitamente rico en sus combinaciones de luces y sombras, de arriba y abajo, de dar y recibir. El pobre san Mateo no había comprendido nada de lo que enseñaba Jesús (según las palabras de éste último) y no comprendía nada del funcionamiento del mundo, según vemos en su encuentro con Voland. Creía que el bien se declara por decreto y que el castigo por el incumplimiento del mismo debe ser la desdicha eterna. Algo por el estilo creen los bolcheviques. Pasados dos mil años siguen intentando encerrar la riqueza del espíritu humano dentro de los límites de su comprensión primitiva. Los fracasos del pasado los inducen a pensar simplemente que los decretos deben cambiar, no a dudar del procedimiento y menos de sí mismos.

"Los manuscritos no se queman", le dice Voland a Margarita, como si nos diera la esperanza de que las obras y los autores destruidos por el terror de Stalin, aunque no vuelvan a nosotros en su forma física, se convertirán en los espíritus generadores de nuevas obras.

Todo lo que sucede en la novela tiene estas dos miradas: la del conocedor que quiere comprender, y la del bruto que se defiende de la comprensión por cualquier medio. Y hay una tercera: la del cobarde. Éste sabe y entiende, pero prefiere secundar a los brutos porque ellos están en este momento en el poder. ¡Pobre Pilatos! Qué decisión tan torpe y, sobre todo, recordada por tan largo tiempo. Y pobre crítico Berlioz, y el Desamparado, y el mediocre poeta Riujin. Pobres todos los que sabían pero se acobardaron. Varias veces se repite en la novela que el pecado más despreciable es la cobardía; es decir, la decisión de traicionar la propia comprensión de las leyes del mundo. Ellos saben que el atentado contra la riqueza espiritual arremete contra el universo, pero participan de la agresión por temor a perder su seguridad o posición.

Bulgákov era un conocedor. Y era valiente en extremo. Pero su genio era más grande que él mismo. Mientras que el Bulgákov-escritor veía, con la pasmosa claridad de un médico en una autopsia, las intrincadas fuerzas que actuaban en la sociedad soviética y se burlaba de sus farsas y tonterías, el Bulgákov-hombre sufría, luchaba, fracasaba en sus luchas y se deprimía. Su talento artístico lo situaba en un mirador que domina el panorama humano; un lugar donde un simple hombre, cargado de temores y pasiones, aunque excepcionalmente inteligente y culto, no tendría fuerzas suficientes para subir. Al ser un caso común para los genios, los ejemplos abundan.

La obra de Bulgákov logra poner al lector a esta misma altura. Que uno tenga la valentía, la visión y la inteligencia necesarias para ver y comprender lo visto, es cuestión individual. Pero se tiene la oportunidad, escasa y mágica, de echar un vistazo como si se fuera un genio, de abarcar en una sola mirada un panorama tan amplio como nunca soñó.

Las secretas fuerzas de los sentimientos -el miedo, el sentirse víctima, la esperanza de engañar, de ser más astuto que los demás, en una palabra la oposición entre el mundo y la persona- construyen el destino de Poncio Pilatos. Este destino es degustar la comprensión intelectual y la impotencia de la acción. A fin de cuentas, precisamente eso fue lo que escogió realizar en su vida terrenal. Y eso es lo que sucede, día tras día, allí donde la ignorancia toma el mando y una persona que comprende opta por apoyar al colectivo de los tontos. ¡Y en la Unión Soviética más que en cualquier otra parte! ¿Qué les sucedió a todos los científicos, a todos los artistas, a los escritores, o simplemente a las personas inteligentes, educadas y cultas? ¡La cultura de Rusia había sido tan vigorosa y dinámica! Había tantos talentos. No todos habían emigrado o muerto. No, pero cada uno era un pequeño Pilatos que aparentaba estar de acuerdo con la turba. El que niega su espíritu, sus deseos, su mente, se convierte en un neandertal, pero carece de la inocencia de un cavernícola. Un Desamparado es inocente -aunque no del todo, ya que escribe poesía mala a sabiendas de que es mala, pero es apenas un tonto, un loco- mientras que Berlioz es un criminal culpable de cobardía.

Para ser valiente no hace falta la fuerza -el Maestro es extremadamente débil-, pero sí la fidelidad. Y la inocencia.

Y Bulgákov-persona, al igual que Bulgákov-escritor, es totalmente fiel. No a sus ideas: éstas se desarrollan, cambian, incluso pueden convertirse en lo contrario. No es tampoco fiel a ningún régimen político: éstos le desagradan. Ni a la filosofía ni a la ciencia. Sino a su espíritu, parte del espíritu humano del mundo. Este espíritu se manifestaba en su fe religiosa, en el amor y hasta en la voluptuosidad, en el arte, en el deleite por la cultura universal y local. Todas cosas que estaban prohibidas en la Unión Soviética bajo pena de muerte. ¿Cómo era posible para él no ser un "antisoviético"? Pues de Pilatos no tenía nada. Nunca fingió estar de acuerdo, nunca firmó, aplaudió, condenó o denunció a alguien para complacer al régimen en contra de su conciencia; ni siquiera pudo quedarse callado y ocultar su desdén. Y como si fuera obra del mismísimo diablo, que quisiera proteger al imprudente escritor del castigo, la pasión por su obra se encendió en el corazón del tirano. ¡Magia!

Entre otras cosas, Bulgákov dejó una gran huella en la lengua rusa. Después de Pushkin, quien había dado a luz el idioma ruso, todos los escritores, grandes y pequeños, siguieron escribiendo así durante cien años. Era un idioma formidable, vital, magnífico, pero la gente ya hablaba de otra manera. Los primeros intentos de poner el idioma literario a tono con el hablado resultaron pobres y falsos. Bulgákov realizó esta tarea de manera natural, seguramente sin proponérselo y tal vez sin darse cuenta. Como era médico y amante de la ciencia y de la tecnología, con un solo movimiento incorporó toda la terminología científica moderna; como satírico introdujo la jerigonza del régimen político; como narrador nombró los acontecimientos y los objetos nuevos; como artista mezcló estilos de la misma manera que lo hacían sus compatriotas y le dio a todo esto la altura de la más auténtica literatura rusa.

Pero todos estos méritos todavía no convierten a Bulgákov en un gran escritor, en otro genio de la gran literatura rusa. Lo que lo pone al lado de sus geniales predecesores es la tremenda vitalidad de sus escritos. Así como para un genial músico cada sonido es apenas el extremo audible de una carga de energía, para Bulgákov cada palabra, cada frase, es una porción comprimida de vida; porción que se abre dentro del lector y comienza así su existencia plena. En defensa de Stalin debemos decir que él tenía muy pocas oportunidades frente a tal fuerza vital. Para no resultar afectado por ella debería ser totalmente bruto, como sus ayudantes, y él era más parecido a Pilatos. Mientras que Bulgákov era un Maestro, sólo que más fuerte.

 


20.5 x 27 cm. 140 pp. / ISSN: 0120-2367
$7.800 - US$20


 

 
NOVEDADES | PUBLICACIONES ANTERIORES | TEXTOS COMPARTIDOS | ANTICIPOS | INICIO

Visualización: 800 x 600 pixeles - Fuente mediana - Animaciones flash - Internet Explorer
Administración: Alejandro Uribe Tirado / Editorial Universidad de Antioquia. ©Copyright, 1999-2006