El destino
de la obra de Mijail Bulgákov en la literatura rusa es
bastante peculiar. Si abrimos cualquier manual de literatura o
dramaturgia de la época soviética, no encontraremos
mención de su nombre. Incluso en La enciclopedia bio-bibliográfica
de escritores rusos en dos tomos, publicada en 1990 (después
de la perestroika, un año antes de la desaparición
oficial de comunismo y con epígrafe del antes anatemizado
Borís Pasternak) tampoco figura un tal Bulgákov.
Sin embargo, en la prensa rusa de 2002 y 2003 periódicamente
aparecen noticias sobre disturbios durante las protestas en el
centro de Moscú contra el monumento ¡a los personajes
de una novela de Bulgákov! Así que, ¿quién
o qué era este escritor cuyos personajes pueden merecer
por sí mismos un monumento en el centro de la capital?
¿Por qué la gente protestaría violentamente
contra un asunto tan literario? Y, en primer lugar, ¿por
qué esta fama tan repentina?
Para empezar, Mijail Afanasievich Bulgákov ni siquiera
era ruso, pero en el Imperio Soviético -y anteriormente
en el Imperio Ruso, como al parecer suele suceder en todos los
demás imperios del mundo- los representantes de etnias
menores se consideraban algo retrasados, por lo que cuando alguno
de ellos lograba una favorable notoriedad internacional, adquiría
status de la etnia mayor, la rusa.
Bulgákov nació en 1891, en Kíev, capital
de Ucrania, en una familia de intelectuales. Allí mismo,
en Kíev, se graduó en el gimnasio y luego en medicina
en la universidad. Fue médico rural y medico militar. En
el año 1919, decidió abandonar la medicina y dedicarse
a la literatura por completo. Se trasladó a Moscú
y, como si siguiera los pasos de otro médico-escritor,
Antón Chéjov, escribía ingentes cantidades
de cuentos humorísticos (en su diario los llamó
"no más divertidos que un dolor de muelas") que
publicaba con diferentes seudónimos en todo medio impreso
que los aceptara. Hasta la actualidad no se sabe cuántos
cuentos escribió Bulgákov en aquella época
pues nadie sabe cuántos seudónimos tuvo. Y, como
en caso de Chéjov, su talento muy pronto llamó la
atención del público y de la crítica. Escribió
novelas como La guardia blanca, Los huevos fatales, Corazón
de perro, Diaboliada, así como cuentos, obras de teatro
y crónicas. Pero allí terminan las similitudes.
El tiempo en que le tocó vivir a Bulgákov fue un
tiempo de terror, masacres y atrocidades. Aunque sus obras teatrales
se estaban representando ni más ni menos que en el Teatro
del Arte de Moscú bajo la dirección del genial Stanislavski,
y su drama Los días de los Turbín fue vista por
Stalin en persona ¡más de 30 veces!, muy pronto Bulgákov
fue silenciado. Sus obras dejaron de publicarse y de representarse,
la crítica se volvió humillante e injuriosa, y cada
vez más beligerante y amenazadora. Mijail Bulgákov
se hallaba en completo ostracismo. Desesperado, el escritor mandaba
cartas al gobierno y a Stalin en las que exigía solución
a su situación: un permiso para emigrar o para trabajar.
Stalin en persona le llamó por teléfono y aseguró
su reingreso en el Teatro de Arte de Moscú. Pero seis meses
después el ostracismo y la persecución recomenzaron.
Como otrora lo hiciera Gógol, Bulgákov quemó
sus manuscritos en 1928. Ese mismo año volvió a
trabajar y comenzó la escritura de su obra magna, la novela
El Maestro y Margarita. La primera versión fue terminada
en 1934, la segunda en 1938, pero incluso la versión final
que conocemos estaba siendo modificada en el momento de la muerte
del escritor. Como médico Bulgákov conocía
la gravedad de su enfermedad renal, la misma que había
matado a su padre e insistía en que su mujer publicara
El Maestro y Margarita en cuanto esto fuera posible. Creía
que la novela era lo más importante de su vida. Sus últimas
palabras eran el ruego de publicar "... para que la gente
sepa...".
Después de la muerte de Bulgákov su nombre dejó
de pronunciarse, fue prohibido, luego negado y finalmente olvidado.
Hasta que entre los años 1966 y 1967, en pleno "deshielo
de Khruschev", la novela El Maestro y Margarita, aunque recortada
por la censura, fue publicada por entregas en la revista Moscú
y causó el efecto de una bomba. Los lectores no lo podían
creer: había, mejor dicho había habido, un verdadero
genio desconocido por décadas. ¡Un nuevo Gógol,
un nuevo Dostoievski! Pero mejor aún, uno que escribía
sobre la actualidad, sobre lo que todos conocían pero temían
nombrar, ¡uno que se burlaba, criticaba, se reía
y era tan accesible en su burla y su risa! El Maestro y Margarita
se leía con embriaguez, las personas se la prestaban una
a otra, era el tema central de conversaciones, el nuevo ideal
literario. Otra novela de Bulgákov, totalmente prohibida
y peligrosa, Corazón de perro, se publicó clandestinamente
y pasaba de unas manos a otras en delgadas hojas de copias al
carbón. Si la policía se enteraba, había
una desgracia. Salió la novela Las memorias de un joven
médico, incluso Los días de los Turbín volvieron
al escenario en un teatro de la capital, la novela corta La carrera
(también es posible traducirla como La huída) y
la comedia Iván Vasílievich se convirtieron en películas
exitosas.
Pero el "deshielo" fue breve y todo volvió al
comienzo: las publicaciones fueron recogidas, las representaciones
teatrales canceladas. ¿Y las películas? Pues las
películas tuvieron finales "correctos", que glorificaban
el poder soviético y el comunismo. Sólo después
del comienzo del fin del comunismo, durante la perestroika, Bulgákov
ha alcanzado el reconocimiento, aunque para la crítica
literaria de viejo estilo sea sólo un escritor "talentoso",
sobre el que en alguna época los patriarcas de la literatura
comunista habían escrito bien. Para otros es uno de los
mayores genios de la literatura rusa. Sus obras se publican y
se agotan de inmediato; sus dos patrias, Ucrania y Rusia, se disputan
al escritor como propio; las casas donde vivió se convierten
en sus museos. Y, como ya habíamos dicho, los lugares y
parajes de Moscú donde transcurren los acontecimientos
de El Maestro y Margarita se están llenando de esculturas
de los personajes de la novela...
¿Fin? ¡No! La obra de Bulgákov está
demasiado viva todavía para convertirse tranquilamente
en las figuras de bronce y los muebles muertos de un museo. ¡Tan
viva está que incluso esas esculturas causan disturbios!
Bulgákov es un escritor paradójico, misterioso,
mágico, hechizante. Incluso la historia de su persecución
y ostracismo es extraña. Cualquiera que conociese a la
Unión Soviética de 1920 a 1940 sabe que a los escritores
los fusilaban o encarcelaban por mucho menos que lo que había
hecho, escrito y dicho Mijail Bulgákov. Pero a él
sólo lo silenciaron y se olvidaron de su existencia. Varias
veces.
El secreto está en que Stalin en persona amaba las obras
de Bulgákov. El líder comunista sabía, comprendía
y decía que las obras eran muy malas, eran ideológicamente
dañinas, políticamente incorrectas, filosóficamente
hostiles etc, etc. Pero no podía hacer nada: lo divertían
sobremanera. Le gustaban mucho más que las ideológicamente
provechosas y políticamente correctas. Eran para Stalin
una especie de vicio al que no podía renunciar. Por eso
vio Los días de los Turbín treinta y dos veces,
y sólo pudo explicar este hecho con que "la obra demostraba
que los enemigos de clase debían sucumbir ante el triunfo
del proletariado"; por eso llamaba personalmente al escritor
por teléfono; por eso trataba de proteger su vida. Pero,
¿podía un tirano, que sin pestañear ordenaba
masacrar aldeas, fusilar a miles de conciudadanos por falsos complots,
que dirigía genocidios de todas las formas inventadas hasta
ese momento, que no tuvo piedad ni de sus amigos cercanos, ni
de su familia política, ni de la famosa niña sentada
en sus rodillas en los carteles de propaganda, ¡ni de su
propio hijo! dejarse conmover por una obra de arte? Pues sí
Se sabe a que a Hitler le gustaba la pintura, que jugaba con los
perros... A Stalin le gustaban las óperas de Verdi, disfrutaba
de la poesía clásica georgiana, pero lo que realmente
le encantaba era el buen teatro. Por eso convirtió al gran
Kachálov en "su actor"; es decir, en una especie
de actor mimado de la corte. Kachálov -al igual que "su
escritor", Alexis Tolstoi- tenía carta blanca en toda
la Unión Soviética y sus deseos se acataban como
si provinieran del mismísimo líder. Bulgákov
debía ser "su dramaturgo", pero ello resultó
imposible. Bulgákov era demasiado irreverente, demasiado
rebelde, displicente y, a todas luces, un verdadero enemigo de
clase. No le gustaba el régimen comunista, lo consideraba
estúpido, malvado y patán, y además lo expresaba
en público y por escrito. ¡Y no quería cambiar!
Era un verdadero problema. El amor de Stalin por el genio de Bulgákov
era un problema ideológico insoluble. El escritor nunca
fue arrestado, sus cartas -en verdad ideológicamente hostiles-
fueron leídas y contestadas, pero el sólo fue silenciado
e ignorado, quizás en espera de un arrepentimiento que
nunca llegó. Stalin tenía su vena mística,
no en vano había sido, aunque fracasado en ambos casos,
seminarista y luego discípulo de Gurdjiev. De alguna manera,
abriéndose el camino a través de las enormes capas
de ignorancia y demencia, la verdad esencial de las obras de Bulgákov,
vertida en una forma ligera y chispeante, llegaba a aquello que
el líder tenía en el lugar del corazón...
¡Oh sí, Bulgákov era un gran escritor, un
genio como debe ser! Su amplia conciencia abarcaba muchas capas
de la creación: el grueso, el burdo mundo material, la
reflexión y las emociones que subyacen a éste y
las corrientes que causan los pensamientos, así como los
más sutiles sentimientos y deseos. Y la fuente de todo:
el espíritu. Sabía que durante los últimos
miles de años, desde que nuestra corta memoria conoce la
historia, los humanos estamos tentados a tomar las cosas exactamente
al revés de cómo son en realidad, de creer que los
frutos son las causas. Un niño en una sala de cine o en
televisión creerá que lo real son figuras y movimientos
en la pantalla y que la luz que ilumina esta pantalla es efímera,
que no tiene importancia. Pero los adultos sabemos que es precisamente
lo contrario, que la luz es mucho más real que las personas
que vemos en la pantalla y que el autor del guión es el
único que puede cambiar el destino de los personajes que
nos parecen autónomos. Y no importa cuantas protestas,
luchas, amenazas o consejos apliquemos a los personajes de la
pantalla, todo será inútil hasta que no cambiemos
la parte de la película que resulta invisible para el público.
Bulgákov conocía todas estas capas: la sutil luz
que proyecta las figuras, la película escondida en la oscuridad.
Además tenía la fortuna de conocer íntimamente,
no por palabras de otros, no por el intelecto, sino por el amoroso
contacto personal, al mismísimo guionista. Gracias a este
conocimiento también estaba versado en las capacidades
de cada parte del mundo de ordenarse de una manera armónica
con el resto de la creación, es decir con las leyes de
la naturaleza. La mente científica de Bulgákov celebraba
festines de conocimientos, sobre todo de los médicos y
lingüísticos, y los integraba al ordenado mundo de
su comprensión.
Sus conciudadanos y contemporáneos culminaron, con el absurdo
absoluto, el proceso de desconocimiento por parte de la humanidad
moderna de las causas de la vida material, al reducir las infinitas
manifestaciones del universo a unos pocos y primitivos criterios
del materialismo, tales como la propiedad económica, el
apoyo a su autoridad política y la utilidad de cada cosa
o persona para las necesidades y ambiciones del poder. Todo lo
demás quedó abolido por decreto, bajo pena de muerte.
Era como si a él, un médico, le decretaran que de
ese momento en adelante todo su diagnóstico y tratamiento,
toda su relación con la salud humana, debía limitarse
al peso y color de la piel del paciente, mientras que todos sus
otros conocimientos, desde la anatomía hasta la genética,
desde la dietética hasta la virología, se declaraban
ilegales e ideológicamente perjudiciales.
Así como un niño de primaria no puede comprender
ciencias sofisticadas, las mentes de los líderes soviéticos
no podían abarcar más de lo que les permitía
su capacidad nunca desarrollada. No en el momento. ¡Y el
país que acababa de dar al mundo a varios grandes genios
de la literatura, las artes, la ciencia y el pensamiento tenía
estos líderes! Había propiciado todas las condiciones
necesarias para que precisamente estas personas, no los Tolstói
ni los Mendeleiev, estuvieran dirigiendo sus destinos. Bulgákov
conocía las leyes de naturaleza y, por ende, sabía
que no se trataba de mala suerte ni de casualidad, sino de consecuencias
inevitables de causas objetivas. El gobierno soviético
era la pantalla que reflejaba la luz del guión previamente
fabricado.
Bulgákov sabía que los acontecimientos y los objetos
son efímeros, que la auténtica vida humana, su real
creación y objetivo era el ejercicio de las fuerzas que
nosotros llamamos "sentimientos". Por esta razón
la revolución bolchevique originada, nutrida y realizada
por los sentimientos de ira, odio y desprecio -aunque en aras
de la "libertad", la "felicidad" y cosas por
el estilo-, podía producir únicamente, al final
de las cuentas, ira, odio y desprecio (sentimientos más
generalizados y lamentados en la actualidad, después de
la caída del régimen socialista casi ochenta años
más tarde).
Un jarrón pequeño no puede contener toda el agua
del jarrón grande, una conciencia limitada no es capaz
de comprender el conocimiento de una más amplia. El conocimiento
incomprensible puede provocar admiración y deseos de alcanzarlo;
o ser interpretado y corregido por medio de la reducción
o de la tergiversación. También puede parecer amenazador,
perjudicial, repugnante. O, finalmente, puede ser negado y ridiculizado
como una fantasía de ignorantes y enfermos. Todo depende
de cuán atemorizado esté uno. En todas las culturas
la relación del hombre común con la religión
y sus textos sagrados corresponde a alguna de estas variantes.
Y si la inteligencia estrecha está en el poder, a menudo
declara que el conocimiento amplio es falso e ilegal. Los últimos
dos mil años del occidente fueron un ejemplo de ello en
la Roma antigua y en Jerusalén, en Madrid y en Moscú.
Esta relación entre una conciencia más desarrollada,
más amplia, y el poder de una mente estrecha es el tema
principal de todas las obras maduras de Bulgákov. La conciencia
amplia abarca no sólo la mente y el intelecto, sino, y
obligatoriamente, la comprensión por los sentidos, por
los sentimientos, las sensaciones y la intuición, a la
que llamaríamos comprensión artística. Desde
los jóvenes hermanos en la masacre revolucionaria de Kiev
en La guardia blanca y Los días de los Turbín, pasando
por los profesores de Los huevos fatales y Corazón de perro,
por Pushkin y Moliére en sus obras teatrales, hasta Jesús
y el Maestro de El Maestro y Margarita, la historia se repite:
un hombre que comprende más plenamente el funcionamiento
del mundo está en poder del hombre que no comprende nada.
Los protagonistas de La guardia blanca, unos jóvenes cultos
y sensibles, que apenas presienten la comprensión sin poseerla
todavía, se encuentran con el poder aplastante de la brutalidad
de las armas. Los profesores de Los huevos fatales y Corazón
de perro conocen leyes de la naturaleza que rigen sus ciencias
específicas, pero fuera de ellas cometen muchos errores
y se enfrentan con mayor o menor éxito al régimen
y sus exigencias. Los genios literarios -Moliére, Pushkin,
el Maestro- vislumbran la totalidad de la intrincada y sutil estructura
del destino humano y la descubren en sus obras, aunque sus propios
destinos obedecen al poder de los políticos ignorantes:
finalmente, Jesús lo sabe y comprende todo, aunque perece
en manos de los que no saben casi nada.
Pero si el conocimiento es poder, ¿cómo es posible
que una persona de conciencia amplia tenga menos poder que una
de conciencia estrecha? Es cierto, ello parece imposible, pero
ambos, a fin de cuentas, están en poder del guionista,
que en este caso específico puso a uno de ellos bajo el
"poder" aparente del otro. El sabio, el conocedor, lo
sabe o por lo menos lo sospecha -Jesús lo explica varias
veces-, pero el pobre ignorante cree firmemente en su poder. Ésta
es su oportunidad de ejercer su libre albedrío, por así
decirlo, de proceder de acuerdo con las leyes de la naturaleza
o en contra de ellas. Bien o mal, el ignorante hace lo mejor que
puede, se esfuerza, trata de ser bueno, justo o, por lo menos,
sacarle provecho a la situación. Su incompetencia, su tontería,
no es su culpa, es su desgracia.
Pero existe otro tipo de personajes en la vida y en las obras
de Bulgákov: son los personajes de la frontera entre el
conocimiento y la ignorancia, los que sí saben qué
se debe hacer y qué no, los que conocen las leyes pero
deciden violarlas y traicionar lo que consideran bueno. Y lo hacen
por una sola razón: piensan que así se protegen
o ganan ventaja, creen que es lícito trocar la felicidad
por la posición y el corazón por lo que dirá
el jefe, su espíritu por un título. El ejemplo más
clásico en la historia occidental es Poncio Pilatos.
El genio, el poseedor del conocimiento, de la percepción
y comprensión completos -por lo menos en un área
específica del arte- es el ejemplar humano que más
interesa a Bulgákov. Quizá porque se da cuenta de
que él mismo pertenece a esta especie. Sin la mínima
duda. Cuando leemos sus cartas o diarios, podemos considerarlo
arrogante y megalómano; pero, ¿debería él
mentir sobre sus propias capacidades para complacernos? Además,
también se da perfecta cuenta de su incompetencia en otras
áreas de la existencia, por ejemplo en los asuntos del
dinero, de las relaciones con las mujeres o con el poder, etc.
Sus dos obras teatrales, Moliere y Púshkin, narran los
últimos días y horas de las vidas de dos genios,
cuando ellos mismos -asi como los que los rodean y los espectadores-
pueden hacer balance. A decir verdad, los resultados son muy pobres
en lo que importa a la mayoría de los humanos. En el terreno
social y afectivo, sin hablar del económico, son unos fracasados,
auténticos perdedores. Todos: ellos mismos, sus contemporáneos
y nosotros nos percatamos de su incompetencia. Pero ahí
es donde empieza su triunfo, en el terreno inaccesible para el
resto de nosotros, reservado sólo a los genios. Las últimas
horas, las de impotencia física y afectiva, también
dejan al descubierto toda la enorme fuerza de su comprensión
artística y espiritual, de aquello que llevarán
adondequiera que sea luego de abandonar su cuerpo, que dejarán
para todas las demás gentes que conserven un cuerpo.
La obra magna de Bulgákov -la novela El Maestro y Margarita-
es, sin lugar a dudas, el libro más importante de la literatura
rusa del siglo XX y uno de los más importantes de la literatura
universal de todos los tiempos. Esta novela da un paso a la vanguardia
de la categoría reservada a lo más selecto del arte
literario mundial, donde cada uno de los libros significa, precisamente,
un paso adelante en el conocimiento total del espíritu
humano.
El argumento de la novela se manifiesta en tres dimensiones: en
la de la vida material de la Moscú post-revolucionaria,
donde Voland y su séquito develan la absoluta inconsistencia
de todos los dogmas del marxismo; en la de los sentimientos, donde
habita el amor verdadero del Maestro y Margarita: y en la espiritual,
donde suceden los encuentros entre Jesús, Pilatos, Judas,
San Mateo y Satanás. Sólo el demonio pertenece a
las tres dimensiones desde el principio, pero luego se descubre
que todas ellas están entrelazadas, que se encuentran una
dentro de la otra. El escritor muestra con ejemplos prácticos
lo relativo del tiempo y el espacio, y, antes que todo, el poder
del espíritu revelado, ya sea en un amor pasional como
el de Margarita, en el genio literario del débil y tímido
Maestro, en la compasión de unos parroquianos de Moscú,
o en la magnanimidad del mismísimo diablo. Todo lo que
sucede, sucede por y para este poder.
El diablo... El príncipe de las tinieblas, en este caso
llamado Voland, con su séquito y la bruja Margarita son,
sin lugar a dudas, los personajes más atractivos de la
novela. Los más vitales, divertidos, accesibles, inteligentes,
agudos y, para acabar de ajustar, los más nobles y justos.
Oh sí, Bulgákov sabía lo que ahora conocen
todos los profesionales con el prefijo "psi": apenas
la ley o la costumbre prohibe el ejercicio de alguna parte de
la naturaleza humana, ésta cobra vida independiente y encuentra,
por más cerrojos y amenazas que se le opongan, su realización
de maneras insólitas. Y si el régimen soviético
prohibió la mención misma de la palabra "espíritu",
declaró que la religión era opio para el pueblo,
negó la existencia de todo lo que no se pudiera tocar y
medir, era apenas lógico que todo lo negado se concentrara
hasta convertirse en las figuras demoníacas, al igual que
todo lo demás verdadero, vital y noble que fue prohibido
por el comunismo: la justicia, el señorío, el erotismo,
la misericordia, el refinamiento, la sutileza, el humor... y,
claro, la magia. Que no es otra cosa que el conocimiento profundo
de las leyes naturales que construyen la materia y sus atributos
en el espacio y el tiempo. Parece como si Bulgákov realizara
un desfile de conocimiento frente al embrutecimiento del régimen.
Un artista exquisito frente a los neandertales. El escritor no
sólo muestra este encuentro, sino que entreabre la puerta
al mundo de los que conocen todavía más: los diablos,
el Maestro, Margarita. Nos identificamos con los que saben, envidiamos
su comprensión y sus poderes, nos alegramos de los fracasos
de los ignorantes como si una parte del poder de los sabios nos
perteneciera a nosotros. Todo lo que fue negado por la idea del
comunismo práctico en la Unión Soviética,
se coagula en los cuerpos de los demonios y los brujos y va al
rescate del talento literario del Maestro, del amor de Margarita,
de todas las cosas delicadas que constituyen una cultura. Los
demonios salvan la verdadera cultura rusa de la extinción
a manos del marxismo. La breve visita satánica a Moscú
restablece el mínimo equilibrio necesario para evitar la
destrucción total de una nación. Los demonios no
son otra cosa que ejecutores de la voluntad divina, también
llamada evolución o felicidad; así que en casos
en que las cosas caen en un unilateralismo extremo, restablecen
el equilibrio con sus propios métodos diabólicos.
Lo anuncia el epígrafe de la novela y lo explica Voland
a san Mateo al final del libro. Donde hay el derecho, debe haber
el izquierdo, sin la sombra no conoceríamos la luz, y todo
eso le agrada a Dios, por algo lo creó. El mundo es infinitamente
rico en sus combinaciones de luces y sombras, de arriba y abajo,
de dar y recibir. El pobre san Mateo no había comprendido
nada de lo que enseñaba Jesús (según las
palabras de éste último) y no comprendía
nada del funcionamiento del mundo, según vemos en su encuentro
con Voland. Creía que el bien se declara por decreto y
que el castigo por el incumplimiento del mismo debe ser la desdicha
eterna. Algo por el estilo creen los bolcheviques. Pasados dos
mil años siguen intentando encerrar la riqueza del espíritu
humano dentro de los límites de su comprensión primitiva.
Los fracasos del pasado los inducen a pensar simplemente que los
decretos deben cambiar, no a dudar del procedimiento y menos de
sí mismos.
"Los manuscritos no se queman", le dice Voland a Margarita,
como si nos diera la esperanza de que las obras y los autores
destruidos por el terror de Stalin, aunque no vuelvan a nosotros
en su forma física, se convertirán en los espíritus
generadores de nuevas obras.
Todo lo que sucede en la novela tiene estas dos miradas: la del
conocedor que quiere comprender, y la del bruto que se defiende
de la comprensión por cualquier medio. Y hay una tercera:
la del cobarde. Éste sabe y entiende, pero prefiere secundar
a los brutos porque ellos están en este momento en el poder.
¡Pobre Pilatos! Qué decisión tan torpe y,
sobre todo, recordada por tan largo tiempo. Y pobre crítico
Berlioz, y el Desamparado, y el mediocre poeta Riujin. Pobres
todos los que sabían pero se acobardaron. Varias veces
se repite en la novela que el pecado más despreciable es
la cobardía; es decir, la decisión de traicionar
la propia comprensión de las leyes del mundo. Ellos saben
que el atentado contra la riqueza espiritual arremete contra el
universo, pero participan de la agresión por temor a perder
su seguridad o posición.
Bulgákov era un conocedor. Y era valiente en extremo. Pero
su genio era más grande que él mismo. Mientras que
el Bulgákov-escritor veía, con la pasmosa claridad
de un médico en una autopsia, las intrincadas fuerzas que
actuaban en la sociedad soviética y se burlaba de sus farsas
y tonterías, el Bulgákov-hombre sufría, luchaba,
fracasaba en sus luchas y se deprimía. Su talento artístico
lo situaba en un mirador que domina el panorama humano; un lugar
donde un simple hombre, cargado de temores y pasiones, aunque
excepcionalmente inteligente y culto, no tendría fuerzas
suficientes para subir. Al ser un caso común para los genios,
los ejemplos abundan.
La obra de Bulgákov logra poner al lector a esta misma
altura. Que uno tenga la valentía, la visión y la
inteligencia necesarias para ver y comprender lo visto, es cuestión
individual. Pero se tiene la oportunidad, escasa y mágica,
de echar un vistazo como si se fuera un genio, de abarcar en una
sola mirada un panorama tan amplio como nunca soñó.
Las secretas fuerzas de los sentimientos -el miedo, el sentirse
víctima, la esperanza de engañar, de ser más
astuto que los demás, en una palabra la oposición
entre el mundo y la persona- construyen el destino de Poncio Pilatos.
Este destino es degustar la comprensión intelectual y la
impotencia de la acción. A fin de cuentas, precisamente
eso fue lo que escogió realizar en su vida terrenal. Y
eso es lo que sucede, día tras día, allí
donde la ignorancia toma el mando y una persona que comprende
opta por apoyar al colectivo de los tontos. ¡Y en la Unión
Soviética más que en cualquier otra parte! ¿Qué
les sucedió a todos los científicos, a todos los
artistas, a los escritores, o simplemente a las personas inteligentes,
educadas y cultas? ¡La cultura de Rusia había sido
tan vigorosa y dinámica! Había tantos talentos.
No todos habían emigrado o muerto. No, pero cada uno era
un pequeño Pilatos que aparentaba estar de acuerdo con
la turba. El que niega su espíritu, sus deseos, su mente,
se convierte en un neandertal, pero carece de la inocencia de
un cavernícola. Un Desamparado es inocente -aunque no del
todo, ya que escribe poesía mala a sabiendas de que es
mala, pero es apenas un tonto, un loco- mientras que Berlioz es
un criminal culpable de cobardía.
Para ser valiente no hace falta la fuerza -el Maestro es extremadamente
débil-, pero sí la fidelidad. Y la inocencia.
Y Bulgákov-persona, al igual que Bulgákov-escritor,
es totalmente fiel. No a sus ideas: éstas se desarrollan,
cambian, incluso pueden convertirse en lo contrario. No es tampoco
fiel a ningún régimen político: éstos
le desagradan. Ni a la filosofía ni a la ciencia. Sino
a su espíritu, parte del espíritu humano del mundo.
Este espíritu se manifestaba en su fe religiosa, en el
amor y hasta en la voluptuosidad, en el arte, en el deleite por
la cultura universal y local. Todas cosas que estaban prohibidas
en la Unión Soviética bajo pena de muerte. ¿Cómo
era posible para él no ser un "antisoviético"?
Pues de Pilatos no tenía nada. Nunca fingió estar
de acuerdo, nunca firmó, aplaudió, condenó
o denunció a alguien para complacer al régimen en
contra de su conciencia; ni siquiera pudo quedarse callado y ocultar
su desdén. Y como si fuera obra del mismísimo diablo,
que quisiera proteger al imprudente escritor del castigo, la pasión
por su obra se encendió en el corazón del tirano.
¡Magia!
Entre otras cosas, Bulgákov dejó una gran huella
en la lengua rusa. Después de Pushkin, quien había
dado a luz el idioma ruso, todos los escritores, grandes y pequeños,
siguieron escribiendo así durante cien años. Era
un idioma formidable, vital, magnífico, pero la gente ya
hablaba de otra manera. Los primeros intentos de poner el idioma
literario a tono con el hablado resultaron pobres y falsos. Bulgákov
realizó esta tarea de manera natural, seguramente sin proponérselo
y tal vez sin darse cuenta. Como era médico y amante de
la ciencia y de la tecnología, con un solo movimiento incorporó
toda la terminología científica moderna; como satírico
introdujo la jerigonza del régimen político; como
narrador nombró los acontecimientos y los objetos nuevos;
como artista mezcló estilos de la misma manera que lo hacían
sus compatriotas y le dio a todo esto la altura de la más
auténtica literatura rusa.
Pero todos estos méritos todavía no convierten a
Bulgákov en un gran escritor, en otro genio de la gran
literatura rusa. Lo que lo pone al lado de sus geniales predecesores
es la tremenda vitalidad de sus escritos. Así como para
un genial músico cada sonido es apenas el extremo audible
de una carga de energía, para Bulgákov cada palabra,
cada frase, es una porción comprimida de vida; porción
que se abre dentro del lector y comienza así su existencia
plena. En defensa de Stalin debemos decir que él tenía
muy pocas oportunidades frente a tal fuerza vital. Para no resultar
afectado por ella debería ser totalmente bruto, como sus
ayudantes, y él era más parecido a Pilatos. Mientras
que Bulgákov era un Maestro, sólo que más
fuerte.