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Revista No. 277 / Julio - Septiembre

Ángel Rama: otra época, otra épica
Carlos Sánchez Lozano

La historia de América Latina es también la historia de sus olvidos. Ese sinuoso círculo que va de la devoción gratuita por causas y luego el cierre brusco ante aquello que es esencial. Y no se trata de que algún Maqroll con su moho invada todo, la vida y el pasado. No. Se trata de una permanente incapacidad -y sobre todo incapacidad de sus intelectuales- de valorar y jerarquizar lo que como continente y utopía nos ha configurado. América Latina no es sólo la suma de sus errores y desesperos. No es el hambre, el analfabetismo, el atraso, la frustración. No es todos los Menems, Gavirias y Fujimoris que hemos tenido que soportar. No es ese pan que "en la puerta del horno siempre se nos quema", como lo dijo con tanta hondura César Vallejo.

América Latina también es su feroz batalla por adquirir voz propia, por alcanzar la autonomía y la mayoría de edad que le permite verse a sí misma y enfrentarse sin la cabeza gacha ante los imperialismos. Este continente también es sus pensadores, sus artistas, su cultura, sus revolucionarios. Y también sus seres proteicos, "hombres magistrales, héroes verdaderos de nuestra vida moderna, verbo de nuestro espíritu y creadores de vida espiritual", según los denominó Pedro Henríquez Ureña. Uno de ellos fue Ángel Rama (1926-1983), ese gran uruguayo y gran americano.

A Rama lo mató una empresa de aviación colombiana en 1983. Han pasado más de veinte años desde ese suceso, pero es como si hubieran pasado cien. Rama ya no existe. Salvo en cerrados círculos académicos -y tediosamente literarios- donde su nombre se pronuncia con la pompa -y la hipocresía correspondiente- que se le da a los muertos célebres, el legado de Rama -que no son sus libros, exclusivamente, sino su perfil intelectual y político, su heroísmo bolivariano y martiano, su amor y devoción por este territorio que va del Río Bravo a Tierra del Fuego- está en el sótano de la historia intelectual del continente. Pareciera que en América Latina el presentismo, las modas intelectuales, los babosos figurones mediáticos borran todo. Abrumados por el exceso de información intrascendente, proveniente de la televisión y el internet, se vive no en la realidad sino en un reality.

De estar vivo, ¿qué actitud tendría Ángel Rama ante este show? Seguramente no la que le adjudicó Beatriz Sarlo, según la cual Rama se dirigía, inevitablemente, hacia los llamados "estudios culturales", esto es, la literatura incrustada dentro de la comunicología. Rama no era tan precario ni tan previsible para pronosticarle semejante fin. Para un hombre que a los quince años adoptó como lema la frase de Martí que su hermano mayor pegó en la puerta de su cuarto -"El que tolera la infamia y la codea en paz, es un infame; abstenerse no basta, se ha de luchar contra ella"-, habría que suponer otro destino, otra disposición, otro ethos. Ángel Rama fue un hombre de utopías, pero supremamente asentado en la realidad histórica. Formado en las lecciones político-históricas de Domingo Faustino Sarmiento y de Manuel González Prada, pero también en sus queridos marxistas Antonio Gramsci, Georg Lúkacs, Galvano Della Volpe y, en los últimos años de su vida, Walter Benjamin, no resultaba fácil estafarlo. Rama hace honor a la frase de Musil según la cual donde más seguro se está es donde más rápidamente hay que huir. ¿Probablemente la docencia sería el refugio? "Moriré enseñando", dijo alguna vez. ¿Pero enseñando qué? ¿Dando cursos a diez estudiantes sobre el decadente García Márquez? ¿Comiendo del best seller latinoamericano de la hora? ¿Esperando el empujón de algún político uruguayo o, vaya a saber de qué país latinoamericano, para escalar en la jerarquía de algún ministerio de cultura o de educación?

No. Rama fue siempre un outsider, un foquista. Para donde iban todos, él no iba. Cuando se esperaba que iniciara una carrera de novelista o de dramaturgo o de profesor universitario, en el Montevideo de mediados del siglo XX, él ya estaba en otra cosa. Estaba consolidándose como el mejor crítico literario del continente, pero sobre todo, formándose como ciudadano latinoamericano en la misma dirección, pero en un horizonte intelectual, que asumía otro hombre que se hallaba en la mitad de la selva boliviana, intentando redimir generaciones que habían sufrido el oprobio de la injusticia.

Rama era radical de espíritu y feroz con los conformismos. Ni las persecuciones de las dictaduras latinoamericanas, ni el atropello del poder que sufrió en Estados Unidos que lo expulsó acusándolo de subversivo, ni las enfermedades, ni los reveses políticos lo minaron convirtiéndolo en un aislado homme de lettres o, peor, en una figura mediática de la cultura. No sabemos -no tenemos vanidades de videntes- dónde estaría hoy y haciendo qué, pero es seguro que no estaría como un cómodo pensionado de la elite cultural rememorando un pasado glorioso, sino tronando contra la estupidez y la mediocridad de la época, contra el fin de la historia, contra los neoliberalismos de diverso cuño, contra los figurones -inclusive algunos de sus amigos- que se apoderaron del panorama literario latinoamericano, liquidándolo. Estaría, vigoroso y lúcido, materializando proyectos para reconstruir la historia cultural de nuestros atropellados países, entusiasmando a los jóvenes alumnos a leer y a estudiar los momentos claves de cinco siglos de literatura continental, escribiendo y publicando con mayor prolijidad que antes.

Todavía no hemos hecho un balance de lo que perdió América Latina con la muerte súbita de Ángel Rama en 1983, cuando se dirigía hacia Bogotá a participar en un peregrino congreso sobre la generación del 27. Sin duda perdimos un modelo de ciudadanía y de solidaridad latinoamericanista, un perfil valeroso proveniente de la gran tradición intelectual fundada por el padre de Las Casas y que halló cauce en Andrés Bello, Alfonso Reyes y José Luis Romero, entre los más relevantes; un epos, es decir, un ansia de estudiar en su totalidad y poner en claro el pasado y el destino del continente... Una actitud política: rigor y crítica contra lo que el poder pretende que sea permanente.

 

La construcción del crítico

Alguna vez Ángel Rama dijo: "Uruguay made me" y no se equivocaba. Hoy esa Uruguay no existe sino en el recuerdo, y Rama que tenía un tino único para denominar cosas, libros, escritores, llamó a la época que lo vio nacer y que lo formó "Generación crítica". En efecto, esos años que van de 1939 a 1969 lo marcaron. De los rescoldos del batllismo a la dictadura militar. De esa Suiza de América al infierno:

Todos, poetas, narradores, ensayistas fueron poseídos por el espíritu crítico, fueron escritos por el tiempo, por la urgencia con que la sociedad se había enzarzado en su autoescudriñamiento, luego de un largo periodo alegre y confiado, hasta no dejar resquicio para otra consideración valorativa.1
Esa actitud crítica, ese ethos que desconfía ante las certezas fácilmente compartidas, ese ethos caracterizado por la solidaridad, la nobleza y la pasión, como la denominó Rafael Gutiérrez Girardot,2 tuvo su origen en la educación recibida en la niñez y en la adolescencia. Proveniente de una familia de inmigrantes gallegos que se habían asentado en Montevideo durante el periodo aluvional de comienzos del siglo XX, de padres inconformistas que vivieron con dolor la derrota de los republicanos españoles, y de una escolarización pública de calidad, Rama alimentó prontamente un espíritu deseoso de aprenderlo todo. A ello contribuyeron su hermano Carlos -rebelde y futuro historiador del anarquismo- y un ambiente presto a discutirlo todo. A los trece años Rama, aguzado y desordenado lector de obras clásicas y otras no tanto, leyó su primer ejemplar de Marcha, el famoso semanario uruguayo y quedó atrapado para siempre en la urgencia del debate público, en la información cosmopolita y en una actitud defensiva ante cualquier provincianismo.

Finalizando la adolescencia, creyó tener vena de actor o al menos de dramaturgo y a ello se entregó. Las urgencias de la hora -tan sintomáticas a lo largo de la vida de Rama- le exigieron tomar otro rumbo. Sus dotes de buen lector -Rama fue capaz a lo largo de su vida de leer un libro de quinientas páginas en un día- lo llevaron a reseñar libros para periódicos de Montevideo y luego a traducir noticias del francés, idioma que había aprendido para leer en el idioma original a sus autores preferidos.

Una vocación, un espíritu crítico se construía mientras aceptaba la misión de ser maestro de literatura, primero en colegios y luego en universidades. Pero eso no bastaba. Rama era hiperactivo ("Se sospecha que nunca duerme", dijo de él Carlos Real de Azúa) y mientras se vivía en los años cincuenta una resurrección del nacionalismo y del espíritu latinoamericano, se convirtió en editor. Ya tenía la conciencia de que su tarea no era local y que su dimensión era latinoamericana.

Entre 1951 y 1958 es el director técnico de la colección Artigas y publica cincuenta y ocho volúmenes de clásicos uruguayos. En 1953 escribe su primer artículo sobre Martí, en 1955 viaja con su primera esposa Ida Vitale a estudiar a París, en la Sorbonne y en el Collège de France, con Marcel Bataillon, Fernand Braudel y Roland Barthes. En 1956 no pasa por alto una obra que defenderá siempre, Los ríos profundos, de José María Arguedas. En 1957, ya de nuevo en Montevideo, hace amistad con una de sus grandes devociones literarias, Juan Carlos Onetti (de quien escribirá un magnífico prólogo en 1967 a su primera obra, El pozo). En 1959 es elegido director de la sección literaria de Marcha (hasta 1968 lo será) la que renovó, incorporándole una perspectiva histórica latinoamericanista. Ese mismo año, un grupo de guerrilleros dirigidos por Fidel Castro y Ernesto Guevara derrocan al dictador cubano Fulgencio Batista y declaran la revolución socialista en Cuba. Nada de esto es ajeno al inquieto espíritu de Ángel Rama. El mundo es otro. Una nueva época ha comenzado y él va a ser uno de sus principales intérpretes y activistas.

En 1963 se publican dos obras maestras de la literatura latinoamericana, Rayuela de Julio Cortázar y Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante. En 1967 la Editorial Sudamericana de Buenos Aires lanza al mercado una primera edición de diez mil ejemplares de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, un autor al que Rama identificó como un maestro de las letras en castellano ya desde 1955, ¡cuando leyó su primera novela! En 1973 también Uruguay estalla y cae en manos de la dictadura militar. Y en 1974 son allanadas las instalaciones del semanario Marcha obligando a su cierre. Finaliza la época de la generación crítica. Se avecina una época de horror y exilio.

Hoy, cuando no existen semanarios independientes como Marcha y nos toca resignarnos a los diarios locales repletos de intereses políticos, ideológicos y económicos, no alcanzamos a imaginar cuánto significó el semanario uruguayo para muchos jóvenes latinoamericanos que lo tenían por lazarillo político e intelectual. José Miguel Oviedo, el reconocido crítico literario peruano, escribió al respecto:

Marcha nos daba precisos análisis políticos de América Latina, una visión ilustrada del acontecer mundial y una imagen dinámica y estimulante de la cultura, especialmente de la latinoamericana [...] En sus columnas la unidad latinoamericana era una realidad: leímos textos de o sobre Neruda, Borges, Parra, García Márquez, Martínez Moreno, Onetti, Carpentier, Benedetti, Vargas Llosa y tantos otros, sin olvidar a los grandes nombres europeos, a los clásicos, a los maestros de la literatura oriental, a los escritores de la "onda" mexicana o a los "concretos" brasileños. Cuando Marcha fue clausurada por el gobierno, un espeso trapo negro cayó no sólo sobre la vida uruguaya, sino sobre todo el horizonte intelectual de América.3

En su segunda época, Marcha fue fundada por Carlos Quijano4 en 1939 y sobrevivió 35 años. El modo como la ven hoy quienes participaron en ella dice mucho de la importancia de la publicación: "A Marcha y a Rama les debemos en gran medida nuestra idea actual de la literatura latinoamericana" (José Emilio Pacheco). "Cuando la crisis llegó, y con furia soplaron los vientos de la verdad, Marcha nos dio, a todos, claves decisivas para superar la perplejidad y actuar" (Eduardo Galeano).

No podríamos comprender la "lección intelectual de Ángel Rama" (Rufinelli) sin Marcha. Allí se educó, creció y ayudó a crear una conciencia histórica, comprometida con la historia y el devenir del continente. Comparando su tarea con Emir Rodríguez Monegal quien también dirigió la sección literaria del semanario, aclaró Rama:

A mí me correspondió reinsertar la literatura dentro de la estructura general de la cultura, lo que fatalmente llevó a un asentamiento en lo histórico y a operar métodos sociológicos que permitieran elaborar esa totalidad, reconvertir el crítico al proceso evolutivo de las letras comprometiéndolo en las demandas de una sociedad y situar el interés sobre los escritores de la comunidad latinoamericana, de Carpentier a El Techo de la Ballena, de García Márquez a Vargas Llosa. Fue también la lección del tiempo porque la revolución cubana, la apertura del nuevo marxismo, el desarrollo de las ciencias de la cultura, las urgencias de la hora, marcaban nuevos derroteros.5

En casi cuarenta años de trabajo intelectual, entre 1946 y 1983, Ángel Rama escribió 17 libros, 1.477 ensayos (¡41 por año!), aparece como colaborador en ciento dos revistas, participó como fundador en cinco, fue oído como conferencista o profesor en cerca de cuarenta instituciones académicas y universidades de América Latina, Estados Unidos, Francia y España, visitó intermitentemente veinte países hablando de literatura latinoamericana, fue acogido como exiliado en tres de ellos, se casó dos veces, tuvo dos hijos, sufrió dos infartos que casi lo matan, ideó cuatro grandes proyectos editoriales de los que quedan más de 300 libros, pero no alcanzó a escribir el libro total, mallarmeano, sobre la literatura de América Latina con el que soñaba.

Ver la agenda docente de Rama en un año -escogimos al azar 1970- es una revelación de su poderosa vitalidad y de lo abigarrado de sus intereses intelectuales:

Aún no recuperado de una endocarditis se traslada junto con su esposa Marta Traba a Puerto Rico. Allí llega en calidad de profesor visitante en la Universidad de Río Piedras. En el primer semestre dicta dos cursos de posgrado: "La poesía hispanoamericana del modernismo a nuestros días" y "Metodología de la literatura". Simultáneamente se hace cargo del ciclo de conferencias: "Cinco grandes de la literatura uruguaya contemporánea", organizado por la misma facultad. Participa, con Marta Traba, René Marqués y P. Juan Soto, en el foro: "La función del escritor en América Latina". En el ínterin realiza una visita muy breve a Colombia para dar un ciclo de conferencias sobre literatura hispanoamericana, organizado por la Extensión Cultural de la Universidad Nacional de Colombia. A fines de mayo regresa a Montevideo donde sigue dictando cursos -ahora trimestrales- en la Facultad: "La novela regionalista y social: Azuela, Rivera, Gallegos" y "Técnicas narrativas en la novela hispanoamericana actual", y continúa con la dirección de la Revista iberoamericana de literatura, publicada por su departamento. En agosto regresa a Puerto Rico y de inmediato retoma sus actividades docentes...6

La detallada cronología y bibliografía7 que elaboraron con esmero Carine Blixen y Álvaro Barros Lémez en 1987 nos revelan un Ángel Rama proteico, un profesor entregado a la causa americana, un intelectual absolutamente convencido de que la Patria de la Justicia -como llamó Pedro Henríquez Ureña a nuestra América-, bien merecía una enciclopedia memorable como la fundada por D'Alambert y Diderot o la Britannica. Parte de ese enciclopedia continental son los ciento diez libros que alcanzó a editar en la Biblioteca Ayacucho de Venezuela entre 1974 y 1983.8

Rama no creía que la crítica fuera un ocioso ejercicio de petulancia universitaria (las conocidas jergas autistas que luego de su muerte se apoderaron de las facultades de literatura desde México hasta Argentina), o un mero ejercicio de datar los nuevos libros que las editoriales lanzaban al mercado. Tampoco hubiera compartido el juicio de Terry Eagleton según el cual: "la crítica carece de toda función social sustantiva: o es parte de la división de relaciones públicas de la industria literaria, o es un asunto privativo del mundo académico".9

Para Rama la crítica cultural, y particularmente la crítica literaria, constituía un corpus central dentro de la institución literatura, es decir, de la representación ficcional o ensayística de nuestras sociedades, y a su vez, suponía una toma de postura política a favor de una constitución de identidad, de búsqueda de construcción de sentido de una historia permanentemente aliada con el caos, la pobreza, la improvisación. Una historia manchada por la persecución o el envío al ostracismo de los pocos intelectuales que intentaban retenerla en sus obras. De un modo elegante, pero enfático, lo dijo:

Ocurre que si la crítica no construye las obras, sí construye la literatura, entendida como un corpus orgánico en que se expresa una cultura, una nación, el pueblo de un continente, pues la misma América Latina sigue siendo un proyecto intelectual vanguardista que espera su realización concreta.10

Ángel Rama desde sus inicios tuvo una actitud borgiana, cosmopolita, ante el conocimiento. No lo arredraba enfrentarse a estudiar nada y si era más vasto, mejor: revisar toda la literatura gauchesca para verificar una hipótesis, hacer un balance de la novela hispanoamericana desde sus inicios, presentar las últimas obras de la literatura norteamericana contemporánea, reseñar una obra de teatro vista la noche anterior, organizar y escribir las notas para un seminario sobre la universidad en América Latina, corregir un extenso prólogo (que luego se convertiría en un libro de culto) dedicado a Rubén Darío. ¡Tuvo tiempo -como lo señaló el dramaturgo Arthur Miller- para enfrentarse al Departamento de Estado de los Estados Unidos en una batalla legal agotadora, y no menos memorable, cuando le fue negada la residencia en ese país!

En Rama se pueden aplicar, pues, los versos que Jorge Luis Borges escribió en homenaje de Alfonso Reyes: "... la indescifrable providencia/ Que administra lo pródigo y lo parco/ Nos dio a los unos el sector o el arco/ Pero a ti la total circunferencia."

 

El método Rama o la utopía como dirección

¿Cómo enfrentaba Ángel Rama la cultura literaria de América Latina? Es claro que no le interesaban los escritores como individuos.11 Tampoco le convencían las anécdotas de salón literario que hoy se volvieron plaga (incluso no habló de ello cuando fue agraviado por Borges en el affaire de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires), gracias a Cobo Borda, García Márquez y Octavio Paz, tan intimistas y narcisos. Pero tampoco le era suficiente leer las obras en sí mismas. Le interesaba el corpus, el proceso de formación de un autor. No le bastaba con leer una obra de un autor: las leía todas. Cuando ofuscado resaltó, con razón, el valor del peruano José María Arguedas, no vaciló en estudiarlo durante dos años, dedicarle un ensayo extenso y compilarlo en dos antologías. Algo que incluso no habían hecho los propios críticos peruanos.

Resulta injusto, entonces, que en una peregrina historia del ensayo hispanoamericano,12 José Miguel Oviedo iguale a Ángel Rama con Emir Rodríguez Monegal. Rama es mucho más que Rodríguez Monegal. Basta de comparaciones respetuosas, pero imprecisas. Las intenciones y los logros de uno y otro son diferentes, absolutamente. Rama proviene y renueva una tradición intelectual de cuatro siglos que se inicia con la crítica radical del padre de Las Casas al holocausto indígena; Rodríguez Monegal es un epígono de Borges (lo llama cursimente Georgie en un libro) y de la señora anglófila directora de Sur.

Esta furia épica, ambiciosa sin duda alguna, de reconstruir la historia literaria latinoamericana y ver en ella los vectores transversales de una cultura poderosa, seguramente le exigió cambios drásticos de rumbo y reflexiones, tanto personales como históricos, que luego se convertirían en actos de fe, en tareas asumidas con devoción. Habría que comenzar el trabajo de rastrear la génesis de Rama y contar con una edición crítica de sus primeras notas literarias, escritas hacia 1947 -en Clinamen, en Marcha-, para verificar el modo como en él, progresivamente, se van dando saltos enriquecedores de un proceso, cuyos resultados le permiten consolidar un aparato conceptual cada vez más denso que lo llevaría a romper con el localismo habitual de las primeros análisis de un crítico y pasar a una visión de conjunto de los problemas de América Latina y del Caribe.

Revisar con cuidado filológico esas primeras notas en las que presentó y analizó para los lectores montevideanos obras como el Martín Fierro, autores como Albert Camus, y eventos como una exposición sobre Goethe en la Biblioteca Nacional de Montevideo en 1949. Acompañarlo en su educación literaria cosmopolita durante los años cincuenta (Gide, Juan Goytisolo, Steinbeck, Heinrich Mann, Ibsen), al tiempo que va tejiendo, aún en desorden, el tapiz de la literatura de nuestra América: César Vallejo, Martí, Vaz Ferreira, el primer Donoso. Hasta el momento en que comienza la elaboración de sus grandes panoramas, ese desenfrenado deseo de aprehender de un solo manotazo las coordenadas que ajustaban las manecillas del reloj hispanoamericano: sus brillante ensayos "Diez problemas para el novelista latinoamericano" (1962), "Literatura y revolución" (1972), y "El boom en perspectiva" (1979).

¿Existe un método Rama de hacer crítica literaria? No resulta fácil contestar. Existe un marco hermenéutico de interpretación del corpus literario hispanoamericano, que él construyó sobre todo en los años setenta al compás de los sobresaltos históricos y políticos de la época, pero no es un marco cerrado al modo de los estructuralistas franceses. Rama no es Greimas, ni ningún apóstol seguidor de los estructuralismos. Su método inicial era hacerse una pregunta problémica (habitualmente desmesurada) y comenzar a leerlo todo para empezar a responder con hipótesis. Un alumno suyo en la Universidad de Maryland lo describió muy bien:

Un artículo o una clase de Rama era una búsqueda de ruptura de falsos moldes, fronteras arbitrarias y divisiones innecesarias. El análisis de un cuento de García Márquez, de Borges o de Onetti, de un poema de Martí, Vallejo o Líber Falco, daba pie para hacer un recorrido por la pintura, el teatro, el cine, la escultura, la arquitectura, o cualquier otra manifestación cultural humana. A la vez, para su incorporación al escenario mayor de la sociedad en que ese texto era producido.13

Es un marco, llamémoslo de modo general, cultural, integrador. Si bien Rama leyó muy bien a los "críticos mayores" de las décadas del cuarenta y el cincuenta (Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Mariano Picón Salas, Alberto Zum Felde, Sílvio Romero), no vaciló en distanciarse: valorar los aportes, pero comprender que una nueva época -"el jardín que nos tocó en suerte", como solía decir- exigía otro marco interpretativo. La crítica de Rama es una suma, en sentido hegeliano, de asunción del legado de la tradición, más la elaboración de una voz propia: "Por lo tanto, no había otro modo de leer la literatura que sobre el marco histórico de nuestras vidas, el cual, fuera de toda restricción partidista o doctrinaria, me acostumbré a designar como el de la cultura que construye un pueblo en las circunstancias que le han tocado".14 Aprender a leer con Rama es, pues, aprender a leer desde una perspectiva humanista, militar en la totalidad, desafiar críticamente a los textos intentando ver lo que está detrás de ellos, construir puentes dialécticos con los autores y con el contexto histórico en que sus obras surgieron.

Sus dotes de crítico siguen constituyendo un modelo de interpretación y de mirada de la literatura: todos los ensayos recogidos en esta antología lo comprueban. Sabe identificar una obra maestra y reconocer por qué,15 sabe ubicar el valor de un autor,16 regaña cuando toca, determina con habilidad el momento clave en que un proceso histórico-literario es alterado por una circunstancia.17 Si bien sus dotes estilísticas fueron cuestionadas algunas veces,18 en otras logra una limpieza conceptual rigurosa. No temió a la polémica (recuérdese las que tuvo con Vargas Llosa, con la elite cultural comunista de Cuba, con Rodríguez Monegal, e incluso las políticas que precedieron su expulsión de Estados Unidos), pero sobre todo no temió enfrentarse a los obras literarias que consideraba hacían parte del patrimonio de la red cultural que era América Latina.

No había límites para su hambre de conocimiento. Así lo revela, por citar un caso específico, su actitud ante el Nobel colombiano. En el colmo de la devoción y el respeto por la obra de Gabriel García Márquez, aprovechó un viaje de conferencista hecho a Bogotá a finales de los años sesenta, para iniciar una original expedición etnográfica hasta Barranquilla y Cartagena, en busca de las raíces del afamado autor de Cien años de soledad. Descubrirlo cuando era nada, un anónimo periodista en Bogotá y luego en la costa atlántica. Rama se encerró en las bibliotecas a leer número por número los ejemplares de los periódicos El Espectador, El Heraldo, El Universal donde García Márquez había escrito columnas, artículos y reportajes entre los veinte y los treinta años, intentando conocer el entorno de la literatura que lo generó (el grupo de Barranquilla, la literatura de la violencia, la revista Mito), las primeras críticas que recibió de parte de Hernando Téllez y de Ernesto Volkening, los escarceos y búsquedas desesperadas que permitieron la final elaboración de esos que Rama consideraba tres tesoros de la literatura latinoamericana: La hojarasca, La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba.

Hoy, cuando se ve de muy mal gusto ser marxista y como una manifestación de la alienación contemporánea -en la novela El fin de la locura (2003), el mexicano Jorge Volpi lo retrata así-, hay que reconocer que Ángel Rama lo fue. En un sentido libertario, allegado a un marxismo humanista, no dogmático o afiliado a ningún partido, mediado por la gran tradición de la literatura de resistencia hispanoamericana, desde Simón Rodríguez hasta Manuel González Prada.

Para Ángel Rama, América Latina no era una extensión geográfica escindida en países. Rama fue venezolano, puertorriqueño, mexicano, colombiano, uruguayo. Sentía que la unidad latinoamericana no era un eslogan oportunista, sino un tributo a una historia compartida, repleta de contradicciones y frustración, pero también rica en frutos culturales y literarios, merecedora de una segunda oportunidad. Una oportunidad firmemente anclada en la utopía.

 

Carlos Sánchez Lozano (Colombia)
Crítico literario colombiano. Ha sido colaborador, entre otras, de las revistas Número, El malpensante y Revista Universidad de Antioquia. Una parte de sus ensayos y reseñas se encuentran reunidos en Página 34. Opiniones de una década (1998). El presente artículo es el prólogo al libro Crítica literaria y utopía en América Latina, antología sobre Ángel Rama, que será próximamente publicado por la Editorial Universidad de Antioquia en su colección "Clásicos del pensamiento hispanoamericano".

 

Notas

1RAMA Ángel. La novela latinoamericana 1920-1980. Bogotá: Procultura, 1982, p.13.
2 GUTIÉRREZ GIRARDOT Rafael. "Ángel Rama: nobleza y pasión", en Texto crítico, Nos. 31-32/1985, Xálapa, p. 99.
3 OVIEDO José Miguel. "Ángel Rama o la pasión americana", en Texto crítico, Ibíd, p. 90.
4 Un elogioso homenaje hace Rama a su maestro Carlos Quijano en el ensayo "Uruguay: la generación critica (1939-1969)", incluido en esta compilación: "Quien cumplió la más vasta labor magisterial fue un hombre que no pertenecía a la literatura, pero dio la tónica del espíritu de una época a través de una paciente, a veces furiosa, siempre documentada y aguda tarea editorial: Carlos Quijano". Quijano, continúa Rama, enseñó a pensar con claridad, afirmó su acción política en el nacionalismo interior y el hispanoamericanismo exterior, en incesante pugna con el enemigo imperial, los Estados Unidos. Economista y político, Quijano fue el maestro que sentó las bases de una cultura independiente y crítica, enfrentada al poder oficial y abierta a la otra realidad: el país y el continente del futuro.
5 RAMA Ángel. La riesgosa navegación del escritor exiliado. Montevideo: Arca, 1993, p. 10.
6 RAMA Ángel. La crítica de la cultura en América Latina. Caracas: Biblioteca Ayacucho, vol. 119, 1985, p. 389.
7 BLIXEN Carina, BARROS LÉMEZ Álvaro. Cronología y bibliografía de Ángel Rama. Montevideo: Fundación Ángel Rama, 1986, pp. 39-40.

8 La justificación de la colección es todo un manifiesto político de Rama: "La Biblioteca Ayacucho fue concebida inicialmente como una biblioteca cerrada cifrada en unos quinientos tomos, que recogiera la vigencia del legado civilizador de América Latina, desde los textos precolombinos hasta nuestros días, mediante una selección de autores y de obras fundamentales en las variadas disciplinas de las letras, la filosofía, la historia, el pensamiento político, la antropología, el arte, el folklore y otras... Esta vasta recuperación del pasado, en gran parte perdido u olvidado, es un intento revolucionario de construir la visión utópica de un continente". Ibíd. Blixen, Barros Lémez, p. 50. Luego de la muerte de Rama, en mucho se desvirtuó el sentido de la colección.
9 EAGLETON Terry. La función de la crítica. Barcelona: Paidós, 1999, p. 9.
10 Ibíd. La novela latinoamericana 1920-1980, pp. 15-16.
11 "Si nunca he podido soportar la vanidad difundida entre quienes son meros aprendices, es porque nunca me han interesado los autores, sus pequeñas historias y sus gloriolas efímeras, que oscurecen su yo profundo, sino la belleza, la verdad, el placer de las obras de arte, como si no tuvieran autor, como si fueran escritas por la Historia, o la Sociedad, o Dios, por todas las mayúsculas ignotas, y quedaran para nuestro esplendoroso regocijo escritas en la eternidad". Ibíd. La novela latinoamericana 1920-1980, p. 12.
12 OVIEDO José Miguel. Breve historia del ensayo hispanoamericano. Madrid: Alianza, 1990, pp.136-137.
13 Ibíd. Cronología y bibliografía, p. 87.
14 Ibíd. La novela latinoamericana 1920-1980, p. 13.
15 cfr. Su ensayo sobre La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa: "Concluida la lectura de las 549 páginas de La guerra del fin del mundo, dos conclusiones se imponen: es artísticamente una obra maestra y con ella ha quedado consolidada la novela popular culta en América Latina [...] A la intensidad, amplitud y coherencia del proyecto y a la soberana sapiencia narrativa, debe atribuirse que América Latina alcance su Guerra y paz, aunque con cien años de atraso, haciendo de su autor nuestro mayor clásico vivo".
16 "Cortázar ha removido formas anquilosadas y no ha cesado de abrir puertas creativas. Ha apostado a las energías inventivas de los hombres, a la plena efusión de todas sus facultades, a la indesarraigable capacidad para imaginar y construir el futuro. Por eso ocupa un puesto central en la literatura y en la cultura de América Latina". Cfr "Julio Cortázar, constructor de futuro"
17 Cfr. su balance de la visión del mundo indígena hecho por José María Arguedas: "Su conocimiento del folklore y su personal trato con las formas estéticas, le permitió ver que existía una similitud entre determinadas conformaciones estéticas y muy precisas cosmovisiones de los grupos sociales". Prólogo a Formación de una cultura nacional indoamericana.
18 Cfr. las anotaciones que hacen Tomás Eloy Martínez "El lenguaje tropezaba con demasiados adverbios de modo, que no terminaban de abrirse paso en la red de oraciones subordinadas" y José Miguel Oviedo: "tenía largos y sobrecargados periodos de trabajosa densidad conceptual". En La crítica de la cultura en América Latina, p. 40 y Breve historia del ensayo hispanoamericano, p. 137.


 


20.5 x 27 cm. 140 pp. / ISSN: 0120-2367
$9.000 - US$20


 

 
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