REVISTA U. DE A.
BÚSQUEDA
ANTICIPOS
DISTRIBUCIÓN Y VENTAS
FERIAS Y EVENTOS
CONTÁCTENOS
NOVEDADES

 

 

   

 

OTRAS PUBLICACIONES
PUBL. ANTERIORES
TEXTOS COMPARTIDOS
 
-Institucional | Guía para Autores | Convenios-Colecciones | Imprenta | Sitios de Interés | Cursos

  Editorial Universidad de Antioquia

Revista Universidad de Antioquia

Año 2005 | Año 2004 | Año 2003 | Año 2002 | Año 2001 | Año 2000




 

Revista No. 277 / Julio - Septiembre

Las mujeres en la guerra: una historia por contar
Elsa Blair T. - Yoana Nieto V.

A modo de introducción
¿A qué desafíos de la investigación en género y violencia obliga el fenómeno inquietante de las mujeres en la guerra? La pregunta cobra pertinencia cuando descubrimos que, a juzgar por las referencias históricas que encontramos, el fenómeno no es nuevo.1 Tampoco parece, en el mundo de hoy, un fenómeno marginal: la conflictividad contemporánea habla de un incremento en la participación femenina en diferentes guerras. Múltiples y diversas razones confluyen para hacer de éste un fenómeno de gran actualidad. ¿Por qué y cómo están participando las mujeres en la guerra? ¿De qué roles "guerreros" estamos hablando? ¿Qué ha cambiado de la guerra misma con esta participación? ¿Qué implica esta incursión de las mujeres en un mundo concebido tradicionalmente como "masculino"? ¿A qué le apuestan las mujeres en la guerra?

La reflexión al respecto se ha nutrido enormemente de cierta literatura de carácter testimonial, producida por mujeres excombatientes de diferentes guerras, que recrearon su experiencia pensándose a sí mismas.2 A ella se ha sumado el interés de algunos organismos internacionales, organizaciones feministas y ONG's3 en recoger experiencias femeninas de guerras recientes, que han contribuido también a alimentar la reflexión y con su difusión han ayudado a darle un importante carácter al fenómeno y a los testimonios.4 A través de esta literatura hemos podido, identificar e ilustrar algunos de los aspectos de esta participación femenina en las guerras. El desafío ahora, en términos teóricos e investigativos, es analizar estas nuevas realidades y sugerir marcos interpretativos capaces de dar respuesta a los múltiples interrogantes que ellas plantean. Porque si bien los testimonios empiezan a caracterizar el fenómeno de las mujeres en la guerra, las explicaciones al respecto son todavía precarias.

Un recorrido rápido por alguna literatura testimonial5 nos permite hacer una somera caracterización de las condiciones en las cuales se da esta participación femenina. Lo primero que resalta es que la vinculación de las mujeres a los ejércitos se da, mayoritariamente, por la vía de los grupos irregulares -guerras revolucionarias, insurgentes, de liberación- más que a través de los ejércitos regulares. No obstante, se ha dado también un incremento de la participación femenina en las fuerzas armadas regulares de diferentes países. Ese incremento no sólo atañe al número de integrantes, sino también a los ámbitos donde esa participación se produce. Hoy las mujeres aspiran y logran el acceso a posiciones que antes les estaban vedadas. El gobierno canadiense, por ejemplo, permitió en 1987 a las mujeres entrar en las líneas de combate, convirtiéndose en el único país occidental que ha implementado una campaña de reclutamiento dirigida a las mujeres, con el fin de entrenarlas como soldados de combate (Ham, 2000: en línea). Hasta el año 2000 se habían incorporado como soldados de batalla al ejercito de dicho país alrededor de cien mujeres, que han prestado servicio en las Fuerzas de Paz de la ONU en Bosnia, Congo y Ruanda. Así mismo, en otros países hay demandas de las mujeres para lograr ser combatientes en diferentes ejércitos. Australia, por su parte, contempla el ingreso de mujeres en el SASR,6 la unidad de combate más importante de dicho país. Australianas como la mayor Robin Fellowes ya han superado el curso de resistencia, prueba que según un oficial del ejercito australiano no han podido superar muchos hombres (Ham, 2000: en línea).

En junio del 2000, varios periódicos internacionales hicieron referencia al debate en el Reino Unido sobre la posibilidad de probar a las mujeres en ejercicios de combate, para evaluar su capacidad de desempeñarse en las líneas del frente e incorporarlas a las unidades de infantería, como ya habían hecho los ejércitos de países como Estados Unidos, Canadá, Holanda, Noruega, Israel y Eritrea, en los que las mujeres ya han participado en combate junto a los hombres (Should women..., 2000: en línea).

Con todo, lo más relevante desde este punto de vista es que pese a la incursión femenina en ese mundo masculino de la guerra y a la reciente apertura de algunos espacios para las mujeres en éste, las relaciones patriarcales de sumisión y sometimiento a los hombres parecen no haber variado sustancialmente. A ello se refieren los relatos de mujeres excombatientes que desde su experiencia dan cuenta de la imposibilidad de acceder a posiciones de poder, de su exclusión de los espacios de toma de decisiones, de la reducción de su participación a tareas logísticas o de apoyo, entre otros. Es como si en las guerras existieran las mujeres siempre y cuando mantengan "su" lugar: el del sometimiento a la autoridad masculina. Las experiencias femeninas internacionales no hacen más que corroborar este marco de posibilidades y cuando, excepcionalmente, aparecen otros horizontes de participación para las mujeres, las consecuencias son inevitables: son calificadas como lo "no natural", el caso extremo y lo excepcional.

Nuestras preguntas empiezan a trascender ese orden de interrogación -es decir, lo que hasta ahora se conoce del fenómeno- para ahondar en otros aspectos de éste que, a juzgar por la literatura revisada, no han sido hasta ahora muy explorados, y que, más allá de argüir la "igualdad" entre los sexos como razón de ser de esta participación, amplían el espectro de las razones que pueden llevar a las mujeres a unirse a los ejércitos en calidad de combatientes. Si la guerra sigue siendo un espacio de sometimiento y sumisión de las mujeres a los hombres, ¿por qué crece -y en grandes proporciones- su participación en ellas? Es sobre el carácter de esta incursión y esta participación que queremos interrogarnos aquí. Pues los significados dados a dicho ingreso pueden ir desde el sentido político que le adjudican a su lucha y a su experiencia particular,7 hasta razones de orden más personal que público, no necesariamente ligadas al deseo de la igualdad con los varones.

 

Las mujeres en la conflictividad contemporánea

[...] ser mujer era favorable para poder participar en el conflicto, por una razón: era más fácil acercarse al enemigo [...] el enemigo nos menospreciaba, pero nosotras infiltrábamos sus filas con mayor facilidad que los hombres.
Xot, guerrillera del Vietcong

Como lo evidencia el anterior testimonio, desde el principio la diferencia se instala en la guerra como determinante de significaciones y de prácticas, esta vez señalando la ventaja táctica de ser mujer para infiltrar al enemigo. ¿Qué otras ventajas tendrían las mujeres en esta participación? ¿Qué elementos de las guerras recientes nos permiten encontrar la significación que las mujeres le dan hoy a la guerra?

Antes de incursionar en la pregunta por las mujeres en las guerras contemporáneas, valdría la pena mencionar, someramente, la dimensión del fenómeno bélico hoy en el mundo. Para 1995 decía J. A Sluka (1995) que existían ciento veinte conflictos armados a nivel mundial; mientras Waldmann (1999) afirma que después de concluida la II Guerra Mundial sólo ha habido un mes de relativa paz: septiembre de 1945. Salvo este período, siempre ha existido alguna guerra en alguna parte del globo, ya sea interna o internacional.8 Lo más interesante, sin embargo, es el cambio en el carácter de las confrontaciones. Según este autor, el concepto de guerra como ha sido concebida tradicionalmente, no puede aplicarse a las guerras actuales, en su mayoría guerras civiles donde, más que confrontación entre grupos armados, la población civil es la directamente implicada. Mary Kaldor (2001), por su parte, aporta consideraciones de tipo teórico para las "nuevas guerras". Estas guerras actuales son nuevas, dice Kaldor, en tanto tienen diferencias sustanciales con las anteriores. Son nuevas en sus objetivos, sus métodos de lucha y sus modos de financiación. Pese al carácter político que tienen, ellas implican un desdibujamiento de las distinciones tradicionales entre guerra, crimen organizado y violaciones a gran escala de los derechos humanos. Civiles, privadas, internas, de baja intensidad, son algunos de sus calificativos. Lo que es cierto es que se trata de guerras de la era de la globalización (Kaldor, 2001: 18).

Salimos, pues, de la era bipolar de la confrontación entre las dos potencias, para pasar a la multipolaridad de la guerra. ¿Tiene alguna relación el cambio en el carácter de la confrontación actual con el incremento de la participación femenina? ¿Qué pasa en estas guerras -locales y globales al mismo tiempo- con las mujeres que se vinculan a ellas?

 

"Armas para luchar..."

Aunque todavía no tenemos repuestas a la pregunta por la relación entre las nuevas guerras y la participación femenina en ellas, un hecho que resulta claro a primera vista es que, a la par con el incremento de las confrontaciones bélicas, cada vez son más las mujeres que se ven involucradas en ellas de distintas maneras: unas como víctimas de las situaciones de guerra, otras como las "únicas sobrevivientes" en calidad de viudas o de madres sin hijos, y otras en el rol de participantes directas (incluso combatientes). Uno de los reportes más importantes sobre estas situaciones es el aportado por el Instituto Panos (1995).

Panos recorrió diferentes países del mundo en situaciones de guerra recogiendo los testimonios de mujeres que participaron en ellas. El informe muestra el amplio espectro de espacios para la participación femenina dentro de las confrontaciones, así como las diferencias existentes entre las distintas experiencias.9 Mujeres de países tan distintos como Somalia, Liberia, Bosnia y Croacia, entre otros, son las protagonistas de relatos de guerra donde por momentos parecen perderse entre el dolor, el sufrimiento y la muerte, pero en otros parecen imponerse la fe y la esperanza en el futuro.

La identificación de las mujeres con la guerra y su participación en ella depende mucho de la naturaleza del conflicto. Los extremos de esta participación femenina se encuentran -según Panos- entre el caso de Uganda y el del Tigré, en Etiopía. En Uganda, la guerra era para ellas una lucha sin sentido entre los hombres por el poder, de la cual ellas eran las víctimas; en cambio, las mujeres del Tigré participaron directamente en la lucha contra el gobierno etíope, por considerarla una lucha por la justicia política y el progreso social, incluyendo la igualdad de las mujeres (Panos, 1995:11). Después de la guerra ellas se encontraban más fuertes que las mujeres de Uganda y consideraban que su lucha había tenido sentido. Así pues, el sentido que las mujeres le otorgan a la guerra cambia el carácter o los efectos de su participación en ella, pudiéndose observar una amplia gama de posibilidades y diferencias en cuanto al papel que ellas han desempeñado en diversos conflictos bélicos recientes, como los de El Salvador, Nicaragua y Somalilandia, país este último donde su participación revistió el carácter de no violenta (Panos, 1995:12).

En el caso del Tigré las mujeres combatieron a la par con los hombres. Esto es más común en guerras de liberación o insurgentes, que las necesitan como mano de obra o precisan de sus habilidades para pasar inadvertidas. Sin embargo, su papel fundamental sigue siendo cuidar a los combatientes masculinos y a sus víctimas, además de desempeñarse como mensajeras o en el servicio de inteligencia. Estas son las funciones que más comúnmente desempeñan las mujeres, funciones que tienen mucho que ver con las adscripciones tradicionales de género, que las vinculan al ejercicio de actividades orientadas al cuidado de otros, y que determinan que ellas sean percibidas como figuras inofensivas, que no representan una amenaza.10 Cabe anotar al respecto que las tareas de inteligencia exigen tanto como el combate en términos de resistencia y fuerza física, pero no desafían abiertamente estereotipos sexuales. En algunas actividades guerreras la participación de las mujeres es tan alta y significativa que las fronteras entre acciones de apoyo y combate se diluyen.

Cuando se trata de conflictos étnicos, las mujeres tienden a identificarse con un bando, aunque eso no supone su participación activa en la guerra. Estos conflictos son particularmente dolorosos, por varias razones particulares: la existencia previa de convivencia pacífica, la presencia de matrimonios y relaciones afectivas inter étnicas, la ubicación de hermanos de sangre en diferentes trincheras, la ruptura de lazos profundos entre quienes a causa de la guerra quedan rotulados como enemigos.10 Una mujer bosnia lo expresa así: "Muchos de ellos habían sido mis mejores amigos, gente con la que he compartido alegrías y penas. Los he perdido para siempre de la forma más inaceptable" (Panos, 1995: 13).

En el caso colombiano, la participación de las mujeres en la guerra se da a por la vía del conflicto político armado. Ellas no sólo combaten en las filas de los ejércitos irregulares -grupos guerrilleros y paramilitares-, sino que participan activamente en movimientos de oposición frente a la guerra. Con relación a las combatientes, centro de nuestro interés investigativo, más adelante veremos algunas de las características más relevantes que ha tenido su participación.

El aumento de víctimas civiles, propio de las guerras contemporáneas, ha acrecentado el sufrimiento de las mujeres y sus responsabilidades, en la medida en que son ellas quienes, normalmente, mantienen unidas a las familias y a las comunidades. A menudo ocupan un lugar central en la producción o procura de los alimentos, mientras que además se ocupan de los niños y de los enfermos. Ese peso de responsabilidades se incrementa cuando huyen con personas a cargo. Adicionalmente, son las víctimas -sin defensa posible- de las violaciones sexuales, que históricamente se han constituido en arma de guerra (Panos, 1995: 9).

Los testimonios de todas estas mujeres dejan ver las heridas psicológicas que pueden minar su capacidad de respuesta y de recuperación, aún más importantes en tanto son ellas las responsables de la comunidad. La ayuda humanitaria ha tenido que crecer ante el incremento de las guerras, dirigiéndose en buena parte a la recuperación de las mujeres. Tales intervenciones procuran ayudarlas a enfrentar el trauma y el abandono, bajo el presupuesto de que, recuperándose a sí mismas, podrán asumir en mejores condiciones su papel central en la reconstrucción de sus comunidades.

Palabra de mujer... ¿una mirada y un lenguaje femenino para la guerra?
Las mujeres han sido, dice el informe Panos, poco y mal representadas en las historias de guerra. En éstas, ellas aparecen casi exclusivamente como víctimas tristes y desamparadas. Pese a que cada día se reconoce más su importancia y su papel activo en los conflictos bélicos (Panos, 1995: 9), en estos contextos las mujeres siguen siendo equiparadas con la población infantil e invisibilizadas.

En los testimonios recogidos por Panos las mujeres están en el centro de la narración, en tanto su palabra se hace visible. Al ser ellas quienes cuentan, dejan oír otras voces sobre la guerra y otras razones sobre su participación. Con ellos se pretende ayudar a las mujeres a hablar por sí mismas, a comunicar sus percepciones además de los hechos y a recoger la voz individual de las mujeres. Escuchando esa voz, probablemente muchas cosas empezarían a cambiar. Es lo que está sucediendo, por ejemplo, con la percepción sobre los refugiados, que la voz de las mujeres empieza a modificar. Mientras la palabra "refugiados" evoca la imagen de una masa de gente sin rasgos, haciendo cola para recibir comida, las palabras de las mujeres, sus testimonios, dicen al respecto que lo peor de ser una refugiada es justamente la pérdida de su identidad y la limitación de poder actuar independientemente (Panos, 1995: 10).

Así las cosas, es posible pensar que si se escuchara la palabra femenina, la imagen del refugiado cambiaría. Ellos pasarían de ser víctimas sometidas a actitudes mendicantes, a ser potenciales sujetos políticos capaces de enfrentar su condición, con lo cual se estaría dando un paso enorme en la reconstrucción de vidas destrozadas por la guerra. Estos testimonios y la gama de situaciones que ellos expresan nos permiten recrear esa historia desde los interrogantes que nos hemos venido haciendo. ¿Existe una palabra femenina para narrar la guerra? ¿La guerra narrada por las mujeres resultaría igual que la que ha sido contada por los hombres?

La reflexión se alimenta en primera instancia de la literatura que hemos revisado; se nutre también, y de manera muy importante, de la discusión dentro del grupo sobre lo que creemos ver o intuir respecto de las significaciones que las mujeres le estarían dando a la guerra.

Hombres y mujeres parecen apelar a puntos de vista diferentes al momento de narrar la guerra. El relato masculino generalmente parte de una mirada pragmática sobre la guerra; en contraste, la narración femenina suele hacer énfasis en aspectos más vivenciales como el dolor, las dificultades de la vida cotidiana y la solidaridad con los compañeros. Ello podría explicar la reflexión hecha por algunas antropólogas -la mayoría de ellas norteamericanas- sobre el dolor (Nordstrom, 1995), el sufrimiento (Das, 1997) y el miedo (Green, 1995). En este terreno se destaca Carolym Nordstrom, cuyo estudio sobre el dolor de la guerra marca la pauta de la nueva reflexión que se empieza a gestar sobre este tema. Rompiendo con el abordaje meramente conceptual y teórico de la violencia, el conflicto y la guerra, la antropología busca "deconstruir, los mecanismos de violencia, terror e intimidación de las experiencias de vida de las personas". Linda Green, por su parte, pretende mostrar cómo los mecanismos cotidianos de terror traspasan al cuerpo en forma de pesadillas y somatizaciones (1995: 105). La búsqueda de la razón de la guerra silencia la realidad de la misma, dice Nordstrom (1995: 138). Por esto ellas quieren acercarse a esa realidad. La preocupación por el dolor de la guerra va de la mano de la búsqueda de la reconstrucción de las vidas y del sentido, arrancados por el terror de la guerra. "Las personas reconfiguran la experiencia destructiva que marca sus vidas y reconstruyen sus mundos devastados" (Nordstrom, 1995:143). Finalmente, esta autora introduce otro elemento en esta reconstrucción de vida, que tiene que ver con las simbologías populares que nacen en la guerra y la expresan, y muestra cómo con ellas se vive, se sobrevive y se subvierte. Los símbolos, en este terreno, son un razonamiento creativo que combina realidades simbólicas, emocionales, representativas, discursivas y existenciales. Retomando a Scarry, Nordstrom recuerda que "el dolor deshace al mundo y la imaginación lo hace" (1995: 138).

Parecería que es hora de empezar a pensar en el dolor y en los nuevos lenguajes del dolor generados por la guerra, y no solamente en sus estrategias militares o en el número de muertos que produce. Aun cuando por ahora es sólo una hipótesis que surge para la discusión, valdría la pena pensar si la primera aproximación -la del aspecto humano del dolor- no sería una mirada más femenina de la guerra, mientras que la segunda -la militar- sería una mirada predominantemente masculina de la misma. Si es así, estamos próximos a delinear una mirada femenina de la guerra, a partir de la cual se podría construir eso que hemos llamado "un horizonte femenino de significación".

Las mujeres, la guerra, la historia: un retrato desdibujado

-La historia, la solemne historia real, no me interesa casi nada. ¿Y a usted?
-Adoro la historia.
-¡Qué envidia me da! He leído algo de historia, por obligación; pero no veo en ella nada que no me irrite o no me aburra: disputas entre papas y reyes, guerras o pestes en cada página, hombres que no valen gran cosa, y casi nada de mujeres, ¡es un fastidio!.
Jane Austen

Hablar de la invisibilización de las mujeres en la historia no es nuevo. Los hombres han sido quienes la han contado o protagonizado; si ellas aparecen, no lo hacen como protagonistas, sino como auxiliadoras de los valientes héroes, como "puntos de apoyo", "descanso de los guerreros", madres, esposas o hijas. Es decir, que carecen de existencia propia.

En los años setenta, como consecuencia del movimiento de mujeres y las "nuevas formas de hacer historia", se ven aparecer grupos que hasta entonces habían sido excluidos de los relatos históricos. Empieza a hablarse entonces de "historia desde abajo"; esto es, historia de los subalternos, historia oral e historia de las mujeres, entre otras.

Es a partir de estas nuevas formas de ver y contar los acontecimientos pasados, que las mujeres empiezan a hacerse visibles en espacios y sucesos que pertenecían o se atribuían exclusivamente a la valentía o la acción masculina. Dominique Godineau (2000: 34), por ejemplo, en su artículo "Hijas de la libertad y ciudadanas revolucionarias", nos cuenta cómo el 5 de octubre de 1789 fueron las mujeres las primeras en organizarse y marchar sobre Versalles; sólo después la guardia nacional las siguió.

Y en 1795, durante las sublevaciones de la primavera en Francia, son las mujeres quienes tocan a rebato, se burlan de la autoridad e incitan a los transeúntes a acompañarlas a la Convención, donde ellas desempeñan el papel de agitadoras. Sin embargo, esta presencia evidente de las mujeres en las revoluciones del siglo XVIII no se hace tan palpable en los libros y las películas que se han hecho al respecto. Víctor Hugo en Los miserables, por ejemplo, nos muestra a los insurrectos como si la revolución hubiese sido un terreno exclusivo para los hombres.

Al respecto, afirma Godineau:

[...] en todas partes las mujeres se ven rechazadas de esta organización, excluidas del cuerpo del pueblo armado (guardia nacional francesa, vrijcorps bátavo, militancia norteamericana), del pueblo deliberante (asambleas seccionales, townships), comités locales y asociaciones políticas. En el curso de la insurrección, las relaciones de los sexos se modifican: mientras que en las sublevaciones más o menos espontáneas, las mujeres desempeñan un papel motor, apenas el acontecimiento es dirigido por las asociaciones revolucionarias, se las expulsa a la periferia (2000: 36).

 

Mujeres guerreras... ni un mito, ni una excepción

Al igual que las revoluciones, la guerra ha sido calificada como un asunto de hombres, un espacio al que las mujeres no pueden acceder o, por lo menos, no combatiendo. Su entrada en este espacio considerado masculino por tradición, se inscribe dentro de los roles ya aceptados para las mujeres: preparar la comida de los ejércitos, coser uniformes, atender heridos, enterrar muertos y distraer a los hombres (como fue el caso de las famosas juanas). Inclusive en la mitología las mujeres se encuentran apartadas de la guerra o entran a ella realizando labores femeninas.

En la mitología nórdica, por ejemplo, las valquirias, hijas del dios de la guerra, recorren el campo de batalla inclinando la balanza del combate; ellas son quienes deciden quién vive y quién muere, pero no intervienen directamente en la batalla (Niedner, 1997: 98). En cuanto a la mitología griega, Némesis es la diosa de la venganza, es decir, de un sentimiento repulsivo que no concuerda con los ideales de honor que encierra el combate. Las amazonas, habitantes de un pueblo enemigo de los griegos y formado sólo por mujeres, parecen ser las únicas que rompen la norma y se adentran dentro del mundo masculino de la guerra; pero el costo que deben pagar es la mutilación: deben cercenar su seno derecho para manejar mejor el arco. Sin embargo, la existencia de estás míticas guerreras no es patrimonio exclusivo de la mitología griega. Numerosos pueblos y culturas mencionan la existencia de un pueblo de mujeres que "combatían como hombres".

Descubrimientos arqueológicos recientes en las estepas euroasiáticas revelan que entre los kurgans, uno de los grupos nómadas de la región, las mujeres eran entrenadas como guerreras, sabían cabalgar y ocupaban importantes cargos como sacerdotisas-guerreras y nobles. En las tumbas encontradas eran enterradas con sus armas y joyas: dagas, arcos e incluso espadas largas. Algunos historiadores señalan que la leyenda griega de las amazonas puede tener su origen en este grupo; sin embargo, Jeannine Davis Kimball, directora del Centro de Estudios Nómadas Euroasiáticos y miembro del equipo que realizó el descubrimiento en 1995, afirma que ellas no son las amazonas, ya que no sólo vivían y combatían junto a los hombres, sino que además fueron encontradas a casi mil kilómetros de distancia de donde los griegos creían haberlas enfrentado (Osborn, 2000: en línea).

Al pasar a estudiar la situación de las mujeres combatientes en nuestra época, el mito de las amazonas surge espontáneamente, pues, al igual que las míticas guerreras, las combatientes contemporáneas a menudo deben amputarse rasgos de su feminidad, entre ellos la maternidad, situación especialmente frecuente en los grupos insurgentes.12

Cuando empezamos a preguntarnos por las mujeres combatientes en los ejércitos irregulares colombianos contemporáneos, nos encontramos en principio con datos aislados sobre la participación femenina en las revoluciones europeas, en la guerra civil norteamericana, en las dos guerras mundiales y en las guerras latinoamericanas del siglo XIX. Aunque en los libros en los que se cuenta la historia oficial ellas aparecen generalmente como madres de próceres y soldados, como mártires o nobles auxiliadoras de la causa patriota, y se resalta su papel en labores logísticas como el espionaje o el transporte de armas y alimentos para los ejércitos, diversas fuentes nos permiten constatar que ellas combatieron más frecuentemente de lo que sabemos. De hecho, las mujeres no sólo incitaron a los varones al combate, avivaron las revueltas y agitaron los ánimos de los hombres en siglos pasados, sino que además estuvieron a su lado en el campo de batalla, transgrediendo los roles que les habían sido asignados culturalmente. Y esto no es algo nuevo, ni exclusivo de los países desarrollados de occidente.

En África encontramos múltiples casos. En Benin, antes conocido como Dahomey, la guardia personal del rey del imperio monomotapa estaba formada por mujeres, al igual que su ejército, que estaba constituido por seis mil mujeres solteras que se distinguían por su bravura. Dicho ejército desapareció en 1894 cuando los franceses conquistaron el país. Los ashanti de Ghana también recuerdan la existencia de ejércitos femeninos. En Uganda, el rey Mtseba (1840-1884) contaba con un ejército de amazonas y en Angola, durante el siglo XVII, la reina Xinga, vestida de varón, dirigía un ejército de amazonas negras. Mientras que en Senegal, antes de que el cristianismo trastocara los roles sexuales, era la mujer quien se dedicaba a la caza (Martín-Cano, 2000: en línea).

En el caso de África, tal vez sea esta larga tradición de guerreras la que puede explicar la amplia participación de mujeres en los conflictos contemporáneos africanos, demostrando que así como la guerra es una construcción cultural, también lo es la imagen del guerrero que cada sociedad elabora. Por tanto, en las culturas en las que las mujeres han sido adornadas con atributos guerreros, su participación en el combate no resulta para nada extraordinaria.

En cuanto a Europa, para dar sólo un ejemplo, ilustrado por Elizabeth Badinter, las aristócratas francesas fueron las primeras en practicar la costumbre de vivir sin niños, ya que muchas de estas damas se desempeñaban como auxiliares militares de sus maridos, pues sabían muy bien cómo defender castillos y preservar intactos los bienes familiares. La autora cita el caso de la famosa dama Chrétienne d'Aguerre, que dirigó ejércitos y disputó Provenza al duque de Saboya en el siglo XVI (Badinter, 1991: 81).

De hecho, para seguir con las francesas, luego de la Revolución, en 1792, las mujeres de París "[...] presentaron a la Convención la iniciativa de crear una fuerza llamada Francesas Libres, que reuniera a diez mil 'ciudadanas' armadas, repartidas en cinco legiones, cuyos uniformes diseñados cuidadosamente incluían bajo la falda, 'para comodidad y decencia', el uso obligado de culottes, una prenda moralmente cuestionada porque, como pantalón, estaba inscrita en el vestuario masculino" (Martínez Carreño, 2000: 198).

 

La historia que no nos contaron

En el Nuevo Mundo también las mujeres participaron como combatientes en diferentes batallas. Son famosas, por ejemplo, las norteamericanas que vistiendo ropas masculinas participaron en la guerra de secesión. También las neogranadinas se destacaron durante las guerras de independencia por su bravura y valentía en el combate. Evelyn Cherpak (1995), en su artículo "Las mujeres en la independencia", señala la participación activa de las mujeres en las guerras revolucionarias de la Nueva Granada y cita numerosos ejemplos de mujeres que combatieron en los ejércitos patriotas. Al leer el artículo de Cherpak y descubrir los numerosos casos de mujeres combatientes, es imposible eludir preguntarse sobre quiénes han contado la historia y cómo se ha hecho. Las mujeres sólo aparecen en los relatos tradicionales sobre las guerras de independencia como amantes, madres, esposas o protectoras de los insurrectos. Manuelita Saenz, a quien se conoce como "la amante del Libertador", se ganó su puesto en los libros de historia más por su romance con el Libertador que por su heroísmo. Según parece, su título de "coronela" lo ganó en la cama y no en el campo de batalla.

Sin embargo, nada sabemos de aquellas combatientes que organizaron la batería de las mujeres en la batalla de Maturín, o del batallón de mujeres que, en abril de 1811, se organizó en Quito bajo el mando del coronel Francisco Calderón para atacar una plaza fuerte realista en Cuenca (Cherpak , 1995: 93). Tampoco nos contaron de aquellas que participaron en la batalla de Boyacá:

Los registros prueban el hecho de que numerosas mujeres pelearon en la batalla de Boyacá en 1819. Evangelista Tamayo, nativa de Tunja, luchó en Boyacá bajo el mando de Simón Bolívar y murió el 2 de julio de 1821, en San Luis de Coro. Tenía rango de capitán. Teresa Cornejo y Manuela Tinoco, ambas de San Carlos (Venezuela), junto con Rosa Canelones de Arauca, se vistieron de hombres y tomaron parte en las campañas de 1819 en Venezuela y Nueva Granada (Cherpak , 1995: 96).

Las mujeres colombianas también tuvieron participación en las guerras de finales del siglo XIX y su presencia se hace bastante clara en la Guerra de los Mil Días. No sólo cumpliendo con los roles tradicionales -lavando, cocinando para la tropa, acompañando a los esposos, o como prostitutas, repartidoras de aguardiente o recogiendo cartuchos de balas-, sino también combatiendo, disfrazadas de hombres en la mayoría de los casos, al lado de los ejércitos irregulares y de las guerrillas liberales. Aunque la mayoría de los relatos asocian su presencia en las filas de batalla a causas del corazón, la verdad es que las mujeres combatían por los mismos móviles que lo hacían los hombres. Prueba de ello es el diario de María Martínez de Nisser13 o "la dama soldado", como se le conoció durante la Guerra de Los Supremos, quien se unió a la tropa que comandaba el Mayor Braulio Henao, el cual buscaba mantener el gobierno legítimo. Ella misma se cose la camisa de soldado, se corta el pelo y toma un caballo para unirse a la tropa. Aunque la causa que ella arguye para justificar su decisión es el amor a su esposo, preso por los rebeldes, su diario nos revela a una mujer con ideas políticas propias y muy definidas, que luchaba más por causas patrióticas que amorosas.

Ya en el siglo XX, durante los años de la violencia las mujeres colombianas combatieron frecuentemente en las filas de las guerrillas liberales, aunque sus nombres y hechos "heroicos" no sean tan conocidos como los de Sangrenegra o Guadalupe Salcedo. Entre otras se destaca Rosalba Velásquez de Ruiz, también conocida como la Sargento Matacho o La mona Ofelia, quien se batió en las filas de las guerrillas del sur del Tolima y fue reconocida como una de las primeras mujeres combatientes en la zona de Villarrica (Marulanda,1995: 483).

Hoy la presencia de las mujeres en los grupos armados irregulares es muy activa y se sabe que ellas participan de manera permanente en los combates.14 Debido a esto el país ha conocido en el curso del conflicto a algunas mujeres "comandantes", con una gran autoridad y portadoras, según se dice, de una gran crueldad.15 Ellas han sido protagonistas, al menos en los medios de comunicación, de una serie de acciones guerreras resaltadas en función de ser una mujer quien las comanda.16 Esto refrenda la apreciación sobre el peso que ejercen los estereotipos de género cuando se trata de fenómenos que, como la guerra, confrontan radicalmente los imaginarios existentes acerca de las mujeres. La construcción de un modelo femenino que ha exaltado características como la sumisión y la dulzura y ha sancionado comportamientos que no se ciñen a dicho modelo, determina que, aun en contra de las evidencias existentes, las mujeres sigan siendo excluidas de este espacio en la imaginación colectiva, por lo cual resulta más relevante que sea una mujer la autora de acciones de guerra que un hombre.

 

"Treinta guerrilleros y siete mujeres se entregan en Santander..."

En relación al tratamiento dado a las mujeres combatientes -donde parecen coexistir la negación por una parte y la magnificación por otra- resulta muy ilustrativo el tratamiento dado por los medios de comunicación a las mujeres que participaron en las guerrillas de los llanos: mientras que a ellos se les denominaba "bandoleros", a ellas se les llamaba "mujeres". Así lo recoge Ayala Diago:

Era curioso cómo la prensa de ambos partidos reportaba la presencia de mujeres en la guerrilla. Los órganos conservadores y los comunicados de las Fuerzas Militares no las trataban de bandoleras. Tampoco la prensa liberal las trataba de guerrilleras. Simplemente les asombraba su presencia. En un titular de El Tiempo se lee: "30 guerrilleros y siete mujeres se entregan en Santander". En otro reporte encontramos: "Fueron puestos en libertad, en Buga, 24 guerrilleros y una mujer" (Ayala, 1999: 88).

Desde entonces la situación no ha cambiado mucho. El trato particular que continúan recibiendo las mujeres combatientes se evidencia en una nota reciente del periódico El tiempo, que da cuenta de la reacción del presidente de la República, Álvaro Uribe Vélez, frente a un secuestro atribuido a las FARC, dirigido presuntamente por una guerrillera conocida como "Karina":

La cooperación ciudadana debe estar orientada, en este caso, a buscar por todos los medios la captura de "Karina", una señora de las FARC que organiza secuestros y lidera todo el azote de violencia en Caldas (Seguridad en..., 2002: 1-4).

Resulta difícil suponer que de haber sido un varón el señalado como responsable de esa acción, el trato hubiera sido el mismo: En vez de "un señor de las FARC", es previsible que los términos empleados fueran de otro corte: guerrillero, bandido, delincuente, terrorista, u otros similares con los cuales se alude cotidianamente a los hombres que hacen parte de los grupos armados. Este hecho ilustra la dificultad que existe para adjudicarle a una mujer la condición de combatiente, de guerrera. Pareciera ser que en el imaginario social esta figura no tuviera cabida, como si ella amenazara con romper ideas arquetípicas muy profundas en torno a la mujer, la feminidad, la sociedad y su ordenamiento.

En cuanto a las razones que podrían explicar la vinculación creciente de las mujeres colombianas en los grupos armados, ejemplos concretos muestran que ésta es con frecuencia el resultado de una "huida", que, más que responder al deseo de igualdad con los varones, tiene mucho de acto de valor y de búsqueda de nuevos horizontes. Muchas de ellas ingresan a los ejércitos irregulares para "escapar" a ese espacio doméstico donde están conminadas y casi recluidas. Algunos testimonios de guerrilleras y exguerrilleras lo confirman. Es el caso de guerrilleras del EPL provenientes de las zonas rurales, entrevistadas por estudiantes de la Universidad Nacional (Sánchez y Sánchez, 1994), para quienes el acceso a este grupo revolucionario se convirtió en la única opción de una vida diferente a la tradicional, marcada por la maternidad, los oficios domésticos y, en muchos casos, el maltrato familiar. Las que provenían de las ciudades manifestaban similares razones, a las cuales adicionaban cierto componente político como resultado de la influencia recibida de los grupos de izquierda en las universidades durante los años 80:

Yo me aburría en la casa, era que yo no me hallaba en ninguna parte, porque uno a la edad de diecisiete años uno ya estaba como muy grande, quería hacer algo porque uno nunca tenía una experiencia así... me parecía muy bueno andar, llegar a una casa, andar y andar, eso quería. (Sánchez y Sánchez, 1994: 97).

Allá en Andes se oía mentar mucho la guerrilla, de por allá se iba mucha gente, casi todos los muchachos se querían meter, a mí me daban ganas de meterme también, le decían que a uno le tocaba sufrir... que tenía que aguantar hambre, frío, le tocaba caminar mucho... pero yo sin embargo me quería ir, quería experimentar (1994: 98).

Por otra parte, aunque las mujeres han ganado hoy mayores espacios de participación política y el número de ellas que militan en los ejércitos irregulares ha aumentado, su presencia sigue siendo marginal en los espacios de toma de decisiones. Las mujeres combatientes debieron ganarse a pulso su lugar en los grupos guerrilleros, entregándose completamente al grupo y a la causa. Como nos dejan entrever, a través de sus testimonios de vida, Vera Grabe (2000) y María Eugenia Vásquez (2000), combatientes del M-19 posteriormente reinsertadas a la vida civil, ellas debían luchar diariamente para mantener su posición en la organización armada. El ser mujeres significó para ellas una demostración permanente de su capacidad para desempeñarse como combatientes, que iba desde su resistencia física hasta la puesta a prueba de su fidelidad a la causa, lo que las confrontó con su decisión de ser madres. Según sus testimonios, el machismo se experimenta con más intensidad cuando la maternidad aparece en la vida de la mujer combatiente:

Lo tomas o lo dejas... otra vez: Madre patria Vs Madre-madre [...] Se podía ser madre, pero renunciando a la participación política. O participar renunciando a ser madre (Grabe, 2000: 309).

[...] había entregado mucho para tener que probar a toda hora mi valía. Sentía desengaño, decepción, tristeza. La gente con la cual había compartido tanto, no me acompañaba en la dicha de este hecho tan importante para mi vida, sino que me juzgaba por haber infringido unas reglas que sólo eran para las mujeres (Grabe, 2000: 273).

Es también notable la ausencia de las mujeres en el fallido proceso de paz del gobierno Pastrana. Ninguna guerrillera hizo parte del grupo que conformó la mesa de negociación; tampoco se las tuvo en cuenta para participar en el llamado Comité Temático. La posición del gobierno no fue más alentadora: dentro del grupo de funcionarios encargados de las negociaciones sólo figuraba una mujer, Ana Teresa Bernal, miembro del Consejo Nacional de Paz.

A pesar de lo anterior, la participación en los grupos armados representa con frecuencia para muchas mujeres la oportunidad de jugar otro papel en la sociedad, de desplegar cualidades distintas a las que se les otorgan tradicionalmente y de demostrar su poder de mando. Cada grupo guerrillero ha dado a las mujeres un tratamiento diferente, que influye en las funciones que éstas desempeñan, y que está determinado no sólo por concepciones ideológicas del grupo, sino también por la procedencia de las mujeres, bien sea rural o urbana. Las FARC y el ELN, por ejemplo, han mantenido a las mujeres en posiciones subordinadas; en algunos casos realizando labores de tipo logístico, de apoyo y de servicios; funciones similares a las que desempeñan en el ejército, con la diferencia de que "las farianas" y "las elenas" pueden participar en combates y acciones de avanzada. Sin embargo, aunque en las FARC, el EPL y el ELN ellas intervienen en acciones militares, su participación política en los puestos de mando y en las decisiones estratégicas no es frecuente. Tal vez el M-19 fue el grupo insurgente en el que la participación de las mujeres en posiciones de mando fue más común (Meertens, 2000: 392).

Le había preguntado a uno de los comandantes por qué a las combatientes de las FARC las veía sobre todo en la cocina, y me contestó que ellas ofrecían mayor confianza en caso de que alguien quisiera envenenar a los mandos. Ahora le pregunté a Manuel Marulanda por qué no había mujeres en la dirección, y me respondió: 'Para eso la tenemos a usted en la Coordinadora, usted es nuestra mascota...' (Grabe, 2000: 323).17

Las mujeres en Colombia también forman parte del ejército regular (FFAA). Su vinculación se inició en 1953, con la creación de la Policía Femenina durante el gobierno del General Rojas Pinilla, pero con la caída de éste se puso fin a dicha experiencia, y sólo hasta 1973 el Ejército, la Policía Nacional y la Fuerza Aérea empezaron a incorporarlas como oficiales y suboficiales (Arango,1995: 8). Sin embargo, a diferencia del papel que juegan en los grupos armados irregulares, al interior de las FF.AA. su participación está limitada a labores administrativas, logísticas o en el área de servicios; ellas no pueden combatir ni desempeñarse en el mando de tropas. Además, sólo pueden ascender hasta el rango de coronel, ya que para ocupar cargos más altos es necesario realizar cursos de contraguerrilla y haber estado al mando de tropas, de los cuales, como dijimos anteriormente, están excluidas.

En la Policía Nacional, las mujeres tienen las mismas responsabilidades y derechos que los hombres, por lo que no tienen límites en los ascensos, pudiendo llegar al rango de general. Sin embargo, en los 111 años de vida de la policía colombiana sólo una mujer ha llegado a ser comandante de un departamento y únicamente nueve han ostentado el cargo de teniente coronel (Mi coronela..., 2001: 1-5). A pesar de ello, la presencia de las mujeres colombianas en cargos militares parece aumentar. El actual presidente Álvaro Uribe Vélez, por ejemplo, designó como ministra de defensa a Marta Lucía Ramírez, primera mujer en la historia del país en ocupar este cargo. Así mismo, nombró como edecanas del presidente a la capitán de la policía Betsy Bustos y a la teniente de navío Adriana Paeres, convirtiéndose en el segundo presidente que emplea mujeres como edecanes. El primero fue Ernesto Samper (1994-1998) (Durán, 2002: 2-1).

Así pues, no queda sino explicitar lo obvio: las mujeres guerreras existen desde hace mucho en distintas culturas. Ni nuestra época, ni el conflicto colombiano inventaron a la mujer combatiente. Aunque si nos sentimos tentados a creerlo así, tampoco es culpa nuestra: simplemente la Historia tiene mala memoria al referirse a ciertos temas y ha retratado mal a las mujeres, pues como afirma Cristiana Fisher, citada por Rivera (1998: 190), no se puede seguir haciendo historia sin plantearse la parcialidad sexuada de los sujetos históricos. Hacer historia de las mujeres no consiste simplemente en cambiar el objeto de estudio: de los hombres a las mujeres, de los espacios públicos a los privados, de lo político a lo cotidiano. Se trata más bien de replantear los conceptos que tenemos acerca de lo que significa ser hombre y ser mujer, pues son estos los que determinan nuestras maneras de ver y retratar el pasado.

 

Elsa Blair T. (Colombia)
Socióloga, Universidad de Antioquia. Doctora en Sociología de la Universidad Católica de Lovaina. Investigadora del Instituto de Estudios Regionales -INER-, Universidad de Antioquia. Coordinadora del grupo de Investigación Sociedad y Conflicto.

Yoana Nieto V. (Colombia)
Comunicadora Social, Universidad de Antioquia. Estudiante de la Maestría en Historia, Universidad Nacional - Sede Medellín, Asistente de investigación.

El presente trabajo es un artículo de avance de la investigación titulada "Mujeres en tiempos de guerra: Una mirada a lo femenino en el contexto de los grupos armados colombianos". Dicho proyecto está siendo realizado por integrantes del Grupo de Investigación Sociedad y Conflicto, del Instituto de Estudios Regionales, INER, de la Universidad de Antioquia. El artículo fue elaborado con base en las discusiones del grupo de trabajo, conformado en su totalidad por Elsa Blair y Luz María Londoño, investigadoras; Yoana Nieto, asistente de investigación; Verónica Espinal y Bárbara Galeano, estudiantes de antropología, quienes participan en la investigación como estudiantes en formación.

Jesús Abad Colorado (Colombia)
Nació en Medellín en 1967. Comunicador Social-Periodista de la Universidad de Antioquia. Ha sido colaborador de los más importantes medios impresos nacionales. Sus fotografías han sido expuestas en Colombia, Cuba, Argentina, Alemania, España, Suiza y Estados Unidos(e-mail: jabadc@epm.net.co).

 

Notas

1 Las referencias más antiguas encontradas se remontan a Heródoto, quien habla de las legendarias Amazonas.
2 Es el caso de mujeres excombatientes en conflictos armados recientes en Centroamérica (Véase: VASQUEZ Norma; IBAÑEZ Cristina y MURGUIALDAY Clara. Mujeres-montaña: Vivencias de guerrilleras y colaboradoras del FMLN. Madrid: Horas y horas, 1996; DIAZ Nidia. Nunca estuve sola. Testimonio de la comandante guerrillera salvadoreña Nidia Díaz. Buenos Aires: Ediciones Dialéctica, 1990; BELLI Gioconda. El país bajo mi piel. Memorias de amor y guerra. Barcelona: Plaza & Janés, 2000). En Colombia un caso histórico resulta relevante: el diario de María Martínez de Nisser escrito entre 1840 y 1841, época durante la cual se desarrolló en el país la llamada Guerra de los Supremos. (Véase: MARTÍNEZ de Nisser María. Diario de los sucesos de la revolución en la provincia de Antioquia en los años de 1840-1841. 2.ª Edición. Bogotá: Incunables, 1983) y más recientemente: GRABE Vera. Razones de vida. Bogotá, D.C.: Planeta, 2000, y VASQUEZ P. María Eugenia. Escrito para no morir. Bitácora de una militancia. Bogotá, D.C.: Ministerio de Cultura, 2000.
3 Es el caso de algunas instituciones que participan en programas de asistencia humanitaria en los conflictos o en procesos de reconstrucción post-conflicto.
4 Dentro de esta literatura podemos ubicar el Instituto Panos, que ha recogido testimonios de mujeres en diferentes partes del mundo. (Véase: Panos Institute. Armas para luchar, brazos para proteger. Barcelona: Icaria, 1995). También el Instituto Life & Peace (Véase: SANFORD Victoria. Mothers, Widows and Guerrilleras. Anonymous conversations with survivors of state terror. Uppsala: Life & Peace Institute, 1997.)
5 Entendemos por literatura testimonial, aquellos relatos en los que las mujeres excombatientes narran su experiencia al participar en un conflicto armado, bien sea libros escritos por ellas mismas (como los de Maria Eugenía Vásquez y Vera Grabe, donde las autoras cuentan su experiencia personal al participar como combatientes en el conflicto armado colombiano y reflexionan sobre su participación en el M-19), o testimonios recopilados por investigadores a través del método de la entrevista.
6 El SASR (Special Air Service Regiment) es un escuadrón de choque considerado como uno de los equipos militares más rudos del mundo.
7 Las mujeres hoy en Colombia son sujetos de derecho político. En este sentido y dentro de un horizonte de búsqueda de la igualdad, podrían tener cabida razones tales como el derecho a participar en todos los espacios del acontecer social o el derecho a ser actoras políticas, donde la opción por las armas sería la alternativa escogida por muchas mujeres para buscar un nuevo ordenamiento social o preservar el establecido.
8 Según cálculos elaborados por un equipo de investigación de la Universidad de Hamburgo, a cargo de Klauss-Jurgen Gantzel, citado por Waldmann, se han contabilizado 195 guerras entre 1945-1995. WMANN Peter. Op. cit. p. 12.
9 Al respecto dicen: "Estos testimonios reflejan la gran diversidad de experiencias y reacciones de las mujeres: desde los prejuicios más profundos a la compasión ganada con el propio dolor, desde la fe en el futuro hasta el cinismo o la desesperación, desde una confianza creciente en la propia capacidad y fuerza para sobrevivir hasta un sentido agudizado de vulnerabilidad y miedo" (Panos, 1995: 10).
10 Obviamente, si esta participación femenina continua, los estrategas militares se verán en la necesidad de cambiar sus tácticas de guerra: las mujeres en labores de inteligencia o infiltración ya no tendrán ventajas en razón de su género para pasar desapercibidas.
11 El informe de Panos habla de cómo comunidades que sostenían relaciones multiétnicas se sienten especialmente traumatizadas al ver su desintegración y al observar cómo vecinos y amigos se vuelven unos contra otros. Op. cit., p. 12.
12 Algunas guerrilleras han tenido hijos efectivamente, pero ellos son cuidados por otras personas -generalmente las abuelas, en el caso colombiano- y las combatientes no asumen la maternidad. El costo que tiene para las mujeres participar como combatientes en términos del ejercicio de la maternidad es señalado con frecuencia en la literatura testimonial a la cual se hizo alusión anteriormente. En palabras de María Eugenia Vázquez, quien combatió en las filas del M-19, "la guerra y la maternidad son incompatibles" (Sánchez Blake, 2000:64).
13 La obra en cuestión fue escrita entre 1840 y 1841.
14 En las FARC representan el 30% de las combatientes. No tenemos aún cifras sobre las mujeres en las filas paramilitares.
15 Este señalamiento coincide con apreciaciones similares recogidas por el Instituto PANOS.
16 Con todo, los testimonios son aportados por los medios televisivos más que por la prensa.
17 El resaltado es nuestro.

 

Bibliografía

ARANGO Pilar, PRIETO Patricia y TURBAY María Mercedes (Coord). Mujer y conflicto armado. Elementos para la discusión. Santafé de Bogotá: Secretaría de Mujer y Género, 1995.
AYALA DIAGO César Augusto, Conflicto armado en Colombia y el estallido de la paz de 1953. En: Museo nacional de Colombia, Ministerio de Cultura. Colombia en la negociación de conflictos armados 1900 - 1998. Memorias de la III Cátedra Anual de Historia ''Ernesto Restrepo Tirado". Bogotá, 1999.
BADINTER Elizabeth. ¿Existe el instinto maternal? Historia del amor maternal de los siglos XVII al XX . Barcelona: Paidós, 1991.
CHERPAK Evelyn. Las mujeres en la independencia. En: VELÁSQUEZ T. Magdala (Dirección académica). Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo I. Mujeres, historia y política. Bogotá: Norma, 1995.
DAS Veena, La souffrances, Théodicées, practiques disciplinaires, récupérations. In: Revue Internacionale des Sciences Sociales, RISS. No. 154, Décembre 1997. París: Unesco, 1997.
DURÁN P. Jorge Luis. Las sombras del Presidente. En: El Tiempo (22, Septiembre, 2002).
FISHER Cristiana y otras. La differenza sessuale: da scoprire e da produrre. En: Diotima. Il pensiero della differenza sessuale. pp. 7-39. Citada por: RIVERA G. María Milagros. Nombrar el mundo en femenino. Pensamiento de las mujeres y teoría feminista. 2 Edición. Barcelona: Icaria, 1998.
GRAVE Vera. Razones de vida. Bogotá, D.C.: Planeta, 2000.
GODINEAU Dominique. Hijas de la libertad y ciudadanas de la revolución. En: DUBY, Georges y PERROT, Michelet. Historia de las mujeres. Tomo IV, el siglo XIX. Barcelona: Taurus, 2000.
GREEN Linda. Living a state of fear. En: Carolyn Nordstrom and ROBBEN Antonius. (Ed.). Fieldwork under fire. Contemporary studies of violence and survival. Berkeley. University California Press. 1995. (Traducción: Diego Herrera y Verónica Espinal).
HAM Paul. Australia puts women in front line. [En línea]. Sidney, 2000. <http://www.snipercountry.com/hottips/womenCombat.htm>
KALDOR Mary Las nuevas guerras. Violencia organizada en la era global. Barcelona: Tusquets, 2001.
MARTÍN-CANO Francisca. Guerreras y amazonas, reinas y diosas. [En línea]. 2000. <http://es.geocities.com/culturaarcaica/guerrerasyamazonas.html>
MARTÍNEZ CARREÑO. Aída. Mujeres en pie de guerra. En: SÁNCHEZ Gonzalo y AGUILERA, Mario (Ed.). Memorias de un país en guerra. Los mil días: 1899-1902. Bogotá: Planeta, 2000.
MARTÍNEZ de Nisser María. Diario de los sucesos de la revolución en la provincia de Antioquia en los años de 1840-1841. 2.ª Ed. Bogotá: Incunables, 1983.
MARULANDA Álvarez Elsy. "Mujeres y violencia, años 50." En: VELÁSQUEZ Magdala (Coordinadora académica). Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II. Santafé de Bogotá: Norma, 1995.
MEERTENS, Donny. Ensayos sobre tierra, violencia y Género. Bogotá: CES, Universidad Nacional, 2000.
Mi coronela a San Andrés. En: El Tiempo. Bogotá (8, noviembre, 2001).
NIEDNER Heinrich. "Mitología Nórdica". Barcelona: Edicomunicación, 1997.
NORDSTROM Carolyn and ROBBEN, Antonius. (Ed.). Fieldwork under fire. Contemporary studies of violence and survival. Berkeley. University California Press, 1995. (Traducción: Diego Herrera y Verónica Espinal).
OSBORN Lawrence. Mujeres guerreras. El matriarcado de las mata-hombres. [En línea]. México, D.F. Operamundi, revista digital. No. 6. (8, octubre, 2000). <http://www.operamundi.com.mx/2000/oct/006/war.htm>
Panos Institute. Armas para luchar, brazos para proteger. Barcelona, Icaria, 1995.
RIVERA G. María Milagros. Nombrar el mundo en femenino. Pensamiento de las mujeres y teoría feminista. 2.ª Ed. Barcelona: Icaria, 1998.
SÁNCHEZ BLAKE. Elvira. Patria se escribe con sangre. Barcelona: Anthropos, 2000.
SANCHEZ Marcela y SANCHEZ Claudia. Lo cotidiano y lo político de las mujeres en el EPL. Historias de vida. Tesis de Trabajo Social. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1994.
SANFORD Victoria. Mothers, Widows and Guerrilleras. Anonymous conversations with survivors of state terror. Uppsala: Life & Peace Institute, 1997.
"Seguridad en Caldas". En: El Tiempo. Bogotá ( 23, septiembre, 2002).
SHOULD WOMEN soldiers fight on the front-line? [En línea]. Talking point, Monday, 5 June, 2000. <http://news.bbc.co.uk/1/hi/talking_point/769612.stm>
SLUKA Jeffrey. Reflexions on managing danger in fieldwork. Dangerous anthropology in Belfast. En: NORDSTROM Carolyn y ROBBEN Antonius (Ed.). Fieldwork under fire. Contemporary studies of violence and survival. Berkeley: University of California Press, 1995.
VÁSQUEZ P. María Eugenia. Escrito para no morir. Bitácora de una militancia. Bogotá, D.C.: Ministerio de Cultura, 2000.
WALDMANN Peter y REINARES Fernando. Sociedades en guerra civil: conflictos violentos en Europa y América Latina. Barcelona: Paidós, 1999.


20.5 x 27 cm. 140 pp. / ISSN: 0120-2367
$9.000 - US$20


 

 
INICIO

Visualización: 800 x 600 pixeles - Fuente mediana - Animaciones flash - Internet Explorer
Administración: Alejandro Uribe Tirado / Editorial Universidad de Antioquia. ©Copyright, 1999-2006