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Revista
No. 277 / Julio - Septiembre
Las
mujeres en la guerra: una
historia por contar
Elsa
Blair T. - Yoana Nieto V.
A
modo de introducción
¿A qué desafíos de la investigación
en género y violencia obliga el fenómeno inquietante
de las mujeres en la guerra? La pregunta cobra pertinencia cuando
descubrimos que, a juzgar por las referencias históricas
que encontramos, el fenómeno no es nuevo.1 Tampoco
parece, en el mundo de hoy, un fenómeno marginal: la conflictividad
contemporánea habla de un incremento en la participación
femenina en diferentes guerras. Múltiples y diversas razones
confluyen para hacer de éste un fenómeno de gran actualidad.
¿Por qué y cómo están participando las
mujeres en la guerra? ¿De qué roles "guerreros"
estamos hablando? ¿Qué ha cambiado de la guerra misma
con esta participación? ¿Qué implica esta incursión
de las mujeres en un mundo concebido tradicionalmente como "masculino"?
¿A qué le apuestan las mujeres en la guerra?
La
reflexión al respecto se ha nutrido enormemente de cierta
literatura de carácter testimonial, producida por mujeres
excombatientes de diferentes guerras, que recrearon su experiencia
pensándose a sí mismas.2 A ella se ha sumado
el interés de algunos organismos internacionales, organizaciones
feministas y ONG's3 en recoger experiencias femeninas de
guerras recientes, que han contribuido también a alimentar
la reflexión y con su difusión han ayudado a darle
un importante carácter al fenómeno y a los testimonios.4
A través de esta literatura hemos podido, identificar e ilustrar
algunos de los aspectos de esta participación femenina en
las guerras. El desafío ahora, en términos teóricos
e investigativos, es analizar estas nuevas realidades y sugerir
marcos interpretativos capaces de dar respuesta a los múltiples
interrogantes que ellas plantean. Porque si bien los testimonios
empiezan a caracterizar el fenómeno de las mujeres en la
guerra, las explicaciones al respecto son todavía precarias.
Un
recorrido rápido por alguna literatura testimonial5
nos permite hacer una somera caracterización de las condiciones
en las cuales se da esta participación femenina. Lo primero
que resalta es que la vinculación de las mujeres a los ejércitos
se da, mayoritariamente, por la vía de los grupos irregulares
-guerras revolucionarias, insurgentes, de liberación- más
que a través de los ejércitos regulares. No obstante,
se ha dado también un incremento de la participación
femenina en las fuerzas armadas regulares de diferentes países.
Ese incremento no sólo atañe al número de integrantes,
sino también a los ámbitos donde esa participación
se produce. Hoy las mujeres aspiran y logran el acceso a posiciones
que antes les estaban vedadas. El gobierno canadiense, por ejemplo,
permitió en 1987 a las mujeres entrar en las líneas
de combate, convirtiéndose en el único país
occidental que ha implementado una campaña de reclutamiento
dirigida a las mujeres, con el fin de entrenarlas como soldados
de combate (Ham, 2000: en línea). Hasta el año 2000
se habían incorporado como soldados de batalla al ejercito
de dicho país alrededor de cien mujeres, que han prestado
servicio en las Fuerzas de Paz de la ONU en Bosnia, Congo y Ruanda.
Así mismo, en otros países hay demandas de las mujeres
para lograr ser combatientes en diferentes ejércitos. Australia,
por su parte, contempla el ingreso de mujeres en el SASR,6
la unidad de combate más importante de dicho país.
Australianas como la mayor Robin Fellowes ya han superado el curso
de resistencia, prueba que según un oficial del ejercito
australiano no han podido superar muchos hombres (Ham, 2000: en
línea).
En
junio del 2000, varios periódicos internacionales hicieron
referencia al debate en el Reino Unido sobre la posibilidad de probar
a las mujeres en ejercicios de combate, para evaluar su capacidad
de desempeñarse en las líneas del frente e incorporarlas
a las unidades de infantería, como ya habían hecho
los ejércitos de países como Estados Unidos, Canadá,
Holanda, Noruega, Israel y Eritrea, en los que las mujeres ya han
participado en combate junto a los hombres (Should women..., 2000:
en línea).
Con
todo, lo más relevante desde este punto de vista es que pese
a la incursión femenina en ese mundo masculino de la guerra
y a la reciente apertura de algunos espacios para las mujeres en
éste, las relaciones patriarcales de sumisión y sometimiento
a los hombres parecen no haber variado sustancialmente. A ello se
refieren los relatos de mujeres excombatientes que desde su experiencia
dan cuenta de la imposibilidad de acceder a posiciones de poder,
de su exclusión de los espacios de toma de decisiones, de
la reducción de su participación a tareas logísticas
o de apoyo, entre otros. Es como si en las guerras existieran las
mujeres siempre y cuando mantengan "su" lugar: el del
sometimiento a la autoridad masculina. Las experiencias femeninas
internacionales no hacen más que corroborar este marco de
posibilidades y cuando, excepcionalmente, aparecen otros horizontes
de participación para las mujeres, las consecuencias son
inevitables: son calificadas como lo "no natural", el
caso extremo y lo excepcional.
Nuestras
preguntas empiezan a trascender ese orden de interrogación
-es decir, lo que hasta ahora se conoce del fenómeno- para
ahondar en otros aspectos de éste que, a juzgar por la literatura
revisada, no han sido hasta ahora muy explorados, y que, más
allá de argüir la "igualdad" entre los sexos
como razón de ser de esta participación, amplían
el espectro de las razones que pueden llevar a las mujeres a unirse
a los ejércitos en calidad de combatientes. Si la guerra
sigue siendo un espacio de sometimiento y sumisión de las
mujeres a los hombres, ¿por qué crece -y en grandes
proporciones- su participación en ellas? Es sobre el carácter
de esta incursión y esta participación que queremos
interrogarnos aquí. Pues los significados dados a dicho ingreso
pueden ir desde el sentido político que le adjudican a su
lucha y a su experiencia particular,7 hasta razones de orden
más personal que público, no necesariamente ligadas
al deseo de la igualdad con los varones.
Las
mujeres en la conflictividad contemporánea
[...]
ser mujer era favorable para poder participar en el conflicto,
por una razón: era más fácil acercarse al
enemigo [...] el enemigo nos menospreciaba, pero nosotras infiltrábamos
sus filas con mayor facilidad que los hombres.
Xot, guerrillera del Vietcong
Como
lo evidencia el anterior testimonio, desde el principio la diferencia
se instala en la guerra como determinante de significaciones y de
prácticas, esta vez señalando la ventaja táctica
de ser mujer para infiltrar al enemigo. ¿Qué otras
ventajas tendrían las mujeres en esta participación?
¿Qué elementos de las guerras recientes nos permiten
encontrar la significación que las mujeres le dan hoy a la
guerra?
Antes
de incursionar en la pregunta por las mujeres en las guerras contemporáneas,
valdría la pena mencionar, someramente, la dimensión
del fenómeno bélico hoy en el mundo. Para 1995 decía
J. A Sluka (1995) que existían ciento veinte conflictos armados
a nivel mundial; mientras Waldmann (1999) afirma que después
de concluida la II Guerra Mundial sólo ha habido un mes de
relativa paz: septiembre de 1945. Salvo este período, siempre
ha existido alguna guerra en alguna parte del globo, ya sea interna
o internacional.8 Lo más interesante, sin embargo,
es el cambio en el carácter de las confrontaciones. Según
este autor, el concepto de guerra como ha sido concebida tradicionalmente,
no puede aplicarse a las guerras actuales, en su mayoría
guerras civiles donde, más que confrontación entre
grupos armados, la población civil es la directamente implicada.
Mary Kaldor (2001), por su parte, aporta consideraciones de tipo
teórico para las "nuevas guerras". Estas guerras
actuales son nuevas, dice Kaldor, en tanto tienen diferencias sustanciales
con las anteriores. Son nuevas en sus objetivos, sus métodos
de lucha y sus modos de financiación. Pese al carácter
político que tienen, ellas implican un desdibujamiento de
las distinciones tradicionales entre guerra, crimen organizado y
violaciones a gran escala de los derechos humanos. Civiles, privadas,
internas, de baja intensidad, son algunos de sus calificativos.
Lo que es cierto es que se trata de guerras de la era de la globalización
(Kaldor, 2001: 18).
Salimos,
pues, de la era bipolar de la confrontación entre las dos
potencias, para pasar a la multipolaridad de la guerra. ¿Tiene
alguna relación el cambio en el carácter de la confrontación
actual con el incremento de la participación femenina? ¿Qué
pasa en estas guerras -locales y globales al mismo tiempo- con las
mujeres que se vinculan a ellas?
"Armas
para luchar..."
Aunque
todavía no tenemos repuestas a la pregunta por la relación
entre las nuevas guerras y la participación femenina en ellas,
un hecho que resulta claro a primera vista es que, a la par con
el incremento de las confrontaciones bélicas, cada vez son
más las mujeres que se ven involucradas en ellas de distintas
maneras: unas como víctimas de las situaciones de guerra,
otras como las "únicas sobrevivientes" en calidad
de viudas o de madres sin hijos, y otras en el rol de participantes
directas (incluso combatientes). Uno de los reportes más
importantes sobre estas situaciones es el aportado por el Instituto
Panos (1995).
Panos
recorrió diferentes países del mundo en situaciones
de guerra recogiendo los testimonios de mujeres que participaron
en ellas. El informe muestra el amplio espectro de espacios para
la participación femenina dentro de las confrontaciones,
así como las diferencias existentes entre las distintas experiencias.9
Mujeres de países tan distintos como Somalia, Liberia, Bosnia
y Croacia, entre otros, son las protagonistas de relatos de guerra
donde por momentos parecen perderse entre el dolor, el sufrimiento
y la muerte, pero en otros parecen imponerse la fe y la esperanza
en el futuro.
La
identificación de las mujeres con la guerra y su participación
en ella depende mucho de la naturaleza del conflicto. Los extremos
de esta participación femenina se encuentran -según
Panos- entre el caso de Uganda y el del Tigré, en Etiopía.
En Uganda, la guerra era para ellas una lucha sin sentido entre
los hombres por el poder, de la cual ellas eran las víctimas;
en cambio, las mujeres del Tigré participaron directamente
en la lucha contra el gobierno etíope, por considerarla una
lucha por la justicia política y el progreso social, incluyendo
la igualdad de las mujeres (Panos, 1995:11). Después de la
guerra ellas se encontraban más fuertes que las mujeres de
Uganda y consideraban que su lucha había tenido sentido.
Así pues, el sentido que las mujeres le otorgan a la guerra
cambia el carácter o los efectos de su participación
en ella, pudiéndose observar una amplia gama de posibilidades
y diferencias en cuanto al papel que ellas han desempeñado
en diversos conflictos bélicos recientes, como los de El
Salvador, Nicaragua y Somalilandia, país este último
donde su participación revistió el carácter
de no violenta (Panos, 1995:12).
En
el caso del Tigré las mujeres combatieron a la par con los
hombres. Esto es más común en guerras de liberación
o insurgentes, que las necesitan como mano de obra o precisan de
sus habilidades para pasar inadvertidas. Sin embargo, su papel fundamental
sigue siendo cuidar a los combatientes masculinos y a sus víctimas,
además de desempeñarse como mensajeras o en el servicio
de inteligencia. Estas son las funciones que más comúnmente
desempeñan las mujeres, funciones que tienen mucho que ver
con las adscripciones tradicionales de género, que las vinculan
al ejercicio de actividades orientadas al cuidado de otros, y que
determinan que ellas sean percibidas como figuras inofensivas, que
no representan una amenaza.10 Cabe anotar al respecto que
las tareas de inteligencia exigen tanto como el combate en términos
de resistencia y fuerza física, pero no desafían abiertamente
estereotipos sexuales. En algunas actividades guerreras la participación
de las mujeres es tan alta y significativa que las fronteras entre
acciones de apoyo y combate se diluyen.
Cuando
se trata de conflictos étnicos, las mujeres tienden a identificarse
con un bando, aunque eso no supone su participación activa
en la guerra. Estos conflictos son particularmente dolorosos, por
varias razones particulares: la existencia previa de convivencia
pacífica, la presencia de matrimonios y relaciones afectivas
inter étnicas, la ubicación de hermanos de sangre
en diferentes trincheras, la ruptura de lazos profundos entre quienes
a causa de la guerra quedan rotulados como enemigos.10 Una
mujer bosnia lo expresa así: "Muchos de ellos habían
sido mis mejores amigos, gente con la que he compartido alegrías
y penas. Los he perdido para siempre de la forma más inaceptable"
(Panos, 1995: 13).
En
el caso colombiano, la participación de las mujeres en la
guerra se da a por la vía del conflicto político armado.
Ellas no sólo combaten en las filas de los ejércitos
irregulares -grupos guerrilleros y paramilitares-, sino que participan
activamente en movimientos de oposición frente a la guerra.
Con relación a las combatientes, centro de nuestro interés
investigativo, más adelante veremos algunas de las características
más relevantes que ha tenido su participación.
El
aumento de víctimas civiles, propio de las guerras contemporáneas,
ha acrecentado el sufrimiento de las mujeres y sus responsabilidades,
en la medida en que son ellas quienes, normalmente, mantienen unidas
a las familias y a las comunidades. A menudo ocupan un lugar central
en la producción o procura de los alimentos, mientras que
además se ocupan de los niños y de los enfermos. Ese
peso de responsabilidades se incrementa cuando huyen con personas
a cargo. Adicionalmente, son las víctimas -sin defensa posible-
de las violaciones sexuales, que históricamente se han constituido
en arma de guerra (Panos, 1995: 9).
Los
testimonios de todas estas mujeres dejan ver las heridas psicológicas
que pueden minar su capacidad de respuesta y de recuperación,
aún más importantes en tanto son ellas las responsables
de la comunidad. La ayuda humanitaria ha tenido que crecer ante
el incremento de las guerras, dirigiéndose en buena parte
a la recuperación de las mujeres. Tales intervenciones procuran
ayudarlas a enfrentar el trauma y el abandono, bajo el presupuesto
de que, recuperándose a sí mismas, podrán asumir
en mejores condiciones su papel central en la reconstrucción
de sus comunidades.
Palabra
de mujer... ¿una mirada y un lenguaje femenino para la guerra?
Las mujeres han sido, dice el informe Panos, poco y mal representadas
en las historias de guerra. En éstas, ellas aparecen casi
exclusivamente como víctimas tristes y desamparadas. Pese
a que cada día se reconoce más su importancia y su
papel activo en los conflictos bélicos (Panos, 1995: 9),
en estos contextos las mujeres siguen siendo equiparadas con la
población infantil e invisibilizadas.
En
los testimonios recogidos por Panos las mujeres están en
el centro de la narración, en tanto su palabra se hace visible.
Al ser ellas quienes cuentan, dejan oír otras voces sobre
la guerra y otras razones sobre su participación. Con ellos
se pretende ayudar a las mujeres a hablar por sí mismas,
a comunicar sus percepciones además de los hechos y a recoger
la voz individual de las mujeres. Escuchando esa voz, probablemente
muchas cosas empezarían a cambiar. Es lo que está
sucediendo, por ejemplo, con la percepción sobre los refugiados,
que la voz de las mujeres empieza a modificar. Mientras la palabra
"refugiados" evoca la imagen de una masa de gente sin
rasgos, haciendo cola para recibir comida, las palabras de las mujeres,
sus testimonios, dicen al respecto que lo peor de ser una refugiada
es justamente la pérdida de su identidad y la limitación
de poder actuar independientemente (Panos, 1995: 10).
Así
las cosas, es posible pensar que si se escuchara la palabra femenina,
la imagen del refugiado cambiaría. Ellos pasarían
de ser víctimas sometidas a actitudes mendicantes, a ser
potenciales sujetos políticos capaces de enfrentar su condición,
con lo cual se estaría dando un paso enorme en la reconstrucción
de vidas destrozadas por la guerra. Estos testimonios y la gama
de situaciones que ellos expresan nos permiten recrear esa historia
desde los interrogantes que nos hemos venido haciendo. ¿Existe
una palabra femenina para narrar la guerra? ¿La guerra narrada
por las mujeres resultaría igual que la que ha sido contada
por los hombres?
La
reflexión se alimenta en primera instancia de la literatura
que hemos revisado; se nutre también, y de manera muy importante,
de la discusión dentro del grupo sobre lo que creemos ver
o intuir respecto de las significaciones que las mujeres le estarían
dando a la guerra.
Hombres
y mujeres parecen apelar a puntos de vista diferentes al momento
de narrar la guerra. El relato masculino generalmente parte de una
mirada pragmática sobre la guerra; en contraste, la narración
femenina suele hacer énfasis en aspectos más vivenciales
como el dolor, las dificultades de la vida cotidiana y la solidaridad
con los compañeros. Ello podría explicar la reflexión
hecha por algunas antropólogas -la mayoría de ellas
norteamericanas- sobre el dolor (Nordstrom, 1995), el sufrimiento
(Das, 1997) y el miedo (Green, 1995). En este terreno se destaca
Carolym Nordstrom, cuyo estudio sobre el dolor de la guerra marca
la pauta de la nueva reflexión que se empieza a gestar sobre
este tema. Rompiendo con el abordaje meramente conceptual y teórico
de la violencia, el conflicto y la guerra, la antropología
busca "deconstruir, los mecanismos de violencia, terror e intimidación
de las experiencias de vida de las personas". Linda Green,
por su parte, pretende mostrar cómo los mecanismos cotidianos
de terror traspasan al cuerpo en forma de pesadillas y somatizaciones
(1995: 105). La búsqueda de la razón de la guerra
silencia la realidad de la misma, dice Nordstrom (1995: 138). Por
esto ellas quieren acercarse a esa realidad. La preocupación
por el dolor de la guerra va de la mano de la búsqueda de
la reconstrucción de las vidas y del sentido, arrancados
por el terror de la guerra. "Las personas reconfiguran la experiencia
destructiva que marca sus vidas y reconstruyen sus mundos devastados"
(Nordstrom, 1995:143). Finalmente, esta autora introduce otro elemento
en esta reconstrucción de vida, que tiene que ver con las
simbologías populares que nacen en la guerra y la expresan,
y muestra cómo con ellas se vive, se sobrevive y se subvierte.
Los símbolos, en este terreno, son un razonamiento creativo
que combina realidades simbólicas, emocionales, representativas,
discursivas y existenciales. Retomando a Scarry, Nordstrom recuerda
que "el dolor deshace al mundo y la imaginación lo hace"
(1995: 138).
Parecería
que es hora de empezar a pensar en el dolor y en los nuevos lenguajes
del dolor generados por la guerra, y no solamente en sus estrategias
militares o en el número de muertos que produce. Aun cuando
por ahora es sólo una hipótesis que surge para la
discusión, valdría la pena pensar si la primera aproximación
-la del aspecto humano del dolor- no sería una mirada más
femenina de la guerra, mientras que la segunda -la militar- sería
una mirada predominantemente masculina de la misma. Si es así,
estamos próximos a delinear una mirada femenina de la guerra,
a partir de la cual se podría construir eso que hemos llamado
"un horizonte femenino de significación".
Las
mujeres, la guerra, la historia: un retrato desdibujado
-La
historia, la solemne historia real, no me interesa casi nada.
¿Y a usted?
-Adoro la historia.
-¡Qué envidia me da! He leído algo de historia,
por obligación; pero no veo en ella nada que no me irrite
o no me aburra: disputas entre papas y reyes, guerras o pestes
en cada página, hombres que no valen gran cosa, y casi
nada de mujeres, ¡es un fastidio!.
Jane Austen
Hablar
de la invisibilización de las mujeres en la historia no es
nuevo. Los hombres han sido quienes la han contado o protagonizado;
si ellas aparecen, no lo hacen como protagonistas, sino como auxiliadoras
de los valientes héroes, como "puntos de apoyo",
"descanso de los guerreros", madres, esposas o hijas.
Es decir, que carecen de existencia propia.
En
los años setenta, como consecuencia del movimiento de mujeres
y las "nuevas formas de hacer historia", se ven aparecer
grupos que hasta entonces habían sido excluidos de los relatos
históricos. Empieza a hablarse entonces de "historia
desde abajo"; esto es, historia de los subalternos, historia
oral e historia de las mujeres, entre otras.
Es
a partir de estas nuevas formas de ver y contar los acontecimientos
pasados, que las mujeres empiezan a hacerse visibles en espacios
y sucesos que pertenecían o se atribuían exclusivamente
a la valentía o la acción masculina. Dominique Godineau
(2000: 34), por ejemplo, en su artículo "Hijas de la
libertad y ciudadanas revolucionarias", nos cuenta cómo
el 5 de octubre de 1789 fueron las mujeres las primeras en organizarse
y marchar sobre Versalles; sólo después la guardia
nacional las siguió.
Y
en 1795, durante las sublevaciones de la primavera en Francia, son
las mujeres quienes tocan a rebato, se burlan de la autoridad e
incitan a los transeúntes a acompañarlas a la Convención,
donde ellas desempeñan el papel de agitadoras. Sin embargo,
esta presencia evidente de las mujeres en las revoluciones del siglo
XVIII no se hace tan palpable en los libros y las películas
que se han hecho al respecto. Víctor Hugo en Los miserables,
por ejemplo, nos muestra a los insurrectos como si la revolución
hubiese sido un terreno exclusivo para los hombres.
Al
respecto, afirma Godineau:
[...]
en todas partes las mujeres se ven rechazadas de esta organización,
excluidas del cuerpo del pueblo armado (guardia nacional francesa,
vrijcorps bátavo, militancia norteamericana), del pueblo
deliberante (asambleas seccionales, townships), comités locales
y asociaciones políticas. En el curso de la insurrección,
las relaciones de los sexos se modifican: mientras que en las sublevaciones
más o menos espontáneas, las mujeres desempeñan
un papel motor, apenas el acontecimiento es dirigido por las asociaciones
revolucionarias, se las expulsa a la periferia (2000: 36).
Mujeres
guerreras... ni un mito, ni una excepción
Al
igual que las revoluciones, la guerra ha sido calificada como un
asunto de hombres, un espacio al que las mujeres no pueden acceder
o, por lo menos, no combatiendo. Su entrada en este espacio considerado
masculino por tradición, se inscribe dentro de los roles
ya aceptados para las mujeres: preparar la comida de los ejércitos,
coser uniformes, atender heridos, enterrar muertos y distraer a
los hombres (como fue el caso de las famosas juanas). Inclusive
en la mitología las mujeres se encuentran apartadas de la
guerra o entran a ella realizando labores femeninas.
En
la mitología nórdica, por ejemplo, las valquirias,
hijas del dios de la guerra, recorren el campo de batalla inclinando
la balanza del combate; ellas son quienes deciden quién vive
y quién muere, pero no intervienen directamente en la batalla
(Niedner, 1997: 98). En cuanto a la mitología griega, Némesis
es la diosa de la venganza, es decir, de un sentimiento repulsivo
que no concuerda con los ideales de honor que encierra el combate.
Las amazonas, habitantes de un pueblo enemigo de los griegos y formado
sólo por mujeres, parecen ser las únicas que rompen
la norma y se adentran dentro del mundo masculino de la guerra;
pero el costo que deben pagar es la mutilación: deben cercenar
su seno derecho para manejar mejor el arco. Sin embargo, la existencia
de estás míticas guerreras no es patrimonio exclusivo
de la mitología griega. Numerosos pueblos y culturas mencionan
la existencia de un pueblo de mujeres que "combatían
como hombres".
Descubrimientos
arqueológicos recientes en las estepas euroasiáticas
revelan que entre los kurgans, uno de los grupos nómadas
de la región, las mujeres eran entrenadas como guerreras,
sabían cabalgar y ocupaban importantes cargos como sacerdotisas-guerreras
y nobles. En las tumbas encontradas eran enterradas con sus armas
y joyas: dagas, arcos e incluso espadas largas. Algunos historiadores
señalan que la leyenda griega de las amazonas puede tener
su origen en este grupo; sin embargo, Jeannine Davis Kimball, directora
del Centro de Estudios Nómadas Euroasiáticos y miembro
del equipo que realizó el descubrimiento en 1995, afirma
que ellas no son las amazonas, ya que no sólo vivían
y combatían junto a los hombres, sino que además fueron
encontradas a casi mil kilómetros de distancia de donde los
griegos creían haberlas enfrentado (Osborn, 2000: en línea).
Al
pasar a estudiar la situación de las mujeres combatientes
en nuestra época, el mito de las amazonas surge espontáneamente,
pues, al igual que las míticas guerreras, las combatientes
contemporáneas a menudo deben amputarse rasgos de su feminidad,
entre ellos la maternidad, situación especialmente frecuente
en los grupos insurgentes.12
Cuando
empezamos a preguntarnos por las mujeres combatientes en los ejércitos
irregulares colombianos contemporáneos, nos encontramos en
principio con datos aislados sobre la participación femenina
en las revoluciones europeas, en la guerra civil norteamericana,
en las dos guerras mundiales y en las guerras latinoamericanas del
siglo XIX. Aunque en los libros en los que se cuenta la historia
oficial ellas aparecen generalmente como madres de próceres
y soldados, como mártires o nobles auxiliadoras de la causa
patriota, y se resalta su papel en labores logísticas como
el espionaje o el transporte de armas y alimentos para los ejércitos,
diversas fuentes nos permiten constatar que ellas combatieron más
frecuentemente de lo que sabemos. De hecho, las mujeres no sólo
incitaron a los varones al combate, avivaron las revueltas y agitaron
los ánimos de los hombres en siglos pasados, sino que además
estuvieron a su lado en el campo de batalla, transgrediendo los
roles que les habían sido asignados culturalmente. Y esto
no es algo nuevo, ni exclusivo de los países desarrollados
de occidente.
En
África encontramos múltiples casos. En Benin, antes
conocido como Dahomey, la guardia personal del rey del imperio monomotapa
estaba formada por mujeres, al igual que su ejército, que
estaba constituido por seis mil mujeres solteras que se distinguían
por su bravura. Dicho ejército desapareció en 1894
cuando los franceses conquistaron el país. Los ashanti de
Ghana también recuerdan la existencia de ejércitos
femeninos. En Uganda, el rey Mtseba (1840-1884) contaba con un ejército
de amazonas y en Angola, durante el siglo XVII, la reina Xinga,
vestida de varón, dirigía un ejército de amazonas
negras. Mientras que en Senegal, antes de que el cristianismo trastocara
los roles sexuales, era la mujer quien se dedicaba a la caza (Martín-Cano,
2000: en línea).
En
el caso de África, tal vez sea esta larga tradición
de guerreras la que puede explicar la amplia participación
de mujeres en los conflictos contemporáneos africanos, demostrando
que así como la guerra es una construcción cultural,
también lo es la imagen del guerrero que cada sociedad elabora.
Por tanto, en las culturas en las que las mujeres han sido adornadas
con atributos guerreros, su participación en el combate no
resulta para nada extraordinaria.
En
cuanto a Europa, para dar sólo un ejemplo, ilustrado por
Elizabeth Badinter, las aristócratas francesas fueron las
primeras en practicar la costumbre de vivir sin niños, ya
que muchas de estas damas se desempeñaban como auxiliares
militares de sus maridos, pues sabían muy bien cómo
defender castillos y preservar intactos los bienes familiares. La
autora cita el caso de la famosa dama Chrétienne d'Aguerre,
que dirigó ejércitos y disputó Provenza al
duque de Saboya en el siglo XVI (Badinter, 1991: 81).
De
hecho, para seguir con las francesas, luego de la Revolución,
en 1792, las mujeres de París "[...] presentaron a la
Convención la iniciativa de crear una fuerza llamada Francesas
Libres, que reuniera a diez mil 'ciudadanas' armadas, repartidas
en cinco legiones, cuyos uniformes diseñados cuidadosamente
incluían bajo la falda, 'para comodidad y decencia', el uso
obligado de culottes, una prenda moralmente cuestionada porque,
como pantalón, estaba inscrita en el vestuario masculino"
(Martínez Carreño, 2000: 198).
La
historia que no nos contaron
En
el Nuevo Mundo también las mujeres participaron como combatientes
en diferentes batallas. Son famosas, por ejemplo, las norteamericanas
que vistiendo ropas masculinas participaron en la guerra de secesión.
También las neogranadinas se destacaron durante las guerras
de independencia por su bravura y valentía en el combate.
Evelyn Cherpak (1995), en su artículo "Las mujeres en
la independencia", señala la participación activa
de las mujeres en las guerras revolucionarias de la Nueva Granada
y cita numerosos ejemplos de mujeres que combatieron en los ejércitos
patriotas. Al leer el artículo de Cherpak y descubrir los
numerosos casos de mujeres combatientes, es imposible eludir preguntarse
sobre quiénes han contado la historia y cómo se ha
hecho. Las mujeres sólo aparecen en los relatos tradicionales
sobre las guerras de independencia como amantes, madres, esposas
o protectoras de los insurrectos. Manuelita Saenz, a quien se conoce
como "la amante del Libertador", se ganó su puesto
en los libros de historia más por su romance con el Libertador
que por su heroísmo. Según parece, su título
de "coronela" lo ganó en la cama y no en el campo
de batalla.
Sin
embargo, nada sabemos de aquellas combatientes que organizaron la
batería de las mujeres en la batalla de Maturín, o
del batallón de mujeres que, en abril de 1811, se organizó
en Quito bajo el mando del coronel Francisco Calderón para
atacar una plaza fuerte realista en Cuenca (Cherpak , 1995: 93).
Tampoco nos contaron de aquellas que participaron en la batalla
de Boyacá:
Los
registros prueban el hecho de que numerosas mujeres pelearon en
la batalla de Boyacá en 1819. Evangelista Tamayo, nativa
de Tunja, luchó en Boyacá bajo el mando de Simón
Bolívar y murió el 2 de julio de 1821, en San Luis
de Coro. Tenía rango de capitán. Teresa Cornejo y
Manuela Tinoco, ambas de San Carlos (Venezuela), junto con Rosa
Canelones de Arauca, se vistieron de hombres y tomaron parte en
las campañas de 1819 en Venezuela y Nueva Granada (Cherpak
, 1995: 96).
Las
mujeres colombianas también tuvieron participación
en las guerras de finales del siglo XIX y su presencia se hace bastante
clara en la Guerra de los Mil Días. No sólo cumpliendo
con los roles tradicionales -lavando, cocinando para la tropa, acompañando
a los esposos, o como prostitutas, repartidoras de aguardiente o
recogiendo cartuchos de balas-, sino también combatiendo,
disfrazadas de hombres en la mayoría de los casos, al lado
de los ejércitos irregulares y de las guerrillas liberales.
Aunque la mayoría de los relatos asocian su presencia en
las filas de batalla a causas del corazón, la verdad es que
las mujeres combatían por los mismos móviles que lo
hacían los hombres. Prueba de ello es el diario de María
Martínez de Nisser13 o "la dama soldado",
como se le conoció durante la Guerra de Los Supremos, quien
se unió a la tropa que comandaba el Mayor Braulio Henao,
el cual buscaba mantener el gobierno legítimo. Ella misma
se cose la camisa de soldado, se corta el pelo y toma un caballo
para unirse a la tropa. Aunque la causa que ella arguye para justificar
su decisión es el amor a su esposo, preso por los rebeldes,
su diario nos revela a una mujer con ideas políticas propias
y muy definidas, que luchaba más por causas patrióticas
que amorosas.
Ya
en el siglo XX, durante los años de la violencia las mujeres
colombianas combatieron frecuentemente en las filas de las guerrillas
liberales, aunque sus nombres y hechos "heroicos" no sean
tan conocidos como los de Sangrenegra o Guadalupe Salcedo. Entre
otras se destaca Rosalba Velásquez de Ruiz, también
conocida como la Sargento Matacho o La mona Ofelia, quien se batió
en las filas de las guerrillas del sur del Tolima y fue reconocida
como una de las primeras mujeres combatientes en la zona de Villarrica
(Marulanda,1995: 483).
Hoy
la presencia de las mujeres en los grupos armados irregulares es
muy activa y se sabe que ellas participan de manera permanente en
los combates.14 Debido a esto el país ha conocido
en el curso del conflicto a algunas mujeres "comandantes",
con una gran autoridad y portadoras, según se dice, de una
gran crueldad.15 Ellas han sido protagonistas, al menos en
los medios de comunicación, de una serie de acciones guerreras
resaltadas en función de ser una mujer quien las comanda.16
Esto refrenda la apreciación sobre el peso que ejercen
los estereotipos de género cuando se trata de fenómenos
que, como la guerra, confrontan radicalmente los imaginarios existentes
acerca de las mujeres. La construcción de un modelo femenino
que ha exaltado características como la sumisión y
la dulzura y ha sancionado comportamientos que no se ciñen
a dicho modelo, determina que, aun en contra de las evidencias existentes,
las mujeres sigan siendo excluidas de este espacio en la imaginación
colectiva, por lo cual resulta más relevante que sea una
mujer la autora de acciones de guerra que un hombre.
"Treinta
guerrilleros y siete mujeres se entregan en Santander..."
En
relación al tratamiento dado a las mujeres combatientes -donde
parecen coexistir la negación por una parte y la magnificación
por otra- resulta muy ilustrativo el tratamiento dado por los medios
de comunicación a las mujeres que participaron en las guerrillas
de los llanos: mientras que a ellos se les denominaba "bandoleros",
a ellas se les llamaba "mujeres". Así lo recoge
Ayala Diago:
Era
curioso cómo la prensa de ambos partidos reportaba la presencia
de mujeres en la guerrilla. Los órganos conservadores y los
comunicados de las Fuerzas Militares no las trataban de bandoleras.
Tampoco la prensa liberal las trataba de guerrilleras. Simplemente
les asombraba su presencia. En un titular de El Tiempo se lee: "30
guerrilleros y siete mujeres se entregan en Santander". En
otro reporte encontramos: "Fueron puestos en libertad, en Buga,
24 guerrilleros y una mujer" (Ayala, 1999: 88).
Desde
entonces la situación no ha cambiado mucho. El trato particular
que continúan recibiendo las mujeres combatientes se evidencia
en una nota reciente del periódico El tiempo, que da cuenta
de la reacción del presidente de la República, Álvaro
Uribe Vélez, frente a un secuestro atribuido a las FARC,
dirigido presuntamente por una guerrillera conocida como "Karina":
La
cooperación ciudadana debe estar orientada, en este caso,
a buscar por todos los medios la captura de "Karina",
una señora de las FARC que organiza secuestros y lidera todo
el azote de violencia en Caldas (Seguridad en..., 2002: 1-4).
Resulta
difícil suponer que de haber sido un varón el señalado
como responsable de esa acción, el trato hubiera sido el
mismo: En vez de "un señor de las FARC", es previsible
que los términos empleados fueran de otro corte: guerrillero,
bandido, delincuente, terrorista, u otros similares con los cuales
se alude cotidianamente a los hombres que hacen parte de los grupos
armados. Este hecho ilustra la dificultad que existe para adjudicarle
a una mujer la condición de combatiente, de guerrera. Pareciera
ser que en el imaginario social esta figura no tuviera cabida, como
si ella amenazara con romper ideas arquetípicas muy profundas
en torno a la mujer, la feminidad, la sociedad y su ordenamiento.
En
cuanto a las razones que podrían explicar la vinculación
creciente de las mujeres colombianas en los grupos armados, ejemplos
concretos muestran que ésta es con frecuencia el resultado
de una "huida", que, más que responder al deseo
de igualdad con los varones, tiene mucho de acto de valor y de búsqueda
de nuevos horizontes. Muchas de ellas ingresan a los ejércitos
irregulares para "escapar" a ese espacio doméstico
donde están conminadas y casi recluidas. Algunos testimonios
de guerrilleras y exguerrilleras lo confirman. Es el caso de guerrilleras
del EPL provenientes de las zonas rurales, entrevistadas por estudiantes
de la Universidad Nacional (Sánchez y Sánchez, 1994),
para quienes el acceso a este grupo revolucionario se convirtió
en la única opción de una vida diferente a la tradicional,
marcada por la maternidad, los oficios domésticos y, en muchos
casos, el maltrato familiar. Las que provenían de las ciudades
manifestaban similares razones, a las cuales adicionaban cierto
componente político como resultado de la influencia recibida
de los grupos de izquierda en las universidades durante los años
80:
Yo me aburría en la casa, era que yo no me hallaba en ninguna
parte, porque uno a la edad de diecisiete años uno ya estaba
como muy grande, quería hacer algo porque uno nunca tenía
una experiencia así... me parecía muy bueno andar,
llegar a una casa, andar y andar, eso quería. (Sánchez
y Sánchez, 1994: 97).
Allá
en Andes se oía mentar mucho la guerrilla, de por allá
se iba mucha gente, casi todos los muchachos se querían meter,
a mí me daban ganas de meterme también, le decían
que a uno le tocaba sufrir... que tenía que aguantar hambre,
frío, le tocaba caminar mucho... pero yo sin embargo me quería
ir, quería experimentar (1994: 98).
Por
otra parte, aunque las mujeres han ganado hoy mayores espacios de
participación política y el número de ellas
que militan en los ejércitos irregulares ha aumentado, su
presencia sigue siendo marginal en los espacios de toma de decisiones.
Las mujeres combatientes debieron ganarse a pulso su lugar en los
grupos guerrilleros, entregándose completamente al grupo
y a la causa. Como nos dejan entrever, a través de sus testimonios
de vida, Vera Grabe (2000) y María Eugenia Vásquez
(2000), combatientes del M-19 posteriormente reinsertadas a la vida
civil, ellas debían luchar diariamente para mantener su posición
en la organización armada. El ser mujeres significó
para ellas una demostración permanente de su capacidad para
desempeñarse como combatientes, que iba desde su resistencia
física hasta la puesta a prueba de su fidelidad a la causa,
lo que las confrontó con su decisión de ser madres.
Según sus testimonios, el machismo se experimenta con más
intensidad cuando la maternidad aparece en la vida de la mujer combatiente:
Lo
tomas o lo dejas... otra vez: Madre patria Vs Madre-madre [...]
Se podía ser madre, pero renunciando a la participación
política. O participar renunciando a ser madre (Grabe, 2000:
309).
[...]
había entregado mucho para tener que probar a toda hora mi
valía. Sentía desengaño, decepción,
tristeza. La gente con la cual había compartido tanto, no
me acompañaba en la dicha de este hecho tan importante para
mi vida, sino que me juzgaba por haber infringido unas reglas que
sólo eran para las mujeres (Grabe, 2000: 273).
Es
también notable la ausencia de las mujeres en el fallido
proceso de paz del gobierno Pastrana. Ninguna guerrillera hizo parte
del grupo que conformó la mesa de negociación; tampoco
se las tuvo en cuenta para participar en el llamado Comité
Temático. La posición del gobierno no fue más
alentadora: dentro del grupo de funcionarios encargados de las negociaciones
sólo figuraba una mujer, Ana Teresa Bernal, miembro del Consejo
Nacional de Paz.
A
pesar de lo anterior, la participación en los grupos armados
representa con frecuencia para muchas mujeres la oportunidad de
jugar otro papel en la sociedad, de desplegar cualidades distintas
a las que se les otorgan tradicionalmente y de demostrar su poder
de mando. Cada grupo guerrillero ha dado a las mujeres un tratamiento
diferente, que influye en las funciones que éstas desempeñan,
y que está determinado no sólo por concepciones ideológicas
del grupo, sino también por la procedencia de las mujeres,
bien sea rural o urbana. Las FARC y el ELN, por ejemplo, han mantenido
a las mujeres en posiciones subordinadas; en algunos casos realizando
labores de tipo logístico, de apoyo y de servicios; funciones
similares a las que desempeñan en el ejército, con
la diferencia de que "las farianas" y "las elenas"
pueden participar en combates y acciones de avanzada. Sin embargo,
aunque en las FARC, el EPL y el ELN ellas intervienen en acciones
militares, su participación política en los puestos
de mando y en las decisiones estratégicas no es frecuente.
Tal vez el M-19 fue el grupo insurgente en el que la participación
de las mujeres en posiciones de mando fue más común
(Meertens, 2000: 392).
Le
había preguntado a uno de los comandantes por qué
a las combatientes de las FARC las veía sobre todo en la
cocina, y me contestó que ellas ofrecían mayor confianza
en caso de que alguien quisiera envenenar a los mandos. Ahora le
pregunté a Manuel Marulanda por qué no había
mujeres en la dirección, y me respondió: 'Para eso
la tenemos a usted en la Coordinadora, usted es nuestra mascota...'
(Grabe, 2000: 323).17
Las
mujeres en Colombia también forman parte del ejército
regular (FFAA). Su vinculación se inició en 1953,
con la creación de la Policía Femenina durante el
gobierno del General Rojas Pinilla, pero con la caída de
éste se puso fin a dicha experiencia, y sólo hasta
1973 el Ejército, la Policía Nacional y la Fuerza
Aérea empezaron a incorporarlas como oficiales y suboficiales
(Arango,1995: 8). Sin embargo, a diferencia del papel que juegan
en los grupos armados irregulares, al interior de las FF.AA. su
participación está limitada a labores administrativas,
logísticas o en el área de servicios; ellas no pueden
combatir ni desempeñarse en el mando de tropas. Además,
sólo pueden ascender hasta el rango de coronel, ya que para
ocupar cargos más altos es necesario realizar cursos de contraguerrilla
y haber estado al mando de tropas, de los cuales, como dijimos anteriormente,
están excluidas.
En
la Policía Nacional, las mujeres tienen las mismas responsabilidades
y derechos que los hombres, por lo que no tienen límites
en los ascensos, pudiendo llegar al rango de general. Sin embargo,
en los 111 años de vida de la policía colombiana sólo
una mujer ha llegado a ser comandante de un departamento y únicamente
nueve han ostentado el cargo de teniente coronel (Mi coronela...,
2001: 1-5). A pesar de ello, la presencia de las mujeres colombianas
en cargos militares parece aumentar. El actual presidente Álvaro
Uribe Vélez, por ejemplo, designó como ministra de
defensa a Marta Lucía Ramírez, primera mujer en la
historia del país en ocupar este cargo. Así mismo,
nombró como edecanas del presidente a la capitán de
la policía Betsy Bustos y a la teniente de navío Adriana
Paeres, convirtiéndose en el segundo presidente que emplea
mujeres como edecanes. El primero fue Ernesto Samper (1994-1998)
(Durán, 2002: 2-1).
Así
pues, no queda sino explicitar lo obvio: las mujeres guerreras existen
desde hace mucho en distintas culturas. Ni nuestra época,
ni el conflicto colombiano inventaron a la mujer combatiente. Aunque
si nos sentimos tentados a creerlo así, tampoco es culpa
nuestra: simplemente la Historia tiene mala memoria al referirse
a ciertos temas y ha retratado mal a las mujeres, pues como afirma
Cristiana Fisher, citada por Rivera (1998: 190), no se puede seguir
haciendo historia sin plantearse la parcialidad sexuada de los sujetos
históricos. Hacer historia de las mujeres no consiste simplemente
en cambiar el objeto de estudio: de los hombres a las mujeres, de
los espacios públicos a los privados, de lo político
a lo cotidiano. Se trata más bien de replantear los conceptos
que tenemos acerca de lo que significa ser hombre y ser mujer, pues
son estos los que determinan nuestras maneras de ver y retratar
el pasado.
Elsa
Blair T. (Colombia)
Socióloga, Universidad de Antioquia. Doctora en Sociología
de la Universidad Católica de Lovaina. Investigadora del
Instituto de Estudios Regionales -INER-, Universidad de Antioquia.
Coordinadora del grupo de Investigación Sociedad y Conflicto.
Yoana Nieto V. (Colombia)
Comunicadora Social, Universidad de Antioquia. Estudiante de la
Maestría en Historia, Universidad Nacional - Sede Medellín,
Asistente de investigación.
El
presente trabajo es un artículo de avance de la investigación
titulada "Mujeres en tiempos de guerra: Una mirada a lo femenino
en el contexto de los grupos armados colombianos". Dicho
proyecto está siendo realizado por integrantes del Grupo
de Investigación Sociedad y Conflicto, del Instituto de
Estudios Regionales, INER, de la Universidad de Antioquia. El
artículo fue elaborado con base en las discusiones del
grupo de trabajo, conformado en su totalidad por Elsa Blair y
Luz María Londoño, investigadoras; Yoana Nieto,
asistente de investigación; Verónica Espinal y Bárbara
Galeano, estudiantes de antropología, quienes participan
en la investigación como estudiantes en formación.
Jesús
Abad Colorado (Colombia)
Nació en Medellín en 1967. Comunicador Social-Periodista
de la Universidad de Antioquia. Ha sido colaborador de los más
importantes medios impresos nacionales. Sus fotografías
han sido expuestas en Colombia, Cuba, Argentina, Alemania, España,
Suiza y Estados Unidos(e-mail: jabadc@epm.net.co).
Notas
1
Las referencias más antiguas encontradas se remontan a
Heródoto, quien habla de las legendarias Amazonas.
2 Es el caso de mujeres excombatientes en conflictos armados recientes
en Centroamérica (Véase: VASQUEZ Norma; IBAÑEZ
Cristina y MURGUIALDAY Clara. Mujeres-montaña: Vivencias
de guerrilleras y colaboradoras del FMLN. Madrid: Horas y horas,
1996; DIAZ Nidia. Nunca estuve sola. Testimonio de la comandante
guerrillera salvadoreña Nidia Díaz. Buenos Aires:
Ediciones Dialéctica, 1990; BELLI Gioconda. El país
bajo mi piel. Memorias de amor y guerra. Barcelona: Plaza &
Janés, 2000). En Colombia un caso histórico resulta
relevante: el diario de María Martínez de Nisser
escrito entre 1840 y 1841, época durante la cual se desarrolló
en el país la llamada Guerra de los Supremos. (Véase:
MARTÍNEZ de Nisser María. Diario de los sucesos
de la revolución en la provincia de Antioquia en los años
de 1840-1841. 2.ª Edición. Bogotá: Incunables,
1983) y más recientemente: GRABE Vera. Razones de vida.
Bogotá, D.C.: Planeta, 2000, y VASQUEZ P. María
Eugenia. Escrito para no morir. Bitácora de una militancia.
Bogotá, D.C.: Ministerio de Cultura, 2000.
3 Es el caso de algunas instituciones que participan en programas
de asistencia humanitaria en los conflictos o en procesos de reconstrucción
post-conflicto.
4 Dentro de esta literatura podemos ubicar el Instituto Panos,
que ha recogido testimonios de mujeres en diferentes partes del
mundo. (Véase: Panos Institute. Armas para luchar, brazos
para proteger. Barcelona: Icaria, 1995). También el Instituto
Life & Peace (Véase: SANFORD Victoria. Mothers, Widows
and Guerrilleras. Anonymous conversations with survivors of state
terror. Uppsala: Life & Peace Institute, 1997.)
5 Entendemos por literatura testimonial, aquellos relatos en los
que las mujeres excombatientes narran su experiencia al participar
en un conflicto armado, bien sea libros escritos por ellas mismas
(como los de Maria Eugenía Vásquez y Vera Grabe,
donde las autoras cuentan su experiencia personal al participar
como combatientes en el conflicto armado colombiano y reflexionan
sobre su participación en el M-19), o testimonios recopilados
por investigadores a través del método de la entrevista.
6 El SASR (Special Air Service Regiment) es un escuadrón
de choque considerado como uno de los equipos militares más
rudos del mundo.
7 Las mujeres hoy en Colombia son sujetos de derecho político.
En este sentido y dentro de un horizonte de búsqueda de
la igualdad, podrían tener cabida razones tales como el
derecho a participar en todos los espacios del acontecer social
o el derecho a ser actoras políticas, donde la opción
por las armas sería la alternativa escogida por muchas
mujeres para buscar un nuevo ordenamiento social o preservar el
establecido.
8 Según cálculos elaborados por un equipo de investigación
de la Universidad de Hamburgo, a cargo de Klauss-Jurgen Gantzel,
citado por Waldmann, se han contabilizado 195 guerras entre 1945-1995.
WMANN Peter. Op. cit. p. 12.
9 Al respecto dicen: "Estos testimonios reflejan la gran
diversidad de experiencias y reacciones de las mujeres: desde
los prejuicios más profundos a la compasión ganada
con el propio dolor, desde la fe en el futuro hasta el cinismo
o la desesperación, desde una confianza creciente en la
propia capacidad y fuerza para sobrevivir hasta un sentido agudizado
de vulnerabilidad y miedo" (Panos, 1995: 10).
10 Obviamente, si esta participación femenina continua,
los estrategas militares se verán en la necesidad de cambiar
sus tácticas de guerra: las mujeres en labores de inteligencia
o infiltración ya no tendrán ventajas en razón
de su género para pasar desapercibidas.
11 El informe de Panos habla de cómo comunidades que sostenían
relaciones multiétnicas se sienten especialmente traumatizadas
al ver su desintegración y al observar cómo vecinos
y amigos se vuelven unos contra otros. Op. cit., p. 12.
12 Algunas guerrilleras han tenido hijos efectivamente, pero ellos
son cuidados por otras personas -generalmente las abuelas, en
el caso colombiano- y las combatientes no asumen la maternidad.
El costo que tiene para las mujeres participar como combatientes
en términos del ejercicio de la maternidad es señalado
con frecuencia en la literatura testimonial a la cual se hizo
alusión anteriormente. En palabras de María Eugenia
Vázquez, quien combatió en las filas del M-19, "la
guerra y la maternidad son incompatibles" (Sánchez
Blake, 2000:64).
13 La obra en cuestión fue escrita entre 1840 y 1841.
14 En las FARC representan el 30% de las combatientes. No tenemos
aún cifras sobre las mujeres en las filas paramilitares.
15 Este señalamiento coincide con apreciaciones similares
recogidas por el Instituto PANOS.
16 Con todo, los testimonios son aportados por los medios televisivos
más que por la prensa.
17 El resaltado es nuestro.
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