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Revista
No. 276 / Abril - Junio
Las
músicas de Pascal Quignard
Pablo
Montoya Campuzano (Colombia)
Profesor de literatura en la Universidad de Antioquia. Escritor
y músico. Autor, entre otros, de los libros: La sinfónica
y otros cuentos musicales, Viajeros, Habitantes y Razia.
Entrevistas
en Iasnia Polyanna de Máximo Gorki
1
En
Las tablillas de boj de Apronenia Avitia aparece el eje de la poética
histórica de Pascal Quignard. Ésta se emparenta con
la que Marcel Schwob esboza en el prefacio de sus Vidas imaginarias.
La ciencia histórica dice Schwob, nos deja
en la incertidumbre sobre los individuos. El arte, aprovechando
esta suerte de orfandad, poco debe preocuparse por las generalidades
y las clasificaciones. Lo único que desea es precisamente
lo único. La singular filigrana que vuelve la
vida del hombre una penumbra en la que el poeta entra y, a través
de la imaginación, crea una luz necesaria. Borges, que escribió
Historia universal de la infamia bajo la influencia de Schwob, dice
que para recrear el acto histórico no es menester acudir
a la pesada arqueología. Flaubert, sabemos, lo hizo. Se sumergió
en la obsesión del detalle casi científico para plasmar
en el siglo XIX una antigua epopeya de Cartago y el antiguo baile
de Herodías. Pero Schwob, despreocupado por lo verdadero,
y apoyándose en polvorientas lecturas, se dedicó a
imaginar y a escribir. Borges y Schwob indagan, sin duda fascinados
por las aventuras, en un cierto heroísmo, en una cierta temeridad
y en un cierto rasgo de insensatez humana. Los infames del argentino
son, de algún modo, como reflejos de los imaginados seres
del francés.
Quignard
hace algo semejante y distinto. Parte del mismo postulado. Los hombres
que aborda, sin embargo, son aquellos que la historia, seducida
más por el ruido que por el silencio, ha marginado. Quignard,
sostenido en andamiajes de erudición, ilumina la galería
de la historia con el dato en apariencia nimio del individuo. Apronenia
Avitia, patricia que vivió en Roma entre el siglo IV y V,
apunta el diario de su intimidad en frágiles tablillas. Las
cosas para hacer, las cosas dignas de recordar, las cosas detestables,
los alimentos que degusta, el noble vino presente siempre, el clandestino
amor, el ir y venir de las barcas por el Tíber, la gama de
olores con que se forjan las noches y los días. La existencia
de Apronenia transcurre durante la caída de Roma a manos
de los godos cristianos. Pero ésta, tramada de saqueos y
hambrunas, de masacres y confusión, ni siquiera se oye entre
los diálogos de los amigos hedonistas de Apronenia, ni entre
los ayes de la enfermedad y los suspiros del afecto. Y, sin embargo,
por el milagro poético, Roma y su caída se perfila
en esta novela hecha de fragmentos.
Quignard
exhuma desconocidos para desequilibrar los pilares de la historia.
Su mirada sugiere instantes olvidados capaces de arrojar una luz
propia que permita entender mejor pasadas existencias. Los rescates
del grabador francés Meaume en Terraza en Roma, del escritor
griego Lycophron en Alexandra Lycophron y del músico francés
Sainte Colombe en Todas las mañanas del mundo obedecen a
este impulso. Se trata, en suma, de estremecer las certidumbres
históricas y proponer la incertidumbre del individuo señalada
por Schwob. En esta alternativa, literaria pero atravesada por un
fulgor filosófico, Quignard arranca del olvido obras y autores
ignorados por esa historia que edifica generalmente el conservadurismo
de los espíritus victoriosos. Es como si Quignard, al rastrear
huellas ocultas, se sintiera contemporáneo de los perseguidos,
los despreciados por el poder, los anacoretas, los místicos
y los recalcitrantes. Es como si Quignard se sintiera contemporáneo
de todo lo perdido. En La biblioteca, uno de sus Pequeños
tratados, se establece esa clara conciencia de la pérdida.
La escritura, las civilizaciones, la historia, el hombre, todo no
es más que una ilusión. El sentido es el sueño
de los insensatos. En realidad, dice Quignard, siempre hemos perdido
todo. Y todo, irremediablemente, lo habremos de perder.
2
Quién
es Sainte Colombe en la historia de la música francesa. Qué
dosis de permanencia hay en su vida opaca y cuál es el perfil
memorable de una música compuesta para la viola da gamba,
instrumento caído en desuso y repudiado por los revolucionarios
franceses que cantaron con bronces y timbales la vigencia de la
República. Quignard, consciente de las sombras que rodean
a este compositor no se sabe su nombre ni sus fechas de nacimiento
y muerte, gran parte de su obra despareció se apoya
en algunos datos que Titon du Tillet menciona en El parnaso francés.
Traza a un músico que no acepta los fastos de Luis XIV y
se consagra completamente a la viola. Sainte Colombe descuida la
educación de sus dos hijas, y se encierra en una cabaña
que él mismo construye para perfeccionar su instrumento y
componer música. Una música cuya razón de ser
es dialogar con el fantasma de su esposa muerta.
Uno
de los pilares sobre los cuales se levanta Todas las mañanas
del mundo es para qué sirve la música. No para cosechar
aplausos y divertir los ánimos decadentes de una corte. Ante
la demanda que el rey le hace para que toque en su presencia, Sainte
Colombe responde a sus emisarios: prefiero la luz del crepúsculo
sobre mis manos que el oro ofrecido; prefiero mis trajes negros
que las pelucas nobles; prefiero mis cerdos y pollos a los violines
del rey. En Sainte Colombe la música sirve, sobre todo, para
dialogar con la muerte. Los hombres lo intentan con el lenguaje.
Pero el lenguaje también es una ilusión y la escritura
un artificio. El escritor vive en esta morada espejeante. Creyendo
que roza el sueño, que define el mito, que nombra la historia,
que descifra el tiempo. Creyéndose hallado en palabras que
lo extravían. Deteniéndose en conjugaciones verbales
cuya esencia es fugitiva. Al ser consciente de la estrechez del
lenguaje, se acude entonces a la música. La música,
que es un lenguaje porque tiene sintaxis, pero que niega todo lenguaje
porque carece de sentido. Se trata de dialogar con la muerte, ese
misterio, a partir de un medio, la música, que nombramos
con dificultad pero que indefectiblemente nos nombra. Porque el
hombre, antes de ser lenguaje articulado, en el vientre materno
y sucedido el nacimiento, es el ámbito del canto, del gemido,
del grito, esos otros rostros de la música.
Lo
que acaso desea la música, al dialogar con la muerte, es
fundirse en el silencio. Pero esto no significa que la esencia de
la música en Todas las mañanas del mundo sea él.
Se puede plantear que en la obra de Pascal Quignard la palabra aspira
a este estado. Hay una continua nostalgia de él en varios
de sus Pequeños tratados. En Todas las mañanas del
mundo y en La lección de música el debate entre si
la música es silencio, o su búsqueda, alcanza momentos
de gran intensidad. Sin embargo, Sainte Colombe enseña a
su discípulo Marin Marais lo contrario. Los secretos de la
interpretación de la viola, dice el maestro, están
en la impetuosidad del viento, en el sonido del pincel sobre la
tela, en la recitación de dos mujeres, en el ruido que hace
la orina caliente al chocar contra la nieve. Una situación
semejante se da en La última lección de música
de Tchen Lieng, el tercer tratado con que finaliza La lección
de música. El maestro chino, que vivió en el siglo
VI a.C., dice a Po Ya que la música no es el fin de la tormenta,
sino la tormenta misma. Tchen Lieng y Po Ya salen a buscar el secreto
de la música. Y no lo hallan en el silencio. Lo encuentran,
tal como sucede en Todas las mañanas del mundo, en el gemido
de una prostituta, en la gota de sangre que cae sobre un tapiz,
en el ruido que los palillos hacen al ensartar la carne asada y
el seco camarón. Al final de este encuentro con la música,
Tchen Lieng y Po Ya permanecen durante cinco horas escuchando el
ruido de una escoba que alguien utiliza para barrer el patio externo
de un templo.
La
circunstancia, en todo caso, de la música y el silencio tiene
un lado paradójico. Si la muerte es el dominio del silencio,
como lo plantea un imaginario popular, entonces la vida sería
un paréntesis de sonido. El universo es creación,
evolución y aniquilación de ese sonido. Nace, según
la ciencia, con una gran explosión que aún no ha finalizado
de expandirse en el tiempo. Nace, en los mitos, con un grito. Son
muchas las cosmogonías que ofrecen en su génesis la
imagen de un dios que exclama, que habla, que grita para crear la
temporalidad. Marius Schneider, en un exhaustivo ensayo, El
rol de la música en la mitología, ofrece algunos
ejemplos. El término Brahma significa palabra
sagrada, y es de la boca de Brahma que salen los dioses en la mitología
hindú. Prajapati, el dios creador védico, surge a
su vez de un soplo sonoro. Los yakutes, los antiguos egipcios y
algunas tribus primitivas de África, consideran a Dios como
un gran gritador. Los miwok, los uitoto, los massa atribuyen el
origen del mundo al sonido de una palabra divina. Los mayas quichés
del Popol Vuh saben que el universo existe por la palabra pronunciada.
Hay un pasaje, acaso el más revelador, en Los pasos perdidos
de Carpentier que puede ayudar a comprender mejor esta circunstancia.
Es el referido al nacimiento de la música. El musicólogo
observa cómo el chaman puja, grita, hace borborigmos, recurre
al sonido su boca, la maraca, los pies para enfrentar
el silencio de la muerte que se apodera del enfermo. La música,
en esa página inolvidable, nace cuando la palabra no tiene
nada que decirle a la muerte. La música brota cuando el chamán
sale a la búsqueda de las voces, de los soplos de los espíritus
hasta que ellos habitan su cuerpo. Ya Stendhal explicaba, más
de un siglo antes y en un contexto menos etnológico, que
la música empieza donde termina la palabra. Y su anhelo,
quizás su inevitable destino, sea abrazar al silencio de
la muerte.
Esta
comunicación con un más allá, que a diario
construye Sainte Colombe, está afincada en lo que los psiquiatras
llaman esquizofrenia. Bleuler, el primero en utilizar el término,
hacía este cuadro de los enfermos que estudiaba: Los
esquizofrénicos más graves (Bleuler los llama autistas)
son aquellos que ya no tienen contacto con el mundo exterior y viven
en su propio mundo. Se encierran con sus deseos (que consideran
ya realizados) y se alejan lo más posible de todo contacto
con el afuera. Sainte Colombe y muchos músicos
por lo demás entraría en esta definición.
Pero él no sucumbe en lo que usualmente naufraga el esquizofrénico.
Porque Sainte Colombe es un artista. Y en él hay sublimación
y reparación. Sainte Colombe pasa catorce o dieciséis
horas al día tocando la viola da gamba. Convencido de que
mientras más se aleje del mundo exterior, mejor se podrá
comunicar con un espectro. Convencido de que en el aislamiento este
deseo se satisface. En este diálogo con la muerte, por ello,
hay melancolía. La enfermedad de la contemplación,
el mal que aqueja a quien persigue la belleza, la transformación
anímica favorecida por aquella bilis negra que tanto preocupó
a Isidoro de Sevilla y que los humanistas del Renacimiento elevaron
a dolencia de los genios. Sainte Colombe es un melancólico
feliz. Junto con Miguel Ángel cree que la alegría
más intensa es pura melancolía.
3
Hay
otra faceta musical en Todas las mañanas del mundo, la que
representa Marin Marais. Esta faceta, que es como un leitmotiv en
la obra de Quignard, evidencia el desgarramiento existente en ciertas
vocaciones musicales. Marais decide ser un virtuoso de la viola
y superar el trauma de su muda de voz. Se hace compositor para recuperar
la voz perdida en ese paso que lo ha precipitado a la adultez. Este
es una dolorosa metamorfosis. Una prueba de que se deja la infancia
y la calidez primera del útero se pierde aún más.
Ante este cambio masculino que sucede a los trece o catorce años
la mujer lo tendrá próximo a la menopausia,
Quignard cree que hay dos posibilidades: la castración y
la música. La primera impide que la voz dulce se vuelva grave.
La segunda, y es el caso dado en Marais, pretende recuperar lo perdido.
Lo perdido, se entiende y ésta representa otra constante
en Quignard, es el mundo prenatal. La música ayuda
a ese reencuentro con el ritmo del corazón y los pulmones
que surgen de la madre cuando todo es oscuridad, tibieza y plena
fusión con la vida. Marais persigue la extraviada voz del
inicio a lo largo de casi toda su obra. El segundo de los cinco
libros que escribió en 1701 para la viola se llama precisamente
Las voces humanas. Una composición que podría
entenderse como el intento de clasificar una voz vuelta imposible.
Y también está La gama, de 1723, ejercicio
virtuoso para trío instrumental donde se recorren todos los
tonos de la música para reproducir la delicadeza, la tristeza,
la gravedad, el despojo, la rabia que habita las voces de los hombres.
Marin
Marais tiene diecisiete años cuando busca a Sainte Colombe.
Está destrozado y necesita la guía del mejor violista
de la Francia de entonces. Los historiadores dicen que esta relación
de maestro-discípulo duró apenas seis meses, al cabo
de los cuales el joven sobrepasó al viejo. Quignard, en la
novela, aboga por un aprendizaje que abarca toda la vida de Marais.
Sainte Colombe no recibe al muchacho por su talento musical, lo
hace porque se compadece de su trauma. El dolor los une y el puente
que favorece esta unión es la música. Extraña
y conmovedora pareja de músicos. El uno habla con una muerta
encerrado en una cabaña. El otro intenta hacerlo con un útero
también fenecido. Pero hay también un choque en el
modo en que ambos compositores asumen el arte frente a la sociedad.
Sainte Colombe es un anacoreta y rehúsa todo tipo de contacto
mundano. Marin Marais logra desde muy joven ser músico del
rey y reemplaza a Lully en la corte cuando éste muere. Tal
circunstancia altera a Sainte Colombe. Para él Marais, así
toque música con perfección, jamás logrará
ser un verdadero músico. Porque una cosa es saber la técnica
musical y otra, mucho más compleja para el viejo jansenista,
es sentir la música. Lo curioso, no obstante, es ver cómo,
transcurrida una carrera prestigiosa y la pugna por rescatar esa
voz ida, acontece el silencio en los últimos años
del violista. Quignard recrea este final en el tratado Un
episodio extraído de la vida de Marin Marais. Allí
la música ya no ofrece ninguna posibilidad de cura. El compositor
se aísla y, mudo, contempla durante horas las flores de su
jardín. En el preámbulo a la muerte, Marais se hunde
en el silencio. Los motivos de esta actitud son varios. El logro
de una perfección tal en la interpretación de la viola
que ya no es posible seguir indagando en ella. La certeza de que
se ha compuesto para un instrumento decadente, a sabiendas de que
con esta declinación el sufrimiento sonoro es decir,
el de la voz perdida busca el olvido. Este postrero silencio,
y Quignard aventura aquí una hipótesis que soslaya
el fracaso, se debió a la conciencia que tuvo Marais de haber
murmurado un canto en oídos carentes de rostro. Su música
había sido escrita en el agua y con el ritmo de ella el rumbo
era la fuente donde el todo se funde con la nada. Para Quignard
suceden tres mudas en la vida de los hombres. La primera surge cuando
se abandona el vientre de la madre. La segunda llega al final de
la infancia. La tercera es la muerte. Es en ella donde Marais halla
el descanso. O el silencio que es lo mismo.
4
La
música puede ser la respiración de la noche. El movimiento
de la resaca del mar. El pájaro que precede al alba. Las
voces en el acoplamiento amoroso. La música puede vincular
con las estaciones que nacen y mueren intermitentemente. Con los
vientos y la lluvia que limpia de la tierra las devastaciones. La
música es el camino más directo que lleva a la vastedad
de la primera matriz. Y aún más allá, a esas
dos orillas que limitan la vida y donde el tiempo es otro o quizá
no exista. La música es conocimiento del cosmos, como cree
Pitágoras. O encantamiento de la naturaleza, como lo hace
Orfeo.
O
exceso de los sentidos, como lo insinúan las sirenas. La
música es una escala pentatónica que sumerge en el
nirvana. Un canto ambrosiano que se funde con Dios. O una fuga de
Bach que traza el absoluto. Pero la música, y a esta conclusión
llega Quignard, es también sufrimiento y terror. Los diez
tratados que integran El odio a la música pretenden demostrar,
a través de diferentes casos, que la música es la
voz de la tortura. Uno de ellos es Pedro. El apóstol termina
sus días en Roma, padeciendo una fonofobia particular. Vive
en un enorme palacio deteriorado, con las ventanas cerradas, las
paredes y los pisos llenos de tapices, y telas que impiden la presencia
del ruido. Pedro, acosado por los efectos de un gallo que señaló
una vieja traición en Jerusalén, no soporta los cantos
de los pájaros, las agudas letanías de las mujeres
cristianas, la brisa que deshoja los árboles. El caso del
ápostol con los tapones de lana que llevaba colgados
de las orejas, según dice el cronista Cneius Mammeius
recuerda a Orestes. El parricida huyendo de las Furias, cubriéndose
con las manos, clamando para que cesen esas horas, esos días,
esa eternidad hecha de aullidos, rogando para que se le otorgue
un minúsculo silencio. Lo acontecido a Pedro es tal vez el
producto de una neurosis que transforma en pesadilla lo que usualmente
es motivo de belleza. En el tercer círculo del Infierno hay
dos imágenes que impresionan al poeta. La primera se refiere
a una lluvia pesada, fría, maldita que cae siempre y por
toda la eternidad. La otra no es la visión de cancerbero
y sus tres horribles cabezas y su ojo de fuego y su pelo sangriento.
Lo que aterroriza a Dante es el ladrido. De hecho el castigo que
reciben los golosos en esta sección del infierno es el estruendo
de una voz animal que se mezcla a la lluvia eterna. Dante precisa
que esa voz es tan insoportable que despierta en los muertos el
deseo de ser sordos. Ésta, sin duda, representa una de las
escenas que permite decir con Quignard que sólo la
música es desgarradora. El Bosco es quien mejor ha
pintado este desgarramiento. El que ha sufrido alucinaciones auditivas
comprende hasta qué punto El Bosco logra acercarse a uno
de los peores núcleos del infierno humano. En el ala derecha
del Jardín de las delicias el centro del suplicio
está vinculado con instrumentos musicales. En la caja de
un tambor hay un condenado. Otro caga una fístula. Otro está
atravesado por las cuerdas de un arpa. Uno más está
atado al mástil de un laúd. La gaita, en la mitad
del cuadro, parece un corazón de cuyo pálpito depende
la extensión de los castigos. Pero por encima de todas estas
representaciones de la desgracia hay una que define la amplitud
del dolor. Se trata de un puñal que rasga un par de orejas
gigantescas. La interpretación que se acostumbra a dar a
los instrumentos musicales en el infierno del Bosco se apoya en
la moral. Es la lujuria la que, en definitiva, se condena en estas
imágenes. Los músicos viajeros entonces eran sinónimo
de costumbres disolutas. Sus canciones obscenas estimulaban la perdición
en las tabernas y posadas. La gaita tenía una connotación
fálica. Tocar el laúd significaba fornicar. Los moralizadores
medievales llamaban música de la carne a la lujuria.
Posiblemente El Bosco quiso oponer esta música mundana a
la música celestial que así la concibe Dante
en el Paraíso es armónica y se relaciona con
la perfección matemática de la esfera.
5
Cuando
entre los sonidos y el hombre se interpone una noción de
divinidad, la música puede ser consuelo. Pero si, en cambio,
los dioses mueren, la música deviene infernal. En tiempos
de derrota, y esto remite al poema de Hölderlin, la poesía
puede servir para rescatar al hombre. Pero se sabe que los nazis
repartieron este poema en 1939 a los soldados de la Wehrmacht. Y
entonces el poeta del largo retiro en su buhardilla de Tübingen,
que propone en sus versos la posibilidad de la lucidez en los tiempos
de miseria, o de indigencia, o en los tiempos mezquinos y nulos,
se volvió un poeta de la nación totalitaria. Con la
música sucedió una utilización semejante, pero
acaso más siniestra. De todas las artes, dice Quignard en
su tratado El odio a la música, ella fue la única
que se empleó sistemáticamente para el exterminio
de millones de hombres. Fue la música de los grandes compositores
alemanes Mozart, Beethoven, Schumann, Schubert, Wagner, Brahms
la que sonó mientras la muchedumbre se dirigía a las
cámaras de gas y los prisioneros iban como autómatas
a sus jornadas de trabajo. La música fue el medio para acompasar
la más completa deshumanización en la historia de
las civilizaciones. Pero para Quignard esta grotesca eliminación
del pensamiento y la sensibilidad del individuo, propiciada y acentuada
por la música, no es exclusiva del Tercer Reich. Quignard
va más lejos aún al desentrañar la oscura esencia
de la música. Etimológicamente oír es obedecer.
Escuchar se dice en latín obaudire. Y este término
desemboca en el obedecer del español y en el obéir
del francés. Una de las pulsiones primeras de la música
es precisamente suscitar la marcha en el auditor. En los más
remotos ritos paleolíticos la tribu patina sobre la tierra
siguiendo el canto o los toques del tambor del jefe. Con la música
surge una suerte de orden que anula el acto de desobediencia. El
auditor no es en realidad ningún interlocutor, sino la presa
que se abandona a la trampa. Píndaro, señala Quignard,
dice en unas de sus Píticas: lira de oro a quien obedece
el paso. Y Tolstoi, según relata Gorki, tenía
sus razones morales para abominar del poder sensual de los sonidos.
Decía: allí donde se quiera tener esclavos,
es necesaria la mayor música posible.
Para
algunos la relación infierno y música puede resultar
excesiva. Pero el ejemplo del que parte Quignard para ilustrar su
odio es contundente. Basado en los testimonios de Simon Laks y Primo
Levi, prisioneros que sobrevivieron a Auschwitz, concluye que la
música en los campos de concentración hacía
daño, precipitaba al fin, arrastraba hacia el fondo. Primo
Levi, en Si esto es un hombre, señala que al escuchar la
música que tocaba la orquesta de Auschwitz, la hipnosis del
ritmo continuo iba aniquilando el pensamiento y adormeciendo el
dolor. De ahí que Levi nombre la música infernal.
De ahí también que Vidal-Naquet llame Aedas
del infierno, a quienes se salvaron para integrar las orquestas
de los campos de concentración. Son marchas y canciones populares,
caras a los alemanes, lo que perdurará en la memoria de Levi
como una tortura. Ellas se han grabado hasta tal punto en
nuestro espíritu escribe, que serán la
última cosa del Lager que olvidaremos; puesto que ellas son
la voz del Lager, la expresión sensible de su locura geométrica,
de la determinación con la cual los hombres emprendieron
nuestra exterminación.
El
uso de la música en los campos de la muerte, y los numerosos
testimonios que quedaron de los músicos, hace más
comprensible la frase de Adorno: Después de Auschwitz
toda cultura es basura. En esta profunda decepción
parece apoyarse Quignard para formular su repudio por la música.
Lugares preparados para demostrar que en el interior de la cultura
es posible la peor de las barbaries. Aquella que pretende borrar
de la tierra y de la memoria la existencia del otro. Quignard, ante
esta aberración de hombres que lloraban oyendo en los campos
los momentos más melancólicos de las Escenas
infantiles de Schumann y organizaron corales para interpretar
la Oda a la alegría de Beethoven, propone golpear
una vez cada año la efigie de Richard Wagner, ese músico
antisemita, en todas las ciudades alemanas. Esta actitud de oprobio
hacia imágenes de la cultura quizá sea comprensible.
En todo caso, recuerda la actitud de músicos sobrevivientes
sucedida la liberación de los campos. Está el caso
de la cantante Hedda Grab-Kernmayr, quien cantó en el ghetto
de Theresienstadt (Terezín) obras de Dvorák, de Smetana,
de Bizet y que, viéndose libre, decidió no volver
a cantar y jamás hablar sobre música. Como un paradigma
memorable de este rechazo está la decisión del filósofo
francés Vladimir Jankélevitch de no escuchar ni tocar
la música alemana. Jankélevitch supo de los campos
de concentración pasada la guerra y entonces retiró
de su entorno intelectual y afectivo todo lo que fuera alemán:
arte, filosofía, música. Llegó a tal extremo
su posición que cuando se refería a Liszt, lo llamaba
François. Quignard, empero, considera que no es la nacionalidad
de las obras lo que debe ser sancionado, sino la música misma
que, desde su origen, somete a quien la escucha.
6
Pensar,
después de saber que existieron sitios como Auschwitz, Dachau,
Buchenwald y Terezin, que allí no hubo, ni pudo haber existido,
ninguna manifestación de la cultura, es ingenuo. En esos
anus mundi hubo una expresión artística. Grotesca,
irrisoria, insoportable, como lo testimonian Simon Laks en Músicas
de otro mundo y Primo Levi en Si esto es un hombre. Pero también
extrañamente vivificante. Las obras que tocaban las orquestas
varias veces al día, para acompañar las actividades
de la muerte, despertaban en los oyentes la certeza de que la música,
como una droga, devoraba al tiempo y producía olvido. En
otros favorecía la conciencia del pasado, de la infancia
que flotaba aún fresca más allá de los alambrados.
Algunos de los prisioneros, al escuchar de pronto una flauta o un
violín salidos de una radio, reconocían que había
un afuera, un otra parte, un posible después, y que el campo
no era la única realidad sobre la tierra. El caso de la violinista
Alma Rosé es ejemplar. Al ser deportada a Auschwitz se consagró
por entero a dirigir una orquesta femenina. Ella misma hacía
los arreglos de los trozos operísticos y las canciones seleccionados.
No cejaba en su empeño de hacer tocar a sus músicas,
casi todas neófitas en sus instrumentos, lo más perfectamente
posible. La tarea de Alma, su escudo inquebrantable en medio de
la negación absoluta del hombre, fue interpretar bien la
música. Y las deportaciones, los interminables trenes, las
cámaras de gas, le eran absolutamente lejanos. Morir
no tiene importancia decía hacer música
sí, ya que es lo único verdadero. Como Alma
Rosé que, al decir de Michel Schneider, fue un ángel
de música que traspasó con una luz terrible
la noche y el limo, hubo compositores para quienes su oficio
fue una especie de salvación. Ellos acaso son los garantes
necesarios para afirmar que la música pudo enfrentarse al
horror. Que al sobrevivir en esos lugares siniestros ayudó
a quienes la escuchaban. Gideon Klein, Hans Krása, Pavel
Haas, Viktor Ullman estuvieron en Terezin. Allí compusieron
obras. Obras que fueron elaboradas en un lenguaje contemporáneo.
En ellas primó la estética de la Escuela de Viena
y su ruptura de la tonalidad, así como la de la tradición
nacionalista checa y algunas influencias del jazz, que por aquellos
años era la música de moda que se escuchaba en las
tabernas de las capitales europeas. Michel Schneider, en Músicas
nocturnas, hace conclusiones similares a las que Quignard presenta
en su tratado. Pero para el primero es fundamental encontrar en
la música, y por encima de su evidente descenso al mal, una
justificación en pro del hombre. Y no es que las composiciones
de Ullman por ejemplo, que fue discípulo de Schoenberg y
de Zemlinski, nieguen la desolación, o sean una escueta denuncia
del exterminio. Son una transfiguración estética en
donde la figura del horror, por supuesto, jamás está
ausente. Schneider argumenta que el arte del campo de concentración
y esto comprende no sólo la música compuesta
e interpretada allí, sino también los dibujos de Zoran
Music, los relatos de Primo Levi, los poemas de Paul Celan
es una muestra de que sin cesar se les dijo, tanto a verdugos como
a víctimas, que jamás se podría acabar con
lo humano, que para la irreductibilidad del otro no había
solución final. Por ello mismo todos esos cantantes desaparecidos,
todos esos instrumentistas muertos, todos esos compositores aniquilados
por el totalitarismo, siguen haciendo una música que nuestra
memoria despedazada escucha.
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