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Revista
No. 275 / Enero - Marzo
La
imaginación salvaje
Marosa di Giorgio
María Rosa Olivera-Williams
El libro
La
uruguaya Marosa di Giorgio sorprende con una obra que subvierte
la división de los géneros literarios, y rehusa clasificaciones.
Sus poemas en prosa cuentan extrañas historias, y, sin embargo,
debido a que las mismas no se desarrollan en dimensiones temporales,
sino espaciales, dando prioridad a imágenes en constante
movimiento, subrayan su naturaleza lírica. Por supuesto que
se trata de poemas híbridos,1 engendro de poesía
y prosa para captar el mundo interior y exterior en el momento de
atracción de ambos, o de superación de los límites
entre lo subjetivo y lo material. Ángel Rama se preguntaba
si Di Giorgio escribía poemas secretos e inconfesables o
relatos fragmentarios contados por las voces de la furia y la libertad.2
Por su parte, Wilfredo Penco se cuestionaba si se debería
hablar de una larga novela inconclusa, o breves narraciones que
nacen de la poesía, para contar una misma historia de maravillas
y misterios. Sus doce poemarios hasta el 2000 año en
que se publicó la última edición, en dos volúmenes,
de Los papeles salvajes constituyen un único libro,
una obra indivisible y orgánica que se reitera incansablemente
y con nuevos bríos, en un despliegue erótico de múltiples
capítulos.
El
libro único de Di Giorgio que como un gigantesco árbol
crece constantemente, ha echado asimismo brotes en prosa. En 1993
publicó la colección de relatos Misales, en 1997 Camino
de las pedrerías, y en 1999 la novela Reina Amelia. Sin embargo,
estas obras en prosa también son muestras de la mezcla de
géneros que la caracteriza, ya que no sólo el discurso
de estas ficciones es exquisitamente lírico, sino que las
imágenes y el punto de vista narrativo reitera la mirada
de los enunciantes poéticos de Los papeles salvajes. Así,
Amelia, esa zona semiprohibida que se convierte en el
eterno fluir del mar (Mesa de esmeralda, p. 117), y es probablemente
el verdadero nombre de la hablante poética en La liebre de
marzo (p. 306), o sea que es uno de los centros cambiantes y eternos
desde donde Di Giorgio percibe el mundo de Los papeles salvajes,
ocupa una posición más sostenida en la novela. Sin
embargo, tanto novela poética como poemario en prosa logran
por medio de su unicidad y extrañeza la atención necesaria
requerida por Joseph Conrad para hacemos ver. Di Giorgio
nos hace ver un mundo sorprendente, paradójicamente
remoto y cercano, en el cual al asombro del primer choque prosigue
la familiaridad de una verdad velada, secreta y conocida. Ella nos
hace ver, en especial, la invisibilidad e inaudibilidad de
la mujer poeta, ser camaleónico, cuya fuerza va a radicar
en sus múltiples máscaras y disfraces.
Si
la poesía de Di Giorgio sorprendía por la hibridación
de géneros, también lo hace por cultivar un mundo
rural, en tiempos en los que la poesía urbana es hegemónica.
Los papeles salvajes presenta un mundo agrario, onírico y
concreto. Sus personajes, por los cuales se mira el mundo, son animales
reales y fantásticos, oriundos de su Salto natal como imaginarios
de una Italia contada en historias de familia.3 Las mismas
características se observan en el mundo vegetal que convive
con el animal y el humano. Las flores se vuelven estrellas; los
tomates, caras rojas sufrientes y sexuadas; las mariposas, hombres
y mujeres. Es un mundo donde se da cita la familia extensa de Marosa,
generalmente fantasmagórica, con hadas, demonios rojos, ángeles
negros, y la sempiterna presencia de la Virgen María: Dónde
apareció la Virgen?... Estaba por todos lados. A la vez,
por todos lados. Con el vestido blanco, y capuchón, y en
la mano, no sé qué, una fresia o un pollito. Yo quedé
harta de esa repetición, reverberación.4
No hay orden jerárquico entre el mundo vegetal, animal, humano
y espiritual. Todo se da en un mismo plano, el del espacio del poema,
movido por el deseo de armonía, de continuidad. Así
como la Virgen María estaba por todos lados,
demandando que la hablante, testigo y portavoz de ese mundo, se
convierta ella misma en Virgen, como en el poema que nos sirve de
epígrafe, Soy la Virgen... (I: 312), también
animales, insectos, plantas, demonios, ángeles, se convierten
en ojos que logran hacemos ver como nuevo, de manera
diferente, todo, desde la relación madre-hija, al ritual
de la comida, la comunión, las bodas, o deseos de uniones
insólitas, generalmente hermafroditas.5 El acto de
la lectura ilumina un mundo esencialmente erótico y erotizado,
en el que todo se abre, se des-naturaliza, está en movimiento
para integrarse a otro ser u objeto que actúa como centro
de atracción. La hablante es mujer y lechuza, violada por
un lobo, deseada sexualmente por un gato, mariposa y mujer, muñeca
de loza, muñeca de mazapán, y también, liebre:
Ser
liebre.
Le veo las orejas como hojas, los ojos pardos, los bigotes de pistilo,
un tic en la boca oscura, de alhelí...
Se mueve con un rumor de tambor. ¿Será un jefe liebre?
¿una liebre madre? ¿O un hombre liebre? ¿una
mujer liebre? ¿Seré yo misma? Me toco las orejas delicadas,
los ojos pardos, el bigote fino, la boca de alhelí, la dentadura
anacarada, oscura (I: 315).
Interesa
reiterar que estas transmutaciones no privilegian ninguna de la
miradas que integran a un enunciante en eterna metamorfosis. Por
lo contrario, las diferentes perspectivas, ya sea la del pájaro,
insecto, animal, muñeca, virgen, etc. son las que permiten
que el mundo de Los papeles salvajes se enriquezca con múltiples
interpretaciones, ya que quien lo proyecta deviene sus múltiples
máscaras. El yo enunciante puede ser tanto la
propia Marosa di Giorgio, como su imaginación desbordada.
Las máscaras, como nos han enseñado la poesía
escrita por mujeres, y la crítica feminista (Sylvia Molloy,
Gwen Kirkpatrick, Mary Jacobus, Nancy K. Miller, entre otras), se
han hecho carne y articulan el complejo cuestionamiento de la identidad
de la mujer que escribe.
La
falta de jerarquización y de divisiones entre lo vegetal,
animal, humano, fantástico, metafísico, parecería
apuntar en una primera lectura a un estado primigenio e inocente,
allí donde el incesto aún no estaba prohibido,
donde los animales se comunicaban con los hombres y donde el sexo
no estaba separado de la totalidad del cuerpo (Silvio Mattoni,
p. 5). Parecería el mundo paradisíaco, anterior a
la caída, regido por la centralidad armoniosa de Dios: Dios
en el centro, y aunque se moviese todo giraba a su alrededor
(II: 110). Este mundo que insiste en la recreación de los
momentos de gestación, huevos puestos por la hablante, huevos
de los que ella nace, huevos que son ella, para dar unos pocos ejemplos,
estaría captado aparentemente por la mirada de la niña
que no es consciente todavía de las prohibiciones sociales.
Sin embargo, quien mira no es una niña, sino una mujer adulta
que puede ser niña, así como también es insecto,
ave, animal y huevo. La hablante hija se convierte en mujer/madre
de su madre: A veces, cuando veo una pequeña niña,
me digo: ¿No será Clementina Médici que ha
vuelto?/ Y siento deseos de robarla y de criarla (II: 304).
El constante desplazamiento del punto de vista de la enunciación
hace imposible que se pueda considerar el mundo de chacras, animales,
plantas lujuriosas, de los familiares de la Marosa/hablante y personaje
(padres, abuelos, tías, primos, vecinos), y de seres mitológicos,
como signo de un mundo ajeno a la ley, a los tabúes y al
pecado. Por el contrario, el adjetivo salvaje del título
no se refiere a una escritura (papeles) desde la posición
ingenua/salvaje de los niños, sino desde las múltiples
perspectivas que adopta la enunciación para oponerse a la
cosificación de un orden positivista.
Las
miradas nómadas, constantemente transubstanciadas, no dejan
de ver y hacer ver las imposiciones de roles sociales, los tabúes,
así como también los poderes liberalizantes del deseo.6
El mundo agrario y sensual de Los papeles salvajes no queda al margen
del orden patriarcal: Papá volaba en un carro, un avión
hecho por él mismo, durante pocos días; le veíamos
pasar entre dos alas largas y angostas, rozando el techo, se reía,
y al instante, ya de pie, entre nosotros, daba sus serias órdenes;
parecía otro (II: 103). No sólo el padre es
signo del orden, sino también la madre. En una relación
paradójica, pero no inusual en la poesía de mujeres,
por ejemplo en la de la chilena Gabriela Mistral, o la de la norteamericana
Sylvia Plath, al profundo amor por la madre, de quien se es una
extensión, y al deseo de la hablante por agradarla, se mezcla
la impotencia hacia esa madre que impone límites y reglas.
Mi madre rezonga como una hoguera (I: 278); Se
deshizo mi trenza; nuevamente, salí sin vestido; por esto
mamá me persigue y me condena (I: 285). Al entrar
dije: Mamá, no me persigas, no me sigas. Déjame
vivir, jugar, ata aquí tus figuras. Pero ella acomoda
huevos y manzanas, ubica vestidos./.../Y reaparece otra vez por
todas partes (I: 293). La hablante que se auto-identifica
como Marosa en varios de los poemas se sabe limitada desde su nacimiento
por el romance familiar:
Mi
padre y mi madre me cercaban. Si iba hacia el norte estaba mi padre;
si iba hacia el sur, también, estaba.
Si iba hacia el este, estaba mamá; y en el oeste, también
estaba.
Y ambos estaban en las cuatro partes....
Creo que era sonámbula y en sueños me escapaba, me
iba desnuda; pero, al volverme, aún en el sueño, venía
mamá y me daba miedo, me daba vergüenza... Me parece
que, hoy, es el día de mi nacimiento. Papá y mamá
dicen: Se llamará Marosa (I: 309).
El orden que se opone al vuelo, a la libertad, impone máscaras,
representaciones para la yo que surge en los poemas
y que nació extraña, con una naturaleza
que la margina del orden social: Toda la Creación estaba
allí, esperando con ansiedad a aquel ser nuevo que venía.
Y yo me despegué desde lo más hondo de mi madre, me
erguí con el cabello rojo que se iba por el suelo, y mi extraña
identidad (I: 315). La extraña identidad
no le permite asumir el papel de mujer, con sus rituales
sociales establecidos de noviazgo, matrimonio, hijos. Con un acervo
de poetas mujeres que para crearse una voz tuvieron que cersenar
parte de su identidad, la Marosa que se pregunta: ¿Por
qué no puedo ser una mujer y sí un hada? parece
sintetizar, aunque invirtiendo la naturaleza de la demanda, cientos
de años de interrogantes de mujeres poetas. Ya no es la casa,
ni los roles estereotipados de las mujeres los que le impiden a
Di Giorgio asumir la escritura poética como poder liberador.
Por lo contrario, es el poder de la escritura el que le impide saltar
la frontera de la imaginación/realidad, y así queda
atrapada en el plano de la imaginación; no tengo casa;
me destinaron el arco iris; pero estoy harta de esa lista fresa
y de esa otra verde (I: 315). La Marosa que se despega de
la madre o surge de huevos coloridos como en los mitos, para transformar
todo lo que asalta su mirada en poesía, no cuestiona el poder
de su pluma. Sin embargo, al no tener casa carece del
poder de ocupar un lugar en la sociedad. Si en el siglo XIX, la
pionera Emily Dickinson, a quien Di Giorgio considera un alma
gemela, denunciaba su condición desprivilegiada de
poetisa, declarándose Nadie, Di Giorgio,
por el poder de la poesía, queda prendida a
nada (1: 274), a ser una monje, estar casada
con [ella] misma (I: 315), como esos seres extraños
de anillos verdes-rosa, o como el caracol.7 El universo poético
de Los papeles salvajes no es prístino, ni ingenuo, ni anterior
a la historia, aunque sí salvaje en su acercamiento
al mundo de las cosas por las cuales habla.
En
el pensamiento salvaje, Lévi-Strauss explica que hay dos
modos diferentes de conocimiento científico o sea dos
niveles estratégicos en que la naturaleza se deja atacar
por el conocimiento, siendo el salvaje [...] el más
ajustado al de la percepción y la imaginación
(p. 33). Semejante al pensamiento salvaje, la estrategia
poética de Di Giorgio está movida por una intuición
sensible. La percepción e imaginación de Di
Giorgio la llevan a querer entender el mundo desde los elementos
que lo constituyen, que para ella son las imágenes de las
chacras de su niñez. Su poesía le permite re-crear
un mundo concreto y mítico. Como en la poesía del
bricolage. Di Giorgio habla por medio de las cosas que constituyen
su mundo agrario y mítico (Lévi-Strauss, p. 42). Esta
cercanía entre el yo enunciante y el mundo enunciado,
que siempre culmina en la metamorfosis de la hablante, permiten
reunificar el mundo profano y el sagrado, o sea el mundo del trabajo,
de la escuela, de las tareas y rituales sociales, y el de la transgresión,
el de la exhuberancia de los deseos que se articulan por medio de
una naturaleza animada. Así se plasma el erotismo de Di Giorgio.
Con resabios surrealistas, el erotismo de Di Giorgio es, compartiendo
el dictum bretoniano, el gran centro de la investigación
estética. En la naturaleza se encuentran las fuerzas anárquicas
de la sexualidad que llevan a la muerte para afirmar la vida, en
un proceso cíclico e infinito. Así en el último
capítulo de Los papeles salvajes, la sección dedicada
a la muerte de la madre, Diamelas a Clementina Médici, Marosa
se dirige a la madre/Blodeuwed [d], diosa de la tierra en flor,
a la madre/mariposa celeste, a la madre/búho, a la madre/cisne
para recordarle la fuerza erótica/vital de la naturaleza:
Mamá, querido cisne, vamos a discurrir por la Naturaleza,
que fue nuestro ámbito desde el nacimiento.
Aquellos
siempre verdes prados, aquellas azucenas (II: 315).
Es
la fuerza erótica de la naturaleza la que puede explicar
la muerte. En su trabajo canónico sobre el erotismo, Georges
Bataille explica la vida como una inflamada agitación que
está continuamente al borde de una explosión. Así:
beings given life whose explosive force is exhausted shall
make room for fresh beings coming into the cycle with renewed vigour
(p. 59). Esta verdad obvia y sobre la cual la humanidad ha reflexionado
desde tiempos inmemoriales es la que mueve a los individuos, en
su deseo ambiguo por la muerte, por el deseo de no ser eliminados
en su proceso, hacia su torbellino. La muerte atrae por la calma
de su atemporalidad, por la vida que sólo gracias a ella
existe. Por otra parte, repugna por ser precisamente lo que marca
la finitud humana, por ser las fuerzas de la aniquilación.
Atracción y repulsión que se reproduce en el coito,
como un acto canibalístico de comerse al otro, de volverse
ese otro, después de la destrucción:
Desprendía
una herminia de los árboles. ...Era carne deliciosa, misteriosa,
de manzana con otra cosa; tenía por ahí espinitas
y esto la emparentaba también a los pescados.
Luego, ella sacaba unos segundos, la lengua angosta, roja y movible,
y se relamía, mirando si nadie la divisaba.
Volvía
a las operaciones extrayendo otros armiñitos, desde las hojas
infinitas, tupidas y vitales.
La pasión era tanta que sufría espasmos y alguna gota
de sangre bajaba de su sexo... (II: 336).
Sin
embargo, la muerte de la madre causa una crisis. Clementina, como
diosa telúrica, era origen de la vida humana, vegetal, animal
y mítica, por lo tanto la que permitía la creación
de una genealogía, la ubicación de la hablante en
el mundo real e imaginario, y la interpretación y apropiación
furtiva de su sistema de preceptos:8 Mamá, te
llevo en brazos, estrella, nena del puerto del Salto, hija de Eugenio
y Rosa, melliza de Josefa, hermana de Ida, esposa de Pedro, veo
tus años junto al río, tu ir y venir al colegio (Preve).
La Primera Comunión fija en la fotografía. La monja
que te asistió. Y la boda... (II: 304). La desaparición
de la madre que era guía del mundo natural, catalogadora
de flores y animales, así como representante del sistema
de reglas que aseguraba el equilibrio de La Quinta,
y encendía el deseo de subvertir esas mismas reglas, quiebra
el ciclo erótico de la vida. La persona poética queda
des-ubicada, imposibilitada de desentrañar la palabra
críptica, Mamá:
Las
dos sílabas iguales se cierran como dos valvas, ocultando
una carne, un cuerpo inenarrable. Y el espíritu inserto en
una perla.
Quiero analizar esa palabra críptica y no se puede. Giran
en torno de mí las dos tapas de nácar, idénticas
e inasibles: Ma-Má (11: 331).
Ese
cuerpo inenarrable es el de la mujer que se dirige a
la madre muerta. Ella es el espacio (el guión), el silencio
que queda entre las dos sílabas iguales, Ma-Má,
como enunciación primigenia de la niña que no deviene
persona si las dos sílabas no se juntan, no la integran.
La separación de las sílabas, como la apertura de
las valvas que arrojan a la perla, expulsan a la persona poética
al vacío.
Para Marosa, hija de Clementina ahora muerta, la fuerza explosiva
de la gestación sólo se hace posible en un mundo fantasmagórico
que toma forma en el poema. En ellos, la hija puede gestar las imágenes
de la madre, de todos los desaparecidos, de la transparente
e imaginaria Quinta. Así el yo poético
deviene sujeto en su poder creador de fantasmas. El puje erótico
que mueve hacia la muerte como la posibilidad de transformar al
yo que escribe en fantasma y recuperar así casa,
valva, y la palabra Mamá, también empuja
a la circunvalación, al exceso y a la imposibilidad de poner
punto final al poemario. El último poema de Los Papeles salvajes
reafirma la continuidad del ciclo:
...fantomas
inocente
y madre desaparecida,
y brezal de la princesa.
...
Vuelve y vamos juntas
por la noche oscura
por la luz del alba.
Dirán: Ahí va una hija con su madre
y una madre con su hija
hacia el nunca más. Hacia (II: 338).
El
yo poético tendrá que seguir escribiendo,
como la Sheherazade de Las mil y una noches hay que recordar
que las historias inventadas cada noche por Sheherazade le aseguran
la vida, no sólo para seguir existiendo, sino para
mantener vivo un mundo mágico, necesario y extraño
en la literatura uruguaya.
La entrevista
La
posibilidad de conocer, de hablar con la mujer que escribió
y seguirá escribiendo Los papeles salvajes era excitante
e inhibidora al mismo tiempo. La imagen de la mujer-niña
de largos cabellos rojos, que reiteradas veces se anuncia en los
poemas, me recordaba incesantemente la descripción que hiciera
Thomas Wentworth Higginson de Emily Dickinson, otra pelirroja, aparentemente
tímida, en el momento de conocerla:
A
step like a pattering childs in entry & in glided a little
plain woman with two smooth hands of reddish hair ... in a very
plain & exquisitely clean white pique & a blue net worsted
shawl. She carne to me with two-day lilies which she put in a sort
of childlike way into my hand & said: These are my introduction
in a soft frightened breathless childlike voice...9
¿Cómo
me recibiría Marosa? Sabía que Marosa di Giorgio era
una mujer retraída. Sabía igualmente, por lo que se
desprendía de mis múltiples lecturas de su obra, que
era una escritora poderosa y que había podido hacerse un
lugar en el difícil sistema cultural uruguayo, en especial
para las mujeres. La oportunidad de entrevistarla alimentaba mi
deseo y curiosidad de ver detrás de las máscaras.
Sin embargo, la entrevista no podía caer en los vicios que
el poeta mexicano, José Emilio Pacheco, denuncia en su poema
Una defensa del anonimato:
Extraño
mundo el nuestro: cada día
le interesan más los poetas;
la poesía cada vez menos.
El poeta dejó de ser la voz de su tribu,
aquel que habla por quienes no hablan.
Se ha vuelto nada más otro entertainer.
Sus borracheras, sus fornicaciones, su
historia clínica,
sus alianzas o pleitos con los demás payasos
del circo,
o el trapecista o el domador de elefantes,
tienen asegurado el amplio público
a quien ya no hace falta leer poemas
(Los trabajos del mar: 74).
Por
supuesto, que tratándose de una mujer no podía existir
la nostalgia de la poeta como voz de su tribu, ya que ellas nunca
lo fueron. Tampoco, por ser una mujer, importa mucho la figura de
la poeta. Paradójicamente, la misma interesaba más
cuando se vivía el tiempo de la entrada en la modernización
y las mujeres que tomaban la pluma eran poetisas (Molloy:
115). Con respecto a la poeta como entertainer, con un sentido diferente
al adjudicado por Pacheco, me fascinaba saber de ese arte tan antiguo
del recitado y renovado en los últimos años en el
performance, del cual Di Giorgio es representante.
Por
otra parte, estaba el riesgo de transformarla durante la entrevista,
y a pesar mío, en sujeto de estudio, en conejillo de la India
para probar teorías literarias feministas, mayoritariamente
del norte, que habían iluminado mis lecturas de la poesía
de mujeres. Otro poema, esta vez de una mujer rioplatense, la argentina,
Susana Thénon, me advertía, con su burla cargada de
ironía, el problema:
porque
tú sabes que en realidad
lo que a mí me interesa es no sólo que escriban
sino que sean feministas
y si es posible alcohólicas
y si es posible anoréxicas
y si es posible violadas
y si es posible lesbianas
y si es posible no muy desdichadas
es una antología democrática
pero por favor no me traigan
ni sanas ni independientes (70).
Para
no caer en los errores señalados por el poeta mexicano y
la poetisa argentina, escribí preguntas que servirían
de base para la entrevista, y la noche de un seis de julio de 2001
me reuní con Marosa di Giorgio en su apartamento montevideano.
Di Giorgio es una mujer sana e independiente,
aunque conviene hacer una aclaración. El término sana
puede caer en el estereotipo de normalidad dictado por
un momento y sociedad determinados, y la obra de Di Giorgio cuestiona
y destruye constantemente las expectativas de normalidad
de los lectores. Con certeza, se trata de una mujer saludable
e independiente. A pesar de las coincidencias con Emily
Dickinson, nunca habría podido ser descrita en los términos
de Higginson. Desde la puerta de entrada se hacía presente
ese mundo de figuras míticas, religiosas, mágicas.
Cerca del timbre había diminutas calcomanías de santos.
En el interior de su apartamento los retratos de su madre y tías
dominaban la sala, así como una reproducción de la
Mona Lisa. Todos los fantasmas la acompañaban y no estaba
sola. El tiempo transcurrió sin sentirlo. Entrar en el hábitat
de Marosa di Giorgio era penetrar en el mar de Amelia.
Las preguntas se leyeron, pero Di Giorgo las contestó por
escrito, más tarde, reafirmando sus máscaras literarias,
y legitimizando la magia del mundo que ella minuciosamente ha ido
creando.
La
insistencia en lo literario me hizo pensar en Borges. El falseamiento
y la magnificación literarias serían las únicas
posibilidades de la existencia. En oposición al concepto
de Borges de existir perdiéndose en la literatura, el verso
dariano: si hay una alma sincera, ésa es la mía
(27), se imponía en el caso de la uruguaya. La ficcionalización
de la biografía de Marosa di Giorgio por Marosa di Giorgio
es la muestra de su mayor sinceridad. Paradójicamente, no
habría tanta diferencia con Borges, ya que para ella como
para él, su vida es una fuga y todo lo pierdo y todo
es del olvido, o del otro (Borges, p. 808). Sin embargo, tratándose
de una poeta mujer que comenzó a publicar en los años
cincuenta, no hay una otra anterior con gustos legitimados,
una Marosa y yo,10 sino las múltiples
máscaras que le dan miradas que iluminan el mundo desde el
más allá de lo preconcebido. Sin ellas sería
Nadie, con ellas está atada a la Nada
social, pero libre en el reino de la imaginación que hace
posible una realidad más rica y siempre misteriosa.
Las
preguntas
MROW:
Imaginación y realidad aparecen íntimamente conectadas
en tu obra. Se podría decir que realidad e imaginación
se asientan en un mundo rural concreto y a la vez creado, entonces
quisiera que me contaras de tu infancia en Salto y también
de los relatos sobre Italia que debieron coadyuvar al vuelo de tu
imaginación de niña.
MDG:
Todo lo que cuento y canto es mi infancia en una zona agraria, oscura,
oclusa y a la vez libérrima e irisada, donde transcurrieron
mis primeros pasos. Vi la Creación, Maravilla, el altar de
Dios, poblado de liebres, azucenas, de dientes y corolas. Todo estaba
allí, todo estará por siempre allí.
Los recuerdos italianos de padre y abuelo se imbricaban perfectamente
también allí. Soñé con lobos blancos
más altos que la casa, soñé con nieve, que
era suave y leve como pétalo de gladiolo; también
era un ensueño la luna enorme de aquellos campos, en medio
del aire de plata y de cristal. Estrellas y luciérnagas ardiendo
por doquier, sin discernirse unas de otras.
MROW:
¿Cómo te relacionas y relacionabas con la naturaleza,
los animales?
MDG:
Todos los vegetales y animales me dieron su encanto y vienen resucitados,
siempre vivos, a los poemas, los eróticos cuentos, en que
hacen de novios, de donceles.
MROW:
¿Cómo se mantiene viva esa imaginación primigenia
que confunde fundiendo mundo humano con el animal, vegetal, mítico,
en la ciudad y en la etapa adulta?
MDG:
Cómo, no sé. Pero es mi columna, mi fontana, mi luz
de gloria.
MROW:
Marosa es una poeta solitaria. Me refiero a soledad en el sentido
de creadora de una obra única, difícil de catalogar,
así como de voz poética que se crea desde la soledad.
Entonces, ¿la soledad sería un prerrequisito en tu
caso para la creación?
MDG:
Sí. Es lo que venía diciendo. Y en la soledad soy
una reina de pie desnudo, saya campesina, un ramo de margaritas
en la mano.
MROW:
Si bien, como te acabo de comentar, tu poética rechaza encasillamientos
clasificatorios, se podría decir que la misma es esencialmente
erótica, ¿verdad?
MDG:
Y ... el erotismo se presenta. Más bien, está. Todo
lo que existe está erotizado, tiene un relámpago visible,
o no, permanente. Un rayo que no cesa. Con ese relámpago,
ese rayo, tramé Los papeles salvajes, los Misales, el Camino
de pedrerías, la Reina Amelia, y tramaré lo que vendrá.
MROW:
¿Cuándo comenzaste a escribir?
MDG:
Desde siempre sentí la necesidad de escribir, desde que nací.
Cuando iba a la escuela custodiada por roseros en fila con las rosas
rojas, doradas, lilas (algunas de los cuales, Clemen, mi madre,
elegía cautamente), y las clavelinas, y el miosotis con ojo
azul. Así nació y creció la poeta Marosa. Marosa,
la mantis religiosa, que tabletea su mensaje.
MROW:
En una etapa del desarrollo cultural (después de las vanguardias)
en el que las palabras originalidad y original
han perdido su poder, de todas maneras, en tu caso, cabe hablar
de unicidad... entonces quisiera saber si has encontrado
almas gemelas o primas distantes en la literatura.
MDG:
Ando sola. Pero voy a nombrar sólo cinco almas, que me miran
y miro. Hay otras Emily Dickinson, Emily Bronté, Edna Saint
Vincent Millay, Silvia Plath, Concepción Silva Belinzon.
La uruguaya Concepción Silva Belinzon. Las nombro porque
son almas ya desaparecidas.
MROW:
¿Has sido o eres lectora de la Biblia?
MDG:
Sí. Hay gigantes poemas dentro de ese tremendo libro.
MROW:
En los ecos de otras obras literarias que tu poesía recrea,
me parece sentir resonar ecos románticos. ¿Te sientes
vinculada al romanticismo, especialmente a algunas muestras del
romanticismo ruso?
MDG:
Tal vez esa nostalgia, esa leve lluvia sobre los seres y las cosas.
Tal vez estoy sentada en la sala mirando un eterno álbum.
Pero hay un diablo, rojo como un ají, un icono erotizado,
que me enhebran y dirigen.
MROW:
¿Qué piensas de los géneros literarios? ¿Tus
cuentos y novelas podrían ser nuevos capítulos de
Papeles salvajes?
MDG:
Pienso, siento que [mi obra] es un trabajo en bloque; una sostenida
atmósfera. Todos son papeles salvajes, todas son misas; por
allá y acá va un camino de pedrerías. La reina
Amelia, Amelia la reina, se levanta en cualquier sitio.
MROW:
Me gustaría que me hablaras, especialmente porque no te he
visto, de tus performances. ¿Te continúas por medio
de ellas en el mundo mágico de tus creaciones?
MDG:
Se trata de un rito, un ritual, un reescribir diciendo. Es como
haber encontrado vino de ocultas misas y beberlo en vaso de piedras
rojas, delante del prójimo. Miren qué bebo. Es hablar
con un clavel.
MROW:
¿Qué momentos consideras los más importantes
de tu vida?
MDG:
No sé qué señalar. Cada momento es muy importante.
El alma trabaja siempre. No sé cómo. Es un trabajo
inexplicable, un trabajo de alma.
MROW:
¿Cómo ves el curso de tu obra desde Poemas (1954)
hasta Reina Amelia (1999) o Diamelas a Clementina Médici
(2000)?
MDG:
Me olvido del tiempo, pero me despliego en él. El tiempo,
ese ser rico y angustioso.
MROW:
¿Cuál es tu libro más querido?
MDG:
Es siempre el mismo libro. Escribo sólo un libro con muchas
porciones. Acaso, La liebre de marzo.
MROW:
¿Cómo crea Marosa al personaje/poeta Marosa di Giorgio?
MDG:
No me propongo nada. Uso vestimenta muy sencilla, cabello largo,
uñas rojas, y ahora conseguí unos aros o caravanas,
en forma de rosas. Nada más.
MROW:
¿Cuáles son tus hábitos de escribir, de trabajo?
MDG:
Sin hábitos, al azar. Cuando la cosa en mi interior empieza
a suceder, aparecen la hoja y el lápiz.
MROW:
Las mujeres poetas se han quejado desde siempre de estar marginadas,
ignoradas, silenciadas por la hegemonía poética masculina,
proyección de un mundo de cultura patriarcal. Para ejemplos,
citemos a dos de tus almas gemelas, Emily Dickinson
quien se autodefine como nadie, Im Nobody,
y Sylvia Plath, quien muestra la dificultad de una autodefínición
autónoma, en su deseo de desaparecer en el poema, And
I have no face, I have wanted to efface myself. ¿Qué
pasa con Marosa? ¿Necesita del diálogo con otros?
MDG:
Soy callada, de apariencia tímida, distraída, creo.
Pero, también, de tanto en tanto, me gusta charlar, vaso
de negro vino, o negro café, por medio.
MROW:
¿Cuáles son los temores de Marosa?
MDG:
Todos sentimos un cierto miedo siempre. Como si esa noche fuera
a ingresar el Vampiro. ¿Cuál? El que está oculto
y alerta en el follaje desde siempre.
MROW:
¿Estás trabajando en una nueva obra?
MDG:
Estoy esbozando otras diabluras o diableces erótico-místicas.
En fin.
MROW:
¿Cómo ves el mundo cultural uruguayo en este momento?
MDG:
Uruguay es, en su sencillez, un hermoso país. Pero hay como
un manto, una cosa gris, que ninguna tijera puede rasgar.
María
Rosa Olivera-Williams (U.S.A.)
Profesora de Literatura Latinoamericana de la Universidad de Notre
Dame. Faculty Fellow of the Helen Kellogg Institute for International
Studies.
Obras
citadas
BATAILLE,
Georges. Erotism. Death & Sensuality. Trad. Mary Dalwood. San
Francisco: City Lights Books, 1986.
BORGES, Jorge Luis. Obras completas. Buenos Aires: Emecé,
1974.
DARÍO, Rubén. Cantos de vida y esperanza. Madrid:
Espasa-Calpe, 1971.
DI GIORGIO, Marosa. Los papeles salvajes. 2 vols. Buenos Aires:
Adriana Hidalgo, 2000.
. Reina Amelia. Buenos Aires: Adriana Hidalgo,
1999.
. Camino de las pedrerías. Montevideo:
Planeta, 1997.
. Misales. Montevideo: Calicanto, 1993.
ECHEVARREN, Roberto. Transplatinos. Muestra de poesía rioplatense.
México: El Tucán de Virginia, 1991.
FOUCAULT, Michel. Nietzsche, Genealogy, History. Language,
Counter-Memory, Practice: Selected Essays and Interviews. Trads.
Donald F. Bouchard & Sherry Simón. Ed, D, Bouchard. Ithaca,
Nueva York: Cornell University Press, 1977.
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H. Johnson. Cambridge & Massachussets: Harvard University Press,
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JACUBUS, Mary. Reading Women: Essays in Feminist Criticism. Nueva
York: Columbia University Press, 1986.
KIRKPATRICK, Gwen. The Disonant Legacy of Modernismo: Lugones, Herrera
y Reissig, and the Voices of Modern Spanish-American Poetry. Berkeley
& Los Angeles: University of California Press, 1989.
LÉVI-STRAUSS, Claude. El pensamiento salvaje. Trad. Francisco
González Arámburo. México: Fondo de Cultura
Económica, 1990.
MATTONI, Silvio. Allá donde alumbra la imagen.
Prólogo. Los papeles salvajes I. Marosa di Giorgio. Op. cit.
MILLER, Nancy K. Rereading as a Woman: The Body in Practice.
The Female Body in Western Society. Ed. Susan Rubén Suleiman.
Cambridge & London: Harvard University Press, 1986.
MOLLOY, Sylvia. Female Textual Identities: The Strategies
of Self-Figuration, Womens Writing in Latin America.
Eds. Sara Castro-Klarén, Sylvia Molloy & Beatriz Sarlo.
Boulder, San Francisco & Oxford: Westview Press, 1991.
OSTRIKER, Alicia Suskin. Stealing the Language. The Emergence of
Womens Poetry in America. Boston: Beacon Press, 1986.
PACHECO, José Emilio. Los trabajos del mar. México:
Era, 1983.
PENCO, Wilfredo. Entrevista a Marosa di Giorgio. El
País Cultural (Montevideo): Abril, 10, 1990.
PORZECANSKI, Teresa. Marosa di Giorgio: Uruguays Sacred
Poet of the Garden. A Dream of Light and Shadow. Ed. Marjorie
Agosin. Albuquerque: University of New México Press, 1995.
RAMA, Ángel. La generación crítica 1936-1969.
Montevideo: Arca, 1972.
THÉNON, Susana. Obra completa. Buenos Aires: Sudamericana,
1987.
Notas
1
Roberto Echevarren encuentra que la mezcla de géneros, poemas
en prosa, poemaensayo, o prosa cortada, es una de las características
más interesantes de los poetas transplatinos
(Marosa di Giorgio, Osvaldo Lamborghini y Néstor Perlongher),
quienes podrían entrar en la categoría más
amplia de representantes de la poesía neobarroca. Echevarren
entiende que la poesía neobarroca latinoamericana se presta
para articular la búsqueda de verdad en el siglo veinte,
cuando el subjetivismo ilusorio y el utopismo
autoritario decimonónicos han sido superados. Por lo
tanto, las muestras neobarrocas están laxamente relacionadas,
siendo quizás el único punto de contacto una
tendencia al concepto singular, no general y una imperiosa
necesidad de superar cualquier límite, ya sea el de las expectativas
de los lectores del poema y el lenguaje del mismo, o las experiencias
que se despliegan en el espacio del poema. Transplatinos (pp. 9-20).
2 Rama, en su ensayo canónico La generación
crítica 1939-1969, señala a Marosa di Giorgio como
ejemplo de la renovación y reconversión de la poesía
uruguaya de los años sesenta al ser hibridizada por otros
géneros, como el cuento, el poema en prosa, o las expresiones
más estrictamente líricas (p. 189).
3 Teresa Porzecanski explica la hibridación del paisaje
salteño por parte del abuelo de Marosa, Eugenio Médici,
en los siguientes términos: With tremendous zeal, Eugenio
Medici worked to recreate the orchards of Florence... A businessman
whose schemes often lacked substance, he was a dreamer as well as
a grower. In the family orchards, the fields full of olive trees,
and the nests where the silkworm cocoons took shape, a little girl
would grow up, and poetic imagination would transform the way in
which the countryside had, until then, been portrayed in Uruguayan
literature. Marosa di Giorgio: Uruguays Sacred
Poet of the Garden (p. 305).
4 La liebre de marzo, en Los papeles salvajes.
Todas las citas pertenecen a esta edición y aparecen en el
texto con el número del volumen, y el de las páginas.
5 Verdes, color rosa, anilladas, dibujadas. Se dice
de ellas que tienen relaciones consigo, y se las ve en el espasmo./.../
Las consideran sólo ensueños, representación
de los pecados de los hombres./Pero yo, de niñita, a la luz
del sol y de la luna, creo en ellas, sé que son, de verdad./
Las vi abrir los labios negros como la noche... enfrentar la propia
línea, jugando y peleando y en el amor a solas, retorcerse
hasta morir. Asimismo, en el poema al caracol, el molusco
terrestre es Hermes y Afrodita, y se desea a sí mismo: En
ese pedacito blanco están Hermes y Afrodita así se
detiene y se conjuga solo. (I: 301).
6 ...me puse el disfraz de lobo, el disfraz de león,
los lentes de mariposa, me pinté las uñas y la boca./.../La
presa iba por todo el prado. Bien se veía que era un niño
de muy breve edad, blanco como nieve y algodón.../Y la presa,
ya, era presa. La-hinqué en las uñas. Y la engullo.
Aún tiene un pequeño gusto a dulce huevo. (I:
303-304).
7 Naturalmente y de manera similar a Emily Dickinson la falta
de poder se vuelve virtud. Para Dickinson, Nadie es superior a Alguien,
quien se vanagloria en un discurso pomposo y vacío para satisfacer
a un público de tontos. Alicia S. Ostriker observa que el
poema de Dickinson se basa en la duplicidad, ya que significa tanto
lo que dice como su contrario. Y explica: I use the term duplicitous
rather man ironic because in irony the unstated meaning cancels
the stated one, here, contrary meanings coexist with equal force
within the poet. Dickinson genuinely despises publicity and power,
prefers the private and powerless life and the reverse is
equally true (Stealing the language, 40-41). En el caso de
Marosa di Giorgio, el concepto de duplicidad ilumina asimismo su
relación con la poesía. Gracias a ella es Alguien
y no tiene Nada, más allá de la riqueza de su imaginación.
8 Uso el término genealogía movida por el significado
que le da Foucault. Para él: ... if interpretation
is the violent or surreptitious appropriation of a system of rules,
which in itself has no essential meaning, in order to impose a direction,
to bend it to a new will, to force its participation in a different
game, and to subject it to secondary rules, then the development
of humanity is a series of interpretations. The role of genealogy
is to record its history... (Nietzsche, Genealogy, History,
151-152).
9 Thomas Wentworth Higginson, citado en Emily Dickinson,
Letters, vol. 2 p. 473.
10 Es tentador detenerse en la diferencia entre el uso del
apellido en Borges y el nombre de pila, Marosa, en las
obras de ambos transplatinos. Sin embargo, queda para otro momento.
20.5
x 27 cm. 140 pp. / ISSN: 0120-2367
$9.000 - US$20

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