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Revista Universidad de Antioquia

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Revista No. 275 / Enero - Marzo

Rosa Mística. Lumínile

Tomado de: Di GIORGIO, Marosa, Rosa mística. Relatos eróticos. Buenos Aires:
Interzona latinoamericana, 2003, 142 p.
(Reproducido con autorización de la autora)

1

Allí el camino se bifurcaba, y luego volvía a bifurcarse de un modo bastante complicado.
Mi madre dijo: Tomemos por aquí. Por aquí es.
Había comprado algo en la despensa, o era una dádiva. Seguimos trotando y surgían (y dejábamos atrás) varios altares, entre zarzas y matorrales.
Al hallar nuestra casacueva, mi madre comenzó rápidamente a cocinar. Y yo, sentada en el suelo, la miraba cocinar. Por el hueco que hacía de ventana, nos vimos en otro tiempo. La escena era casi idéntica: Mamá cocinaba y yo la miraba cocinar.
Era una escena viva, nos veíamos vivir. Pero tenía como un satén, una pátina. No era la primera ocasión que esto acontecía. Quisimos desalentarlo, y no se pudo; tardó en debilitarse, aun cerrando la ventana, aparecía.
Al fin, ya no estuvo.
Una hora más tarde —es un decir, ¿quién contaba el tiempo?— llamaron a la puerta. Se vio al Hurón. Mi madre entreabrió y abrió con una tenue sonrisa. El Gran Ratón Dorado, el Gran Ratón de lilas, estaba allí, medio formato dentro.
Se expresó así: —Hay que postergar la boda. Unos tres días. No más.
Mi madre exclamó: —¡Oh, sí, tu casamiento!!
Y me miraba. Yo tenía vergüenza. El Hurón se fue. Y mamá sacó de una especie de baúl un vestidito blanco, como una enagua, al que había aplicado azahares, de los grandes, como de limón. Me probé y estaba bien. También me dio unos paños para el instante en que diera la virginidad.
Yo no quería casarme con el Hurón; que fuera otra. —Que vaya otra.
Pero en todo el ámbito no había macho para mí. Sólo que me parase por los caminos...
A la noche, cuando iba a dormirme, arañaron la puerta. Oí una clave.
Esperé un instante, y tomé la decisión.
Salí y el Hurón me dijo: —Antes del casamiento, tengo que probarla, señora. Venga por acá. Tengo que probarla bien.
Me hincó un diente como si fuera a devorarme; luego, otras partes de su ser me traspasaron. Decidí no gritar. Su empeño era tal que los pezones se me agrandaban como tremendas perlas.
Expresó, soltándome: —Bien, señora, esto está bastante bien. (Pero su hocico buscó un poco más, todos mis nidales).
Yo corrí alrededor de la casa, ahora sí, clamando. Mi grita parecía no oírse, como en un sueño.
El Hurón volvió y me lamió la sangre. Y con la lengua hizo un pico y volvió a producirme el dolor sexual y el placer sexual.
Al fin entré y mi madre me esperaba con una luz. Me puso un paño blanco entre las piernas, y algodones.
Y tres días después me casé.
El Hurón traía comida de los bosques. En ese lugar no había sol ni luna porque alguna montaña los ocultaba. Vivíamos en la penumbra.
El Hurón me acosaba a toda hora.
Yo estaba siempre con el vestido de los azahares, y él hozaba.
Después de mucho tiempo parí, y luego de pocos meses, volví a parir.
Mi madre me ayudaba a cocinar.
Nunca fui infiel. Sólo un día en que estaba sola, y entró un leñador. Tenía forma humana como yo. Le dije, asustada: —Soy la señora del Hurón, soy su hembra; me tomó virgen. Parí dos veces.
Él miró las extrañas criaturas que dormían encimadas.
Propuso: —Vamos a la cocina. Está más oscuro. Pruebe conmigo. Venga, señora del Hurón. Hagamos de todo.
Hubimos varias cópulas.
Y luego él salió huyendo. Y por la ventana me señalaba y se burlaba: —Eh, mujer de Hurón, mujer de hurón!!... Hurgué a la mujer del hurón! Está muy usada! Está...
Hubo esta desgracia también en mi vida.
Mamá me decía para hacer cartas, a ver si nos venían a rescatar. Las hicimos y pusimos en diversos sitios.
Pero, nadie apareció nunca; nadie contestó las cartas.


2

Las tías Joaquina y Elvirei eran bellísimas, el pelo seco, dorado, y las caras en colores, iban del granate al lila; sus estampados vestidos con flores parecían jardines. Venían en cajas, de esas que tienen puntillas dentro, perlitas para preservar, granos de arroz. Ya en la sala, inmóviles, se les sirvió licor. De frutillas, y ellas lo bebían como si no fuera frutilla sino una creación espiritual. Eran vírgenes; nunca usaron mantón de novia, ni escoba de casadas. Estaban embrujadas; se sabía en el valle y en la ladera del monte.
Esa tarde a una se le cayó un diente y le creció otro enseguida como un diamante. El ingeniero de minas hablaba en el jardín con mi padre; pero en un momento interrumpió la grave conversación y espió la sala y las vio!
Ya sentado frente a ellas las miraba sin cesar. Sobre todo a Elvirei.
Ellas en el ruedo tenían el nombre grabado con letras deslumbrantes: Joaquina, Elvirei.
El ingeniero de minas rompió en aplausos, se detuvo y volvió a aplaudirlas con mayor entusiasmo.
Yo, oculta en la oscuridad me alegré.
Y al bajar la tarde, ellas brillaron.
Elvirei sacó los dos senos, imprevistamente redondos, blancos y con labios rojos.
La otra sacó sólo uno, del que cayó una especie de rocío, que al rodarle por el vestido, se lo humedecía.
Y mientras esto era, ocurrieron más pequeñas cosas, tal pimpollos para aquí y para allá.
Cosas de las que dan felicidad.

3

Forestón pasó en la barca. Ésta casi rozaba la calle, había un agua liviana y fugaz. Remaba con un remo, con dos.
Era un mundo gris.
Se oyó gritar: ¡Es el casamiento! ¡El casamiento!
Forestón sólo contestó:
—El casamiento.
Los novios ya habían entrado a la iglesia.
En ese instante pasaron por la vereda dos mujeres que portaban, exhibiéndolas y protegiéndolas, unas bandejas con algo que podría ser pastelitos, flores de yuca o pañuelos bordados.
El anciano y la anciana, en el día de su casamiento, ya estaban en la iglesia, en el altar, como en canastilla. Él tenía un jazmín en algún lado de la ropa; ella, un ramito de cera en la mano y lo mantenía rígido como a una vela.
Les echaron miel, salmos, un poco de humo. El cortejo desfiló lentamente por el centro de la iglesia.
Ahí irrumpió Forestón y traía una muchacha, exclamando: —¡Vean! ¡Vean! ¡Miren a ésta!... Está intacta, pero es astuta. Ayudará en la boda.
La muchacha tenía un vestido con alas, diadema, y el rostro bellísimo, con pecas de delicados colores, verde y rosa.
Se puso velozmente detrás y en medio de los novios.
Marcharon todos hasta la casa de los esponsales.
Entraron los viejos y el ángel, grupo extraño.
Se cerró la puerta; alguien oró apoyado en ella.
Adentro, los viejos ya estaban desnudos; ya entraban a la cama. Sus dientes eran afilados y amarillos; él no tenía pelo; el de ella, gris como la nieve, iba más allá de los pies, la envolvía.
El viejo trataba de abrir el pelo y entrar. Todo parecía tan difícil. La astuta volaba de una pared a otra, subía hasta el techo, bajaba en picada a la cama, se posaba sobre los viejos, volvía a subir con un bisbiseo increíble, caía y con la punta de las alas perturbaba a los novios hasta que casi no soportaron más. Entonces, la vieja creó y dio por muchísimo tiempo, una leche rarísima, rica, que ella misma se ordeñaba y vendía en un cántaro.


4

Venía una tormenta de las que no se ven nunca, toda plateada, con dientes rabiosos, hablaba.
Celiar abrió los ventanos y los volvió a entornar.
Vio a Diamanta sentada en el patio, mientras le caían a las manos unos guijarros que bajaban de la borrasca, blancos, brillantes, como de hielo y con ese olor a las azucenas; ella hizo una especie de ramo.
—Diamanta, ven; para acá.
Ella quedó quieta con el vestido listado que le cubría los pies y las manos.
Él recordó el casamiento, y antes, cuando la miraba ir a la escuela, y se le acercó un día diciéndole:
—Tus ojos me gustan tanto. ¿Y si nos casamos?
En realidad era recién que le había visto los ojos, chicos como los de las muñecas, de un celeste rayado y radioso, miraban más allá del cielo, los acontecimientos en la eternidad. Hubiese bastado que tuviese sólo uno; dos era demasiado. Recordó el día nupcial aunque se le iba como un buque, y lo volvía a traer. Los parientes, todos comiendo confites!, el vestido de Diamanta; de organdí hasta el suelo, un color amarillo rabioso, yema de huevo, y el velo azul rodeado de huevo. Así la trajo a la cama, después de la pavana se cerró la puerta. Ella no se reclinó; buscó en el bolsón de novia una cuaderna, y estudió toda la noche; él la ayudó en aritmética, geografía, y en otra cosa escrita ahí que no se entendía.
Pasaron del mismo modo todos los días. Hoy, bajo la tormenta, él se animó: —Diamanta, ponte el vestido, el de novia. Hagamos como que hoy nos casamos. Nos casamos, hoy.
Ella, imprevistamente, obedeció; fue al ropero, salió; abajo, se colocó la diadema y el velo.
Cuando él la fue a enlazar, ella se escapó por la ventana, por la tormenta; él la siguió, la perdió, la encontró detrás de las zarzas, parada y rígida, y brillando como si fuera sólo un cirio.
Él, entonces, quedó desconocido, se puso unos guantes de asesino, cortó las espinas, la trajo hasta sí. Le quitó todos los celajes que parecían mil, y el último, de entre las piernas, del que cayeron miosotis y algunos caramelos, que el viento llevaba y desparramaba.
Durante el zarpazo ella sacó un poco la lengua, roja como el botón de las rosas, perdió saliva y lágrimas; dio un grito lujurioso y chiquito.
El mundo, al oírlo, quedó parado. Se terminó el vendaval.
Celiar quedó helado. Hablaba con el pensamiento y se oía, sin embargo gritado en los aires: —Por Dios, Diamanta, tienes los velos; ve tras de las espinas; qué pecado fue hecho. Párate como la Virgen. Jamás contaré lo habido. A ver, dónde está tu himen. Te lo daré; lo tendrás, nuevamente, te lo pegaré.
Vio el cendal de ella goteando como las rosas, y los dos senos con los pezones moviéndose y cuchicheando y que parecían ya incolmables.
Qué pecado fue cometido.
Diamanta ondeaba como una víbora.
El resto del mundo estaba azul, negro y quieto.


5

Cada uno tiene su cruz; así que fuimos a tomarla. La mía era de latas oscuras y doradas. La ajusté a mi espalda. Otros proseguían en la búsqueda. Uno, cerca, me dijo: —Y ¿por qué no tomas otra? Como si fuera eso posible.
Empecé a andar.
Había quienes lloraban y se quejaban. Era el atardecer; pero aún se veía todo, claramente.
La cruz a cada rato se ajustaba más a mí. Íbamos cruzando matas, matorrales, arboledas.
La cruz comenzó a tintinear, a murmurar. ¿Cómo? ¿La cruz me hablaba?
Me temblaron las piernas. Por disimular empecé a hacer el elogio de las manzanas y mariposas que nos salían al paso; hacía su gran encomio. Y cada vez que esto yo hacía, la cruz me daba apretoncitos obscenos. Hasta que, al final, cerca del último álamo, la cruz se amoldó aún más a mí, y me violó profundamente. Yo quedé muda.
En lo hondo comentaron.
El cielo estaba tenue, un poquito enmascarado.

6

Habíamos quedado mirando las víboras. La brisa movía el paso hacia el lado este. Las víboras estaban quietas, bastante cerca, inmóviles. Así aparecieron. Las tres, de rodillas, mirándolas. Eran como gruesos y largos tubos sin cabeza; al parecer, en el lugar de la cabeza un hueco grande, sin lenguas ni dientes; esto estaría escondido. Las colas se perdían en la hierba.
Pasó el día. Yo recordaba a la escuela, mis cuadernos, y las notas sobresalientes.
Ahora, esta singular situación.
Debajo del débil sol, iban las nubes, leves, pero oscurecían todo. Y también, los milanos.
Las víboras parecían caños, verdes; y en el lomo unas flores coloradas.
Apuntando hacia nosotras.
Seguíamos en cuclillas. La casa, a lo lejos, se había vuelto inasible.
Teníamos vestidos de gasa, y una, un ramito de nardo, no recuerdo si en la frente o en el pecho.

7

Mamá, esta tarde es nuestra. Papá estará en la labranza; tu labor es pequeña y celeste, o tiene un plato con dulces de higo. El higo parece un santo; mira sus vestidos color violeta y color de azúcar. Dices: ¡Estos higos! ¡Cómo brotan! Están extraordinarios. Los llevaré a la iglesia. —Sí (por ahí alguien te responde). Que los maten. Estos higos son el diablo. Decimos que no y que no, con la cabeza. Pero, desde los higos saltan dos penes rojos, morados, diminutos. Uno para cada una.
Vienen a nosotras; nos pasan los cendales, haciendo una leve escritura en la superficie, se van a lo hondo y allí trazan fuertes letras, rodeadas de diabluras.
Nos cubrimos la cara con el manto, con las manos.
Locas de vergüenza y gusto.
Por unos segundos estamos encintas, luego nos ruedan gotas de néctar por las piernas y se van al suelo.
Y mañana nacen unos seres chiquititos, misteriosos, abrillantados.
Que se parecen a los higos, a mí y a mamá.
Nos vestimos de blanco para estas citas.

8

Cuando salió el sol se fueron todos a la labranza. Iban comiendo carne, hombres y mujeres.
En un rincón de la casa quedó el lanar; gemía un poco, y los labradores de eso, rieron.
Un momento después, Aurelia la niña salió del ropón negro en el que dormía. Y vino al lanar —que parecía no tener carne y huesos, sólo lana— y al verla gimió más.
Ella fue por su ablución y volvió como una reina, una bailarina. El lanar mostró unos ojos azules, soñantes, que parecían repetírsele en el pecho, dos espesas turquesas.
Ella se arrodilló; estaba helada, rígida. Se oía su tic tac más alto que el del reloj.
Con mano marmórea quitose las prendas, una a una, todas las fajas y dobleces, el último pañal. Quedó al descubierto un sexo implume, que también hacía “tic tac”.
El lanar revolcó la cabeza en el suelo, y sacó una lengua larga, rosada y rápida, con la que cazó lo implume y masturbó.
Algunos de la casa entraban porque habían olvidado una cosa.
Sintieron el perfume de la flor abierta.
Tuvieron nostalgia y furia.
Aurelia se había dormido de golpe.
La despertaron.
Ella decía: —¿Qué me pasó... qué?
—Nada —le respondían—. Nada. Soñaste todo.
—Sí. Soñé.

9

El invierno es una casa cerrada, sin pintar. Es un altar boca abajo. El descenso a los infiernos. No la habitual honguera, sino el piso fracturado; los tablones rotos, llevan a otro piso igual, y a otro.
Ése desciende a los infiernos con un vestido rojo que tiene ala. No sé quién es. Ya bajaron dos o tres. Para siempre, jamás.
En cada puerta sale y crece el lirio blanco; una mano de adentro, por una hendija, lo saca y lo pone en la olla. Él hierve en el frío, se esponja como nieve. Por un rato hay hilachas blancas por todo el cuarto.
Dentro de la cama yo ofrezco mi ostra, pequeña, oval, ribeteada de coral, por donde Juan lleva y hunde su puñal. Que me parte en dos. Después, yo lo abrazo. Como si no me hubiera querido matar.

10

Dijo: —Vengo de Lhasa y de Altai.
Era de noche y en el humo de la cocina se balanceaban los murciélagos de siempre.
Se quitó el manto estrellado y quedó con ropa de lana negra.
El manto fue al suelo y era de tela tan liviana que se arrolló y se achicó pareciendo sólo un puntito, una luciérnaga.
Miró bien dónde se quedaba ese punto y guardó en la memoria.
—¿Siguen acá?
—Pero, si es la primera vez que nos ve. No vino nunca, no estuvo.
Le explicamos lo que había detrás de la casa.
Quiso ir y fuimos. Pero, olvidamos el farol.
A la débil luz de las estrellas estaba el enramado, y abajo cerdos y pavos, graznando semidormidos.
Un hombre rígido como una estatua parecía estar cuidando.
Vimos todo casi con luz de fósforo.
Esos animales eran como gruesos pecados. Carnales. Capitales.
Retrocedíamos con un poco de miedo. Pasamos de nuevo el jardín de azucenas. Los pecados quedaron gruesos y movientes.
Dentro de la cocina buscó en el suelo, el manto. Seguía del tamaño de una luciérnaga. Al colocárselo se desenrolló y brilló, grande como una sábana.
Tuvo prisa por irse, ansiedad, como si le fuéramos a cerrar la puerta.

11

Era terrible. Pero, habíamos pasado a vivir en la Prehistoria. Mí madre decía: Pero ¿como vinimos a dar a Esta Chacra!...
Y ponía en esas palabras un acento inimitable.
Teníamos miedo de que entrara un río a la cueva o algún animal.
Volaban unos gigantescos caballos fulgurantes. Tenían diversos focos prendidos; en la cola y por el lomo.
Hacían estrépito. Cuando se unían en lo alto llovían piedras preciosas.
Recordábamos la vida anterior a través de neblinas. Mi hermana, mi padre, abuelos y demás familiares.
Nos había tocado a mi madre y a mí mudarnos a la Prehistoria!
Entretanto se acercó la edad de desovar, de fornicar y de empollar.
Mi madre hacía que no veía, pero hasta en sueños tenía inquietud.
Yo seguía ayudándola a encontrar huevos, que partíamos con una piedra hasta que saltara la yema, verde tal la hierba. Y también comíamos de una flor: crecía grande como una campana, como una sábana, como una carpa. La picoteábamos a toda hora.
Acepté a un ser no muy grande; me husmeaba desde las primeras menstruaciones. Era color zafiro, sombrío, informe, con forma de cono.
Recuerdo el día inicial, cuando nos metimos en el hueco de un tronco, y nos enlazamos a copular.
Mi madre, a lo lejos, daba un silbo.
Era una copulación profusa, infinita. Pasamos horas así, y días. Yo daba a entender que seguiría toda la vida, así. Eso deseaba.
Pero, una mañana, él se desprendió de a poco, descendió del árbol, y rápidamente, quedó pequeño, del tamaño de un dedal, y vi cómo se escondía adentro de la tierra. Sin salir jamás.


12

Señora Almond.
Señora Nut.
Señora de los Ángeles.
Rosa señora.

Se presentaron señora Nut y señora Almond; señora Almond venía vestida de novia o casi, bajo un tul blanco. El vestido de señora Nut flotaba, cambiando. Entonces, apareció señor Zorro, que por allí estaba listo.
Ellas dijeron: Faltan las primas, señora Shalman y señora Mariposa Glicina, señora Shalman y señora Glicina Mariposa. Querrán también participar. No tenemos celos. Por ahí nomás vendrían. Por ahí han de venir.
En la neblina se vieron las doncellas primas, flotando casi, y las bocas pintadas. Todo el rostro pintado mucho, y las puntas de senos lustradas como corales. Mas, se alejaron, acaso diciendo: —Y ese señor?!... ¡Es el Zorro!... ¡No nos interesa! Huyamos volando!
Señor Zorro olvidó este acontecimiento. Sacó el pene y le ordenó algo. No quiero, dijo en voz ronca y algo alta, no quiero saber de embarazos.
Se acercó a señora Almond, la palpó, la acarició con una lengua angosta y negra, que parecía dos y diez, le mostraba los dientes hasta los molares. Ella, señora Almond, sentía las agudas orejas de él paseándosele por la pelvis y más atrás y más adentro. —Soy virgen, dijo despacio. Él, de inmediato, le hizo saltar el botón de rosa, rojo al extremo y jugoso, saltó sangrando. Señora Almond daba agudos grititos, chiquitos, y señora Nut, se tapaba los oídos para no oír eso y se afanaba para mejor oír.
Señora Almond pensó, al ver que señor Zorro ya se le alejaba: ¿Quién tendrá hilo, quién me uncirá?!... No puedo, no debo quedar así, abierta, descosida. ¡No soy yo, no, no!...
Y lloraba.
Ya se oía la voz de señora Nut, diciendo: Señor Zorro, señor, soy virgen.
Él contestó riendo: —Todas lo son. Sí. Señora Nut no tenía cendales, paños, ropa íntima, nada bajo su vestido cambiante.
El señor Zorro se detuvo. Pues había un arco iris recién aparecido, cercano y potente, una pata roja allí en la azalea, y la otra, morada, en el clavel del aire.
El señor Zorro ejercitó su pene, pero avergonzado, se avergonzaba, bajo el influjo de aquel leve y maravilloso armatoste del cielo, ese arco iris que alumbraba por todo, como si fuera de fuego; por todos lados estaban su rara luz, sus siete reflejos.
Igual, atrapó a Nut. Le comió lo que había, allí entre las piernas. Al fin la poseyó con el hocico.
Ella se arriesgaba, ronroneaba, se le acomodaba, y decía; —Pero, por Dios, qué hocico!... Pero, por Dios, con el hocico...!
Él no se quedó mucho. Huyó corriendo como siempre hacía: como nunca corría. Pero, allá quedaba el cuadro: señora Almond bajo el vestido de nieve, sangrando, señora Nut con el vestido variable y entre las piernas, perfume negro que le había insertado.
Y por sobre todo —el Zorro corrió como nunca— aquella cosa del cielo, que no se iba y no se iba.

13

El bosque de casuarinas donde un día se presentó el Diablo.
—¿Se presentó el Diablo?
Sí, y todo tejido en lana roja y negra. Como una manta y un saco.
Yo era chica y dije: —¿Qué es un diablo?
Era adolescente y quedé alelada.
Era una mujer y quedé picada.
Me le acerqué, pero no mucho, porque no se podía; a ratos, parecía que no estaba.
De pronto dije:
—Yo soy una princesa. Pero, legítima; no de pacotilla como las que salen en los diarios.
Al oír esta oración extraña, parpadeó, aunque sus ojos eran inmóviles, y algo se asombró.
Quedaba tieso. Parecía un objeto, un tejido olvidado.
Yo, por aliviar las cosas, vencer esas extrañezas, fui hasta la cocina, tomé, desde un platillo, dulces de higo, salí a mirar las ramas.
Pero, él ya estaba allí; con un salto invisible y opaco, ya estaba allí.
Le dije: —Diábolo.
Él contestó: —Mariposa Glicina. Y Glicina Mariposa.
Llamándome así por mis nombres prohibidos, pues, por salvarme de todo mal, no me habían hecho figurar en el Registro.
Me acerqué a su lana. Él dijo: —Vayamos a los infiernos donde están nuestros hermanos.
—¿Cómo...?!!
Di un grito que no se oyó.
Pero, le tendí los dedos, que él acarició por sumo instante. Pidió: —Y dame las cosas de abajo.
Aunque parezca mentira me acerqué y separé las piernas.
Él buscó y encontró los orificios; lamió y hendió; uno a uno, los lamía y los partía. Yo, un poquito, brincaba. Dijo: —Vayamos al infierno, ya. Eres de las que sirven bien. Vamos, bromelia, móntate en mi lomo. Y vamos.

14

Castaña de fuego.
—¿Cómo? ¿Ése es mi nombre, ahora? ¿Así me llaman? La voz está en los rosales, detrás —dijo con un acento de adivina, tarotista.
—Sin embargo, no hay rosales.
—Me hablan en el rosal.
Miró su delantal, pequeño, de colegial, de novia y bailarina.
Sobre él aparecían letras fulgentes: las de Castaña de fuego.
¿Qué hacer? ¿Llamar a la madre Clementina? Pero, hacía tiempo que no acudía; algo realmente grave debía acontecerle.
Pensó en las tías; una a una llamó con la memoria. Mas, ninguna vino. Donde se alojasen, ahora, estaban muy fijas. Castaña de fuego.
Se sentó y empezó a bailar.
—Pero levántese. Y baile.
Sin embargo, bailaba sentada, moviendo las piernas de un modo leve y maravillante, y también, cintura, omóplatos, cara y pelo.
Como si fuera Nijinsy y Karsávina; así bailaba.
En eso salió del aire un monstruo, flaco y peludo, y se presentó: —Soy el Príncipe don Juan. Y el Príncipe.
Ella contestó:
—Sí, señor don Juan; sí, señor el Príncipe; yo soy la reina, la bailarina.
Él, entre los velos que lo cubrían casi todo, se rió.
—Venga, Castaña de fuego. Aquí, acá, para mí.
Aquí, acá, para mí. Al rumor de estas palabras, ella más bailaba, como si fueran música, un mismo vals.
Pero, tenía miedo, y a la vez confiaba en su vestido de baile, del baile ese, y del de siempre, que la cubría como si fuera gasa, coraza, una protección jamás vista.
El dijo: —Venga.
Y fue.
Cruzaron todo el jardín, y por rincones enmarañados, hasta desembocar en un rosal
—Está el rosal. Aquí.
—Sí, yo le hablaba hace un rato desde aquí, desde el rosal.
Ella se acurrucó. Él le pidió;
—A ver, deme una mano, o un pie, una oreja, un pedacito de la pierna, lo que fuere, lo que sea. Dé.
Y le miraba la piel de plata y de diamela.
Ella tendió una mano, por ser, le pareció, lo menos peligroso, mientras temblaba y se erizaba, su vestido de reina, de pequeña maestrita de baile y colegial.
Él hizo un círculo sobre la mano, un cuadrado, siguió dibujando, obstinado, allí.
Y ella empezó a entender, entendió todo, ese otro idioma recién aparecido. Él se comió una rosa, y siguió dibujando empecinado, mientras la miraba en los ojos, y una vez le tocó el ombligo. Pero, el dibujo hizo siempre en la mano, no salió de allí. Con todo, llegó una cosa rara que a ella sacudió e hizo cantar como un violín. El pelo le ardía cuadrado y largo tal una lámpara.
Él había desaparecido quizás al aire.
Ella salió del huerto hacia la casa, ¿dónde iba a ir?, pero, tenía un paso desconocido, raro, como de quien lleva un huevo adentro, el útero habitado.

15

Me di cuenta de que podía volar, y volaba. Mi madre tenía miedo: lo ocultó. Yo, de noche, cruzaba volando y volvía. Me enamoré en lo alto, me enamoré en el cielo. Vinieron dos ángeles y me palparon. Me coparon un tanto con las alas, y yo rechacé. Vino un diablo con traje de terciopelo. Y yo rechacé. Vino volando un hombre, de los que había en la tierra, y dijo: —Baje conmigo, señora Eleonora, baje conmigo. Y verá.
Llegamos a los jardines. Señora Eleonora, sí. Eleonora. Ese era mi nombre, señora Eleonora, sí.
Él comentó, al verme comer clavelinas:
—Conozco sus manías. Hace mucho que la veo volar y comerse claveles. Hoy se casó conmigo, recién, allí arriba, y acá abajo. Ahora, es mi señora, usted.
Empecé a seguirlo. Pasamos a las veras de la casa casi rozándola. Íbamos por caminitos desconocidos, retorcidos, que parecían no llevar a ninguna parte. Ese viaje duró toda la noche. Y a la primera, débil claridad, apareció una cabaña. Él prendió luz como si la sacara de su mano.
Partió pan.
Algo se comió.
Él avisó:
—Dentro de algunas noches será el coito.
Después de varias, me abrazó de golpe. Y dijo: —Ya está. Advertí su virginidad. Será respetada, señora. Me volteó en una especie de lecho, o en el suelo; sacaba de dentro de mí una cintita empapada en sangre y se la comía.
—Me comí su virgo, señora Eleonora. Sí.
—Estoy embarazada, ya —contesté porque me di cuenta.
Las uniones continuaron veloces y distintas. Él murmuraba: —Hagamos hijos, muchas criaturas.
Yo creía que me iban a salir de todas las partes del cuerpo: de la espalda, los senos, la boca, el ano, la pantorrilla. Por todos lados, creía, estaba ya embarazada.
Al fin parí trillizos, del sexo masculino y del femenino.
Y volví a parir trillizos.
El último hijo se originó en un seno; lo di a luz por el pezón.
Todos los vástagos crecían rápidamente, robustos y con poco entendimiento, como pollos y corderos.
Yo les amamantaba casi sin pausa, y también había una oveja que les daba de mamar.
La oveja.
—Señora Eleonora, decía el hombre en medio de la noche o del día. Y yo guardaba la teta y acudía. La volvía a sacar y nos arrollábamos, anudábamos. Él vivía, prácticamente, dentro de mí.
En muchas ocasiones aborté con dulzura, también con un poquito de dolor y de angustia.
...............
Estando adormecida algo me sobresaltó; de súbito, me senté con los ojos abiertos.
Con trabajo retiré el pene que tenía incrustado en la vulva, arrullándolo hasta que se durmiera.
Envuelta en una sábana y sin mirar para atrás, salí sin rumbo fijo. Corría, me enredaba, me levantaba, caminé hacia todos lados. ¿Qué me pasaba? ¿Qué era eso?
Después de mucho tiempo, meses, años, di con mi casa.
Era de noche y oí el llanto de mi madre que seguía llorando por mí.
En la oscuridad encontré el vestido lila, el chal verde, el atuendo de niña, de bruja, de niña.
Y estoy sentada comiendo claveles.
De tanto en tanto, muy de tanto en tanto, levemente, recuerdo el bosque, el marido, la oveja, los hijos.
Como si hubiese sido todo un sueño y una mentira.

16

Se oye un pío pío en la tarde casi estival, deslumbradora.
Una mujer con pañoletas trae el cesto, y allí, los huevos. Huevos bellos, ánade y codorniz; unos gruesos, celestes; otros, menudos como pimpollos de jazmín.
En el aire hay figuras que casi se alcanzan; nunca se puede.
Pero, yo soy sirena. De plantas, de arboleda. Ondulo mi cola oscura, fuerte. Tengo las escamas, blancas y plateadas; el pecho desnudo, crespo el pelo; el sexo es una marca apenas de coral, y echa un perfume específico, humo, gotas de aceite y sangre, y brasitas.
Me rozo el sexo con una vara, lo zarandeo un poco.
Y doy pequeños gritos y pequeños saltos, de pez, de fémina, a ver si los hombres del lugar vienen a mí.

17

Se llamaba Ana Rosa Dina Varulírov Delia Laura Aurora Lumínile.
Pero sólo la llamaron Lumínile.
—Señora Lumínile.
Es el día de la venta.
Tenía pocos años, poquitos, y recién se espigaba.
Y ¿qué sería la venta?
Tenía ojos redondos, celestes, rayados, pelo crespo, abultado.
La dueña vino y la bañó. Sin ropa interior, le puso el vestido rígido, rosado, y la capelina, de paja rosada con ramos de glicina.
Una figura oscura se abría paso por el jardín, donde llovía un poco, sin nubes; sólo era una lluvia de luz, una inexplicable cosa.
—Señora Lumínile.
El ama recibió un óbolo y la entregó. Ella se adelantó, con su paso rígido, de muñeca, casi. Él la recibió; la cara casi oculta por el sombrero. La llevó así, la retiró. Cruzaban el trigal que ondeaba angélico, aunque con restos de muchos amores, parejas, ocultos casales ocultándose en el baile; dejaban por la prisa, el delirio, algunos objetos obscenos, calzones pequeños tirados por ahí, tirados al aire, caían por doquier, algodones sombríos, sangrientos. Señora Lumínile iba rígida bajo el vestido armado y rosado; el pelo crespo, con varias mariposas de esmalte por todos lados.
Así entraban todas.
Después...
Él dijo:
—¿Está muda, señora Lumínile? Usted ¿es muda? ¿Enmudeció?.
Ella ya con el vestido alzado cerca de la boca, mostraba la silueta, las pequeñas tetas que tenían en las puntas, violetas, y llevaba siempre desnudas para el lucimiento, como hacían en ese lugar todas las vírgenes.
Él le sacó con la lengua las violetas, y salió otra cosa de adentro del pezón, una pelusa, unas perlitas plateadas, que él quitó con el pene a cada pezón; copuló en los dos. Usando una varita de trigo, acariciaba el ano escondido —ella viboreaba como una lagartija y una serpiente. Con una varita de pan, él le hundía el ombligo, la recatada vagina, el clítoris, que se levantó y perfumó, un capullo duro, un cuchillito. Él lo tocó, lo friccionó. Le decía: Bien, hijito. Y lo volvía a manosear, a paladear.
Señora Lumínile estaba cumpliendo diez años; tal vez era abril y estaba cumpliéndolos. Distorsionó el rostro pequeño, ovalado o redondo como un pan; variaba. Dio un estertor. Otro. Él jugaba, le ponía ramitas en la vagina, en el ano, en la vejiga.
Luego, la derrotó.
Señora Lumínile vio cómo le nacían ovarios —no sabía que los tenía— y se encabritaban; sintió al intruso rozándole el útero chico y hambriento. ¿Cómo había entrado eso ahí? Estaba ya derramada, gritaba su ano con dulces gemidos, la llamaba por su nombre, Lumínile, echaba un poquito de sangre, de oscuras risas.
La desocuparon y volvieron a ocupar, varias veces, le hacían una horrible y prodigiosa caricia, como un pespunte, una vainilla, le daban puntadas, la tejían. Ella, como puede ocurrir, volvía a quedar virgen. Y él la manoteaba, le abría el pasadizo encantado, íntimo,
Le nació otra vagina en algún lado, que también fue mecida, sondeada, la colmaron de un agua bendita, maldita.
Como era de suponer gritó por fin como un pájaro, trinó, echó un montón de huevecillos pequeños de perica, y menos, de caracol. Echaba sin cesar huevos pequeños de codorniz, que él comía de prisa.
Ella no podía erguirse. Estaba poniendo, se echó a incubar. Él seguía comiéndole huevos, se los quitaba, ya que le daban un cosquilleo, lo ponían nervioso, tenso.
Un viento suave, raro, secó la sangre de ella. Las manos brillaban —sintió— como hielo.
Señora Lumínile.
Vio de nuevo acercarse el organismo morado y grueso, las tres puntas romas, picudas, el hongo macho ese se veía erguido, viniendo. Le pedían: —Bésele, señora, despídase, bese y beba todo lo que se le ofrece.
Tomó unos tragos, volvió a beber, a absorber, con su pequeña boca del tamaño y el perfume de una grosella, su pequeña boca ya vuelta una sexual copita escandalosa.
La llevó alzada. La devolvía. Ella no podía caminar. Intentó ponerla en el suelo. Pero, no se paraba. Cruzó el trigal con esa muñeca contorsionada, inmóvil, esa pequeña y fúnebre señorita.
Salió la dueña. Recibió otro óbolo. Llevó a Lumínile, la bañó, la besó, intentó ponerla de pie, ponerla en cama, y no se podía. Le decía:
—Vamos, ya está. Ya era hora. Diez años y sin empezar. Ahora, ya está. Quédese quieta. Le nacerá de nuevo el himen, eso que hoy le sacaron, pero nace de nuevo, no se va así nomás. Otros la buscarán.
Señora Lumínile se sentó en el sofá. Inexplicablemente había llegado la noche. Estaba rígida. Los ojos redondos, celestes, rayados, brillaban en la oscuridad, como dos estrellas. Azules, fijos, se veían en medio de la sombra espesa, por donde la dueña hacía los trabajos de la casa sin luz alguna, sin cirios, ante tan tremenda instancia —esos ojos fijos, fijos— y segura, le parecía, de que no iba a acabarse esa noche, a llegar más el día.

18

Usted, ya tuvo novio?
Ella quedó inmóvil, pero vio a Cirilo, el Peón de Chacras, el de su padre, el peón. Lo miró como si lo esperase, lo hubiera estado esperando.
Él repitió: —¿Ya tuvo novio? ¿Marido por algún tiempo acaso, una noche, un rato? Eh, señora Lises. Señora. Usted...?
Ella era muy bella y un poco espantante. Tenía algo maravilloso, tenía... la maravilla: rostro angosto, ojos celestes, casi inmóviles, mechas negras, rubias, rojas, lilas, todas mezcladas.
Casi no poseía memoria. Se olvidaba. De todo. Vio al hombre su talla mediana. Oscuro, y usaba chambergo, aunque ya había, algo, atardecido. Para hablarle se tocó el ala con cortesía.
Ella, que no sabía nada, de pronto entendió todo, de golpe, en pocos segundos, oyó una novela, en profundidad. Sólo por esas pocas palabras que él le había dicho.
Ella miró hacia las parras; parecían cercanas, lejanas; esos menhires romos, de pura paja. Siempre la habían entusiasmado.
Lo siguió, magnetizada. Fueron tomados de la mano. Ella estaba inmóvil y temblaba. Él propuso: Rodeemos la parva; ésa. Detrás está más oscuro.
La luna y las estrellas se habían encendido pálidas y lejanas; como ramos de jazmines blancos.
Él miró si no venía el patrón; ella miró si no venía su padre, el patrón. No sabía qué temía o no temía nada. La novela estaba olvidada. Como la escuela a la que ya no iba desde algún tiempo.
Comentó: —Yo ya sé leer.
Pero, por decir, sin estar segura.
Él le quitó la leve casaca plateada, debajo de la cual no llevaba nada. Y se vieron las tetas. De niña. Chicas, grandes, embrujadas, los pezones con luz, en llama. Él los frotó para apagarlos y se encendieron más, eran fósforo, fosfato, ¡cómo brillaban!
—Señora Lises.
Ella arrulló apenas. Se sentía perfume a diamela, resonaban timbres en la eternidad.
—No habrá delito, dijo él, extrañamente, pecado alguno. Vamos a huir, a correr.
A él se le había caído el sombrero, y ahora, en pocos minutos, tenía un bigote espeso y sexual. Nacido recién. Era un bigote para pecar.
A prisa se adueñó de ella contra la parva; la sujetó, le pasaba el bigote profundamente hasta romperle la intimidad. Ella pestañeó. Dio un grito como de rata o muñeca. Él no la soltaba más. Después. De rodillas, le bebió la sangre, el coágulo, lamió hasta sacarlo, tragárselo entero. Y volvió a lamer.
Corrieron por el llano, alguien gritaba: —Lises, adiós!... Otro decía: —No se la lleve, lo denunciaré!
Los árboles volaban tomados de la mano. Alguien clamaba: —Ahí va la señora de todos colores, la que tiene el pelo negro y colorado y... Parece que ya se casó!
Corrían y corrían; parecía que alguien los seguía; y los seguía, tal vez.
Tomados de la mano corrieron y corrieron por el presente y el pasado,
corrían y corrían hasta hoy y ayer.

19

Era de noche y vino un planeta; yo dejé mi labor y pequeña cena. Me puse una rosa en el escote.
El planeta se había posado en el jardín, cerca del árbol de las rosas.
Era redondo, esférico, de cristal celeste espeso, ligeramente verde. Era liso, enorme, sin ninguna espina ni estría alguna.
Resolví no hacer barullo, caminaba con pasos de seda. Que nadie se enterara, ni él huyese.
No sé cómo cabía en el jardín. Si era un planeta! Y, sin embargo, estaba ahí.
Luego de un rato de mirarlo mucho, lo abracé, me quité el vestido, tiré la rosa, lo abracé, lo abrazaba con mis brazos y piernas y pequeñas tetas. Lo besé muchas veces.
Se me cayó algo del sexo, como un pimpollo, un huevo, se lo aplasté (con aroma a vida íntima), se lo refregué.
El planeta levitó, subió un poco, salió del suelo.
Rápida, me le acosté debajo, abrí las piernas; entonces, estiró un garfio, recién aparecido, lo insertó en mi lugar del que había volado el huevo.
Quedamos por ahí prendidos.
Íbamos en el cielo; él hacía ahora un rumor raro, como si fuera un hombre, como si fuera un animal, o Dios.
Proseguimos así y navegando.
Cada tanto me fijo en los abismos, por si se ven mi casa, mi jardín.

20

Estaba con los animales. Era de día y de noche; oscuro, claro.
Parada en dos pies, con las manos sobre una piedra, el oso me remiraba. La larga boca abierta y la baba brillante goteando en lágrimas. Esperaba más allá un elefante, cuya trompa fálica copulaba en la tierra, para entusiasmarme. Yo lo miraba, y al oso; a punto de conceder.
Pero, elegí la cebra. Que se había elegantemente conservado en otro plano. Las rayas, de tan nítidas, titilaban, se le movían.
Me acerqué (los otros animales gimieron, partido el éxtasis).
Yo miré, y sí, era una cebra macho.
El macho de cebra me fichó, me reprochó mis amorosos dolores con el oso y el elefante. Exhibía sus bajos con puntas de plata.
En un minuto estuvo todo hecho.
Yo dije Ah y me corrió un poco de sangre de la boca y de la otra boca, como si hubiera perdido algún clavel y una rosa.
Comenzamos a huir; de tanto en tanto nos deteníamos a repetir el hecho. Mi herida se revolvía misteriosa.
... Iban el macho de cebra y señora, velozmente, por el campo raso, bajo el cielo y sus estrellas, tantas, que algunas se caían por el suelo.

 


20.5 x 27 cm. 140 pp. / ISSN: 0120-2367
$9.000 - US$20


 
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