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Revista No. 274 / Octubre - Diciembre

La tristeza latinoamericana o los paisajes sin historia
Las ideas sobre el “Nuevo Mundo” en los textos de viajeros extranjeros

Pedro Adrián Zuluaga (Colombia)
Comunicador Social-Periodista de la Universidad de Antioquia. Editor de la revista Kinetoscopio y director del Programa de cine del Centro Colombo Americano de Medellín.


“Primero fue el viaje. Después vinieron el tiempo y la nostalgia”, dice el director de cine griego Theo Angelopoulos. Angelopoulos se ha permitido articular una obra cinematográfica que se sostiene, en gran medida, en la acción de viajar y en la reflexión sobre el viaje. En el viaje como pregunta por la identidad, recuperación de la memoria (personal y colectiva) y búsqueda de referencias paternales. En el viaje como aventura que nos confronta con lo otro en la forma en que la otredad se manifiesta; por ejemplo, para el más ilustre quizá de todos los viajeros, el también griego Ulises: el héroe homérico encuentra sirenas y cíclopes, encuentra lo monstruoso y lo hermoso, encuentra la sexualidad y el cuerpo de la mujer, pero también se encuentra a sí mismo en tanto él mismo es Nadie.

Precisamente, el modelo mítico-literario del último Angelopoulos es la figura de Ulises, como prototipo de todos los viajeros. En un corto de un minuto que Angelopoulos realizó con la vieja cámara de los hermanos Lumière (y en homenaje a estos) en el centenario del cine, su personaje es Ulises. Abandonado en la orilla de un mar tempestuoso, el héroe se pregunta: “¿A qué tierra extranjera habré llegado?”.

Esta exclamación de asombro y de espanto hace pensar en Colón, en su mirada adánica sobre América, en su, como diría Angelopoulos, primera mirada. El testimonio supuestamente más fiel que tenemos del “asombro del Almirante” es su propio Diario. El primer encuentro de Colón con tierras americanas es, sin embargo, una de las páginas más prodigiosamente elusivas y tal vez frías de la literatura de viajes.1 Colón pretende ser un cronista, a su manera, objetivo. Su Diario no es el testimonio de una hazaña personal, como las de los viajeros modernos, sino el registro del cum-plimiento de un deber de orden a la vez trascendente, divino e histórico. Puede ser más que una ironía que el nombre de Colón, Cristóbal (Cristóforo), signifique, precisamente, aquél que lleva a Cristo. Signado por ese destino que lo desborda, Colón no tendrá reparo en poner todo su empeño en la justificación de lo que después sería una de las empresas colonialistas más gigantescas que se conozca: la vana-gloria de un imperio donde nunca se pone el sol.

Un juicio histórico-moral sobre Colón resulta, a estas alturas, harto improcedente, pero sus propias maneras literarias dan pequeñas claves para entender el horizonte cultural en el que se movía. Ni como ser humano, ni como escritor, Colón es Montaigne o san Agustín. La violenta, o por lo menos áspera disección del yo a la que se someten estos dos escritores, parece por completo ajena al espíritu de Colón (de hecho la mayor parte de su Diario está escrita en una “impersonal” tercera persona). Colón es una voz colectiva, por él habla toda la cosmogonía de una moribunda Edad Media. No ha descubierto ese yo capaz de someterse al libre examen de la conciencia y a la búsqueda de una responsabilidad individual. No tiene más que una oscura certidumbre del pecado y la desobediencia, pero en relación con Dios y su Majestad, no en relación consigo mismo. Para Colón, como para toda la España conquistadora, lo Otro sólo tiene un valor de uso, dominio y explotación. Lo Otro no es aquello que permite la expansión del yo, sino lo que justifica su blindamiento en lo colectivo, en el mito de los orígenes, en el rechazo de lo bárbaro.

Otros cronistas de Indias con sus fantasmagorías, sus relatos fantásticos, sus mitos, respaldarán de alguna manera el proyecto colonialista. Hay más de doscientos cronistas de Indias que han sobrevivido al tiempo y una infinidad de cartas que refieren la experiencia del Nuevo Mundo para los ojos europeos. Fernández de Oviedo, Pedro Cieza de León, Bartolomé de las Casas y Juan de Castellanos pueden mencionarse entre los que han merecido una mayor supervivencia. Estos cronistas heredaron la tradición medieval judeo-cristiana que termina por imponerse en España a las incipientes luces del Renacimiento. Como eran espíritus religiosos y no científicos, en la amplia gama de fenómenos naturales que encontraron en América, incluyendo a la población nativa, cronistas y conquistadores —muchos fueron ambas cosas a la vez— no podían ver el fenómeno por lo que era, sino, a duras penas, como una proyección de sus prejuicios, intereses, miedos, fantasías y deseos. En el plano espiritual y cultural, la empresa conquistadora consistió básicamente en la colectivización de esos prejuicios, intereses, miedos, fantasías y deseos. Las sociedades indígenas americanas entraron en un proceso de alineación que las separó de su propio mundo mítico-religioso, empezaron a vivir una vida prestada, subsidiada. El Nuevo Mundo entró en la historia violentamente, y todo ingreso a la historia es a la vez pérdida del paraíso y acceso a un mundo de jerarquías.

Tal como dice Jacques Derrida en De la gramatología y a propósito de los Tristes trópicos de Lévi-Strauss, hay una relación estrecha entre violencia, escritura y poder. La sabiduría popular traduce este concepto, diciendo simplemente: “la historia la escriben los poderosos” o “la letra con sangre entra”. Los cronistas de Indias, de alguna manera, cumplen con esa ambigua misión de posibilitar con la escritura la instauración de un nuevo poder. La escritura de las crónicas de Indias es a la vez inventario, registro y tergiversación, pero en todo caso es siempre ideología. Lo anterior nos puede servir para una primera aproximación a la tristeza latinoamericana, en la variante en que este texto la concibe: tristeza de no haber escrito la propia historia, tristeza, sobre todo, de haberse dejado escribir en el cuerpo las marcas de la inferioridad, que aún sobreviven.

Para contrarrestar esa re-fundación mítica de América se necesitaba un redescubrimiento del continente desde aquello que precisamente estuvo ausente del primer descubimiento: la precisión científica y el espíritu de cierta ilustración, la búsqueda de una verdad de las ciencias naturales y de una verdad de las ciencias sociales.

En junio de 1785, el español José Celestino Mutis escribe en su voluminoso Diario de observaciones, redactado durante más de treinta años (1760-1790) en tierras americanas: “No es fácil hacer los descubrimientos de una vez, ni verificar lo que se sospecha. La poligamia de las plantas no se debe establecer por conjeturas, sino por reiteradas observaciones. Esto no lo puede hacer el viajero, a menos de permanecer por mucho tiempo en el mismo lugar”.

Mutis no es esencialmente un viajero, sino más bien el europeo que quizá dio testimonio de una manera más clara de aquella “enfermedad” propagada por la literatura, y de corte indudablemente romántico, conocida como “Mal de América”. El “Mal de América”, para los europeos que visitan estas tierras, no es otra cosa que perder el camino de regreso.

Mutis lo perdió. El elogio de la permanencia que leímos arriba, lo escribió Mutis dos años después del comienzo oficial de la Real Expedición Botánica en 1783 y en abierta contradicción con sus primeras impresiones de América: “Parece increíble que en nuestro tiempo pueda haber un país donde sus individuos piensen tan erradamente. Yo en tales ocasiones, no hallo otro recurso que tomar sino el silencio, por no exponerme a unas contradicciones insoportables”. Esto lo escribió Mutis tres meses después de su llegada al Nuevo Mundo en 1760, en calidad de médico privado del virrey Pedro Messía de la Cerda. En su Diario de observaciones podemos ver el registro de su propia mutación con respecto a América y con respecto a sí mismo.

Afirma Ángela Pérez en La geografía de los tiempos difíciles: “El deseo de Mutis por la naturaleza americana es motivado al comienzo por el interés científico, luego por las posibilidades económicas que esa naturaleza le representa y al final, ambos parecen abandonar al narrador del texto quien opta por el silencio. En el momento de salir de España a su viaje por América, el narrador habla con la autoridad que le da su fe en la ciencia y en el conocimiento y la enorme confianza en que Europa debe revelar la naturaleza americana a la mente ilustrada. En la tercera parte del texto, hay un narrador ausente, la primera persona ha desaparecido y la vigilia y el sueño de las plantas son su único motivo de desvelo. A su alrededor, en el taller de la Real Expedición Botánica, sus jóvenes ayudantes, en particular Caldas, comenzaban a rumiar los textos que los llevarían al cadalso y en los que la naturaleza que su maestro les enseñaba a diseccionar se convertía en un patrimonio capaz de producir orgullo patriótico”.2

La Real Expedición Botánica fue desmantelada en 1817 por el agonizante gobierno español en la Nueva Granada. Todo el trabajo de Mutis se envió a España donde buena parte de él se perdió, supuestamente por negligencia de las autoridades de ese país, mientras sus herederos en Colombia como Francisco José de Caldas y Jorge Tadeo Lozano subsumían el discurso científico en la retórica nacionalista del movimiento de independencia.

Este movimiento de independencia, como se explica tan bien en los manuales de historia del bachillerato, fue el resultado de una conjunción de influencias de la época: la Revolución Francesa y la independencia y formación de los Estados Unidos, el Enciclopedismo, el Romanticismo y la Ilustración, entre otras cosas. América abrió sus fronteras geográficas y culturales, y nuevos viajeros empezaron a llegar. El deseo de Europa hacia América había cambiado. Se pasó del viaje del prejuicio al viaje de la razón. A la escritura de viajes se le asignó la función de observadora científica. Otros, como Rousseau en Discurso de los orígenes y la fundación de la desigualdad entre los hombres (1755), pedían un nuevo tipo de viajero: el filósofo, pues hasta entonces existían mercaderes, conquistadores, misioneros, soldados, que no tenían, según el pensador franco-suizo, la suficiente capacidad de observación.

Los escritos de estos nuevos tipos de viajeros contribuyeron a una reinvención ideológica de América que cambió la mirada de Europa sobre el Nuevo Mundo y la del Nuevo Mundo sobre sí mismo. Alexander von Humboldt, por ejemplo, le dedicó a Mutis su primer tratado sobre botánica, mientras Bolívar en la Carta de Jamaica agradeció a Humboldt por haber sacado a América de su ignorancia y haberla pintado en su real belleza.

La expedición del sabio alemán partió de Cumaná, Venezuela, el 16 de julio de 1799 y culminó en Veracruz, México, el 7 de marzo de 1804. España autorizó el viaje sin restricciones de Humboldt y Aimé Bonpland, su más cercano colaborador, porque había cifrado en el desarrollo científico y geográfico de las colonias una posibilidad de enderezar el errático rumbo que éstas iban tomando. Ya antes había autorizado el viaje de La Condamine en 1735, además de otras expediciones que se habían hecho, algunas a título personal, o respondiendo a múltiples intereses como las de Malaspina, quien circunnavegó a América, o Bougainville.

Humboldt y Bonpland emprenden entonces lo que Ángela Pérez llama “el viaje de las ciencias exactas”. Humboldt es un personaje paradójico. Por una parte es un cortesano, cercano a los kaiser alemanes. Por otra, Bolívar y los movimientos independentistas lo consideran un precursor de su causa.

Lo cierto es que el viaje de Humboldt y sus conclusiones, permiten el restablecimiento de un equilibrio que las crónicas de Indias, entre otros procesos, habían roto. Humboldt se acerca a una idea de equilibrio universal: “La constatación de la diversidad de las especies en la América tropical es una constatación de dicho equilibrio [...]. Equilibrio traduce, entonces, aceptación y conocimiento de las diferencias de los seres vivos, y no concepción a priori de la degeneración de las especies”.3

En 1735, Linneo publica en Upsala su Sistema Natura —Sistema de la naturaleza—, donde traza un esquema clasificatorio destinado a organizar en categorías a todas las plantas de la tierra. El conde de Buffon toma estos planteamientos y teoriza sobre la inferioridad de la naturaleza americana, basado en el hecho de que, por ejemplo, no hay grandes mamíferos en América. La expedición de Humboldt es, precisamente, la encargada de corregir a Buffon y restablecer el equilibrio que el viaje del prejuicio había instaurado. Por cierto que es muy curioso que sean precisamente las ciencias naturales quienes promuevan un discurso de fondo antiimperialista, mientras la literatura y otras ciencias humanas hayan servido antes como soporte del colonialismo. Esto va en contra de la supuesta dignidad moral que reclama el humanismo.

Es el propio Humboldt quien escribe: “Demasiado a menudo, escritores generalmente alabados y alabados por muy justos títulos, han repetido que América es, en todos sentidos, un continente nuevo. Esa exuberante vegetación, la enorme extensión de sus ríos, la intranquilidad de poderosos volcanes, son prueba de que allá la tierra, siempre en sobresaltos, todavía no bien desecada, está más cerca que en el viejo continente al estado caótico primordial. Ya mucho antes de mi viaje, semejantes ideas me parecían tan antifilosóficas como contrarias a las leyes físicas generalmente reconocidas. Imágenes fantásticas de juventud y de intranquilidad, de reciente aridez y de inercia de la tierra senescente sólo pueden surgir en aquellos que por juego van en busca de contrastes entre los dos hemisferios, sin esforzarse por concebir con una sola mirada general la estructura del globo terrestre [...]. La idea de que en una tierra más antigua tiene que reinar cierta paz en la naturaleza se funda en un mero juego de nuestra imaginación. No hay razón alguna para suponer que toda una parte de nuestro planeta sea más antigua o más nueva que otra”.4

Pero el viaje de Humboldt se desarrolla en otros niveles; también en un nivel de sinceridad personal y de encuentro de sí mismo: él es el hombre que cambia su destino al mirar una flor, según lo expresara Germán Arciniegas. Por una parte, Humboldt redescubre a América. Por otra parte, América representa para él la tierra nueva, la tierra de la posibilidad, la tierra donde nuevas alianzas son posibles: “alianzas científicas y humanas necesarias para completar el mapa posible de su deseo”.5 En una geografía lejana, lejos del peso social de las cortes europeas y rodeado de científicos del mismo sexo, Humboldt se permite una vida nueva que ya anciano y emplazado de nuevo en Europa no va a dejar de añorar. Seguramente entre sus recuerdos estaba el de aquel adonis que “estorbaba su trabajo científico” y que despertó los celos de Francisco José de Caldas, cuando éste quiso hacer parte de la expedición de Humboldt y fue rechazado en favor de Aguirre y Montúfar, precisamente el adonis que un amargado Caldas refiere.6

Los viajes con intereses científicos como la Real Expedición Botánica o el viaje de Humboldt hicieron posibles otras imprevistas alianzas. Ya se habló de la relación ciencia-política, clara desde el momento en que se considera a Mutis y a Humboldt precursores de la independencia. Pero también está la relación arte-ciencia. Pintores, acuarelistas, dibujantes de mayor o menor fortuna, viajaron en las expediciones científicas registrando lo que encontraron a su paso. Hay una abundante producción artística alrededor de los viajes de Humboldt y Mutis, pero además existió otro tipo de artistas que a título personal hicieron su particular descubrimiento de América.

Faustino Sarmiento habla del pintor viajero alemán Mauricio Rugendas y lo considera, en su época, junto con Humboldt: “el europeo que más vivamente ha representado a América”.

De todos estos artistas viajeros (algunos de ellos eran, además de artistas, comerciantes o diplomáticos), quien permaneció más tiempo fue el diplomático inglés Edward Mark (1843-1857). Su obra más destacada, El viaje por la Nueva Granada, coincidió con un creciente interés de la época por la realidad social y geográfica y con un deseo de transformación de las mismas que se tradujo en proyectos como la Comisión Corográfica de Agustín Codazzi, que describe el país, región por región. En esta comisión participó Carmelo Fernández, quien hizo una gran cantidad de ilustraciones que posteriormente serían usadas en la publicación de Peregrinación de Alfa, del célebre viajero colombiano Manuel Ancízar.

Pero volvamos a Mark. La mirada de Mark sobre la Nueva Granada es una vez más la del descubridor, del que ve por primera vez. Un registro si se quiere inmediatista, entusiasta y afectuoso, del paisaje y de los hombres dentro de ese paisaje.

Holton, otro viajero, escribe lo que Mark “pinta” tras su “primera mirada” a Santa Marta: “Muy desolada, una cadena de montañas desnudas y secas sin hierba, sin agua, sin árboles, sin habitantes. Me pregunto por qué esperamos encontrar verdor permanente en el trópico...”.

Otro gran artista de la época es Ramón Torres Méndez, quien hace fundamentalmente cuadros de costumbres que tendrán influencia en la novela realista de la época —por ejemplo en Manuela de Eugenio Díaz—, en el periodismo y en el imaginario visual que el cine y la televisión después crearían sobre ese momento histórico.

Mark, Torres Méndez y la novela realista testifican, entre otras cosas, los procesos de formación política y social de las nuevas repúblicas americanas. Hay varios niveles en los que ese testimonio de la época pudo darse: sociales, políticos, personales, íntimos.

Flora Tristan, por ejemplo, emprende lo que Ángela Pérez llama “el viaje de las ciencias sociales”, en contraposición a “el viaje de las ciencias exactas” de Mutis y Humboldt. El viaje de Flora Tristan en el siglo XIX se puede explicar por un fenómeno particular de su época: la expansión del capitalismo y la apertura de las líneas marítimas posibilitaron muchas formas de viaje, algunas de ellas respondiendo a intereses estrictamente personales. La expansión del comercio marítimo permitió también el surgimiento de un nuevo tipo de viajero: la mujer.

Las consideraciones de género condicionarían el tipo de relato que produce la experiencia del viaje, y mucho más en épocas donde ciertos espacios estaban reservados a los hombres. Al hombre le correspondería el inventario del mundo exterior, las intrigas de la política y el poder. El viaje de la mujer, según Ángela Pérez, es hacia la intimidad familiar, los usos y maneras sociales, la comida y el vestido, las sutilezas de las costumbres que se escapan a la mirada general de los hombres.

El testimonio de Flora Tristan —abuela del pintor Paul Gauguin y protagonista de El paraíso en la otra esquina, la última novela del escritor peruano Mario Vargas Llosa— resulta especialmente interesante por la identidad que ella asume desde el primer momento. Su libro más conocido se llama Peregrinaciones de una paria y es desde esta condición marginal que ella puede establecer cierta solidaridad con América y los americanos. Utopista, revolucionaria, comunista y feminista, la figura de Tristan está sin embargo llena de ambigüedades. Tristan llegó al Perú en 1833 y abandonó el país inca un año después, en 1834. Tenía un proyecto concreto: reclamar una herencia familiar y en cierta medida verse restituida en su condición de miembro de una familia poderosa. Regresó a París convencida de ser una paria y en sus propias palabras: “completamente sola entre dos inmensidades”.

La ambigüedad de Tristan consiste en que es rechazada por una sociedad a la que considera inferior y en ese rechazo encuentra nuevas razones de su superioridad. Es decir, la viajera juzga y a la vez es juzgada por el país que la recibe.

Sin duda, en el yo del viajero se produjo un cambio, si seguimos la línea que va de Colón a Humboldt y Mutis, pasando por los cronistas de Indias hasta llegar a Flora Tristan. La experiencia del viaje se subjetiviza cada vez más. Ya el viajero no es el soberbio observador de una realidad que abarca con su mirada totalizante, también la realidad del paisaje lo abarca a él.

En el siglo XX, nuevas disciplinas dentro de las ciencias sociales pretenden ganarse una respetabilidad científica de la que carecían antes. La antropología y la etnografía son precisamente estas ciencias que tratan de capturar la verdad social del hombre mediante el estudio de sus huellas. Parte de la cientificidad de estas disciplinas viene dada por la propia duda epistemológica.

Claude Lévi-Strauss escribe, en la introducción de Tristes trópicos (donde trata, precisamente, de enraizarse en la tradición del viajero filósofo —o del viaje filosófico— a la manera de un Chateaubriand o un Rousseau): “Quisiera haber vivido en el tiempo de los verdaderos viajes, cuando un espectáculo aún no malgastado, contaminado y maldito se ofrecía en todo su esplendor [...]. ¿Cuándo habría que haber visto la India? ¿En qué época el estudio de los salvajes brasileños podía haber proporcionado la satisfacción más pura, hacerlos conocer bajo su forma menos alterada? Cada lustro hacia atrás me permite preservar un hábito, participar de una creencia suplementaria. Pero conozco demasiado los textos para no saber que al retroceder un siglo renuncio al mismo tiempo a informaciones y a curiosidades que enriquecerían mi reflexión. En fin de cuentas, soy prisionero de una alternativa: o antiguo viajero, enfrentado a un prodigioso espectáculo del que nada o casi nada aprehendería, o que, peor aún, me inspiraría burla o repugnancia; o viajero moderno que corre tras los vestigios de una realidad desaparecida”.7

La misma desconfianza y desilusión ante el viaje moderno la expresa el escritor norteamericano Paul Bowles en su libro Memorias nómadas, que es antes que nada una biografía pautada rítmicamente por sus múltiples experiencias de viaje. Cuando Bowles decide dejar de viajar, lo hace precisamente porque encuentra cierta inexpresable degradación del paisaje, especialmente del paisaje norteamericano corrompido por el utilitarismo extremo y, en últimas, por el capitalismo.

Ahora, habría que ver cómo y porqué un científico social como Lévi-Strauss escoge el adjetivo “tristes” para calificar a los trópicos, yendo en contra de su propia pretensión de objetividad. A Lévi-Strauss un sentimiento básico que le produce América es la impresión de enormidad. “Se le experimenta por todas partes, tanto en las ciudades como en la campiña; yo la he sentido frente a la costa y en las mesetas del Brasil central, en los Andes bolivianos y en las Rocallosas del Colorado, en los barrios de Río, los alrededores de Chicago y las calles de Nueva York. En todas partes se recibe la misma impresión violenta. ¿De dónde proviene la sensación de extrañeza? Simplemente, de que la relación entre la talla del hombre y la de las cosas se ha distendido hasta tal punto que la medida común está excluida”.8

Más adelante, Lévi-Strauss introduce en su relato de viajes por América, su experiencia de la India, para establecer diferencias. Mientras que en América, dice el antropólogo, en primer lugar veía cosas: parajes naturales, objetos definidos por sus formas, sus colores, sus estructuras particulares, en la India ve, en primer lugar, seres. “En la América tropical, el hombre se halla disimulado ante todo por lo poco que se lo encuentra”,9 mientras que el hacinamiento sería la forma de ser propia de la India.

La India, con más de cinco mil años de producción agrícola y manufacturera es la tierra gastada, en cambio el suelo de América sólo se habría empezado a asolar quinientos años atrás.
Los viajes de europeos y norteamericanos en el siglo XX se tienen que confrontar con el discurso y las prácticas del colonialismo vigente, en el caso de África o la India, o los efectos del pos-colonialismo y del neo-colonialismo, en el caso de América Latina. Todas estas experiencias caerían dentro de la realidad de lo que se empieza a conocer como el Tercer Mundo, en relación por supuesto con un Primer Mundo.

El Tercer Mundo se convierte en la mayor prueba, el mayor reto a la sinceridad política y moral del Primer Mundo. Algunos como Pier Paolo Pasolini asumen una posición grandilocuente frente a esas ruinas físicas y morales del Tercer Mundo (de África en su caso) y de alguna manera tratan de restablecer como compensación una edad de oro. Pasolini y Alberto Moravia, por ejemplo, viajan juntos a la India a comienzos de los años sesenta y asumen frente al subcontinente indio posiciones radicalmente distintas. A Pasolini esta experiencia le servirá como fondo oscuro de la cantinela que lo acompañará en los últimos años de su vida: el Tercer Mundo según Pasolini está estropeado por la Revolución Industrial y el consumismo y sólo se salvará si restaura lo que le es más propio: las formas de solidaridad de la cultura campesina en las que es posible entrever la nostalgia de un cristianismo primitivo. Moravia cree, en cambio, que de la cultura campesina no se puede esperar nada nuevo y que hay que ponerle punto final con una verdadera y cabal Revolución Industrial. Pasolini es un tardo-romántico, Moravia es un tipo de viajero a la manera inglesa: “no tercermundista ni sentimental”, o como él mismo agrega “por lo que me atañe, quisiera añadir que mis modelos eran Stendhal y Sterne, el primero por su enamoramiento respecto a los países y su cultura, y el segundo por su atención hasta al más mínimo detalle. Pasolini, en cambio, tendía a subrayar la experiencia personal, privada, íntima, no necesariamente cultural”.10 ...

 

Notas

1 “Después del sol puesto, navegó a su primer camino, al Oeste; andarían doce millas cada hora y hasta dos horas después de media noche andarían noventa millas, que son veintidós leguas y media. Y porque la carabela Pinta era más velera e iba delante del Almirante, halló tierra e hizo las señas que el Almirante había mandado”. Descripción de la “primera mirada”, tomada del Diario de a bordo de Cristóbal Colón. Madrid: Anaya, 1985, p. 63.
2 PÉREZ MEJÍA, Ángela. La geografía de los tiempos difíciles: escritura de viajes a Sur América durante los procesos de independencia 1780-1849. Medellín: Universidad de Antioquia, Colección Clío, 2002, p. 30.
3 CASTRILLÓN ALDANA, Alberto. “La geografía de las plantas de Alejandro von Humboldt (1769-1859)” en Revista Universidad de Antioquia N° 224. Volumen LX, abril-junio 1991, Medellín, p. 33.
4 Ibíd. p. 33.
5 Ibíd. p. 75.
6 Dato “anecdótico” referido por Ángela Pérez Mejía. Op. cit.
7 LÉVI-STRAUSS, Claude. Tristes trópicos. Barcelona: Paidós, 1988, p. 46.
8 Ibíd. p. 80.
9 Ibíd. p. 147.
10 Moravia citado en: PASOLINI, Pier Paolo. El olor de la India. Barcelona: Península, sf.


20.5 x 27 cm. 140 pp. / ISSN: 0120-2367
$7.800 - US$20


 

 
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