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Revista
No. 273 / Julio - Septiembre
Universidad
y verdad
José
Olimpo Suárez Molano (Colombia)
Profesor del Instituto de Filosofía de la Universidad de
Antioquia
Interrogado
san Agustín acerca de si conocía y podía definir
el tiempo, respondió: "Si na-die me lo pregunta, lo
sé, pero si quiero explicarlo a quien me lo pregunta, lo
ignoro" (Confesiones XI, 17). Podríamos decir, mutatis
mutandi, que algo similar ocurre cuando deseamos enfrentar la cuestión
de las relaciones entre la verdad y la institución universitaria:
intuimos sus determinaciones recíprocas, pero no resulta
fácil explicar y evaluar sus correspondencias. Pese a lo
anterior, intentaremos elaborar una narración que ponga en
claro la dramática relación entre estas dos instituciones
culturales que han dado forma a nuestra vida y a nuestra comprensión
de la realidad en la cultura de Occidente. Y es que el asunto no
carece de interés intelectual en cuanto reconocemos que alguna
forma de la verdad, sea la que sea, ha estado siempre presente en
el trasfondo del desarrollo de la Universidad a través de
los siglos. Basta recordar aquí un momento particularmente
dramático de la historia de Occidente en el que la idea de
la verdad se presentó con toda su fuerza y a la vez con toda
su ambigüedad: el pretor Poncio Pilatos demandó a Jesús
de Nazareth: Ti estin aletheia (¿qué es la verdad?).
Tras esta pregunta entraba en juego una comprensión especial
de dos situaciones culturales diferentes, para el pretor romano
la verdad, propia de la tradición grecolatina, se entendía
como desvelación o descubrimiento; en tanto que para el judío
la verdad se entendía como confianza, solidaridad, entre
seres humanos. Las consideraciones que ofreceremos a continuación
se ocupan sólo de la primera tradición, tradición
nacida de la cultura griega y presente siempre en esa espléndida
invención de la Edad Media denominada universidad.
En
efecto, la institución universitaria, al igual que la invención
de los derechos naturales y el descubrimiento de la electricidad,
ha sido uno de los grandes aportes que la civilización ha
legado al mundo cultural moderno. La universidad, dominio cultural
centrado en el cultivo de la inteligencia, ha conocido esplendores
y decadencias determinadas por el enfrentamiento de intereses y
por las fuerzas que atraviesan la sociedad. Una de las fuerzas determinantes
de la forma universitaria ha estado encarnada en la subterránea
concepción que de la verdad se ha tenido en períodos
históricos determinados. Intentaré justificar esta
tesis mostrando que es posible hablar de tres momentos de la verdad
y con ello de tres formas de la vida universitaria. Denominaremos
a estas tres formas de educación superior con los términos:
universidad tradicional, universidad moderna, y universidad contemporánea;
relacionados a su vez con tres formas de la verdad: la verdad como
correspondencia, la verdad como construcción y la verdad
como interpretación.
La
universidad tradicional: la verdad como correspondencia
En
su origen la institución universitaria apareció claramente
ligada a las necesidades de tipo teológico, propias de la
iglesia católica de la época. A comienzos del siglo
XII los centros académicos más notables estaban representados
por las escuelas de Laon y Chartres, pero muy pronto la Escuela
de París habría de lograr notoriedad y dominio total
sobre el mundo académico. El trasfondo cultural de este fenómeno
escolar estaba sostenido por la silenciosa y soterrada transformación
de la sociedad medieval, una de cuyas más importantes manifestaciones
correspondió a la valoración que las clases dominantes
hicieron de la educación. En efecto, las clases señoriales
habían desdeñado tradicionalmente la lectura y la
escritura considerándolas como una actividad propia de clérigos
y copistas de textos clásicos. Pero los tiempos habían
cambiado, ahora se reunían maestros y alumnos en un ambiente
favorable a la sombra de las catedrales y aparecían los escholars
y los magistris que darían origen a esa forma de comunidad
académica que hoy conocemos como universidad. Reunidos los
estudiosos bajo la forma de un studium generale, que representaba
el organismo autorizado por el papado romano para conceder títulos
de enseñanza, pronto habrían de transformarse en universitas
magistrorum et scholarum regidos por un Rector Magnífico
cuya tarea consistía en gobernar y vigilar la buena marcha
de la institución. Toda esta efervescencia intelectual tomó
forma definitiva cuando se creó la Universidad de París,
por orden del Papa Celestino III en 1174, y operó un poco
más tarde con una estructura similar a la que conocemos en
la actualidad mediante la bula Parens scientiarum, de Gregorio II.
La
institución universitaria medieval encontró parte
de su relevancia intelectual apoyándose en una concepción
de la verdad heredada de la filosofía clásica griega
según la cual la verdad es adaequatio rei et intelectus.
Esta concepción de la verdad presupone que la realidad, el
mundo externo a la conciencia y al lenguaje, es un dominio, un reino
ordenado, eterno e inmutable y que la tarea del conocer consiste
justamente en llevar o conducir el alma o la inteligencia a representarse
de forma correcta esa realidad exterior. En definitiva, se trata
más de una contemplación o adecuación entre
el alma humana y la esencia del mundo que de un esfuerzo de descubrimiento
de algo radicalmente nuevo. Digámoslo de otra manera: la
verdad es orden y el error es desorden en la contemplación
de la realidad. Aristóteles había colocado las bases
de esta interpretación cuando en su Metafísica (Libro
IV, Cap. II, 1003b-1004a.) señaló:
Es,
pues, evidente que una sola será la ciencia que estudie
los seres en cuanto son seres. Ahora bien: la ciencia tiene siempre
como principal objeto propio lo que es primero, aquello de que
todas las demás cosas dependen y aquello que es la razón
de su denominación. Y si esto es una sustancia, es de todo
punto necesario que el filósofo conozca las causas y los
principios de las sustancias. Pero de todo género no hay
más que un conocimiento sensible y una ciencia, como, por
ejemplo, en el caso de la gramática, que, siendo una sola
ciencia, estudia todas las palabras y letras. Por esta razón
también es propio de una sola ciencia estudiar cuantas
son las especies del ser y las especies de las especies.
La
tradición realista aristotélica encarnó en
la doctrina cristiana dando fundamento racional a la fe teológica
y fundando la idea según la cual el orden de la naturaleza
es expresión, a su vez, de un orden inmutable, necesario
y eterno; reflejo de la mente divina. Por eso, la verdad hace sabio
y libre a su poseedor y le acerca a Dios, en tanto que el error
distancia de la divinidad misma. El filósofo como buscador
de la verdad no hace más que acercar el orden de la mente
divina al orden de las razones humanas aceptando acríticamente
la existencia de un mundo inmutable, eterno e indiviso. La encarnación
académica de la concepción que acabamos de esbozar
desembocó en la Edad Media en la elaboración de un
currículo cristiano que dio forma a la vida universitaria
entre los siglos XII y XVII. Recordemos que el texto fundador de
esta tradición fue el escrito de san Agustín titulado
De doctrina christiana, en el que se acogían, sin temor,
los saberes propios de la biología y las matemáticas
para aplicarlos posteriormente a la interpretación de las
santas escrituras que desembocaban finalmente en la enseñanza
del credo católico a través de la retórica.
Posteriormente, Boecio estudió la lógica aristotélica
y propugnó por su imposición en el currículo
cristiano; quedó así establecido en los orígenes
mismos de la universidad un doble ordenamiento del saber: la retórica
o conocimiento tradicional y su enfrentamiento con la lógica
o conocimiento nuevo. Con el triunfo del aristotelismo la universidad
se vinculó rápidamente al conocimiento, la ciencia
y el poder, pues contaba con un arma poderosa que habría
de regir la vida cultural posterior: la demostración racional.
Surgió así una nueva clase social, la aristocracia
del saber, dotada de su propia moral y de sus propios valores. Pero
retomemos, ahora, la relación entre universidad y verdad.
La
especificidad de la universidad consistió, desde su fundación,
en el carácter profesionalizante que se reflejó pronto
en un interés exclusivo por preparar profesionales que se
enfrentasen con los tres dominios básicos de la realidad:
en primer lugar, los teólogos que se ocupaban del orden divino
o macrocósmico, o, para decirlo en términos aristotélicos,
de la verdad esencial de las cosas; en segundo lugar, los juristas
que se ocupaban del orden civil de la república cristiana
y que trataban de acercar la ley humana a la ley divina; y, finalmente,
los médicos que se ocupaban del orden de la corporalidad
asumiendo como sacro el funcionamiento del organismo humano. Estas
tres profesiones exigían antes que nada una profunda vocación;
por ello sus cultores debían superar serias pruebas académicas
y exámenes particulares que demostrasen su capacidad profesional.
Agreguemos, igualmente, que el carácter sacro de estas profesiones
estaba determinado por el hecho de que sus estudiosos se considerasen
a sí mismos como buscadores de la verdad, y en muchos casos,
como sus auténticos poseedores. En este mundo universitario
no se trataba de descubrir nada nuevo, la verdad ya estaba establecida
de antemano, de lo que se trataba en realidad era de adecuar el
alma humana al orden perfecto del mundo. El objetivo de la vida
universitaria así establecido condicionó, naturalmente,
los métodos de la enseñanza representados básicamente
por la lectio o comentario de textos sagrados, y la quaestiones
disputatae o argumentación a favor o en contra de un asunto.
En suma, se trataba de aprender a argumentar a favor de lo que ya
se conocía, de lo que ya se sabía como verdadero y
entonces el carácter de la institución universitaria
no fue otro que el de ser una institución normativizadora
del saber humano. Planteémoslo desde otra perspectiva: la
ciencia, para la universidad centrada en la verdad como correspondencia,
no era más que un corpus apriorístico de conocimientos
bien definidos. El criterio fundamental que determinaba la verdad
estaba representado por la idea de la esencia universal, eterna
e inmutable, de tal suerte que todo conocimiento verdadero podía
ser reproducido en forma idéntica en cualquier lugar y en
cualquier momento. Es así como la ciencia afianzó
el concepto de objetividad y verdad propio de todo conocimiento
científico. Pero quinientos años después de
su fundación una nueva concepción de la verdad habría
de modificar la forma de la universidad.
La universidad moderna: la verdad como construcción
Como
es sabido, los extraordinarios siglos XVI y XVII europeos vieron
nacer la ciencia moderna, la revolución protestante y la
concepción liberal de los derechos naturales propios de todo
hombre. Estos tres acontecimientos culturales cambiaron radicalmente
la perspectiva del hombre frente al mundo y modificaron, no sin
esfuerzo, la concepción que de la verdad se poseía
en la Europa renacentista. Es necesario señalar, sin embargo,
que los tres acontecimientos antes señalados tomaron forma
por fuera de los claustros universitarios y los modificaron radicalmente
dando origen a una nueva forma de la universidad. Tales transformaciones
se realizaron por fuera de los claustros universitarios en razón
de que estos permanecieron durante mucho tiempo ligados a la doctrina
escolástica que se oponía vivamente a las nuevas teorías
que parecían contradecir las queridas y seguras certezas
de la verdad como correspondencia. No se crea, sin embargo, que
esta transformación cultural se opuso radicalmente a la tradición
desechándola como un todo; muy por el contrario, se siguió
manteniendo dentro del espíritu científico el valor
de la dilatada tradición escolástica basada en las
ideas de objetividad y universalidad. Lo que sí marcó
radicalmente la diferencia, el auténtico punto de inflexión
entre estas dos tradiciones fue el enfoque epistemológico
de la ciencia moderna que contrastaba radicalmente con la actitud
puramente ontológica de la tradición greco-cristiana.
En otros términos: pasamos de la descripción del mundo
verdadero a la pregunta por la forma de conocimiento del sujeto
centrada ahora en la razón.
La
Modernidad, entonces, colocó en el centro de la cultura la
idea de la razón humana como fundamento del conocimiento
y de la moral, por ello el ordo medieval dio paso a un nuevo mundo
caracterizado como ordo faciendus en el cual el hombre dejó
de ser pasivo en relación con el conocimiento y asumió
una actitud voluntarista de descubrimiento y transformación
de la realidad. Se abandonó entonces la actitud de contemplación
sobre la verdad y se apostó por una actitud de transformación
activa de la naturaleza y del hombre mismo. La razón dejó
de ser la sierva de la teología y se transformó en
la señora del conocimiento; el filósofo alemán
Kant lo expresó claramente casi como una consigna a favor
de la Ilustración (Crítica de la razón pura,
prólogo a la segunda edición, B XIII) cuando señaló
que:
La
razón debe abordar la naturaleza llevando en una mano los
principios según los cuales sólo pueden considerarse
como leyes los fenómenos concordantes, y en la otra, el
experimento que ella haya proyectado a la luz de tales principios.
Aunque debe hacerlo para ser instruida por la naturaleza, no lo
hará en calidad de discípulo que escucha todo lo
que el maestro quiere, sino como juez designado que obliga a los
testigos a responder a las preguntas que él formula. De
modo que incluso la física sólo debe tan provechosa
revolución de su método a una idea, la de buscar
(no fingir) en la naturaleza lo que la misma razón pone
en ella, lo que debe aprender de ella, de lo cual no sabría
nada por sí sola. Únicamente de esta forma ha alcanzado
la ciencia natural el camino seguro de la ciencia, después
de tantos años de no haber sido más que un mero
andar a tientas.
Repitámoslo:
la razón moderna no es sierva ni alumna, es un juez de la
cultura; la verdad entonces deja de ser mera adecuación a
la realidad y se transforma en un esfuerzo sostenido por descubrirla
o por construirla. A la par con estos acontecimientos intelectuales
la universidad se modificó adecuándose a esta nueva
concepción de la verdad; dejó de ser un mero instrumento
académico para la formación de profesionales y se
convirtió en el espacio en que los científicos buscan
la verdad con las más diversas metodologías y con
los más diversos intereses. Si la realidad ya no se asume
como eterna e inmutable sino como un dominio al cual el hombre se
acerca esforzadamente, entonces el conocimiento puede ser entendido
con la metáfora kantiana según la cual el saber corresponde
a unos cuantos islotes que sobresalen sobre el océano de
la ignorancia. Los efectos epistemológicos e institucionales
de esta transformación cultural no sólo modificaron,
entre los siglos XVII y XX, la comprensión del hombre y la
sociedad sino el sentido mismo del trabajo universitario. Ejemplos
de todas estas transformaciones surgidas con la Modernidad y que
afectaron directamente a la universidad se encuentran en la estructura
institucional de las universidades. La facultad de teología,
reina y señora de la universidad tradicional, se vio desplazada
por la facultad de filosofía cuya misión fundamental
no consistía en transmitir una verdad heredada sino en establecer
las condiciones de posibilidad del conocimiento científico,
al decir de Kant. Se trataba entonces de enseñar a filosofar
no de enseñar filosofía; se trataba de enseñar
a hacer ciencia, no de enseñar teorías científicas.
La formación profesional ocupó un lugar secundario
frente a la formación del carácter científico
de los investigadores. Ejemplo de la nueva universidad es la famosa
Universidad de Berlín, fundada en 1810 por Wilhelm von Humboldt,
y centrada en la investigación científica antes que
en la repetición acrítica de verdades teológicas.
La razón demostrativa ocupó el lugar central en el
esfuerzo del conocimiento, se trataba de intentar probar la validez
de los enunciados sobre las diversas áreas del conocimiento,
pero todo ello implicaba la conciencia clara de la posibilidad del
error y de la necesidad de educar el carácter en términos
de pensar por sí mismos. Una consecuencia particularmente
interesante de esta revolución cultural universitaria la
representa el hecho de que al aceptar una principio de la verdad
como búsqueda científica, tarea de la educación
superior, se dejaba como tarea de la educación intermedia
la formación rigurosa de los alumnos en las teorías
aceptadas como más válidas.
La
universidad moderna implicó también el surgimiento
de un aspecto ético del trabajo intelectual que ha marcado
profundamente la vida cultural de Occidente: la necesidad de defender
un espacio de libertad y responsabilidad para la comunidad de investigadores.
Estos criterios aparecieron ligados no solamente a la educación
de la voluntad del estudioso sino a una concepción del mundo
centrada en la tolerancia y el respeto por las apuestas teóricas
de otros, siempre y cuando se respetasen las normas de los procedimientos
científicos estándares. La universidad moderna postuló
entonces un nuevo mundo para la verdad: todo conocimiento es en
principio refutable y depende del esfuerzo y del compromiso del
investigador y de la elaboración de más y mejores
argumentos demostrativos. Surgió aquí la idea según
la cual sólo debemos llamar verdadero a un enunciado que
pueda ser verificado, demostrado o probado experimentalmente. Los
adeptos de la ciencia moderna, en particular su rama positivista,
rechazaron como metafísico cualquier concepto de verdad que
ignorase los procedimientos de verificación y contrastación,
debido a que si tal procedimiento no se llevaba a cabo, entonces
todo enunciado estaría al abrigo de la crítica racional.
El heredero directo de este positivismo científico fue el
denominado Positivismo Lógico, nacido del Círculo
de Viena, cuya influencia real sobre el desarrollo de las ciencias
formales y de la física fue inmenso durante la primera mitad
del siglo XX. Pero de la autocrítica propia de este positivismo
habría de surgir, a mediados del siglo XX, una nueva concepción
de la verdad entendida ahora como interpretación, tal como
lo veremos un poco más adelante. En conclusión, diremos
que los últimos doscientos años de la academia universitaria
han conocido un enfrentamiento entre dos concepciones del trabajo
académico con relación a la verdad: la verdad como
mera repetición de juicios elaborados por el pensamiento
clásico o la verdad entendida como un proyecto de construcción
del mundo en términos no tradicionales. Sin embargo, es necesario
reconocer que estas dos concepciones, aunque enfrentadas, no han
dejado de compartir ciertos valores propios de la vida académica
y de la tradición cultural tales como: la objetividad, la
racionalidad y la verdad; valores o ideales que desde mediados del
siglo XX han sido duramente cuestionados por una poderosa corriente
de pensamiento conocida como posmodernidad que ha puesto en duda
básicamente las dos formas de universidad antes expuestas
y sus correlativas concepciones de la verdad.
La
universidad contemporánea: la verdad como interpretación
La
posmodernidad, esa corriente de pensamiento que ha osado poner en
cuestión el corazón mismo de la Ilustración,
no sólo ha criticado la naturaleza y sentido de la razón,
sino que ha propuesto una nueva comprensión de la verdad
que de asumirse seriamente pondría en grave riesgo los valores
o las ilusiones más queridas de la universidad tradicional.
En efecto, en el trasfondo de todo este nuevo movimiento cultural
se yergue el polémico pensamiento de Nietzsche que parece
cuestionar las más sentidas certezas de la intelectualidad
occidental. Afirma Nietzsche en La voluntad de poder:
Desde
el punto de vista moral, el mundo es falso. Pero en tanto cuanto
la moral forma parte de este mundo, la moral es falsa. La voluntad
de hallar lo verdadero es un modo de fijar, de volver verdadero,
de hacer duradero ese carácter falso, de interpretarlo
en el sentido del Ser. Por consiguiente, la "verdad"
no es una cosa que existiría y que se trataría de
encontrar, de descubrir, sino una cosa que es preciso crear y
que permite denominar un determinado proceso, más aún
permite a una voluntad forzar los hechos hasta el infinito; introducir
verdad en los hechos, por un proceso in infinitum, una determinación
activa, no es la inserción en la conciencia de una realidad
sólida y determinada por sí misma. Es uno de los
nombres para designar la "voluntad de poder".
La
vida se basa en la hipótesis de una creencia en lo perenne,
en el retorno singular de las cosas; cuando más poderosa
es la vida más indispensable es que el mundo previsible,
y en cierto modo hecho existente, sea vasto. Reducción
de los hechos a la lógica, racionalización, sistematización:
medios auxiliares de la vida. De algún modo el hombre proyecta
fuera de sí su instinto de verdad, su "finalidad"
en la forma del mundo del Ser, el mundo metafísico, de
la 'cosa en sí', del mundo dado a priori. Su exigencia
de invención inventa a priori el mundo que él mismo
transforma, lo anticipa; esta anticipación (esta fe en
la verdad) es su punto de apoyo.
Digámoslo
directamente: se trata de un movimiento dirigido a criticar a la
razón como soporte de la Modernidad y de la ciencia nueva.
Las consecuencias que tal actitud crítica puede generar para
la vida universitaria se muestran impredecibles. Recordemos aquí
solamente uno de los grandes ideales de la academia formado, claro
está, por las dos versiones culturales de la verdad antes
reseñadas: el conocimiento científico como conocimiento
verdadero y progreso social. Si preguntásemos a los posmodernos
si la función del trabajo científico consiste en alcanzar
estos dos ideales, responderían, apoyándose en Nietzsche,
que no resulta adecuado abrigar tal esperanza: ni progreso, ni verdad
objetiva. Un ejemplo particularmente serio de esta actitud, la encontramos
en la propuesta del epistemólogo Thomas Kuhn, para quien
el objetivo básico del trabajo científico se centra
en la resolución de problemas o en el enfrentamiento con
enigmas intelectuales que al disolverse dan satisfacción
a la inteligencia humana. La consecuencia, nada aceptable para la
ciencia tradicional, es que la resolución de problemas consiste
en la eliminación de anomalías y obstáculos
teóricos, y que en consecuencia el saber científico
no tiene nada que ver con la verdad en cualquiera de los dos sentidos
tradicionales.
Desde
la perspectiva posmoderna, la ciencia se corresponde con una concepción
ambigua de la verdad: o bien se asume como mera interpretación
de los acontecimientos determinada por el modo y el lugar, por el
tiempo y el contexto, y entonces no podríamos hablar de ninguna
manera de una verdad como adecuación; o bien, la verdad no
es más que un modo de hablar sobre los enunciados que consideramos
más aptos para vérnoslas con el mundo, y en este caso
la verdad deviene un enunciado superfluo, una reliquia metafísica
propia del positivismo y escolasticismo europeo de los siglos pasados
y, para decirlo con Nietzsche sólo deberíamos aceptar
que la verdad no es más que "un ejército móvil
de metáforas". Pero si ello es así, ¿qué
ocurriría con la universidad y sus ideales de objetividad
y universalidad? Digamos en primer lugar que la actual crítica
a la verdad no debe ser asumida como un momento particularmente
trágico de la cultura; no se trata ni de abandonar la tradición
ni de comenzar desde cero a construir el mundo. La posmodernidad
se ha ofrecido básicamente como una discusión entre
estudiosos de la filosofía y las ciencias humanas en relación
con el lugar y valor de la ciencia frente a la cultura; no se trata
de una discusión sobre el valor de las ciencias particulares.
Aún más: la denominada posición posmoderna,
crítica de la razón, no es ni asumida ni defendida
de la misma manera por todos los críticos de la modernidad;
esto por supuesto, puede ser más bien un aspecto negativo
que uno positivo al interior de las academias, pues genera profundas
ambigüedades conceptuales que se prestan a todo tipo de charlatanerías.
Pero compártase o no la crítica a la razón,
los estudiosos no pueden quedarse al margen de este debate que en
el fondo es un debate sobre la verdad.
Lo
que la universidad contemporánea enfrenta hoy es un reto
particularmente interesante pues, en esta ocasión, los elementos
de la crítica no parecen provenir del exterior de la institución
misma sino que surgen del propio sentido de su labor intelectual.
Las batallas por una política democrática, por el
reconocimiento de las diferencias raciales, sexuales y culturales
son apenas ejemplos mínimos que presuponen un cambio de marcha
en cuanto al valor y alcance de la investigación científica.
Un caso particularmente difícil para el currículo
universitario contemporáneo se encarna en la dura discusión
sobre el sentido de la educación a partir de los clásicos:
¿clásicos para quién?, ¿clásicos
para qué grupo, para qué objetivo, con qué
intención? No resulta fácil dar respuesta a estas
preguntas y a muchas otras que parecen cuestionar la existencia
misma de la universidad. Dos respuestas de pensadores posmodernos
podrían ayudarnos a pensar que la salida a la dura crisis
actual se encuentra en una concepción nueva de las relaciones
del hombre con el mundo: de un lado, Nietzsche nos convoca a pensar
que la objetividad y la verdad no son más que escapatorias
a nuestra condición de seres humanos finitos y aislados,
pero que si asumiésemos con plena conciencia esta soledad
de los seres humanos, encontraríamos mejores posibilidades
de autorrealización; de otro lado, el filósofo norteamericano
Richard Rorty nos invita a abandonar la objetividad y a cambiarla
por la solidaridad, en los siguientes términos: (¿solidaridad
u objetividad?)
Si
alguna vez pudiésemos estar motivados únicamente
por el deseo de solidaridad, dejando sin más de lado el
deseo de objetividad, concebiríamos que el progreso humano
hace posible que los seres humanos hagan cosas más interesantes
y sean personas más interesantes, y no como el movimiento
hacia un lugar que de algún modo ha sido preparado para
la humanidad de antemano. Nuestra autoimagen utilizaría
imágenes de realizar en vez de encontrar, las imágenes
utilizadas por los románticos para elogiar a los poetas
más que las imágenes utilizadas por los griegos
para elogiar a los matemáticos.
Que
la universidad contemporánea pueda o no adecuarse a este
modo de entender la verdad y la cultura, con todas sus consecuencias,
es asunto que sólo el tiempo y la voluntad de los hombres
decidirán. De lo que sí podemos estar seguros es de
que nunca la institución universitaria podrá desligarse
del sentido de la verdad que la sociedad determine como una de sus
estructuras fundamentales.
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