REVISTA U. DE A.
BÚSQUEDA
ANTICIPOS
DISTRIBUCIÓN Y VENTAS
FERIAS Y EVENTOS
CONTÁCTENOS
NOVEDADES

 

 

   

 

OTRAS PUBLICACIONES
PUBL. ANTERIORES
TEXTOS COMPARTIDOS
 
-Institucional | Guía para Autores | Convenios-Colecciones | Imprenta | Sitios de Interés | Cursos

  Editorial Universidad de Antioquia

Revista Universidad de Antioquia

Año 2005 | Año 2004 | Año 2003 | Año 2002 | Año 2001 | Año 2000




 

Revista No. 271 / Enero - Marzo

Anulación de Pompeya

Sergio Pitol

Un atributo de la memoria es su inago-table capacidad para proporcionar sorpresas. Otro, su imprevisibilidad. Alguien puede hacerse la ilusión de que la conmoción experimentada en la adolescencia cuando escuchó por primera vez La consagración de la primavera de Stravinski ha sido una de las más intensas que le ha deparado la vida. Lo mismo repetirá años más tarde, al descubrir Venecia. Los iniciales aleteos del Eros fueron, quién lo duda, momentos iniciáticos que sumaron nuevos elementos a su existencia, y decididamente la enriquecieron. Tales experiencias no parten de la nada, sino de una base previa: una obra musical, una ciudad, una experiencia vital; de todas ya existía un conocimiento indirecto, a través de la lectura, del cine, de la escuela y hasta de las conversaciones cotidianas. Eso que de manera aproximativa llamo una conmoción consistió sólo en ratificar a través de nuestros sentidos algo preconocido y prestigiado con anticipación. Lo único maravilloso es que al incorporársenos demuestre que su belleza, su poder o su capacidad de perturbación rebasan todo lo que hubiésemos podido concebir.

Al paso de los años, la reflexión se va paulatinamente transformando. Aquella primera exaltación había sido producida por un agente exterior; en cambio, las conmociones de la edad madura se generan en el seno mismo del mortal que las experimenta, surgen de algunos pliegues recónditos del ser. No enriquecen a nadie, todo lo contrario, su función no es sumar, sino restar. Si a algo pueden compararse es a una herida secreta, a un derrumbe ontológico, a una orfandad.


Pero, ¿a qué todo esto?


A una experiencia trivial, carente de importancia, pero para mí especialmente enigmática. Tomé al azar una novela de El Séptimo Círculo: Los anteojos negros, de John Dickson Carr, una típica novela policial de la preguerra, perteneciente a esa corriente inglesa donde, más que la resolución de un enigma, el análisis, la deducción, la lista bien regulada de citas cultas y los buenos modales lo significan todo. En la época en que Borges y Bioy Casares dirigían El Séptimo Círculo se pensaba que la literatura policial culta resistiría mejor a los estragos el tiempo, debido a su inserción en un canon narrativo clásico; sin embargo, pocas han logrado sobrevivir, y cuando lo han hecho es debido a la nostalgia de una época, de sus usos y sus costumbres. Las novelas plebeyas de Hammett, Cain y Chandler, en cambio, se mantienen de pie, a pesar de que en su tiempo pasaron sólo como entretenimientos eficaces, cuya vida se sostenía en el constante manejo de la violencia y no en los procedimientos narrativos de estirpe consagrada. Si cité Los anteojos negros fue por razones que nada tienen que ver con las cualidades del género o sus ramificaciones. La novela de Dickson Carr se inicia en una casa de Pompeya en la Calle de las Tumbas, donde un grupo de ingleses se había dado cita para tratar asuntos delicados que habían tenido lugar en su país. "La Calle de las Tumbas", dice el autor, "se extiende en las afueras de los muros de Pompeya. Parte de la Puerta de Herculano y desciende por una pendiente suave, como un ancho surco de bloques de piedra entre dos veredas. Altos cipreses se elevan por encima de ella y comunican una especie de vida a esta calle de los muertos. Allí se encuentran las bóvedas de los patricios, cuyos altares se defienden aún bastante bien de la acción ruinosa del tiempo. Cuando el hombre oyó resonar sus propios pasos, sólo tuvo la impresión de haber entrado en un suburbio abandonado. Detrás de los mausoleos se erguía el Vesubio, azul oscuro entre una bruma de calor y no menos inmenso en la mente por hallarse a seis millas de distancia". El recorrido de ese grupo de ingleses por el escenario pompeyano comienza en la Puerta de Herculano y sigue por la Calle de las Tumbas. Me detuve un momento para fijar esos lugares y observar la acción con mayor certeza. Me fue imposible. Había visto Pompeya en el cine, en libros de arte, en revistas; había leído sobre su historia y su arte. Es más, había estado allí una tarde de agosto de 1961, y, sin embargo, se me había convertido en invisible. Durante varios días me empeñé en recordar esa visita. Cada vez que emprendía el retorno a Pompeya se me desvanecía en una especie de negrura impenetrable; en cambio, el entorno temporal fue apareciendo normalmente, fui reconstruyendo gran parte de ese día hasta lograr recordar la llegada a la ciudad en ruinas, recordé que había entrado a una plazoleta, que esperé a que se formara un grupo determinado de turistas para iniciar el recorrido, y que a la pregunta de alguno de ellos el guía respondió que la visita a las salas especiales, las que contenían pinturas obscenas, no sería posible esa tarde, y los comentarios falsamente indignados de algunos visitantes seguidos por sonoras carcajadas. A partir de ese momento, toda huella de la ciudad desapareció en mi mente. Cada vez que hacía esfuerzos de memoria una lluvia de recuerdos caía sobre mí. Todo lo hecho y visto ese día de agosto de 1961 comenzó a aparecer, menos las horas transcurridas en Pompeya: el despertar en un hotel de Nápoles, la visita al soberbio Museo de Capodimonte, el descubrimiento de Caravaggio, el largo paseo a pie por la ciudad con Nancy Cárdenas, la directora de teatro mexicana, y Susana Drucker, con quienes hacía ese viaje, la presencia de un entierro imponente, con docenas de carrozas funerales cuyos caballos se adornaban con elegantes penachos de negro plumaje, hileras de sacerdotes, niños de hospicios, muchos de ellos lisiados, caminando sobre sus muletas, limusines de lujo, y tras ellos, una muchedumbre afligida de napolitanos. Seguimos el cortejo por la acera durante un par de calles. Era un espectáculo notable por la soberbia gestualidad de las masas. Parecía ver un vivo trozo de cine neorrealista. Los habitantes de la ciudad se arremolinaban en las aceras para demostrar su pesar ante el paso del cortejo. Luego, la comida en una trattoria del centro, donde por primera vez comí el capitone, una anguila carnosa, en una salsa cargada de sabores y aromas fuertes, que me hizo recordar una vez más el lujo culinario de la Italia meridional. Después el viaje en un autobús de segunda clase hacia el sur, hacia Pompeya, la espontánea charla con los viajeros italianos, que parecían interesarse por nuestra procedencia y el objeto del viaje, pero que en verdad lo que deseaban era hablar de sí mismos y comentar episodios de su vida, de sus familiares residentes en América, de las bellezas de la región, del pintoresquismo de Pompeya, a la que hacíamos bien en visitar, así como no debíamos perdernos la grutta azzurra al pasar por Capri. Viajar a Italia y no verla era un verdadero pecado, decían. De pronto estábamos ya en Pompeya, nos advirtieron que no sería posible entrar a determinadas salas, para eso se necesitaría una recomendación especial, y comenzamos a marchar tras nuestro guía para hacer el recorrido que todos los folletos turísticos califican de inolvidable.
El siguiente momento que recuerdo se sitúa ya en un automóvil. Hacíamos auto-stop, que en aquellos años era seguro y normal y formaba parte de la experiencia de un viaje por Europa. Un joven de Salerno, el conductor, hablaba como un loro, aunque su verbosidad no disminuía el interés del relato. Nos habló de su niñez durante la guerra, el desembarco aliado en el puerto, la destrucción de la ciudad, acentuó la riqueza espiritual del sur que los septentrionales no poseerían jamás; la dimensión humana que aquéllos ni siquiera lograrían imaginar. Habló pestes de Milán y de Turín, y luego nos mostró a lo lejos el templo de Neptuno. Es decir, estábamos ya en Pestum. Detuvo el coche en la playa, y nos sugirió darnos un baño en el mar antes de ver las ruinas. Sumergir el cuerpo en el agua tibia del Tirreno, ese mar surcado por las naves y los héroes homéricos, era como integrarse al mundo pagano. Poco después hubo un grave malentendido entre el joven de Salerno y Nancy Cárdenas, quien al sentirse asediada rechazó con violencia sus proposiciones. El italiano salió del mar, se dirigió a su automóvil, sacó nuestras maletas, las tiró en la arena, nos gritó algo que, supusimos, eran los más terribles insultos calabreses. Nosotros continuamos felices en un mar bañado ya por la luna, hasta que de pronto advertimos que era muy tarde, que caía la noche y estábamos en un paraje solitario, y decidimos vestirnos, salir a buscar la carretera, y con nuestras maletas a cuestas pedir nuevamente auto-stop, o detener cualquier autobús que pasara por allí y nos dejara en una población donde pudiésemos encontrar un hotel. Durante largo rato nadie se detuvo a socorrernos; de pronto aparecieron unas mujeres vestidas de negro con bultos en la cabeza, y nos dijeron que en lo alto de la colina cercana había un caserío donde hallaríamos una pensión. Una de ellas se ofreció a acompañarnos, pero las otras hablaron todas al unísono en un dialecto inexpugnable, y ella desistió. Con cierto temor y pesadumbre iniciamos la marcha y ya en la cima localizamos un albergue. Ya no había cena, nos dijeron, era demasiado tarde, y no entrábamos a una estación de ferrocarril sino a una pensión honorable. En ese momento la fatiga acumulada durante todo el día me cayó de golpe. Entré como pude a mi cuarto y me derrumbé en un camastro. Dormí maravillosamente. A la mañana siguiente me despertó una vieja campesina y me dijo que mis amigas estaban ya en la mesa tomando la primma colazione. Desayunaríamos café, queso y pan con tomate, añadió. La vieja había entrado con una jarra de agua que vació en una jofaina y un trozo de jabón oscuro con olor a diablos. Me repitió que no estaba yo en una estación de ferrocarril sino en una pensión honorable, que me diera prisa, pues tenía que hacer la cama y limpiar el cuarto, y se quedó de pie haciéndome señas perentorias de que me vistiera y aseara. Sin ninguna turbación, pues para eso nos habíamos internado en el mundo pagano, me levanté en calzoncillos, me afeité y salí a un patio donde había gallinas, nopales y montones de piedra. Al fondo del patio, bajo una enramada cubierta de viñas, Nancy y Susana bebían el café, acompañado de rebanadas de pan casero a las que el tomate untado les daba un color de sangre. Antes de moverme, en la puerta de mi cuarto, le pregunté a la vieja cómo se llamaba el pueblo donde estábamos y me dijo desdeñosamente: ¡Bellvedere! ¡Mire -señaló los nopales, las piedras, el suelo arenoso- a lo que aquí llaman Bella Vista! Es para morirse de risa. ¡Vista Horrenda, debería llamarse!

Y efectivamente no podía haber nada más horrible. Pero cuando me senté junto a mis compañeras de viaje y miré hacia el otro costado del lugar, vi algo sobrenatural que me dejó sin respiración: el majestuoso templo de Neptuno irguiéndose en una franja de arena que corría desde la base de la colina hasta el Tirreno, que en ese momento parecía una inmensa balsa de aceite esmaltada por el sol. Recordé que estábamos en uno de los puntos más privilegiados de la Hélade. Pestum fue la más preciosa joya que la antigua Grecia poseyó en la Península Itálica. El nombre de Bellvedere se quedaba corto ante aquel inmenso esplendor.

Puedo recordar gran parte de la conversación de ese día en que al final, por mero azar, caímos en Pestum. Puedo recordar mil detalles. Me parece tener aún ante los ojos los coloridos papeles pegados al pórtico de la pensión. Eran carteles de un partido monárquico en extinción que aún conservaba algunas reservas populares en Calabria y Sicilia. Pero lo que aún no logro recordar de aquel viaje es la visita guiada a Pompeya. ¿Sería posible que la impresión de Pestum hubiera pesado tan poderosamente sobre la ciudad en ruinas hasta desvanecerla por entero?


No lo sé, pero de cualquier modo me parece un argumento banal. Creí que al escribir este relato de viaje, algún hilo comenzaría a conectarse con otros hasta llegar a desenredar el nudo. La escritura, muy a menudo, y todo autor lo sabe aun sin proponérselo, rescata zonas poco visitadas, limpia los lugares desaseados de la conciencia, lleva aire a las zonas sofocadas, revitaliza todo lo que ha empezado a marchitarse, pone en movimiento reflejos que uno creía ya extinguidos. Pompeya me queda como un oscuro punto sepultado en la memoria. Un especialista me explicó las trampas que nos ponemos al querer defender nuestra integridad personal. En una sesión hipnótica pude descubrir el momento que regía por entero mi vida: momento trágico, vivido en la niñez, enterrado sin yo saberlo en las arenas movedizas de la memoria. Uno puede explicarse que un incidente grave, terrible, quede escondido allí. ¡Pero, Pompeya! ¿Por qué Pompeya? ¿A qué venía, de qué servía esa oquedad? ¿Por qué la descubría treinta y cinco años después? Nancy Cárdenas murió hace años. A Susana Drucker no la volví a ver desde ese viaje. No tengo a nadie a quién recurrir para que me cubra ese lapso.


De cualquier manera, ese día, que se inició en Nápoles y concluyó frente al Partenón de Pestum, fue uno de los más radiantes que recuerdo haber vivido. Lo seguirá siendo, a menos que por azar llegue un día a revivir un momento atroz, una visión agónica surgida de la ciudad en ruinas, capaz de transformar esa alegre jornada en un íntimo viaje a los infiernos. ¡Imploro que ese momento no llegue a realizarse!


20.5 x 27 cm. 140 pp.
ISSN: 0120-2367
$7.800 - US$20


 

 
INICIO

Visualización: 800 x 600 pixeles - Fuente mediana - Animaciones flash - Internet Explorer
Administración: Alejandro Uribe Tirado / Editorial Universidad de Antioquia. ©Copyright, 1999-2006