|
|
Revista
No. 271 / Enero - Marzo
Anulación
de Pompeya
Sergio
Pitol
Un
atributo de la memoria es su inago-table capacidad para proporcionar
sorpresas. Otro, su imprevisibilidad. Alguien puede hacerse la ilusión
de que la conmoción experimentada en la adolescencia cuando
escuchó por primera vez La consagración de la primavera
de Stravinski ha sido una de las más intensas que le ha deparado
la vida. Lo mismo repetirá años más tarde,
al descubrir Venecia. Los iniciales aleteos del Eros fueron, quién
lo duda, momentos iniciáticos que sumaron nuevos elementos
a su existencia, y decididamente la enriquecieron. Tales experiencias
no parten de la nada, sino de una base previa: una obra musical,
una ciudad, una experiencia vital; de todas ya existía un
conocimiento indirecto, a través de la lectura, del cine,
de la escuela y hasta de las conversaciones cotidianas. Eso que
de manera aproximativa llamo una conmoción consistió
sólo en ratificar a través de nuestros sentidos algo
preconocido y prestigiado con anticipación. Lo único
maravilloso es que al incorporársenos demuestre que su belleza,
su poder o su capacidad de perturbación rebasan todo lo que
hubiésemos podido concebir.
Al paso de los años, la reflexión se va paulatinamente
transformando. Aquella primera exaltación había sido
producida por un agente exterior; en cambio, las conmociones de
la edad madura se generan en el seno mismo del mortal que las experimenta,
surgen de algunos pliegues recónditos del ser. No enriquecen
a nadie, todo lo contrario, su función no es sumar, sino
restar. Si a algo pueden compararse es a una herida secreta, a un
derrumbe ontológico, a una orfandad.
Pero, ¿a qué todo esto?
A una experiencia trivial, carente de importancia, pero para mí
especialmente enigmática. Tomé al azar una novela
de El Séptimo Círculo: Los anteojos negros, de John
Dickson Carr, una típica novela policial de la preguerra,
perteneciente a esa corriente inglesa donde, más que la resolución
de un enigma, el análisis, la deducción, la lista
bien regulada de citas cultas y los buenos modales lo significan
todo. En la época en que Borges y Bioy Casares dirigían
El Séptimo Círculo se pensaba que la literatura policial
culta resistiría mejor a los estragos el tiempo, debido a
su inserción en un canon narrativo clásico; sin embargo,
pocas han logrado sobrevivir, y cuando lo han hecho es debido a
la nostalgia de una época, de sus usos y sus costumbres.
Las novelas plebeyas de Hammett, Cain y Chandler, en cambio, se
mantienen de pie, a pesar de que en su tiempo pasaron sólo
como entretenimientos eficaces, cuya vida se sostenía en
el constante manejo de la violencia y no en los procedimientos narrativos
de estirpe consagrada. Si cité Los anteojos negros fue por
razones que nada tienen que ver con las cualidades del género
o sus ramificaciones. La novela de Dickson Carr se inicia en una
casa de Pompeya en la Calle de las Tumbas, donde un grupo de ingleses
se había dado cita para tratar asuntos delicados que habían
tenido lugar en su país. "La Calle de las Tumbas",
dice el autor, "se extiende en las afueras de los muros de
Pompeya. Parte de la Puerta de Herculano y desciende por una pendiente
suave, como un ancho surco de bloques de piedra entre dos veredas.
Altos cipreses se elevan por encima de ella y comunican una especie
de vida a esta calle de los muertos. Allí se encuentran las
bóvedas de los patricios, cuyos altares se defienden aún
bastante bien de la acción ruinosa del tiempo. Cuando el
hombre oyó resonar sus propios pasos, sólo tuvo la
impresión de haber entrado en un suburbio abandonado. Detrás
de los mausoleos se erguía el Vesubio, azul oscuro entre
una bruma de calor y no menos inmenso en la mente por hallarse a
seis millas de distancia". El recorrido de ese grupo de ingleses
por el escenario pompeyano comienza en la Puerta de Herculano y
sigue por la Calle de las Tumbas. Me detuve un momento para fijar
esos lugares y observar la acción con mayor certeza. Me fue
imposible. Había visto Pompeya en el cine, en libros de arte,
en revistas; había leído sobre su historia y su arte.
Es más, había estado allí una tarde de agosto
de 1961, y, sin embargo, se me había convertido en invisible.
Durante varios días me empeñé en recordar esa
visita. Cada vez que emprendía el retorno a Pompeya se me
desvanecía en una especie de negrura impenetrable; en cambio,
el entorno temporal fue apareciendo normalmente, fui reconstruyendo
gran parte de ese día hasta lograr recordar la llegada a
la ciudad en ruinas, recordé que había entrado a una
plazoleta, que esperé a que se formara un grupo determinado
de turistas para iniciar el recorrido, y que a la pregunta de alguno
de ellos el guía respondió que la visita a las salas
especiales, las que contenían pinturas obscenas, no sería
posible esa tarde, y los comentarios falsamente indignados de algunos
visitantes seguidos por sonoras carcajadas. A partir de ese momento,
toda huella de la ciudad desapareció en mi mente. Cada vez
que hacía esfuerzos de memoria una lluvia de recuerdos caía
sobre mí. Todo lo hecho y visto ese día de agosto
de 1961 comenzó a aparecer, menos las horas transcurridas
en Pompeya: el despertar en un hotel de Nápoles, la visita
al soberbio Museo de Capodimonte, el descubrimiento de Caravaggio,
el largo paseo a pie por la ciudad con Nancy Cárdenas, la
directora de teatro mexicana, y Susana Drucker, con quienes hacía
ese viaje, la presencia de un entierro imponente, con docenas de
carrozas funerales cuyos caballos se adornaban con elegantes penachos
de negro plumaje, hileras de sacerdotes, niños de hospicios,
muchos de ellos lisiados, caminando sobre sus muletas, limusines
de lujo, y tras ellos, una muchedumbre afligida de napolitanos.
Seguimos el cortejo por la acera durante un par de calles. Era un
espectáculo notable por la soberbia gestualidad de las masas.
Parecía ver un vivo trozo de cine neorrealista. Los habitantes
de la ciudad se arremolinaban en las aceras para demostrar su pesar
ante el paso del cortejo. Luego, la comida en una trattoria del
centro, donde por primera vez comí el capitone, una anguila
carnosa, en una salsa cargada de sabores y aromas fuertes, que me
hizo recordar una vez más el lujo culinario de la Italia
meridional. Después el viaje en un autobús de segunda
clase hacia el sur, hacia Pompeya, la espontánea charla con
los viajeros italianos, que parecían interesarse por nuestra
procedencia y el objeto del viaje, pero que en verdad lo que deseaban
era hablar de sí mismos y comentar episodios de su vida,
de sus familiares residentes en América, de las bellezas
de la región, del pintoresquismo de Pompeya, a la que hacíamos
bien en visitar, así como no debíamos perdernos la
grutta azzurra al pasar por Capri. Viajar a Italia y no verla era
un verdadero pecado, decían. De pronto estábamos ya
en Pompeya, nos advirtieron que no sería posible entrar a
determinadas salas, para eso se necesitaría una recomendación
especial, y comenzamos a marchar tras nuestro guía para hacer
el recorrido que todos los folletos turísticos califican
de inolvidable.
El
siguiente momento que recuerdo se sitúa ya en un automóvil.
Hacíamos auto-stop, que en aquellos años era seguro
y normal y formaba parte de la experiencia de un viaje por Europa.
Un joven de Salerno, el conductor, hablaba como un loro, aunque
su verbosidad no disminuía el interés del relato.
Nos habló de su niñez durante la guerra, el desembarco
aliado en el puerto, la destrucción de la ciudad, acentuó
la riqueza espiritual del sur que los septentrionales no poseerían
jamás; la dimensión humana que aquéllos ni
siquiera lograrían imaginar. Habló pestes de Milán
y de Turín, y luego nos mostró a lo lejos el templo
de Neptuno. Es decir, estábamos ya en Pestum. Detuvo el coche
en la playa, y nos sugirió darnos un baño en el mar
antes de ver las ruinas. Sumergir el cuerpo en el agua tibia del
Tirreno, ese mar surcado por las naves y los héroes homéricos,
era como integrarse al mundo pagano. Poco después hubo un
grave malentendido entre el joven de Salerno y Nancy Cárdenas,
quien al sentirse asediada rechazó con violencia sus proposiciones.
El italiano salió del mar, se dirigió a su automóvil,
sacó nuestras maletas, las tiró en la arena, nos gritó
algo que, supusimos, eran los más terribles insultos calabreses.
Nosotros continuamos felices en un mar bañado ya por la luna,
hasta que de pronto advertimos que era muy tarde, que caía
la noche y estábamos en un paraje solitario, y decidimos
vestirnos, salir a buscar la carretera, y con nuestras maletas a
cuestas pedir nuevamente auto-stop, o detener cualquier autobús
que pasara por allí y nos dejara en una población
donde pudiésemos encontrar un hotel. Durante largo rato nadie
se detuvo a socorrernos; de pronto aparecieron unas mujeres vestidas
de negro con bultos en la cabeza, y nos dijeron que en lo alto de
la colina cercana había un caserío donde hallaríamos
una pensión. Una de ellas se ofreció a acompañarnos,
pero las otras hablaron todas al unísono en un dialecto inexpugnable,
y ella desistió. Con cierto temor y pesadumbre iniciamos
la marcha y ya en la cima localizamos un albergue. Ya no había
cena, nos dijeron, era demasiado tarde, y no entrábamos a
una estación de ferrocarril sino a una pensión honorable.
En ese momento la fatiga acumulada durante todo el día me
cayó de golpe. Entré como pude a mi cuarto y me derrumbé
en un camastro. Dormí maravillosamente. A la mañana
siguiente me despertó una vieja campesina y me dijo que mis
amigas estaban ya en la mesa tomando la primma colazione. Desayunaríamos
café, queso y pan con tomate, añadió. La vieja
había entrado con una jarra de agua que vació en una
jofaina y un trozo de jabón oscuro con olor a diablos. Me
repitió que no estaba yo en una estación de ferrocarril
sino en una pensión honorable, que me diera prisa, pues tenía
que hacer la cama y limpiar el cuarto, y se quedó de pie
haciéndome señas perentorias de que me vistiera y
aseara. Sin ninguna turbación, pues para eso nos habíamos
internado en el mundo pagano, me levanté en calzoncillos,
me afeité y salí a un patio donde había gallinas,
nopales y montones de piedra. Al fondo del patio, bajo una enramada
cubierta de viñas, Nancy y Susana bebían el café,
acompañado de rebanadas de pan casero a las que el tomate
untado les daba un color de sangre. Antes de moverme, en la puerta
de mi cuarto, le pregunté a la vieja cómo se llamaba
el pueblo donde estábamos y me dijo desdeñosamente:
¡Bellvedere! ¡Mire -señaló los nopales,
las piedras, el suelo arenoso- a lo que aquí llaman Bella
Vista! Es para morirse de risa. ¡Vista Horrenda, debería
llamarse!
Y
efectivamente no podía haber nada más horrible. Pero
cuando me senté junto a mis compañeras de viaje y
miré hacia el otro costado del lugar, vi algo sobrenatural
que me dejó sin respiración: el majestuoso templo
de Neptuno irguiéndose en una franja de arena que corría
desde la base de la colina hasta el Tirreno, que en ese momento
parecía una inmensa balsa de aceite esmaltada por el sol.
Recordé que estábamos en uno de los puntos más
privilegiados de la Hélade. Pestum fue la más preciosa
joya que la antigua Grecia poseyó en la Península
Itálica. El nombre de Bellvedere se quedaba corto ante aquel
inmenso esplendor.
Puedo recordar gran parte de la conversación de ese día
en que al final, por mero azar, caímos en Pestum. Puedo recordar
mil detalles. Me parece tener aún ante los ojos los coloridos
papeles pegados al pórtico de la pensión. Eran carteles
de un partido monárquico en extinción que aún
conservaba algunas reservas populares en Calabria y Sicilia. Pero
lo que aún no logro recordar de aquel viaje es la visita
guiada a Pompeya. ¿Sería posible que la impresión
de Pestum hubiera pesado tan poderosamente sobre la ciudad en ruinas
hasta desvanecerla por entero?
No lo sé, pero de cualquier modo me parece un argumento banal.
Creí que al escribir este relato de viaje, algún hilo
comenzaría a conectarse con otros hasta llegar a desenredar
el nudo. La escritura, muy a menudo, y todo autor lo sabe aun sin
proponérselo, rescata zonas poco visitadas, limpia los lugares
desaseados de la conciencia, lleva aire a las zonas sofocadas, revitaliza
todo lo que ha empezado a marchitarse, pone en movimiento reflejos
que uno creía ya extinguidos. Pompeya me queda como un oscuro
punto sepultado en la memoria. Un especialista me explicó
las trampas que nos ponemos al querer defender nuestra integridad
personal. En una sesión hipnótica pude descubrir el
momento que regía por entero mi vida: momento trágico,
vivido en la niñez, enterrado sin yo saberlo en las arenas
movedizas de la memoria. Uno puede explicarse que un incidente grave,
terrible, quede escondido allí. ¡Pero, Pompeya! ¿Por
qué Pompeya? ¿A qué venía, de qué
servía esa oquedad? ¿Por qué la descubría
treinta y cinco años después? Nancy Cárdenas
murió hace años. A Susana Drucker no la volví
a ver desde ese viaje. No tengo a nadie a quién recurrir
para que me cubra ese lapso.
De cualquier manera, ese día, que se inició en Nápoles
y concluyó frente al Partenón de Pestum, fue uno de
los más radiantes que recuerdo haber vivido. Lo seguirá
siendo, a menos que por azar llegue un día a revivir un momento
atroz, una visión agónica surgida de la ciudad en
ruinas, capaz de transformar esa alegre jornada en un íntimo
viaje a los infiernos. ¡Imploro que ese momento no llegue
a realizarse!
|