|
|
Revista
No. 270 / Octubre-Diciembre de 2002
Dostoyevski
y nuestro tiempo
Natalia
Pikouch
Si
abordamos la literatu-ra como aquellos para los que se ha escrito,
es decir, como lectores, veremos que la obra de Fiodor Mijailovich
Dostoyevski está aparte de todas las demás obras literarias
del mundo.
No
es la mejor escrita, no la más inteligente, no la más
moderna. Pero sí la más apasionante. Por lo menos
para muchos, quizá la mayoría de los que la leen.
No en vano despertó investigaciones y teorías novedosas,
inspiró a científicos y pensadores de la talla de
Nietzsche, Freud y Bajtin, amén de un sinnúmero de
críticos e investigadores menos famosos. Las teorías
abundan y explican mucho a sus seguidores, pero al lector llano
y desprevenido, poco o nada.
Cada
uno de nosotros, una vez pasadas las primeras páginas de
alguna novela de Dostoyevski, se siente atrapado por una pasión
poco usual que desborda cualquier causa o explicación científica.
Nos identificamos hondamente con algunos de los personajes, más
aún, nos sentimos reconocidos en los niveles que sospechábamos
pero no conocíamos dentro de nosotros. Si miramos detenidamente,
descubriremos que la fascinación proviene de una franqueza
extrema del autor. Franqueza y agudeza en todo. En la selección
de los temas, en su tratamiento, en las circunstancias. Una franqueza
única, imposible de encontrar en ninguna otra parte, cosa
que parece improbable en la época del destape actual. Pero,
a decir verdad, este destape de nosotros es apenas aparente porque
no destapa sino cosas sin importancia. Hoy en día cualquiera
es más que franco fisiológicamente acerca del sexo,
acerca de la injusticia social o la perversión psicológica.
Todo eso son circunstancias y no más.
La
franqueza de Dostoyevski es de otra suerte, es la absoluta franqueza
sobre lo importante, sobre lo principal. Esto, lo principal, es
ni más ni menos que el destino del ser humano durante toda
su vida y aún más allá, cuando ésta
termine. Obviamente, para llegar a esta clase superior de la franqueza,
se necesita total inocencia, pero además una inteligencia
aguda y una sabiduría amplia para comprender qué es
lo importante.
Claro,
todos los grandes escritores de la humanidad lo comprendían,
a diferencia de los escritores no tan grandes, y todos, cada uno
en su idioma, a través de diferentes circunstancias y con
diferentes pretextos-temas, escribían exactamente sobre lo
mismo: la búsqueda de su propio destino, también denominado
felicidad, y los obstáculos en el camino hacia ella (de veras,
si no hay obstáculos, como que no habría mucho que
decir, una novela no pasaría de una página). Los obstáculos
pueden presentarse en forma de enemigos, pobreza, guerra, persecución
de humanos o del destino, el azar, el desamor; en fin, mil cosas.
O
pueden presentarse en forma de propio error o desatino. Por ejemplo,
como en Otello, el error es personal aunque inducido por artimañas
de un enemigo, o en Edipo, provocado por la furia del destino, o
en Macbeth, debido a la propia ambición.
Pues
bien, para Dostoyevski existe sólo un obstáculo en
el camino hacia la realización del destino individual digno
de ser tenido en cuenta, y es el error propio. Éste es el
único tema de sus obras maduras, es lo importante, lo principal.
En ello centra toda su atención, a ello aplica su inteligencia,
de ello aprende con su sabiduría. Y esto es lo que presenta
con toda franqueza al lector. Ello mismo es lo que nos sobrecoge
en sus obras. En realidad, no importan las circunstancias que inducen
al error: será una infancia en medio de la miseria, el sino
fatal, un enemigo encarnizado o la lujuria. La decisión de
cómo obrar en medio de la lujuria, la miseria o la fatalidad
siempre es nuestra: dirigirnos hacia la felicidad o alejarnos de
ella. Y de eso, únicamente de eso, trata toda la obra de
Dostoyevski -como, a decir verdad, la obra de todos los demás
genios-, sólo que Dostoyevski está más consciente
de ello. Parece que él lo aprendió precisamente cuando
se encontraba, por así decirlo, perseguido por la fatalidad,
condenado a la pena de muerte sustituida por los trabajos forzados
en Siberia.
Quizás
allí, en medio de la adversidad, fue donde comprendió
que a cada paso podía escoger la dirección, acercarse
o alejarse de su destino. Y cuando las circunstancias cambiaron,
dedicó su vida a contárnoslo.
En
su relato utiliza la experiencia y las citas de otros autores que
se dedicaron a lo mismo en otra época, concretamente, de
los autores de los Evangelios. Asumió la religión
ortodoxa cristiana como guía para la acción práctica,
aceptó su autoridad como la autoridad en la ciencia de la
felicidad y el destino, investigó e hizo experimentos mentales
acerca de las diferentes maneras de tomar decisiones correctas o
incorrectas en todas las circunstancias imaginables: siendo un pobre
estudiante preocupado por la justicia social, o una hija adolescente
de un alcohólico, o un príncipe inocente, o un oficial
devorado por el deseo sexual, o un intelectual atormentado por el
desprecio por su padre, por su país y por sí mismo,
etcétera, etcétera. En cada uno de los casos, los
héroes de Dostoyevski toman las decisiones, conscientes o
no, que los alejan o los acercan a su destino, al destino de cada
ser humano, su felicidad. El escritor siempre está atento
a estas decisiones y los resultados de éstas, enfoca el interés
del lector en lo mismo y, tarde o temprano, cada uno de los protagonistas
también centra su atención en ello.
Generalmente
a Dostoyevski lo llaman místico. Es una palabra bonita; podríamos
considerar que significa aquel que conoce y descubre misterios.
¡Los descubre y, para nuestra fortuna, nos los cuenta! Utiliza
la terminología cristiana, llama "la salvación"
la llegada a la meta, y "la perdición" el extravío
del camino, pero en la presencia de sus libros nunca nos sentimos
juzgados. Cuando nos identificamos con el furioso asesino atormentado
por un delirio de grandeza, o con la caprichosa muchacha que se
divierte enfrentando entre sí a los hombres, percibimos que
ellos, es decir nosotros, tuvimos poderosas razones para hacer lo
que hicimos, que el autor nos comprende, más aún,
nos ama tal como somos. Precisamente gracias a este amor él
y nosotros podemos ver que un paso en concreto no era en la dirección
apropiada y hay que cambiar de rumbo. Es que equivocamos un paso
pero eso no nos hace indignos de amor. Nuestro castigo está,
como en un juego, en perder un juego, no en volvernos malos por
perderlo. En la siguiente jugada, siempre, tenemos la oportunidad
de ganar.
Precisamente
esta gama de posibles jugadas es la que atrae tanto al lector de
Dostoyevski, y precisamente este amor que el lector absorbe desde
las páginas de los libros es lo que hace de Dostoyevski el
más apasionante de los escritores. Además, el más
útil, porque no hay nada más provechoso que conocer
los secretos de nuestro propio destino.
Natalia
Pikouch (Rusia)
Profesora de la Universidad de Antioquia
|