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Revista No. 269 / Julio - Septiembre de 2002

El Quijote apócrifo

Juan Carlos Orrego

En 1878, Epifanio Mejía, el poeta de Yarumal que compuso la letra de lo que hoy es el himno antioqueño, enloqueció y fue recluido en el manicomio. Sus biógrafos, mortificados y próximos al lloro, han descrito ese acontecimiento como un "espantoso eclipse", y a tal punto el tiempo ha reproducido los ecos de ese fatal suceso, que quienes fueron niños hace veinte años aún pudieron enterarse de las tenebrosas andanzas de un tal "Loco Mejía". No obstante, a pesar de tan graves sugestiones, bien podrían entreverse algunos visos de embuste en esa historia, de modo que el afamado loco podría ser contemplado, hoy en día, como un astuto bergante que prefirió el manicomio a la vida de las responsabilidades sociales. Lo primero que llama la atención es la pintoresca génesis del desequilibrio: al decir de testigos ignotos, a Mejía lo sorprendió un chubasco en medio de un sofoco mayúsculo. Como se verá, se trata del mismo asunto mítico -y por eso rayano en lo inverosímil- de las moralizantes consejas de las matronas que advierten a sus hijos acerca de los peligros de "mojarse acalorado". De otro lado, el atento examen de las piezas escritas por el poeta en plena reclusión lleva a pensar en el carácter intacto y, aun, conspicuo de su raciocinio: el loco componía endecasílabos con una prolijidad y cuidado que harían rabiar de envidia al mismo Miguel Antonio Caro -el más puntilloso de los poetas colombianos-, e improvisaba versos con una sagacidad de la que sólo haría gala un consumado trovador de festival: "¡Oh deuda nacional!, ¡tú eres sublime! / ¡magnífico portento de deshonra! / Tu gran deformidad ¿a quién no oprime? / Tu espantoso guarismo ¿a quién no asombra?". Además, asuntos matemáticos -esos que siempre han sido considerados inalcanzables para los talantes díscolos- preocuparon a Epifanio en los poemas de su etapa demente: "Yo peso cinco arrobas - mi montura / pesa una arroba y diez y siete libras. / Una libra de almuerzo en los cochuvos (...) / Tú que eres el señor de los problemas / y el hombre de los cálculos y cifras, / quiero digas, Ricardo, cuánto peso / llevaba mi caballo en sus costillas". Y si alguien pretextara que es propio de algunos locos el desarrollo de las grandes facultades, necesario sería interponer un argumento adicional: lo teatral de la locura del poeta. Mucho hay de impostura en el comportamiento de Mejía, a quien, con cierta demencia calculada, se le ocurrió dedicar un poema usando el previsible recurso de suprimir las iniciales del nombre del homenajeado: "A mi amigo regorio utiérrez onzález". Aunque nada tan prefabricado como el gesto que adopta el poeta en una famosa fotografía tomada en la casa psiquiátrica: en ella se ve al loco sentado a una mesa, tomando apuntes con una lapicera sobre una libretita inmaculada, y volteado con señorial gesto hacia la cámara, en la misma pose que afectaría un prócer de cualquier república, hambriento de inmortalidad, al firmar un acta de independencia ante el concurso del pintor de turno. Jamás la historia de la frenopatía ha conocido un loco más compuesto. Y para terminar, el más sugestivo de los indicios: en el lecho de muerte, el insano recuperó sospechosamente la razón, y recibió los últimos sacramentos asistido de todas sus facultades, señero y pródigo en consejos como el más sabio de los moribundos. La trama, de sobra, se antoja conocida, y, así, el enigma parece resolverse: tal vez Epifanio, con toda deliberación, hizo que su vida se basara en la más famosa leyenda de la locura, la de Don Quijote de La Mancha. Con alguna razón, uno de los adoradores del hijo de Yarumal lo ha llamado "Alonso Quijano el Bueno". Habría que aclarar, en todo caso, que en la tierra antioqueña se reconoce como virtud esa ambigua facultad de la impostura.


20.5 x 27 cm. 140 pp. / ISSN: 0120-2367
$7.800 - US$20


 

 
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