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Revista No. 267 / Enero - Marzo de 2002

Cenizas al aire

Juan Fernando Merino
Cuentista y traductor. Autor de Las visitas ajenas (cuentos, 1996) y
Habrá una vez (antología del cuento joven norteamericano, 2001).

 

¿Nombre del difunto?
-George Michael Wilkinson.
-George… M. Wilkinson.
-George Michael, por favor. El nombre entero. Él lo habría preferido así.
Steven Peters apura un sorbo de café y se pasa la mano por las puntas desiguales de su barba poblada, muy blanca. Otro que no va a caber. O a duras penas. Devuelve el rodillo de la máquina de escribir y arquea levemente los dedos índice y corazón de ambas manos, los únicos que utiliza para teclear, con una velocidad tan pasmosa que casi siempre se convierte para quien lo observa en una danza desbocada, hipnotizante. No; no cabe. Tres letras por fuera de la casilla. Suelta un soplo de aire por entre los dientes; se interrumpe antes de que suene como un chasquido. Que no lo vaya a tomar a mal el cliente. Porque la culpa es suya y nada más que suya. Pretendía hacer tantas cosas que terminaba por hacer la mitad a medias, le dijo una vez Elektra, en uno de sus raros momentos de exasperación. Textualmente. Y nadie, nunca, había comprendido sus motivos y razones mejor que Elektra. Tres letras y el punto después de Wilkinson. Claro, se veía venir; ¿pero hace cuánto tiempo se está diciendo -o sea, anotándolo en su hoja semanal de cabos sueltos- que tiene que mandar a hacer formularios con casillas más amplias para el nombre de pila? Para la profesión u oficio también. Cada vez son palabras más largas. O los deudos no se deciden entre los dos o tres oficios del difunto. Y al menos tres líneas adicionales para el recuadro "circunstancias del deceso". Y no porque aquello tenga importancia a la hora de dispersar unas cenizas; no, en absoluto, nada más que un requisito legal en el Estado de California, una casilla como cualquier otra, pero el hecho es que casi todos los deudos muestran un alivio patente al llegar a ese punto, cuando tras una serie de cifras o de respuestas obligatoriamente concisas, pueden referirle una historia, o algo, compartir con él un momento de dolor sostenido, de sorpresa devastadora, de bienvenido desenlace. A veces incluso una confidencia capital. Steven también lo agradece. Después de una decena de años a cargo de la empresa -"Peters & Peters; dispersión aérea de restos"- está persuadido de que la forma y el momento que asume la muerte -los inefables detalles que elige- arrojan más luz sobre una existencia que cualquier otra circunstancia. Elektra no estaría de acuerdo. Naturalmente. Ella prefería buscar los signos en los momentos de vida más intensa. O en los libros. ¡Ay, Elektra! Pero no hay más que leer las descripciones que hacen los deudos. Releerlas sobre todo. Muchas eran las noches en que Steven se encerraba en su despacho, con o sin la música de Saint Saens, con o sin una botella de vino australiano, y a partir de aquellos párrafos algunas veces alcanzaba a atisbar, incluso a imaginar, a sus clientes propiamente dichos...
-¿Pasa algo?
-No, no. Nada; señor Wilkinson. Estaba acordándome de algo que tengo que hacer sin falta. Es Wilkinson también, ¿verdad?
-Sí. Roger Wilkinson. Él, George Michael, era mi hermano. Mi único hermano.
-Lo lamento muchísimo, señor Wilkinson. Créame, de verdad.
-Seis meses, casi siete meses para poder traerlo aquí… Murió en un pueblo del Amazonas, en Novo Silveira, a orillas del río. Malaria, me dijeron. Tal vez; en todo caso no hubo quién lo trasladara a una ciudad, a un hospital, nada. La propietaria de la pensión donde pasó los últimos días lo hizo enterrar esa misma tarde en el solar de una iglesia, la única iglesia protestante del pueblo. La policía federal, cuando por fin apareció, encontró entre su diario de viaje apuntes para su testamento y las instrucciones de que sus cenizas fueran esparcidas sobre el valle de Napa. O este valle. Amó ambos sitios, por razones muy distintas desde luego… El hecho es que el consulado americano en Belem tardó cuatro meses en localizarme. ¡Cuatro! Allá las cosas son muy diferentes, señor Peters.
-Sí, sí, claro.
-¡Y no se imagina las dificultades para llegar a ese sitio! Como en Novo Silveira no hay aeropuerto, tuve que volar hasta General Vargas, en la selva peruana, y desde allí…
Steven lo anima a hablar. La expresión de su mirada indica que quiere escuchar más, así como la cajetilla de cigarrillos que saca del cajón y le ofrece. Y no lo hace sólo por cortesía: verdaderamente le gustan las historias de sus clientes. En especial las historias de viajes, sobre todo si son largos, arriesgados, por lugares remotos. En el fondo, ellos son sus compañeros de expedición, piensa cuando está a solas. Porque los viajes y la aventura estuvieron en el centro de su existencia durante muchos, muchísimos años, incluso cuando ya no era un hombre joven, cuando se había quedado en un solo sitio, en Nueva York, y empezaba a prosperar su empresa de refrigeración industrial. También esto, "Peters & Peters", se le había ocurrido a él, o a Elektra -ya no importaba- cuando viajaban juntos en África. ¿30 años atrás? ¿35? ¿Más? Después de que le robaron el equipaje a un compañero de autobús, un belga, con el maletín en que guardaba las cenizas de su mejor amigo. En un hospital de Amberes le había pedido que cuando todo terminara lo llevara de vuelta a Zimbabwe y arrojara las cenizas al río Zambesi, donde se habían conocido y enamorado. Las cenizas sólo deben volver al aire, había dicho Steven al presenciar el desconsuelo del belga. O Elektra. Seguramente Elektra; le gustaban las frases sonoras; tenía talento.
El otro ya ha terminado la historia del viaje al Amazonas y parece sumido en un recuerdo particularmente doloroso. Steven lo espera, fingiendo revisar lo que ha anotado en el formulario para la dispersión aérea de restos cremados en el Estado de California. Después de un rato el otro carraspea, recupera la palabra.
-Así era mi hermano. Jamás temió el riesgo. Ni retrocedió ante las situaciones más terribles. ¿Usted ha estado en la India, señor Peters?
-No, señor Wilkinson -responde Steven soltando una bocanada y acercándole un cenicero.
-Puede llamarme Roger. Por favor.
-De acuerdo.
No es Roger. El nombre del individuo que tiene enfrente no es Roger, decide Steven en ese instante. Ni está cerca de serlo. Él de estas cosas algo sabe y habría apostado lo que fuera que se está probando ese nombre como quien se prueba un sombrero. Y no le calza. El apellido aún menos. Con toda seguridad no es Wilkinson. ¿Y el hombre reducido a polvo en aquella urna? Probablemente tampoco. Pero eso no es asunto suyo; a él no le pagaban por jugar al detective ni por desenmascarar identidades falseadas. ¡Ni mucho menos! Le pagaban por prestar un servicio exclusivo. Y humano. Le pagaban por cumplir la última voluntad de quienes en lugar de deshacerse entre la tierra preferían ser libres de ir a fundirse con el mar, o con los valles y laderas del norte de California. Y sobre todo le pagaban -o al menos eso creía- por ser un acompañante digno y discreto a la hora de iniciar el último viaje, el más azaroso. ¿Además qué importaba? Elektra no era Elektra ni venía al caso cuál era su verdadero nombre. Y él mismo no se apellidaba Peters. Patras, según constaba en la fe de bautismo de una iglesia ortodoxa de Astoria. O Patrash, como lo pronunciaba su abuelo paterno, el abuelo griego que nunca pasó de las nociones más rudimentarias del inglés. Pero Peters & Peters poseía un sonido de solidez. De confiabilidad. Ideal para una empresa de este género. Aunque no hubiera otro Peters, ni hermano, ni asociado ni nada. Solo él. Steven estaba convencido de que los nombres que se eligen, no los que se reciben, se convierten en algo crucial. Por eso el nombre de su negocio de dispersión de restos fue una de las primeras decisiones que tomó, antes de alquilar este hangar junto a una pista semiabandonada para avionetas -antes incluso de aprender a volar- cuando se mudó de Nueva York a California once años atrás, dispuesto a empezar a los cincuenta y dos años una nueva carrera. Y una nueva vida, lejos del cielo viciado de Manhattan, de una empresa de refrigeración industrial cada vez menos rentable, de una ciudad donde la ausencia de Elektra lo castigaba en cada esquina…
-Perdón, Roger -interrumpe Steven, apartando uno de sus recuerdos más terribles a punto de materializarse-. ¿El lugar de nacimiento es también Santa Rosa?
-Santa Rosa, California -dice el hombre, sorprendido por la interrupción, liberando el humo mientras mira a su alrededor con curiosidad o asombro, como si quisiera extraer algún sentido de los libros descuadernados, los cuadros arrumados y el desorden general del despacho-. 17; no 18 de mayo de 19...
Entonces era el hermano mayor del difunto. Si es que lo era. De cualquier modo resultaba evidente que el hombre pasaba de la cincuentena. Incluso podría estar llegando a los sesenta. Y no tanto por los pliegues que se formaban en su rostro al hablar, por los párpados caídos o el bigote fino sospechosamente teñido, sino más bien por la indumentaria: aquella combinación de sombrero de fieltro, chaleco y corbata delgada de tono pastel había dejado de usarse hacía muchísimos años. Por más que en las calles de San Francisco todavía fuera posible cruzarse con uno que otro tipo así vestido que parecía salido de un libro antiguo de fotografías. Aunque tal vez no fuese su indumentaria habitual, tal vez hubiese vestido así para la ocasión, igual que estaba usando para la ocasión el nombre de Roger. ¿Pero qué más daba? El hombre parecía contento de revelarle historias. O de inventárselas. Incluso de inventarse un hermano. Además eran historias buenas, bien narradas. Y comenzaba a caer la tarde. Sería estupendo abrir una botella de vino y brindar con él. Por los viajes. Los destinos inescrutables. Por las pérdidas… Contarle algunas historias propias. Proponerle más tarde una partida de ajedrez. Sí, aquel hombre le resultaba simpático; a pesar de su nerviosismo, de la manera inquieta en que ojeaba hacia distintos lados cuando creía que Steven no lo miraba, tenía algo que le agradaba, un aire de declive bien llevado, de derrota digna, algo en sus ojos. El caso es que empezaba a sentirse a gusto con él y hasta le ofrecería un trago si ésa no fuese una de sus reglas de oro: no beber jamás con los vivos. ¡Bajo ninguna circunstancia! Suficiente dolor había causado aquello. Noches de desmoronamiento espiritual y físico, extravíos irreparables, amistades truncas, las discusiones más encendidas con Elektra. Lo decidió la misma noche que faltó Elektra: con los vivos, nunca más. Con los difuntos era otra cosa, por supuesto. El primer trago al aire -largo, generoso- siempre era para ellos. Y varios tragos más. Algunas veces hasta embriagarse juntos, hasta que le parecía, casi lo juraría, que aquella multitud de muertos en su pasado le hacían preguntas, le contaban cosas, o le cuestionaban acciones...
-Señor Peters...
-¿Sí?
-¿Puedo hacerle una pregunta?
-Sí, adelante.
Últimamente sobre todo Elektra. Ella que en vida lo amó tanto y le cuestionó tan pocas cosas, ahora, desde aquella urna de caoba en que reposaban sus restos, parecía reprocharle tantas acciones, tantas indecisiones. ¡Tantas inacciones! ¡Elektra!
-¡Señor Peters!
-Lo escucho, Roger. Es el calor.
-Sí, hoy particularmente.
-A veces ella me dice…
-¿Cómo, señor Peters?
-A veces me digo que debería irme de aquí, muy lejos. Pero no puedo. No puedo dejar esto, y los clientes, son tantos... Las cosas han llegado demasiado lejos…
-Ya. Ya veo.
-¿Me decía algo?
-Sí, el folleto de la funeraria. Dice que el servicio es individual…
-Así es. Un vuelo para cada dispersión. Es un servicio personalizado.
-Excelente... Mi hermano lo habría querido así. Aunque… requiere mucha dedicación, claro. Tendrá que volar todos los días…
-Bueno, no, no se puede. Si llueve muy fuerte no tiene sentido dispersar unas cenizas… Y cuando sopla el viento del norte es demasiado arriesgado volar en una avioneta de un solo motor. También hay días sin clientes. Más de uno.
-Claro. Se lo decía porque en el testamento de George Michael…
-Los servicios son individuales. Es una regla inquebrantable de la empresa.
Una regla inquebrantable que había quebrantado una sola vez, años atrás. Y allí podría estar el comienzo de todo: el germen de la debacle, como habría dicho Elektra. Quizás. Aunque ya no estaba seguro si radicaba en haber faltado a la regla o en no haber aprendido a faltar al principio, cuando empezaban a acumularse las urnas. De cualquier manera ya no habría sido posible después de la pesadilla. Porque aquella misma noche soñó que un hombre y una mujer -con nombres que ni siquiera se parecían a los clientes que había dispersado juntos- se conocían en un avión, hablaban durante el trayecto, cambiaban direcciones falsas, pero al llegar al aeropuerto se besaban con desafuero, se desnudaban a la vista de los empleados de una tienda y se acometían atropelladamente en un baño. La pesadilla comenzaba dos o tres secuencias después, cuando años más tarde (en su sueño lo sabía, lo sabía con certeza, aunque no hubiesen variado en absoluto los rostros y las ropas) en una pequeña cabaña de verano de techo rojo el hombre y la mujer se miraban en silencio, ella acababa de tocar una melodía, la guitarra yacía en el sofá, y entre los dos -lo entendió con aquella sabiduría que a veces concede el sueño al soñador- sólo quedaba desolación y rabia. También entendió que de alguna manera él era el causante de tanto dolor. Después de aquello Steven no podría volver a hacerlo. No volvió a hacerlo.
Ha empezado a llover con fuerza. Los goterones caen sobre el techo de zinc del hangar produciendo un sonido de redoble. Por un momento ambos se quedan en silencio, fingiendo contemplar los chorros de agua al otro lado de la ventana.
Steven se levanta sin mirar al otro. -¿Quiere tomar algo? -le pregunta de camino hacia la cocina.
El otro pide agua pero Steven ya se ha decidido por una botella de Coonawarra tinto. Por esta vez va a incumplir la regla de no beber con los vivos. De todos modos algo le dice, un instinto que a la gente de su oficio le falla muy pocas veces, que este hombre no va a estar mucho tiempo entre los vivientes.
Brindan y beben. El otro empieza a hablar de una tempestad en las islas Caycos, en el Caribe, donde estuvo viviendo o visitando, pero aunque abre mucho los ojos y lo mira de par en par, Steven apenas escucha. De repente no quiere hablar más de la China, de Nepal, del Caribe. Ni le interesa contarle al otro que hace un rato le mintió y que la verdad es que estuvo una vez en la India. También en el Amazonas. Y que pasó una noche en Novo Silveira, donde por cierto sí hay aeropuerto. De repente lo que más quisiera contarle a Roger, o como se llame, es la historia de Elektra. Ahora que todavía hay tiempo. Contarle que a pesar de lo mucho que se amaron y de que habría hecho lo que fuera por ella, nunca fueron pareja, ni siquiera vivieron juntos. Él siguió viajando en África cuando ella volvió a Manhattan para fundar una academia de danza. Y cuando meses más tarde decidió regresar a Nueva York, sobre todo para buscarla, Elektra se había casado con un hombre catorce años mayor; tenía muchas actividades; la creciente academia apenas le dejaba tiempo. Ella lo amó, siempre; a su manera lo amó muchísimo, pero sólo se veían de tarde en tarde para tomar un café; algunas noches -muy pocas- en el bar de un hotel modesto para compartir una botella de vino. Y una vez, una sola vez, de la manera más imprevista -como tanto le gustaba a Elektra-, sin contarle siquiera si Richard estaba fuera de la ciudad o no, lo invitó a pasar una semana entera en una casa junto al mar, en Montauk.
-¡Salud, señor Peters! -dice el otro, rellenando la copa de Steven, quien por un momento se había olvidado del vino-. ¿Sabe que yo nunca había probado un vino australiano? A mí me gustan los franceses.
-Era el favorito de Elektra.
-¿Perdón?
-También tengo una reserva de Rosemount, si quiere probarlo…
Incluso quisiera revelarle a este desconocido, antes de que sea demasiado tarde, algo que en muchos años no le ha contado a nadie: que fundó la empresa de refrigeración industrial sólo para quedarse en Nueva York, cerca de Elektra, esperando sin esperar a que se divorciara, se separara, quedara viuda. Lo que nunca imaginó es que muriera antes que su marido. Otra de las sorpresas de Elektra. Y la mayor sorpresa: que en su testamento dispusiera que si ella moría primero, a la muerte de Richard su amigo Steven Patras se haría cargo de las cenizas... ¿Cuánto tiempo ha pasado desde aquello, desde la muerte de Richard y el viaje a Nueva York para traer las cenizas de Elektra? Dos años. O dos años y medio. Tal vez un poco más. En todo caso el tiempo que lleva sin dispersar una sola urna. Sin volar, sin siquiera tocar la avioneta. Algo temporal, sólo cuestión de esperar un poco más, se repetía. Muchas veces, tarde en la noche, tenía la convicción de que al día siguiente sí que se sentiría con ánimos de hacerlo. Y tal vez había estado muy cerca. La última vez se desanimó cuando después de meses sin entrar al hangar constató con congoja que el aparato, sucio y cubierto por telarañas, comenzaba a oxidarse. Pero el día menos pensado, quizás muy pronto, de repente seguiría un impulso y madrugaría para trabajar en la avioneta, dejarla a punto y volver a volar. Incluso varios vuelos al día para empezar a desatrasarse. También por eso seguía aceptando clientes. Y porque no podía privar a los difuntos del mejor servicio disponible, el más humano. Ni privarse de su compañía. Por algo, como si fuera un signo, seguía recibiendo urnas, y al menos una docena de funerarias del condado utilizaban los servicios de Peters & Peters. Extrañamente nadie sospechaba, nadie verificaba, nunca nadie había cuestionado. Prácticamente nadie. Sólo aquella carta, un par de semanas atrás, de la funeraria Meadow Hills, pidiendo razón de las cenizas de Louise Anders, cuya familia había dispuesto que se dispersaran sobre San Pablo, un pequeño islote desierto frente a la costa de Santa Mónica. O casi desierto, con excepción de una cabaña de verano donde la familia Anders estuvo esperando varios días la aparición de una avioneta. Por cierto que tendría que contestar la carta de Meadow Hills cuanto antes, pasarlo a la cabecera de cabos sueltos. Algo se le ocurriría, era cuestión de consultarlo con alguno de sus amigos nocturnos. O con Elektra; ella siempre pensaba en algo, siempre se las arreglaba para sacarlo de sus peores atolladeros. Lo haría esa misma noche: realmente no debería aplazarlo más: Meadow Hills era uno de sus contactos más antiguos, de los más confiables. Solamente en el último mes...
Steven se detiene en seco. Acaba de comprender, sin ningún género de duda, que el otro lo sabe todo. Que es un policía, un periodista, un inspector; en todo caso lo sabe todo. Incluso es probable que haya venido a llevárselo, a apartarlo de sus amigos, a separarlo de Elektra. Sí, es él, y ahora por fin entiende el sueño de anoche.
-¿Está usted bien, señor Peters? ¿Necesita algo?
Steven se levanta, fingiendo estar más ebrio de lo que está. El otro, con el sigilo que ha adquirido en su oficio, lo sigue pegado a las paredes, conteniendo la respiración. Steven parece dirigirse a un cuarto trasero, tal vez un depósito. El otro avanza a prudente distancia, pero tiene que frenar al toparse con una puerta entreabierta que comunica con el hangar. Es sólo cuestión de segundos: ante su vista aparece una avioneta oxidada, que por alguna extraña razón, a pesar de encontrarse en un espacio cubierto, ha perdido el equilibrio y se ha ido de lado. De resto sólo ve urnas funerarias. Decenas, cientos de urnas, la mayoría apiladas de a diez, algunas amontonadas de cualquier manera, unas pocas dispuestas en semicírculo a la entrada del hangar...
-Lo estaba esperando, señor Wilkinson.
El otro se da vuelta. Desde la puerta de su despacho, Steven, con una lata de gasolina en la mano derecha, le apunta un revólver con la izquierda.
-Steven.
-Roger.
-¡Steven!
-No le va a pasar nada, señor Wilkinson. Absolutamente nada.
-Baje esa pistola, Steven, por favor -dice el otro, acercándose.
-Absolutamente nada si hace lo que le voy a decir...
Ahora mismo va a volver a su automóvil. Va a empezar a conducir y no va a parar hasta que llegue a San Francisco. Si escucha una explosión, no se devuelva. No se arriesgue sin sentido.
-Steven, seguro que hay una explicación. Yo mismo podría...
-No hay. No hay nada. Sólo le pido, si puede, que se olvide de lo que ha visto. Que lo guarde sólo para usted. No por mí. Por ellos. Por Elektra.
Steven, sin dejar de mirar al otro, camina de un lado a otro del despacho rociando la gasolina. El detective privado Allen Carmichael se pone el sombrero, recoge la urna que reposa sobre la mesa, busca los ojos de Steven como si tuviera algo más que decirle, y sale lentamente de Peters & Peters.


20.5 x 27 cm. 136 pp. / ISSN: 0120-2367
$7.800 - US$20


 

 
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