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Revista
No. 266 / Octubre - Diciembre de
2001
Entrevista
a Víctor Gaviria
La película como un diálogo
Víctor
Viviescas
Desde
que apareció el proyecto de entrevistar a Víctor Gaviria,
transcurrieron cinco meses de conversaciones y desencuentros. En
varias ocasiones coincidimos tanto en Bogotá como en Medellín,
pero siempre los compromisos previos de cada uno se interpusieron
en nuestro propósito de encontrarnos. En este tiempo Víctor
Gaviria vino en varias ocasiones a Bogotá, donde dictaba
un curso de realización cinematográfica para estudiantes
de la Universidad del Rosario, vino en una ocasión a dictar
una charla a los actores de la Academia Superior de Artes de Bogotá,
estuvo en Bucaramanga, también trabajando con jóvenes,
fue a Pittsburg a hablar de su trabajo, a Madrid, con Gonzalo Mejía,
director ejecutivo de la película en la cual trabaja ahora,
Sumas y restas, buscando coproductores para realizarla. Ahora nos
encontramos en el hall del Hotel Dann Colonial, que queda en el
barrio La Candelaria de Bogotá. El día anterior nos
hemos concedido la mañana de hoy para conversar sobre su
trabajo. Baja a nuestro encuentro entusiasmado, en la televisión
han anunciado que Martina Higgins, la tenista embajadora de la Unesco
realiza una visita de buena voluntad al país, visita motivada
por La vendedora de rosas, la última película de Gaviria.
A Víctor le entusiasma este efecto inesperado de su película
y la reunión que tendrá la Higgins con cuatro de las
actrices de la película, entre ellas Lady Tabares, la protagonista.
Él está por fuera del encuentro, es una coincidencia
que él esté en Bogotá. Le gusta ser espectador
de este efecto de la película.
Víctor
Viviescas: Víctor Gaviria, usted es poeta, narrador, guionista
y realizador de cine tanto argumental como documental. Los dos largometrajes
que ha realizado, Rodrigo D., no futuro y La vendedora de rosas,
han sido invitados en competición al Festival de Cannes,
en 1990 y 1998, respectivamente. Además del festival francés,
sus películas han sido reconocidas en muchos otros festivales
internacionales, de tal manera que para espectadores y críticos
el cine colombiano está indisolublemente asociado a su nombre.
Háblenos de usted, de su trayectoria, de su historia personal.
¿Cómo llega usted al descubrimiento del arte? ¿Cuál
es la experiencia previa que desemboca en el cine y que lo lleva
también a explorar otras posibilidades del arte?
Víctor Gaviria: En realidad yo soy de una familia que no
ha sido muy culta, una familia normal de clase media. Pero sí
conté con un padre que tenía mucha imaginación.
Mi papá nos contaba muchas historias, sobre todo de su pueblo
natal, Liborina. Él nos hacía los relatos de su infancia,
en los que mezclaba historias de tradición oral, como "El
testamento del paisa", y otras que yo reconocí después
como los cuentos de "Sebastián de las Gracias"
y las historias de "Juan sin miedo". A nosotros, mi hermano
Juan y yo, de niños nos encantaban todas esas cosas que él
contaba y que vivía como en primera persona: los encuentros
con los duendes, con las brujas, con los espantos. Con sus relatos
mi padre nos creó un pueblo, al cual nosotros fuimos más
tarde, cuando ya teníamos por ahí nueve o diez años,
que resultó ser un pueblo más real, lleno de procesiones,
lleno de primos y de parientes. Pero yo siempre he creído
que la semilla de lo que yo hice después la sembró
mi papá. Sí, yo creo que ese fue el origen de todo,
porque tanto mi hermano como yo terminamos estudiando literatura.
Aunque en realidad yo estudié sicología, quien se
graduó como licenciado en literatura fue mi hermano, pero
yo iba a todas sus clases. De esta infancia con mi padre nos quedó
que lo único que nos gustaba eran los cuentos, los relatos.
Luego, todavía con mi hermano, empezamos a conocer en la
Universidad de Antioquia a un grupo de poetas que eran profesores,
entre los que se encontraban Hernán Botero y Elkin Restrepo.
Y a través de ellos fuimos descubriendo la literatura y la
poesía. Yo, en mi caso, empecé a escribir poesía.
Por ahí en el año 76, alguna vez le mostré
unos poemas a Elkin Restrepo y él los publicó en la
revista que tenía el grupo. Tuve así la fortuna de
entrar a formar parte de éste. Y en este grupo estaba, por
ejemplo, alguien tan importante como el poeta Helí Ramírez,
que para todos era un poeta que nos cuestionaba y que nos daba una
poesía que nadie esperaba, una poesía, digamos, extracultural.
Yo recuerdo cuando nos reuníamos con él a leer su
obra. En principio, el libro que le publicó el maestro Carlos
Castro Saavedra, La ausencia del descanso, luego La parte alta,
abajo que le publicaron en Ediciones Aquarimántima.
V. V.: Sí, ese es su libro más conocido.
V. G.: Sí. El más fácil de leer. Y es un libro
de esos que resumen el mundo de una persona, porque es una mezcla
entre poesía y relato. Yo me acuerdo muy bien del día
que nos sentamos a leer el libro con Helí, que él
nos lo leyó. Es realmente de esas cosas que no se olvidan.
Yo estaba joven, veintitrés años, y me acuerdo que
salí de esa reunión de Aquarimántima trastornado.
Como si saliera a una ciudad distintísima y sabiendo que
existía otra realidad que era la de los barrios populares.
Claro que esa realidad yo ya la había intuido de niño.
Yo había vivido en Florida nueva, que era un barrio que quedaba
en la Calle 70 de Medellín, una calle que luego se llenó
de restaurantes. Y este barrio limitaba con otro más pobre
que se llamaba Florida vieja, un barrio poblado por los "camajanes"
que eran los muchachos jóvenes de los años sesenta
y setenta. Todavía hoy se conservan en este barrio algunos
bares en donde se habla de fútbol, donde la gente fuma marihuana
ahí en la puerta, todavía existe algún reducto
de esos viejos "camajanes". Pero cuando yo estaba niño,
nos subíamos a jugar fútbol al barrio de los "camajanes",
que era gente muy dura. Cuando yo leí el libro de Helí
Ramírez me acordé de todas esas cosas que yo había
medio presentido, medio sentido, medio vivido. Porque de todas maneras
yo me hacía amigo, no sé por qué, de todos
estos muchachos, algunos de los cuales eran emboladores, cuchilleros,
de todo. Y me acuerdo que cuando una barra nos quería echar
de la cancha que nosotros teníamos para vivir nuestros juegos
de adolescentes, nosotros recurríamos a estos muchachos cuchilleros
para que nos defendieran.
V. V.: ¿Es entonces en esa experiencia de Aquarimántima,
que resume el poeta Ramírez, donde usted descubre la poesía?
V. G.: Sí, fue en Aquarimántima donde me entusiasmé
con la poesía, con la posibilidad de escribirla. Era una
poesía más bien coloquial, la que escribía,
la que me gustaba. Yo no soy muy culto poéticamente, lo que
amo es esa poesía que es conversacional, que mezcla el lirismo
con cierta dosis de relato, con ciertas atmósferas, donde
se percibe un espacio, un lugar. En la poesía moderna latinoamericana
existen poetas que tienen esa facilidad de la poesía conversacional:
López Velarde, el mismo César Vallejo, y luego toda
la poesía nicaragüense, que es una poesía más
cercana al relato, que tiene incluso personajes, escenarios: especies
de relatos poéticos suspendidos.
V. V.: En el libro de Helí Ramírez La parte alta,
abajo, justamente, hay, por un lado, el descubrir una serie de personajes
que pueblan los barrios de Medellín, una suerte de descripción
del personaje en el medio. Y por otro, el descubrimiento de que
esos barrios populares tienen una vida que es rica, de una gran
complejidad. O sea, el descubrimiento de una ciudad que estaba escondida.
V. G.: Claro. Son los relatos de esos barrios donde por las noches
el viento se lleva las tejas de zinc o de cartón. Y esa crónica
que no es poética, Helí Ramírez la volvía
poesía, rescatando la imagen de la gente que corría
tras los techos arrastrados por el viento en la noche, que es una
imagen que sobrepasa la crónica de la desgracia barrial.
Y lo mismo con los personajes, porque eran historias de una violencia
sorpresiva, muy fuerte: de amigos que se degollaban, de homosexuales
que buscaban a los niños en las escuelas, que se los robaban.
Historias tremendas. Esto fue muy importante para mí. Si
bien en esa época yo no sabía que iba a ser cineasta.
Porque yo, en realidad, terminé siendo cineasta por pura
casualidad. En eso creo que influyó mucho el descubrimiento
del joven cine alemán que llegó a Medellín
como en el año 74 ó 75. Hay un personaje fundamental
que era el crítico Luis Alberto Álvarez, sacerdote,
columnista de cine del periódico El Colombiano. Luis Alberto
Álvarez empezó a mostrar el cine alemán, a
orientar su lectura, a darle una coherencia para nosotros, a hacernos
ver cómo era el producto de unos directores jóvenes.
Fue allí entonces el descubrimiento de estos directores,
de la poesía de Win Wenders, por ejemplo.
V. V.: En esa época se proyectaron en Medellín varios
ciclos de cine presentando las primeras películas de Wenders,
de Herzog, de Fasbinder.
V. G.: Sí. Y esa poesía de Wenders, todo ese silencio
de la imagen, la imagen que en sí misma tiene una poesía,
que puede actuar como una ventana. Cosas todas que no se encontraban
en el cine americano, que era el que conocíamos, en el que
la historia predominaba sobre la imagen, con todo ese imperio de
los relatos, de los héroes. Mientras que en estos realizadores
alemanes había como un asomo de poesía que era muy
fácil de leer para nosotros.
V. V.: Sí. Era una suerte de reemplazo del relato-relato,
al que estábamos acostumbrados por el cine americano, por
el descubrimiento de una suerte de elocuencia del paisaje, del espacio...
V. G.: Exactamente.
V. V.: ...Del silencio del personaje.
V. G.: Sí. Sí. Y el disfrute de las calles, de las
ciudades. Uno sentía que esas películas correspondían
a alguien, que existía alguien, una persona que estaba escribiendo
poemas sobre lo que uno vivía. Ciertas cuestiones de la ciudad
misma, de la nuestra, se revelaban también en este cine.
De pronto ya era una ciudad igual a otras en el mundo. Uno sentía
en Wenders, a pesar de que él estaba en Nueva York, o bueno,
en Europa, ese asombro por la imagen de la ciudad.
V. V.: Sí.
V. G.: ¿Cierto?
V. V.: Hemos mencionado varias cosas que hablan de mezclas. Ahondemos
un poco sobre esto. Cuando nos referíamos a Helí Ramírez
y a la poesía de Aquarimántima, hablábamos
del deseo de ese grupo de ejercer una poesía que mezclaba
la mirada poética con el relato. Como si la poesía
no fuera simplemente la expresión de un sentimiento, de un
pensamiento sobre el mundo, sino también la necesidad de
atrapar un paisaje, un personaje en el paisaje y la descripción
de ese paisaje. Una mezcla entre lo narrativo propiamente dicho
y lo poético. Hay un segundo nivel de este mezclar los géneros,
que tiene que ver propiamente con su trabajo como realizador cinematográfico,
que se da entre el cine documental y el de ficción. ¿Cómo
se dan esas dos mezclas en la historia de sus películas?
V. G.: ¿En mis trabajos? Confieso que nunca había
establecido esa relación. Yo creo que pueda ser tal vez por
esto: resulta que de todas maneras yo quería escribir cuentos,
yo quería escribir ficción. Pero nunca lo pude hacer
realmente, porque no era capaz de salirme de mi propia vivencia
personal. En alguna época escribí unos relatos que
nunca publiqué, que incluso le mostré a mis amigos,
pero que eran muy personales, casi como diarios. Eso realmente no
llegaba a ser literatura. En cambio, cuando yo comencé a
hacer documentales a través del vídeo, me di cuenta
de que tenía una predisposición para esto. Como que
esto sí era capaz de hacerlo. Pero no sé, es verdad
que nunca había pensado en esto.
V. V.: Planteémoslo de otra manera. Cuando uno mira su filmografía...
V. G.: Claro, hay mucho de documentalista.
V. V.: Sí, sus primeros trabajos son documentales, podríamos
citar Buscando tréboles...
V. G.: Es documental, realmente.
V. V.: Sí, es un documental. Pero en la conferencia que usted
dio en la ASAB lo definía como un documental poético,
que hace referencia a esta mezcla de géneros que he citado.
V. G.: De pronto lo poético para mí es muy documental.
Quizá lo poético es lo que veo, lo que me parece que
la realidad esconde y, a veces, revela. Esas imágenes que,
de pronto, la realidad da, que están por fuera de uno. Puede
ser por esto: yo tuve una adolescencia y una infancia sin muchos
acontecimientos. No tengo, por ejemplo, la capacidad de coger el
recuerdo y convertirlo en poesía. Para mí la poesía
solamente existe en el presente. No tengo, como otros, un armario
lleno de recuerdos del pasado para trabajar con ellos. No. Tuve
una adolescencia, decía, en la que estuve durante mucho tiempo
muy solo y no hacía nada, nada. La poesía no existe
para mí en el pasado, es el presente nada más. Esa
es la verdad. Por ejemplo, yo nunca me acuerdo de nada, ni de amores
pasados ni de nada. Yo vivo solamente lo que está pasando
hoy. Entonces de ahí viene, quizás, una actitud inevitablemente
documentalista. Claro que cuando estoy haciendo una película,
obviamente tengo que anotar cosas documentales que se vuelven pasado,
pero después las elaboro en la película. Por ejemplo
cuando yo hice Rodrigo D. o La vendedora de rosas, no es que ya
conociera el mundo de estos niños, sino que yo lo conocí
en esos días, haciendo las películas. Lo conocí,
lo registré, tomé todas las anotaciones necesarias
y luego las puse en escena. Pero eran cosas casi documentales.
V. V.: ¿Como una manera de interrogar la realidad inmediata
en la que usted está inmerso? Porque, por otra parte, usted
decía en la misma conferencia que la realidad no muestra
mucho por sí misma, textualmente decía: "La realidad
es un tiempo de pobreza enorme y de espera que produce angustia...".
V. G.: Sí.
V. V.: Entonces habría que abrirla con la mirada, para ver
qué está escondiendo.
V. G.: Sí. La realidad es un momento de espera, de observación,
donde las cosas no se revelan. Como pienso yo para hacer cine, es
importante concebirla como un lugar donde no ocurre nada. Todo está
ahí, pero no se ve, sólo a veces, con un poco de observación.
Aunque a veces ocurren las cosas, se dan, se precipitan. Pero la
realidad es sobre todo ocultamiento.
V. V.: ¿Como si la realidad fuera un relato de ficción
que se oculta?
V. G.: Sí, porque hay muchas cosas escondidas.
V. V.: ¿Que están esperando el observador que las
mire desde cierto ángulo?
V. G.: Sí, y que las interprete, que las entienda. Por ejemplo
en los documentales míos, pero ocurre siempre en el trabajo
documental, siempre se da que uno se sitúa en un lugar y,
claro, en un tiempo. Obviamente todo el mundo está en el
tiempo: el amanecer, la mañana, la hora del almuerzo... Luego
hay que crear un relato que se va descubriendo, que documentalmente
uno va descubriendo, va encontrando. Personajes cuyo sentido uno
va descubriendo: ¿por qué llegan a una parte?, ¿por
qué se van?, ¿con quién se encuentran?, ¿qué
están buscando ahí? Y entonces se va encontrando algo
como un relato muy rudimentario. Ese relato rudimentario me interesa
también en el trabajo de ficción. Me gusta coger un
mundo desconocido y empezar, documentalmente, a buscar cuál
es su relato. Por ejemplo en Rodrigo D., cuando yo conocí
todos esos muchachos, empecé a preguntarles cosas sobre ellos
y, sin darme cuenta, ellos me fueron dando a mí el texto
del relato del cual salió la película: que se volvían
punkeros, que se volvían "pistolocos", es decir,
asesinos a sueldo, que llegado un momento vendían todos los
casetes de música porque necesitaban un arma, que a veces
las alquilaban, lo que hacían con ellas... Todos esos elementos
que ya son propiamente argumentales. Pero elementos argumentales
que no nacieron de una novela, sino nacidos de la realidad misma,
de ese relato documental que tiene la realidad. Por eso, por estar
al borde del documental, es que producen en la película esa
emoción de estar viendo una cosa que es un relato, pero un
relato verdadero. Por lo menos el espectador tiene esa impresión.
V. V.: Porque se ubican en una frontera en la que la realidad aporta
los relatos de ficción. Hay un momento en el documental Yo
te tumbo, tú me tumbas, en que uno de los personajes, que
está completamente drogado, hace un relato de por qué
él atraca, al fondo se ve el centro de la ciudad. Lo recuerdo
porque, siendo un documental, da la sensación de una puesta
en escena, de un trabajo de construcción de personaje.
V. G.: ¿Como si fuera un monólogo?
V. V.: Exacto. Parece el monólogo de un personaje de un filme
o de una obra de teatro. Siempre me quedó la duda de si esto
fue montado o si fue espontáneo.
V. G.: No, no, eso fue espontáneo. Yo creo que tiene que
ver con lo mismo que hablábamos hace un momento, el hecho
de que yo no soy un hombre propiamente culto, que no tengo esa cultura
que se acumula y se traspasa casi genéticamente de generación
en generación, esa cultura de las gentes que son capaces
de hacer grandes síntesis. Yo me siento más un representante
de una clase media que necesitaba de cultura. Y por eso me ha gustado
mucho descubrir la cultura de la realidad misma, o, como decíamos,
lo teatral en la realidad. Por ejemplo cuando un personaje se levanta
y hace todo un monólogo. Me gusta que la gente viendo la
película o viendo el documental, se dé cuenta de que
eso es un monólogo teatral. O sea, que se dé cuenta
de que eso que conocemos culturalmente como teatral, nace de la
realidad, ha sido pasado por códigos artísticos, pero
nació de momentos de la vida que los dramaturgos han introducido
con cierto orden en sus libretos, en sus obras de teatro. El monólogo
nace de ciertos momentos de la vida en que una persona habla consigo
misma o con alguien que no está. Me gusta mucho buscar esas
cosas casuales que se dan en la realidad. Trabajando con los actores
de Rodrigo D. y de La vendedora de rosas, me daba cuenta que se
creaban por casualidad momentos de un gran dramatismo, que aparecían
casi documentalmente. Luego yo los organizaba dramatúrgicamente,
sin casi tener que cambiar mucho, editándolos según
el guión que iba elaborando.
V. V.: Rodrigo D. es su primer largometraje, pero no su primer trabajo
cinematográfico. Usted ha planteado que esta película,
al igual que La vendedora de rosas y, me imagino, la que trabaja
actualmente, Sumas y restas, es el resultado de un proceso iniciado
en el año 78, justamente con el documental Buscando tréboles.
Un proceso que había iniciado con la noción de documental
poético, de la que hemos hablado, y que en el año
85, con el mediometraje Los músicos, había desembocado
en la noción de indagación del universo del relato.
Noción, esta última, que plantea que una película
no está reducida al argumento, sino que consiste en la indagación
del universo en el cual palpita y se genera ese argumento. Rodrigo
D. aparece en un momento en que usted ya ha explorado la noción
de universo. ¿Cuál es su memoria de Rodrigo D.? ¿Cómo
la recuerda, cómo recuerda el proceso de la película?
V. G.: Fue muy parecido a lo que sigo haciendo ahora. Aunque esa
es una época ya clausurada, sobre todo después de
la muerte de algunos de los actores. La recuerdo, de todas maneras,
como un sueño pesadillezco. El proceso de elaboración
fue más o menos el mismo que sigo actualmente. Desde el momento
que hice Los músicos, en el año 85, yo casi no he
cambiado tampoco. Sigo en el mismo trabajo sobre el universo. En
ese momento me propuse indagar el universo de los músicos
populares. Cuando se trabaja con cosas del pasado, se trabaja haciendo
una equivalencia con cosas del presente. El presente es carne de
pasado. El presente la única ventaja que tiene es que no
ha pasado, pero ya es pasado, aunque esté ocurriendo hoy.
Como decía Carlos Guillén, uno vive realmente es en
el pasado. Entonces desde que empecé Los músicos,
que partía de un relato portugués del que yo mismo
hice la traducción, empecé a ver que lo importante
era el universo de esos personajes, más que el argumento
de la película. Es muy difícil de explicar, porque
son cosas que se resumen en dos párrafos, pero que en ese
momento no eran tan conscientes. Es ahora, que me he visto obligado
a hablar de mi trabajo, que me he hecho consciente de esas cosas.
V. V.: Ha empezado a reflexionar en cosas que antes no se reflexionaban,
sino que sucedían.
V. G.: Sí, he empezado a reflexionar, a pensar en una metodología.
Pero en aquel entonces, sin darme cuenta, empecé a trabajar
con la noción de universo. Un universo extendido, es decir,
con los límites mucho más allá del argumento.
El argumento es solamente la encarnación de ese universo
en el relato que va ver el espectador. Porque tiene que existir
esa encarnación. Pero el descubrir ese universo es un trabajo
de ampliación de los límites. Así lo recuerdo
en Rodrigo D., pero es igual ahora con Sumas y restas: hay un momento
en que la misma gente que trabaja conmigo me reclama que le ponga
límite. Porque de todas maneras uno sabe que ese universo
que está lleno de conceptos, de sensaciones, de momentos,
tiene que traducirlo al relato. Sin darse cuenta, uno lo que está
haciendo es buscando, en la medida en que va ampliando el universo,
esas cosas muy concretas que son los episodios. Y esos episodios,
uno los va reuniendo para hacer el argumento, con la idea de que
el argumento está hecho de esas unidades, digámoslo,
naturales que son los episodios. Sólo que los episodios no
son inventados por mí. Los episodios son cosas que aparecen
en una noticia de periódico o son anécdotas. Las anécdotas
son como esos elementos primitivos del relato, que son pulidos por
la gente en su conversación y que de pronto se concretizan
en un episodio. Me doy cuenta de que siempre trabajo en una película
en ese sentido: buscar un universo, pero al mismo tiempo, concretizarlo
en los episodios que ese universo me está dando. Episodios
todos reales, es decir, que alguien me los contó o que a
alguien le sucedieron. En ese sentido soy muy cristiano, en la idea
del relato al cual hay que volver para entenderlo, como el evangelio
de la realidad. Por ejemplo ahora en Sumas y restas trabajo con
lo que le ocurrió a un amigo mío. Eso me interesa
mucho. Y siempre voy a él para preguntarle qué fue
lo que pasó, y por qué, y lo que sintió en
ese momento. Como quien dice, con un gran respeto por la realidad.
Yo creo que eso es importante.
V. V.: Cuando usted habla de este proceso de indagación del
universo, se da la imagen de un movimiento expansivo. Pero yo encuentro
en sus películas también un movimiento de concentración
que lo da la construcción del personaje. Hay en sus películas,
y yo creo que por eso no son sólo documentales, también
la indagación de un universo interior, íntimo de los
personajes, al que pertenecerían rasgos como la búsqueda
de los rastros de la madre de Rodrigo, en Rodrigo D. o la evocación
de la abuela de Lady, en La vendedora de rosas. ¿Cómo
se construye ese universo de los personajes? ¿Cómo
concibe usted un personaje en sus películas?
V. G.: Yo no había relacionado ese doble movimiento de expansión
del universo y de concentración en el personaje. De pronto,
quizás, en el juego con el actor, en buscar esos detalles
que lo individualizan. De todas maneras en estas películas
los personajes son muy poco subjetivos, en la medida en que viven
una vida muy hacia afuera, llena de acontecimientos, de cosas que
les ocurren, que casi les ocultan lo que puede ser su subjetividad.
Pienso que estos muchachos, las niñas de La vendedora...
o los protagonistas de Rodrigo D., son personajes que no tienen
la posibilidad de tener una subjetividad. Yo siempre he pensado
que uno de los derechos del niño, es el derecho a tener una
subjetividad. Porque ellos no la tienen. Ellos tienen una hiperactividad.
Y es por eso que son películas muy hiperactivas. Porque la
subjetividad se da en nuestros jóvenes populares es a través
de esa hiperactividad, de esos acontecimientos que van marcando
la vida y llevándola para los lugares más imprevistos.
Son vidas que casi ni dejan formularse un deseo de lo que quieren
ser, sino que son llevadas. Pero, obviamente, esa tumultuosidad,
esos acontecimientos que ocultan la subjetividad, van a estar acompañados
de todas maneras por una consciencia de una persona que va a mostrar
su subjetividad a través de pequeñas cosas. Por ejemplo,
a través del recuerdo de la abuelita, como en La vendedora...,
o como en Rodrigo D., en la búsqueda de la madre. Son pequeñas
subjetividades que son casi documentales también. No son
grandes subjetividades hacia la profundidad. Son subjetividades
que apenas se anuncian. Por eso es que cuando trabajo con estos
actores, siempre quiero saber quiénes son ellos, como personas
concretas, y tratar de seguirlos en esa subjetividad que está
casi siempre como dispersa, como disuelta en otras cosas. Porque
estas subjetividades anunciadas son elaboradas, construidas, a partir
de elementos mínimos, como el de una persona que no duerme.
Pero yo no sé por qué no duerme. Es decir, no se indaga
mucho sobre eso, sobre toda una consciencia que se crea en el insomnio.
V. V.: ¿Como si la película no se aplicara a explicar
esos comportamientos que estamos viendo?
V. G.: Como si no pudiéramos explicarlos tampoco. Pero sí
sabemos que están ahí, los podemos constatar y podemos
acompañarlos. Cuando trabajo con estos muchachos, sé
que no es fácil que me expliquen qué les pasa, porque,
digamos, en cierto sentido, no hay palabras para explicar las cosas.
Sí, son silencios, son miradas, son momentos, deseos de estar
en una parte, o de ver a alguien. En Rodrigo D. era el insomnio
del protagonista. O por ejemplo la conversación con el papá,
cuando el papá le dice "váyase a descansar que
usted está como muy cansado, váyase a la finca que
le prestan".
V. V.: ¿En la escena en la que él está tocando
las baquetas en la terraza de su casa?
V. G.: Sí. Entonces son subjetividades que están anunciadas
pero no están desarrolladas. Por ejemplo en La vendedora...
son esas subjetividades de la droga. Me cuenta a mí una niña
que ella cuando se droga con pegante, o la amiguita, empieza a ver
a la otra niña que está con ella como un osito de
peluche. Yo no sé muy bien qué significa eso, pero
sé que ahí está la subjetividad de esa niña
y lo incluyo como un episodio. Hay episodios que tienen mucho que
ver con cómo yo veo a una persona, aunque ella no sabe bien
quién es, ni tampoco yo: se trata de acompañarla en
lo que es. Hay tramas de la película que no son solamente
el argumento, que son esas cosas que pasan por el personaje, que
tienen que ver más con la persona que es el personaje y lo
que es su subjetividad, pero que en el fondo sería muy bueno
que la gente las oyera: que escuchara ese vacío que es la
subjetividad de una persona.
V. V.: En la construcción del personaje, hay además
en usted una mirada que es muy respetuosa pero que al mismo tiempo
no es nada condescendiente. Lo que tiene que ver con cómo
expresa esa subjetividad el personaje. Las relaciones que establecen
entre sí los personajes de sus películas son bastante
complejas, lo que permite, por ejemplo, pasar de una situación
de un gran afecto a unas relaciones de extrema dureza. Estoy pensando,
por ejemplo, en el personaje de La vendedora... que acoge con gran
afecto a una niña de su barrio que se ha ido de la casa,
pero que al final es otro vecino del barrio quien la mata.
V. G.: Pero eso ya es propio de ese mundo, del mundo de la calle,
en el que se dan relaciones que no son muy racionales, relaciones
donde coexisten unas predisposiciones. Es como si fuera un mundo
que prendiera y apagara. A veces prende y la persona ve a la otra
y le habla con mucha ternura, como cuando Lady ve a la otra amiguita
y le dice "usted hoy va a dormir con nosotras". Pero hay
momentos en esa misma realidad en los que otro personaje ve a la
otra persona sin ninguna luz, la ve como alguien que lo ha ofendido
y que por lo tanto va a matar. Se construye una realidad que como
que palpita, en el sentido en que los personajes a veces como que
se ven y a veces como que no se ven. Es producto de esa misma realidad.
Conviviendo en esta realidad, encuentra uno grandes ternuras, grandes
relaciones hermosas entre las personas y a veces un desinterés,
una indiferencia, una frialdad impresionantes. Cambios que se dan
en algunos personajes incluso en el transcurso de un día.
Hay una inconsistencia impresionante. Por lo demás, yo la
vivo también, la vivo en las relaciones con mis amigos. A
veces mis amigos son unas personas de una gran ternura y a veces
de una gran frialdad. No son consistentes, no tienen una lógica.
No sé por qué será. Como un humanismo que no
es consistente todo el tiempo. A lo mejor así somos todos.
V. V.: Depronto es un comportamiento humano.
V. G.: Depronto es un comportamiento humano que es interesante observar,
para ver que de acuerdo con las circunstancias nosotros no podemos
esperar que una persona sea totalmente racional, totalmente humana,
sino que está hecha de momentos de luz y de sombra. Sobre
todo en estos mundos, en los que la gente está sujeta a los
acontecimientos constantes, en donde en un momento dado una persona
te puede decepcionar hasta el punto de volverte frío el corazón.
Construyendo el guión y construyendo los acontecimientos
del guión, seguramente ocurren esos momentos de luz y de
sombra. A mí me parece que la forma de construir estas cosas,
incluso en la película que vamos a hacer, debo tenerlo muy
en cuenta, es estar muy atento a no sacar conclusiones generales,
porque esa generalidad no es útil. O sea, no puedo decir
que tal personaje es así, o que tal personaje es totalmente
de la otra manera, sino, más bien, observarlo, para mostrar
esos momentos instantáneos del tiempo en que están
ocurriendo. De todas maneras vivimos en una realidad donde ya perdimos
esa matriz en donde todos éramos de una manera determinada.
Vivimos un momento donde hay una inconsistencia impresionante del
personaje, como si el personaje fuera varios al tiempo, como si
estuviera hecho de un pastiche, de un collage, como si estuvieras
cambiando de canal, haciendo zapping sobre el personaje. A veces
nos encontramos con que el personaje a las ocho de la noche es de
una ternura inusitada y a las diez de la noche es un personaje de
terror. Eso es una cosa del mundo moderno.
V. V.: Como si el personaje no tuviera ya un carácter definido,
como si uno no se pudiera confiar que en el transcurso de la vida
o de la noche o de la película el personaje tenga un carácter
dado, sino que hay que ir descubriendo sus diferentes facetas.
V. G.: Sí, un personaje que se va transformando. En esa transformación
influye sobre todo lo que dice, lo que le susurran al oído,
los recuerdos que le llegan de pronto. Como dicen los drogos: "me
levanto como un ángel y me acuesto como un demonio".
Ese tratamiento del personaje por facetas es quizá lo que
explica que películas como Rodrigo D. y La vendedora... que
son películas provincianas, hechas en una ciudad de provincia,
hechas por un director costumbrista, sean al mismo tiempo muy modernas.
Sin nosotros proponérnoslo y sin que haya sido nuestra intención.
Solamente por seguir a estos muchachos, por mirar que son tan parecidos
a lo que está ocurriendo en el mundo: la inconsistencia del
personaje, de su personalidad. Porque si uno ha sido creado en un
tiempo pasado lleno de mutaciones, de inconsistencias, ¿cómo
le van a pedir que sea una persona consistente?
V. V.: Yo querría relacionar un poco su trabajo con el público.
Usted decía hace un momento que no le interesaba llegar a
conclusiones generales sobre los personajes. A partir de eso, en
sus películas, ¿qué tipo de mirada le interesa
provocar en el público? ¿qué tipo de reacción?
¿Piensa en el público?
V. G.: No, realmente no. Nunca he pensado en el público.
Últimamente, a raíz de La vendedora..., me encuentro
con mucha gente a la cual la película le llegó, gente
de todas las clases sociales, de todas las condiciones y de todos
los lugares, algo que es conmovedor para uno como director. Y que
en cierto sentido hace que uno piense que ese público está
allí esperando otra emoción, o más seguramente,
cosas parecidas. Y uno se siente mal, en el sentido en que sabe
que no va a hacer cosas parecidas. Porque, por ejemplo, muchas de
las emociones que el público sintió con la película
no fueron buscadas, fueron más bien un resultado. La película
las produjo en su momento y nosotros fuimos los primeros en recibir
esas emociones, incluso después de editada. La relación
entre la película y el público es un misterio realmente.
Es muy difícil de prever. Yo creo que no tengo las herramientas
para prever ni para provocar las emociones. Y me parece una bobada
tratar de buscar provocar las mismas. Entonces, más bien,
pienso que es una cosa incontrolable lo que pueda pasar con el público
con nuestra nueva película, Sumas y restas. Que es un película
que, de entrada, algunas de las personas que han leído el
guión, se han decepcionado porque es una película
sobre narcotráfico, donde los personajes ya no son niños,
ni adolescentes, sino adultos, que son menos atractivos. En donde
hay mucho cinismo. Que se mueve en los círculos de los narcotraficantes,
de los "traquetos", que son más bien antihéroes.
Incluso el personaje principal es un personaje que cae en una trampa
que le tiende su socio. Y sin embargo yo la encuentro muy interesante.
Es casi una novela, en el sentido de empezar a contar por primera
vez cosas sobre el Medellín de los años ochenta. Y
al mismo tiempo sé que no va a ser lo que la gente está
esperando. Pero eso es lo que uno tiene que hacer. Uno no puede
ponerse a pensar qué es lo que la gente está esperando
de uno, porque entonces empieza a desaparecer como autor, como persona.
Yo creo que lo mejor es concentrarse en un tema y dejarse llevar
por las intuiciones y por los entusiasmos que ese tema le suscita.
Aunque a veces ese entusiasmo no sea compartido por quienes leen
el guión. Porque, además, no tienen que compartirlo,
porque los lectores del guión no ven lo que uno está
viendo cuando lo lee, porque no saben lo que hay debajo de las palabras.
V. V.: Porque es la imagen que hay que construir justamente en el
proceso de la película.
V. G.: Claro. El guión es solamente un atisbo de todo un
proceso que empieza sobre todo a partir del casting.
V. V.: Hablando todavía del público, La vendedora
de rosas fue aquí en Colombia todo un acontecimiento, una
película recibida con mucho afecto. ¿Esta respuesta
del público fue sorpresiva para usted? ¿La esperaban
de alguna manera?
V. G.: No, no la esperábamos. Fue increíble. Todo
eso fue quizá fruto de la sinceridad que la película
tiene. Esa dramaturgia realista de una gran sinceridad, de un gran
realismo, buscado contra todo tipo de clichés de televisión,
contra todo ese arribismo de los argumentos de televisión.
Esa sinceridad que la película tiene que es fruto de ese
trabajo con los niños, que hace que la gente diga: esto es
así. Yo creo que eso fue lo más importante. Yo creo
que la próxima película, aunque como siempre está
sometida a que de pronto no guste, va a ser también un proceso
muy importante. Si bien hay quienes piensan que esa película
es todo lo contrario de lo que yo he hecho hasta ahora. Sin embargo
yo creo que si logramos estructurar un relato de verdad, donde los
personajes aparezcan en toda su verdad, va a ser un proceso importante.
V. V.: Claro, lo que significa volver a encontrar la sinceridad,
así el tema o los personajes hayan cambiado. Es otro tipo
de realidad, aunque en una ciudad como Medellín, todas estas
realidades se mezclan, unas generan a las otras o coexisten a su
lado.
V. G.: Yo quiero mostrar los "traquetos" con una gran
simpatía también. O sea, la película es muy
posible que los condene, pero esa condena no la hace la película,
sino los mismos hechos que a ellos les han ocurrido. Porque a ellos
les ha ido muy mal.
V.V.: Es decir, no es una estigmatización a priori, sino
que de alguna manera el espectador va a tomar una posición
frente a lo que están viviendo los personajes.
V. G.: Sí, sí. Y digo que quiero verlos con simpatía,
porque de todas maneras los "traquetos" fueron una generación
de tipos que, de alguna manera, respondieron a un riesgo. También
ellos arriesgaron mucho, también les fue muy mal en un momento
dado. Se equivocaron mucho, creyeron que estaban haciendo otras
cosas, creyeron que estaban trayendo plata a la casa, cambiando
el país, haciendo una revolución en cierto sentido
social. Crearon momentos de una gran armonía, que de pronto
se quebró porque trabajaban por fuera de la ley y eso no
podía durar. Aunque la película tampoco es una historia
del narcotráfico. Es solamente vida cotidiana del Medellín
de las oficinas del narcotráfico, un Medellín más
bien cotidiano, casero, doméstico. Mostrar que fue seguramente
una equivocación, pero que mucha gente se metió creyendo
que iban a algo bueno y se equivocaron. No sé.
V. V.: Además que fue una década muy confusa.
V. G.: Sí.
V. V.: Una década en Medellín, los años ochenta,
que se enrareció muchísimo, en la que el conjunto
de la sociedad estaba en un momento de una extrema confusión,
en la que coexistían todos los conflictos: el paramilitarismo,
la extrema pobreza, el desempleo en la ciudad. Una década
ingrata, para la gente que la vivimos en Medellín, muy dura.
V. G.: Muy dura...
V. V.: Sobre todo al final de la década.
V. G.: Casi una revolución, en el sentido en que el Estado
se había casi disuelto en muchas prácticas que fueron
copiadas por la gente, que cuestionó de esa manera al Estado
y llegaron al punto en que creyeron que podían sustituirlo.
V. V.: Hablemos un poco del cine en su realización. Es interesante
cómo en nuestra conversación usted ha estado siempre
hablando de un colectivo, de un nosotros. Los espectadores identificamos
siempre la película con el director, pero usted nos recuerda
que él trabaja con mucha gente. ¿Estos colaboradores
son permanentes? ¿Hay gente que reaparece? ¿Tiene
usted un equipo de cómplices?
V. G.: Sí, hay un equipo de amigos. Muchas veces ese equipo
son las personas que permanecemos en las investigaciones, porque
éstas son la búsqueda de múltiples puntos de
vista. Me gusta siempre tener con quien discutir el guión,
son amigos o asistentes de guión... Gonzalo Mejía
fue una persona con la que conversé muchísimo alrededor
de Rodrigo D. También he estado trabajando mucho con Diego
García. Y lo mismo con Felipe Aljure, que además fue
el asistente de dirección de la película. Cuando hice
Rodrigo D. tuve un gran socio-cómplice que fue Guillermo
Calle. Con Carlos Henao hice La vendedora... y Simón el Mago.
El diálogo no es solamente con el guionista, es también
con el camarógrafo, o con quien hago el casting, que son
amigos míos personales como Javier Quintero, Guillermo López,
Juan Guillermo Arredondo. En este momento estoy trabajando la historia
de Sumas y restas con Hugo Restrepo. Es decir, que somos un grupo
de amigos, aunque a veces algunos se van porque tienen trabajos
en otras partes, porque se cansan de esperar una película
que se demora tanto, como Juan Ceballos. Y la película es
un diálogo constante, a veces en los créditos no aparecen
todos los que participaron en el guión. Es un colectivo muy
real, porque las películas hay que hacerlas con muchos puntos
de vista. La realidad es un relato construido por todo el mundo,
¿no es cierto? Entonces el realismo se da en la medida en
que reunamos todos los puntos de vista.
V. V.: Siguiendo con lo del equipo, hay un trabajo muy importante
que es el manejo de la imagen, de la fotografía. ¿Su
fotógrafo ha sido siempre Rodrigo Lalinde o ha trabajado
con otros?
V. G.: En cuanto a esos cómplices que son ya propiamente
del rodaje, hay dos a quienes yo aprecio enormemente, que son Rodrigo
Lalinde y Ricardo Duque.
V. V.: Ricardo Duque hizo la dirección de arte de La vendedora...
V. G.: Sí y de Rodrigo D. La verdad es que nos entendemos
muy bien. Ricardo es supremamente talentoso en todas las áreas,
es alguien con quien también hablamos del guión...
y ocurre que él tiene siempre todas las experiencias vitales
que le van asociadas. Tiene también una gran claridad conceptual.
Además es actor, hizo teatro en el TEC durante mucho tiempo,
escenógrafo, escritor, es de todo. Y Rodrigo Lalinde, el
fotógrafo, es una persona que aporta mucho en las películas,
que tiene una calidad y un nivel fotográficos alucinantes.
V. V.: Y una gran sensibilidad para la imagen.
V. G.: Sí, un fotógrafo de resultados muy complejos.
En su trabajo superpone capas de luz como si fuera un pintor y sobre
la luz va creando las sombras, el claroscuro. Es un cómplice
total.
V. V.: Hablamos del cine como arte colectivo. Por un lado un arte
colectivo, por otro lado una industria, que demanda medios técnicos,
dinero. ¿Es posible realizar cine en Colombia? ¿Cómo
mira usted el problema de la industria? ¿Qué tan complicado
es hacer cine en Colombia?
V. G.: Es complicadísimo. Conseguir la cantidad de dinero
necesaria para hacer una película, que son mil millones de
pesos o más, es complicadísimo, es una locura realmente.
Solamente se puede hacer, en el futuro, en la medida en que uno
tenga coproductores por fuera, en España, por ejemplo.
V. V.: ¿Y esos productores de por fuera se han ido interesando
en el cine colombiano?
V. G.: Se han ido interesando, sí, sí. De todas maneras
en España es un negocio coproducir con los países
latinoamericanos. Hay un grupo de unas dos docenas de productores
españoles que saben que es un negocio bastante bueno para
ellos, porque por la coprodución ellos reciben la ayuda del
estado: 200 o 300 mil dólares por cada película realizada,
siempre y cuando sea en asocio con un país latinoamericano.
Eso es lo único que hace que sea posible hacer cine ahora,
en la medida en la que España culturalmente ha decidido darle
una mano a Latinoamérica.
V. V.: De alguna manera la actividad cinematográfica nuestra
en los últimos diez años ha logrado penetrar mercados,
sobre todo en Europa.
V. G.: Un poco.
V. V.: Por lo menos ha logrado sensibilizar a los organismos culturales
gubernamentales y a algunos productores independientes. Ahí
la pregunta es: ¿hay un cine colombiano? Yo creo que ya podemos
hablar de un cine colombiano.
V. G.: Sí.
V. V.: ¿Usted se siente parte de una generación?,
¿de un grupo? ¿Cómo ve usted a esta generación
que está haciendo cine ahora, aquí en Colombia?
V. G.: Yo hago parte de la generación que se formó
con Focine, personas que ahora estamos entre los 40 y 45 años.
Antes había otros realizadores, por ejemplo, Carlos Mayolo
y Luis Ospina habían hecho una gran obra antes de empezar
Focine. Luego parte la generación que aprendió con
Focine a través de su programa de mediometrajes para televisión,
en el que se hicieron casi 250 películas como premios de
producción. En ese momento había realmente una política
de fomento, que ahora cambió. En este programa yo realicé
tres mediometrajes: Los músicos, La vieja guardia y Habitantes
de la noche. Y luego, Rodrigo D., en un programa de premios de financiación
de largometrajes, donde participaron otros directores como Sergio
Cabrera, por ejemplo. Luego viene otra generación ya más
nueva, que empieza a hacer sus primeros largometrajes, de la que
hacen parte directores como Harold Trompetero y Ricardo Coral, entre
otros. Una generación que ya hace cine, verdaderamente, y
que está produciendo películas más sencillas
en términos de producción. Porque nosotros aspirábamos
a un realismo más complejo que, sin comprometer los resultados,
suponía mayores dificultades en términos de producción.
Lo interesante de esta nueva generación es que hace cine
a pesar de las dificultades, con nuevos esquemas de producción,
con un control mayor del guión y una economía tremenda
a nivel de locaciones y personajes. En ese sentido Diástole
y sístole de Harold Trompetero es una película muy
linda y muy cinematográfica, a pesar de que es hecha con
encuadres y cámaras fijos, donde casi no hay movimientos.
V. V.: ¿Como si esta generación inventara una gramática
que se adecúa mejor a las condiciones de producción?
V. G.: Sí. Yo creo que en ese sentido también nosotros,
los que llamo la generación de Focine, donde se incluyen
también Felipe Aljure, Jorge Echeverry y otros, vamos a terminar
haciendo películas más baratas, con guiones más
sencillos y rodadas con otras formas de producción. Yo creo
que eso va a tener que crear un estilo de cine. Esto también
ocurrió en la Nueva Ola francesa, aunque no sé si
por condiciones de producción. Pero, en todo caso, uno ve
la primera película de Rhomer, El signo del león,
que es de una generosidad en las locaciones, en los personajes,
en los extras, incluso, que asemeja ese cine extraordinario y hermoso
del Fellini de Los inútiles. Y después las películas
de Rhomer son ya minimalistas. Yo creo que nosotros tenderemos hacia
ese minimalismo. Y, en fin, existe aún una tercera generación,
la de los más jóvenes, que se mueven sobre los 24
años, que están haciendo películas que incluso
exploran otros medios como el digital y el vídeo, además
de la economía de producción antes señalada.
En Medellín hay un grupo de esta gente nueva, donde se destaca
Santiago Gómez, alguien muy joven que era como el discípulo
de Luis Alberto Álvarez en los últimos años,
y que es un excelente crítico y ha empezado a demostrar que
es un excelente realizador.
V. V.: Usted cita al crítico Luis Alberto Álvarez,
quien fue un poco como la cátedra del cine tanto para realizadores
como para espectadores en Medellín, y en gran medida también
en Colombia. Encuentro que es una excelente evocación para
cerrar nuestra conversación.
V. G.: Luis Alberto exigía del cine una alta dosis de humanismo.
Él concebía el cine como un arte donde se apreciaban
las ideas de un autor, donde se veía la mano invisible de
una persona. Él insistía en que las películas
tenían dos sistemas: o eran unas películas vacías,
hechas por nadie, en donde se sentía el frío de la
industria, de la moda, del dinero: películas hechas por el
demonio, donde estaba la mano fría de nadie. Y otras películas
donde se sentía la mano de alguien, la presencia de alguien
que había pasado por esto mundo, de quien lo único
que nos quedaba eran esas imágenes: películas que
eran la posibilidad de un diálogo. Yo creo que nosotros seguimos
tratando de hacer películas de alguien, que fue lo que aprendimos
de él.
V. V.: ¿La película como un diálogo?
V. G.: Como un diálogo, como la huella de alguien que permanece.
Él contaba una anécdota: como era también sacerdote,
una familia que no lo conocía como crítico, con ocasión
de la muerte del padre, le pidió dejarlos proyectar unos
rollos de 16 mm que habían encontrado en la casa, sin saber
qué contenían. ¿Qué era la película?
Imágenes del padre corriendo en un parque de su barrio, era
sólo eso. Y estas personas cuando vieron al papá se
pusieron a llorar. Luis Alberto se emocionó mucho. Cuando
me contó la historia, me decía: ¿Ves, Víctor?
Eso es el cine, es la huella de alguien. Eso era el cine para él.
Eso nos enseñó a nosotros.
V. V.: Muy bonito. Cerremos ahí.
V. G.: Sí, cerremos.
La entrevista se cierra. Llegan las actrices de La vendedora de
rosas. Están en Bogotá porque se han presentado a
un casting de una serie de televisión y porque se verán
en la noche con Martina Higgins. Están eufóricas.
Saludan a Víctor como a un papá, como a un amigo.
Le cuentan que han sido aceptadas en la serie de tv. Él les
pregunta por Lady, que trabaja desde antes en la televisión
y a la que apenas van a encontrar en la noche, en la cita con Higgins.
Les pide que pidan un café mientras nos despedimos. Hay gritos,
risa, escándalo y algarabía.
Bogotá, Hotel Dann Colonial, Barrio La Candelaria;
13 de julio de 2000.
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