REVISTA U. DE A.
BÚSQUEDA
ANTICIPOS
DISTRIBUCIÓN Y VENTAS
FERIAS Y EVENTOS
CONTÁCTENOS
NOVEDADES

 

 

   

 

OTRAS PUBLICACIONES
PUBL. ANTERIORES
TEXTOS COMPARTIDOS
 
-Institucional | Guía para Autores | Convenios-Colecciones | Imprenta | Sitios de Interés | Cursos

  Editorial Universidad de Antioquia

Revista Universidad de Antioquia

Año 2005 | Año 2004 | Año 2003 | Año 2002 | Año 2001 | Año 2000




 

Revista No. 265 / Julio - Septiembre de 2001

En cuerpo extraño: Cuerpo Vs. Tecnología
en el territorio del arte

Luz Mercedes Arango

 

Aberturas vulgares del cuerpo
Huesos
Sensaciones en la panza,
que viene siendo la piel del alma.
Acidez
Soledad, estómago vacío,
acusaciones,
negro oscuro, solo, en el estómago.
El cuerpo escrito es mi cuerpo
desnudo,
ahí marco mi tiempo
con morados, con rayas,
con desiertos, con humedad,
con surcos.
Nada que añadir a mi cuerpo
desnudo,
él sólo es un grito, un aullido
de odio, de dolor,
un registro del tiempo.

Como si fuera un texto de Sade, o un capítulo de Las lágrimas de Eros de Georges Bataille, el arte, la plástica específica­mente, se ha incrustado en los últimos años entre el músculo y la piel humanas (pellejo y carne); o como Santo Tomás mete los dedos en la llaga de cualquier cuerpo vivo o muerto y en el acto, entre siniestro y obsceno, lo consagra, lo transforma, lo purifica o lo pudre, pero en todo caso lo carga de sentido.

Desde Witkins, con sus fotografías de monstruos humanos, hasta Cyndy Sherman; desde Greenaway planteando el canibalismo como agresión absoluta, la piel como pergamino, hasta Paloma Navares con fragmentos de cuerpos envasados; y Ana Mendieta que con su Cuerpo-Atracción-Pavimento habla de cómo la muerte es seducida por la representación, por la obra, por el arte. Habría que referirse también a las fotografías en la morgue de Serrano. Es innegable que el cuerpo humano ha jugado en el arte de fin de milenio, por un lado, a ser soporte a través del que se diri­me una serie de problemáticas actuales y, por el otro, es preocupación en sí mismo, es interrogante. Me doy en lo sucesivo a la tarea de tratar de entender las razones que inducen a los artistas de fin de milenio a volverse al cuerpo, a desglosarlo, a deshue­sarlo en una búsqueda que está, a mi parecer, determinada por la influencia de las nuevas tecnologías y de la imagen contemporánea en la disolución de la identidad y de la realidad.

Debo señalar que no es nuevo el tratamiento de la identidad a partir del cuerpo. Aquí podría hacer referencia al autorretrato, que durante buena parte de la historia del arte, ha establecido con la identidad una relación del estilo “el espacio entre los dedos de Dios y el hombre en el fresco de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina”, en el sentido de que aspiran a tocarse pero sólo existen como ambición de contacto.

Por otro lado, en la literatura tenemos a Kafka. En la Metamorfosis el cuerpo mutado, y en el proceso de hacerlo, es una exteriorización de la individualidad en oposición monstruosa con el mundo. A través de un cuerpo que se vuelve insecto, a través de una piel trasmutada en cascarón, de una sangre humana que se vuelve densa, adiposa, líquido inmundo, Kafka hace referencia al yo exteriorizándose, a un cuerpo poseído por sí mismo.

En la plástica específica­mente, desde los años sesenta, se ha utilizado el cuerpo humano como soporte, haciendo las veces de tela, de materia signi­ficante, de lugar donde acontece la obra de arte. Me refiero específicamente al accio­nismo del grupo Gutai en Japón, al fluxus, al accionismo de Joseph Beuys, al happening de Allan Kaprau y particularmente al accionismo vienés de Otto Muhl, Gunter Brus, Herman Nitsch y Rudolf Shwarzkogler.

Para citar ejemplos recientes, tenemos la obra presentada este año en la Bienal de Cuba por Teresa Margoles Sierra: un niño resanando una pared con grasa humana, punto. En esta, una acción juguetona, lenta, un proceso insig­nificante y calmo es acosado por lo siniestro. Es resanar como reparar, tejer y destejer, contar para significar la trivialización de la existencia humana a través de un ritual circular y mítico. Lo religioso se asoma como confirmación de intrascendencia. Sacrificio, teatro del horror, paredes destinadas al arte, alter ego de la cultura, participan simultáneamente de la connotación del espacio de la tortura.

Por otro lado está Cuerpo extraño de la artista libanesa Mona Hatoum, expuesto en 1994 en el Museo Georges Pompidou. Espacio uterino, cilíndrico, cavidades donde se proyectan, sobre el piso, primeros planos de la piel y del interior del cuerpo humano. Imágenes, registro, obtenidas por una minicámara fija a un endoscopio que es introducido por los orificios del cuerpo de la artista. Intimidad vulnerada, exhibida, desnudez literal del artista como individuo a través de la obra, público voyeur, caníbal. El cuerpo violentado, violado; el arte como exhibición de la intimidad del artista.

Rebasando lo pornográfico el cuerpo es percibido como territorio inexplorado, salvaje, “virgen”. La medicina, sin embargo (tecnología) tiene acceso a imágenes íntimas, tiene licencia para sobrepasar los límites de la piel, transgresión, fisura, bisturí, penetración.

La medicina y el cuerpo confluyen también en la obra de Orlan, como confrontación de los cánones estéticos en la historia del arte. El cuerpo de Orlan muta, se transforma radicalmente al someterse a constantes cirugías estéticas, en donde su pretensión rebasa la ambición de volverse un “objeto bello”, para referirse espe­cíficamente al espectáculo del quirófano, la estrechez de los cánones de belleza, su rigidez, en cuanto a corsé de yeso, de hierro inamovible; el cuerpo de la mujer adaptándose a una forma predeterminada, encajando en un molde establecido, para lo que debe recortarlo o rellenarlo. En este trabajo el registro es, además del vídeo de la cirugía, la carne y la grasa sobrante (carne extraída que fuera del cuerpo aún conserva su carácter humano. ¿Qué hacer con ella, enterrarla, botarla...?), pero fundamentalmente es ella misma, Orlan cuerpo-obra de arte, contundencia, realidad incuestionable.

Probablemente no haya algo tan real como la experiencia observable en el cuerpo humano, escrita en él.

Este aspecto radical, objeti­va­ción de lo real a través del cuerpo humano, algunas veces el del artista específicamente es, al margen de los diferentes planteamientos de cada obra, la base sobre la que se sustenta este escrito.

Acerca de la problemática del cuerpo humano en el arte, Iván de la Nuez, crítico y columnista de la revista Lápiz, señala que el próximo milenio apunta en buena parte a ser poscorporal. Rosa Olivares se refiere a la reproducción sin sexo, más higiénica, con menos esfuerzo, como síntoma de una búsqueda tecnológica de eliminar los límites que imprime a la existencia humana lo corporal. Ambos son constancia o denuncia del enfrentamiento naturaleza y cultura que tiene lugar en el cuerpo del artista o en el cuerpo humano acosado por el arte, como territorio en donde se posibilita el instante límite en que dos fuerzas opuestas se penetran mutuamente, instante-lugar, donde suceden ambas como inminentes y contrarias.

El planteamiento es entonces el cuerpo-individuo-alimento, en el proceso ritual, de fermentación o de crudeza, que son las nuevas tecnologías como soporte de las artes plásticas.

La problemática a la que hago referencia sobre la influencia de la técnica y la tecnología en la disolución de la identidad, y del concepto de realidad, tiene que ver con la globalización, por un lado, y por el otro, con la mitosis constante de la idea de realidad a partir de los avances en el campo de la imagen contemporánea.

Las nuevas tecnologías soportes de un mundo virtual que nos supera en peso y en extensión, son causantes del desdi­buja­miento de los límites del individuo y del desbordamiento de este por una serie de mundos construidos, y retroali­men­ticios. Para hacer referencia a esto cito a Blade Runner: en esta película, al margen de ser ficción, se puede ver de manera muy clara co­mo el objeto creado, ficticio, la réplica, tiende a ser tan real como su creador, y más perfecta aun. Tenemos entonces que la imagen (ya no sólo visual, sino olfativa, gustativa, táctil, inteligente) como producto de la tecnología y no muy distante de lo que sucede actualmente, se devuelve a la realidad y la transforma.

Esta es una de las razones por la que podemos percibirla igualmente real que el original.

El concepto de realidad viene transformándose en el sentido al que hago referencia, desde la aparición de la fotografía; esta última fue considerada en sus inicios un pedazo de la realidad debido a su reproducción fotomecánica. Desde ahí empieza a regirnos una moral tecnológica, es decir, tiene más valor jurídico una fotografía que la versión de un testigo presencial. Para hablar de la contemporaneidad sólo basta con referirse a las pruebas de ADN, a la máquina de la verdad, a los registros en vídeo. A la pregunta ¿qué es lo real, qué pasó, quién es el culpable?, la respuesta definitiva la tienen los medios tecnológicos (tanto científicos, de laboratorio, como audiovisuales).

En los últimos años la fotografía ha perdido su aura debido a que es susceptible de ser modificada en ordenador. Ahora una foto no necesariamente indica que la imagen capturada existió en un espacio-tiempo. Lo que nos lleva a que en este proceso hemos asistido al menos a dos muertes de la realidad. De la primera daba fe el discurso; de la segunda, la fotografía.

En resumidas cuentas, hablar de realidad en la actualidad es sumamente confuso. La realidad es múltiple, al mirarla, los ojos se nos convierten en ojos de mosco. Además es ambigua, está revestida de la idea del simulacro, de la trampa, de la posibilidad de no ser verdad, de ser producto de un ordenador.

En cuanto al conflicto tecnología-identidad, Iván de la Nuez señala cómo “en finales del milenio, las identidades de pertenencia prefijada, (es decir, los rasgos constitutivos y distintivos del individuo determinados hace unos años por el azar, o las coincidencias genéticas) están dando paso a identidades auto construidas”. Acá basta con mencionar el descubrimiento del genoma humano, la clonación, la transexualidad, la anorexia. Lo cierto es que vislumbrar la posibilidad de decidir sobre características y particularidades (que al ser optativas dejan de ser particulares) de cada persona, nos enfrenta al problema de que va a establecer la diferencia, es decir, que va a distinguir a un individuo de los demás. De esto da cuenta la obra de Andy Warhol. En sus Marilyn, en sus Elvis, en sus Giocondas, Warhol se refiere a la pérdida del valor del original, más aun, da cuenta del asunto de la mitosis del sujeto a partir de la reproducción tecnológica de su imagen. Al respecto Warhol parece decir: “ni la Marylin vale nada, si es accesible a todo el mundo”.

Cuando relaciono como antagónicos cuerpo y tecnología, estoy haciendo referencia a que, como un Fausto robándole territorio al mar, esta última destina buena parte de sus esfuerzos a construirle barricadas a procesos naturales, como la vejez, la enfermedad, la muerte y el dolor (esto en el campo de la tecnología médica).

Las piezas que usan el cuerpo como soporte, hacen el proceso inverso: ensañarse en el cuerpo como límite, en su vulnerabilidad. Para ello se basa en dos experiencias absolutamente individuales, en tanto incomunicables: la muerte y el dolor.

En cuanto a la muerte Estrella de Diego señala que “la modernidad clásica exige al artista ser idéntico a sí mismo, lo que equivale a ser diferente de todos los demás, a ser único, unicidad, originalidad, radica­lidad. Buscar la muerte es un modo inefable de ser real y sobre todo, de esconderse”. Nada qué agregar.

Ahora, para hablar sobre el papel que juega el dolor en torno a la percepción de la realidad voy a referirme a la re­­flexión que hace Elaine Scarry acerca de la relación cuerpo-mundo-realidad, dilucidada a partir del análisis de “La estructura de la tortura: La conversión del dolor real en ficción de poder”. En este texto, Scarry señala cómo el dolor comienza por “no ser uno mismo” y termina por la eliminación de todo lo que “no es el mismo”.

Cito:

Al principio ocurre solo como un hecho atroz, aunque limitado, pero acaba ocupando la totalidad del cuerpo y desbordándose en los dominios extra corpóreos, tomando posesión de todo lo que se encuentra en el interior y en el exterior, convirtiendo a estos en obcecadamente indiferen­ciables al tiempo que destruye sistemá­ticamente todo lenguaje, o extensión del mundo ajena a sí mismo, y que representa una amenaza para sus exigencias. Aunque pavoroso en su estrechez, agota y desplaza todo lo demás hasta alcanzar la apariencia del simple y omnipotente hecho de nuestra existencia.

Este es tan sólo uno de los muchos aspectos del dolor en relación con el replegamiento del mundo y de la realidad del que lo sufre. El dolor elimina los contenidos de la conciencia, destruye el lenguaje, y con él toda posibilidad de autoex­ten­sión. El dolor, a no ser que esté acompañado de daño físico visible, o de la etiqueta de una enfermedad, resulta irreal para los demás. Es una experiencia tan íntima, porque no tiene equivalente en el lenguaje, se resiste a materializarse.

El dolor y la muerte como experiencias incomunicables y reales y la tecnología como multiplicación de la realidad y desdibujamiento de la individualidad son incompatibles al extremo, por lo que no se la pinta a la realidad, estén tratando de replegar el mundo sobre sí o marcándole las fronteras.

El cuerpo es, entonces, el parapeto en el que se apoya el artista para referirse a la problemática de la identidad como pérdida, como ausencia, a la inabordabilidad de las realidades múltiples que dejan en el aire al individuo y vuelven la “realidad” un asunto intangible.

El arte rompe el cuerpo para salir de dentro, el arte que pudre, que confirma la muerte, la señala, la mira, la desnuda; lo usa para constatar la realidad, nada tan cierto como la experiencia inscrita en el cuerpo. Es probable que lo que ocurra es que al estar estas propuestas sustentadas en fragmentos del cuerpo del artista se vuelvan, como ya señalé, realidades incuestionables.

Al respecto Iván de la Nuez señala: “también podría decirse que estos y otros artistas se ocupan, al fin del milenio, de reafirmar su individualidad bajo pistas y signos de identidad en los que esta no puede ser ocultada, como el semen, el grupo sanguíneo, su esqueleto o la propia muerte, un acto individual como pocos”.

“¿Los intestinos lamiendo la cámara y/o el arte y lo médico succionando imágenes íntimas del cuerpo?”.

En cuanto al público tengo que decir que estas obras lo vuelven voyeur, torturador, caníbal.

No hay impunidad; todos salen con sus ropas salpicadas de sangre, de grasa humana, de secreciones corporales. Saturación y cansancio necesarios si se parte de la idea de que arte en un punto instante, milésima de segundo o eternidad anticipa el pensamiento de su tiempo. El espectador se ve obligado a ejercer un papel agresivo, o por lo menos es un observador pasivo de una agresión, por lo que se ve invo­lucrado tácitamente.

¿Arte carnada?... de no ser así al menos se presta como cuerpo para que se encarnen como “lágrimas negras” sobre la piel pergaminos humanos, una serie de contradicciones actuales.

Por otro lado, el público identificado por analogía cuerpo artista-cuerpo humano, mi cuerpo participa como ofrenda, como posibilidad de desgarramiento, de mutilación; supura miedo, hastío, dolor, contradicción.

El arte como espejo nos devuelve la imagen simultáneamente clara y oscura del “ser humanos”, susceptibles de ser víctimas o victimarios, dientes o alimento.

En conclusión y en el marco de una mirada más receptiva entre público y obra, es interesante detenerse en dilucidar una serie de relaciones un poco más profundas (que sobrepasen la epidermis de la obra de arte). El asunto del cuerpo como soporte en la plástica actual es una forma de delimitación del territorio del individuo: el cuerpo es el límite posible, determinante del yo, es barrera de contención en el proceso de emancipación de las realidades. Esta es una de las razones para que el cuerpo, como lugar en el que acontecen la bulimia, la anorexia, la muerte, el dolor, el transformismo, sea un fenómeno en la producción artística no solamente en cuanto al número de obras que lo utilizan, sino a su contundencia, porque son actos de transgresión que rompen y generan controversia, y es ahí donde el arte, ejerciendo de rayos X de la sociedad actual, permite dilucidar los puntos coyunturales entre naturaleza y cultura.

Según esto sería muy aventurado decir, pero cabe como posibilidad, que la plástica esté refiriéndose al cuerpo en tanto inminencia de la naturaleza, como talón de Aquiles en el movimiento de globalización y desarrollo propuesto por los avances tecnológicos. Lo cierto es que el cuerpo es límite, pero siendo como es el lugar en donde se inscribe la experiencia humana, es parte sin la cual es imposible imaginar cultura alguna.


20.5 x 27 cm. 140 pp. / ISSN: 0120-2367
$6.900 - US$20


 

 
INICIO

Visualización: 800 x 600 pixeles - Fuente mediana - Animaciones flash - Internet Explorer
Administración: Alejandro Uribe Tirado / Editorial Universidad de Antioquia. ©Copyright, 1999-2006