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Revista
No. 264 / Abril - Junio de
2001
La
muerte en la cultura occidental
Aproximación al trabajo de morir
Tiberio
Álvarez E.
Introducción
Los
avances científicos presentan nuevas inquietudes sobre el
significado de la vida, el morir y la muerte. Hoy se tiene en cuenta
la autonomía y la dignidad del paciente terminal; florece
la filosofía del cuidado paliativo para los moribundos; los
humanistas estudian los aspectos particulares de la muerte en la
niñez, la ancianidad, el suicido, la aflicción del
duelo, la ansiedad de la muerte, las doctrinas escatológicas;
se profundiza sobre las causas de la muerte, la enfermedad terminal,
las conductas que amenazan la vida, los riesgos que se afrontan,
los diferentes matices culturales y legales de la sociedad contemporánea.
Pero sobre todo se le ha dado importancia a la Tanatología,
ciencia que da sentido de coherencia y respetabilidad y capta al
mismo tiempo el halo misterioso que rodea la muerte. Para los tanatólogos,
las raíces de la civilización se inician cuando el
hombre toma conciencia de ser un ser para la muerte. El término
Tanatología legitima estos estudios pero eufemiza las crudas
referencias sobre el morir y la muerte. Distingue la productividad
científica y la posición de la sociedad ante la muerte.
Se habla de trabajo, proceso o sistema como la "suma total
de personas, lugares, ideas, tradiciones, actos, emociones y escritos
de lo que se piensa y hace sobre la muerte".1 En este artículo
se discuten algunos aspectos de la evolución histórica
que ha tenido la tanatología en Occidente así como
lo relacionado con la soledad, el kairós, la muerte digna
y la asistencia médica y psicológica del moribundo.
Aspectos
culturales y religiosos
Las
diferentes culturas se han preocupado por la muerte. Quizá
la más avanzada fue la egipcia con rituales sofisticados,
creencia en otros mundos, viajes subterráneos, juicio individual
al morir y situaciones de premio y de castigo. Como creyeron que
el alma regresaba a ocupar el cuerpo del muerto lo momificaron para
asegurar su supervivencia. Esta operación u osifiricación
que pretendía hacer del muerto un dios se complementaba con
invocaciones, lecturas y oraciones. Al final del proceso se colocaba
a la momia la máscara funeraria mientras el sacerdote decía:
"Nunca dejarás de estar vivo, nunca dejarás de
rejuvenecer para siempre". La última ceremonia era la
apertura de la boca que se realizaba en la tienda de la purificación
o a la entrada de la tumba. Al mismo tiempo se hacían aspersiones,
ofrendas, sacrificios, fumigaciones con incienso, pronunciamiento
de fórmulas mágicas y religiosas que se acompañaban
con los rituales del oficiante.
De
acuerdo con el mito, el muerto renacería cuando su principio
vital reencarnara en el cuerpo intacto. Los egipcios, al igual que
otras sociedades tradicionales, entendieron la muerte como una ruptura
y trataron de hacerla más soportable a través de los
funerales o rituales de despedida, una especie de "liturgia
por su comportamiento altamente simbólico, terapia por la
codificación del dolor y reglamentación normativa,
cuya finalidad es preparar al muerto para su nuevo destino".2
Las
actitudes hacia la muerte
En
1981 el historiador francés Ariés expresó que
las actitudes cambian con el tiempo y reflejan los temores, las
esperanzas, las expectativas, la conciencia comunitaria y también
individual de la muerte. Las clasificó en cuatro períodos:
la muerte doméstica, de uno mismo, del otro y la muerte prohibida.3
La
muerte doméstica. Esta actitud predominó hasta la
Edad Media. La muerte se miraba con familiaridad según la
prédica del Eclesiastés: "Hay tiempo de nacer
y tiempo de morir". Ese misterium tremendum et fascinans era
considerado como la parte final de una vida consagrada al trabajo
y al temor de Dios. Como la expectativa de vida era muy corta se
pedía que la muerte no fuera repentina: A subitanea et improvisa
morte, libera nos, Domine. La cercanía de la muerte convertía
el cuarto del moribundo en un lugar público, pues la muerte
era sentida por la comunidad.4
El
moribundo confesaba sus faltas, decía adiós, daba
bendiciones, impartía órdenes y consejos, tomaba una
actitud decorosa, recibía los últimos sacramentos
y esperaba la muerte, todo esto después de hacer el testamento,
preparación para dar a cada uno lo suyo: "el cuerpo
a la tierra, los bienes a los herederos, las deudas a los acreedores,
la limosna a los necesitados y el alma a Dios". Era de usanza
negar la extremaunción a quien no hubiera hecho el testamento.
También se negaba la asistencia médica. Claro que
entre las funciones del médico se incluía la amonestación
para que el enfermo confesase y recibiere la Eucaristía.
Para la época, el Papa Pío V otorgaba un plazo de
tres días para la confesión del enfermo so pena de
negar la atención médica.25 Las oraciones católicas
que mejor recuerdan la muerte domesticada son el Miserere mei Deus
secundum magnam misericordiam tuam... ten piedad de mí, Señor,
conforme a tu clemencia... lávame más y más
de mi culpa y de mi pecado purifícame; purifícame
con el hisopo y seré limpio y más blanco que la nieve...
y el De profundis clamavi ad te, Domine; Domine, exaudi vocem mean...
desde el fondo del abismo he gritado hacia Ti, Señor; Señor,
escucha mi voz... que tus oídos estén atentos al grito
de mi súplica...5
La
muerte de uno mismo. Esta actitud predominante en los siglos XII
a XV miró la muerte como individual e íntima. Se descubrió
la idea de la vida como una biografía sometida a los conceptos
judiciales del mundo, extensibles al más allá. La
iconografía religiosa, inspirada en el evangelio de San Mateo,
muy cercano al pensamiento de los egipcios, enfatizaba la resurrección
de los cuerpos, el proceso del juicio y la separación de
justos y condenados. En este período florecieron los pequeños
manuales sobre el Arte de Morir o Ars Moriendi que instruían
al moribundo, con letras y hermosos y terroríficos grabados
en madera, sobre el comportamiento debido en tal circunstancia para
vencer las asechanzas del demonio, morir de buena muerte, tener
un juicio celestial benigno, expiar menos "tiempo" en
el purgatorio, alcanzar la gloria celestial y librarse de la condenación
eterna. Las asechanzas eran cinco: las dudas de la fe, la mala conciencia,
ese abominable animal según Lutero, el apego a las riquezas,
la desesperación por los sufrimientos y la soberbia al enorgullecerse
de la virtud.6 Según Gómez Sancho, el Ars Moriendi
"era un libro de 'cómo hacer' en el sentido moderno,
una guía completa para el negocio de morir, un método
que habría de aprenderse mientras estaba uno en buena salud
y saberse al dedillo para utilizarlo en esa hora ineludible".
La oración de la iglesia que mejor describe este período
de terror es el Dies Irae, dies illa, poema compuesto por el franciscano
Jacopone da Todi en el siglo XIII, donde evoca el día del
juicio sin esperanza en el Ser Supremo: día de ira, el día
aquel, que reducirá el mundo a cenizas... cuán grande
será el terror, cuando aparezca el juez para sentenciarlo
todo con rigor... ¿qué he de decir, entonces, miserable
de mí?, ¿qué abogado recurrirá cuando
aún el justo apenas estará seguro?... Perdónale
pues, Señor...5 Al parecer la liturgia romana seleccionó
las partes más tristes y desesperadas de las plegarias visigóticas
para incorporarlas a esta cadena de temores, castigos y fuegos eternos.2
Fue en esta época cuando se agregó al Ave María
aquello del "Y ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la
hora de nuestra muerte". También de las representaciones
de la Danza Macabra o Danza de los Muertos, tema recurrente en la
literatura, las artes gráficas y los libros de horas, donde
los vivos en su diversidad social bailan con los muertos, recorderis
permanente de la fugacidad de la vida y la cercanía de la
muerte al igual que el tempus fugit de los relojes. Cada representación
de la Danza Macabra trae su sentencia explicativa que es la de un
Memento mori.25
La
muerte del otro. La percepción de la muerte como destino
natural y como biografía dio paso, en el siglo XIX, a la
actitud por la cual el miedo y la fascinación por la muerte
personal fueron transferidos a otra persona, casi siempre el ser
amado. Se dio importancia a la aflicción por la pérdida,
la separación del ser querido. Se vio la muerte como el último
acto de la relación personal. Esta actitud anticipó
las experiencias del duelo manifestadas por el estrés corporal,
la preocupación psicológica, los sentimientos de culpa,
la inexpresividad y la desorientación. Las diferentes manifestaciones
artísticas reflejaron la aflicción por la separación
de los seres amados y el reencuentro después de la muerte
y no tanto el sueño eterno. Entre las manifestaciones de
la muerte del otro figuran el repique de campanas, los funerales,
la señalización de las tumbas, la visita a los cementerios
y la observación de sus obras artísticas. "La
visita de este hermoso cementerio casi lleva a desear la muerte".7
La
muerte prohibida. Las actitudes descritas todavía tienen
influencia. La muerte se mira con ternura, dramatismo o se ansía
para el reencuentro con los seres queridos. Hoy, la actitud ha cambiado
debido a la prolongación de la vida, la menor influencia
de la religión, la desintegración de la familia, la
asistencia al moribundo fuera de su casa, la medicalización
de la muerte. Hay menos conciencia y respeto por la muerte. La preocupación
es vivir con calidad la vida y no vivir para la muerte. Las enseñanzas
de los textos sagrados que por más de dos milenios sirvieron
de guía para la buena muerte y la salvación del alma
como el Iching, el libro tibetano de los muertos, el libro de los
muertos de los egipcios y las Ars bene Moriendi fueron reemplazados
por la mejor asistencia en la fase terminal.8 Antes se escribía
más sobre la muerte y menos de la angustia de la vida. En
Francia, en el siglo XVII, el tema de la muerte estaba presente
de 7 a 10% de los libros editados.26
Otro
aspecto importante de la actitud hacia la muerte en el siglo XX
es la percepción de lo que significa ser humano, alguien
con autonomía, derechos, expectativas y creencias propias
sobre la muerte y el más allá. El hombre es un individuo,
miembro de la especie pero también persona y por lo tanto
ser único. No obstante que estos conceptos fueron esbozados
por el filósofo romano del siglo sexto, Boethius, sólo
ahora se empiezan a entender en su pleno significado.8
El
proceso de morir
La
muerte es un concepto abstracto; el morir o "morida" es
un proceso real, actividad que se efectúa en una circunstancia
determinada.9 En los últimos años muchos investigadores
han descifrado en parte las vivencias del moribundo en relación
con la conciencia, la trayectoria, las etapas, las fases del morir
y la definición de la muerte apropiada.
Conciencia
de la muerte. Inicialmente el paciente desconoce los signos de la
muerte próxima por ignorancia o engaño. Luego, sospecha
su situación al observar los cambios actitudinales de las
personas, las diferentes terapias, la visita de médicos especializados,
el agravamiento de la enfermedad y la falta de respuesta a los interrogantes.
Ante la sospecha decide seguir la trama del engaño y se comporta
como si nada hubiera pasado. Este engaño se debe al temor
de enfrentar la situación. De allí que el paciente
sufra más y llegue, en ocasiones, a la desesperación,
caso en el cual busca la salida a través de la verdad que
lo lleva a sentirse libre y tomar las decisiones más convenientes
para su situación.10
Trayectoria
del proceso de morir. Puede ser un proceso lento en las enfermedades
degenerativas; rápido y esperado en casos de infarto del
miocardio; rápido e inesperado como en el deterioro súbito
de una condición hasta entonces estabilizada. Durante el
proceso de morir se puede tener la certidumbre de muerte en tiempo
conocido, por ejemplo en casos de metástasis o desconocido
como en la esclerosis múltiple. También puede haber
incertidumbre de muerte en tiempo por esclarecer como en la cirugía
exitosa de cáncer, pero con posibilidad de recurrencia e
incertidumbre de muerte en tiempo desconocido como en las enfermedades
crónicas de evolución incierta.10
La
muerte digna o apropiada. Según Veisman, para que alguien
muera dignamente, debe tener poco dolor y sufrimiento con mínimo
empobrecimiento social y emocional. Dentro de los límites
de su incapacidad, debe funcionar en el nivel más alto y
efectivo posible, aunque sólo quede una muestra de sus capacidades
anteriores. Debe reconocer y resolver conflictos anteriores, así
como satisfacer cualquier deseo que sea consistente con su condición
presente y sus ideales, tener la posibilidad de ser atendido por
personas de su confianza así como la opción de buscar
o renunciar a personas significativas. No perder la esperanza, bien
de la curación, de la ausencia de dolor, de lucidez mental
hasta el final, buena calidad de vida en la fase terminal y ser
asistido por un médico humanista. En pocas palabras, la muerte
con dignidad es la muerte que alguien escogería para sí
mismo si tuviese la oportunidad.11 Los atributos del proceso orientado
hacia la buena muerte se resumen en seis temas, que involucran los
componentes biomédicos, sicológicos, sociales y espirituales:
adecuado tratamiento del dolor y los síntomas asociados;
buena comunicación y decisión; preparación
para la muerte; espiritualidad y sentido existencial; contribución
al bienestar de otros, sea en regalos, tiempo o conocimiento; confirmación
de ser una persona única e íntegra.29
Etapas
del morir. En 1969 Elizabeth Kubler-Ross publicó el libro
Sobre la Muerte y los Moribundos, donde refiere sus experiencias
en la atención de moribundos. Se centró en la atención
médica humanizada. Expresó que las personas que van
a morir presentan cambios mentales y emocionales que se pueden clasificar
en cinco etapas:
Negación,
especie de escape a la idea de la propia muerte. "No, no a
mí, no puede ser".
Ira, caracterizada por furia, rabia, resentimiento contra sí
mismo, la familia, la divinidad. Esta etapa es estimulada por el
miedo y la frustración. "¿Por qué a mí?".
Pacto,
promesa, negociación donde la persona trata de negociar consigo
mismo, el médico o la divinidad el estar más tiempo
con vida. Reconoce el pronóstico pero intenta modificar el
resultado. "Si tú me ayudas me comprometo a". Se
trata de pactar con lo invisible una pequeña prórroga
para después morir tranquilamente, "cantar en el escenario
una vez más"; a veces se invoca al azar, manipulando
naipes o tarots, consultando el horóscopo o inventando alguna
forma de adivinación a partir de las flores del papel que
cubre las paredes (Thomas).
Depresión.
El paciente está triste, alejado. Comprende que la situación
se agrava y que el pacto establecido no ha dado sus frutos. Se deprime
por las pérdidas y por el fin que se acerca: "Sí,
yo voy hacia la muerte".
Aceptación.
Significa el fin de la lucha. En general se evitan los sentimientos.
Se está a la espera de la muerte. "Sí, yo".
Estas etapas no son rígidas y la esperanza siempre ronda
en todas ellas. Cuando falta, generalmente la muerte está
cerca.12
Según
M'Uzan el agonizante presenta un desencadenamiento de la libido
manifestado por la apetencia relacional y la expansión libidinal
que introducen al paciente por última vez en la acción.
"La idea dominante es que antes de morir se asiste a la expansión
del yo al servicio de una introyección pulsional que, a su
vez, aumenta el ser ampliando indefinidamente su narcisismo. El
moribundo rechaza la soledad y forma con su objeto, la persona que
lo asiste, su última díada".13
El
trabajo de Kubler-Ross, al fijar y sistematizar el esquema global
del morir, abrió un amplio horizonte en el acercamiento al
moribundo. Estas etapas han sido criticadas pues no tienen en cuenta
las diferencias relacionadas con la edad, el sexo, las causas de
la muerte y el medio en que se produce; las etapas pueden superponerse,
hay retrocesos; ciertas etapas pueden estar ausentes como en el
caso de los niños y los ancianos que llegan rápido
a la aceptación; la soledad termina por imponerse.14 Posteriormente
el moribundo entra en descatexia, es decir, en coma, más
allá de toda posibilidad de comunicación.
Fases
del proceso vivir y morir. En 1978 Pattison describió que
las personas pasan por una fase aguda donde hay alteraciones de
la conciencia, sentimientos inadecuados, ansiedad, miedo; luego,
en la fase crónica hay dolor, sufrimiento, soledad, tristeza,
pérdida del control. Finalmente llega la fase terminal donde
la persona empieza a separarse y adentrarse en la muerte.15
La
experiencia del agonizante
Cuando
se acerca la muerte el moribundo sufre una serie de experiencias
tanto fisiológicas como psicológicas y espirituales.
Experiencias
fisiológicas. Hay pérdida del tono muscular, disfasia,
disfagia, disminución de la actividad gastrointestinal, dificultad
para controlar los esfínteres, estancamiento de la circulación,
cambios en los signos vitales y compromiso del conocimiento. Estos
signos se manifiestan por síntomas como inmovilidad, afasia,
ceguera, vómito, estreñimiento, incontinencia, frialdad,
hipotensión, hipoventilación, compromiso de los sentidos,
dolor. La función del paliatólogo en estos casos es
reconocer y aliviar los síntomas para que la muerte sea digna.
Cuando la muerte está próxima aparecen los llamados
signos precursores. Uno de los más curiosos y discutidos
es el olor pesado y dulzón que despide el cuerpo del moribundo,
provocado según se cree por la muerte de ciertos tejidos.
Este olor es parecido al que se obtiene cuando se frota el dorso
de una mano con la palma de la otra mojada con saliva.16 Los signos
precoces de la muerte definitiva fueron descritos por Hipócrates:
"La frente arrugada y árida, los ojos hundidos, la nariz
puntiaguda rodeada de una coloración negruzca, las sienes
hundidas, huecas y arrugadas, las orejas rígidas y hacia
arriba, los labios colgantes, las mejillas hundidas, la mandíbula
arrugada y apretada, la piel seca, lívida y de color plomizo...".
Experiencias
psicológicas. Además de la negación, la ira,
la depresión, es común en el moribundo el alejamiento
del mundo que lo rodea, el apagamiento de la afectividad. Conversa
poco, rechaza los seres queridos, duerme más tiempo, se despreocupa
de todo y de todos, no quiere que lo perturben. Da la sensación
de estar sumergido en un mundo aparte, interior. Ésta es
una experiencia solitaria de introspección, reflexión,
revisión, búsqueda del sentido existencial y preparación
para la partida. Muchos expresan sus mensajes de moribundo. Por
ejemplo, hacen metáforas sobre el viaje, hablan de sueños
que tuvieron con personas queridas ya muertas que los esperan para
acompañarlos. Algunos visitan el lugar de nacimiento; otros,
al sentirse mejor de sus dolencias, arreglan su presentación
personal, mejoran el apetito y luego mueren. Estas experiencias
psicológicas deben ser reconocidas y respetadas. Además,
se debe tranquilizar al moribundo en el sentido de que nunca será
abandonado.
Experiencias
espirituales. El sufrimiento, el dolor físico, la pérdida
de la salud, la agonía, son experiencias límites que
sitúan al hombre ante el misterio profundo de la existencia
y la divinidad. Lo espiritual es fuerza unificante que integra y
trasciende las dimensiones físicas, emocionales y sociales;
capacita y motiva para encontrar un propósito y un significado
a la vida relacionándola con un ser superior; relaciona al
individuo con el mundo y establece un puente común entre
los individuos pues los trasciende y les permite compartir sus sentimientos.
En la medicina paliativa son importantes los conceptos griegos de
diakonia, metanoia y kairos. Diakonia o servicio significa amor
en acción, hacer algo útil y con amor por los demás,
concepto dirigido más a quienes cuidan al moribundo. Metanoia
significa cambio de opinión, sentimiento o propósito;
también remordimiento o pesar. Da la idea de retornar a Dios,
regresar del pecado, salir de la infidelidad, pedir misericordia.
Kairos significa momento de bondad después de un proceso
de preparación o anticipación cuando la persona reconoce
y acepta la muerte. Es un momento de espiritualidad.17, 18
Esto
del tiempo es interesante. Cuando el paciente sabe que la enfermedad
lo acerca a la muerte, advierte un cambio en su tiempo lineal que
es arbitrario y convencional, en días según la rotación
de la Tierra o en años según la rotación de
la Tierra alrededor del Sol. Este tiempo se llama Kronos. Es objetivo,
real, científico, público. Su concepción apareció,
bien con el reloj, el lenguaje moderno, que es lineal, o con la
invención de la polifonía en la música durante
la Edad Media. Lo tuvieron en cuenta los pensadores del siglo XIX
como Hegel, Comte, Darwin, Marx, Spencer, para quienes las filosofías,
los sistemas sociales, las naciones y las formas vivientes eran
resultado de las transformaciones que se dieron en el tiempo. Pero
nunca cuestionaron el tiempo por sí mismo; carecieron de
la noción de temporalidad o tiempo vivido por los humanos.27
En
el siglo XX se redescubrió el concepto griego de Kairos,
que se refiere a momentos gratificantes de la vida cuando se pierde
el sentido del tiempo lineal y se profundiza en experiencias que
satisfacen o nutren el espíritu. Los pacientes terminales
gastan sus últimos momentos en Kairos más que en Kronos.28
La
soledad del moribundo
Moribundo
es quien está próximo a morir. "Es alguien por
quien nada podemos hacer para impedir que muera; alguien que entra
en una zona de no-intervención o de insignificancia y obstaculiza
nuestro impulso de obrar" (Thomas). El moribundo tiene una
vivencia propia, no bien conocida, relacionada en parte con la libido
y las relaciones objetales. Al contrario de Ariés que se
esfuerza por presentar una expresiva imagen de los cambios que ha
experimentado el comportamiento del hombre occidental respecto a
los moribundos y su actitud ante el proceso de morir y la muerte
y que establece el supuesto de que en épocas anteriores se
moría con serenidad y calma, lo cierto, según Elias,
es que aquel autor está influenciado por un espíritu
romántico, idealista y olvida que en esos tiempos la vida
era apasionada, violenta, insegura, corta y salvaje. En épocas
tempranas había menos posibilidades de aliviar el tormento
de la agonía aunque se hablara abiertamente de la muerte.
Además la Iglesia con su prédica del castigo eterno
la hacía más temible. En conclusión, la vida
en la sociedad medioeval era breve y por lo tanto la muerte más
cercana y dolorosa, agravada por los sentimientos de culpa y de
temor al castigo tras la muerte según la doctrina eclesial.
Pero se moría acompañado.
Hoy,
con el avance de la medicina se sabe cómo aliviar en muchos
casos las penalidades del proceso de morir pero se ha abandonado
al moribundo, ese ser clandestino. Se le esconde de la vida social,
se disimula el duelo y no se educa para la muerte ni se habla de
ella. Las nuevas generaciones no saben expresar los sentimientos
de pesar y como no existe la uniformidad de expresión de
tiempos pasados, es decir, los comportamientos estandarizados, cada
cual encuentra difícil expresarlo. También los rituales
van desapareciendo porque han perdido significado y no han sido
reemplazados adecuadamente. Hay tabúes que prohiben mostrar
los sentimientos. Es difícil que los allegados ofrezcan consuelo,
apoyo, ternura y afecto al moribundo. No los acarician, contactan
ni les hacen sentir que siguen perteneciendo al mundo de los vivos.19
Con frecuencia las personas se ven como individuos aislados, independientes
de los demás, cada uno empeñado en la búsqueda
de su sentido existencial. Sin embargo, la represión y encubrimiento
de la finitud de la vida humana, individual, ha sido característica
del hombre desde que comprendió que era un ser para la muerte.
Según Elias, en el curso de la evolución biológica,
cabe suponer que se desarrolló en los seres humanos una especie
de conciencia que les permitió relacionar consigo mismos
el fin que conocían en otros seres vivos, que en parte les
servían de alimento. Gracias a su imaginación aprendieron
a reconocer poco a poco por anticipado este final como conclusión
inevitable del curso de toda una vida, incluida la propia. Esa previsión
del propio final fue acompañada desde siempre por el intento
de reprimir y encubrir este desagradable conocimiento con ideas
más placenteras y a ello contribuyó la capacidad imaginativa
única del hombre. Resulta entonces que "el inoportuno
saber y las fantasías encubridoras son probablemente fruto
de la misma hora de la evolución". La ocultación
y represión de la muerte se han ido transformando con el
paso del tiempo. Antes predominaban las fantasías colectivas
para sobreponerse al conocimiento de la muerte, reduciendo el miedo
ante la propia finitud con ayuda de ilusiones colectivas en torno
a una supuesta supervivencia eterna en otro lugar. Como la explotación
de los miedos y temores ha sido una de las principales fuentes de
poder de unos hombres sobre otros, estas fantasías han sido
la base para el desarrollo de los sistemas de dominación.
Hoy en día ya no predominan esas fantasías colectivas
sobre la inmortalidad, sino que con la individualización
surgen fantasías de carácter personal y privado.
Todavía
existe la tendencia a la represión y al ocultamiento de la
muerte, a las ilusiones colectivas y a la censura social. Pero lo
que suscita temor y espanto no es la realidad sino la idea anticipatoria
de la muerte que sólo cabe en la mente de los vivos. Para
los muertos no hay miedo ni alegría, pero ¿qué
hace que hoy el moribundo esté más sólo? Una
de las razones, ya mencionada, es la prolongación de la existencia
que hace ver la muerte lejana. En épocas anteriores, como
la vida era tan corta, entonces la amenaza y el pensamiento de la
muerte eran más insistentes a la conciencia, lo que hacía
que se incrementaran las prácticas mágicas para enfrentar
la angustia. Hoy hay menos pensamiento mágico. La vida se
mira como un proceso natural, lo que amortigua el temor y más
cuando se sabe que muchas enfermedades pueden ser prevenidas o controladas.
En sociedades más desarrolladas, que han logrado la paz,
se tiene la idea de una muerte digna, en cama, con los achaques
propios de la vejez. También el alto grado de autonomía
que presentan los individuos en la sociedad del presente, pero al
mismo tiempo haciendo parte de la comunidad donde no se es individuo
sino pluralidad de seres interdependientes y comunicados. Por eso
el moribundo necesita tener la sensación de que no ha perdido
el significado que tenía para las otras personas, pero con
el respeto por sus características de individualidad como
persona, la forma de expresar o contener los impulsos instintivos
y emocionales, la tendencia a aislarse de los demás y el
estar en soledad. Esta soledad en el morir, la muerte en solitario,
aparece en la edad moderna. El hombre primero se dio cuenta de que
era un ser para la muerte; después se preguntó por
qué tiene que morir buscando las posibles explicaciones tal
como está descrito en la epopeya sumeria de Gilgamesh del
siglo II a.C. Finalmente la idea de por qué muere sólo
empezó en una etapa tardía del proceso de individualización
y del desarrollo de la autoconciencia. Este morir en soledad se
refiere a la imposibilidad de compartir su experiencia; a la desaparición
de sus recuerdos, sentimientos y experiencias; al abandono de los
seres queridos. La idea de que al morir estamos solos corresponde
con el mayor acento que también recibe en la era moderna
la sensación de que estamos solos en vida. De allí
que la imagen que se tiene de la muerte esté ligada a la
imagen de sí mismo, de la propia vida y de la índole
de esta vida. La forma de morir también depende de si la
persona cumplió los objetivos existenciales, si encontró
el sentido de su vida. "La plenitud del sentido del individuo
está en estrecha relación con el significado que,
en el curso de la vida, ha alcanzado para los demás, bien
por su persona, su comportamiento o por su trabajo".19 La soledad
tiene un espectro grande. Puede ser el cariño no correspondido;
el aislamiento social de quienes tienen significancia afectiva y
también el de carecer de importancia para los demás.
O como dice Rojas Herazo: "La soledad es la única atmósfera
creativa. Sin ella no seríamos nada. Careceríamos
del repliegue subjetivo. Seríamos autodesconocidos. Además,
el ejercicio de la soledad te convierte en el mejor amigo de ti
mismo".20
O
como recuerda Mario Benedetti refiriéndose a las soledades
de Babel: "Todos tenemos nuestra soledad. El que lo niegue
creo que no dice la verdad. Sólo que antes las soledades
estaban separadas pero hablaban el mismo idioma, entonces en determinado
momento una soledad se comunicaba con otra, y eso hacía el
amor, la amistad y la solidaridad... Ahora cada soledad habla un
idioma distinto como en Babel, y por lo tanto es más difícil
establecer una comunicación. Por eso hay un eclipse de la
solidaridad en general, no sólo política sino en las
relaciones humanas. Y eso también provoca el egoísmo,
provoca el postmodernismo, que es una cosa mezquina, muy egoísta,
muy individualista".
La
muerte fantaseada
Este
término de Thomas se refiere a las experiencias que tienen
los que están cerca de la muerte: sentimiento de angustia
cuando el médico comprueba su fallecimiento; percepción
de ruidos desagradables; impresión de ser llevado y de recorrer
un largo túnel; abandono del cuerpo; luz celestial; paz infinita...
y regreso. Estas experiencias son comunes en el tiempo y en las
diferentes culturas. Por ejemplo, Platón, hace 2.500 años,
en el libro X de La República habla del mito de Er, una historia
que demuestra que el deseo y la curiosidad de saber lo que sigue
después de la muerte son casi tan antiguos como el hombre.
Se trata de un soldado que ha recorrido el país de los muertos
y al regresar dice que, después de salir del cuerpo, su alma
se puso en camino con muchas otras y llegaron a un lugar maravilloso,
donde aparecían en la tierra dos aberturas que se comunicaban
entre sí, y otras dos arriba en el cielo, frente a ellas.
Entre estas aberturas estaban los jueces que ordenaban subir a los
justos, por el camino de la derecha, al cielo, y a los injustos
abajo, bajo la tierra, por el camino de la izquierda. A Er le dijeron
que fuera nuncio de las cosas del más allá para los
hombres y lo invitaron a que oyera y contemplara cuanto había
en aquel lugar. Notó que las almas se saludaban y se informaban.
Las de la tierra, entre gemidos y llantos, recordaban los sufrimientos
y visiones que habían tenido en su peregrinar bajo la tierra;
las que venían del cielo hablaban de su bienaventuranza y
de las indescriptibles bellezas que habían visto. En este
texto se menciona la descorporización, el encuentro con seres
sobrenaturales y la visión panorámica.21
Esta
temática de la muerte tomó auge después de
que la doctora Kubler Ross publicara en 1969 el libro Sobre la muerte
y los moribundos, donde describe las fases ya explicadas, pero que
al referirse a la última, la de la aceptación o desasimiento
de todas las ataduras, recuerda que "el paciente reacciona
a un sistema interior de señales, que le anuncia la cercanía
de la muerte",12 y que el siquiatra Raymond A. Moody publicara
en 1975 el libro Vida después de la Muerte, donde recoge
informes de personas que después de estar clínicamente
muertas revivieron y relataron sus experiencias que coinciden en
muchos puntos, como aquellos de oír del médico el
diagnóstico de su muerte, percibir ruidos desagradables,
moverse velozmente a través de un túnel largo y oscuro,
sentirse fuera del cuerpo, descubrir que "tiene un nuevo cuerpo",
encontrarse con seres queridos y hallarse ante un Ser que irradia
amor, acercarse a una barrera o límite, retornar a la vida
terrena porque no ha llegado todavía la hora . Estos relatos
hacen parte de las llamadas experiencias cercanas a la muerte y,
como su nombre lo indica, se presentan desde la orilla de la vida
porque nadie que haya cruzado el umbral ha regresado jamás,
excepto en la leyenda y en los relatos de ficción. Según
Kung en todo esto juega papel importante la capacidad cerebral de
proyectar y combinar lo ocurrido antes de la pérdida de la
conciencia, hecho conocido por el análisis de los sueños.
Por otro lado, los sentimientos de euforia de muchos individuos
son consecuencia de una reacción de defensa psicosomática.
Estas experiencias de moribundos son similares a las alucinaciones
experimentadas en otras situaciones, como en las prácticas
de meditación, misticismo, frontera entre la vigilia y el
sueño, momentos de gran tensión, drogas psicodélicas
como la dietilamida del ácido lisérgico o Lsd,25 donde
"las excitaciones del sistema nervioso central producen sentimientos
de euforia, estímulos luminosos extraordinarios, visiones
simples y complejas en febril intensidad y rapidez. Pues el sistema
nervioso central, en caso de carga extraordinaria, desconecta sin
más ciertas partes del cerebro, de modo que entre el mundo
interior y el mundo exterior se corre una especie de cortina y el
moribundo se desliza hacia una dimensión sin espacio ni tiempo,
sin pasado ni futuro. Y ahí, el superactivo cerebro del moribundo,
sin trabas ni interrupciones, "interiormente", produce
imágenes del pasado y del futuro y las ordena lo mejor posible
en una sucesión coherente, con ayuda de las informaciones
que sobre el tema muerte ha acumulado y considerado importantes
en el curso de su vida". En conclusión estas experiencias
se presentan durante el proceso de morir, el camino hacia la muerte,
que todavía permanece al dominio de la vida. De resto es
la muerte, el gran silencio.21
Muerte,
deseo y pérdida
Si
bien hoy se estudia y analiza, como dice Kung, la hermenéutica
de la muerte, una crítica velada al concepto de la muerte
escamoteada de Aries, lo cierto es que el hombre ha tratado de desvelar
el misterio que encierra. Los textos más antiguos hablan
de la transitoriedad, la mutabilidad y el sufrimiento de la existencia
con profundo sentido equivalente a la muerte. Por eso para Sócrates
"el sueño sin ensueño es preferible al más
hermoso día" y según Shopenhauer "la muerte
es el mejor médico" para los sufrimientos. La vida contiene
error y deseo que están asociados al cuerpo. En cambio la
verdad está en el alma que ansía liberarse para llegar
a la gloria. La vida es vanidad, palabra que aparece cuarenta veces
en el Eclesiastés, libro sagrado escrito por el fatalista
Qohelet para quien "es mejor no haber nacido". Allí
se enfatiza el carpe diem, "come y bebe, sé feliz que
mañana morirás".
Pero
la vida también es deseo para que este mundo mutable, aparente,
transitorio, que conlleva decepción, pecado y pérdida
dé paso a "esa otra realidad" de la verdad, el
absoluto, la vida eterna. Esta tensión entre lo físico
y lo metafísico llevó a la obsesión teológica
de vivir en función del más allá. La idea central
es que la muerte entra a la vida por el pecado de la desobediencia
concupiscente. Por esta historia el sexo es pecaminoso y "nuestra
vida está en muerte desde la concepción" según
San Agustín, cuyo punto de vista influyó las actitudes
hacia el sufrimiento, el deseo y la muerte en la cultura occidental.
Para este Maestro el individuo trae la dinámica de la pérdida,
el conflicto, la duda, la ausencia, la desintegración y la
descentralización. Es la prédica del individualismo,
del sujeto en crisis.
Además
el sexo lleva al desgaste, la debilidad, la pérdida de la
esencia y de la energía. Si se evita hay más poder,
los ejércitos son fuertes y se mejora la sociedad. De allí
que las "brujas sacaran el semen" para debilitar al hombre.
Antes
del Renacimiento se enseñó que para saber vivir es
necesario saber morir, tema recurrente en Occidente. Y esto se logra
en el silencio, la soledad y la meditación sobre nuestro
destino. Sólo el silencio acerca al Gran Silencio. Filosofar
es aprender a morir, dice Montaigne.
En
los siglos XVI y XVII florece el tema de Eros y Thánatos,
donde se afirma la vida y no la preocupación por la muerte,
después de que Nicholas Deutsh publica en 1517 El muerto
y la mujer joven. Ya el sexo, la violencia y el miedo invaden el
terreno de la vida. Esta época coincide con las ideas revolucionarias
de Copérnico, Kepler y Galileo de que la Tierra gira alrededor
del Sol, lo que revolucionó también la teología.
Ya no eran la quietud y la melancolía sino el movimiento
pues, diría Pascal, "nuestra naturaleza consiste de
movimiento. El silencio absoluto es la muerte".
Para
los filósofos de la increencia la muerte es proyección
(Feuerbach), opio (Marx), ilusión (Freud) y absurdo (Sartre).
O el Gran Quizás de Rabelais.22, 21
El
momento de la muerte
Entre
el proceso de la agonía y la reducción última
a polvo se intercalan, en el mundo de lo físico, las etapas
de la muerte, la cadaverización, la putrefacción y
la mineralización. En el mundo de lo escatológico
se presentan las concepciones subliminales del más allá
o de las postrimerías, elaboradas por las diferentes culturas
a través de la historia.
La
muerte. No se sabe en qué momento exacto se presenta. En
1967 se habló de muerte cerebral entendida como la pérdida
de la identidad personal, criterio suficiente, según se creyó,
para su diagnóstico. Después se discutió si
era necesario el daño del cerebro en su totalidad o sólo
de ciertas estructuras superiores. También se discutió
si finalmente el diagnóstico de muerte tenía más
carácter biológico que filosófico. Muchos problemas
pudieron evitarse si las discusiones se hubieran centrado en las
decisiones de tipo político y no, como ocurrió, en
discusiones lingüísticas, teológicas, filosóficas,
biológicas y científicas, todas ellas muy importantes
pero centradas en cada especialidad.
Para
evitar estos problemas cada Estado define la muerte para que se
establezcan las conductas sociales y culturales; por ejemplo iniciar
el papel de la viudez, suspender las terapias, reemplazar laboralmente
al difunto, iniciar los funerales, repartir la herencia, nombrar
nuevo jefe. Esto no fue problema hasta 1960, cuando las controversias
eran pocas. Pero desde entonces es importante, como política
de Estado, definir el momento de la muerte. Estos cambios se deben
a que el avance científico y tecnológico prolongó
el proceso de morir e identificó varios potenciales indicadores
de muerte antes de la muerte total. También la utilización
de los órganos para trasplante, la investigación y
la educación. Inicialmente se pronunciaba la muerte cuando
se detenía el corazón, la respiración o cuando
había muerte cerebral. Pero al enllentecer la muerte se vio
que el morir y la muerte eran parte de un proceso. Fue necesario,
desde el punto de vista social, definir el momento de muerte como
un hecho. Por eso se dice que un individuo está muerto cuando
las funciones circulatorias, las funciones respiratorias y ciertas
importantes funciones cerebrales como la mental, cesan.23, 24
Es
cierto que cada actividad profesional tiene sus criterios para establecer
la muerte. Para los teólogos, por ejemplo, alguien está
vivo si es persona. Pero difícilmente se pueden tomar decisiones
legales con los puntos de vista de cada profesión.
La
definición política habla de muerte como un todo.
Como se expresó, el término muerte cerebral produjo
controversia por su ambigüedad, pues daba la idea de destrucción
o colapso funcional del órgano u órganos que componen
el cerebro. De esta manera se decía que alguien estaba muerto
porque tenía muerto su cerebro. En 1968 el Comité
ad hoc de la Facultad de Medicina de Harvard, igualó la muerte
con el coma irreversible, lo cual no era cierto: "Nuestro propósito
primario es definir el coma irreversible como un nuevo criterio
de muerte...". Los criterios de muerte pueden ser técnicos,
científicos, morales, políticos y legales. Todos ellos
son importantes pero parciales, defendidos a capa y espada por sus
gestores. Por eso los conceptos de morir y muerte deben ser integrados
y legislados en cada Estado. La definición de la muerte es
una cuestión arbitraria, expresó Henry Beecher.
La
conclusión es que el diagnóstico de la muerte debe
estar basado en un consenso político donde tengan cabida
los puntos de vista de las profesiones. Cuando las decisiones políticas
son claras se facilita el proceso de morir y el diagnóstico
de la muerte.
Tiberio
Álvarez Echeverri (Colombia)
Anestesiólogo, tanatólogo, profesor titular de la
Universidad de Antioquia.
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