|
Revista
No. 263 / Enero - Marzo
de
2001
Poesía
y Mística Sufí
Jorge
Cadavid
El
hijo del instante
Hace
cerca de mil años un poeta sufí decía del sufismo
que era un sabor, porque su objeto y su fin podrían definirse
como una sabiduría directa de verdades trascendentes, más
comparable con las experiencias de los sentidos que con el conocimiento
que procede de la mente. "¿Dónde está
la sabiduría que perdimos con el conocimiento?", anotaría
para el caso un poeta de Occidente.
Más
que una doctrina, el sufismo es un puente (puente entre Oriente
y Occidente), un camino, una manera de buscar, un arte de llamar.
"Buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá."
Al modo sufí, diríamos que la poesía es un
sabor.
Antes
de que el mundo existiera, viña, racimo o uva,
nuestra alma estaba embriagada de vino inmortal.
Ibn al Farid
Visto
como esa vuelta al origen, al núcleo sagrado, al reducto
físico del alma, el sufismo ha tenido nexos directos con
la creación poética: es el movimiento del poeta hacia
lo desconocido y lo indecible, ese deseo por elevar el espíritu
por encima de sí mismo, emigrando del mundo sensible al imaginario.
La existencia para Ibn Arabi es imaginación dentro de la
imaginación.
El
sutil alquimista transmuta en un instante
en oro el pesado metal de los días.
Ibn al Farid
William
James denomina a este rasgo místico como inefabilidad: desafío
de la expresión, incapacidad de la palabra para informar
acerca del contenido de la experiencia. Así, es posible afirmar
que el único modo de comunicar lo inefable es, precisamente,
mediante el lenguaje poético (William James, Las variedades
de la experiencia religiosa, Barcelona, Península, 1994.
p. 285). De allí que frente al escepticismo del poeta moderno
el maestro sufí Al-Alawi replicara: "Pero, diga lo que
diga, y piense lo que piense, usted está más cerca
de Dios de lo que cree". Sólo Dios puede enunciar, por
medio de las palabras de su fiel, el misterio de su unidad.
El
desarrollo espiritual sufí requiere que el aspirante pase
por siete fases de preparación tras las cuales la individualidad
está dispuesta para la creación completa. Estas fases
se conocen con el término nafs (alimento):
1.
El nafs depravado y dominante.
2. El nafs acusador.
3. El nafs inspirado.
4. El nafs sereno.
5. El nafs realizado.
6. El nafs que realiza.
7. El nafs purificado y completo.
Se
considera que el nafs pasa, a su vez, por unos procesos que transmutan
la conciencia: la duda, la perplejidad, la detención, el
aniquilamiento y la resurrección (instante de la creación).
Esencialmente, el sufismo cumple la función de recordar al
hombre quién es en realidad, liberando su alma de los confines
de aquella prisión ilusoria del ego.
Vida-muerte,
amor-guerra, naturaleza-Dios son los motivos de revelación
pretemporales en la tradición primordial sufí, al
igual que en la lírica clásica; poemas, oraciones,
himnos, proverbios, sus expresiones y experiencias: "Materia
inmaterial de los místicos, en la que la imaginación
metafísica puede modelar sus sueños", según
Henry Corbin.
Con
frecuencia, un verso precioso
alivia un corazón apesadumbrado.
Hafiz
"No
hay más realidad que la realidad", afirma este arte
sagrado en su doctrina de geométrica simpleza. Todas las
cosas formadas por las fuerzas del universo tienen una forma y un
contenido divinos: perplejidad metafísica. Agotar la realidad,
darle un ritmo -aquí y ahora- a esta geometría divina,
es la propuesta de estos místicos heterodoxos (de raíces
platónicas - neoplatónicas-, gnósticas y zoroastrianas),
de allí que se defina al sufí como el hijo del tiempo
presente o el hijo del instante.
Yo,
que he visto a mi Señor con el ojo del corazón,
le digo: ¿Quién eres Tú? Y Él me responde:
¡Tú!
Hallâj
Percibir
dimensiones suplementarias de profundidad y elevación -despertar
vertical de la conciencia- en una nueva realidad es el objetivo
analógico del sufismo y de la poesía. Para William
James, los estados místicos corresponden a estados del conocimiento,
estados de penetración, revelaciones e iluminaciones repletos
de sentido. Forma de conocimiento no intelectual -razonamiento lógico-
sino intuitiva, caracterizada por una visión de conjunto,
de totalidad. La palabra original aplicada aquí a este tipo
de experiencia tiene que ver con lo que brota directamente del origen
o de la fuente. Originales porque tienden al origen mismo.
Evocando
con vino al amado,
bebimos hasta embriagarnos,
cuando aún la viña estaba por crear.
Ibn alFarid
La
metáfora de la embriaguez habla de ese viaje del alma desde
la dispersión y el pesar hasta el conocimiento real (divino),
la promesa de ebriedad más allá de la apariencia efímera.
Deja
ya tu egoísmo; no temas la pobreza.
No persigas el oro. Y bebe, que una vida
tan llena de pesares, hay que pasarla toda
en un sueño profundo o embriagado de vino.
Omar Khayyam
El
sufismo, como la poesía, trasciende las cadenas de la religión
hacia una esencial forma de contemplación -mística
salvaje- más allá de cualquier ideología. El
asombro ante la contemplación de la realidad lleva al poeta
a divinizarla, a volverla sagrada. El poeta sufí no pretende
tan sólo utilizar el lenguaje sino fundirse en comunión
con él.
Si
la locura le encuentra,
él la toma por sabiduría.
Rûmi
Los
maestros sufíes describen diversas especies de oración:
la oración litúrgica, la oración silenciosa
o meditación, la contemplación solitaria, la danza,
la remembranza de los nombres divinos. Cuántas exclamaciones
calificadas como teopáticas.
Mi
silencio es el verbo que deseas,
¡Oh! escuchador de la oscuridad.
Ghazali
El
sentido final del sufismo es la santidad, pero una santidad creada,
particular, individual -aun inversa, como la del malamatí
que concita la reprobación- ya que la originalidad es inseparable
de la unidad. Lo que en términos poéticos se aproximaría
de alguna manera al estilo, el estigma, esa marca particular que
nos hace universales. La santidad del poeta es su estilo.
Transforma
tu cuerpo entero
en visión, hazte mirada.
Rûmi
Malamatí
es un término derivado de malama o censura. El malamatí
oculta sus actos meritorios como otros ocultan sus malas acciones.
Busca ser despreciado y reprobado. Ibn Arabi lo define como "solitario
en la multitud" y lo sitúa en la esfera más alta
de la santidad.
La
doctrina de la nada
A
semejanza del taoísmo y del zen, el pájaro sufí
establece una relación tácita entre revelación
mística e inspiración poética y provee la metafísica
necesaria para su comprensión. Las palabras son el vehículo
para el íntimo deslumbramiento y el silencio es su oración.
"En verdad, somos Dios, y a Él regresamos", afirma
el versículo de "la sabiduría del retorno".
Este reflujo (tentativa de inmersión en lo absoluto) o viaje
hacia el interior divino ha sido encontrado por estos místicos
a través de dos vías de ascesis: la meditación
y la poesía (ojos de la imaginación).
Quien
no ve la mano que realiza la escritura,
supone que el resultado procede del movimiento de la pluma.
Rûmi
Para el sufí el corazón es el centro y comprende todas
sus prolongaciones verticales. El corazón es el istmo-emblema
que separa los dos mares que simbolizan cielo y tierra, espíritu
y cuerpo. Particularmente representativa de esta tradición
primordial es la frase del profeta: "El perfume y las mujeres
se me han hecho queridos y el frescor ha venido a mis ojos en la
oración". La mística erótica también
tiene cabida en este arte hierático:
Su
Torá es la tabla de sus piernas en su esplendor,
que yo sigo y estudio como si fuera Moisés.
Ibn al Farid
Tariqa
es el método de vida que, por medio de una plenitud sexual,
conduce a la luz imperecedera. El sexo lleva a cabo esa reconciliación
milagrosa: carne-espíritu, entraña-luz. No sólo
el amor divino y abstracto, también el amor al cuerpo, más
allá de la razón.
No hay bondad en un amor si la razón lo gobierna.
Ibn Arabi
Adoración
del amor, instinto de posesión del cuerpo, anhelo de fusión
del ser en el otro. En la lectura erótica sufí hay
que presuponer y diferenciar tres clases de amor que, como tres
modos de ser, se manifiestan en la criatura:
1.
El amor divino: el amor de la criatura por su Creador (deseo del
Dios revelado).
2. El amor espiritual: en el cual sujeto y objeto son el mismo (el
Amante y el Amado). Teofanía física.
3. El amor natural: que desea poseer y satisfacer sus propios deseos.
El viaje en este amor, como lo afirma Ibn Abbad de Ronda, es de
"descenso y bajada" tras el éxtasis. El deseo desaparece
y con él, el deleite.
La oración, el poema y el corazón son para el sufí
el centro de la conciencia. "Serena tu espíritu y aprende
a nadar", decía Alí al Yamal a propósito
del estado de perplejidad, de quietismo, de alumbramiento que busca
el iniciado. Dicho en otros términos: libera tu mente de
tal modo que tu espíritu (en inspiración), tras dejar
de caminar, pueda experimentar los movimientos espontáneos
de la intuición, de la misma manera que un cuerpo en el agua
se libera a los gestos espontáneos de sus miembros, agitándose,
sin aferrarse a nada: "Aquellos que no son peces pronto se
cansan en el agua" (Rûmi). Este estado privilegiado sólo
logra ser abarcado por el instante poético -intuición
del instante-, momento que se hace físico a través
de la danza en la Orden de los Derviches Giróvagos.
Dejar el corazón vacío, cortar los vínculos
con el mundo, es el método de ascesis de los sufíes,
sean cuales sean sus grados o formas y está resumido en la
palabra árabe fanâ, que traduce "aniquilamiento".
"Si quieres ser sincero, muere", dice Ibn al Farid. Aniquilar
el ego (el ídolo de todo hombre es su ego). "Que tu
aniquilamiento sea tal, que no tengas ya que negar ni afirmar".
La vía mística es el vacío, pero no el vacío
absurdo, sino el vacío pleno. Se vacía de sí
mismo (kenosis) y se deja invadir por la divinidad. Este ir más
allá sobrepasa la razón hasta llegar a la ebriedad.
Es el vino del que hablara Omar Khayyam en sus Robaiyyat.
No
hay lugar digno en el mundo para quien vive sobrio,
pues el saber se le escapa a quien ebrio no muere.
Ibn al Farid
Aquí
pobreza, vacío, nada, locura, ebriedad no son más
que el contenido del éxtasis.
Sadilíes
y alumbrados
Esta
inmersa cantera de la tradición poética sufí
abarca grandes nombres que van desde Rûmi (Afganistán,
1207-Turquía 1273), fundador de la Orden de los Derviches
Giróvagos, hasta Ibn Arabi (Murcia, 1165-Damasco, 1240),
Doctor Máximus del sufismo español, bereber del Al-Andalus.
El
camino sutil del sufismo, su genealogía del saber, sus agentes
morales de la estética, su delicadeza de vida, tocaron toda
la tradición mística de Occidente y en especial la
mística española renacentista. La relación
de San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús -o el mismo
Dios en Italia- con poetas como Al-Hallâ, Ibn al Farid o Mawlana,
fue probada ya desde principios del siglo XX por el sacerdote español
Miguel Asín Palacios -príncipe de los arabistas- en
sus estudios deslumbrantes: El Islam cristianizado. Estudio del
"sufismo" a través de las obras de Abenarabi de
Murcia (Madrid, 1931); La espiritualidad de Algazel y su sentido
cristiano (Madrid-Granada, 1935); Huellas del Islam. Santo Tomás
de Aquino, Turmeda, Pascal, San Juan de la Cruz (Madrid, 1941);
Sadilíes y alumbrados (Madrid, 1944). Ya en 1919 Asín
había publicado su célebre Escatología Musulmana
en la Divina Comedia, en la que propone el influjo de las leyendas
musulmanas sobre la obra del genial florentino.
De
Ibn Allah de Alejandría es el método de oración
mental o de quietud -dexamiento o alumbramiento- que muchos siglos
más tarde, y ya en la España inquisitorial, arrojaría
sobre los reformadores carmelitas la sospecha del iluminismo. Los
emblemas considerados exclusivamente teresianos o sanjuanistas fueron
preludiados por los sufíes hispanoafricanos: los estados
alternos de la anchura y la estrechura del alma, la metáfora
del relámpago súbito para el rapto y el espejo del
alma. El símbolo de los siete castillos con-céntricos
que Santa Teresa haría famoso en el siglo XVI encuentra su
contrapartida en el texto anónimo de los Nawadir. Las fechas
de los textos místicos musulmanes preteresianos y presanjuanistas
se pueden retrotraer al siglo IX.
Miguel
Asín establece un paralelo entre los santones iluministas,
ávidos de ostentar sus revelaciones, y los espiritualistas
austeros que renunciaban incluso a los carismas místicos.
Dibuja tácitamente dos corrientes simultáneas: la
ortodoxa (en especial, la de la escuela carmelita) y la heterodoxa,
en la que sobresalen los alumbrados, aunque no niega una espiritualidad
fluctuante: erasmismo, averroísmo, franciscanismo e iluminismo.
Todas
estas pistas pioneras han hecho que sea obligado tomar en cuenta
a la literatura sufí para quien pretenda hacer un estudio
de exégesis y hermenéutica de los textos de San Juan
y de su compañera de Reforma, Santa Teresa. La génesis
de algunos de los símiles más misteriosos del misticismo
peninsular, "los siete castillos concéntricos"
y "la noche oscura del alma", ahora nos puede parecer
más bien una adaptación genial de unos motivos místicos
clásicos de la literatura espiritual musulmana. La "islamización"
literaria de estos mystici majores españoles no debe sorprendernos
demasiado pues su obra parece injertarse en una tradición
europea en la que descubrimos que la aclimatación de motivos
o símiles de la espiritualidad oriental es consciente y progresiva.
En
el caso de "la noche oscura del alma", Asín descubrió
que los textos visionarios de Ibn Abbad de Ronda ya contenían
el símil. La inmortal figura no la inauguraron los tardíos
sadilíes hispanoafricanos sino que se remonta a la prosa
extática de Rûmi, Lahiyi, Semnani. Niffarí,
por ejemplo, ya nos habla de la morada de su noche oscura personal
como el final del camino místico, el éxtasis último,
nada menos que desde el siglo X, es decir, seis siglos antes del
reformador. "La noche oscura" es un lugar común
en la literatura mística musulmana. Prácticamente
todos los símiles que documenta Asín en el sufismo
magrebí habían sido preludiados por los contemplativos
musulmanes árabes e incluso persas.
La
"Llama de amor viva" ya existía en pleno siglo
IX. Para Nuri de Bagdad son las lámparas de fuego que iluminan
el alma extática. El fuego entra en el alma y su llama se
une a la del corazón incendiado del místico. Asín
observó que tanto los carmelitas como los sadilíes
utilizan "la embriaguez" y "la llama" como figuras
de su pérdida de conciencia y abandono.
El
muestrario de símbolos islámico-cristianos recopilados
por Miguel Asín es enorme: el pozo del alma extática,
cuyas aguas se metamorfosean en fuego encendido; la fuente que refleja
los ojos alegóricos del Amado que matarían al contemplativo
si los mirase directamente, el pájaro solitario que no tiene
determinado color, el alma como jardín místico; incluso
las azucenas del abandono, con las que San Juan cierra admirablemente
su "Noche oscura", no son otra cosa para los sufíes
que la flor del dejamiento.
San
Juan de la Cruz es privilegiado por Asín Palacios como el
principal heredero espiritual de muchas actitudes que ya habían
trabajado los sufíes hispanoafricanos. Rasgos de este quietismo
sadilí son puntualizados por el maestro:
1.
El dejamiento extremo en las manos de Dios.
2. La renuncia a todo apetito.
3. La idea de que todo es Dios y por Dios.
4. La noción de perfectibilidad del dejado.
5. La santa indiferencia del espiritualismo perfecto.
6. El símil del polvo (hombre) en la luz (Dios).
Asín
rechaza de plano la posibilidad de huellas judaicas en la espiritualidad
española renacentista en el prólogo de Sadilíes
y alumbrados. Argumenta que los textos rabínicos medievales
son escasos y, para colmo, a menudo derivativos de los tratados
místicos musulmanes. Cree que en la transmisión de
la cultura mística musulmana a los espirituales de la España
renacentista los judíos y los conversos de judíos
fueron, en alguna medida, los mediadores de una parte significativa
del legado cultural islámico. En efecto, muchos símbolos
y elementos constitutivos del misticismo oriental parecen haber
sido adoptados por la cábala española: el Zohar, atribuido
a Mosé de León, es ejemplo cimero de ello.
Todas
las investigaciones del insigne filólogo y pedagogo Asín
Palacios tendieron hacia esta triple búsqueda: exhumar las
doctrinas filosófico-teológicas y poéticas
de los pensadores hispanomusulmanes; explicar por dichas doctrinas
el primer renacimiento operado en la Escolástica del siglo
XIII; y demostrar, por último, los orígenes cristianos
de la mística musulmana. Estudios y traducciones que develan
la existencia de una espiritualidad islámica con caracteres
estrechamente análogos a los de la cristiana, mística
semita en su doble vertiente musulmana y judía, con elementos
ascéticos y místicos paralelos.
Estos
engarces de la sabiduría que alcanza la poesía sufí
han logrado dejar absortos en la contemplación a los hijos
de Occidente: "Aguzad vuestra conciencia", nos dicen.
"La incapacidad de percibir, es ya percepción".
El
método poético a la manera sufí sería
el planteado por el místico quietista Miguel de Molinos (1628-1696)
en su Guía espiritual (Ed. José Ángel Valente,
Barral, Madrid, 1974): "Lo que tú has de hacer será
no hacer nada, procura en esa nada sumergirte
Lo que importa
es preparar tu corazón a manera de un blanco papel, donde
la divina sabiduría pueda formar los caracteres a su gusto".
Esta particular forma poética llevó al gran maestro
murciano Ibn Arabi a concluir:
No
calla quien calla, solamente calla quien no calla.
Es
la poesía entendida entonces como ese decir sin decir, silencio
elocuente, decir contenido, música callada, logos silenciado.
Jorge
Cadavid (Colombia)
Estudió lingüística en la Universidad de
Pamplona, se especializó en literatura en la Pontificia
Universidad Javeriana y se doctoró en Filosofía
en la Universidad de Sevilla (España). Publicó
Diario del entomólogo, 1998, Ultrantología, 1999,
y La nada, 2000. Es profesor de literatura hispanoamericana
en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá.
|