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Revista No. 261 / Julio - Septiembre de 2000

Un modelo de metamorfosis humana
Gran sertón: veredas de João Guimarães Rosa

El sertón

Juan Carlos Orrego A. (Colombia)

En el comienzo de la novela todo es el sertón, sin forma alguna definida: sólo sertón inmenso, cubierto de llano y donde el espíritu humano se disuelve en su inevitable insignificancia; João Guimarães Rosa dice: «El sitio sertón se extiende: es donde los pastos no tienen puertas, es donde uno puede tragarse diez, quince leguas, sin topar con casa de morador; es donde el criminal vive su cristo jesús, alejado del palo de la autoridad (...) ... el sertón está en todas partes.» Como escenario envolvente, en él todo está presente, a él corresponden todos los atributos: es inseguro, es seguro, es la locura, es la certidumbre, es juguete, es arma, es bendito, es maldito, es caritativo, es maligno, es dominador, es dominado, es umbrío, es desierto... «El sertón es del tamaño del mundo.» Es ésta, pues, una primera definición de sertón, y acaso sea mucho más sugerente que la aportada por un traductor de Guimarães Rosa: «SERTÓN (sertão): Palabra que carece de correspondencia en castellano, como ocurrió con las ya admitidas en nuestra lengua jungla y tundra. Designa los terrenos incultos del interior de un continente, cuando éstos no reciben otros nombres particulares.» También, por supuesto, podría hablarse de zona árida con precipitaciones irregulares y vegetación xerófita en matorrales entremezclados con praderas, entre los 14 y 20° de latitud sur y los 43 y 50° de longitud oeste, en predios de los estados brasileños de Minas Gerais, Goiás y Bahía... Pero, definitivamente, es mucho más convincente la pluma de Guimarães Rosa: «Aquellos campos son sin tamaño. En fin, cada uno lo que quiere aprueba, ya lo sabe usted: pan o torta, según te importa... el sertón está en todas partes.»

También resulta siendo el sertón la antítesis del mundo civilizado: «La ciudad acaba con el sertón»; allí, en las veredas y estepas, el hombre ha perdido ya —o nace sin— el sedentarismo y el apocamiento de quien lo ha confiado todo a la inercia de las organizadas congregaciones humanas (al automatismo de los corrales de hombres, para emplear la expresión feliz de Wenceslao Fernández Flórez); el hombre del sertón no es, pues, nada de eso: más semejanza parece encontrar él con los bichos de los matorrales (irarás, yacarés, surucucús y guarás) o los de labranza (bueyes mansos e inocentes pollinos) que con los de urbana estirpe (generales, diputados y doctores). En el sertón no valen ínfulas ni pergaminos, sino únicamente la voluntad de estar dispuesto a ganar en una contienda amarga con poderes de toda índole (telúricos, ambientales o demoníacos, como ya se verá), cosa que Guimarães Rosa advierte claramente: «...el sertón es donde manda quien es fuerte, con las astucias. ¡Dios mismo cuando venga, que venga armado!».

Y del mismo modo que se extienden matorrales, veredas y estepas tragándose todo tipo de hombres y seres en medio de una masa de agreste complejidad indiscernible (¿qué es sertón y qué no lo es?), João Guimarães Rosa ha escrito una novela sin límites artificiales, sin mojones ni parcelación alguna, donde no hay capítulos ni subtítulos, y donde la narración se extiende, soberana, envolviendo su inmensa confusión hombres, tierras y sucesos en un solo impulso, en una sola sección que se alarga desde la página 13 a la 453;1 de esta suerte, el lector sólo podrá reconocer la división en párrafos de la novela del mismo modo que el visitante del sertón sólo podrá reconocer veredas en él («El sertón no tiene ventanas ni puertas»); ocasionalmente se encontrará una copla intercalada entre la profusa parrafada, pero igualmente se encuentran bellas cascadas en medio del mato austero.

Pero, entonces, ¿quién puede ser héroe en tan ambiguo rincón del universo? Una respuesta, que sólo aparentemente es simple, es ésta: un hombre normal; un hombre normal, como Riobaldo, protagonista, puede ser héroe en el sertón. El quid del asunto está, sin embargo, en que el sertón es escenario sólo de peripecias de hombres desequilibrados, y de tal suerte sólo se puede llegar a ser normal —y vivir para contarlo— después de haber luchado, sin claudicación, contra el propio sertón y contra sí mismo. Trataré de ilustrar esto —lo que Guimarães Rosa hizo en 440 páginas— en unas pocas cuartillas.

Riobaldo

La novela inicia (y continúa y finaliza) con una intervención de Riobaldo, quien se encuentra hablando con algún conspicuo hombre de ciudad (presumiblemente un médico rural con vocación de etnógrafo, lo cual sería una especie de proyección que el propio Guimarães Rosa hace de sí mismo). Para entonces, Riobaldo es un hacendado veterano y acomodado; es decir: un hombre normal, un hombre promedio. Pero lo que cuenta, lo que dice, eso que conforma toda su abrumadora intervención y, a la vez, toda la majestuosa novela, es nada más y nada menos que la génesis de toda esa normalidad; Riobaldo, pues, cuenta lo que fue de él entre el día remoto en que su madre lo llevó a orillas del río de Janeiro y el momento singular en que, décadas después, decide abandonar el yaguncismo. El día en que visita el río, Riobaldo conoce a un ser —Diadorín— que a la manera de un Virgilio lo arrastrará hasta los abismos más insospechados del universo sertanejo; a partir de ahí Riobaldo interesa como hombre de vida novelable. Después, cuando, trajinado y harto de vaivenes y guerras, recibe la recomendación de su ex jefe Zé Bebelo de retirarse a morar en cercanía de su compadre Quelemén (una suerte de gurú espiritual), Riobaldo es, definitivamente, ese hombre normal que a la novela ya le tiene sin cuidado; como si a ésta sólo le interesara la locura, el dolor o la transformación. Lo que se conoce en Gran sertón: veredas es la vida de Riobaldo en medio del desasosiego, a la vera de Diadorín, y no en el momento del remanso, bajo la égida del filosófico Quelemén.

Hay, por supuesto, distancias más o menos insalvables entre Diadorín y Quelemén, siendo ambos, no obstante, criaturas sertanejas. Pero ocurre que en el sertón los hombres son de las condiciones más disímiles: normales, excepcionales, mansos, frenéticos, víctimas, victimarios, beatíficos o poseídos. Esto, por supuesto, puede ser visto como una perogrullada sin igual; que, donde quiera que esté afincada la estirpe humana, sus conglomerados alimentarán en su seno diversidades ídem. ¿Qué es, pues, lo singular de Gran sertón: veredas? Que hay justamente un hombre que es a su vez todos; dicho de otra manera: hay un hombre que vive todas las posibilidades del ser humano sertanejo como fases sucesivas de una transformación prodigiosa; y ese hombre es, justamente, Riobaldo. Acabamos de decir que la novela se preocupa por el tránsito que este personaje vive entre dos momentos de “normalidad” (inocencia y jubilación); pues bien, ese tránsito no tiene nada de homogéneo, porque justo en él ocurren las transformaciones de Riobaldo hacia, primero, el ser novelesco por excelencia, y posteriormente, hacia el ser común con que muere la novela (como si se tratara de la prolija evolución de una mariposa en su capullo, inigualable cuando apenas sale del capullo, aunque, después, corriente y ajada al momento de morir). Pero tratemos de ver, afinando la lupa de la descripción, esos diversos Riobaldos creados por Guimarães Rosa.

El inocente

Del primer Riobaldo que se tiene noticia (asumiendo la cronología del personaje, no la evolución del relato) es ese niño primordial que aún camina de la mano de mamá: «Fue un hecho que se dio un día, se abrió. El primero (...). Habíamos venido para aquí —circunstancia de cinco leguas— mi madre y yo.» No conoce aún el mundo (es decir, el sertón) ni conoce gente (otra forma de ser del sertón). Su madre, como siguiendo a pie juntillas un libreto teatral, desaparece de la escena y deja a Riobaldo solo, en un barranco del río de Janeiro; entonces, aparece un niño de singular hermosura, Diadorín, quien convidará a Riobaldo al otro lado del río, en un paseo —por lo demás bastante simbólico— al cabo del cual éste volverá siendo otro; habrá librado su primera batalla contra la naturaleza, cruzando en una canoa frágil las bravas aguas de los ríos Janeiro y San Francisco; habrá conocido las mezquindades humanas en la impudicia de un mulato que propone obscenas cosas a su guía; y, sobre todo, habrá aprendido una primera lección viendo la actitud arrojada de Diadorín, quien se defiende de aguas u hombres con la misma entereza; Riobaldo, una y otra vez, escucha esto de boca del otro: «Hay que tener valor...» Así que de los niños que retornan al barranco inicial, sólo uno es igual, Diadorín, porque el Riobaldo ingenuo se ha quedado al otro lado. Ha ocurrido, pues, el primer aprendizaje. Consumado esto, y obedeciendo de nuevo a sincrónicos e intencionados movimientos escénicos, el Diadorín Virgilio desaparece y se deja ver de nuevo la Bigrí, madre de Riobaldo.

El solitario

Para nadie es un secreto que el conocimiento hace amargos a los hombres y los aleja hacia la misantropía. Y en Gran sertón: veredas esto, más que Riobaldo, lo sabe Guimarães Rosa. Como el protagonista ahora es depositario de un saber fundamental (que para vivir hay que saber tener valor), el autor busca cerciorarse de que el aprendizaje haya sido, realmente, efectivo, y de tal forma lo somete a una dura prueba: la soledad; Guimarães Rosa quiere a un Riobaldo amasando su primera sabiduría en medio del desamparo; entonces muere la Bigrí, de tal forma que el hijo debe irse a vivir con el padrino —Selorico Mendes—, un hombre que, enfrascado en sus asuntos de hacendado, pocas efervescencias de afecto gasta con Riobaldo. Sin embargo, es Selorico quien dispone que Riobaldo asista a la escuela (pensará él que allí el ahijado empezará su aprendizaje; nosotros sabremos que simplemente va a continuarlo). Habrá entonces un nuevo viaje —la obra de Guimarães Rosa es una obra de periplos—, porque la escuela queda en una vereda lejana. A más del estudio, Riobaldo ensaya algunos devaneos amorosos, pero, ya que su creador ha dispuesto la soledad para él en este período, el muchacho vivirá en sus incipientes pasiones desconcertantes ambigüedades. Algún día retorna a la hacienda de Selorico con la intención de quedarse definitivamente allí, pero su sino es invencible: algo ocurre, grave, que no lo deja vivir con el padrino, y es la revelación de un entre secreto y rumor extravagante: que Selorico es su padre, que la Bigrí ha sido adúltera... «¡Que él había sido mi padre! Afianzo que, al escuchar, alrededor de mí lo tonto tuve: todo el mundo me desproducía, en una gran deshonra.» Si fuera este relato un mito —tranquilamente puede serlo— diríamos que ha ocurrido la transgresión y que empieza entonces la expiación del héroe (suponiendo, claro está, que aún no hubiese comenzado la de Riobaldo). Nuevo viaje, y esta vez sin su respectivo contraperiplo.2

El instrumento

Huyendo de su propio destino (o, más bien, creyendo huir de él), Riobaldo se reen-cuentra con su profesor de escuela, el Maestro Lucas, en medio de una circunstancia inaudita: el viejo necesita quien lo reemplace en la tarea de ir a enseñar a un hombre misterioso radicado en la lejanía, cuyo emisario llega a la escuela al mismo tiempo que el desengañado Riobaldo. No puede pensarse una intromisión más rotunda del azar. Reemplazar al maestro —cosa que no le hubiese ocurrido de haber llegado un día más tarde o de no haber sucumbido en susceptibilidades ante la revelación del desliz materno— significa para Riobaldo un cambio radical de posición: ahora no será sólo el hombre que sabe, sino el hombre que enseña; y paralelamente a eso se dará un cambio de nombre: ahora se le llamará Señor Baldo (¡Señor!: El pellejo de la infancia ha quedado, definitivamente, atrás). Sin embargo, por más sabio que pueda parecernos ahora nuestro personaje, hay algo en su nuevo estado que no deja de ser dolorosa-mente imputable: es la falta de autonomía; él es ahora maestro, sí, pero un maestro que se doblega ante la imponencia del alumno («Ah, Zé Bebelo era el de lo duro; ¡siete puñales de siete aceros metidos en una sola vaina!»), quien no resulta ser otro que José Rebelo Adro Antunes, Zé Bebelo, jefe de ejércitos y conductor de voluntades. La historia del Señor Baldo con Zé Bebelo será larga, intensa y complicada, y en su primera fase representará la sumisión del joven frente al hombre; así, el Señor Baldo servirá a su patrón —sólo ilusoriamente su alumno— ciegamente, ahogando su voluntad, anulando su autonomía, como sólo puede hacerlo un instrumento inanimado. Es tan claro esto que Baldo sirve a Zé Bebelo aun cuando la causa del jefe es la gobiernista, la que justamente ve como enemigos a los verdaderos sertanejos, a los esforzados yagunzos de los campos gerais (Zé Bebelo es bahiano).

El inconforme

En algún momento, más intuyendo una ambigua rasquiña moral que visualizando verdaderas razones, Baldo abandona a Zé Bebelo. Si antes el azar lo arrastró hacia él, ahora el mismo azar lo despega, porque Baldo, hasta donde puede verse, obra en su nueva fuga impulsado por un compulsivo pero impreciso instinto que lo lleva a vagar por los campos, inconforme con su condición y con cualquier clase de aspecto que puedan asumir las causas ajenas. Bajo la forma de una rebeldía amarga, busca aquí y allá algún mojón para definir su existencia; así, cree que ese mojón es el amor y, como ha conocido una moza complaciente —aunque casada— en alguna parte del sertón, acuerda con ella una fuga conjunta; sólo que la moza deberá avisarle, con una fogata, el día preciso para eso, y él estará esperando la señal en la casa de Malinacio, padre —inocente— de la arriscada dama. Pero el destino juega de nuevo su ajedrez, y mueve tres piezas —acaso dos peones y una dama— hacia la casa de Malinacio: se trata de tres yagunzos, uno de ellos el remoto niño del barranco del río San Francisco, ahora hecho un mozo imponente y hermoso. Baldo, conocedor de su destino, olvidará la fogata y se unirá a la banda. Pero rechazar la fogata no significa alejarse del infierno: Baldo se comporta como el Dante que no rechaza a su Virgilio en el viaje hacia los círculos plutónicos —la guerra sertaneja—: «yo no podía más, por mi propio querer, ir a separarme de su compañía, por ley ninguna; ¿podía?».

El guerrero

En medio de los yagunzos, entre la reverberación de los combates, el pellejo de Baldo queda enredado en uno de los mustios espinos de la caatinga y aparece una nueva piel, la de Riobaldo Tatarana, fusilero de puntería certera, con su ta-ta-ta infalible. Pero decir guerrero no es decir soldado: el guerrero es lógico, sólo puede existir basado en la convicción de sus ideas, mientras que el soldado apenas sirve; así que Tatarana ya sentirá, por primera vez, que está siguiendo la causa justa, aquella a la que en principios se oponía cuando seguía a Zé Bebelo. Pero ahora sigue a Joca Ramiro, yagunzo capitán, ilustre, guapo y, justamente, el padre de Diadorín (dedúzcase su bizarría: sería él quien enseñó al niño que siempre hay que tener valor; «Mi padre dijo que necesito ser diferente, ser diferente...», habrá dicho Diadorín al niño Riobaldo en el lejano río de Janeiro). Ahora, entonces, Tatarana será un guerrero de Joca Ramiro en contra de Zé Bebelo; pero ahora, como ya dijimos, tiene lo que no tenía antes: la convicción. Sólo que no es ese su único bagaje: también tiene la angustia. Pero claro: el guerrero auténtico —o, al menos, el más sugestivo— también vive una guerra interior; y si en el afuera Tatarana lucha contra las bandas oficialistas, en la intimidad de su ser lucha contra una idea que cada vez le plantea un jaque más ineludible: el amor, y el amor prohibido, porque Tatarana se ha enamorado de Diadorín, su compañero en armas y alma. Desesperado, Tatarana buscará enamorarse de otras mozas —vendrán Ñoriñá y Otacilia, mujeres de ese sertón inacabable— y, aunque llega a conseguirlo, descubre colateralmente una verdad agridulce: que el amor no anula al amor; que, en este caso, un clavo no saca a otro.

El caviloso

Tatarana vive, pues, la angustia —aquella angustia pringosa y mordedora de ese amor que ni uno mismo puede aceptar—, aunque en principios ella no lo inutiliza para la guerra; por el contrario, en la contienda se hace un elemento importante dentro de la yagunzada, influyendo decididamente en ella —antes que viceversa—, y es así como, indirectamente, logra que Joca Ramiro perdone la vida de Zé Bebelo, capturado en la refriega. Incluso después, cuando Joca Ramiro muere por mano traidora y es sucedido en el tiempo por el mismo —pero ahora rehecho y enmendado— Zé Bebelo, Tatarana abrazará jubiloso el reinado de su ex alumno, ahora yagunzo: «De aquel hecho en adelante, era capaz de morir por Zé Bebelo.» Sin embargo, ya que los hombres viven en medio de vaivenes de toda índole —mucho más recrudecidos en la tierra bruja del sertón—, pronto Tatarana comienza a dudar de los procederes del nuevo jefe, yagunzo improvisado, y así se sume en una doble incertidumbre, la ambigüedad del afuera y del adentro, donde se tambalean tanto la fidelidad del soldado como la rectitud de la pasión. Tatarana, es pues, una constante cavilación, la cual, como bola de nieve —en este caso nube de polvo—, al acumularse, terminará por arrastrar al personaje hasta el clímax de su personalidad.

El poseído

Urgido por el desespero, Tatarana celebra un pacto con el diablo en un lugar llamado Veredas Muertas. Como por ensalmo, desaparece Zé Bebelo y Tatarana asume el comando de la banda, evolucionando hacia un nuevo nombre: ahora, capitán, se llamará el Víbora Blanca. Y entonces es cuando, ascendido a la locura del poder, el personaje será, verdaderamente, un hombre de novela. Yendo en busca del asesino de Joca Ramiro, el Víbora Blanca, acompañado, a más de su banda, de dos simpáticos escuderos —el ciego Borromeo y el negrito Guirigó—, caballero en bestia fiel, adorador a la distancia de una novia oficial —Otacilia— a quien envía epístolas y recados, enloquecido, arbitrario y obedecido, es la figura más sublime de la novela; lo es, porque, compartiendo los atributos del legendario Alonso Quijano, el Víbora Blanca es la locura cabalgando el sertón (así como el otro, también desquiciado, cabalgó la península).3 Pero en esto el mérito único lo tiene el demonio, quien acogió el pacto que se le proponía y eliminó por completo el capullo para que apareciera la mariposa más bella: el héroe novelesco en el más exacto sentido del término (Guimarães Rosa, para esto, ha tenido que echar a rodar más de 350 páginas, para que sean sólo las 100 últimas aquellas donde, por contar ya con un héroe prototípico, la novela alcance su mayoría de edad). Pero tan importante como que el Víbora Blanca se haga héroe es el hecho de que, asimismo, se convierta en narrador: hasta entonces, por lo que se ha informado en la novela, Riobaldo Baldo Tatarana es un hombre mustio y pensativo, de tal forma que el lector, comprensiblemente, se pregunta una y otra vez: ¿Dónde está el hombre que narra la historia? ¿Dónde está el hombre que derrama su monólogo interminable sobre aquel médico rural? Ese hombre, pues, sólo empieza a vivir a partir del surgimiento del Víbora Blanca; apenas se reintegra a la banda luego de haber celebrado el pacto, ya es él un hombre distinto, locuaz y expresivo... «—¿Ueh, tan hablador, Tatarana? Quien te ha visto... (...) Yo estaba, en efecto, relatando mediante ciertos floreados unos pasajes de mis tiempos, y después describiendo, por diversión...» Así que es sólo por obra del diablo que podemos leer Gran sertón: veredas. Pero, ¡ah! ¡Todo favor del Averno tiene su precio! El Víbora Blanca tendrá que pagar por el favor recibido; y el precio, el importe, será el más irónico que pueda pensarse: pagará con la eliminación de su angustia interna; pero expliquemos mejor tal paradoja: ¿Qué mortifica la conciencia del Víbora Blanca? La existencia de Diadorín; pues bien, el diablo hace que perezca en batalla, y justo dando muerte al asesino de Joca Ramiro; y, acto seguido, el Víbora Blanca descubre la verdad más desgarradora —descubrimiento en que estriba todo el cobro demoníaco—: encontrar que su amor prohibido no era tal; que en su pasión sólo había corrección y derechura, porque nunca hubo un Diadorín sino una hermosa y oculta María Deodorina de la Fé Bettancourt Marins, «que nació para el deber de guerrear y nunca tener miedo, y más para mucho amar, sin gozo de amor...».

El hombre común

Cerrado el pacto, aparecido el dolor más aniquilador, el Víbora Blanca desaparece y da paso al Riobaldo elemental, vuelto de su trascendental metamorfosis, resuelto a abandonar el yaguncismo y listo para retirarse a una vida tranquila de hacendado, donde esperará, paciente, la cerrazón de todas las heridas (como en el caso de Don Alonso Quijano, la locura ha sido llevada a la perfección como único medio para deshacerse de ella). Así las cosas es que podrá, muchos años después, aparecerse en su casa el médico etnógrafo y azuzarlo para que cuente Gran sertón: veredas. ¿Se dijo antes que era éste un mito cuya transgresión inicial sería el sentimiento de la indignidad del nacimiento? Pues bien, en un perfecto cierre de unidad, la novela repara la brecha: Riobaldo asume, corajudo y orgulloso, la paternidad de Selorico Mendes, ya difunto, y acepta en herencia todas las haciendas del viejo. De no haber sido así —imaginé-moslo, hacendado jubilado repantigado en una silla—, tampoco hubiese podido contar esta historia.

Es tan claro que este Riobaldo —pulido y burilado como el que más en su ser de hombre corriente— reconoce haber cruzado ya los umbrales de las otras fases, que éstas sólo le merecen apreciaciones abrumadoramente distantes: «¿Y el Víbora Blanca? ¡Ah, no me hable! Ah, aquel... desgraciado indócil, que lo fue; que era una pobre criatura del destino...» Como si en esa fase culminante de su hechura de héroe hubiese tenido que entregar a cambio la consciencia; como si el único medio para llegar a merecer la vida novelesca hubiese sido jugar a ser un diablo hombre —ajeno, como todo poseído, del propio ser— entre los hombres. Lo cual no debe sorprender, porque ya lo ha dicho el propio Riobaldo: «Me explicaré: el diablo campea dentro del hombre, en los repliegues del hombre; o es el hombre arruinado o el hombre hecho al revés.»

Inocencia, aprendizaje, soledad, sometimiento, rebeldía, batalla y locura. Bien dice João Guimarães Rosa que el ser humano es Travesía.


Notas

1. Se trata de la edición de Gran sertón: veredas de Oveja Negra (Bogotá, 1985).
2. Es decir, sin regreso. Aquí jugamos con el título de un cuento del mismo João Guimarães Rosa.
3. Más allá de Gran sertón: veredas, la efigie del caballero loco —y, esta vez, senil y de escuálida figura, vinculado evidentemente a Don Alonso Quijano— se deja ver en el relato «Tarantón, mi patrón», contenido en el volumen Primeras historias. Además, otros motivos de la prosa hispánica clásica aparecen en la obra de Guimarães Rosa; uno de ellos es justamente el motivo del lazarillo y el ciego, materializado en Gran sertón: veredas en los personajes Borromeo y Guirigó, y en el relato «Contra-periplo» en Tomé y Prudenciano.


20.5 x 27 cm. 128 pp. / ISSN: 0120-2367
$6.900 - US$20


 

 
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