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Revista Universidad de Antioquia

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Revista No. 260 / Abril - Junio de 2000

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Los nombres del Diablo

João Guimarães Rosa (Cordisburgo, Minas Gerais, 1908-Rio de Janeiro, 1967) publicó en 1956 Gran sertón: veredas, acaso la más anónima de las novelas magistrales que ha conocido la humanidad. En tal desconsideración de la fama lo que resulta más paradójico es que justo el tema de la obra pueda contarse entre los que, prácticamente en todo tiempo y lugar, han fascinado la curiosidad de los hombres: la celebración de un pacto con el Diablo. En efecto: Riobaldo, el protagonista, compromete su alma cierta medianoche lóbrega, en un cruce de caminos perdido entre la floresta del más inhóspito de los rincones del sertón, el arroyo de las Veredas-Muertas. Sin embargo —y acaso por aquello de las siempre presentes veleidades humanas— Riobaldo, comandante en jefe de una banda de rudos yagunzos, pronto llega a arrepentirse de tan azufrado negocio, y es así como, a la hora de contar su historia, de tan interesado que está por encubrir el siniestro episodio, cada vez que debe referirse a su «acreedor» prefiere hacer uso de algún apodo que, en lo posible, resulte más discreto que el consabido y maldito nombre. Habrá de decirse, entonces, que nunca inventiva alguna se vio tan azuzada. Sin más preámbulos, he aquí —y que Riobaldo excuse nuestros sarcásticos intentos de clasificación— el más inaudito y riguroso de los inventarios que se haya podido registrar en toda la historia de la onomástica infernal: Nombres clásicos: Demonio (ocasionalmente transformado en el Dé, el Demó y el Demoniodé), Lucifer, Satanás (también Satanón y Satanasín), Belcebú, el Demontre; aciagos: el Austero, el Severo-mayor, el Tristón, el Que-nunca-se-ríe (también el Que-no-ríe), el Muy-serio, el Siempre-serio, el Sin-gracejos; maquiavélicos: el Cosa-ruin, el Cosa-mala, el Maligno, el Condenado, el Malencarado, el Rapaz, el Tentador; zoológicos: el Can, el Can-menudo, el Can-sin-bozal, el Can-extremo, el Murcielagón, el Cabrón-negro; pronominales: el Tal, el Él, el Aquél, el Cuyo; antropológicos: el Otro, el Hombre; psicológicos: el Individuo, el Suelto-yo; neuropsicológicos: el Zurdo; metafísicos: el Que-no-hay, el Que-no-existe, el Dado, el De-los-fines; lingüísticos: el Que-diga, el No-sé-qué-diga, el Que-no-habla; patológicos: el Gran-tiñoso, el Cojo, el Sin-ojo; capilares: el Crespo, el Calvo; podológicos: el Pie-de-pato, el Pie-negro; escatológicos: el Sucio, el Tiznado; paternales: el Padre-de-la-mentira, el Padre-del-mal; taumatúrgicos: el Brujo, el Ocultador, el Oculto; estéticos: el Gallardo, el Figura; geográficos: el Túnez; comerciales: el Tendero; morales: el Debo; idiosincráticos: el Renegado (también el Arrenegado); inclasificables: el Cramullón, el Temba, el Capirote, el Azarape, el Mafarro, el Dubá-Dubá, el Zarrambombón, el Xú, el Manifacero y el Añangón. Es todo, con balance de 78 nombres. Pero cabe preguntarse: ¿es eficaz, en últimas, este atiborrado baúl de disfraces? ¿Realmente se verifica el exorcismo? El mismo Riobaldo, resignado, confiesa: «...darle, así, esos nombres de disfraz, ¡eso sí que es un querer invocarle para que forme forma, con sus presencias!».

Juan Carlos Orrego Arismendi


 

Montaigne, el viaje y un golpe de Estado

Por eso el trato humano es muy conveniente, y el visitar países extranjeros, pero no para volver sabiendo únicamente cuántos pasos tiene la Santa Rotonda (...); sino para volver sabiendo principalmente los caracteres de aquellas naciones y sus maneras, y para frotar y limar las seseras [el juicio, la inteligencia] con las de los otros». Así dice Montaigne. Sobre pensamientos como éste es que diferentes situaciones calan en el ánimo de algunos y los incitan al viaje. En nuestros días, cuando en términos de información el mundo entero está al alcance de muchos, ya sea en la televisión, la fotografía o la internet, es cuando más difuso parece el concepto clásico del viaje. Viajar es un ejercicio que las empresas de turismo han llevado a un extremo bastante triste, en el que se garantiza el confort por encima de todo y se promete como objetivo final la carencia de las preocupaciones diferentes de elegir dónde comer o en que lugar sentarse a recibir el sol.

El mercado ha ido reduciendo el significado del viaje a una especie de torpe paréntesis en la vida de las personas, con la funesta consecuencia de estigmatizarlo como una actividad para ricos. Por supuesto que la inopia no es precisamente el mejor terreno para emprender un recorrido por otras tierras, pero tampoco es cierto que sea necesario ganar la lotería para viajar, es más bien una cuestión de espíritu y de prioridades.

Un montón de europeos trashumantes recorre el mundo con una mochila a cuestas y basta observar sus maneras para ver que en algún lado están las palabras de Montaigne: «Tantos caracteres, sectas, juicios, opiniones, leyes y costumbres, nos enseñan a juzgar sanamente las nuestras y enseñan a nuestro juicio a reconocer su imperfección y su natural debilidad: lo cual no es liviano aprendizaje». Y todavía hay quien cree que viajar es un lujo para un individuo, a la manera de un adorno para un espacio.

Con lo que se paga una de estas semanas de coctel en la playa, se viajan dos meses en el Ecuador, y con suerte, se podría presenciar un golpe de Estado. Es decir, mientras tal situación significaría una razón de peso para cancelar uno de estos paseos prepagados, en el caso del verdadero viaje se convierte en una coincidencia única para vivir de cerca.

Las vías están bloqueadas, cincuenta mil indígenas se dirigen a Quito con intenciones de tomarse el poder (el más generoso los trata de ingenuos), hay manifestaciones en las ciudades principales. Los indígenas llegan al centro de la capital y el cordón de militares se abre como tal vez ocurrió con el Mar Rojo ante la plegaria de Moisés, con la salvedad de que no sé si esto último estuvo planeado, como sí ocurrió con lo primero.

El movimiento da oficialmente el golpe de Estado el viernes 21 de enero del 2000. Una ilusión fugaz. Una cosa es tomarse el poder por la fuerza y la otra asumir las riendas del Gobierno. Sale el presidente Mahuad y se posesiona el vicepresidente Noboa, y las cosas retornan a un clima de aparente estabilidad, previniendo un verdadero colapso para el país vecino; aunque perpetuando los problemas que lo acosan.

Y junto a la prensa del día que se agota en las esquinas, entre las cosas de una pieza de hotel barato con estadía indefinida, están de nuevo sus palabras: «Tantas agitaciones de estado y cambios de destino público, instrúyennos para que no confiemos demasiado en el nuestro». ¡Qué fantástico es viajar en su compañía! Y de su mano, un golpe para el inoportuno turismo del confort.

Ignacio Piedrahíta


20.5 x 27 cm. 140 pp. / ISSN: 0120-2367
$6.900 - US$20


 

 
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