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Revista Universidad de Antioquia

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Revista No. 259 / Enero - Marzo de 2000

El color de las cosas
Un ocaso cuyo rojo perdura en un vaso de Creta.

Borges

Alonso Sepúlveda (Colombia)

I

Claude Monet es el nuevo maestro de una antigua experiencia, aquella que nos enseña que no hay algo que pueda llamarse el verdadero color de las cosas. La apariencia cromática del mundo es apenas eso: una apariencia. ¿No lo hemos soslayado —comprobado acaso— en su serie sobre las catedrales de Rouen? Cualquier espíritu curioso que con mínima insistencia se dedicase a mirar las facetas del mundo vería sin sorpresa que el continuo —aunque casi invisible— cambio de colores de las mismas cosas es un hecho cotidiano.

¿No hemos acaso asistido al incesante y casi nunca sentido espectáculo de los cambiantes colores del mar? ¿Y no es obvio por qué, ante la misma pregunta, cada vez recibimos diferentes respuestas sobre su color? ¿azul, verde, verdeazul, gris o plata? ¿O es que no se trata siempre del mismo mar?

Si en días sucesivos de una vida, o en momentos diversos de un mismo día, frente al mar —al supuesto, al inmemorial y reconocido mar, a ese tan familiar elemento de nuestra vida— tomásemos conciencia de su color, deberíamos reconocer que depende ante todo de la "atmósfera"; de ese especial tono que al mundo le confiere la presencia o ausencia de las nubes, la cercanía o el final de la tormenta, o del amanecer o de la noche. No hay un mismo mar, hay mares de cada hora del día; hay un azul de mar cercano que en lejanía es verde mar. Todo ello es claro en el alma del poeta, aquel testigo que frente a las diversas luces del mundo tiene ojos atentos para ver desde su espíritu, y como entonación de sus emociones, a ese ser aparentemente único que cambia con la reverberación de una emoción, o con el cambio del "aire".

¿Es en verdad posible ver el mar —único y objetivo mar—, atestiguar su verdadero color, su tonalidad inmanente; o más bien, puesto que su color depende también de los más imprevisibles accidentes meteorológicos, habremos de convivir con la consoladora aunque clara conclusión de que cada cosa está siempre coloreada en consonancia con el cielo bajo el cual miramos? Hasta podríamos suponer que el color del mundo tiene un acuerdo con el cielo bajo el cual se le mira; lo que nos llevaría a ascender desde la poética imagen del cristal con que miramos el color de las cosas, hacia la alta idea de que el firmamento de cada día, con sus altas nubes, sus cúmulos, sus cirros o sus nubes de tormenta, o su limpidez azul de aparente inocencia, es el que decide el color del mundo en que nos inventamos; color que tantas veces es la esencia de nuestra ánima, de nuestra elemental tristeza y de muchas de nuestras dichas. El color de nuestro ánimo matutino se pinta de cielo. ¡Cuántas veces en el color de un cielo de amanecer adivinamos el futuro de nuestro día incipiente!

II

Cada vez que asistimos al espectáculo del mundo adivinamos que algo en él nos representa, pues él es nuestro espejo. Navegamos los días de nuestra vida, cada uno cargado de los ocultos presagios de un cielo que sólo nos anuncia a nosotros mismos; cada nube oscura es sólo nosotros, también cada claridad. Muy dentro seguimos siendo, más allá de la simple voluntad, fieles a la alianza que hace de nosotros una parte no trivial del mundo, alianza que asegura que todo en él nos adivina; la que ratifica que somos aquella parte de las cosas que se resiste sin duda a la inercia. Pues no somos sólo parte del mundo: somos su espíritu.

El color de las cosas invade nuestra íntima esencia. Todo nos dice que desde nuestra carne hasta nuestro espíritu somos unidad irrevocable con lo que vemos: somos sin remedio parte de la luz y de cada cosa del Universo.

III

Así como hay en la música acordes que nos conmueven, hay también acordes de color que revelan cómo nuestro espíritu convive y resuena con las cosas, con su textura, con su inmediata apariencia visual.

Nuestro más íntimo texto sensorial es visual: somos capaces de tocar con la vista, siempre supimos palpar con la mirada, y hasta sabemos establecer nexos auditivos con lo que vemos. Estamos convencidos de que hay delicadas, suaves, peligrosas e irrepetibles formas del mundo que nuestros ojos anuncian, pero que sólo las manos podrán concretar. Ante ellas surge la antigua prohibición: ver y no tocar. He ahí el inicio de las más deliciosas tentaciones que el ojo inaugura; el ojo, el que abre mundos, el que nos insinúa sus más deliciosos secretos. Y uno de ellos, tal vez el más antiguo, el más hermoso, el color.

"Nada hay más triste que ser ciego en Granada". Esta frase, que en aquella ciudad insinúa dar limosna a un ciego como compensación a su condición, nos confirma las glorias de la vista; sugiere que ver es un especial privilegio, pues nos sitúa frente al mundo concebido como una ciega voluntad estética.

Cierto es que nada hay más triste que un ciego en La Alhambra.

IV

Una y otra vez —para nuestros ojos— el mundo es una invasión.

Y no siempre sabemos si cada color que vemos nos viene de afuera. Basta una mirada más cercana para darnos cuenta de que aquel azul era más bien un tono del violeta. ¿Cuántas veces vimos lo que no vimos? Hubo a veces colores que sólo imaginamos, que luego reinventamos, o que sólo existieron como un deseo. Bastaría consultar el recuerdo.

¿Es posible entonces que exista una ciencia del color, cuando todo el vasto e irisado mundo nos asiste para convencernos de la improbable permanencia del color de las cosas, de la inesperada presencia de la ilusión, de la evanescencia del recuerdo?

Una inveterada costumbre nos asiste sin duda cuando aspiramos a hacer una ciencia del color: el verde de la hoja de esta planta parece ser el mismo verde de la misma hoja que en el mismo sitio veo cada día, sin verlo. Hay una ilusión de permanencia que padecemos ante lo que vemos cambiar lentamente o que sencillamente no vemos cambiar.

Pero el color se resiste a ser sólo un espectáculo.

Es también esencia de la memoria:

V

Leve catálogo del color

Una improbable iridiscencia
surreal y metálica
en las alas de una mariposa;

el arco iris

—siempre embrujo en el ojo—
que alguna tarde
enmarcó una fuente en mi Universidad.

El dichoso encuentro de la geoda y la
amatista
en un recodo de la vieja Jerusalem;

la súbita emoción ante el verde y el amarillo
del Patio de los Naranjos,
en la antigua Mezquita,
o el brillo de tus ojos.

Lo indecible
desde el simétrico azulejo
en un patio de La Alhambra
donde invoco la eternidad;
el rayo de cálida luz en el Mexuar,
o el aura del color en el Concierto de
Aranjuez.

El ángulo exacto de la tarde entre el sol
y el oro de San Marcos
y el reflejo abisal de sus palomas.

Lo irrepetible frente al pórfido
de brillo persistente
en aquella basílica en penumbra,
donde esperé al Alquimista que no soy,
y que no seré.

Tonos de luz de luna
que ya no espero encontrar
en Ponte Vecchio.

Y los lentos,
y siempre irreales arreboles
—oro traslúcido del chablis—
en los amados inviernos de Anzio.

Lotos sobre las aguas profundas,
nenúfares en la piel de la vida,
y los guayacanes amarillos
prestos ante la invocación.

El color que ya no existe
en la débil memoria.
El que nunca veré.
¡Y tanto Universo
al que siempre seré ciego!

Franjas de colores en las manchas de aceite
en una calle olvidada después de la lluvia;

¡y el azul profundo, único, desde
lo alto del Peñón de Guatapé!

Difracciones de la luz de un farol
a través de mis lentes salpicadas
de llovizna en las noches interminables;

las ilusiones calidoscópicas
—fiestas del ojo—
ante los vidrios de colores descubiertos
hace tanto
en una tarde de feria…

Y lo no enunciable:
el vértigo inagotable ante los colores del
mundo,
la íntima luz irrepetible
en la vida
transitoria y fugaz,
irreverente.
Y lo negro jugando con la muerte.

Y el recuerdo,
inerme,
incapaz de preservar
en la frágil memoria
la especial consistencia
de los colores de una tarde.

VI

¿Qué es un color? ¿Independiente de nuestra experiencia sensorial, la que sólo nos muestra lo que podríamos llamar el color diario de las cosas —aquel que, con Proust, es apenas el de la costumbre— es posible definir el verdadero color de las cosas? ¿Podría incluso alguna ciencia, algún pensamiento preciso, describir sus cambios impredecibles, su aparente permanencia, su cotidiana e irreductible constancia? ¿Es acaso posible fabricar una imagen precisa, una teoría, alguna forma de ensayo, que asegure que más allá de los cambios aparentes, variables con el día impreciso y novedoso —o con mi ánimo voluble— hay un auténtico color de las cosas del mundo?

Hemos inventado una teoría que nos asegura que por encima de toda apariencia, es decir, de toda provisionalidad sensorial, hay una forma de describir con precisión aquello que objetivamente es el fundamento de nuestras sensaciones de luz y de color. Una disciplina nacida en Grecia e inspirada en la graciosa belleza de su geometría y cuyos logros descriptivos antecedieron incluso a la física galileana, pero que sólo hizo parte de una imagen física del mundo a mediados del siglo XIX. En ese momento la teoría de Maxwell hizo de la óptica una ciencia natural, al unificar sus aspectos geométricos con la ciencia del electromagnetismo. Desde ahí la óptica física ha sido un pensamiento rico y en evolución que no ha cesado de iluminarse con cada nueva intuición de la física de nuestro siglo.

No es la óptica, tal vez no lo será, una ciencia tan rica, tan total, que pueda describir mi sensación de azul, mi emoción ante el violeta, o lo irrepetible y único del tono de este atardecer de primavera; pero sabe ella describir con precisión instrumental el mundo cromático y es el fundamento de técnicas novedosas que nos hacen creer que somos dueños de algunos secretos de la luz.

Ella fue, en su momento, el encanto de los impresionistas.

VII

Esta ciencia de la luz comenzó, con su rigor, por ser una disciplina de la medida. Intentando cuantificar el color logró descubrir que en él, en cada uno de sus matices y en sus innumerables variantes, hay algo que ondula: la luz ha resultado ser la prueba de que el mundo visual hace parte de una vibración incesante, en tanto que lo que en ella es esencial es el movimiento. La aparente quietud de los colores es apenas la ilusión ante las rápidas vibraciones que nuestros sentidos nunca detectan en su instantaneidad. Percibir un mundo con colores constantes es la revelación de nuestra incapacidad para sentir una a una las más íntimas vibraciones de la materia. Cada vez que el diamante vibra ante la luz, cada vez que en el interior de la amatista se manifiestan los más profundos e invisibles estremecimientos, nuestros sentidos sólo confirman que ante su interna e inquieta estructura asistimos apenas al brillo inesperado que encanta a nuestros ojos.

Cada vez que un átomo vibra, cada vez que un rayo de luz incita a la piedra preciosa, de ella recibimos lo que de esa materia surge como respuesta: la luz que devolvió transformada, la que nos regaló después de las múltiples reflexiones convocadas desde las simétricas facetas de su interior. Cada piedra traslúcida recrea la luz del mundo, sugiere con su brillo una íntima fiesta de la materia ante la luz.

Y saben los cristales cómo responder ante la luz en que se los mira: como camaleón, la alejandrita revela su más inesperado secreto ante la insinuación de la luz: sabe ser roja ante la llama de una vela o de una lámpara incandescente; pero se torna azul verdosa bajo la luz del Sol o de una lámpara fluorescente.

VIII

Si dijéramos que las traslúcidas piedras están hechas de átomos casi nada añadiríamos al encanto que causa su presencia en nuestra mano curiosa, pues la luz que ellas nos devuelven jamás se parece al conocimiento que de la luz en ellas hemos puesto: la irisación que encanta a nuestros ojos no llega a fundirse con esa otra emoción que nos regala el conocimiento; como si nunca fuera suficiente para el espíritu describirlas, como si reconociéramos que ninguna explicación es equiparable a la emoción, o a la simple magia de su presencia.

IX

Los colores del mundo, cuando se los aprecia desde la acción rigurosa y precisa de una ciencia natural, pueden ser pensados como la rápida vibración de una onda de cuya esencia participan fenómenos tan disímiles como la estructura del átomo o de nuestros sentidos, o como los trabajos más íntimos de los astros. En rigor, en este singular encuentro entre los astros y nuestro cuerpo nada hay de poesía: es apenas una afirmación presentida de la astrofísica. La ciencia de la luz nos anuncia que de ella tenemos su más fundamental esencia; ella viene de los átomos, de la materia que todo constituye, de nosotros, del sol que nos ilumina, de las estrellas que iluminan nuestras noches. Ante cada luz que los incite, los átomos la transforman, la reflejan, la generan desde su interior dando cada color que vemos en el mundo.

¿Por qué no recordar la antigua idea que nos anuncia como hijos de la luz?

X

No es paradójico que la luz haga su paraíso en los lugares más oscuros: un laboratorio de óptica es parte del más original y hermoso silencio visual. En su oscuridad un rayo de luz hace su reino; como si desde allí pudiese él hacer claridad en el pensamiento. Es una emoción descubrir cómo los contrastes, las sombras, las difracciones, las refracciones invocadas por un delgado haz de luz que viaja en la cuidada penumbra del laboratorio iluminan el pensar. La ciencia de la luz necesita de la oscuridad, reconoce su origen en la sombra.

Este reconocimiento ha sido inspiración de los señores de la luz: pintar es convertirse en su dueño, si se sabe hacer del claroscuro un elemento natural del mundo. Para ello, en verdad, nunca fue necesaria una ciencia precisa de la luz; tampoco para revelar la gradación de colores de las lejanas montañas. Sin enseñanza los pintores del aire descubrieron a su modo cómo decir los colores del mundo.

Ya nadie debería extrañar esa curiosa relación entre físicos de la luz y pintores del aire y de la emoción que prosperó a finales del siglo pasado: pensar con precisión la luz es a la vez empezar a mirar de otro modo el paisaje. Hacer del color un tema de novedosa exploración —incluso fisiológica— explica el hermoso y certero ensayo de Seurat basado en que es posible reconstruir la muy vasta diversidad de colores mezclando los pigmentos de una tríada básica: amarillo, azul y rojo.

XI

El ojo humano sólo percibe una muy estrecha franja de radiaciones electromagnéticas, la que llamamos luz. La franja total incluye, además, los rayos X, las microondas, los infrarrojos, ultravioletas y las radiofrecuencias, ondulaciones a las que nuestros ojos son insensibles.

La luz que nos ilumina es una minúscula porción de las vibraciones electromagnéticas; las otras formas de vibración son luz de ciegos ante las que estaremos siempre a oscuras.

En nuestros ojos, sólo desde ellos, somos los dueños del arco iris; no hay color del mundo que de él no sea una variante o una composición. Y nunca veremos más de ahí, al menos con los ojos. Una inevitable ceguera nos invade, pues el conjunto de frecuencias electromagnéticas es tan vasto que lo que vemos se debe apenas a la peculiar y cósmicamente afortunada presencia de nuestro sol, esa estrella que con su propia evolución hizo posible nuestros ojos y nuestra vida, e hizo del arco iris el centro, la esencia, de nuestro mundo de colores.

XII

¿No es perturbador comprender que la dichosa iridiscencia de una piedra preciosa depende no tanto de su perfecta armonía cristalina como de la presencia en su interior de minúsculas trazas de elementos que, distorsionando su estructura, son la razón de su brillo sin par? No otra es la razón del color del rubí y de la esmeralda.

¡Cómo canta la imaginación, cómo se eleva la emoción sólo por la inesperada y simple presencia de una impureza atómica de cromo o de cobre, de manganeso, níquel o vanadio, que da su color al cristal! Esa intromisión que crea desde un cristal perfecto y traslúcido de cuarzo la magia de una esmeralda o un rubí. Y nunca serán suficientes las altamente precisas explicaciones que aseguran que la presencia del cromo desata, en la regularidad de un cristal bastante anodino de un compuesto del aluminio, esa fiesta de color que se vuelve fascinación.

XIII

Adagio

Hay una extraña sensación de presencia de monstruo sublime en el interior de una catedral gótica. Sólo un dios podría habitar este recinto de piedra que sube hasta el cielo; piedra hecha transparente ante la magia que crea una ojiva policromada por el vitral. Aquí la levedad del espíritu es síntesis de la talla sutil del artesano y de los elaborados y armoniosos trabajos de la luz. Dentro de esa cavidad de piedra vuelta encaje, y ante el gozoso recogimiento de nuestro interior, cada mirada es ocasión de un hallazgo; basta la calma en el espíritu para percibir que cantan en su seno los colores, que en cada recodo la piedra es insinuación más allá de sí misma. Toda su materia es anuncio del espíritu, y podría uno creer aquí que a veces la materia es sólo metáfora. Atravesado de colores ese espacio no sólo canta en silencio, también ora y se eleva. Y no hay en su elevación necesidad alguna de un dios que espere la plegaria: debería bastarnos con saber que si se ora desde la materia quizás sólo ella la reciba.

Es tal vez fácil acercarse a la magia del vitral: se inicia ella con el vidrio al que el metal confiere una vida secreta: oro disperso, coloide que crea el verde, ese oro que cuando sólido es amarillo; cobre diluido que allí crea el rojo. Metales diluidos son esencia del color de los vitrales; exhiben aquellos aquí su íntima, atómica, esencia. He ahí un débil comienzo de la explicación; pues la alta emoción ante la gracia íntima de la penumbra gótica es ya asunto del espíritu.

XIV

Antiguos y vagos, y también modernos y precisos pensamientos sugieren que las hermosas piedras traslúcidas —y con ellas todas las formas minerales— han nacido del interior de nuestro planeta: vienen de un antiguo amor entre el cielo y la tierra. Presentida alquimia desde donde la geología cree que toda estructura mineral hace parte de la evolución de nuestro planeta.

Cada cristal, cada geoda, cada brillo metálico, cada iridiscencia de alas de mariposa, cada arco iris, cada inesperado brillo del mundo, es parte nuestra. Antiguas presiones sobre nuestro planeta en formación, sobre el material de estrella que somos, han diseñado sin prisa cada arista de cada configuración cristalina con su impredecible imperfección y su brillo singular, y han hecho con el polvo fundamental que nos conforma arquitecturas que ninguna teoría sería capaz de soñar: ninguna de nuestras más modernas y elaboradas y precisas imágenes podría aspirar a predecir el brillo del diamante, menos aún mi persistente encanto ante la amatista o la sensación de magia vuelta rubí que nace del corindón.

XV

Una lenta y lograda y milenaria alineación de moléculas en las alas de una mariposa hace de su vuelo un inigualado espectáculo. Arco iris en movimiento que insinúa que la recreación de la especie pasa también por la seducción del color. Ante esa fiesta de alas la atenta mirada del óptico descubre rejillas de difracción, esas otras creadoras de arco iris de laboratorio que ahora hacen parte de algunos de los más refinados instrumentos de la ciencia de la luz.

Finale

El electrón es una partícula elemental, carece de partes. Es elemento fundamental de cada átomo que conforma lo que vemos y lo que somos, y tan esencial es su papel en nuestro mundo que poco sería éste sin su existencia. Danza él singularmente alrededor de los núcleos atómicos, y en su interacción con ellos o con la luz que recibe es capaz de saltar entre diversos niveles de energía dando nacimiento al color de las cosas, a la luz. Viene ella de los electrones que juegan en las capas más externas de los átomos. He ahí el secreto del color.

Si podemos asistir a la policromada diversidad de las cosas y a nuestra propia existencia es porque el electrón sabe convivir con la luz desde el inicio del tiempo.

El pintor es el señor de la luz y del color, pero el electrón es dueño y señor.

 


20.5 x 27 cm. 140 pp. / ISSN: 0120-2367
$6.900 - US$20


 

 
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