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Sus mejores cuentos —Antología personal

Germán Espinosa

El Diccionario
(De Noticias de un convento frente al mar. 1988)


Ex abundantia cordis os loquitur...

Mi labio, mi propio labio divulgó la torpe ideación, cierta tarde de 1962, en el ámbito suspicaz de "El Molino de Daudet", café literario acreditado por aquellos tiempos gracias a la presencia de los maestros Otto de Turf, Arnulfo Gómez Trujillo y Rigoberto Riaga. Lo dije por decir algo, quizá porque en todos esos largos años nada había vuelto a salir de mi caletre ni de mi tintero; lo dije, en fin, por justificarme, aunque maldita la intención que abrigaba de coronar una tarea por demás discutible y perfunctoria. Dije que pensaba emprender un Diccionario de escritores colombianos.

El único que midió sabiamente la frivolidad de mi pretendida intención fue Otto de Turf: me preguntó por qué no lo llamaba más bien padrón. En cambio, a Rigoberto Riaga dio la impresión de que acabase de morderlo un alacrán en el trasero. Sin pérdida de tiempo, indagó si era que proyectaba incluir en el Diccionario a toda esa caterva de escritorzuelos que formaban en las filas de algo que él genéricamente denominaba la nouvelle vague, en vez de limitarme al elenco selecto de la Academia de la Lengua, por una parte, y de la Izquierda Democrática, por otra. Menos convencionalista, Gómez Trujillo opinó, entre chupada y chupada de su pipa británica, que sería menester una investigación ("algo prolijo y consciente", fueron sus palabras), a fin de dar cabida a la muchachada que ya, con sed legítima, se abrevaba en las fuentes de Faulkner y del stream of conciousness. La sugerencia fastidió, claro, a Riaga, el cual no bien Otto de Turf hubo "llamádose andana" (era la forma que tenía, por entonces, para significar que se largaba), cosa que hizo únicamente por no verse obligado a tomar partido, deslizó con perfidia la insinuación de que Faulkner formase en las huestes del imperialismo estadounidense. La indignación de Gómez Trujillo se materializó en un manotazo que expatrió tanto su vaso de whisky como los de ajenos menjurjes. El mío, de ron Caldas y Coca-Cola.

Durante las horas siguientes, comenzó a perseguirme la sensación de haber dejado escapar una estupidez mayúscula entre las estupideces capitales. Mi teléfono repicó toda la noche, vehículo de mensajes menos de súplica que de amenaza. El poeta Ubaldino Noriega, golpeando la bocina en forma feral con su boina, me increpó transido de humillación y de cólera, pues en la Pastelería Florida había "sabido" que "proyectaba excluirlo". De modo
terminante, me recordó cómo su primer libro, El clamor del silencio (Editorial Halcón, Manizales, 1958), había hallado eco estremecido entre la crítica española y panameña, al extremo de permitir al reseñador del Correo Hispánico la afirmación de que se trataba "de una ruptura, de una colisión, de un desgarramiento, acaso de un desenlace". Decidido a no permitirme descargos, colgó fragorosamente el aparato antes que acertara a explicarle
que el Diccionario era apenas una intención.

Modesto Zúñiga no se advertía menos iracundo. Nervioso y explícito, invocó el modo como sus ocho libros publicados habían logrado dividir en dos sectores equivalentes (en enjundia y en forma) la poesía colombiana.
Razonó, en consecuencia, que no toleraría figurar ni siquiera con un renglón menos que Otto de Turf, cuyos versos barrocos embebían a los tontos, pero derivaban epigonales de Mallarmé y, en algunos casos, del dudoso humor de Alfred Jarry ("humor de almanaque", creo que dijo ). Que no olvidase yo cómo nadie menos que ese chisgarabís de Ubaldino Noriega, en rapto consciente, lo había reputado su maestro. Además, el mismísimo Cirilo Fuentes lo había elogiado ya en 1948, fecha en la cual afirmó, sin cortapisas y según recorte que podía esgrimir ante mis narices, que "la poesía de Modesto Zúñiga es como un ala herida que, sin divergir del vuelo, va sangrando sobre la comarca hispánica su néctar lírico, que fecunda y transmuta ". Cuando se hubo apaciguado, le prometí tomar nota de sus justos requerimientos y no echar tampoco en saco roto aquella notícula en la cual el gran Calibán lo reputó de "saleroso duende del verso criollo".

Luego de una breve llamada del ensayista Carlos Demodenz, en la que respetuosamente me informó que rehusaba aparecer junto a semejante punta de mediocres y de incompetentes (se refería, por supuesto, a toda la literatura colombiana), y de un fugaz y perfumado
telefonema de la poetisa Hidalga del Río para comprometerme a una copa en cierto rendez-vous, percibí al otro lado de la línea la voz sarcástica pero solemne de Narciso Pataquiva. Me reprochó el no haberle hecho saber, antes que a ningún otro, de mi trascendente proyecto, que debía, en su opinión, excluir toda concesión a "ese tropicalismo que inunda nuestras letras". Por modo vital, me aconsejó, se imponía la exclusión de Juan Ignacio Lobo, ese niño bien, de libritos amanerados y abolerados, que
amenazaba Con convertirse en un lastre peor que Germán Arciniegas. Opiné que no se trataba de pretermitir nombres, sino de intentar una evaluación de méritos. Se carcajeó enfáticamente, Con ese ja, ja, ja del altiplano cundiboyacense que está muy lejos de guardar parentesco alguno Con la risa. Me preguntó, en tono que envolvía arteramente la respuesta, si podía imaginar que Lobo condescendiera a incluirme en caso de ser él quien emprendiera el Diccionario. Respondí que no, seguramente, pero que resultaban todavía prematuras las pretericiones, si se piensa que, a estas alturas, ni siquiera José Asunción Silva se encontraba en definitiva incluido. Pataquiva juzgó necesario entonces (acaso receló que tampoco a él lo estuviese considerando) un almuerzo para "intercambiar criterios" .La frase me sonó divertida, pues dudo que ninguna capacidad de criterio se inclinase él a reconocerme. Me citó a la una del otro día, en su restaurante favorito, un sitio feroz bautizado "La Parrilla Ensangrentada" .No recuerdo a qué oscuro pretexto recurrí para negarme.

A la mañana siguiente, la voz sin inflexiones de una secretaria me comunicó que la Asociación de Escritores me aguardaba a las seis de la tarde, en plenaria de la junta directiva, para hacerme entrega del Diccionario. No entendí al comienzo; pero bastó una reflexión para Comprender que la empleada, demasiado concisa, había estimado justo aludir de ese modo a un inventario biobibliográfico de miembros, dado que la Asociación se había fundado en el supuesto de abarcar todo lo "rescatable" de nuestra literatura viviente. Argüí una tosferina y solicité con todo comedimiento que el material me fuera enviado a casa. Me llegó, en efecto, una o dos horas más tarde y comprobé, no sin cierto asombro, que no se limitaba a meras fichas, sino que contenía extensos conceptos críticos, a cuál más ditirámbico, acerca de la obra de cada uno de los miembros, unos ciento doce en total. En
algunos casos, se apelaba a árboles y cuadros sinópticos, para deslindar los períodos más significativos de cada autor y explicar sus visibles ascendientes, así como la "interrelación con el contexto de nuestra historia literaria". Del poeta Luis Jacinto Díaz Granda se decía, por ejemplo, que su lírica "devenía de salinotelúrica raigambre, en tanto que universa su sátira alucinada, y pleamar de ritmos su última producción, fincada en una aproximación amorosa al bambuco".

En días sucesivos, mi casa se colmó de convites, redamos y sugerencias de procedencia múltiple. El Ateneo de Tunja me envió una "selección antológica" mecanografiada de sus afiliados (cerca de sesenta y siete, entre prosistas, versificadores líricos y versificadores épicos), gracias a la cual comprendí que ya en el oriente colombiano algunos audaces habían terminado por vencer el influjo de Julio Flórez y se arriesgaban en los cotos de Gutiérrez Nájera y de José Santos Chocano. El grupo nadaísta de Cali me hizo llegar, en una tira usada de papel higiénico, unos dos o tres poemas de vanguardia, amén de un cuento beatnick del narrador enigmáticamente firmado U-O8-WQ-124. En un espacioso manifiesto, los melenudos reclamaban además, para que constase en mi Diccionario, la paternidad del poema Howl, "detentado -según decían- en 1956 por Allen Ginsberg, pero escrito en realidad por la capilla caleña como un tributo al horror sombrío del decenio de 1950 y de la administración Eisenhower". Cierto cenáculo de "Los Neoserapiones" de Popayán me sorprendió por su ascetismo: mandó sólo un libreto de telenovela (trece mil quinientos folios), que me animé a proponer a algún director, pero que resultó un pastiche indignante de Félix B. Caignet. La espartana tertulia cordobesa de "La Gruta" se ciñó tiránicamente a lo indispensable: una hoja de vida y una fotografía de cada uno de sus parroquianos. Éstos, debo reconocerlo, lograron dar a sus rostros expresiones realmente inspiradas, dignas en unos cuantos casos de musagetas puros. El menos tradicionalista juzgó atinado enviar una instantánea en la cual aparecía totalmente desnudo y encaramado sobre la estatua ecuestre de un prócer. En cambio, los socios del Club de Poetas de Bogotá, fieles a ciertas consignas expresionistas, desdeñaron el naturalismo fotográfico y remitieron, junto con sus datos biográficos, dibujos a plumilla de cada uno, ejecutados con lascivo trazo por el maestro Cadencio Arrupe, que en paz descanse.

En cuestión de meses, mi apartado aéreo se inundó de remesas de autores colombianos en el extranjero. De Pekín y de Moscú, me llegaron centenares de primorosas ediciones de compatriotas (aquí perfectamente desconocidos) vertidos al dialecto pekinés y al idioma ruso; las cartas remisorias indicaban el número de millones de ejemplares que habían constituido la tirada en cada caso, no sin señalar la injusticia de la patria, que guardaba silencio sobre aquellos análisis maestros de nuestra violencia política; aquellas sagas de campesinos de Caldas, de Nariño o del Tolima que habían leído con arrobamiento hasta los peluqueros de las montañas Tianshán; y aquellos poemas de considerable aliento social que eran como un cruce del Canto general de Neruda y del Gonzalo de Oyón de Julio Arboleda. De México, arribó la opera omnia de un poeta exiliado que, según él mismo aseguraba, había sido propuesto varias veces para el Premio Nobel de Literatura por individuos como André Malraux, Nelly Sachs, Giorgios Seferis y Bertrand Russell, pero permanecía fiel a su vocación de bohemio ya las cicatrices de puñaladas propinadas por tahúres que constelaban su torso. Desde Lima, una compatriota firmada Violeta Odorata me remitió una novela de amor que, a su modo de ver, daba ieureka!, ipor fin!, ciento y raya a María. Desde Roma me fue enviada una así llamada Colecticia ítala, debida a la pluma de nuestro agregado cultural y prologada ( apócrifamente ) por Ezra Pound.

Hacia mediados de octubre del año en cuestión, fui asaltado en la heladería "El Cisne"'; cuando intentaba paladear un rollo de café y nueces, por una gavilla de miembros de la Asociación de Memorialistas Excarcelarios, que reclamaban su presencia en mi catálogo, cuyos archivos excedían ya los presumibles de la Enciclopedia Británica. Aquella noche estuve a punto de ser linchado; me salvé gracias a la intervención milagrosa de una cuadrilla de hampones que merodeaba por el sector. Esa misma semana gasté todos mis ahorros en un aviso de primera página, que trajeron los diarios más leídos, en el cual procuré informar con la necesaria amplitud sobre el desistimiento de mi propósito. Envié, asimismo, una circular a todas nuestras embajadas y notifiqué debidamente a las sociedades de autores. Pensaba, de esta manera, librarme para siempre de asedios epistolares, telefónicos y físicos. iConato estulto! Han pasado tantos años... y todavía, de tiempo en tiempo, el ensayista Demodenz llama para advertirme que no consentirá su presencia en el Diccionario; Narciso Pataquiva insiste en almorzar conmigo; Hidalga del Río me ronda como una vieja y sabia gata; Ubaldino Noriega me niega el saludo, airado por su imaginaria exclusión; los nadaístas vituperan de mí; Modesto Zúñiga murió maldiciéndome; en "El Molino de Daudet" no se me sirve ni siquiera un capuchino; el grupo de "Los Neoserapiones" insiste en considerarme una estantigua non grata y me quema todos los años en efigie...Y, a trueque, mis dos modestas obritas: El crimen del cura párroco y La toilette de la marquesa son sistemáticamente excluidas de las historias de la literatura Colombiana, con supina ignorancia de los elogios que merecieron al catedrático argentino Emilio Ordosgoitia, quien no titubeó en colocarme "a la cabeza de los fanales eclatantes hemisféricos, en quienes el subcontinente se crucifica para reflorecer ecuménico". Que me asista, pues, la paciencia horaciana; y que amortigüe lo que ya nada podrá enmendar.

1983


14 x 21.5 cm. 252 pp. / ISBN: 958-655-514-3 / Rústica
$28.000 - US$15


 

 
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