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En
los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892
JOSÉ
MARTÍ
David
Lagmanovich
Los Estados Unidos vistos con ojos de nuestra América
Del
periódico al ensayo
Como
bien se sabe, José Martí vive en los Estados Unidos,
específicamente en Nueva York, un período fundamental
de su vida. Con algunos intervalos demandados por su actividad política,
reside allí desde 1880 (su segunda llegada, el 3 de enero)
hasta comienzos de ese mismo 1895 que sería el de su muerte
en Dos Ríos.
Durante
esos años escribe sin pausa; la cantidad de sus escritos
es prodigiosa. Lo hace en publicaciones neoyorquinas en inglés
(The Hour, The Suri), aunque no domine totalmente esa lengua; en
órganos publicados en la misma ciudad pero en español
(La América, El Latino Americano, Patria), a veces vinculados
con el exilio cubano; y en revistas fundadas por intelectuales de
otros países de América, entre ellas La Revista Ilustrada
de Nueva York.1 Y lo hace, muy especialmente, en periódicos
de varios países hispanoamericanos, entre los cuales son
de particular importancia La Opinión Nacional, de Caracas
(desde agosto de 1881); La Nación, de Buenos Aires (desde
julio de 1882), y El Partido Liberal, de México (desde mayo
de 1886).
En
esos órganos de prensa, y de manera especial en los grandes
periódicos mencionados, Martí desarrolla un género
tan nuevo y novedoso que aún no tiene nombre. "Correspondencia
de José Martí" es la forma más frecuentemente
usada por los periódicos mismos: "mis cartas",
"esta carta", "la carta anterior", son expre-siones
habituales del propio autor. Las referencias contextuales implican
tanto el tradicional género epistolar cuanto la función
del "corresponsal" en el periodismo moderno. Y por una
parte está bien que sea así, porque tal es el honrado
oficio al que se dedica: es un periodista o, como también
se decía en el siglo XIX, un "publicista".
Martí
es uno de los protagonistas del proceso de creación de un
periodismo moderno en nuestros países. Se trata de un renacimiento
del diarismo que coincide con el inicio del último tercio
del siglo XIX y que ostenta, tanto en punto a criterios editoriales
como en lo que se refiere a la materialidad de sus máquinas,
la marca del gran periodismo europeo, especialmente francés.
En ese movimiento, como lo señala Pedro Henríquez
Ureña,2 figuran en forma prominente dos periódicos
argentinos, La Prensa (fundado por José G. Paz en octubre
de 1869) y La Nación (fundado por Bartolomé Mitre
en enero de 1870): en este último periódico, ya dirigido
por Bartolomé Mitre y Vedia, hijo del fundador, habría
de colaborar activamente Martí.3 A ellos se agrega, en el
panorama general del periodismo de nuestra América, el afianzamiento
y modernización de periódicos como El Comercio, de
Lima (fundado en 1839 por Manuel Ascencio Segura) y El Mercurio,
de Valparaíso (1827) y luego también de Santiago de
Chile, en el que años antes había publicado Domingo
Faustino Sarmiento Civilización y barbarie (1845). Los periódicos
de este tipo son un hecho importante en la cultura latinoamericana
de la época. No siempre perduraron, pero por lo general desempeñaron
un papel valioso en la consolidación de un nuevo orden de
vida en nuestras repúblicas: son los tiempos de la "organización
nacional" (Argentina), de la "Reforma" (México)
y de la marcha del Brasil hacia la superación de su experiencia
monárquica y esclavista.
En
este contexto hay que Situar a Martí; a la vez, es preciso
advertir su: condición de profundo renovador -de la prosa,
de los géneros, de las ideas- y su capacidad proteica para
elaborar alta literatura, como si dijéramos, cada vez que
apoya la pluma en el papel. Esas "cartas", esas "correspondencias",
son la realización de un género nuevo, que hoy llamamos
la crónica modernista. Son muestras de un género que
pertenece al mismo tiempo a la historia de nuestra literatura y
a la de nuestro periodismo. Mejor dicho (para evitar todo dogmatismo
en materia de clases discursivas), son textos que se pueden leer
desde ambas vertientes: textos generados por la actividad de un
escritor que se comunica con sus lectores a través del vehículo
de la prensa.
De
alguna manera esos textos son también un libro. No es ocioso
recordar que algunos de lo que ahora nos ocupan recibieron del propio
Martí el título general de Escenas norteamericanas.
En su mente formaban un todo, respondían a un plan, aunque
fuera tácito, de reproducción artística de
una realidad: ¡lástima que el libro, o los libros,
debieron ser armados por la posteridad! Y a este respecto siempre
convendrá recordar las palabras justísimas con que
Martí habla de sus escritos en la carta a Bartolomé
Mitre y Vedia: "Es mal mío no poder concebir nada en
retazos, y querer cargar de esencia los pequeños moldes,
y hacer los artículos de diario como si fueran libros, por
lo cual no escribo con sosiego, ni con mi verdadero modo de escribir,
sino cuando siento que escribo para gentes que han de amarme, y
cuando puedo, en pequeñas obras sucesivas, ir contorneando
insensiblemente en lo exterior la obra previa hecha ya en mí"
(p. 1760). "Hacer los artículos de diario como si fueran
libros": hay toda una poética en estas líneas,
y un consejo posible para futuros escritores.
Tanto
las palabras de Martí como cualquier lectura de los textos
muestra que en su vasta producción hay mucho más que
"diarismo": si en efecto es un periodista, lo es de lujo.
Martí jamás deja de ser un pensador. Estas tribunas
-La Opinión Nacional, La Nación, El Partido Liberal-
son las cátedras donde desarrolla su pensamiento, lo expone
y perfecciona. Y lo hace -es una primera aproximación- en
el papel del observador. La realización de esta tarea establece
una conexión clara entre el periodismo y el ensayismo. En
nuestra realidad decimonónica, el ensayo está íntimamente
ligado al desarrollo del periodismo, y muchas veces sería
imposible intentar un corte minucioso entre ambas realidades. Como
antes que él en Sarmiento, y como después de él
en Martínez Estrada, en Martí la actitud predominante
es la del ensayista. No importa que no haya llegado a escribir ensayos
de extensión de libros. Martí no escribió ni
Facundo, como Sarmiento, ni Radiografía de la pampa, como
Martínez Estrada; pero, como he sugerido, trabajó
con un admirable sentido orgánico, de tal forma que algunos
de sus libros póstumos, ordenados por ajena mano, están
al mismo nivel que aquellos en cuanto a la coherencia y perdurabilidad
de su mensaje.
La
más accesible materia prima del ensayista es la realidad
inmediata. Ortega y Gasset llamó, a algunos de sus textos
de este tipo, "notas de andar y ver". La denominación
es apropiada, en la medida en que el contacto con determinados aspectos
de la realidad pone en marcha un proceso mental que pronto se transferirá
a la escritura, y que implica tanto la descripción de esos
hechos reales como la meditación sobre ellos y la formulación
de conclusiones o la elaboración de una construcción
teórica. Todo esto no se hace dentro de los carriles de una
estructura disciplinaria sino fuera de ella, de acuerdo con el esquema
de tipo discursivo "desenmarcado" o "descentrado"
a que se ha referido Walter Mignolo.4
En
lo que sigue trataremos de discernir lo que pudiéramos llamar
las "formas de la mirada" martiana en sus textos norteamericanos.
Esta retícula, desde luego provisional y tentativa, reconoce
tres grados; el de la observación de lo distinto, el del
contraste, el de la generalización.
La diferencia
En el periodista-ensayista ubicado frente a una realidad geográfica,
social y humana que no es la suya propia, y sobre la cual ha de
reportar a lectores de su país de origen o de otros estrechamente
relacionados, es inevitable que se establezca un enfrentamiento
automático entre el "aquí" y el "allá".
Lo primero que se nota es lo distinto, y escribir sobre ello implica,
sobre todo, acentuar sus caracteres diferenciales. Aquello que es
distinto abarca los fenómenos naturales (la nieve, la inundación,
el terremoto) y también las costumbres (la vestimenta, la
crianza de los hijos, las actitudes ante la riqueza y el dinero).
El escritor está diciendo: "esto, que ustedes aceptan
como un principio universal porque así lo conocen en nuestros
países, se da aquí de otra manera, y he de mostrarles
puntualmente esa diferencia".
En
este nivel de observación apenas si se insinúan elementos
de comparación: en todo caso, ésta es tácita,
y se supone que ocurrirá en la mente del lector como resultado
de la presentación de esta realidad extraña, la de
la vida norteame-ricana, Martí, que tiene bien definido para
sí mismo el concepto que llamará "nuestra América",
está aquí iniciando un mosaico de escenas de "la
otra América". Lo cotidiano, lo de todos los días,
es lo que ante todo le preocupa. Como cuando envía a La Nación
las páginas que conocemos como "Un día en Nueva
York", crónica de la cual citamos el comienzo:
¡Un
día en Nueva York! .
Amanece
y ya es fragor. Sacan chispas de las piedras los carros que van
dejando a la puerta de cada sótano el pan y la leche. La
campanilla anuncia que el repartidor ha dejado el diario en la caja
de las cartas. Bajan los ferrocarriles aéreos, llamando al
trabajo. Los acomodados salen de la casa, después de recio
almuerzo de carne roja, papas salcochadas y té turbio con
mucha lonja de pan y mantequilla. Los pobres van en hilera, desde
muy mañanita, al brazo el gabán viejo, por si enfría
a la vuelta, y de la mano la tina del lunch: -un panazo, de mano
casera, con buen tajo de carne salada y un pepino en vinagre (N.º
216, p. 1124).
La
crónica se encaminará en otras direcciones: las fortunas
que se hacen y se pierden en la Bolsa, el suicidio de un financista,
las carreras de caballos y otros entretenimientos colectivos, la
feria del maíz en Sioux,5 una procesión de inválidos
de guerra y el trato preferencial que éstos reciben... "Y
todo eso se ve en un día" (N.º 216, p. 1127). La
crónica, tan fácil de leer, está artísticamente
estructurada. En efecto: como todo lo que se muestra cabe desde
la mañana hasta el atardecer en el país descomunal
que Martí está retratando, el párrafo final
incluirá, con excelente visión de las proporciones
y la simetría, también imágenes crepusculares.
Pero
no todas ellas, sin embargo, son sombrías: en las últimas
líneas, surge un rayo de luz. Este es el final de ese breve
texto:
Y
cuando los vendedores del diario de la tarde se desgranan, como
un puñado de arroz que echan los amigos al carruaje de la
novia, voceando el alcance que da la noticia de haber confirmado
Cleveland la ley que prohíbe con nueva energía la
inmigración de chinos; cuando ya se juntan los politicones
ansiosos, en la primera taberna o club a mano, para contar los votos
que los demó-cratas ganarán de seguro con este agasajo
a la gente del Oeste, que les anda quemando a los chinos las colas,
y antes quiere ver sierpes que ver chinos -cien niñas esperan,
cuchicheando en la sombra del portal, a que se abra la escuela gratuita
de artes (N.º 216, p. 1127).
Aun
en la brevedad de esta crónica -poco más de cinco
páginas de la edición moderna: las hay que duplican
o triplican esa extensión- se pueden estudiar los rasgos
esenciales del escritor, entregado a la tarea de descubrir la realidad
de la otra América. Como decíamos, un aspecto constructivo,
o de buena retórica, que inmediatamente resalta es el sentido
de la simetría.
A
las menciones de modestas actividades mañaneras (el reparto
del pan y la leche, la llegada del periódico matutino) corresponde
una escena similar en el cierre (la venta callejera del periódico
vespertino), de modo que ambos juegos de referencias adquieren valor
simbólico. En medio, el vivir y desvivir de la gran ciudad,
que de pronto se extiende a otros ámbitos del país.
Allí, el drama humano de quienes sólo procuran la
riqueza: "¡jugó a la baja del trigo y el trigo
ha subido! ¿Dónde acaba el negocio en las bolsas,
y empieza el robo? ¿O todo es robo, y no hay negocio?"
(N.º 216, p. 1124). Irrumpe la historia, con todo su peso,
en el desfile de los veteranos de la última guerra, que es
la de Secesión; y Martí saca la cuenta de los veteranos
que quedan vivos, y a los que el Estado atiende, que son de tres
guerras: todavía algunos de la guerra de 1812 con los ingleses,
muchos más de "la guerra rapaz e impía contra
México en 1848" (N.º 216, p. 1126), y centenares
de miles de veteranos de la guerra del Norte contra el Sur.
Todo
lo que se ve, a través de la crónica de Martí,
aparece como en una película de ahora, dramatizado por el
movimiento, por la captación del instante justo; y por la
simbolización. El suicida queda con "la mano sobre el
retrato aplastado de la tragavidas"; el cura McGlynn, para
sus labores a favor de los humildes, es secundado por "cien
limosneras bellas" que "despueblan bolsas" y le son
apasionadamente leales;6 pasa la actriz desairada por el público
la noche de un estreno, porque "el teatro no soporta"
cosas que se aceptan en la novela (N.º 216, p. 1127)... Hasta
el delinquir, siempre que no sea el terrible derramamiento de la
sangre del hermano, es visto en forma plástica y cinética,
como cuando relata los pedidos de pensión de falsos inválidos
de guerra: "a menudo solicita pensión, porque diez años
después de la guerra le atacó la malaria, un héroe
desconocido que cargaba a una legua de la pelea la parrilla del
capitán, y una vez que oyó fuego la dejó detrás
para que se asara la carne el enemigo" (N.º 216, p. 1127).
Todo
es movimiento, imagen: pero no la imagen vana del calidoscopio (que
puede ser uno de los motivos recurrentes del Modernismo), sino la
que va anunciando conceptos. Tras el disparo del suicida dice Martí:
"Así mueren los pueblos, como los hombres, cuando por
bajeza o brutalidad prefieren los goces violentos del dinero a los
objetos más fáciles y nobles de la vida: el lujo pudre"
(N.º 216, p. 1125). iEl sentimiento ético no puede andar
lejos de la mirada de Martí!.
Muchas
otras crónicas martianas muestran similares características:
por ejemplo, "Nueva York bajo la nieve" (N.º 188,
pp. 1014-1017), "Cartas de Martí" (N.º 74,
pp. 407-414), o la muy conocida "Goney Island" (N.º
12, pp. 82-86). Están llenas de bellezas, y no difieren sustancialmente,
en su enfoque, de la que acabamos de comentar. Son las crónicas
del testigo que percibe la incisión de lo distinto; las "notas
de andar y ver" de José Martí.
El contraste
En otros casos, sin embargo, la comparación se hace explícita,
y el contrapunto entre "nosotros" y "ellos"
deja los tonos asordinados para constituirse en mecanismo retórico
fundamental. Se nota también lo distinto, pero la actitud
es mucho más opinante; se levanta la mirada de Martí
casi hasta el nivel de la mirada de un juez.
En
la experiencia de quienes han vivido fuera de su tierra, como exiliados
o por otros motivos, hay una zona de fractura o fricción
que es la de los usos sociales, desde los más simples y cotidianos
hasta los más imbuidos de significados trascendentes: desde
la forma de reaccionar cuando se es presentado a alguien, pasando
por ritos sociales como la invitación a salir que un hombre
formula a una mujer, hasta qué hacer frente a la muerte,
el trato con la policía y la justicia, y otras calamidades.
Cuesta acostumbrarse a esas zonas de tránsito. Al comienzo,
las convenciones son misteriosas, inexplicables; más adelante,
su comprensión y manejo pueden llegar hasta el nivel del
biculturalismo. Pero los primeros años de contacto con una
civilización ajena traen sorpresa tras sorpresa. De ahí
el valor que tradicionalmente han asignado los escritores a tales
características diferenciales en los relatos de viajes, desde
los de Marco Polo hasta los contemporáneos. El inculto, el
hombre inseguro de su propia cultura, adopta los usos extraños
-sin lograrlo nunca del todo, por lo general- y deja desvanecerse
los propios. En cambio, quien conoce bien el mundo cultural del
cual procede, o tiene un nivel de intelección mayor, puede
manejar más o menos simultáneamente dos registros,
considerando el uno y el otro desde una perspectiva crítica.
Esto
ultimo es precisamente lo que hace Martí en un grupo importante
de escritos, en donde se desarrolla con mayor acuidad la oposición
entre "nuestra América" y "la otra América".
Basta tomar un ejemplo: la "Carta de Nueva York" dirigida
a La Opinión Nacional fechada el 24 de diciembre de 1881
-en plena temporada navideña-, aparecida en Caracas el 7
de enero de 1882 (N.º 17, pp. 125-130). El tema es, precisamente,
el de las Pascuas navideñas.
La
mirada se tiende primero alrededor, observando el panorama, planeando
sobre las calles, casas y tiendas de la ciudad; ya habrá
tiempo para explicar de manera más minuciosa el tema puntual.
Se trata de las Pascuas, pero esto no se menciona desde el comienzo,
sino que se ofrece un vistazo vertiginoso a la ciudad en los días
decembrinos en que la crónica se escribe:
Ciérranse
el Congreso, las casas de gobierno, los colegios; parecen las calles
calzadas de romería; las tiendas rebosan; los hogares se
conmueven; los hombres graves se animan; las madres se afanan; hay
rostros muy tristes, y rostros muy alegres; se venden por la calle
coronas y arbolillos; gozosos, como pájaros libres, dejan
su pluma el escritor, su lápiz de apuntes el mercader, su
arado el campesino; la alegría tiene algo de fiebre -iy la
tristeza!- Los desterrados vuelven con desesperación los
ojos a la patria; los pequeñuelos los ponen con avaricia
en los mercados llenos de juguetes: todo es flor, gala y gozo; todo
es pascuas (N.º 17, p. 125).
Observemos
este comienzo. Se trata de un párrafo de algo más
de cien palabras, que en la edición que seguimos ocupa diez
líneas. En su textura interna se pueden distinguir dos momentos
o fases. La primera de ellas, unas siete líneas, está
formada por diez oraciones yuxtapuestas, que van dando de manera
vivaz la descripción del estado de la ciudad. En su mayor
parte, los verbos implican movimiento o actividad, o bien el resultado
de emociones (cerrarse, rebosar, conmoverse, animarse, afanarse).
Cuando esa carga semántica no es soportada por el verbo,
transmiten similares valores algunos sintagmas nominales ("calzadas
de romería", "pájaros libres"). Los
ámbitos a los que se refieren estas acciones cubren casi
la totalidad de la ciudad: instituciones públicas, hogares,
calles, comercios. La actividad es signo de alegría, y ésta
predomina, pero también se menciona la tristeza: el mundo
es vario, multánime, contradictorio.
Faltan
tres líneas, ocupadas por cuatro oraciones -cuatro pinceladas-
más, que en verdad se ordenan de dos en dos. Las dos primeras
contraponen la pena del desterrado, en quien estos momentos de gozo
general avivan nostalgia por la patria, y la inocente alegría
de los niños pequeños, centrada en los juguetes. Las
dos últimas oraciones, ambas con el mismo sujeto genérico,
"todo", son como una síntesis definitoria del párrafo:
"todo es flor, gala y gozo" resume las impresiones apuntadas
en las líneas anteriores; la oración final, "todo
es pascuas", ubica en forma definitiva las circunstancias que
motivan la observación.
El
segundo párrafo, aún mucho más extenso (treinta
y siete líneas), continúa con la descripción
de escenas características de la temporada (definida en la
última palabra del párrafo anterior como "pascuas",
en plural, o sea el tiempo que va desde la Natividad hasta el día
de Reyes, y no como "Navidad", que es específicamente
el 25 de diciembre). Al comienzo no hay una mención del nombre
de la fiesta: se habla de "estos días", "fiesta
de ricos y de pobres", "días de fineza"...
Transcurridos ya dos tercios del párrafo, aparece por primera
vez la palabra inglesa que designa esta fiesta: "cuelgan los
padres en las horas de la noche, por no ser vistos de los hijos
candorosos, de bujías de colores y bolsillos de dulces y
brillantes juguetes, el árbol de Christmas" (N.º
17, p. 125). Y nuevamente, en el final mismo del largo párrafo,
se entrelazan los motivos de la alegría y la tristeza: "Y
dispónense a baile suntuoso los magnates de la metrópoli,
-y los alegres, que son otros magnates. La alegría es collar
de joyas, manto de rica púrpura, manojo de cascabeles. Y
la tristeza- ipálida viuda! Así son en Nueva York
las pascuas de diciembre" (N.º 17, p. 126). En unas cuarenta
líneas, que son las que ocupan estos dos primeros párrafos,
se ha dado una descripción completa de la modalidad con que
los norteamericanos se comportan en este momento del año:
en sí, es una viñeta que podría recortarse,
dejando de lado el resto de la crónica, para coleccionarla
por sí sola bajo el marbete de "Escenas norteamericanas".
El
tercer párrafo comienza con una negativa: "No son, como
aquellas de España, fiestas de pavo y lechoncillo, ni días
de siega de lechugas y aderezo de atunes y besugos" (N.º
17, p. 126). Todo este párrafo está destinado a describir
la celebración de las Pascuas en España. Así
como en Nueva York la mayor parte de las imágenes son de
agitación y de movimiento, en Madrid la fiesta tiene características
propias: muchos sonidos musicales (chirimías, dulzainas,
tambor, zampona), niños disfrazados para la ocasión,
los nacimientos o retablos y, sobre todo, comida, ¡mucha comida!
A transposición literaria de bodegón flamenco suena
el deleite con que Martí va enumerando los manjares:
Vense
debajo de las espaciosas capas descomunales prominencias, y son
pavos; y asoman por la cesta repleta, como diablillos retozones,
los rábanos frondosos. El duque y el teniente cenan a la
vez y la costurera y la chulilla, y con igual afán se acicalan
en la taberna de Botino los conejos famosos; como se salpican de
rojo pimentón en la tienda de pasteles y chorizos que está
junto al teatro del Príncipe, cual la vieja España
bajo el ala de la nueva, los embutidos extremeños y las farinetas
salmantinas; como el suntuoso Fornos saca de su bodega los añejos
vinos, y deja en las botellas señales del polvo nobiliario,
a que luego la viertan manos blancas sobre trufas de Perigord, gustosas
y aromadas, y el hígado de ganso de Estrasburgo. La fiesta
es la escena que remata en misa (N.º 17, p. 126).
Estás
últimas palabras, "La fiesta es la escena que remata
en misa", son prácticamente la única referencia
de tipo propiamente religioso en este texto (excepción hecha,
más adelante, de las descripciones del Januká judío
y de la celebración de los puritanos). Lo que se comenta
y compara son dos modalidades de celebración vinculadas con
un periodo específico del año; y el énfasis
está puesto no sólo en la descripción de la
escena neoyorquina, sino muy especialmente en el contraste entre
la modalidad norteamericana y la hispánica. Los encabezamientos
de los párrafos tercero y cuarto son harto elocuentes: el
uno, como se ha dicho, comienza "No son, como aquellas de España,
fiestas de pavo y lechoncillo" (N.º 17, p. 126); el otro,
aún más rotundamente, "No son las Christmas del
yanqui como las Pascuas del hidalgo" (N.º 17, p. 126).
Y de aquí en adelante, toda vez que es preciso nombrar la
festividad estadunidense usará la palabra inglesa, "Christmas":
porque parece decirnos, "Christmas" y "Pascuas"
no son una única realidad nombrada de dos maneras, sino dos
realidades distintas.
La
contraposición, sin embargo, no trasunta animosidad, sino
simplemente registro de peculiaridades. Para Martí, éstas
son "las fiestas del dar y del recibir" y "de hacer
donativos al pariente pobre"; "las fiestas de niñas
casaderas", "las fiestas de los padres" que gozan
con la alegría de sus hijos; y, sobre todo, "la fiesta
amada de los pequeñuelos" (no 17, p.j 126). En ningún
momento del año se regalan tantas joyas como en estos días.
Pero no sólo joyas se dan entre amigos, familiares y amantes,
sino todo género de objetos: "De todo se hace regalo
en estos días: de lo de lujo y de lo de uso" (N.º
17, p. 128); y "Todo el día es comprar y vender"
(N.º 17, p. 128).
Martí
ha trazado una descripción maestra de la modalidad navideña
en los Estados Unidos, pero lo ha hecho desde un punto preciso de
referencia, que es su posición de extranjero, su pertenencia
a "nuestra América". La visión implica necesariamente
un contraste, una cierta distancia entre enunciador y enunciado;
es, en consecuencia, más personal que una crónica
que intentara solamente "reportar".
Esta
personalización del despacho periodístico en manos
de Martí, para llevarlo al nivel del ensayo personal, se
puede observar bien si se advierten sus gestos de apertura y clausura
del texto. Las primeras líneas de la crónica mencionan
el Congreso, las oficinas públicas, los colegios; es decir,
el mundo "oficial". Las últimas, en un giro que
hoy percibimos como típicamente martiano, se van a referir
a las flores, es decir, al mundo "natural". Conviene leer
este párrafo final:
iVed!
Aquí pasa un árbol de Christmas: es de bálsamo,
porque son tenidos por vulgares, y se dejan para gente modesta,
los de pino y los de cedro. ¡Ved, cuánta corona de
flores y hojas secas que vienen de Alemania! ¡Cuánta
estrella, hecha de mirtos y siemprevivas! iCuánta guirnalda,
hecha de laurel y acebo! ¡Cuánto adorno valioso, que
se colgará luego en las paredes del comedor engalanado, y
en puertas y ventanas! ¡Ved el muérdago, la rama sagrada
de los galos, ante la cual juraban las sacerdotisas y los druidas
eterno odio a César, y cuyas palmas verdes, a los acentos
bélicos de la magnífica Velleda, postraban en el bosque
misterioso, en la pálida luz de noches tibias, frente a los
mudos y divinos dólmenes! ¡Ved estas violetas, que
son de Napóles y Parma! ¡Ved esos cestos de rosas,
grandes rosas de Francia; de claveles encarnados; de inmortales
amarilis, que vienen de Italia; de jacintos romanos; de camelias
japónicas! ¡Y tomadlas y ponedlas junto a la cuna de
vuestro último hijo, que es mi don de Pascuas! (N.º
17, p. 130).
De
la aparente impersonalidad del periodista a la intimidad del escritor
que se expresa a través de una carta, va este ensayo; y también
del Congreso solemne a la maravilla de las flores, es decir, de
las imperfectas instituciones humanas a la permanente vigencia del
mundo natural, traspasado por igual de humanidad y de historia.
Ahí está Martí de cuerpo entero, escribiendo
a finales de 1881 una "crónica" (nombre quizá
inadecuado, pues sugiere lo transitorio) que hoy seguimos leyendo
con admiración y placer.
La idea
Muchos son los temas que abordan estas cartas de Martí: casi
podría decirse que son una enciclopedia de la vida norteamericana
de aquellos años. Un aspecto notable es la oscilación
o equilibrio permanente entre lo rigurosamente cotidiano y lo más
amplio o intemporal, entre lo puntual y lo vasto. A veces el episodio
del día conduce a una teorización de mayor alcance;
otras el camino es inverso. Pero siempre hay una búsqueda
de compensación y equilibrio; por eso los textos no se agotan
en su lectura inmediata, sino que siguen viviendo entre las páginas
del libro.
Entre
los muchos temas que se tratan, hay algo así como una sección
especial de artículos centrados en personas eminentes por
distintos conceptos, eviden-temente vistas por Martí como
representativas de la cultura norteamericana. Son escritores, políticos,
reformadores sociales; a veces personajes pintorescos, como los
bandidos de Jesse James o Buffalo Bill. Hoy reconoceremos sobre
todo los nombres de Emerson (N.º 27, pp. 186-195), Whitman
(N.º 156, pp. 855-863), Louisa May Alcott (N.º 184, pp.
999-1001), LongfeUow (N.º 25, pp. 175-179) y, por otro lado,
Édison (N.º 256, pp. 1357-1359). Estos textos, desde
luego, son mucho más que una galería de retratos:
el criterio de selección, y lo que de ellos dice Martí,
merecen ser estudiados cuidadosamente; pero quizá no sea
oportuno hacerlo aquí mismo, pues eso nos apartaría
de la línea central que hemos venido siguiendo.
La
observación de lo distinto, la formulación de la diferencia,
dan paso al establecimiento de contrastes; simultáneamente,
la consideración de lo vario lleva, en la mente del intelectual,
a las tentativas de síntesis. Lo sintético, muchas
veces revestido de fuerza apodíctica, está presente
en muchos -o en prácticamente todos- los textos de Martí.
Ahora bien: en lo que se refiere al contraste entre "nuestra
América" y "la otra América", que resume
la meditación norteamericana de José Martí,
hay dos textos ineludibles. Son, creemos que sin discusión
posible, "Nuestra América", de 1891, y "La
verdad sobre los Estados Unidos", de 1894.
En
1891, en "Nuestra América",7 había advertido
Martí: "El desdén del vecino formidable, que
no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge,
porque el día de la visita está próximo, que
el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe".8
Pero, como "no hay odio de razas, porque no hay razas",9
Martí previene también que no debe suponerse, "por
antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al
pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni
ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras
políticas, que son diferentes de las nuestras".10 Los
años de contacto con la realidad norteamericana lo han puesto
muy al tanto de las "lacras políticas" de ese país,
permanentemente mencionadas en sus crónicas; al mismo tiempo,
confía en la posibilidad de un entendimiento entre las dos
Américas.
El
texto de 1894, "La verdad sobre los Estados Unidos",11
publicado originariamente en Patria (23 de enero de 1894), es más
rotundo; pero es que el anterior está centrado en el autoanálisis
de la realidad norteamericana, y este segundo, en la percepción
que de los Estados Unidos tenemos en nuestros países. Una
percepción muchas veces basada en el desconocimiento del
país real, que no es totalmente uniforme, de manera que las
tendencias observables en una región o Estado pueden no aplicarse
a los demás. "Es de supina ignorancia, y de ligereza
infantil y punible, hablar de los Estados Unidos y de las conquistas
reales o aparentes de una comarca suya o grupo de ellas, como de
una nación total e igual, de libertad unánime y de
conquistas definitivas: semejantes Estados Unidos son una ilusión
o una superchería".12 Y, por otra parte, hay que huir
de las actitudes irreflexivas, tanto de encomio como de crítica,
si ellas conducen a juicios lapidarios y totalizadores: "Ni
se debe exagerar sus faltas de propósito, por el prurito
de negarles toda virtud, ni se ha de esconder sus faltas, o pregonarlas
como virtudes".13 En el fragmento que transcribimos a continuación,
ofrece Martí una síntesis magnífica de los
problemas que los latinoamericanos tenemos o podemos tener con los
Estados Unidos; la peculiar mezcla de adhesiones y rechazos que
nos han provocado a lo largo de nuestra historia:
Es
de gente menor, y de la envidia incapaz y roedora, el picar puntos
a la grandeza patente y negarla en redondo, por uno u otro lunar,
o empinársele de agorero, como quien quita una mota al Sol.
Pero no augura, sino certifica, el que observa cómo en los
Estados Unidos, en vez de apretarse las causas de unión,
se aflojan; en vez de resolverse los problemas de la humanidad,
se reproducen; en vez de amalgamarse en la política nacional
las localidades, la dividen y la enconan; en vez de robustecerse
la democracia y salvarse del odio y miseria de las monarquías,
se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes, el
odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo calla, sino
quien lo dice.14
La
franqueza en el conocimiento y reconocimiento de la verdad es esencial.
"Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro; y aun cuando
no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar sólo porque no sea
nuestro".15
Pero
¿a qué se debe el deslumbramiento con los Estados
Unidos, la adhesión aerífica, la pleitesía
que le rinden muchos latinoamericanos? Martí enumera no menos
de cuatro causas, que glosamos libremente: 1) la impaciencia por
llegar al nivel de progreso alcanzado por los vecinos del Norte,
sin tener en cuenta la necesaria evolución de nuestras propias
instituciones; 2) una experiencia insuficiente, que debería
compensarse con mayor contacto vital, hasta llegar a estar en condiciones
de opinar, "con asomos de razón, sobre la república
autoritaria y codiciosa, y la sensualidad creciente, de los Estados
Unidos";16 3) la moda del desdén de lo nativo, de que
ya había hablado elocuentemente en "Nuestra América";
4) el deseo de encubrir los propios orígenes mestizos, como
si hubiera motivo para avergonzarse de ellos. Como siempre, los
mejores resúmenes de los textos martianos están dentro
de los textos mismos: "Sea la causa cualquiera -impaciencia
de la libertad o miedo de ella, pereza moral o aristocracia risible,
idealismo político o ingenuidad recién llegada-, es
cierto que conviene, y aun urge, poner delante de nuestra América
la verdad toda americana, de lo sajón como de lo latino".17
Y por eso es que, como dos veces se dice con la mismas palabras,en
este texto, "es preciso que se sepa en nuestra América
la verdad de los Estados Unidos".18
Esa
verdad es -en un Marta que está casi al cabo de su experiencia
norteamericana, poco más de un año antes de su muerte-
un concepto que resume sus años de vivir, trabajar, pensar,
soñar y escribir bajo el cielo de Manhattan. Él conoce
a Estados Unidos por dentro. Ama en el gran país todo lo
que es digno de ser amado, como el amor a la libertad en los mejores
de sus hijos, o como la labor creadora de sus artesanos, sus escritores
y sus artistas. Rechaza, por otra parte, cuanto en la vida interna
del país trasunte decadencia moral y vicios políticos,
así como, en lo exterior, el anexionismo y las intenciones
hegemónicas que con frecuencia ha manifestado la Unión
Americana, en su tiempo como en el nuestro.
En
el contexto general de la obra martiana, este análisis de
los Estados Unidos es la otra mitad de la tarea iniciada con sus
textos sobre "nuestra América", porque ni ésta
ni "la América sajona" son conceptos unilaterales,
colgados en el vacío. El amor a una América y a la
otra requieren de la crítica, aunque ésta parezca
incisiva y hasta impiadosa; a Martí se le podrían
aplicar aquellas palabras que gustaba de repetir Paúl Groussac,
según las cuales "vale más la espada del que
ama que el ósculo del que aborrece".
Las
últimas palabras del ensayo formulan este concepto con toda
crudeza. Allí se dice que es necesario difundir "las
dos verdades útiles a nuestra América: el carácter
crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos, y la existencia,
en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades
y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos".19
Ni la crítica cerril a lo ajeno, ni la tolerancia desmañada
con respecto a lo propio, es el mensaje martiano. Y, ante todo,
justipreciar el talante moral, la búsqueda de la justicia,
el deseo de servir a los demás: pues ésta es la auténtica
esencia de la política.
Palabras finales
Martí es el testigo, el observador, el que ve y registra
la diferencia; no es un testigo hostil, pero podría definírselo
como un testigo externo, a pesar de su década y media de
residencia en Nueva York: externo, porque llega a esa ciudad ya
formado, fogueado en la luchas por la libertad de su patria, y poseedor
de un sistema de pensamiento basado en la meditación sobre
el pasado, el presente y el futuro de nuestra América. No
es el viajero ocasional, de modo que sus observaciones no serán
apresuradas. No está escribiendo su autobiografía
ni su retrato, a pesar de lo mucho que en ese sentido dicen sus
páginas, y por ello escapa a los riesgos de una subjetividad
excesiva. Está impresionado por los Estados Unidos, pero
no deslumbrado; Es, en suma, un testigo ideal para darnos una imagen
de la vida estadounidense, apreciada desde nuestra propia tesitura
vital, en las décadas de 1880 y 1890.
Si
frente a esa tarea enorme la primera reacción es la del establecimiento
de la diferencia, la filiación de lo distinto, bien pronto
eso no basta: No todos los lectores pueden elaborar mentalmente
todo lo que va implícito en las observaciones de Martí.
De ahí que se note también en las crónicas
norteamericanas una búsqueda del paralelismo, del contrapunto:
una percepción del contraste. Hay un "acá",
que es el de los Estados Unidos, y un "allá" hispánico;
un "acá" sajón (aunque Martí tiene
siempre presente la mezcla de elementos étnicos distintos,
y no pocas veces contrapuestos, que se dan cita en el país
del Norte) y un "allá" latino; un "allá"
que es el de nuestra América (lejana en la geografía,
inmediata en el pensamiento y los afectos) y un "acá"
que es el de la América de los otros. Esa comparación
está latente siempre, 'ya sea que se exprese en párrafos
íntegros que van estructurando el texto, ya sea que aparezca
en el giro de una frase o en el uso de una palabra. Porque Martí,
el testigo, no es un visitante sino un desterrado: como tal sigue
viviendo su patria en el exterior, que es una de las formas más
dolorosas de vivir la patria propia.
Estos
dos pasos llevan inevitablemente, casi en la culminación
de la vida de Martí, a la formulación de ideas capaces
de abarcar las observaciones parciales dentro de un sistema homogéneo.
Así surgen algunos textos definitorios y definitivos, textos
verdaderamente cardinales, suma y resumen de conocimientos y experiencia,
que siguen iluminando el camino de nuestros pueblos.
El
testigo, el analista, el pensador: eso es Martí en sus escritos
desde y sobre los Estados Unidos. Y sus textos norteamericanos,
destilación de vida y escritura, creados en su mayor parte
como crónicas de lo cotidiano, hoy merecen ser cotidianos
en otro sentido, que es el de nuestra admirada frecuentación.
1.
Cf. Vernon A. Chamberlin e Ivan A. Schulman, La Revista Ilustrada
de Nueva York: History, anthology, and index of literary selections,
Columbia, University of Missouri Press, 1976. No son muchas las
colaboraciones de Martí en esta revista (dirigida por el
venezolano Nicanor Bolet Peraza, 1838-1906), pero es significativo
que ellas incluyan dos de sus textos funda-mentales, como son
"Nuestra América" (enero de 1891) y "La
conferencia monetaria de las repúblicas de América"
(mayo del mismo año). Señalan Chamberlin y Schulman
(pp. 24-25) que la publicación neoyorquina de "Nuestra
América" es anterior (por cuestión de días,
agregamos) a la de El Partido Liberal (30 de enero de 1891), considerada
tradicionalmente la primera. En la reciente edición crítica
de Textos marcianos (La Habana, Editora Política, 1995),
nota 47, p. 30, Cintio Vitier deja constancia de estas circuns-tancias
de publicación.
2.
Historia de la cultura en la América Hispánica,
México-Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica,
1947, p. 111.
3. La notable carta de Martí a Bartolomé Mitre y
Vedia, fechada en Nueva York el 19 de diciembre de 1882 (pp. 1759-1762
de esta edición), debe leerse para comprender la disposición
de ánimo con que Martí acomete esta serie de "cartas"
-como él las llama- dirigidas a La Nación.
4. "Discurso ensayístico y tipología textual",
en: Textos, modelos y Metáforas, Xalapa. Universidad Veracruzana,
1984, pp. 209-222.
5. Seguramente Sioux City, lowa, población establecida
en 1848 en la confluencia de los ríos Big Sioux y Floyd
con el Misuri, y desde entonces centro agrícola de importancia.
6. Martí dedicará el espacio en otras crónicas
a este sacerdote católico, perseguido por las autoridades
eclesiásticas debido a sus ideas de reforma social. Véase
en especial "La excomunión del padre McGlynn"
(N.º 165, pp. 903-910).
7. José Martí, Obras completas. Editorial Nacional
de Cuba y otras, La Habana, 1963-1973, VI, 15-23.
8. Ibíd., p. 22.
9. Ibíd.
10. Ibíd.
11. Apéndice II pp. 1753-1756.
12. Ibíd., p. 1754.
13. Ibíd., p. 1753.
14. Ibíd., p. 1754.
15. Ibíd., p. 1756.
16. Ibíd.
17. Ibíd.
18. Ibíd., pp. 1753 y 1755.
19. Ibíd., p. 1756.
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